Me senté entre los dos, entre padre e hijo, mi marido y mi niño, mis hombres. Estábamos en el sofá viendo una película bajo una gran manta que nos tapaba hasta el pecho. Estábamos en pijama, el mío de felpa me quedaba algo grande y era de dos piezas, abotonado por delante. Por debajo de la manta, una mano me tocó la pierna cerca de la ingle. No era la primera vez en esos días, pero esta vez no la aparté, pues quería ver hasta dónde era capaz de llegar. Pedrito no se esperaba la falta de rechazo y se quedó quieto, pues en realidad él no tenía expectativas de llegar a más. Yo, en cambio, puse mi mano en la ingle de mi marido que, tras un minúsculo respingo, se quedó esperando estoico.
Me mojé las braguitas solo al pensar masturbar a mi marido con nuestro hijo delante, así que busqué su pene, que me estaba esperando con un volumen prometedor. Apenas lo toqué, empezó a ponerse más duro, así que metí la mano en su pantalón. Tener esa polla tan gorda y calentita, tan dócil a mi movimiento, me puso a cien. Juan apenas respiraba, muy excitado, igual que yo. Pedrito, ausente de nuestro juego oculto, empezó a retirar su mano pero se lo impedí, devolviéndola a mi muslo.
Masturbaba a mi marido con lentitud, trabajando su pene para dejarlo duro y sin intención de que llegara a más. Llevé la mano de Pedrito al interior de mi pantalón, al calor de mi entrepierna, y empezó a pasar el dedo corazón a lo largo de la rajita, sobre las braguitas, haciéndome estremecer cada vez que pasaba por el clítoris. Llevé mi mano por debajo de su pijama para poder asir su verga. Con un par de movimientos, se puso tan dura como la de su padre. Metió el dedo por un lateral de las braguitas y lo llevó a mi vagina, introduciendo la yema.
Miré a mi marido y nos sonreímos. Le señalé con los ojos a Pedrito y lo miró sin comprender. Insistí e hice un movimiento más exagerado con la otra mano, para que viese la manta moverse, y entonces se dio cuenta de que estaba masturbando a nuestro hijo. Entrecerré los ojos mientras lo volví a mirar, dejándome llevar por el placer que estaba recibiendo en las puertas de mi vagina, y le hice gestos para que mirara mi ingle. Abrió mucho los ojos al darse cuenta del origen de mi éxtasis, y el movimiento involuntario de su pene me comentó lo excitado que estaba.
Solté las vergas y me desabroché el pijama, abriéndome un poco la camisa. Bajé la manta con la excusa de que tenía calor. Mis pechos quedaron parcialmente a la vista con el pezón oculto por las solapas. Ambos podían ver cómo mis senos caían libres y el pliegue que hacían en mi abdomen. Ocurrió que al bajar la manta, ésta quedó pegada a nuestras piernas y a todo lo que había en ellas, así que también pudimos ver el bulto de dos penes erectos y el que hacía el brazo de mi hijo hasta llegar a mi sexo.
Se hizo un silencio solo cortado por el frío sonido del televisor. Llevé las manos otra vez a sus vergas y los masturbé sin disimulo. Miré a Pedrito y le pedí que siguiera, en referencia a mi vulva. Y lo hizo lentamente.
— Sí, cariño —dije en un gemido.
Miré a mi marido y pasé la lengua hacia mi labio superior, mirando mis pechos. Sin perder un instante, éste abrió el trozo de camisa que estaba a su lado, mostrando mi seno plenamente, tocándolo con habilidad, manoseando mi pezón, que se puso duro. Una mirada a Pedrito bastó para que sacara la mano de mi pantalón y que abriese su lado de mi camisa, como había hecho su padre. En cuanto empezó a tocarme, volví a hablar.
— ¡Chuparle las tetas a mami!
