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23.9.18

Piano a las seis

Mi amiga Bibi vive en una gran casona de las afueras. Es una de las personas más humildes que conozco y, aunque no le falta el dinero y es muy chic, nunca ha dejado claro si posee algún título nobiliario. Una tarde me invitó a tomar café en la mansión y acudí encantada. Mientras disfrutábamos de la tranquilidad del jardín, vi a su hijo Guillermo estudiando en una mesa a la sombra de unas parras. Me sorprendió verlo tan concentrado, pues el chico había tenido un historial difícil.
— Qué formalito está tu hijo.
— ¡Ha dado un buen cambio este año! Está muy aplicado y ahora apenas nos da disgustos.
— ¡No me digas que está aprobando y todo!
— Y tanto, aprobando todo y con nota. Incluso le hemos devuelto su paga normal. Oye, y todo empezó con las clases de piano.
— La música amansa a las fieras —dije jocosa.
— No, no, qué va, Guillermo llevaba ya un tiempo en el conservatorio. Pero este año tiene clases particulares, para que apruebe el básico. Fue empezar y volverse muy responsable.
Nos miramos interrogándonos en silencio sin comprender el por qué del cambio. Bibi se acercó a mí y me habló susurrando.
— La mejoría es evidente y, como te digo, no sólo con el piano. Pero Elsa, la profesora, fue muy tajante en las clases: se encierran durante la hora y media que dura la lección —la miré extrañada—. Y no permite interrupciones, bajo ningún concepto. A mí me gustaría saber cómo doma a la fiera, qué hacen dentro. Y ya que estás aquí, quisiera pedirte un favor.
— Dime.
— Dentro de poco, a las seis, empezará la clase de los martes. El salón del piano se comunica con una salita sin otra salida. ¿Por qué no te escondes ahí y me cuentas qué hacen?
— ¿Quieres que haga de espía? ¿Y si me pillan?
— Dices que te echaste un rato y que te quedaste dormida, hay un diván ahí.
— ¿Y cómo miro? ¿Por una cerradura?
— Hay una cerradura, claro —contestó muy seria, sin captar la broma—. Pero también puedes dejar la puerta sin cerrar y mirar desde la oscuridad o a través de alguno de los espejos.
La curiosidad mató al gato, y media hora más tarde estaba en la salita, tumbada en el diván. Había dejado la habitación con la puerta entreabierta y con un pequeño haz de luz que entraba por la ventana. El respaldo del sofalito me hacía de parapeto por si alguien miraba hacia dentro. Tras esperar un poco, oí cómo entraron en la sala contigua y poco después, el ruido de la llave corriendo el cerrojo. Alguien se asomó a la sala en la que yo estaba y encajó la puerta.
Sin moverme del sofá, empecé a oír la lección. La clase empezó con un repaso de la lección del día anterior. Repetían una y otra vez la misma melodía, y me aburrí bastante. Luego revisaron la tarea pendiente y volvió a ser un martirio escuchar prácticamente lo mismo de forma reiterativa. Me decidí a mirar y me levanté. Guillermo estaba junto a Elsa en la banqueta del piano, muy juntos. Tocaba con la mano más pegada a la profesora, pero la otra la tenía en una posición muy extraña. En cambio, ella tocaba con la mano más alejada de él. Me tiré en el diván y no pude evitar que el tedio me hiciese dar una cabezadita.
Me desperté rodeada de un silencio absoluto. Me levanté sigilosamente y miré por la cerradura. Me encontré a Elsa con las manos apoyadas en el piano, dándome la espalda. La falda estaba subida del todo y medias y braguitas estaban enredadas en uno de sus pies. Solo veía de ella las piernas y las nalgas. No veía a Guillermo, pero la visión de sus muslos y el entrever su vulva, me estremeció. Pronto apareció el muchacho en mi campo de visión, se movía de un lado a otro mirándola, sin pantalones, el pene completamente erecto y masturbándose con una mano. De su verga destacaba el glande, pues su tamaño era algo desproporcionado respecto al resto del miembro. Y Elsa, inmóvil, mostraba su desnudez para estimular la masturbación del muchacho.
Así que ese era el secreto de la maestra de piano. La simpleza de su método para mantener al impertinente chico a raya me hizo sonreír. Pero él era tan joven... ella podía tener la edad de su madre, o la mía. No obstante, la desnudez parcial, entrever la vulva semi abierta, las piernas algo abiertas y la absoluta morbosidad de la escena hizo que mi respiración se entrecortase, y busqué mi sexo metiendo mi mano dentro del pantalón, pero tal y como estaba agazapada me fue imposible. El sonido de una tecla del piano hizo que Guillermo se acercase a su maestra, introduciendo sin preámbulos el pene dentro de la vagina. A continuación empezó a sonar el tic tac de un metrónomo y el chico adaptó el movimiento de su cadera al compás.
— Bien Guillermo, eso es, sigue el ritmo —dijo Elsa en voz alta.
Hablar en ese tono me pareció una osadía inmensa, pero eso me puso aún más cachonda. El único contacto entre ellos era el rabo en su perfecto movimiento rítmico. El glande tan gordo tenía que estar haciendo gozar a Elsa, pero ella mantenía un silencio sepulcral, al igual que él. Estuvieron dos o tres minutos perreando así hasta que sonó la misma nota de antes y el metrónomo aumentó la cadencia. Guillermo se adaptó a la misma. El chico no se cansaba, y con el sudor y la velocidad, el choque de sus cuerpos hacía que sonara un ruido de palmas.
— Ese es el ritmo, Guillermo ¡bravo!
Volvió a hablar alzando la voz. Me froté él clítoris con los dedos, dándome fuerte a través de la costura de los vaqueros, y descubrí pronto que las uñas me daban más placer que las yemas. El chico tenía aguante, muchísimo. Sonó una nota más grave y Guillermo sacó el pene. La vulva quedó a mi vista, más abierta aún, cayendo una gota de ella y quedando otra en suspensión. Pensé en el flujo generado en ella y cómo estaría yo tras una follada así. Fue un desperdicio dejar esa gota huérfana de una lengua que la recogiese. Guillermo reapareció y pasó el dedo por el ano de Elsa, que quedó más brillante. Parecía evidente que le había puesto algo de vaselina, pues extendió el resto en su propio capullo. Sonó la misma nota y la penetró por el lubricado orificio. Desde donde estaba sólo veía que el muchacho se movía en pequeños movimientos hasta que aparentemente consiguió meterla hasta el fondo. Elsa, con una mano en el teclado y la otra apoyada a un lateral del piano, hincó los dedos en éste, en el único gesto de estremecimiento que pude captar en ella. Guillermo se adaptó pronto al ritmo acelerado marcado por su maestra, haciendo que me corriese haciéndome recordar las pocas veces que me han dado así por detrás. Estoy convencida que Elsa también llegó al clímax, al menos dos veces. De pronto, el chico dijo "ya" en voz baja y poco después sus convulsiones delataron la eyaculación. Se apartó pude ver el ano de la maestra abriéndose y cerrándose ligera e involuntariamente.
— Limpia —susurró la profesora.
Guillermo se agachó y lamió el ano de su maestra. Desde la cerradura, vi cómo ésta se iba incorporando y cómo el chico mantenía la cabeza a la altura del culo, moviéndola ligeramente. A los pocos minutos, dos notas dieron la señal para que el chico se apartase definitivamente. La profesora se dio la vuelta, bajándose la falda, y con un pañuelo limpió el pene de su pupilo. A partir de entonces la lección de piano transcurrió con normalidad, al menos para ellos, pues yo estaba más excitada que cuando inicié mi masturbación.
Una vez acabada la clase esperé hasta que Bibi vino a recogerme. Le dije que me había quedado dormida por lo aburrida que estaba, y que todo era normal, demasiado normal. Intenté ser convincente, pero me dio la impresión de que no terminó de creerme.
Aquella noche soñé con las piernas de Elsa. Estaba desnuda, dándome la espalda e inclinada como la había visto por la tarde. Lamí el tobillo que no estaba sujetando sus medias y luego pasé la lengua por la planta de su pie, haciendo que se estremeciera. Chupé los muslos mientras miraba hacia arriba, contemplando la vulva abierta, oliendo su fino aroma. Entonces la penetré, porque yo era Guillermo, pero esta vez gimió. Me corrí follándomela, pero seguí erecto y ya no era Guillermo, era su pene, que dentro de ella, abriéndola, le hacía gemir más. Era una verga dentro de ella, pero la parte de mí que quedaba fuera estaba siendo penetrada por Guillermo. Así que yo estaba dentro de Elsa y Guillermo dentro de mí. Ahí me di cuenta que estaba en duermevela y me terminé con un dedo dentro del culo, dos en la vagina y el pulgar en el clítoris.
A los pocos meses dieron un concierto en casa de Bibi para celebrar que Guillermo había pasado con nota el siguiente curso. Con bastantes invitados vestidos de gala, la velada fue maravillosa. Cuando acabó la exhibición, me dio la impresión de que el chico estaba empalmado. Miré a Bibi y vi que también se había dado cuenta, me miró y me hizo un gesto de resignación. Tras los saludos, conseguimos hablar en privado. Me dijo que no había quedado muy convencida de mi informe de espionaje y que se las había arreglado para curiosear personalmente. Me dio mucho apuro el sentirme descubierta en mi engaño.
— Perdóname, Bibi, pero ¿cómo podía decirte lo que estaban haciendo...? Me pediste un favor y te he fallado.
— No te disculpes, lo entiendo, yo no fui capaz de digerirlo al principio. Mi primera idea fue cancelar las clases, pero luego me lo pensé. La mejora de Guillermo ha sido innegable, se ha vuelto muy responsable, y respecto a lo otro, en realidad, si se ve objetivamente...
— Ahórratelo, guapa. A su edad, otros chicos estarían masturbándose como monos, y el tuyo, la verdad, va a hacer feliz a muchas chicas. Eso no quita que la actitud de Elsa sea muy perturbadora.
— Y tanto. ¿Viste lo de la taza y el pene? —me quedé en silencio intentando asimilar las dos cosas juntas—, o lo del diapasón, o los juegos con las medias. Bueno, olvídalo. Por cierto, no sé si te has fijado, pero no han venido otros alumnos de Elsa, pero sí sus padres.
— ¡No me digas!
— Y me refiero a alumnos y alumnas.
— Alumnas...
Nos reímos por los celos ajenos y rebajamos la tensión.
— El jueves que viene tienen una última clase de despedida. ¿Por qué no te vienes y la vemos juntas?
— Cuenta conmigo —le cogí de las manos—. No te volveré a fallar.
Ese jueves me presentó formalmente a Elsa y esperamos a que entrasen y que se encerrasen en el salón del piano. Este no era el mismo que había conocido yo, y pronto comprendí por qué. Entramos en un despacho adjunto y Bibi abrió un armario. El suelo estaba cubierto por varias alfombras para amortiguar el crujir de las maderas y dentro había una silla, que ocupó mi anfitriona. Miré alrededor y vi que habían platos y tazas en las esquinas. Estaba claro que Bibi había pasado más de una tarde ahí dentro y que siempre había salido de allí descuidando su rastro. Delante de ella había una placa de madera que deslizó, y me indicó otra que estaba a mi altura. La deslicé también y al acercarme pude ver a través de una ranura lo que ocurría en el la sala del piano. Fue así como presenciamos la última lección.
Mientras miraba, no tuve más remedio que rozar con mi vientre la nuca de Bibi, y ésta me utilizó para reposar su cabeza. En el silencio de ese espacio tan mínimo, pude distinguir el sonido de un leve roce de ropa, mínimo y continuo. Pensé en las horas que había pasado mi amiga ahí sola, mirando por la ranura, sin otra compañía que la obscena relación entre maestra y alumno. Puse mi mano sobre el hombro de Bibi y comprobé que, efectivamente, el movimiento provenía de su brazo: el armario era su rincón privado y ahí solía desahogar sus íntimos impulsos. Mientras, al otro lado, Elsa y Guillermo estaban en una intimidad más convencional de lo que esperábamos, pero muy apasionada al ser su despedida.
La mano del hombro la llevé a su cara, acercando el índice a su boca, para tantear el deseo de Bibi. Esperé en silencio a su reacción, hasta que sentí su lengua humedecer mi dedo, para finalmente llevárselo dentro de su boca haciendo mojar instantáneamente mis braguitas.
Hice que se levantara y que mirase por mi punto de observación y me coloqué detrás de ella, bajándole las braguitas. Mientras ella miraba masturbándose en silencio, yo renuncié al espectáculo de Elsa, que en aquel momento se había sacado el pene de Guillermo y lo estaba llevando hasta la profundidad de su boca, y lamí el ano de mi amiga. Envuelta por la oscuridad de la estancia, estuve mucho tiempo con la lengua metida en su culo, alternándolo con lametones y la introducción de mis dedos, mientras los suyos aparecían y desaparecían por mi barbilla, en una masturbación loca de su vulva, momento que yo aprovechaba para chuparlos brevemente.
Bibi estuvo una hora masturbándose sin parar, y yo tuve que dar un descanso a mi lengua. Me masturbé junto a ella y esperé al final de la clase, que fue cuando mi amiga terminó en seco su masaje. Cerramos las ventanitas de nuestro observatorio y abrimos la puerta del armario, haciendo que la luz del despacho diese por finalizada esa hora y media tan mágicamente intensa. Una vez que se subió las bragas, lamí su mano como gesto de solidaridad entre amigas mirándola a los ojos. Me besó intensamente y salimos del armario. Antes, volví y recogí el muestrario de tazas y platos que había repartido por el suelo, para hacerle saber que era consciente de sus momentos de solitaria observación.

