30.11.18

Una petición

Era un sábado, algo temprano para despertarme. Volví a oír ese sonido, un leve golpeteo de unos nudillos llamando a la puerta de mi dormitorio. Al poco, la puerta se abrió y apareció mi hija, que entró silenciosamente y se me metió bajo mis sábanas, junto a mí. Empezó a hablarme, pero era evidente que quería decirme algo importante y no sabía cómo abordarlo. Cada vez que iniciaba una frase, desviaba el desarrollo de la misma hacia destinos insustanciales. Yo le prestaba atención pacientemente, pero en realidad estaba en vilo esperando a que me soltase de una vez lo que había venido a decir.

–Mamá...

–Sí...

–No sé cómo pedirte esto... es muy fuerte... ¡no me mires así! no es malo...

Ella estaba realmente preocupada y me transmitió su inquietud, pues empecé a imaginarme muchísimas cosas, empezando por que se había quedado embarazada con su novio. Era tan joven aún... se me erizó la piel. No podía ser eso, me habría dado cuenta, me dije. Quise desviar mis malos presentimientos a lo lo último que dijo y asimilé con mi mejor sonrisa que no era nada malo. Sea lo que fuese, mi hija aún confiaba en mí para contarme sus cosas y eso me hacía ser egoístamente feliz.

–¿Pasa algo con Carlos? –Carlos era su novio y aposté a que sería el motivo de su petición.

–No, no, bueno, sí. Pero no –la miré con las cejas arqueadas–. Esto... ¡te lo digo ya! Nos acostamos y eso...

–Ya hemos hablado de ese asunto. Si alguna vez quieres que venga a pasar la noche, no hay problema. Si sois discretos yo no...

–No es eso. Es que quiere que yo... que nosotros... vamos, que hagamos el anal.

Nos quedamos en silencio, ella pasando una vergüenza increíble y yo sin saber cómo reaccionar ante el conocimiento explícito de sus prácticas íntimas. Confiaba en ella completamente, y sabía que tenía una relación sexual activa con su novio, y de una forma u otra con otros antes. Inicialmente no comprendía por qué me mencionaba eso, pero una voz en mi interior me dio una idea de hacia dónde quería ir mi hija y, si estaba en lo cierto, aquello no era una buena idea.

Unos años antes mi hija quiso conocer cosas del sexo y recurrió a mí. Yo la enseñé a besar porque ella quería dar ese paso con seguridad cuando tuvo su primera cita. Por entonces ella tenía un grupo de amigas poco confiables y no se atrevió a preguntarles, algo que no me extrañaba porque yo tampoco habría recurrido a esa clase de chicas tan estiradas. Siempre me ha preguntado por el tabaco, el alcohol o las drogas. Mi sinceridad en todos estos asuntos de descubrimiento personal hizo que siguiese confiando en mí. Tras una vaga explicación de sus amigas, recurrió a mí por el tema de la masturbación y yo la enseñé a conocer su cuerpo de verdad. Por eso ahora me estaba temiendo lo peor.

–Mira cariño, me parece muy bien –le dije–, sólo hay que tener mucho cuidado las primeras veces... pero ¿tú quieres hacerlo?

–Sí, claro –se sonrojó.

–Pues me parece bien. De verdad. Sí. Disfruta, ¡pero sé prudente!

Le di un abrazo muy fuerte. Me daba pena que fuese mujer ya, pero la vida sigue su curso. Nos separamos y no se movió. Como me temía, ahora venía la segunda parte.

–Me da algo de miedo ¡pero yo quiero! ¿eh? Carlos tampoco lo ha hecho antes por ahí...

–Ya, ¡y seguro que se le ha ocurrido a él!

–¡Mamá! Yo también quiero hacerlo, creo que me puede gustar –la miré intrigada pues conociéndola, ese creo era algo más. Puso cara de inocente–. A veces me he metido un dedo, sólo la punta, por probar...