Por separado, les había aleccionado a cada uno en este último año con mi forma de amar, y ninguno de los dos osaría perder la ocasión de satisfacer su deseo en mí. No obstante, la situación era novedosa para ambos, pero llevaron sus bocas a mis pezones, simultáneamente, y me chuparon con mucha pasión. Me hicieron gemir mucho, era como si estuviesen compitiendo a ver quién era más salvaje, y apreté sus vergas hasta que noté cómo se mojaba mi entrepierna. Me puse de pie y me quité el pantalón y las braguitas. Me arrodillé ante mi marido, le bajé el pantalón lo justo para que su duro pene quedase a la vista, y saqué el de Pedrito. Me dispuse a chupársela a Juan mientras masturbaba lentamente a mi niño. Metí la verga envolviéndola en mis labios. Entonces me di cuenta de que Pedrito no se atrevía a mirarnos.
— Mira a mami, amor. Mira la polla de tu padre, mmm, ¿ves cómo entra en mi boca? Sí, no dejes de mirarme. Tienes que ver lo puta que me vuelvo con vosotros. Mmm. ¿Sabes que Pedrito ha intentado follarse a su mamá? —le dije a mi marido antes de llevarme la verga a lo más profundo, moviendo la cabeza y emitiendo sonidos guturales. Tomo un respiro—. Pero yo le he dejado bien claro a tu hijo que puede que sea un poco puta, pero sobre todo soy tu puta —volví a meterme la verga hasta que me ahogué en ella. Pedrito tenía los ojos como platos y su líquido preseminal me mojaba las manos, así que ralenticé el frotamiento. Con Juan, sin embargo, empecé más fuerte.
— ¿Le vamos a dar a Pedrito el chocho de mamá? —le pregunté a mi marido. Se la chupaba frenéticamente y estaba a punto de venirse—. Dí que sí, amor. Déjame gozar de su polla, por favor.
— Pero qué puta eres. Te lo puedes follar. Puedes hacer lo que quieras —me iba a lanzar su leche de un momento a otro.
Le dije a Pedrito que se desnudara, y le di tan fuerte a Juan que su glande golpeaba mi garganta a cada vez. Finalmente me agarró la cabeza y metió el rabo aún más. Pude esquivar la descarga sacando la verga de la garganta pero sin quitarla de la boca, llenándola inmediatamente con su semen. Acerqué mis labios al rabo de Pedrito y solté sobre él toda la leche de Juan, me subí encima y acomodé el pene a la entrada de mi vagina. Me dejé caer y el falo lubricado entró suavemente hasta el fondo. Empecé a mover la cadera y él me agarró los pechos. Mi pequeño estaba en una nube y yo sentía su verga venosa en cada centímetro de mi interior. Supe que podría correrme con el único estímulo de su falo follándome, sin tener que auxiliarme con el clítoris, aún así me eché hacia delante, frotándome lentamente, evitando que él se corriese e intentando gozar yo lo máximo.
Volví a coger el pene de mi marido, y aunque estaba algo bajo, lo moví en una masturbación de reanimación. Estaba muy excitada y descabalgué de Pedrito, me senté a su lado y abrí las piernas para que él me penetrara sobre mí. Su cara mostraba que su deseo al fin estaba siendo satisfecho, y me contagió su excitación. Agarré la verga de mi marido, que estaba haciendo un esfuerzo titánico por volver a tener la consistencia que me gusta disfrutar, y se la moví a la vez que la de mi hijo me iba llevando a un fortísimo orgasmo. Jalé de la de Juan y lo hice poner de rodillas en el sofá, para poder llevármela a la boca. Cuando fui a acercarla, vi que Pedrito apartó el torso del mío. Pensé que era aversión por verme hacer una felación mientras me follaba, pero luego me di cuenta que lo que tenía era miedo. Miedo de mí y de lo que le pudiese pedir. Miedo a que le hiciese meter la verga de su padre en la boca y de que me obedeciese. Esto hizo que la mamada fuese muy intensa. Todavía podía ponerme todo el pene en la boca y era maleable en mi lengua. Lo atraje hacia mí asiéndolo de los testículos. Sentía esa serpiente hacerse cada vez más dura en mi boca en el momento en que el orgasmo llegó, y me descompuse en una serie de convulsiones de placer, teniendo que sacar la verga en un manantial de babas.
— Has hecho que mami se corra como una puta.