16.8.18

Cambio de planes

Te cuento. Estaba en un disco-pub, con las amigas. Éramos cuatro o cinco, una noche de chicas total. La mitad solteras o divorciadas, y todas con el niño en casa. Estábamos pasándolo bien, hablando de nuestras cosas, todas monas y guapas, porque con nuestra edad seguimos tan radiantes como de jovencitas.

En esas que vi al otro lado del bar, en la barra, al ex de una amiga. Y como siempre había tenido una buena relación con él, me acerqué a saludarlo, bajo la mirada de reproche de Ana… a esa la conoces… sí, sí, esa… pues sigo.

Me acerqué a él. Es bastante más alto que yo, así que para darnos los besos de saludo, me tuve que apoyar en sus brazos para empinarme. Mientras le daba esos dos besos, palpaba sus bíceps, más musculosos de lo que recordaba. Me gustó tocar a un hombre, tras tanto tiempo en secano, y me sentí enrojecer. ¡Menos mal que el pub tenía poca luz! Estuvimos charlando de nuestros divorcios, de cómo nos iba. Con la música teníamos que acercarnos mucho, prácticamente nos hablábamos al oído, y no perdía la ocasión de volver a poner mis manos en sus brazos. Algunas veces, cuando me pegaba tanto a él, hacía que mis pechos rozaran sus manos. En una ocasión, se movió de forma que los nudillos pasaron por mi pezón. Yo dejé de hablarle y lo miré sonriendo, no sabía hasta qué punto se estaba insinuando o simplemente fue un movimiento casual. El también me sonreía mirándome los labios, y me acerqué a él otra vez como antes, volviendo a posar mi pecho en su mano, y él volvió a deslizar los nudillos por ellos, pero más descarado. La conversación se volvió más personal. Me preguntó por mis ligues, y le dije que estaba a dos velas desde la separación. El tampoco es que estuviera muy contento con sus relaciones, lo suyo era más reciente y aún se estaba adaptando a la nueva situación. Hablábamos muy cerca uno de otro, con las mejillas casi en contacto, a veces se cruzaba nuestro aliento, pero ninguno hizo por apartarse. Nos piropeamos y nos reímos. Yo estaba contentísima al sentir el calor de una mano ajena en mi pecho.