–Hija, entonces si ya sabes cómo, ¿por qué me cuentas estas cosas?

–Es que no estoy segura, me da miedo. No es lo mismo lo que yo hago con el dedito que lo otro...

–No, no es lo mismo: tú te tocas con cuidado, y tu chico va a desfogarse.

Nos reímos las dos por la tontería que dije y nuestra incomodidad se disolvió. Tras una pausa, se sinceró.

–He pensado que si tú me lo haces la primera vez, pues entonces sabré qué hacer con Carlos. Para saber si la cosa va bien o no. Me da mucho miedo... y sé que tú irás con cuidado.

–No me mal entiendas, si quieres lo hago yo, pero esto es algo que si lo exploras con él, seguro que es más bonito y excitante –mi hija me miraba con poca convicción–. Y no creo que necesite explicarte que no es lo mismo un pene de verdad que uno de plástico, que es de lo que yo podría ofrecerte.

–Ya lo sé, mamá. No es igual. Solo necesito saber qué es lo que tengo que hacer y, sobre todo, saber que puedo hacerlo. ¿Me ayudarás? Mami...

Me veía en un compromiso. En el fondo sabía que como yo se lo haría, no se lo iba a hacer ninguna de sus amigas, y ella también era consciente de eso, porque yo no me habría enterado de todo esto si habría tenido otra alternativa. La segunda razón para aceptar era que no quería separarme de ella, perder su confianza. Y accedí.

Le pedí que se desnudara y la puse a cuatro sobre la cama, completamente en pompa. Mi hija tenía el ano y el sexo completamente depilados, y aún así me costaba entender que era una mujer, y no una niña, mi niña. Abrí el tarro de la crema de manos que tengo en la mesita de noche y empecé a masajear la cara interior de sus glúteos, para que se relajara. Poco a poco, fui reduciendo el contacto a la parte más cercana al ano, mientras ella aguardaba completamente en silencio. Su respiración se fue volviendo más profunda. Y la mía se fue acompasando a la suya.

Miré a la puerta y la encontré entreabierta. Me recorrió un escalofrío por toda la espalda. Estaba segura que estaba cerrada, fue lo primero que miré antes de desnudar a la niña. Lo malo era que sólo podía ser mi hijo. Sin alertar a la niña, me levanté tranquilamente y encajé la puerta sin hacer ruido. Volví a la cama, siguiendo donde lo había dejado. Un torrente de pensamientos me invadía. Lo que estaba haciendo no era en sí algo malo, pero se podía interpretar de otra manera. ¿De qué forma se lo había tomado mi hijo? Si me preguntase podía decirle que simplemente le estaba dando una crema a la niña porque tenía esa zona irritada. Aún preocupada por mi hijo, me concentré en mi hija y seguí estimulando la piel alrededor del ano, y por sus suspiros supe que respondía bien al roce.

No me lo podía quitar de la cabeza, pues haber visto la puerta abierta me había dejado intranquila. Empecé a asumir que lo que yo había estado sospechando un tiempo atrás era más que probable. Y es que había ciertas noches que me despertaba y me daba la impresión de que es puerta se cerraba. Eso había empezado cuando empecé a salir con el medio novio que tengo. No era el momento de pensar en eso.

Por entonces el masaje lo había concentrado en los alrededores del ano. Pasaba el dedo por sus pliegues, en movimientos circulares y transversales. Los suspiros habían pasado a ser unos gemidos ahogados.

–¿Te va gustando, cariño?

–Sí, mami.

–Para evitar que te haga daño, hay que estimularte bien, así que déjate hacer...

Entonces dejó de ahogar los gemidos y me di cuenta de que su sexo, expuesto ante mí, estaba obteniendo un brillo que antes no tenía.

–Puedes tocarte si quieres. Contra más excitada estés, mejor irá todo.

