En cuanto la edad y los exiguos ingresos me lo permitieron, empecé a aprovechar la menor oportunidad que se me presentaba para hacer pequeñas excursiones de uno o varios días, a solas. Me encantaba subirme en el primer tren que partía y escoger una estación al azar para bajarme. Cuando me apetecía hacer la escapada de una manera más controlada tomaba la alternativa de pasar los fines de semana en la casa de mis abuelos en el pueblo. Ellos vivían la mitad del año allí y la otra mitad en la capital, en un piso cerca de nosotros. A pesar de que se respiraba un rígido esquema social, que nunca llegué a entender, y de que el ocio estaba regido sólo por tres o cuatro bares, en el pueblo se podía pasar muy bien porque la gente desparramaba mucho y acogía a los forasteros en una mezcla de calidez y altivez. Esto era porque ellos tenían una vida perfecta y los demás éramos simples mortales que sólo podíamos intuir los secretos de su rústico bon vivant. Algo de razón tenían, porque me di cuenta de que éramos un buen puñado de catetos de ciudad los que íbamos durante los anodinos fines de semana. No obstante, el mayor aliciente de mis escapadas al pueblo era la propia casa. Era enorme, de tres plantas. Pasear por cada estancia era viajar por distintas épocas y ambientes, y me gustaba recorrerla rompiendo el falso silencio con el sonido de mis pasos y el crujir de vigas y de baldosas sueltas. Algunos salones estaban vestidos con piezas que podrían estar en cualquier museo y otros eran en sí mismos una fotografía fiel de épocas pasadas. Pero lo más interesante era que todo tenía un sentido práctico. Ante cualquier desperfecto, sillas y sofás acababan en el ebanista o en el vertedero, nunca hubo un valor sentimental en el mobiliario. Yo deambulaba por la casa como un fantasma, y cuando llegaba la noche me gustaba encender la leña y tomar vino sobre una manta, para luego ponerme al mediodía a inspeccionar la despensa, que estaba bien surtida de latas y embutidos. Así pues, ir al pueblo era en cierta manera vivir una pequeña aventura.
Claro está que eso de hacer escapadas a la casona resultó ser una idea poco original. Algunas veces me encontré casualmente con mis primos ya en la casa, pues solían llevarse a sus ligues, y aprendimos a ignorarnos cortésmente la mayor parte del tiempo, aunque solíamos acabar teniendo divertidas cenas que se alargaban hasta la madrugada. Hubo un fin de semana que se me antojó ideal: mis abuelos en la ciudad y el resto de la familia desparramada por el territorio nacional. Llegué a la casa el viernes, aún de día, y tras dejar la mochila en mi cuarto, fui a la tienda a por algo de vino, huevos y pan. Estaba distribuyendo la compra en la encimera de la cocina cuando entró mi tía Laura. Ella era la moderna de mi familia, es decir, la primera mujer que se había divorciado y que luego había convivido con varón sin haber pasado por algún organismo oficial. Para mayor incomprensión familiar, en ese momento no tenía pareja estable ni la buscaba. En sus ademanes había mucha pose de mujer indómita, pues quizás eso le ayudó en su momento a sobrellevar el desdén de padres y hermanos, pero era directa, cariñosa y muy dulce.
Cuando se encontró conmigo en la cocina, me miró con curiosidad y poco a poco fue aceptando el que yo había entrado en ese club de huéspedes anónimos. No me importunó demasiado, demostrándome que conocía la regla no escrita de respetar la intimidad de los ocupantes. No la volví a ver en lo que quedó del día, pues comí algo y me fui a tomar unas cervezas y a bailar. A la mañana siguiente bajé a desayunar no muy tarde y me la encontré terminando de limpiar su taza de café. Llevaba una tupida bata granate que le llegaba hasta los tobillos y unas babuchas que debían mantener sus pies bien calientes. Hablamos un poco de la vida nocturna del pueblo y de la peculiaridad de sus personajes. Le dije que había quedado con unos amigos para dar una vuelta por el valle y que volvería a la tarde, antes de ponerse el sol. Me recomendó que visitáramos la vieja ruina de la ermita y se despidió, subiendo las escaleras con un plato lleno de galletas.