No estaba tan contenta con Ana, que nos miraba desde el otro lado, con la cara muy larga. Si ya era imposible ligar cuando íbamos en grupo, porque nos poníamos zancadillas unas a otras por pura maldad, encima a Ana no le hacía gracia que el ex de una amiga se relacionase con nosotras. Ambos nos sentíamos algo cohibidos, y acabó invitándome a tomarnos la última en su casa. ¡Pasar del tonteo a lo gordo! eso me dejó algo descolocada. No supe qué decir y cambié de conversación, apartándome de él. Mientras hablaba de cosas insustanciales, también pensaba en la próxima vez que iba a salir así, de fiesta, y en la oportunidad de echar un polvo de verdad, y no tocarme en la soledad de mi dormitorio. Volví a echarme encima de él.

— ¿Sigue en pié lo de ir a tu casa? —mi pregunta le cambió la cara.

— ¡Claro! ¿Quieres? —asentí y me pegué a él—. ¿Terminamos la copa o nos vamos ya? —eso me lo dijo abriendo y cerrando los dedos, buscando mi pezón por encima del sujetador. Ahí ya tenía las bragas mojadas.

— Vámonos ya. Sal tú primero, me despido de mis compis y nos vamos.

— Te espero en mi coche.

El salió, y cuando al fin me pude zafar de mi grupo, salí yo también. Lo vi apoyado en su coche, a varios metros del pub. Mientras me acercaba, él no dejaba de mirarme. Me miraba el pubis y empecé a balancearme. Estábamos muy excitados. Me abrió la puerta del acompañante y miró descaradamente mis piernas cuando me senté. Dio la vuelta, se sentó en su asiento, puso la llave pero no encendió el motor. Me miró, nos sonreímos y nos besamos. Su lengua pasó por la mía, me mordió los labios, yo se los chupé. Tenía una mano de él en mi nuca y la otra en mi cintura. Yo tenía mis manos entre sus mejillas, su pecho y su nuca. Estuvimos dándonos chupetones y besos ruidosos. Nos separamos, tenía la boca enrojecida. Te puedes suponer lo cachonda que estaba ya, y además el medio cubata me había sentado de maravilla.

— Vámonos. Me puedes hacer lo que quieras —esto lo dije con una mano en su ingle, cerca de su pene… bueno, eso… de su... polla… ¿puedo decírtelo así, verdad...? no, no se la toqué, cómo eres… El caso es que eso que dije sonaba mejor en mi cabeza que en voz alta. Me dio mucha vergüenza y él lo notó y se rió, nervioso.

— Como tú digas. Iremos a mi casa y haremos lo que tú quieras que yo quiera.

Nos reímos y nos volvimos a besar, intensamente, como antes. Me estaba pasando la lengua de un lado a otro de la boca, yo pensaba que eso es lo que haría en mi sexo, y estaba gimiendo sólo de pensarlo. Así estaba cuando me cogió la mano y la llevó a su pene, que estaba muy duro. Me puse más cachonda aún. Condujo mi mano por todo lo largo, lo notaba muy bien a través del pantalón. Nos besamos otra vez y nos volvimos a separar, yo me puse de lado y apoyé mi espalda a la puerta.

— Bien, entonces voy a empezar con lo que quiero —me dijo. Apenas le hacía caso, mirando el bulto que hacía su paquete, echando de menos su calor en mi mano. El me miró con una sonrisa picarona—. Quítate el sujetador.

Me sorprendió la propuesta, y me corté un poco. De forma instintiva me llevé las manos a los pechos, pude sentir el tacto de mis dedos en el escote, pensé en el deseo que provocaban en él, y me acaricié, pasando los dedos hacia los pezones, pellizcándolos. El se fijó dónde me había tocado y llevó sus yemas a ese punto. A través del sujetador apretaba la tela, atinando con mayor o menor éxito en mis endurecidos pezones. Asiéndole por las muñecas, le aparté las manos. Miramos a ambos lado de la calle. Sólo había dos personas a lo lejos, atrás, en la puerta del pub. Me desabroché la blusa y me quité el sujetador, me quedé con los pechos al aire, con miedo que pasara algún coche, o alguien, y me vieran. Me acarició un pecho con su enorme mano, bueno, enorme porque tengo unos pechos pequeños ¡pequeños pero macizos! Con el índice y el pulgar me tiró de un pezón y gemí.

— Ponte la blusa ¡no vaya a ser que pase alguien!

Nos reímos otra vez. Me abotoné y pude sentir el roce de la tela en mi piel, me miré por si transparentaba, la tela era blanca y muy fina… ¡es que estaba muy descolocada con todo, estaba entre cachonda y muertecita de vergüenza!

— También quiero otra cosa.

— Dime —apenas me salía la voz, pues tenía la boca inmovilizada por una sonrisa y mi aliento estaba a la merced de la excitación. Se acercó a mi oído.

— Sácamela.

Yo estaba paralizada, quería y no quería, al menos en el choche. Cogió mi mano y la llevó a su pene... sí, claro, era y estaba enorme.

— Yo miro por el retrovisor por si viene alguien, no te preocupes.

Le desabroché el cinturón, le abrí el botón del pantalón y le bajé la bragueta. Estaba muy sorprendida por lo zorra que estaba siendo, pero es que estaba muy salida. Le saqué como pude ese trozo de carne, que enseguida se puso aún más rígido. El estaba más excitado que yo. No se la solté, no podía dejar de tocarla. Acerqué mi cara a la de él y empecé a masturbarlo lentamente mientras que mi boca entreabierta gemía a la par, juntando mi aliento con el suyo. Se giró y nos volvimos a besar profundamente.

— ¿Qué tienes en tu mano? —al hacerme esa pregunta, sabía cuál era la palabra que él quería oír en mi boca. Me conoces, nunca he podido decir palabras soeces, la vergüenza me supera. Pero estaba siendo muy… muy puta, sí, y quería más.

— Tu polla —seguí masturbándolo—. Está muy grande.

— ¿Te gusta? —los dos nos mirábamos sonriendo.

— Me gusta mucho… me gusta tu polla.

Me cogió la mano que agarraba la verga, la acercó a mi boca, y usando el índice y el anular, abrió mis labios con ellos. Lamí mis dedos y dejé que me los metiera dentro. Acariciando la mano que sujetaba la mía, empecé guiarla para que mis dedos entrasen y saliesen de mi boca. Saqué la lengua y los pasé por las yemas y me los volví a meter. El no lo veía, pero me los chupaba como si fueran una verga. Agarró mi mano humedecida y se la llevó al capullo. Estuve masturbándole el glande mientras vigilábamos la calle. Con el despiste casi tenía un pecho fuera de la blusa, y él, dándose cuenta, se inclinó sobre mí. Me besó la parte que sobresalía y cuando llegó al pezón, chupó mientras la lengua lo apretaba a sus dientes, haciendo que gimiese fuerte. Se sacó la teta de la boca y volvió a mirar por el retrovisor.