Vi aparecer sus dedos de entre los muslos, rodeando los labios de su vulva y terminar haciendo movimientos circulares a la altura del clítoris. Me acostumbré a oír sus gemidos. Pensé en mi hijo. Si nos viese, ¿cómo le podría explicarle esto ahora? ¿Se excitaría al vernos? ¿Se masturbaría? Intenté desechar esa idea, pero ahora estaba casi segura de que posiblemente me espiaba por las noches. Mejor que se masturbara conmigo que no con su hermana. Estos pensamientos me invadían mientras el índice iba presionando el centro del ano a cada paso, muy suave. 

–En vez de hacértelo yo, esto te lo podría haber hecho Carlos con la lengua. Estoy segura que estará encantado de hacértelo.

Un ronroneo me hizo ver que mi hija había captado el mensaje. Por una asociación de ideas obvia, recordé mi lengua en el culo de mi amiga María, presionando su agujerito, abriéndose paso, y me excité. Pensé en que si mi hijo nos viese, posiblemente su verga también se excitaría. Una vez en la piscina tuvo una erección, la última vez que se puso ese bañador tan ajustado, y mis amigas no podían evitar mirarlo, haciéndome sentir incómoda. Ahora pensé que si ese gordísimo pene estuviese aquí, seguramente estaría hinchado, apuntando hacia nosotras. No podría enfadarme con él, pues las vergas tienen su propia lógica. Y como si fuese una, la punta de mi dedo desapareció en el culo de mi hija, y ella apenas reaccionó.

Me dio mucha satisfacción que la primera fase se completase así. Estaba segura de que ni Carlos ni las amigas de mi hija habrían llegado hasta ahí de esa forma tan delicada. Saqué el dedo y seguí con el masaje perianal, pero esta vez el agujero estaba claramente más receptivo al paso de la yema. Volví a pensar en qué estaría haciendo mi hijo, y pude comprobar que la puerta estaba otra vez entreabierta, aunque menos que antes.

No sabía cómo poder darle una explicación de lo que estaba viendo. Ya no. Mi dedo en el culo de su hermana mientras ésta se masturbaba... cualquier cosa que dijese al respecto no podía sonar bien. Tampoco quería avergonzar a la niña con una discusión en mi dormitorio, y menos sin poder argumentar la situación. Mientras yo seguía con el masaje, se me hacía cada vez más evidente que mi hijo se estaba masturbando, o lo iba a hacer. Su pene podía pensar en un agravio comparativo en el trato familiar. Otra vez su pene. Su gordo pene no se me iba de la cabeza. Primero resolvería lo de la niña, luego lo del niño.

Me coloqué en cuclillas sobre la cama. Con una mano acaricié el pelo de mi hija y con la otra fui metiendo el índice. Ella mantenía la cabeza baja, gimiendo muy bajito. El dedo acabó en su última falange y empecé a meterlo y sacarlo suavemente. El ano lo apretaba levemente y, como parecía recibirlo perfectamente, metí también el dedo medio. Mi hija aumentó el ritmo en su frotamiento cuando empecé a penetrarla así. Hacía mucho tiempo que no tenía mis dedos dentro del culo de otra mujer, y aunque esta vez estaba menos excitada, sabía lo que mi hija estaba sintiendo y eso me hacía estremecer. Miré a la puerta y sequía parcialmente abierta con esa pequeña ranura.

–No te asustes, pero tu hermano lleva un rato mirando –se lo dije al oído y ella me miró sorprendida, no obstante tenía dos dedos míos metidos en su ano. Al dejarlos quietos, sentí cómo su esfínter me apretaba. Seguí moviendo la mano muy lentamente y ella me miró–. ¿Seguimos? ¿Acabamos lo que hemos empezado? –afirmó.