Al llegar al punto de encuentro con mis amigos tuve que esperar bastantes minutos a solas, lo cual no era habitual porque solían ser bastantes puntuales. Al cabo llegó uno de ellos con barro hasta las ingles, bastante apurado porque en casa de otro de nuestro grupo habían tenido un problema con una tubería y se les había inundado la cochera. Le pregunté si podía ayudar, pero declinó mi ofrecimiento cortésmente y volvió con rapidez por donde había venido. Seguí sus huellas paseando sin prisa y llegué al lugar de la inundación. Había un enorme desorden con mucha gente trasladando animales, maquinarias y sacos de pienso. Comprendí que si me quedaba no ayudaría, por lo que saludé y di una vuelta por el pueblo hasta que me aburrí y volví a la casa.
No había ningún ruido y alcé la voz para ver si estaba mi tía, sin obtener respuesta. Como no tenía nada que hacer y quería hacer tiempo antes de comer, me serví una buena copa de vino y me la tomé rápidamente oliendo las ascuas que habían quedado en la chimenea desde la noche anterior. Volví a llenar la copa y subí las escaleras sin soltar la botella, pero dando grandes sorbos a cada paso. Me dirigía directamente al salón Belle, que estaba en la última planta. Era una salita muy coqueta cuyo mobiliario parecía congelado en los locos años veinte. La única iluminación provenía de una pequeña ventana y tenía sus paredes tapizadas con un papel oscuro con dibujos negros y esmeralda. Sólo tenía dos divanes, un par de mesitas bajas y muchos cojines. Mi abuela le tenía un cariño especial y no solíamos ir allí cuando estaba la familia reunida, pues ella temía que, mi abuela lo expresaba a su manera, le alteráramos el karma de la habitación. Pero claro, por ser un lugar tan prohibido como coqueto, creo todos los que íbamos a la casa de forma clandestina sentíamos predilección por visitar ese saloncito. Era el lugar ideal para tomarse un buen vino viendo las horas pasar. Me acerqué a la puerta y noté un olor dulce e intenso. Toqué levemente con los nudillos y abrí la puerta.
Con las cortinas de la ventana corridas, la tenue luz que provenía de una lamparita bañaba la habitación y el pañuelo de encaje que la cubría creaba una nube de sombras que daban un aspecto aún más fantasioso a la estancia. Junto al diván más alejado de la ventana estaba el plato que había visto subir a mi tía, ya vacío, con otro encima lleno de migas y una magdalena mordisqueada. Junto a la pila de platos, un cenicero con varias colillas estaba colocado temerariamente sobre la alfombra centenaria junto a una botella de agua y una copa de licor amarillo. No obstante, lo primero que vi al entrar fue que sobre el diván estaba recostada mi tía con la bata abierta, con sólo una manga de la prenda en uno de sus brazos, y nada que cubriese el resto de su cuerpo. Tenía la pierna ligeramente doblada, de forma que el muslo ocultaba una mano tras él, mano que debía estar tocando la vulva, mientras la otra mano colgaba hacia fuera sosteniendo un cigarro liado de forma irregular. De ahí provenía el humo denso que bañaba todo el espacio. Me era muy familiar el olor dulce del estupefaciente que se consumía en él, pero se mezclaba con el del meloso sándalo y otros aromas embriagadores que manaban de algunos quemadores esparcidos por la habitación. También había, de entre todos ellos, un olor que se adhería a mi garganta, uno que no conseguía darle un nombre pues estaba enmarañado en esa fiesta olfativa. No supe reaccionar con la suficiente velocidad a lo evidente: había pillado a mi tía masturbándose mientras se fumaba un peta muy bien cargado.