— Chúpamela —me dijo mirando por el espejo. Yo tenía la polla en la mano aún. Miré hacia atrás, nerviosa.

— ¿Y si pasa alguien? ¡Qué vergüenza! —era mi palabra favorita. Pero mi mano se movía arriba y abajo sola, moviendo la piel de la verga con ella.

Miré cómo su capullo aparecía y desaparecía en mi mano. Estaba húmedo, y yo tenía la palma pegajosa. La llevé hacia abajo, estirando la piel, y me visualicé con ese trozo de carne que sobresalía en mi boca. Seguramente podía llegar hasta la campanilla, seguramente me podría atragantar. Podía imaginar el glande deslizándose por mi paladar y esto hizo que mi boca llegara a él, como si tuviese su propia voluntad. Mis labios, tiernos y húmedos, se abrieron levemente, introduciendo sólo una pequeña parte del falo. Pasé la punta de la lengua por la cabeza de su pene, dando pequeños lametones. Dejé que entrara algo más y moví la cabeza como antes lo hacía mi mano, que sujetaba el miembro con firmeza. Rogelio estaba muy silencioso, tieso en su asiento.

— ¿Te gusta así? —eso lo dije pasándome toda la verga de lado por la boca abierta.

— ¡Qué me gusta!

— Esta noche me siento un poco putón —nos reímos—. Soy tu putón. Esta noche —se lo dije muy seria, teníamos demasiados amigos en común y quería sellar nuestro secreto.

— Hoy eres mi putón —me acercó la cabeza a la suya y nos volvimos a besar. Sentir toda su lengua en mi boca, ocupando el lugar donde antes había estado su polla, me hizo mojar las bragas… sí sí, cómo eres, me las mojé más aún.

Seguí con la felación, me metí todo lo que pude, casi sentí arcadas, y esta vez quién gemía era él. Yo lo miraba de reojo por si abandonaba la vigilancia de viandantes.

— ¡Mierda! —Rogelio había visto algo.

Me levanté asustada. Me abroché bien la blusa y me limpié la boca como pude. El se metía dolorosamente el pene erecto en el pantalón.

— Viene tu amiga pesada esa, Ana. ¡A esta también le gusta joder a la gente!

Miré hacia atrás y la vi venir. Qué tía. Abrió la puerta de atrás y se metió.

— ¡Hola!

Le respondimos fríamente. Que si hacía frío, que si le había parecido vernos, que qué íbamos a hacer. Estaba claro que estaba ahí para reventarnos el momento.

— Nos vamos a mi casa a tomar una última copa —dijo Rogelio. Yo miraba hacia fuera, no me gustaba que Ana fuese testigo de mis escarceos amorosos. Esta es de las que luego van a criticar por ahí. Pero enseguida pensé que, de todas formas, ya iba a hacerlo.

— ¡Me apunto! —dijo.

— Pero María se va a quedar a dormir, es muy tarde para ir de un lado a otro. ¿Tú que vas a hacer?

— Me da igual, voy también. Yo duermo en cualquier sitio.

— Te va a tocar el sofá —Rogelio no iba a dejar que Ana nos fastidiase el encuentro.

— ¿Y dónde va a dormir María? —qué capulla era. Yo seguía mirando hacia fuera, estaba muy irritada y quería mandarla a la mierda.

— Ya nos apañaremos —él tenía un tono muy frío, y no dejaba de mirarme.

— ¡Venga, vamos!

Llegamos a su casa. Nos tomamos una copa de vino. El ambiente estuvo más relajado de lo que se podía esperar. Mientras hablábamos, Rogelio me miraba los pechos, más bien se recreaba en cómo abultaban mis pezones. En una ocasión que Ana no miraba, me desabroché un botón de la blusa, para deleite de él. En otra que ella fue al baño, me cogió los pechos con las dos manos, pellizcándome los pezones mientras nos besábamos, casi nos pilla la cerda al volver. Pero en esa ocasión había algo distinto en ella. Me costó saber el qué, pero di en la clave. Se había subido un poco la falda, unos dedos. Y también se había quitado el sujetador, pues al andar, aquello se movía demasiado. Ana también es pequeñita, como yo de alta, pero tiene mejor culo y unos pechos más grandes, y también firmes ¡aunque yo tengo mejor figura! Así que a Rogelio no se le pasó por alto lo del sujetador, y acabó por darse cuenta de la falda también, porque al sentarse la muy zorra, se pudo ver que llevaba medias, y no panties… sí, de lencería fina. Rogelio ya miraba demasiado las piernas de Ana, y mi cabreo iba en aumento, así que dije que me gustaría acostarme, y me retiré al dormitorio, con la mirada de guasa de Ana. Rogelio le dio a Ana un pijama y me siguió a la habitación.

La casa era muy chica, así que cualquier ruido lo escucharía nuestra entrometida invitada. Intentamos ser discretos pero fue inútil, pues Rogelio pronto puso nuestra situación donde debería haber estado desde un principio. Me cogió de los pezones y me acercó a él hasta que nuestros cuerpos se tocaron. Para poder mirarlo me quedé con la cabeza mirando hacia arriba.

— ¿Cuánto de puta eres ahora? —con esa única pregunta me puso otra vez muy mojada.

— Soy tu putón —me quedé con la boca abierta, suspirando, mientras acariciaba el pene y los testículos a través del pantalón.

Juntó los labios y dejó caer saliva de su boca. No me lo esperaba y cayó en mi barbilla, pero como repitió el gesto y ya estaba prevenida, saqué la lengua. Recogí su baba y me la tragué. Ese juego me resultaba extraño y, para cambiar la situación y como quería sentir otra vez el tacto de su pene erecto, le bajé los pantalones. Me puse otra vez frente a él, sosteniendo su gran verga en mis manos. Me volvió a coger de los pezones y me escupió, mojándome la cara. Yo ya no sabía cómo reaccionar, si ofendiéndome o buscar que me introdujese de una vez su duro falo en mi vagina. Soltó mis pezones y, sujetando mi cara, me besó intensamente. A la vez que nuestras lenguas jugaban una con otra, pensaba en qué decirle sobre el respeto y eso. Empecé a notar cómo salivaba en mi boca y empecé a tragar. Contra más tragaba, más cachonda me ponía. Me sentía muy puta. Su puta. Nos separamos, pero esta vez me quedé con la boca abierta y la lengua fuera, quería más, quería sellar mi consentimiento. Dejó caer un poco de saliva sobre mi boca. Pero no era suficiente.

— Escúpeme —rogué. Quizás lo dije demasiado alto, porque Rogelio miró fugazmente hacia la puerta. Y me escupió. Cerré los ojos en un acto reflejo, pero la boca permaneció abierta. Me di cuenta que le estaba masturbando con brío y me puse de rodillas a comerle la polla… ¿y cómo quieres que te lo diga? estaba fuera de mí, nunca había follado así y me sentía a gusto, muy puta… no, no ese tipo de puta, no me vaciles más.

Me metí la verga hasta que tocó la garganta. Quería medir las distancias y agarré con la mano lo que sobraba, y empecé a recorrer el falo con mi boca. Estaba muy duro, y para mi satisfacción, todo eso estaba bien dentro de mi. Con la lengua recorría sus pliegues, y con los labios apretaba su carne. Cogí algo de velocidad y su glande empezó a golpear mi garganta, haciendo involuntariamente un ruido que cada vez era más sonoro. Bueno, hacíamos ruido, porque Rogelio estaba gimiendo también. Seguro que Ana también lo oía desde el salón, me daba igual, que no hubiera venido.