Miré al hueco de la puerta y me llevé un dedo a los labios pidiendo silencio a la penumbra, a mi hijo escondido. Volví a poner un poco de crema, muy poca, y mis dos dedos volvieron a entrar acompañados de un gemido. La puerta se abrió un poco más y el rabo de mi hijo apareció entre las sombras. Tan gordo como lo recordaba, tanto que no podría abarcarlo con mis dedos índice y pulgar. Se estaba masturbando, y sin querer mis dedos acompasaron su cadencia al masaje anal. Entró lentamente en el dormitorio, desnudo y sin atreverse a respirar y romper la magia del momento. Volví a hacerle señas para que permaneciese aparte y en silencio. El miraba el culo de su hermana y mis pechos, y me di cuenta de lo que transparentaba mi camisón, en el que mis pezones podían distinguirse como manchas oscuras. ¿Eso era lo que había estado mirando el chico furtivamente esas noches? ¿O eran mis piernas y mis braguitas cuando estaba destapada? Mis braguitas... me di cuenta que las tenía humedecidas y de que no podía pensar con claridad, ninguno de los tres podíamos en ese momento.

–¿Vas bien? –le pregunté a mi hija, pues hacía tiempo que no la oía gemir.

–Mmm... sí...

–Vamos a probar con otra cosa. Espera un momento.

Me levanté y me dirigí a mi armario, pasando al lado de mi hijo, que apenas me dejó espacio. Hizo que me rozara con él y sentí el calor de su pene al contacto conmigo. Cogí un consolador, y a la vuelta, esta vez hice que mis pechos pasasen por su brazo, pero al rozarse mis pezones con su piel, se endurecieron, haciendo que me arrepintiera inmediatamente por comportarme así.

Volví a ponerme en cuclillas sobre la cama y puse un poco de crema cubriendo el ano. Miré a mi hijo, a su rabo. En su masturbación, el prepucio apenas descubría el glande, por más que su mano recorriese la verga hasta abajo del todo. Sin pensar en ello y por la costumbre, humedecí la punta del vibrador con la lengua, pero al ver la reacción de mi hijo, lo llevé rápidamente al culo de mi hija. Metí el capullo de silicona lentamente y ella mantuvo un silencio sepulcral.

–¿Estás bien?

–Sí, sí.

–La punta ha entrado muy suave, ahora voy con el resto ¿vale, cariño?

–Sí, mamá... ¡me gusta mucho!

Me conmovió su sinceridad. Dejé caer un poco de saliva en el ano y metí un poco más. Miré a mi hijo y hubiese jurado que estaba más cerca. Me fijé que su mano tampoco podía rodear el pene y me quedé ensimismada mirando ese prepucio que, cubriendo siempre el glande, captaba mi atención. El dildo entró un poco más y ella gimió. Paré por precaución, pero comprendí que el gemido había sido por placer. De todas formas, lo saqué y lo miré con cuidado antes de volver a meterlo. Esta vez simulé que la fornicaba, metiendo y sacando la verga artificial con cuidado. En poco tiempo, el dildo ya entraba hasta donde podía sujetarlo y a ninguno de los tres se nos escapó que le estaba follando el culo a la niña, que gemía y suspiraba, y que cada vez que ésta hablaba, empeoraba la situación.

— Me gusta mucho, mami. Así, así, un poco más.

Mi hijo volvió a acercarse. O bien quería correrse sobre nosotras o quería algo más. Puede que quisiese que lo tocase yo, pues no paraba de mirarme. Puede que quisiese que me metiera su inmensa verga en la boca. Pero sabía que en lo que quería pensar era ver ese pene entrando en el culo de su hermana. El me miraba los pechos con ansiedad, y como yo también me estaba acalorando, me quité el camisón, quedándome sólo con mis braguitas moradas de encaje. Mi hija me miró sonriendo y volví a agarrar el dildo, que sobresalía indecorosamente de su ano. Mi hijo se acercó más a su hermana, su rostro imploraba que le diese su momento. Me vi envuelta en aquel olor de sexo puro, en aquella sensualidad inocente y salvaje. Y perdí la noción de lo que era posible y lo que no.