Pedrito me cogió de los pechos apoyando su peso en ellos, usándolos como pivote en su movimiento de cadera. Esto, y el paroxismo del clímax que no se iba, hacía que me faltara el aire. Así que llevé mi mano hacia los muslos para abrirlos aún más para él.
— ¡Mamá, me voy! —me dijo con preocupación Pedrito, que no podía con tanta excitación.
— ¡No la saques, dame fuerte! ¡Así, fuerte! ¡Todo dentro, amor, hasta la última gota!
Su rabo súper duro me taladró con mucha velocidad, tanto, que aún pude sentir remontar levemente el orgasmo que acababa de tener. Eyaculó en varias sacudidas y notaba a cada vez que su pene pasaba por la pared más cercana a mi vientre. El rabo de mi marido ya estaba duro, preparado para darme gusto, así que cogí el de Pedrito y lo limpié con boca muy a fondo. Una vez que estaba reluciente, hice que Juan tomase el relevo de Pedrito, y me la metió haciéndome sentir como en el cielo. En la misma postura que con mi niño, empezó a follarme mientras me miraba con mucha lascivia.
— Eres una perra en celo. Sólo quieres polla.
— Sí, sí, fóllame así, soy tu perra.
— Tienes un coño de puta barata.
Mientras las lindezas que me decía mi esposo me iban poniendo a cien, confiaba en que Pedrito tuviese una recuperación parecida a la de su padre. Tenía que estar muy excitado, y le cogí el pene.
— Métemelo en la boca.
Lo hizo y lo usé para ahogar mis gemidos. Durante unos minutos lo fui chupando y masturbando hasta que conseguí volver a ponerlo casi duro y, entre medias, ya me había corrido por la acción de Juan. La puta que me devora salió otra vez e hice que mi marido se sentara. Me puse sobre él, y metiéndome la verga hasta el fondo, pegué mis pechos a los suyos, juntando nuestras caras. Empezó a darme haciendo un ruido fortísimo al golpear pubis con pubis. Sabía que mi hijo vería en mi culo en pompa una clara invitación. En un momento que bajamos la intensidad de nuestro apareamiento animal, Pedrito se arrimó por detrás y fue introduciendo la verga en mi ano. Me quedé quieta y Juan comprendió lo que estaba ocurriendo en mi otro agujero, seguramente notaría el otro pene abriéndose paso. Pedrito empezó a follarme con fuerza y mi ano se acomodó pronto a su rabo, haciéndome sentir más puta aún. Me hizo gozar, mi hicieron gozar rellenándome de esa forma. Dejé que me diesen placer durante un tiempo, hasta que hablé.
— ¿Tú le has dado permiso para que me abra el culo? —le pregunté a mi marido.
— No, ¿y tú?
— No —saqué el rabo de Pedrito estremeciéndome al sentirlo recorrer todo el ojete—. Ve a mi cuarto, y del primer cajón de la cómoda, trae lo que hay al fondo, con el bote que está al lado.
Pedrito se fue y seguí follando fuerte con Juan. Mi hijo tenía dos opciones: no volver o venir con lo que le pedí. La intriga por la decisión que tomaría me excitó más. La polla de Juan parecía que había entrado en modo automático y la exprimí con ganas... hasta que Pedrito volvió. Llevaba en la mano mi arnés con la verga de silicona y en la otra un tubo con vaselina. Había hecho su elección y le daría lo suyo.
Me puse de pie y le cogí el arnés, poniéndomelo. Extendí la vaselina por la verga y coloqué a Pedrito a cuatro patas. Juan estaba expectante, con el pene tieso, no así el de Pedrito, que había bajado considerablemente. Me acerqué a él por detrás, mi falo estaba tocándole los genitales y le cogí la verga, masturbándolo para que volviese a ponerse dura. Al poco lo conseguí y fui introduciendo la mía con mucho cuidado. Empecé a moverme, penetrándolo con suavidad. Le indiqué a Juan que me la metiese por detrás también. El sandwich anal fue un caos de armonía, y tuvimos que desistir de él, así que mi marido acabó sacando la suya y yo seguí abriendo el culo de Pedrito. Le agarré la verga mientras lo sodomizaba, en una masturbación en la que coger su pene era como si cogiera el mío de goma que le atravesaba. Lo follé así hasta que se corrió, llenándome la mano y el cojín del sofá. Con el aparato metido en su culo, me quité el arnés e hice que Juan continuase follándome por atrás. Le dije a Pedrito que se diese una ducha, y cuando terminó de aseare, mi marido seguía haciéndome gozar con su incansable verga.