Rogelio se quitó la camiseta y yo aproveché para desnudarme. El seguía de pie, frente a mí, y yo, de rodillas, le cogí de la cintura y empecé a meterme la verga entera, apoyándome en él, tocándola sólo con mi boca. Lo miraba a los ojos, quería verle gozar… sí, vale, y porque también he visto porno y me veía una estrella feladora. Quise metérmela entera y me dieron arqueadas. Ahora la que salivaba era yo, con los ojos llorosos. Le hablé mientras le masturbaba con las dos manos.

— Quiero tragármela entera. Ayúdame a empujar, que llegue hasta el fondo.

Yo no sabía exactamente lo que estaba haciendo, creo que él tampoco. El caso es que me la metí lentamente, haciendo que pasara por mi paladar, llegó a la campanilla, la metí un poco más y me dieron ganas de vomitar, pero aguanté, y lo miré mientras empujaba. Me agarró por la nuca y empujó también. Joder, se metió entera, pero tuve que sacarla. Casi me sale la cena también. Estuve tosiendo, se me metieron los jugos gástricos por la nariz. Ana tenía que estar flipando. Me recuperé y volví a metérmela. Golpe a golpe la fui introduciendo más adentro. Otra vez hasta el fondo. La sensación de ahogo era angustiosa y otra vez las arqueadas presentes. Moví la cabeza lo que pude, haciendo un ruido que me salía de dentro, luchando contra el instinto. Pero la tenía ahí dentro, como un auténtico putón. Me la saqué, lentamente, con los ojos llorosos, la baba me caía por los pechos y me los acaricié, pellizcándome los pezones mientras lo miraba, satisfecha.

Me cogió del pelo, por la nuca, y me llevó a la cama, poniéndome boca arriba, con la cabeza saliendo del colchón. Me metió la polla en la boca y me la empezó a follar. Sentía cada centímetro de su piel cuando el falo recorría mis labios al entrar y salir. Si veía que el capullo se iba fuera, agarraba la polla y chupaba más. Y él la volvía a meter más adentro. Con la otra mano me estaba frotando la vulva a placer, igual que él me metía la polla en la boca. Empujó hasta que me la tragué enterita otra vez. La excitación de ser tan puta estaba pareja con la angustia de tener esa masa en mi garganta. Me empezó a obsesionar la idea de tener su semen en mi boca, tragármelo. Pero antes quería esa polla dentro de mí, en otro sitio. La tenía tan dentro que no podía ni tragar ni respirar, y tuve que sacármela como pude, y me tuve que incorporar, volviendo a toser. Cuando me recuperé, me volvió a poner en la cama boca arriba, pero esta vez fue él quien llevó su boca a mi sexo. Besó el clítoris con suavidad, sólo con los labios. Luego sacó la lengua y empezó a lamerme despacio. Yo estaba muy excitada, entregada. Me daba la sensación de que iba a venirme muy pronto. Mientras hacía esto, separó con sus dedos los labios de mi vulva y empezó a besarlos. Poco a poco a los besos le acompañaban la lengua. Primero se acercaba a mi vagina en un breve lameteo, y luego sentí el movimiento dentro de mi. Empezó a mover la lengua por todos lados. Yo gemía. La sacó y volvió a mi clítoris, pero introduciendo un pulgar en mi rajita. Empecé a sentir que me venía cuando noté el índice alrededor de mi ano. Cuando terminé de correrme me vi pellizcándome los pezones, con su pulgar en mi coño y el índice bien metido en el culo... lo has pillado, ya.

Me miró, y tal y como lo hizo, supe que me iba a meter la verga. Sin moverme, boca arriba y con las piernas abiertas, me metió la polla, primero la punta, luego el resto, parecía mentira lo que me cabía. Empezó a follarme con muchas ganas, mi sexo estaba hiper lubricado. Me veía tan chica con ese hombre encima y esa verga dentro… y él me veía igual porque empezó a manejarme como si no pesara. Me asió los pies y me cerró las piernas, con la polla dentro. Puso mis rodillas tocándome los pechos, y me follaba mientras me tenía cogida los tobillos con una sola mano. ¡Tenía ganas de gritar de placer...! Puede que lo hiciera. Paró y sacó la verga. La pasó por el clítoris, la vagina y el culo. Yo suspiré y me estremecí al pensar que me la iba a meter por ahí. Sin embargo, colocó otra vez el glande en la vagina, lo entró poco a poco, y siguió follándome, con toda esa polla dentro de mi y las piernas cerradas, sentía el coño muy apretado... sí, sí, lo sentía así ¿Qué? Pues ahora te quedas hasta el final.

Sudando, me sujeté las piernas por detrás de las rodillas. Empecé a gemir y él empezó a follar más rápido. Con sus empujones me veía cada vez más fuera de la cama y me sujeté a sus brazos para tener un punto de apoyo, notando la verga más adentro y haciendo que mi clítoris se estremeciera cada vez que entraba en contacto con su ingle. Sacó la polla, se levantó y, dando un rodeo por la cama, me la metió en la boca. Se la cogí y empecé a mamársela. La polla sabía a mis jugos y eso me puso aún más a cien. Creía que se iba a correr y le masturbé mientras chupaba el glande, pero en esa posición me era muy incómoda la felación. Me puse a cuatro patas y volví a metérmela hasta el fondo. Le iba cogiendo práctica y me sentía cada vez más cómoda con el glande en mi garganta, pero no podía evitar que al sacarla un mar de saliva saliese con ella. Me sentía muy zorra viéndome atragantada con su verga, y eso hacía que no pudiera dejar de hacerlo.

Como estaba a cuatro, me cogió en volandas y me dio la vuelta. Me escupió otra vez, ahora en el ano. Hacía muchísimo tiempo que no recibía atenciones por ahí. Su glande presionó intentando entrar. Quise decirle que tuviese cuidado, pero cuando noté su aliento en mi culo, comprendí que él iría con tiento. Noté la punta de su lengua arriba y abajo, rodeando mi agujerito y me excitó mucho. Después, la lengua se abrió paso, y tuvo que llegar muy a fondo, porque notaba cómo aumentaba la dúctil presión. Sentí cómo metía un dedo, y luego otro. Empecé a tocarme el clítoris y sentí otra vez el glande a las puertas de mi culo.

— Fóllame, métemela entera —parecía que alguien sacaba esas palabras de mi boca… ¡me había poseído la puta que llevo dentro, jajaja! Si Ana estaba escuchando al otro lado de la puerta, no le di ninguna opción a la imaginación.

Rogelio me la metió, ya lo creo. Me abrasaba y sentía que me había abierto en dos. Tenía un placer inmenso y su polla era como un palo que abría y cerraba mi ano. Yo no paraba de tocarme el clítoris, y como no dejaba de lubricar, me dio la impresión de que tenía los dedos arrugados. Me acerqué la almohada y la mordí para no gritar de placer.

— Me voy a correr —me dijo.

— Córrete, dame fuerte.

Y se corrió en mi culo. Sentí su leche dentro y siguió follándome un poco más hasta que sacó la verga. Me di la vuelta y volví a metérmela entera en la boca, aún dura como una piedra. Se la chupé hasta que disminuyó claramente su tamaño.

Nos echamos en la cama, extasiados. Fui al baño del dormitorio a asearme un poco y cuando salí, él no estaba y la puerta estaba abierta. Entró al rato con dos vasos de agua y dos copas de vino, pero seguía desnudo.

— ¡Ha podido despertar a Ana! ¿Y si te ha visto así?

— Está dormida —esto lo hizo haciendo un gesto como si no le importase lo que decía.

Se había dejado la puerta sin cerrar del todo y una ligera penumbra dejaba ver el pasillo. Fui a cerrarla pero me cogió de la mano.