Ella giró lentamente la cabeza hacia mí y la mano que estaba entre sus piernas la llevó sin prisa a su pecho, mostrando que no era su pudor lo que quería proteger, sino el mío. En unos movimientos lentos e imprecisos, intentó apagar el cigarro con una pinza muy larga que tenía junto al cenicero. Di un paso atrás, hacia la puerta, pero me pidió que no me fuera. Yo tenía las manos ocupadas con la copa y la botella y no sabía cómo mirar a algún otro sitio que no fuese su cuerpo. Siendo mi tía una mujer madura a la que gustaba comer y beber según mandase su apetito, a primera vista gozaba de una figura sorprendentemente bonita. A pesar de sus hábitos, y falta de ellos, podría pensarse que la crueldad de la flaccidez y de la caprichosa distribución de grasas desdibujaría su cuerpo sin la estilización de la ropa. Sin embargo, tal cual estaba tumbada en el diván, la lisa piel blanquecina esculpía una armonía sensual en cada parte de su cuerpo. La redondez de sus caderas anchas y de su vientre iba disminuyendo conforme mi mirada se dirigía a la parte superior del torso, pudiendo ver cómo asomaba el pliegue de su pecho bajo la mano, mientras que el pezón del otro asomaba bajo el brazo doblado. Mi mirada se detuvo en la finura de sus hombros y de su rostro, que en aquel momento estaba presidido por dos ojos brillantes que apenas podían abrirse.
—Ven, no te vayas —me ofreció su mano para que la tomara, y acerqué la que sostenía la copa ofreciéndole simbólicamente la punta de mis dedos—. ¿Qué hora es? ¡No te esperaba! ¡Tú a mí tampoco!
El último comentario lo hizo sin intención de ponerme aún más en evidencia, a pesar de la mal ahogada risa con la que lo acompañó. Me dio la impresión de que mi tía no era completamente consciente de que la había sorprendido tocándose ni de que compartía conmigo su desnudez. No obstante, asida a mis dedos me hizo sentarme a su lado, en el pequeño hueco que su cintura dejaba libre en el diván.
—¿Te molesta verme así?
—No —no sabía si mentía o no, pues me sentía fuera de lugar pero a la vez quería quedarme allí.
—Claro que no —me contestó, haciéndome ver que todo estaba bien por su parte—. Al fin y al cabo, no seré el primer cuerpo de mujer mayor que ves desnudo.
No contesté. Ella se incorporó y dejó el pecho al pairo. Cogió la copa de mi mano y le dio un sorbo, para luego devolvérmela. Esto la hizo centrarse un poco y me preguntó por la razón de mi vuelta tan temprana. Mientras le explicaba, recogió el porro del cenicero y lo volvió a encender. Tras un par de caladas me lo ofreció. Dejé la botella y la copa en el suelo y le di una buena chupada. Reconocí la hierba, pero sabía que tenía otra sustancia que yo no había probado antes. En menos de diez minutos nos habíamos bebido la botella de vino casi entera y teníamos las mejillas enrojecidas. Empecé a tener muchísimo calor, así que me quité el jersey y me quedé con la camiseta de manga corta. Pero aquello no reguló la temperatura y empecé a pensar en lo cargado que estaba el porro. Otro sorbo al vino no mejoró mis sensaciones.
Mi tía me preguntó de pronto si le parecía ridícula, estando desnuda y colocada como una adolescente. Me lo dijo en un pequeño bajón inducido por el estupefaciente, e intenté tranquilizarla siendo lo más convincente posible, pero me dio la risa y ella se contagió de forma incontrolable. Se puso seria otra vez.
—¿Me afean las caderas?
—¿El qué?
—Las caderas, míralas. Hace tiempo que no me pongo bikini. El culo me da igual, no me lo puedo ver, pero las caderas...
—Yo las veo bien, creo que exageras...
Laura me cogió la mano y pasó mis dedos por un par de arrugas que plegaban suavemente su piel desde la cadera hasta la ingle, convergiendo conforme se acercaban a su sexo.
