28.8.18

Mis sobrinos

Por entonces vinieron dos sobrinos a mi casa de verano. Se trataban de Panchito y Sarita, hijos de una prima lejana mía y que apenas había visto desde que eran muy chicos. Ahora eran universitarios y se habían tomado la estancia en la costa como unas vacaciones totales para ellos. Así que éstos hacían su vida por un lado y yo por el otro, aunque con cierta armonía cuando estábamos en la casa, e incluso a veces íbamos juntos a la playa. Esa situación me incomodaba porque tuve que ralentizar mi actividad favorita por un tiempo, al menos en mi casa.

Un día, llegué a una hora distinta de lo habitual. Sabía que había alguien en la casa porque la puerta no tenía la llave echada, y había un silencio fuera de lo común. Me paré un momento y me di cuenta de que en realidad se escuchaba un débil roce en algún lugar. Un roce rítmico que yo conocía muy bien. Me descalcé y avancé sigilosamente hacia el lugar de donde procedía el sonido. Me encontré a Sarita en el pasillo, mirando absorta a través de una puerta entreabierta. Estaba un poco de lado y no se dio cuenta de mi presencia. Llevaba unos shorts elásticos muy ceñidos y una camiseta de tirantes con la parte superior del bikini debajo a modo de sujetador. Pero el bikini estaba desabrochado y se había quedado muy subido en sus pechos, haciendo que los pezones destacasen en la camiseta. Tenía una mano tocándose una tetilla y la otra estaba dentro de sus pantaloncitos, frotándose intensamente, y desde donde yo estaba veía cómo la escasa tela del short apretaba y soltaba sus hermosos glúteos como efecto secundario del movimiento que hacía su mano por delante. Me excité al observarla y me recreé en su delicioso cuerpo. Con una cinturita estrecha, lucía en cambio cierto exceso de grasa que los casi veinte años que tenía mantenía prieta, haciendo que sus pechos, trasero y piernas destacasen en una delicada exuberancia de proporciones divinas. Verla así hizo que deseara tocarla, sentir sus pechos apretando los míos, besar su sexo sintiendo el roce de sus piernas en mi mejilla.

Sarita mantenía la boca totalmente abierta, intentando así que el aire saliese y entrase haciendo el menor ruido posible, pero tal y como la veía, si la joven hubiese tenido una buena verga metida en la boca, los labios adoptarían justo esa misma forma. Me hacía una idea de lo que estaba ocurriendo en la habitación. Con ese gesto se le secaba la boca, y acabó llevándose la lengua al labio superior, pasándola de un lado a otro lentamente. Casi se me escapó un suspiro.

Volví sobre mis pasos y me puse de manera que Sarita no me descubriese si se daba la vuelta, y con una mano bajo mi falda, y masturbándome al compás de ella, permanecí observándola. Sarita se tocaba el clítoris con violencia, como queriendo llegar al orgasmo y terminar pronto, pero en mi excitación me la imaginaba con el short bajado hasta las rodillas, mostrando un culo empinado, mientras se metía el anular y el medio hasta el fondo de su vagina. Con el ritmo que llevaba, Sarita apenas tardó en llegar al clímax, dando pequeñas convulsiones y, para mi regocijo, al sacarse la mano de los pantaloncitos se chupó los dedos. Mientras saboreaba sus jugos no quitaba ojo de lo que ocurría al otro lado de la puerta, y acabó metiéndose la otra mano dentro de sus braguitas. Me corrí viendo a Sarita voviéndose a pajear mientras se chupaba los dedos como si fuese un pene. Mi sobrina decidió terminar entonces su momento de placer y se dirigió al baño, en dirección contraria de donde estaba yo, y al poco empezó a circular el agua caliente.

Tenía poco tiempo para ver el origen del deseo de Sarita, así que sigilosamente me acerqué a la puerta. Por la diminuta rendija vi a mi sobrino casi de espaldas, de pie al borde de la cama, follándose a una joven que estaba colocada a cuatro patas. Panchito tenía una polla enorme, tan enorme que cuando entraba en la vagina de la muchacha el sexo apenas le hacía hueco, tan enorme que el ano de la chica estaba muy abierto, como si hubiese acabado de recibir una embestida de Panchito. Me monté una película de lo que había sucedido con Sarita: se había estado masturbando mientras veía a su hermano sodomizar a la muchacha, corriéndose mientras esa gran polla entraba y salía del culo de la chica. También llegué a la conclusión de que cuando Sarita se chupaba los dedos, la chica limpiaba el rabo de su hermano con la boca, antes de que éste lo metiera por su vulva. Y si no ocurrió así, me era indiferente. Lo que me quedó claro fue que una se masturbó y que el otro dejó una rendija abierta sabiendo que podía haber alguien cerca. El subconsciente es como es, y aunque realmente Panchito no cerrara la puerta para saber si rondaba alguien por la casa, en algún momento del acto sexual esa puerta abierta aportaba un toque morboso al frenesí, un añadido en el que Sarita o yo, o las dos, formábamos parte de la fantasía del chico y de su amiga. Esto hizo que idease un plan.

Yo solía llevar un poncho muy fresco cuando estaba en mi casa de verano, pero desde que ocurrió el incidente me ponía un vestido muy sencillo, cerrado con botones en la parte delantera, ceñido por la cintura y que me llegaba unos dedos más arriba de las rodillas. En esos días tuve el cuidado de mover la falda al andar, lo justo para que Panchito me mirara, y siempre encontraba una postura en la que podía lucir las piernas. Llevaba siempre el último botón del escote siempre abierto para que el canalillo destacase mis pechos. Un día más tarde, con los tres en la playa, al buscar el protector solar en el bolso, que casualmente estaba junto a Panchito, me puse a cuatro patas sobre él buscando la crema. También casualmente el bikini estaba mal colocado, y uno de los pezones se salió, acabando a unos centímetros de la cara de Panchito. Pude ver cómo el chico tuvo una erección.