— Ahora vas a ser más puta aún —me lo dijo al oído. No me gustaba del todo la idea de tener a Ana mirando… no del todo. Mientras me hablaba, yo tenía mi mano a la altura de su polla, la rozaba ligeramente y notaba cómo se iba recuperando—. Seguro que eres capaz de ponérmela dura otra vez.

Estaba muy cortada. Miré de reojo hacia la puerta y me aseguré de que en el pasillo no había nadie. Me convencí de que la muy cerda estaba durmiendo la mona. Me puse frente a él, le cogí la verga con una mano y con la otra le cubrí los testículos. Imaginé que yo estaba al otro lado de la puerta y pensé en las guarradas que podría ver desde ahí. Así que empecé a acariciarle el escroto mientras lo miraba sonriente. Con la otra mano comprobaba cómo la verga perdiendo la flaccidez, y empecé a moverla lenta e intensamente. Me arrodillé y me metí sus huevos en la boca mientras dejaba que su verga reposara en la palma de mi mano. Le estaba dando la espalda a la puerta, así que decidí ponerme al otro lado, pero haciendo exactamente lo mismo, para poder ver si se acercaba nuestra incómoda invitada. Tenía un testículo en la boca y la mano que sostenía la polla se movía lentamente. Entonces la vi. Se había acercado un poco a la puerta, creyendo que estaba en la oscuridad. Por lo que pude entrever, estaba sin el pantalón del pijama, con el tanga puesto, y creo que se estaba tocando. Me escupí en la mano y empecé a masturbar a Rogelio con lentitud, pero a conciencia, quería que Ana viera la verga en su plenitud. Yo también empecé a tocarme y no podía dejar de mirar de reojo al pasillo, mirando las piernas de Ana y su mano metida dentro de la chaqueta del pijama. Me puse de manera de que ella no me pudiera ver los ojos. Por mi actitud, Rogelio se dio cuenta de que teníamos visita.

— Chúpame la polla.

Dejé de masturbarlo, pero no se la solté, y me quedé mirándolo. Entonces me cogió por los pelos y llevó mi boca a su verga, sin hacerme daño, sólo para representar el numerito de dominación para nuestra mirona. Saqué la lengua y dejé que el capullo la usara como tobogán para llegar al interior de mi boca. Le sujeté el rabo y empecé a metérmela y a sacármela, haciendo un enorme ruido de ventosa cuando salía. Le estaba haciendo un mamazo de baja intensidad, esperando a que él reaccionase. Y lo hizo. Me cogió del cogote y empezó a mover la cadera, follándome la boca, pronto empezó a mover mi cabeza también. Sin embargo era yo quien dirigía la entrada y salida de la polla, al menos en parte. Cada vez me llegaba más adentro, hasta que me la metió en la garganta. Ahí me la metí más, y en una perfecta coreografía, él empujó un poco más. Aguanté lo que pude, sacándola después con la tos sobrevenida. Ana se estaría satisfaciendo a placer.

Le seguí masturbando, con intervalos en los que le chupaba el capullo y en otros en los que volvía a hacer una penetración profunda. Mientras le movía la polla, le pedí que me la metiese por el culo. Me volvió a coger del pelo y me arrojó a la cama, me puso a cuatro patas y me escupió en el ano. Pronto consiguió meterme el capullo y el resto de la verga después.

— Así, métemela entera.

La tenía muy gorda y empezó a molestarme un poco. Me mojé los dedos para lubricarla, pero apenas pude, él me ayudó escupiendo otra vez y dejando que la propia polla repartiese su saliva, follándome con fluidez. Yo estaba fuera de mi. Estaba boca abajo y miré sutilmente a la puerta, y ella seguía en la penumbra.

— Fóllame fuerte —él empezó a follarme con más rapidez, yo me estaba tocando y me iba a correr—. Más fuerte, dame más fuerte. Abreme el culo.

Rogelio hacía lo que podía, el pobre no podía ir más rápido, pero me corrí, dejando que él siguiese un poco más. Me paré y me la saqué lentamente, haciendo que mi ojete fuese testigo y cómplice de las dimensiones de la verga. Cuando salió toda, noté pequeños espasmos en el ano. Jamás me había sentido así, y me gustaba.

— Mira cómo me lo has dejado.

El abrió los cachetes lo suficiente como para que Ana lo pudiese ver.

— Todavía no he acabado —me dijo con la polla en la mano.

Me di la vuelta y le dije que tenía que ir al baño un ratito. Me puse de pie, y cogiéndole la verga le dije que le daría lo suyo. Me fui al aseo y cerré la puerta… ahora te diré lo que pasó… me lo dijo una amiga de un amigo… jajaja, imagínate…

Ana se había masturbado cuando estuvimos follando a puerta cerrada, y casi la pilla infraganti Rogelio cuando salió a por el vino y los vasos de agua. Se quedó petrificada cuando lo vio salir desnudo hacia la cocina, pues tiene una cocina americana y sabía perfectamente que la luz podía despertar a su invitada. Como el muy cabrón se tomó su tiempo, la imaginación de Ana volvió a desbordarse. Luego lo vio volver al cuarto y cómo dejó la puerta sin cerrar. Ella sumó dos y dos y se acercó. Llevaba lo que te dije, el tanga y la camisa del pijama, a medio abrochar.

Mientras se pajeaba a nuestra costa, Ana dudaba sobre si aproximarse más o mantener las distancias, pero cuando vio cómo me tragaba la polla de Rogelio, no se resistió a acercarse. Cuando me estaba corriendo, su camisa ya estaba prácticamente desabrochada y tenía un pezón rozando el marco de la puerta, pero luego se alejó prudencialmente.

El caso es que cuando Rogelio se quedó solo, se empezó a manosear la polla, para mantenerla erecta. Se pasaba por la habitación, y Ana lo veía de un lado a otro pajeándose mientras que aparecía y desaparecía de su campo de visión, hasta que se paró tras la puerta. Ana no veía nada y esperó. Y vio la polla asomar por el hueco. No veía a Rogelio, sólo la polla y la mano masturbándola. Esa mano le hizo una señal para que pasara y ella se quedó petrificada, pero con la mano metida en el tanga y con un dedo en metido en el chocho. Rogelio terminó de abrir la puerta y, sin parar de tocarse la verga, se quedó mirando las piernas desnudas de Ana, la mano moviéndose dentro del tanga, el pezón que no dejaba que se le cerrase la camisa, la boca carnosa abierta, dejando ver los dientes y la lengua que humedecía los labios.

Ella se puso muy cachonda viendo cómo la miraba y se acercó a él. Se besaron sin tocarse, ella quiso desnudarse pero él se lo impidió. Como tenía los dedos mojados, a modo de ofrenda los pasó por la boca de Rogelio, que los saboreó y chupó, para a continuación, chupárselos ella misma. Luego agarró la polla y empujó con ella a Rogelio hasta la cama, y lo sentó en ella. Ella se arrodilló y se puso el glande en los labios, con la boca abierta. La punta de la polla descansaba en su labio superior y mantenía el labio inferior pegado a la verga. Notaba el olor de mi culo y esto le hizo estar aún más dominada por el deseo, y quería que nosotros también nos contagiáramos de su excitación. Así que, focalizada en meterse la verga por el culo, sabiendo que antes había estado en el mío, quiso que antes pasara por su garganta, y por eso la muy puta le estaba comiendo la polla a cámara lenta.

Le pasaba la lengua por el glande, dejando que él viese cómo le lamía. Cerraba la boca al tragar saliva, para saborearme, mientras sostenía la polla con las manos. Luego volvía a colocarse el glande entre el labio y los incisivos y volvía a pasar la punta de la lengua, como si fuese un caramelo. Dejaba caer su baba a lo largo de la polla, y de vez en cuando la recogía con la lengua de abajo arriba, acabando el capullo dentro de la boca y tragando lo que había atrapado su lengua.

