2.5.19

La multitud

Estábamos en el concierto inaugural de las fiestas de la ciudad. Yo llevaba un vestido de punto morado de una pieza que me llegaba hasta algo más arriba de las rodillas. Sobre éste, un abrigo de cuero rojo oscuro, que me llegaba un poco más abajo. Por comodidad, ese día no llevaba mucho tacón. En medio de esa gran plaza llena de gente, las luces se apagaron y empezó el espectáculo.
Tenía a mi marido detrás, y poco a poco fui moviendo las caderas para rozar su cuerpo. Con sus manos en mi cintura, se fue acercando cada vez más. Tenía su ingle pegada a mí, a la altura de mis glúteos y no tardé en reconocer un inicio de erección. Seguí moviéndome al ritmo de la música y la verga se hacía más y más dura. Me giré sonriéndole y nos dimos un fugaz y profundo beso.
Me quité el abrigo para volver a ponérmelo sobre los hombros, dejando una mano libre mientras la otra evitaba que se abriera. Con todo el mundo mirando hacia el escenario, nadie podía darse cuenta de que tocaba el paquete de mi marido a través de la ranura trasera del abrigo. El se pegó aún más y yo pasaba la mano por su pantalón recorriendo el pene duro y apretado. Frotaba con decisión, desde los testículos hasta el glande. Sus vaqueros sólo me dejaban sentir burdamente las formas, pero tal y como mi marido se pegaba a mí, sabía lo bien que lo estaba pasando.
El riesgo de que nos viese alguien nos excitaba aún más, aún siendo improbable de que eso ocurriese realmente. Además, un señor se puso delante mía y eso me dio más seguridad. Antes de que acabara la tercera canción, mi marido agarró mi mano con urgencia. Quería impedir que siguiera, seguramente estaba a punto de eyacular. En eso somos diferentes, yo me hubiese dejado tocar hasta el final... pero claro, yo tampoco hubiese tenido que llevar la mancha de semen el resto de la noche. No me vino mal la interrupción, pues tenía el brazo cansado, y seguimos viendo el concierto con los cuerpos pegados y abrazados.
Tenía sus brazos alrededor de mi vientre y cintura, y con una mano le acariciaba las suyas. Metió una de ellas dentro del abrigo, y sentí el frío de su tacto igual que él debió sentir la calidez de mi cuerpo. Pensé que buscaba calentarse un poco, pero no. Su mano abierta en mis costillas tenía una intención inequívoca, más cuando la bajó hacia la cadera, casi hasta donde empieza el muslo. Intentó subir el vestido, pero se le escurría. Recordé entonces que se acababa de cortar las uñas, yo misma le había hecho una manicura. Una vez que se había decidido a tocarme, desistió del vestido y subió la mano hacia mi pecho. Tampoco tuvo suerte, pues esa noche había elegido un sujetador de copa rígida. No obstante me manoseó como pudo, llegando a pellizcar mis pezones sin ser consciente de ello.
Su mano volvió a salir para abrazarme desde fuera. Con un pecho irritado por ese sobeo tan intenso, me resultó frustrante que su breve e infructuosa excursión a mis bajos hubiese acabado tan pronto, pues había elegido cuidadosamente lo que llevaba puesto esa noche. El vestido de punto se adapta a mi figura como una segunda piel, resaltando mis virtudes y mis defectos. Debajo de él, estrenaba unos pantys fucsia con liguero de una sola pieza. Las braguitas estaban guardadas en el bolso.
Vestida como iba, no me iba a dar aún por vencida. Metí una mano dentro y me subí el vestido hasta la cadera. Pasé los dedos por el nylon del muslo y la llevé al enorme hueco que el panty tenía en la ingle. Acaricié superficialmente mi vulva, pero la falta de un plan me hizo atender al concierto.
No pasó nada durante unos segundos que se me hicieron eternos. De pronto, sentí su mano entrar por la ranura posterior del abrigo. Miré hacia atrás y vi que había puesto el suyo sobre su brazo, para ocultar sus movimientos. Pasó la mano por toda la redondez de mi trasero, apretándomelo y amasándolo con fuerza. Ahora sí que me estaba transmitiendo su ardor, a pesar de que eso podía suponer que me dejara la marca de sus dedos en forma de cardenales. En ese manoseo salvaje, los dedos llegaron a alcanzar las partes más sensibles de mi anatomía. No me atrevía a mirar alrededor, pues sabía que si miraba a la gente a la cara, atraería su atención. Todo parecía ir bien. Me di cuenta de que el hombre que tenía delante se había ido unos instantes, pues ahora volvía a ocupar su sitio.