Al día siguiente, estando los tres en la casa, Sarita dijo que se iba a la playa. Panchito estaba viendo la tele y no quiso acompañarla. En el salón había un feo aparador, que ya estaba cuando compré la casa, con un gran espejo cerca del televisor y esto me iba a servir en mi plan. Entré en la habitación con mi vestido habitual y Panchito tuvo el acto reflejo de mirarme las piernas, señal de que los mensajes subliminales habían hecho su efecto. Le pregunté a Panchito si no quería ir a la playa, continuando con una conversación liviana y, mientras hablaba, no dejaba de llevarme la mano a la altura del pecho, subiendo y bajando, gesticulando, rozando el escote, hasta que el siguiente botón se salió del ojal. El vestido se abrió un poco, pero de golpe, y no pasó desapercibido a Panchito porque volvió a tener una pequeña erección como en la playa. Yo seguí, manteniendo esa conversación estéril mientras no dejaba de mirar hacia los lados, ocasión que él aprovechaba para acabar desviando la vista hacia mis pechos. Estando Panchito en el estado que quería, me volví al aparador y empecé a ordenar los cajones.

Panchito me veía de espaldas, un tanto agachada hurgando en los cajones, con la falda llegándome muy arriba de los muslos, las piernas un tanto abiertas y a través del espejo podía observar cómo se movían mis pechos queriendo salir de su escote. Yo también lo podía mirar, y noté que sufría una erección que ya no la podía ocultar. En vez de irse, o taparse, se tocó ligeramente el pene. Lo tenía donde quería.

—Panchito, Dios mío —le hablaba a través del espejo, mientras me bajaba la falda—. ¿Qué estás haciendo? —estaba como sorprendida y apurada, sacando a mi mejor actriz. Seguía dándole la espalda y llevé las manos a la parte de atrás, tocando mi culo, que estaba casi al aire, y puse cara de culpabilidad—. Vaya, lo siento, creo que la falda es demasiado corta... —pero esto lo dije con las manos moviéndose hacia fuera, haciendo que se abriesen las nalgas sutil y brevemente—. Siento haberte hecho pasar por esto. Debes verme como una vieja que lleva ropa inapropiada —podía ser que por la diferencia de edad me viese como una vieja, pero era una vieja muy sexy.

—Lo siento Camila, perdona. ¡Pero no eres una vieja! —tenía que reactivar el calentón del muchacho.

—Te vas a creer que soy una leona de esas.

—Ja ja ja, ¿una cougar? todavía eres muy joven.

—Una milf. Eso de mujeres que quieren... —me lié para liarlo.

—Madres que les gustan follar —eso lo dijo con un tono de importancia, de desafío. Puse cara de sorprendida, pero sabiendo que cuando él dijo follar, volvió a tener el pene más duro. Yo puse cara de sorpresa al oír la expresión.

—Me sigue dando vergüenza esto. Debería ir de otra forma, ya no tengo las piernas de una niña de 19 años —dije esa edad intencionadamente, pues esa era la edad de Sarita—. Ni se me hubiese ocurrido que pudiese crear ese efecto en ti.

Eso lo decía inocentemente desde el aparador, me había dado la vuelta y el vestido me había quedado subido por atrás, dejando mis piernas más a la vista. Tampoco hice nada por abrocharme el botón que estaba suelto y tampoco dejaba de hablar subiendo y bajando la mano por mi escote. No le dejé cambiar de tema.

—Jamás pensé verte tocándote la... —me quedé mirando fijamente el miembro creciente de Panchito— ...y menos por mi, y conmigo delante  —Panchito se sonrojó—. ¿Cuánto tiempo llevabas tocándote? —con mi mirada severa saltando entre su paquete y sus ojos, Panchito permaneció en silencio—. Cuéntame —el tono era conciliador, pero a Panchito no le llegaba la sangre al cerebro.

—¡No me estaba tocando! —lo miré incrédula—. Bueno, sólo ha sido cuando me has pillado.

—Pero, ¿qué te pasa? ¡Estaba delante! ¿Vienes recalentado por tus amiguitas o qué?

—No, no es eso... eres tú —para hablarme así, mi sobrino tenía que estar realmente muy salido, o tener una cara impresionante—. Llevo unos días que no puedo dejar de mirarte, tus piernas, las quiero tocar cuando pasas cerca. Tus pechos, en ese bikini, en la playa... cuando estamos aquí... —lo decía con una prepotencia tremenda, como si estuviese acostumbrado a tener a las chicas revoloteando alrededor esperando oír su discurso.

—¿Entonces te has tocado estos días por mí? —no respondió— ¿Te has masturbado o no? —esto lo pregunté seria, cortante, sabiendo lo que iba a oír.

—Desde hace varios días. Ayer me masturbé dos veces pensando en ti —seguía con el tono desafiante—. Me obsesiona tu cuerpo —ahora parecía que suplicaba.

—¡Pero casi tengo la edad de tu madre!

—Camila, estás realmente buena, me pones muy cachondo, en serio. En la playa se te pega el bikini de una forma... y con los pechos mojados... ¡casi me pasas un pezón por la cara! y se te marca el... —calló al fin. El bikini amarillo que me solía poner hacía ese efecto. Cuando se mojaba transparentaba bastante, mostrando cada pliegue de mi cuerpo. Me acerqué y me puso frente a él abriendo ligeramente las piernas.

—¿Y qué puedo hacer ahora contigo, Panchito?

Para dar el último empujoncito, terminé la frase mirando su polla. Me cogió la mano y la puso sobre ella.

—Mira, está así de dura por ti.

Me mostré muy ofuscada, pero no aparté la mano. Panchito se animó por mi docilidad y empezó a mover mi mano a lo largo de la verga.