–Creo que esto está controlado –le dije a mi hija, con la mano en el dildo y sin moverla.

–Ha estado muy bien.

–¡Vas a disfrutar con Carlos!

–¡Sí mamá! –pero ella no se movía y el dildo seguía metido.

–¿Cómo lo sientes?

–Me da placer, pero a la vez es raro tener algo ahí.

–¿Quieres probar otra cosa? –esto se lo dije moviendo un poco el consolador.

–¿Como qué? –me dijo en un gemido.

–Mira, esta sería una verga de tamaño normal –saqué el aparato y lo puse delante suya–, pero su textura y su dureza no es para nada natural. Podrías probar con una de verdad... y más grande...

–No sé... ¿estás segura? –ella sabía perfectamente a qué me refería. Su culo abierto frente a su hermano dejaba claro que tenía pocos remilgos, tan pocos como yo, tuve que admitir.

–Creo que te va a gustar, cariño.

Sujeté el rabo de mi hijo. Estaba muy caliente y me excitó que mi mano agarrase eso tan grande. No era como el de su padre, ni mucho menos, y no tenía ni idea de quién de la familia lo podría tener así. Cogido de esa manera, lo acerqué a su hermana, cuyo culo abierto se veía ahora diminuto junto a esa verga. Como antes, y sin pensarlo, llevé el capullo a la boca para lubricarlo, echando la piel hacia atrás para poder descubrirlo. ¡Se veía tan grande! Después de saborear su líquido preseminal, introduje el glande poco a poco, deleitándome al ver el ano abrirse hasta un diámetro sobrecogedor. Tras un poco más de crema, continuó entrando lentamente.

Entonces mi hijo empujó el miembro más adentro, seguido con un gemido un tanto extraño de su hermana. Sujeté la verga y escupí en el ano. Esta vez no la soltaría, para controlar la penetración, y empujé suavemente hasta el fondo. Me aparté y el chico empezó su movimiento rítmico. Primero muy suave, yo ayudé con mis manos en sus caderas a que así fuese. Luego más intenso, con su verga entrando hasta que se tocaban glúteos e ingle y luego saliendo hasta que el capullo asomaba fuera. Se me escapó más de un gemido viendo el ano abrazando fraternalmente al pene. Parecía que eran la misma piel y que estaban hechos uno para otro.

El ritmo aumentó y ambos iniciaron una conversación de jadeos y gemidos. Me recliné hacia atrás, apoyada en los brazos y con las piernas ligeramente abiertas mientras los veía. Mi hijo me miraba con deseo, pues yo quedaba expuesta a su mirada, con los pechos libres, cayendo de forma natural sobre mi abdomen. Mi hija me miró también, sonriéndome, agradecida, con los ojos perdidos entre mí y algún lugar de su gozo. Pero mi hijo me miraba a mí. A él no le resultaba tan atrayente el culo suave y depilado de su hermana, o puede que deseara poseerme a mí también.

–¿Quieres un poco?  –me ofreció mi hija con la respiración entrecortada por el movimiento de la verga.

–¡No, por dios! –soné demasiado sorprendida por su ocurrencia.

–¡Mamá, esto es...! Tienes que probarlo, ya sabes cómo es, te va a gustar.

–Ni hablar, terminad y ya hablaremos de esto.

–Mamá...

–¿Qué quieres?

–Pero tú sí quieres...

–¿Por qué dices eso?

–Mira tus braguitas... –los dos observaban mi entrepierna y, al mirar yo, encontré una mancha que destacaba en el tono morado, delatando mi excitación–. Vamos, yo ya me he corrido, prueba tú ahora.