Mi marido palpó algo más arriba y comprendió que no llevaba braguitas. Subió el vestido con prisas y me apretó el culo como si nunca antes lo hubiese hecho, y yo gemí como si fuese la primera vez que me tocaba. Me agarró con fuerza un cachete y luego el otro, haciéndome tambalear. Esto le excitó aún más y me arrepentí de no haber traído los tacones. Metió los dedos entre los glúteos y llevó el medio hasta mi agujerito.
Me acariciaba con la yema suavemente, pasándola por la piel, acercándola al perineo, quedándose a mitad camino de la vagina, volviendo a subir, circundando el ano. Creo que él no era consciente de que me estaba estimulando toda la zona baja. Yo no sabía exactamente cuál era su objetivo hasta que se decantó por mi culo depilado. Con precisión de cirujano, el dedo fue acariciando los suaves pliegues de mi diminuto agujero. Y apretó un poco. El sabía que me da algo de pavor el inicio de la penetración anal, y lo hizo con mucho cuidado. Primero presionó suave como una pluma, a modo de aviso. Luego pasó el dedo arriba y abajo, con cariño, y volvió a quedarse en el centro, haciendo que sintiera su calor mientras apretaba.
Me estuvo estimulando así hasta que me hizo sentir la necesidad de tener su falange algo más dentro. Abrí algo más las piernas y comprendió el mensaje. Bajó el dedo hasta mi sexo, humedeciendo la punta en mi vagina. A ambos nos excitó tomar consciencia de lo mojada que estaba. Y, rodeados de la multitud, su dedo empezó a introducirse en mi culo. Empujó lentamente hasta que la uña desapareció. Podía sentir cómo hacía presión ahí atrás, o quizás era al revés, era mi ano el que apretaba su dedo. Yo ya estaba presa de mi deseo y metí una mano dentro del abrigo, subiendo la falda y frotándome el clítoris. Se me suele desencajar la cara cuando estoy tan excitada, e intentaba guardar la compostura. Mi marido notó que se movía algo por ahí y comprendió que me estaba masturbando. Sacó el dedo y lo metió con otro más en la vagina. Seguidamente los llevó atrás y, con un poco de habilidad, volvió a penetrar mi trasero.
El hombre de delante dio un paso hacia atrás. Me quedé inmóvil, pues casi me rozaba. Mi marido, cegado por la lujuria, continuaba jugando con sus dedos en mi recto, totalmente ensimismado. Saqué la mano de mi entrepierna cuando sentí la del hombre a la altura de mi muslo. Tenía que tomar una decisión. Sabía que nuestros juegos en público podían acabar de cualquier manera. Pero no me esperaba aquello, y menos en ese momento. Mi primer impulso fue terminar e irnos, aunque sabía que la tentación de sobrepasar los límites era muy fuerte. Por entonces, la mano del hombre ya estaba tocándome la pierna a placer, completamente abierta. Yo lo veía de espaldas, parecía más mayor que nosotros. Con el calor de su mano y el de los dedos de mi marido, noté cómo mi vagina lubricaba suavemente.
Creo que mi marido empezó a tocarse mientras me penetraba, pues soltó mi cadera. La mano del otro tipo se metió dentro del abrigo y fue directa a mi sexo, sobre el vestido. Me tocaba con la misma brusquedad que había tenido mi marido en mi pecho minutos atrás. Estaba tan mojada que no quise ensuciar el vestido, así que lo subí. Se tuvo que quedar sorprendido al ver que no llevaba bragas. Metió dos dedos en la vagina y ambos me tuvieron así varios minutos, zarandeándome con sus manos.
De pronto, el cantante quiso que el público participase con el estribillo y las luces se encendieron. Nos quedamos quietos, sin respirar. Empecé a sentir cierto ardor en mis orificios. En cuanto se apagaron las luces, volvieron a su magreo. Mi marido quiso cambiar de agujero y se lo encontró ocupado. Agarré la mano del hombre mientras mi hombre jugaba pensando que era yo quien me estaba penetrando. Se dio cuenta de que yo no tengo las manos tan grandes y ásperas y acercó su cara a la mía. Lo besé y me susurró un "qué puta eres" que me hizo doblar las piernas.
Aquella situación me estaba resultando ya un poco incómoda, pues antes o después alguien más se daría cuenta de nuestra exhibición de amor. Una vez pasada la excitación inicial, a ninguno de los tres nos resultaban cómodas esas posturas. Estaba pensando en eso cuando mi marido me preguntó si nos íbamos. Saqué la mano del desconocido, le di las gracias al oído y lo besé. Cuando se volvió ya habíamos desaparecido entre la multitud, aunque yo seguía mirando hacia atrás mientras mi marido me sacaba de allí tirando de mi mano. Al rato, encontramos un sitio para tomar algo, y allí en la barra me percaté que una pequeña mancha húmeda destacaba en la ingle de mi esposo. Como cuando éramos novios, pensé.

Empecinada

Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, q...