—¿Qué haces? —me puse de rodillas frente a él—. Tienes el pene muy duro... y es muy grande.

—Tú me pones la polla así de grande —con su mano sobre la mía, pero sin dirigir mi movimiento, seguí el frotamiento mientras miraba embelesada el miembro.

—¿Yo? —ya tenía a Panchito en el sitio que quería. Dejé de tocarlo— Esto no puede ser... no sé qué pensar...

Me eché un poco para atrás y Panchito se abrió los pantalones, sacando el pene en toda su extensión. El chico estaba muy orgulloso de su mazo. Hice como si no hubiese visto uno de esos en mucho tiempo.

—Mira cómo está, cómo has hecho que esté. Me has puesto a cien, me va a estallar, Camila.

—¡Es enorme! No es un tamaño normal —pero no me movía—. No he visto una así en mi vida, esto... esto es tan embarazoso... —sabía que Panchito no oía una palabra, que sólo veía mis labios moverse muy cerca del rabo—. Pero es tan grande...

Le cogí el pene como la que sostiene un vaso, tocándolo con suavidad, usando apenas las palmas de las manos o un par de dedos, comprobando su consistencia. Una vez satisfecha mi aparente curiosidad, lo solté.

—Por favor, Camila, estoy muy salido, no me dejes así. Hazme ese favor.

Volví a tocarle el rabo de esa forma tan indiferente, y me tomé mi tiempo en contestar.

—Bueno, comprende que eres el hijo de mi prima...

—Por favor, sólo te pido que me hagas una paja. Por favor.

Balanceé el pene, puse cara de sorprendida y negué con la cabeza.

—¿Una paja? ¿Cómo quieres que te haga una paja?

—¡No me puedes dejar así!

—Pobrecito... —le agarré el rabo con más fuerza y empecé a moverlo por toda su longitud con lentitud— ...pobre chico —repetí con sorna.

Agarrando el miembro medí la verga, poniendo una mano sobre otra. Tres manos cerradas desde la ingle al capullo. Mientras medía, mantuve una sonrisa lasciva que no me permitía cerrar la boca— ¡guau! — lo miré con un velado asombro. Seguí masturbándolo con parsimonia.

—Quiero decirte que no podía seguir así en esta casa, era verte y...

—Shhhh, lo entiendo, lo entiendo, shhhh —seguía frente a él de rodillas, moviendo la mano sonriendo, con la mirada fija en la polla, como si Panchito no estuviese. En un momento dado le sonreí, le bajé un poco más los pantalones y le saqué los testículos, cogiéndoselos—.Vaya, estos huevos deben están llenos.

Intentaba poner cada vez un tono más sensual, a la vez que me acercaba más. Le acaricié el escroto mientras movía la verga, lo miré a los ojos.

—Tu polla es asombrosa —y empecé a masturbarlo con las dos manos.

Me coloqué con una rodilla en el suelo y la otra pegada a la de él, obligándolo a mantener las piernas abiertas. No era una postura muy cómoda para mí, pero así él podía verme bien las braguitas y yo tomaba mi sitio frente a él. Empecé a masturbarlo con más rapidez, manteniendo un contacto continuo con esa polla tan rígida. Yo estaba muy cachonda también.

—Está muy dura —repetía casi sin aire. Bajé el ritmo y le acaricié el escroto—. Ya está bien. Tú también puedes masturbarte solito. —y dejé de pajearlo pero sin soltar la verga.

—Por favor, Camila...

—Pero tendrás que mantenerlo en secreto y me deberás un favor, un favor que me voy a cobrar.

—Sí, sí —volví a mover aquella polla con decisión.

—Luego se lo contarás a tu hermana, seguro.

—No, lo mantendré en secreto —sin prestar atención a sus palabras, empecé a masturbarlo a dos manos, con más brío.

—Qué polla más grande, seguro ha abierto más de un chochete —eso lo dije simulando con las palmas de las manos una vagina abriéndose paso por el pene. Tenía que reconocer que pocas veces había tenido algo así entre manos—, ha sido una sorpresa saber que te ponía tan cachondo, que no dejabas de mirarme, que te hiciese ese efecto este vestido, que te gustase mis piernas...

Lo miraba con una sonrisa condescendiente y el miró mi escote. Lo miré con reproche, y con habilidad me saqué un pecho con una mano mientras la otra seguía masturbando.

—Esto es un error —dije con una sonrisa picarona mientras me acariciaba sutilmente el pezón—. ¿Fue esto lo que viste en la playa? —me acerqué a él y pasé la polla por la tetilla para que notase cómo se iba endureciendo a cada vez— ¿Quieres ver el otro?

—Sí, enséñamelo —su tono seguía siendo demasiado soberbio y me quedé quieta.

—Como no me pidas las cosas de otra forma, te vas a tener que acabar tú solito. ¿Te enseño el otro pezón?

—Sí, por favor —suplicó.

Me aparté y terminé de desabrocharme los botones y dejé caer el vestido, que quedó sujeto por mi cintura. Me acerqué nuevamente, masturbándolo con las dos manos, acariciando cada pliegue, pero esta vez mis pechos se movían libres a cada movimiento que hacía.

—Está tan dura, y es tan grande... me encanta tenerla en mis manos. ¿Te gusta así? —dije aumentando el ritmo.

—Sí... —apenas le salía la voz.

—¿Has fantaseado que introducías esto en mi coño? —seguí masturbandolo mientras lo torturaba.

—Sí...

—¿Que me penetrabas con tu gran polla?

—Sí... cada vez que me masturbaba. —la polla estaba muy hinchada—. Pensaba en meterla en tu boca, en tu culo...

Lo miré incrédula.

—Pero es muy grande...

—En todos tus agujeros...