Esa fue la primera y última vez que Pedrito me folló. Antes de que pasara un mes ya se había independizado, yéndose a vivir con su novia. No ha vuelto a hablar conmigo sobre algo que tenga que ver con el sexo.
Me preguntan y entonces yo también pregunto, iniciando un diálogo que serpentea entre el recuerdo y la fantasía. Pregunto siempre por esa "primera vez", esa que es tan especial que es necesario que no se pierda en el olvido. Pero hay muchas primeras veces en nuestra vida ¿recuerda la primera vez con...? También pregunto por la última vez, o por la mejor. El con quién le gustaría, el dónde, el cómo... Y aquí les escribo lo que nos contamos.
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12.10.18
1.10.18
Alberto
Llegamos de la fiesta muy tarde, y al llegar a la casa Alberto nos esperaba sentado en la escalera de entrada. Lo había llamado yo desde el coche mientras llegábamos, a pesar de que mi marido me dijo que no era buena idea, que Alberto estaba enamorado de mí. Pero yo sabía que no era amor, era otra cosa. Mientras nos acercábamos al portón, nuestro amigo no me quitaba ojo, viendo cómo los zapatos de tacón movían ostentosamente mis caderas. Esa noche llevaba un vestido negro, de falda ajustada hasta los muslos, los pliegues del pecho me permitían ir sin sujetador, haciendo que al andar se intuyese un sugerente movimiento. Conforme me acercaba, me iba subiendo poco a poco la falda, para dejar al descubierto las medias y el liguero. El nylon apenas hacía ruido al rozar porque seguía mojado.
Pasamos por su lado y entramos en la casa, sin esperar a que se levantase. Apenas le dio tiempo a meterse dentro. Mi marido me bajó la cremallera del vestido y me lo quitó, quedando mis braguitas a la vista. Eran de nylon translúcido, haciendo juego con las medias, y como éstas, estaban muy mojadas. Alberto acercó la nariz hacia mi sexo, rozando el nylon y aspirando profundamente. Yo miraba hacia abajo con las piernas abiertas.
— ¿Te gusta cómo huele? Es para ti —dije sin esperar la respuesta.
Volvió a aspirar y besó mis muslos. Se le pegaban los labios, pero abrazado al nylon de mis piernas, no paró de pasar la boca por mi piel.
— ¡Lámelos!
Y los lamió, mirándome con devoción, mirando mis braguitas, mirando mi chocho. Porque las braguitas translúcidas le permitían ver mi vulva abierta, y más estando empapadas. Lo aparté y me di la vuelta, mostrándole mi trasero. Se llevó la mano a la polla y se tocó mirándome salvaje, hasta que se desabrochó el pantalón. Moví la cadera pasando las manos por mis glúteos, bailando una muda melodía para él mientras éste terminaba de desnudarse a la vez que no paró de masturbarse, sentado en el suelo.
— Hoy he vuelto a ser muy puta —dije cuando terminó de quitarse la ropa. Sólo tenía ojos para mi sexo, y le extendí la mano para que se acercarse. Vino de rodillas hacia mi chocho, y empezó a besarlo a través de las braguitas. Sacó la lengua y frotó con ella mi clítoris, peleando con el nylon, con las manos en mis medias, clavadas en mis muslos.
— Hice cola en el servicio de caballeros, habían dos esperando. Me puse delante del primero y empecé a rozar mi culo sobre su rabo, que se le puso muy duro enseguida y lo cogí, era enorme. Yo no dejaba de mirar al segundo, que se echó mano a la polla para tocarse descaradamente.