Sabía que yo aparecería en cualquier momento y mantenía el culo erguido en dirección a la puerta del baño, con el hilo del tanga separando levemente la rajita Yo hacía rato que había apagado la luz y abrí la puerta, mirándolos. Esperaba el momento de entrar. Por un lado me jodía bastante que se entrometiese la cerda, pero por otro, sabía que eso era lo que quería Rogelio, y yo, siendo su puta particular esa noche, ya había gozado más que en toda mi vida amorosa. Así que no iba a parar, no al menos ahora. Eso sí, yo no soy lesbiana, y no sabía hasta dónde iba a poder llegar. Pero mientras la veía con la polla en la mano, chupándola como una piruleta, con el pezón sobresaliendo y el sexo apuntando conscientemente hacia mí, sentía un hormigueo que me subía desde la entrepierna hasta el pecho. Ella se cuidaba más que yo, hacía algo de gimnasio, no había más que mirarle los glúteos y la firmeza de sus pechos para darse cuenta, pero no era su cuerpo lo que me excitaba, sino la actitud sumisa que adoptaba. Parecía que el papel de putón que yo había tomado esa noche, ella lo llevaba practicando desde hacía tiempo. El caso es que no podía dejar de mirarle el ano, que lo tenía depilado y blanqueado. No me lo podía creer. Joder, sentía un impulso irrefrenable de acercarme por detrás, tirarle del pelo hacia mí para que me mirase, apartar un poco el tanga y meterle un dedo ahí dentro.

Ana se echó el pelo hacia el lado opuesto a mi y se metió la verga en la boca. Yo veía su cabeza moviéndose y sus dedos aparecieron a mi vista, pues empezó a pasarlos por su vulva. Frotaba el clítoris con rapidez, para luego abrir sus labios, pasando los dedos a lo largo de su sexo, y volver a su clítoris. Su sexo depilado parecía estar muy suave, y me molestaba pensar en ello. Tal y como me salía de las tripas, me acerqué y le cogí del pelo, echando su cabeza hacia atrás. La polla de Rogelio salió como un resorte, mojada. La había liberado de su boca, pero ella mantenía una mano sujetando la verga. Me miró sin sorpresa, y la cabrona no cerraba la boca, esperando que yo metiera mi lengua en ella.

— Había una perra en tu casa —le dije a Rogelio. Pero mi insulto hizo que Ana acercara la cara aún más a mí.

— Debe ser tu perra, porque vino contigo — me dijo él. Sí, ella iba a ser mi perra…

Mientras la tenía agarrada por el pelo, y sin saber por qué, la besé. No entendía nada, ya te digo que no soy lesbiana, pero me gustó. Su boca tan suave, tan mojada, su sabor a polla, coño y culo. Su entrega con la lengua, sus gemidos en mi boca. Yo ya estaba muy mojada… y enojada, sí. No sólo se iba a follar a Rogelio, sino que también me iba a follar a mí, lo sabía. Me separé y la dejé con la cara hacia arriba, a un palmo de mi, tal y como Rogelio me tenía al principio de la velada. Así que de forma instintiva, escupí en su boca, más bien dejé caer saliva. Ella metió con un dedo el hilillo que quedó fuera, mirándome como si yo hubiese eyaculado en su boca y estuviese relamiéndose. Me odiaba y la odiaba porque noté cómo volvía a mojarme.

Rogelio se puso de pie. Su pene apuntaba a Ana.

— Sigue con la polla —dije. Empujé su cabeza hacia la verga, que introdujo hasta la campanilla.

Empezó a mover la cabeza con ímpetu. A mi mano, en su nuca, le costaba seguirla y podía notar que a cada vez la verga llegaba más al fondo. Se la sacó y empezó a masturbarlo. Lo miraba a él y me miraba a mí, como un animal en celo. Me puse de rodillas junto a ella y agarré la polla, ella la soltó y se quedó con la boca abierta muy cerca de la verga, respirando profundamente y mirando fijamente mis labios. Abrí la boca y me la metí, estaba mojada por sus babas, y pronto las mías se unieron a las de ella. Sentía su capullo en mi paladar otra vez, y lo chupé mientras lo masturbaba. Mis manos resbalaban por la verga, y notaba la mejilla de Ana cada vez más cerca de la mía. Me saqué la polla y me puse un poco más arriba que Ana, y dejé caer saliva sobre ella, pero antes de que cayese, se colocó justo debajo, haciendo que el reguero entrase en su boca, y lamiendo mi mojada barbilla, hasta que chupó mi labio inferior y luego se fundieron nuestras lenguas.

¡Qué cabrona! Ya te digo que no soy lesbiana, pero me estaba poniendo más besarla a ella que comerme esa pedazo de polla. Mientras tenía su suave lengua en mi boca, me frotaba el clítoris y masturbaba a Rogelio. ¡Joder, que me corrí! Lancé un gemido dentro de la boca de Ana. Esta agarró la mano que yo tenía en la verga, y dirigió el falo a su boca. La lengua que había estado en mi boca ahora servía para que la polla se deslizara hacia su garganta. Usando mi mano, movía la piel de la verga, mientras el miembro aparecía y desaparecía por sus labios. Cada vez que la polla sobresalía, ella chupaba, y tragaba. Yo estaba hipnotizada viéndola chupar con tanto estilo, y ella me miraba mientras lo hacía.

Me estaba seduciendo, quería manipularme para quedarse con la polla, no iba a permitírselo. La cogí de los pelos e hice que soltara la verga. Empujé a Rogelio y lo puse boca arriba en la cama. Me subí encima de él, colocando mi vulva sobre su glande, llevé mis manos hacia su ingle y sujetando la polla con las dos manos, me la fui metiendo. No costó nada que llegase al fondo porque estaba muy mojada. Empecé a mover las caderas, notaba su falo abriéndome el coño y cómo paseaba su capullo dentro de mí... no, no me interrumpas ahora, cielo, deja que siga. No me podía concentrar en nada, sólo en moverme, y por más que me movía hacia delante y hacia atrás, su enorme polla siempre estaba dentro. Ana se subió a la cama, y se puso de rodillas junto a nosotros. Se había quitado la camisa, pero seguía con el tanga, recogido a un lado de la vulva, porque se estaba metiendo dos dedos a una velocidad considerable. En mi estado de éxtasis, provocado por la verga de Rogelio, sólo había una cosa en la que podía fijar mi atención: los pechos de Ana, que brillaban por el sudor. Además, para variar, ella no dejaba de mirarme mientras se tocaba, con la boca carnosa pidiendo que metiera mi lengua dentro… pero no iba a dejarla vencer. Me sentía fenomenal con la polla bombeando mi coño, y no necesitaba a esa guarra disputando mi noche. Sin embargo, no tardé en cogerle el pecho, no podía negar que era lo que quería hacer, y me sentí aún más putón. Ella se estremeció y le cogí de un pezón, tirando de él. Ella me miró con expresión de súplica y me lo llevé a la boca. Se lo chupé, y mordí, y lo volví a chupar. Se puso a gemir fuerte y abrí los ojos. Rogelio le estaba chupando el otro pezón, mientras que apretaba bien fuerte el pecho con una mano. Parecía que a Ana le iban las sensaciones fuertes.