Me lamí la palma de la mano y le pajeé el glande.

—¿Qué miedo, no? ¿en mi culo? ¿es muy grande para eso, no? —lo miré en silencio mientras seguía el masaje—. Pienso en este nabo enorme dentro de mi coño, entrando y saliendo mientras estas pelotas golpean mi culo... mmm... fuerte... dentro y fuera... —Panchito estaba a punto eyacular—. Esto que estamos haciendo es un secreto ¿verdad? —Panchito asintió—. ¿Hablas de sexo con tu hermana?

Panchito no se esperaba esa pregunta, pero respondió con naturalidad.

—No... no mucho... pero también cree que eres muy sexy, que tienes un cuerpo perfecto.

—¿También fantaseas con ella?

—¡No!

—¿Y ella contigo? —Panchito me miró extrañado, con la polla a punto de estallar.

Me se puse el glande dentro de la boca, mientras seguía a dos manos. Me podía haber metido todo el miembro y tenía unas ganas locas de follar, pero me contuve. Panchito, en cambio, estaba a punto de venirse.

—Dímelo, ¿alguna vez has pensado en ella al pajearte, que te hacía esto? —y esta vez sí me metí la polla hasta que tocó la garganta. Panchito contenía la respiración.

—Sí... —volví a chuparle el glande.

—Que le metes la polla por el culo...

—Sí... —esta vez me metí toda la verga en la boca, haciendo un gran esfuerzo.

—Seguro que a ella también le cabe entera ¿Te quieres correr en mi boca?

—Sí...

—¿En la de Sarita?

—¡No...! —me metí la polla hasta el fondo de la garganta y más allá, sacándola y metiéndola, varias veces. Finalmente la dejé fuera y, mientras me recuperaba babeando, dejé el pene inmóvil. Panchito reaccionó— ¡Sí, me quiero correr en su boca!

—Dilo mientras me trago tu semen.

—¿El qué? —mi boca chupaba aquel pene con el semen llamando a sus puertas.

—Las cosas que le harías a Sarita —abrí la boca y dejé que viese cómo estaba preparada para tragar su corrida.

—¡Me quiero follar a Sarita!

Tras un breve movimiento de manos, dejé que entrara la primera descarga de leche, tragándomela con rapidez mientras continuaba moviendo la polla. Continué hablando con los labios pegados al glande, mientras seguía saliendo semen.

—¡Más!

—Quiero que me coma la polla, metérsela por el culo...

Yo iba pasando la lengua por las gotas de semen que resbalaban del pollón de Panchito, dejando el puño de forma que el pulgar retuviese aún algo de leche. Pasé la punta de la lengua rodeando esa rudimentaria copa.

—Piensa que soy Sarita, ¿qué le dirías ahora?

—Trágate la polla.

Y yo, que llevaba un rato frotándome la pipa, me corrí con gusto mientras acercaba la boca al resto de semen que retenía en el capullo, sorbiéndolo con lentitud, abriendo la boca al terminar, manteniendo la lengua en contacto con el glande. Me introduje el falo todo lo que pude. Mientras sujetaba la polla con las dos manos, me saqué el miembro y mirándolo con reproche le dije:

—¿Y a mí no me follas? demasiado vieja para ti...

Me levanté. Miré fijamente a Panchito mientras me colocaba el vestido, con algo de semen junto al labio.

—Ahora quiero que te vayas. No quiero verte por casa hasta la noche.

Más tarde, cuando Sarita volvió de la playa se encontró la casa sola. En realidad yo estaba en mi habitación, en silencio, esperando a que se metiera en la ducha. Había dejado junto al gel un consolador, y quería saber cuál era su reacción. Cuando entró el aseo, me acerqué y pegué la oreja a la puerta. Se enjuagó, quedándose el ruido del agua en un pequeño letargo. Podía imaginarla con los ojos cerrados, sintiendo cómo caía el agua por su cuerpo, resbalando por su piel. Luego cortó el agua y oí cómo se enjabonaba con energía, una sonora palmada iniciaba el silencioso recorrido de su mano enjabonada, y a veces acababa con el ruido de su mano frotando las axilas o su pubis. A esas alturas ya tendría que haber visto el consolador. Sin embargo, se enjuagó sin dilación.

Pero no salió de la ducha. El agua salió otra vez, muy poco tiempo. Otro silencio. Y entonces oí activarse el vibrador. Parecía que lo estaba moviendo. Se apagó y volvió a encenderse. Esta vez la intensidad iba cambiando, del mínimo al máximo, y otra vez al mínimo. Luego se hizo otro silencio y volví a escuchar el motor, pero muy apagado. El sonido aumentaba y disminuía en volumen, muy lento. Pegué más la oreja, y pude apreciar cómo el sonido iba y venía con más rapidez. Amentó la intensidad y se le escapó un pequeño gemido. Abrí la puerta y aparté la cortinilla de la ducha. Apenas le dio tiempo a apagar el aparato.

—Pero... pero... —la miré sorprendida, luego me puse con las manos en jarra.

—Perdona, yo... —la sorpresa de Sarita era mayúscula. Mantenía las manos en su sexo, dudando si taparse o sacar el consolador.

Miré hacia sus manos y luego miré a las botellas de gel, confirmando que mi consolador no estaba donde lo había dejado. La volví a mirar con cara de reproche. Se sacó el vibrador y se lo quité dulcemente de la mano, manteniéndolo entre ella y yo.

—No sé cómo se te ha ocurrido —gesticulaba con el dildo—. ¡Esto es mío! No debiste cogerlo.

Sarita apenas se tapaba los pechos con un brazo, de manera que las curvas redondas quedaban completamente a mi vista,  y el otro lo mantenía sobre su barriguita, dejando su coño al aire. Era como si se ofreciese a mí. Miré cómo las gotas resbalaban por su piel, haciendo que deseara recogerlas una a una con la punta de la lengua.