—Esto, ¿lo ves?
Me estremeció la sensualidad de aquella caricia, tan cerca de su vulva. Había algo adictivo en la suavidad de su piel, que se adaptaba a la presión de mis dedos.
—Deberías probar el bikini otra vez, tienes unas caderas espectaculares —esto la animó. Volvió a tomar mi mano y la llevó a su vientre.
—¿Y la barriguita, no es fea?
Hice círculos alrededor de ella, tan redondita. Mi tía soltó mi mano y se tomó un pequeño trago de vino. Yo seguí acariciando el vientre, y ella estiró la pierna que estaba más cerca de mí y levantó ligeramente la otra. Entonces, incorporándose ligeramente, me miró con una chispa especial. Me pareció entonces muy atractiva y sus pechos me parecieron muy deseables, toda ella en realidad. Fue un despertar de deseo que no me esperaba, pero era evidente que el colocón, el calor que tenía y su actitud tan lánguida habían creado un pequeño volcán en mi interior. Laura abrió las piernas en un gesto de clara invitación. Bajé la mano unos centímetros y toqué sus labios mayores. Ella sujetó mi mano.
—Así no.
La excitación ahogada en su voz se mezcló con la suavidad de la petición. Tomó mi cabeza y me fue bajando hasta colocarme entre sus piernas. Mi lengua probó su clítoris en el primer contacto y la caricia de sus dedos en mi nuca me mostró que eso era lo que ella buscaba. Mi excitación fue creciendo, deseando verla temblar bajo mi boca. Empecé a salivar más de lo normal y el calor me fue envolviendo. Notaba un sudor frío en mi frente y empecé a marearme. Pero no quería soltar su vulva, ni sus muslos, que tenía bien agarrados con mis manos. Ella empezó a mecerse lentamente. Sabíamos a dónde nos llevaría eso. Pero el movimiento empeoró mi mareo. Empezó a darme miedo de vomitar allí o, peor aún, sobre ella. Con ojos bien cerrados, seguí chupando. Aunque jamás habría imaginado, o siquiera deseado, realizarle un cunnilingus a mi tía, en ese momento era lo único que quería hacer. Su sabor se me había pegado a la garganta, y mi único anhelo era beber de ella. Pero el mareo estaba allí y se alternaba de forma continuada con un hambre feroz, haciendo que me arrepintiera de no haberme comido el resto de magdalena que había en el plato.
Sonó el timbre de la puerta de la casona. No hicimos caso, pero un sable frío ya había rasgado nuestro momento. A pesar de que me era casi imposible superar el mareo, ni quería decepcionar a mi tía ni quería dejar de sentir su clítoris en mi lengua. Seguí chupando con más rapidez, previendo un final incipiente por culpa del inoportuno visitante. La segunda llamada al timbre hizo que Laura separara mi cabeza.
—¡No me acordaba, joder, perdona mi vida!
Se puso la bata con rapidez mientras el horrible ruido sonaba por tercera vez. Y es que mi tía había quedado con unos amigos, creyendo que estaría sola en la casa. Ella bajó a abrir y yo me metí en mi cuarto, desnudándome y tirándome al suelo en cuanto cerré la puerta. El calor me asfixiaba y busqué el frío tacto de las baldosas del suelo. No sé si llegué a perder el conocimiento, pero tuve que esperar a que pasara un buen tiempo antes de poder levantarme con un fuerte dolor de cabeza y me metí en la ducha. No volví a ver a mi tía en ese fin de semana, sólo me encontré unos platos y tazas sin lavar en la pila del fregadero a la mañana siguiente, y a la vuelta de mi paseo matinal por el pueblo ya estaban limpios y colocados en la alacena.
Dos días después, mi tía me avisaba en un mensaje escueto y aséptico de que volvería al pueblo el último fin de semana de ese mes. Eso era a dos semanas vistas y podía acudir a la cita. Le respondí confirmando mi presencia y ella me dijo que yo tenía que terminar lo había empezado.
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