Volví a concentrarme en el pollón que me estaba haciendo gozar, y me entusiasmé tanto que al final se salió. Ana lo vio y metió la verga otra vez en mi coño, sujetándola para que no se saliese. Me dieron ganas de comerle la boca, pero no le iba a dar esa satisfacción a esa puta. Yo seguí a lo mío y ella se sentó sobre la cara de Rogelio. La veía gozar mientras se acariciaba los pechos mirándome con los labios entreabiertos. Me movía inclinada un poco hacia delante, de forma que nuestras caras estaban muy cerca una de la otra. De los labios humedecidos de su boca salían gemidos ahogados y me estaban volviendo loca. Me cogió de las mejillas y me acercó a ella, besándome justo cuando se corría con la boca de Rogelio. Sin soltarme, terminó su último orgasmo y me lamió los labios, hasta que introdujo la lengua. Se separó y me escupió en la boca.

Me sorprendió. Me dio coraje el mensaje implícito en el gesto, pero en el fondo quería dejar de lado el resentimiento que tenía por haberse colado en nuestra fiesta particular. Si aceptaba su saliva podía besarla y acariciarla sin tener repetirme que yo no era lesbiana, que ella era una entrometida… sólo tendría que dejarme llevar y poder pasar mi lengua por ella hasta quedarme seca. Así que abrí la boca y ella dejó caer su saliva. Me la tragué mirándola, yo estaba ya en mi enésima corrida con Rogelio y ella me agarró los pechos, besándome.

Se tumbó al lado de Rogelio y, cogiéndome del pelo, llevó mi boca a su sexo. Liberado el mío de la verga, sentí cierto alivio por abajo, y en cierto modo me reconfortaba poder descansar. Así que me concentré en saborear las esencias de Ana. Pasé la lengua por su rajita, que estaba muy mojada, pero acabé lamiendo el clítoris. Rogelio también se tomó un respiro, tumbado junto a Ana, jugando con sus pechos. En el momento en que vio que su miembro perdía volumen, se puso en la cabecera de la cama, con el pene muy cerca de la cara de ella. Esta, en cuanto lo vio, no perdió el tiempo y se lo metió en la boca. Al principio lo chupaba usando principalmente la lengua, oculta en su boca, pero conforme la verga se volvía más dura, aumentaba el movimiento de la cabeza, con entusiasmo, hasta que le agarró por el escroto y dirigió el movimiento de él hacia su boca. Notaba a Ana apunto de correrse otra vez, así que le introduje el medio y el anular y, ayudándome con ellos, la llevé al clímax. ¡Casi se tragó la polla de Rogelio entera!

Con los pezones de punta, se incorporó y de un salto se puso a cuatro patas.

— Métemela, como a una perra —dijo.

Rogelio se acercó e introdujo parte de su verga. Pensé que el pobre ya tenía que estar a punto de descargar. Pero Ana lo interrumpió, sacándose la polla.

— Tú no, que la meta María —no me esperaba lo cachonda que me podía poner ser mamporrera.

La cogí con las dos manos y me la llevé a la boca, la chupé un poco, saboreando a Ana una vez más. Asida a su culo, metí el falo con la otra mano. A ver cómo te lo digo finamente... el coño se abría para recibir la polla, haciendo que las carnes húmedas hiciesen un leve sonido al rozarse, y al ver cómo apenas dejaba sitio en su vulva, me hice una idea de cómo había estado la mía hacía tan solo unos minutos. Rogelio la empezó a follar lentamente. Pero Ana volvió a interrumpir.

— María, cielo, métemela por el culo.

Con la polla de Rogelio aún dentro de su vagina, llevé un dedo a su ano. En seguida me di cuenta de que ella había estado preparándolo esa noche, porque entró sin dificultad y pronto fueron dos. Escupí en el agujero antes de meter el glande. Como costaba meterlo, lo saqué y lo chupe un poco, y a continuación metí la lengua en el ano de ella. Después de eso fue más fácil, ante el goce de Ana. Me quedé cogida a sus glúteos viendo cómo el falo entraba y salía, y Rogelio me miraba encantado, pero veía que se estaba conteniendo.

— ¡Dame un cachete! —me dijo. La miré sorprendida—. ¡En el culo!

Le di una palmada, pero quedó algo ridícula. Rogelio le dio otra con más éxito, pero fue la segunda la que tuvo con más sonoridad. Ana acompañó a los gemidos un pequeño alarido. Tenía el culo enrojecido.

— Joder, Ana, lo tienes todo. Eres una pedazo de puta —le dije.

— Soy toda para ti—esto lo dijo en un hilillo de voz que me puso los pezones duros.

Le di un cachetazo más fuerte, y otro más. No me terminaba de gustar eso, pero la muy zorra cada vez gemía más. Rogelio me hizo un gesto como si fuese a eyacular, así que siguiendo con el protocolo, así a Ana por la cabeza y dejé caer saliva sobre su boca. Ella la abrió y recibió el testigo sin resistencia. Volví a su culo y saqué la polla. Acercándome al oído de Rogelio, le di instrucciones de cómo quería que me follara. Así que me puse a cuatro patas y él metió la punta en mi culo, dándome pequeños empujones. Ana se acercó como yo había estado antes con ella y Rogelio empezó entonces a darme con más brío.

— ¡Así! ¡No pares! ¡Dame fuerte!

Ana me estaba masturbando y Rogelio me follaba como un loco. Cuando fue a correrse, sacó la polla y volvió a meter sólo la punta. Noté su semen entrar y cómo volvía a descargar metiendo un poco más el falo y cómo la fue sacando hasta que la última gota resbaló hacia mi sexo. Me giré y vi a Ana chupándole la polla, limpiándosela. La verdad era que Rogelio se merecía eso y más. Después, Ana pasó la punta de la lengua por mi culo, llevándose la leche que salía. Me incorporé un poco y volvió a salir más, ella, agarrada a mis piernas, lo lamía todo.

Se acercó a mí, con restos de semen por los labios, y me besó. Nos besamos. Su boca estaba llena de la leche de Rogelio y me la ofrecía. En el desenfreno chupé su lengua como si fuese una polla y ella hizo lo mismo. Estuvimos besándonos así hasta que no quedó nada de Rogelio.

Nuestro hombre no tardó en dormirse, pero Ana y yo aguantamos un poco más entre besos y sobeos. Por la mañana, me desperté muy temprano. Tenía a Ana al lado, dormida. Podía verle restos de semen y de mis fluidos, ya secos en sus pechos y su vientre. Abrió los ojos y, acariciándome el torso, me sonrió. Pero se le cambió la cara y se levantó.

— ¡Tengo que recoger a los niños, hoy nos vamos de excursión!

Se duchó y se vistió. Cuando se puso el vestido que llevaba por la noche, vi con otros ojos cómo se ajustaba a su silueta, la figura que le hacía. Me dio un beso y salió del dormitorio. Oí cómo abría la puerta y cómo la cerró, pero por el ruido que hizo el roce de su ropa supe que no había salido. Se acercó a mi lado de la cama y se dio la vuelta. Se subió la falda, enseñándome su bonito trasero. Lo puso un poco en pompa y me senté en la cama, metiendo mi mano entre sus nalgas, buscando su vulva.

— No, no —me dijo sonriendo. Cogió mi mano y simuló que le daba una palmada en el culo.

Comprendí. Le di un buen cachetazo en un lado y luego en el otro. Pero no se movió. Y repetí más fuerte. Me picaba enormemente la mano. Con la cara colorada, se giró, bajándose el vestido y me besó.

— Así me acordaré de ti mientras desayuno —dijo como despedida.

Eso fue lo que ocurrió esa noche. Después de eso, a Rogelio apenas he vuelto a verlo, siempre sin sexo, y con Ana mantengo una relación más o menos normal, como antes de eso. Casi normal.

Empecinada

Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, q...