—Es que estaba ahí y quise saber cómo...

—¡Ya! ¡Me parece muy bien! ¡Pero es mío! Quiero decir que es algo muy íntimo —rebajé el tono—, que es como si fuera parte de mí —lo cogí con las dos manos, con delicadeza.

—Perdona... —me acerqué el consolador a la nariz y lo olí, aspirando fuerte, cerrando los ojos.

—Lo menos que puedes hacer es pedirme las cosas. Imagina que lo uso después.

—Lo hubiese lavado, tita —me cogió el dildo y lo acercó al grifo. Se lo volví a quitar.

—Ya da igual, no te preocupes —me llevé la punta a la boca, como la que chupa distraídamente un lápiz. Ella me miró y, colocando las manos atrás, se apoyó en los azulejos. No pude evitar mirar su cuerpo, tan expuesto, con la piel endurecida por el agua enfriándose—. Sabes que antes de metértelo ahí, yo acaba de usarlo, ¿verdad? —abrió un poco la boca carnosa.

Finalmente tomé como una ofrenda esa forma tan dócil de mostrar su cuerpo. Chupé un poco más el consolador y después lo llevé a su boca, que recibió mirándome como si fuese realmente mi pene. Luego busqué su vulva y lo introduje parcialmente en su vagina, mientras mantenía mi cara frente a la suya. Activé el aparato e hice que lo cogiera con una mano.

—Sabes muy rico, querida —mantuvo la mano quieta—. Sigue como lo estabas haciendo, muéstramelo —pero ella apenas si movía la mano, miré una vez más su cuerpo desnudo y esa boca que no terminaba de cerrarse, pudiendo ver la punta de lengua a punto de salir.

—Por favor, tita, me da vergüenza —la zorra estaba usando la misma táctica que yo había usado con su hermano: hacer lo contrario de lo que se dice. Lo malo es que ella dominaba la técnica y me puso aún más. Seguí con el juego.

—¿Quieres que le cuente a tus padres lo que estabas haciendo? —Sarita negó con la cabeza, haciéndose la asustada— ¿no? —volvió a negar— pues espero que te des cuenta de lo decepcionada que estoy contigo —ahora el vibrador ronroneaba más dentro de Sarita—. ¿Eres consciente de las veces que ha estado eso dentro de mí? —afirmó—. ¿Dentro de mi culo? —apartó la mirada, muy colorada, pero se le aflojaron un poco las piernas— Dime, sinceramente, ¿te lo hubieras metido si hubieses sabido eso?

Sarita empezaba a estar tan cachonda que casi ni me miraba ni me oía.

—¡No te oigo! —acerqué mi cara a la de Sarita, desafiante.

—Sí, y si no lo hubieses limpiado también hubiese... —agarró el vibrador con el pulgar apuntando hacia mí, entrecerrando los ojos.

—Ya sé cómo eres... el otro día te vi, masturbándote, espiando a tu hermano cuando se follaba a su amiguita —Sarita iba a decir algo, pero le puse el índice en los labios para que no hablara—. Como soy tu amiga, no dije nada... pero ahora... esto es... te pajeas con tu hermano, te pajeas con mi juguete... es como si te masturbaras conmigo ¿te das cuenta de lo puta que eres?

—Sí —lo dijo entre avergonzada y muy excitada. Puse mi mano en el consolador y ella dejó que yo gobernara el movimiento de éste, rozando su coño cada vez que llevaba el aparato a lo más profundo de ella.

—"Sí, señora". Me tienes que hablar con respeto.

—Sí, señora —Sarita entraba en el juego totalmente entregada. Yo ya estaba bastante cachonda de antes, pero esto me ponía aún más.

—Date la vuelta.

Sarita se dio la vuelta y abrió las piernas. Me di cuenta de que Sarita era muy consciente del efecto que producía su cuerpo, y había salido con mi instinto. Saqué el vibrador, haciendo que Sarita gimiese. Me desnudé mientras no dejaba de mirar la lascivia que desprendía la boca de la chica. Entré en la bañera, me pegué a ella y le metí el medio y el anular bien dentro. Ahí estaba todo muy mojado y no era por la ducha. Sarita podía sentir mis pechos pegados a su espalda y cuando acerqué mi cabeza a la de ella, levantó los brazos y echó su cabeza hacia atrás, entregada a mí, y empecé a entrar y sacar los dedos mientras mantenía mi boca cerca de la de ella. Rodeé con una mano su cuello, sin apretar, y acerqué su boca a la mía, pegándola. Ella me miraba a los ojos, esperando mi próximo movimiento, no me besaría si yo no lo hacía antes.

—Con lo joven que eres, ¿cómo puedes ser tan zorra?

—Sí, señora... para lo que quiera, señora.

Seguí follándola con los dedos hasta que me cansé y, sin dejar de agarrarla del cuello, le pasé un dedo por el culo, describiendo círculos. Sarita dio un descanso a su docilidad, notándola ligeramente rígida, así que me puse de rodillas y empecé a lamer su ano. Entonces se relajó y abrió aún más las piernas y dejó trabajar mi lengua. Daba pequeños lametazos a un lado de su agujerito, luego al otro, luego lametazos más largos. Mi lengua se iba moviendo por todos sus pliegues, ayudada por Sarita que se hacía un hueco apartando los glúteos. Llegó el momento de introducir la lengua, y tuve que apretar un poco. Empecé a follarle el culo de esa manera y ella comenzó a tocarse el clítoris con rapidez. Con la lengua dentro, empecé a moverla con fuerza, pero aparté la mano de Sarita para que no se viniera aún.