Mi hija me hablaba dando unos profundos gemidos. Se hubiese dejado follar el tiempo que hiciese falta, pero aún así, me ofrecía la verga que tanto gusto le daba. Me quité las braguitas y me puse a cuatro junto a la niña. Empecé a tocarme fuertemente para poder humedecer mi vagina lo antes posible, por si mi hijo quería meter la polla ahí. Sacó el pene lentamente de su hermana, lo supe por como ella puso los ojos en blanco al sentir el falo salir de su cuerpo. El animal de mi hijo intentó meter aquello en mi culo sin más, pero estaba claro que el mío no estaba tan preparado como el de su hermana. Empezó a empujar otra vez.

–¡Espera! –dije.

–¡Espera, un momento! –dijo mi hija.

Ella empezó a pasar el dedo como se lo hice yo. Sentí cómo dejó caer saliva y cómo la yema buscaba excitar mi agujerito. Al momento sentí otra cosa intentando abrir el ano. Era su lengua. Mi niña era tan dulce... Unos cuantos lamidos más y pude sentirla adentrándose cuidadosamente. Movió la lengua en mi interior y me fornicó con ella. Sabíamos que yo ya estaba preparada y se apartó, dejándome el ano semi abierto. El pene tardaba en venir y miré hacia atrás, pareciéndome ver que la niña le estaba haciendo una felación a su hermano, tal y como hice yo antes de que él la penetrara. Un momento después, tenía la punta de aquella mole entrando en mi culo. Gemí muy fuerte.

–Joder, Miguelín, no la dejes ahí, métela entera –le apuró mi hija.

El chico obedeció y me hincó el falo completamente. La chica fue más impulsiva que yo y se puso a mi lado, masturbándose mientras veía mi culo en primer término. La cadencia de mi hijo empezó como antes, muy suave y llevando toda la verga hasta el fondo y luego casi hasta fuera. Gemí profundamente y levanté el culo lo máximo posible. Empezó a darme fuerte, con el mismo ritmo que tuvo con su hermana. Apenas empecé a tocarme la vulva tuve un intenso orgasmo. El ano intentaba apretar a cada convulsión, pero le era imposible con esa polla dentro y casi me dolió. Una vez que el orgasmo pasó, y en cuanto me acomodé otra vez a su movimiento, sentí que otro acechaba. El chico susurró.

–¡Me voy a correr! –lo dijo con una enorme sangre fría, sin urgencia. Mi hija dejó de tocarse y se colocó esperando una indicación mía, deseando una segunda y última vuelta. Me saqué la verga mientras mis piernas temblaban.

–Acaba en ella, venga.

La niña se puso a cuatro, pero la hice ponerse boca arriba, abierta totalmente y con mi almohada debajo de la cintura. El chico se acercó con el rabo en las manos, y se quedó con el glande entre la entrada a la vagina y el culo. Estaba ensimismado mirando la vulva de su hermana. Ambos estaban deseando probarse ahí, pero me pareció aberrante que copularan como animales. Además, él estaba que se iba a correr pronto. Yo misma metí la verga en el culo e hice que entrara hasta el fondo. Ella gritó de placer.

El ritmo se hizo frenético a partir de ahí mientras ella se frotaba el clítoris muy rápido. El se corrió con varios gritos y le animé a seguir mientras la verga aún estuviese dura. Finalmente la sacó y ambos esperamos a que se terminase la niña, mirando cómo su culo se abría y se cerraba mientras le llegaba el orgasmo. Me volví a humedecer al ver cómo desde su ano iban saliendo gotas del semen blanco de su hermano.

Ese mismo día me hice con una vara de fresno. Les di a cada uno un único y fuerte golpe, haciéndoles entender que como los viese en cualquier actitud sospechosa, recibirían una buena paliza. También llamé a mi amiga María, que se emocionó al oír mi voz tras tanto tiempo. Nos pusimos de acuerdo en que ese viernes nos pondríamos al día en muchas cosas.

2 comentarios:

  1. Deliciosamente rico el relato, de verdad muy rico exitante la verdad, que delicia poder leer tus relatos, haces volar mi imaginacion muy rico.

    Besos y en espera de tu proximo relato.

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Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, q...