Alberto subió las manos para acariciar la piel de mis muslos. Como miraba hacia arriba buscando mi mirada, quise regalarle la visión de mis pezones estirándose por la acción de mis dedos. Intentó meter la lengua en la rajita, pero las braguitas no eran tan flexibles.
— ...se abrió la puerta del baño y entramos los cuatro, pues Juan llegó justo a tiempo. El primero entró urgente a orinar. Me acerqué a él, la tenía muy gorda y le costaba apuntar, más cuando agarré con él la cálida y dura verga. A punto de acabar, con las últimas gotas, me llevé el miembro a la boca.
Alberto separó las braguitas e introdujo, ahora sí, la lengua.
— ...apenas le pude chupar porque quiso follarme enseguida, ahí mismo, mientras el otro orinaba a nuestro lado. En cuanto éste acabó de mear, le agarré la polla y la mantuve bien gorda mientras me abrían el chocho, como tú estás haciendo ahora. Qué forma de follar, te hubiese gustado vernos. Me puso como una loca. "¿Es tu mujer? Es una pedazo de puta", le dijo el semental a Juan y me metió la mano en la boca. Yo estaba con la espalda pegada a la pared, subida a su polla y las piernas apoyada en algún sitió que no veía. Sentí cómo un dedo me entraba en el culo. Empecé a hablar sucio al que me embestía, pero mirando al otro, para dedicarle mis palabras. "Dame fuerte", "Qué polla tienes", "Me tienes muy abierta". Al oírme, me corrí chillando bien fuerte. Pero el folleteo no cesó, más bien aumentó, y yo respiraba entre gemidos. "Dale lo suyo a la puta", esta vez se lo dije al segundo mientras abría la boca y sacaba la lengua. No se lo pensó y me escupió haciendo diana, al segundo escupitajo lo llevé hacia mí y nos besamos y luego besé al que me penetraba, que gritó "¡Dios!" y se corrió con la polla bien dentro. No paró de moverse hasta que no quedó ni una gota en sus huevos, me lo dejó todo ahí, pero desde entonces se me ha salido algo y se ha resbalado por las piernas, pero de eso ya te has dado cuenta.
Alberto me metió un dedo en el culo y me chupó con más energía el coño. Miré a Juan, que estaba masturbándose viendo la degeneración de nuestro amigo.
— El dedo ha entrado bien ¿verdad? —Alberto me metió un segundo dedo y le acaricié el pelo— He besado con él a varias pollas. Me han tratado como a una puta —dije en un falso lamento—, como a una puta salida, y me han abierto el culo a placer —hice que me mirara—, es lo que nos hacen a las putas ¿verdad? —con mi coño en su boca, los dedos en el culo y mirándome, Alberto afirmó en silencio—. Límpiame bien, cariño.
Lamí sus dedos y me tumbé en el suelo. Levanté bien las caderas, agarrándome de las rodillas y manteniendo las piernas muy abiertas. Mi marido me leyó el pensamiento, acercándose y colocándome un cojín debajo para que estuviese cómoda ¡cuánto lo adoro! Allá abajo, Alberto no tardó en seguir lamiéndome el sexo, pero yo quería que me chupara otras cosas.
— El culo, cariño, todavía tiene que quedar algo.
Alberto pasó la lengua desde el coxis hasta el inicio de la vulva, lamiendo minuciosamente la zona que rodeaba el ano. Tras tocar intermitentemente con la punta de la lengua el ojete, la metió entera hasta el fondo y gemí. ¡Joder, qué ganas tenía de que me metieran un rabo otra vez!
— Saca la lengua, a ver si está seco.
Metió y sacó la lengua varias veces, relamiendo las paredes de mi culo, enseñándomela después. Le pedí que me diese su verga y estuvimos en un 69. Su polla estaba muy dura, lista para empalarme, y no quise retrasar más mi placer. Me puse a cuatro patas.