Me puse de pie, me apoyé en la pared y puse una pierna en alto, mostrando el sexo a mi sobrina. Sarita se salía de lo cachonda que estaba y enseguida se puso de rodillas para hacerme el cunnilingus. Empezó con muchas ganas, chupándome el clítoris, pero le aparté la cara. Hice que mirara hacia arriba, abriéndole la boca con un dedo. Sarita saboreó su propio coño lamiendo mi dedo con la boca abierta. Dejé caer saliva, que acabó en su boca, tragando como pudo, pues yo le mantenía la boca abierta. Sarita estaba totalmente entregada a mi deseo y empecé a meterle los dedos en la boca, para que esta me hiciese una felación simulada. Chupaba tan bien mis yemas que pronto devolví su boca a mi clítoris y no dejé que saliese de ahí hasta que me corrí. Luego me senté en la bañera y puse a Sarita sobre mí. Empecé a masturbarle el clítoris mientras le volví a agarrar del cuello como antes. Sarita estaba a punto de venirse.

—¿Te gusta masturbarte mientras ves a tu hermano follar?

—No... sí, señora... —era excitante ver que respondía igual que su hermano.

—¿El otro día era la primera vez?

—Sí... no, señora...

—Entonces, te pone cachonda ver a tu hermano follar.

—Mucho... sí, señora —los pezones de Sarita estaban duros como piedras.

—¿Cómo es su polla?

—Es enorme.

—¿Qué harías con ella?

—Me la metería hasta el fondo —tuvo convulsiones de placer entre mis brazos.

—No olvides jamás que en esta casa soy tu señora.

—Yo soy su zorra, señora.

Mientras salíamos del cuarto de baño, me puse seria con Sarita.

—Mañana se va Panchito, pero tú quieres quedarte aquí unos días más. Si lo haces, serás mi juguete.

—Sí, señora.

—Quiero que entiendas que mi vida sexual es muy activa y a lo que te vas a exponer al quedarte.

—Sí. Sí, señora.

Sarita estaba muy juguetona aún, pero yo quería evitar sorpresas desagradables para ambas. Le acaricié las mejillas y me acerqué.

—Tu obediencia será ciega. Contra más ciega sea, más placer obtendrás conmigo.

—Sí, señora.

La besé, metí la lengua en su boca y la recibió con pasión. La cogí de la mano y me la llevé a mi cuarto, que era el más apartado de la casa. Abrí un cajón y le enseñé un pequeño monitor. Era como el que se usa para vigilar a los bebés, y mostraba el cuarto de baño.

—Tengo todo grabado. Mira —le puse el vídeo de los últimos veinte minutos.

Sarita no sabía a dónde la quería llevar.

—Hoy te vas a follar a Panchito. Te diré cómo. Cuando entre en la bañera, ya me encargo yo de eso, esperaremos a que se toque —Sarita me miró asombrada—. Entonces entrarás tú con los cascos puestos, oyendo música y entre medio mi voz, pues te iré diciendo lo que has de ir haciendo.

Sarita estaba un poco avergonzada por la propuesta. No se esperaba que el sometimiento a la Señora empezase así.

—Te diré lo que pasará con Panchito a partir de mañana: se irá de vuelta, no os veréis hasta dentro de dos meses y jamás volveréis a hablar de esto. Jamás. Si alguna vez lo menciona, córtalo. Dejaremos que su estancia en esta casa se quede en sus pajas. Confía en mí. Estando aquí eres mi puta ¿recuerdas? —sonrió como pudo y afirmó con la cabeza.

Preparé la bañera con agua templada y algo de jabón. Me puso una toalla alrededor y esperé a que llegara Panchito. Cuando entró en la casa, me lo crucé por el pasillo.

—Si quieres darte un baño aprovecha, apenas lo he usado yo. ¡Me voy a la calle!

Le hablé como si esa tarde no hubiera pasado nada. Fui a mi habitación, donde me esperaba Sarita, desnuda, mirando el monitor. La hice sentarse encima mía y nos pusimos a espiar a Panchito. Las piernas de mi zorra me volvían loca, y llevé mis manos desde sus rodillas hasta la ingle. Con una mano acariciaba su muslo y con la otra empecé a trabajar su ano. Panchito se asomó al cuarto de baño y vio la bañera preparada, con agua templada y restos jabonosos flotando. Mientras se desvestía, miraba fijamente la bañera, su pene si iba amorcillando, pensando seguramente que yo había estado ahí poco antes, desnuda... la misma agua tibia que había rozado en mi sexo, pronto la sentiría él en su pene. Cuando se metió en la bañera ya estaba prácticamente empalmado, y empezó a masturbarse lentamente.

—Tiene una polla muy grande —me dijo la zorra, girándose hacia mí, sonriendo.

Saqué los dedos que tenía en el culo de Sarita e hice que se vistiese para la ocasión. La llamé al móvil, se colocó los auriculares para oirme, y salió. Puse música y me pequé el micrófono a la boca. A través del monitor vi cómo entró Sarita, con los cascos puestos y cómo miró a Panchito con una indiferencia total. Ni siquiera cerró la puerta del cuarto de baño.

—¿Te crees que ese es modo de entrar?

Sarita lo miraba fijamente a través del espejo.

—Lo siento. Vi a Camila salir de casa y creía que tenía el baño para mí. Perdona.

Se puso a despejar la encimera del lavabo. Panchito estaba estupefacto viendo a su hermana al otro lado limpiando el baño mientras él estaba en la bañera, en esa situación tan comprometida.

—Perdona, pero me estoy bañando. Me gustaría tener un poco de intimidad, si no te importa.

Ella siguió recogiendo espumas y geles. Panchito aún mantenía su erección. El pantalón ajustado de Sarita reclamaba su mirada, pues realzaba la redondez de su culo.

—Ya te he visto desnudo otras veces —el temple de Sarita era magistral.

—¡Ya se que me has visto desnudo otras veces! Pero esta situación es distinta.

Sarita se dio la vuelta y puso los brazos en jarra, estirándose un poco. La blusa que llevaba era algo estrecha para su talla y los botones pugnaban por abrirse.

—Creo que te he visto a ti y a tu polla desnudos en situaciones muy variadas —dijo desafiante.

—¡Sí, claro!

—¡Uf! —Sarita dejó a Panchito por imposible. Se giró y se puso a ordenar la parte de la encimera más cercana a él, que la siguió con la mirada, radiografiando sus pechos, sus caderas y luego su culo. Ella se movía pendiente de las instrucciones que le iba dando a través de sus cascos, hasta que terminó de dejar la encimera libre de trastos.

—Por favor, ahora, si no es molestia, podrías salir y cerrar la puerta.

Sarita se dio la vuelta y se apoyó en la encimera. Con su música, y la mirada fija en la verga de su hermano, que no disminuía de tamaño. Se acercó a la puerta y la cerró, pero por dentro. Panchito la miró asombrado.

—Date la vuelta —dio Sarita.

Panchito estaba inmóvil.

—¿Desde cuándo no te enjabonas bien la espalda? Vamos.

Panchito se puso de pie y Sarita dejó caer gel por su espalda. Lo masajeó con lentitud, moviendo las manos circularmente. Iba de arriba abajo. Cuando llegó al final de la espalda, deslizó su mano entre los glúteos de Panchito y con sus dedos enjabonó el ano de Panchito.

—Sigue un poco más abajo... —dijo con atrevimiento.

Sarita se apartó.

—No soy una guarra, Panchito —Panchito estaba desconcertado y ella esperó, a fuego lento, que su deseo y sus principios entrasen en una débil lucha—. Date la vuelta.

Panchito se dio la vuelta y Sarita se dispuso a enjabonarle los testículos. El agua jabonosa se le escurría por los brazos, empapando la blusa, pero Sarita estaba absorta con la música que salía de los auriculares mientras con dos dedos recorría el escroto de su hermano. Iba muy lenta, palpando superficialmente los testículos.

—Venga, cógelos bien.

Sarita los empezó a sobar con la palma de la mano, pasando sus dedos entre los pliegues de su escroto. Panchito se dejó llevar por su deseo, que finalmente había ocupado cada rincón de su cerebro.

—Sigue por la polla.

Sarita avanzó y se topó con la base del pene, duro como una piedra y, mientras la palma se llenaba con los testículos, el índice y el pulgar rodeaban el pene, moviendo la mano lo que pudo. Panchito se dio la vuelta, con la verga frente a Sarita.

—Venga, enjabona la polla.

Sarita lo miraba, como ajena a lo que sucedía. Se puso de rodillas, con los labios a medio cerrar, carnosos y húmedos. Su actitud entre solícita e indiferente, tenía a Panchito tan desconcertado como excitado. Empezó a enjabonar la polla con las palmas de las manos, de arriba abajo, abriendo el glande poco a poco. Siguió con una de las palmas enjabonando los huevos mientras recorría el pene con el hueco del pulgar y el índice de la otra. Lo hacía todo poco a poco, sin dejar un centímetro de piel sin jabón. En ningún momento miraba a Panchito, sólo a su polla, que masajeaba otra vez con las palmas de las manos.

—Enjuágala.

Sarita enjuagó el pene con el agua de la bañera. Cada vez que lo hacía, su boca se acercaba al capullo y el agua resbalaba por sus brazos. Tenía los pechos muy marcados ya en su blusa. Cogía el agua haciendo que la mejilla casi rozase el falo. Cogía otra vez agua y parecía que sus labios fuesen a tragarse la polla, pero esquivaban en el último momento el contacto. Así estuvo hasta que Panchito dio la orden.

—Ya está bien. Métetela en la boca.

Sarita, de rodillas ante él, lo miró con cierto reproche. Pero Panchito veía desde su posición unos labios sensuales y unos pechos grandes justo frente a su polla. Sarita miró el pene con desconfianza y empezó a acercarse a él con la boca abierta, pero se paró y la cerró. Hizo como si dudase y volvió a acercarse abriendo los labios, hasta que se metió todo el glande en la boca.

Empezó a sorber el fresón, sorprendiendo a Panchito por su desenvoltura. Siguió chupando hasta que cogió con la mano parte de la polla que quedaba fuera. Se puso a mover a ritmo la cabeza y la mano, acercándolas y alejándolas al compás en todo lo largo del falo. Sus gruesos labios envolvían el diámetro del pene, hasta que llegó al final y salió de su boca, permaneciendo abierta. Con la lengua casi fuera, volvió a meterse el pene, tragando, y se lo volvió a sacar. Se pasó el glande por el labio inferior mientras miraba fijamente a su hermano. Finalmente dejó la polla mientras tragaba saliva.

—Venga, sigue, ¡otra vez!

Sarita abrió aún más la boca y se metió todo lo que pudo. Rodeó el pene con sus labios y lo volvió a sacar, dejando los labios semi cerrados. Se la estuvo metiendo y sacando de esa manera varias veces, haciendo que sus labios adoptasen todos los recovecos del falo en su recorrido. Cada vez que empezaba este movimiento, Panchito se excitaba más y jadeaba, y Sarita acortaba el recorrido aumentando la rapidez y moviendo su boca cada vez más cerca del glande, hasta que quedó con sus labios apretados moviéndose arriba y abajo por el capullo mientras chupaba. Movía levemente la cabeza a ritmo, sin sacar el extremo del pene, con la lengua pegada a éste y tragando. Se sacó la polla, con la boca muy cerca, mirando a su hermano. Antes de que éste pudiese hablar, empezó a pasar sus labios abiertos por el pene, de lado, dejando que también acaraciase su mejilla.

Pasó la lengua de esta manera, por el lateral, hasta que finalmente se metió toda la polla en la boca. Sarita movía la cabeza, llenándose la boca, jadeando por lo excitada que estaba. Yo, desde mi habitación, podía sentir toda esa polla en mi boca, compartiéndola, rozándonos el paladar, haciendo que nuestros sexos reclamasen su turno de tenerla bien dentro. Se sacó el pene y se puso a lamerlo, para que él viese la lengua pasando por su glande. Con la boca abierta y la lengua fuera, metía la cabeza del pene, sacándolo a continuación.

Para darle tensión a la escena, salí de mi habitación y llamé a la puerta del baño.

— ¿Quién es? —la voz de Panchito sonaba muy nerviosa. Más tarde pude comprobar que Sarita miró a la puerta con la polla dentro de la boca, sin intención de sacarla.

— Soy yo —dije—. Perdona. Voy a mi habitación.

Sarita empezó de nuevo la felación, pero la desvergüenza que mostraba y el hecho de saber que yo andaba por la casa, hizo que Panchito se pusiese muy cachondo. La apartó e hizo que se pusiese de pie. Sarita se descalzó, se quitó los pantalones y las braguitas, y se desabrochó la blusa. Cogió las manos de Panchito y se las llevó a los pechos, que los tocó con muchas ganas. Sarita tuvo un respingo cuando le pellizcó los pezones y, dándose la vuelta, se subió a la encimera con la cara pegada al espejo y las piernas a lo largo del mármol, dejando el sexo y el culo a la vista de Panchito.

Este le abrió las piernas y le metió la punta de la polla en la vagina. Sarita se miraba en el espejo. Se miraba la boca, los ojos, los pechos saliendo de la blusa, y las piernas abiertas para recibir el gran falo. Al principio pensé que le costaría meter ese pedazo de carne, pero en cuanto el capullo pasó bien lubricado por la saliva de Panchito, el resto empezó a entrar suave y apretadamente. Sarita cerró las piernas, mientras seguía mirándose con el espejo. Yo la oía gemir, veía sus pechos moverse, deseaba besarla en ese momento y, por la cara lasciva que tenía ella, ella se hubiese hecho lo mismo. Se miraba a sí misma como si fuese ella quien se estuviese follando, y la sensualidad que emanaba de su mirada y su boca me hizo venirme en la soledad de mi cuarto.

Panchito la follaba de lado, con una mano en la cadera, muy cerca de la ingle, y la otra puesta en su muslo, tan suave. Sarita cada vez gemía más fuerte y empezó a apretarse los pechos. Se giró y miró a Panchito mientras éste le hacía gozar. Este cambió la posición de la joven, apoyándola en la encimera, con el culo en pompa y una rodilla sobre el mármol, para tener un acceso fácil a su coño. De esta forma, Sarita volvía a estar frente al espejo mientras recibía esa enorme verga, oyendo cómo la pelvis de Panchito golpeaba sus glúteos y sintiendo cómo se abría y cerraba su húmeda caverna. Se miraba los ojos, su boca, sus pechos, su pierna abierta, a Panchito ensimismado viendo cómo entraba y salía su verga. Plas, plas, plas, cada vez que embestía oíamos ese sonido de palmas que nos convertía más en bestias en celo que en personas.

Finalmente la verga salió y se introdujo suavemente en el culo. Sarita se vió suspirar en el espejo. Panchito tenía destreza en esos movimientos, pero volvió a sorprenderse por el recibimiento que tuvo la polla dentro de su hermana. Empezó el movimiento mientras Sarita gozaba, aprentando los dientes, abriendo la boca, lamiéndose los labios, añorando poder lamerse el culo con la verga dentro. Pegó su boca al espejo con los labios abiertos y humedeciendo el cristal con la lengua. Sintió la polla cómo salía completamente y como volvía a entrar, miraba su propia expresión mientras mantenía el culo abierto para Panchito. Este siguió metiendo y sacando, gozando de ella, mientras Sarita se relamía los labios frente al espejo.

La puso con la espalda en la encimera, las piernas hacia arriba y volvió a metérsela abriéndole el ano. Sarita lo miraba gimiendo y él metía y sacaba la polla. A veces paraba y escupía en el culo abierto, y ella lo miraba pasando la punta de la lengua por los labios, excitada por el placer de tener esa verga abriéndose paso dentro de ella. Esto era más de lo que podía soportar Panchito y puso a Sarita de rodillas, y ésta empezó a chuparle rápidamente la verga. Tenía la polla bien sujeta con las dos manos mientras la boca rodeaba el glande, moviendo aceleradamente labios y lengua.

Finalmente Panchito se corrió y Sarita siguió masturbándolo y chupándolo hasta que salió la última gota. Se puso de pie y, acercándose al espejo, dejó salir de su boca toda la leche que había retenido, dejándola caer por el cristal y su barbilla. Mirando hacia donde estaba oculta la cámara, volvió a lamer y meter en la boca el semen que resbalaba, pero esta vez se miraba al hacerlo, como si el semen fuese suyo y la lengua la de otra Sarita. Mientras pasaba su lengua por el cristal no dejó de gemir, con una mano en su clítoris. Panchito estaba asombrado al ver a su hermana haciendo esas guarrerías.

—¡Ahora, sal ya! —ordenó Sarita, y Panchito salió desconcertado.

Sarita siguió lamiendo el espejo y antes de que acabase con todo el semen, escupió a la boca de su imagen, volviendo a lamer la mezcla de fluidos. Finalmente se irguió, mirando por última vez en el espejo sus labios y pechos rodeados de saliva y gotas blancas. Salió del baño desnuda y escuchando el sonido que salía de sus auriculares “...llévate esas gotas de semen a los pezones, que te los voy a chupar…”. Y Sarita se untó los pezones con un dedo, mientras se iba acercando a mi habitación.

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Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, q...