—¡Por el culo! ¡Métemela por el culo! —no tardó en llevarla hasta los huevos y empezó a follarme fuerte, echado sobre mí, agarrado a mis pechos y las caderas—. Y es que el otro hombre me dio la vuelta en cuanto el primero terminó conmigo. Me la metió como tú, directamente, pero entonces yo gritaba como una zorra, pues era la primera polla, no te ofendas. El cabrón me tenía muchas ganas y me dio muy duro, más cuando yo no me quejaba, al contrario. Y contra más me daba, más le abría los glúteos para que viese bien el rabo entrando y saliendo. Juan invitó al que se había corrido a quedarse, por si le entraba más ganas de follarse a "la puta de mi mujer". ¡Joder, me corrí un montón! Se me salió mucho del semen que tenía metido en el chocho. "¡Fóllame fuerte, cabrón!" le dije, pero este estaba que no podía darme más. Tú si puedes darme más, ¿verdad, querido? Sí, así, me tienes como a una perra, así, fuerte, acábate dentro, cariño, no pares. Cuando se corrió, el otro ya la tenía morcillona, y me puse de rodillas para chupársela y dejarla bien dura. El rabo sabía a mí, el muy cerdo hubiese sido capaz de irse sin lavarse... aunque al final, yo tampoco me limpié al salir... tras una breve mamada, me la metió en el culo, que estaba abierto y mojado por la leche que salía de él. Estuvo un cuarto de hora, cronometrado por Juan, sin parar de darme, me corrí varias veces con él dentro —Alberto se corrió con aspamientos—. Cuando terminó dentro de mí y se fue, se la chupé a Juan, esperando por si entraba alguien más, pero lamentablemente eso no fue así. Juan me llenó los pechos con su semen y siguen sucios.
Alberto, con el pene goteando aún, se abalanzó sobre mis tetas y las chupó con mucho ruido, cuando llegó a los pezones me hizo gemir de dolor. Me hizo mojar tanto que aguanté su ferocidad con un dedo en el clítoris. Me di cuenta que más abajo su semen estaba saliéndose del ano.
—Ahora me tienes que limpiar otra vez, cariño.
Me coloqué de nuevo en el suelo, sobre el cojín. Esta vez sí me enseño el semen que salía adherido a la lengua y empecé a masturbarme cuando volvió a abrirme el culo con ella.
— Uno tras otro sólo querían follar y me usaron como una puta, llenándome con su semen, pero... ¿no me merezco también tener una puta? ¿yo tengo puta, querido?
Alberto me miró y afirmó, volviendo a llevar la boca a mi ano.
— Entonces, puta, vas a seguir limpiándome el coño mientras me dan placer.
Me levanté y lo coloqué bocarriba y puse mi chocho sobre su lengua. Hice que viniera mi marido y que me follase el culo. Me dio con muchas ganas, y me reconfortó tener su rabo dentro de mí. También era consciente que sus huevos pasaban por la cara de Alberto cada vez que me embestía y que éste mantenía el rabo en suspensión, y me lo llevé a la boca, intentando ponerlo duro, pero sabiendo que era demasiado pronto para su recuperación. No obstante, con el extra de tener la polla en la boca, no tardé en correrme sobre los labios de mi puta. Hice que Juan sacara la verga y pasé mi abierto ano por la lengua de la zorra.
— Otra vez al culo, puta —dije colocándome con las piernas abiertas en el suelo.
Alberto ya tenía la posición pillada, pero esta vez, mientras su lengua pasaba por mis orificios, apreté la cabeza con mis muslos y la sujeté con mis manos.
— A mi puta le gusta limpiarme el chocho —le dije a mi marido—, y yo quiero que te folles a mi putita —mi marido, que se estaba masturbando, no se lo esperaba y no quiso acercarse. Yo no dejaba que Alberto moviese la cabeza de donde estaba—. Fóllate a mi puta. Es como si me follaras a mí. Fóllame, amor, fóllatela, fóllame mucho, hoy he sido muy perra.
Mirándome, llegó por detrás de mi puta y le fue metiendo el rabo mientras la zorra gemía. Lo tenía sujeto por las caderas, con las manos cerca de la espalda, sin parar de mirarme. Creo que, de haber mirado a Alberto, hubiera sacado el rabo. Pero me miraba a mí y yo lo miraba con la cara descompuesta por el placer que me estaba dando la puta y por ver a mi marido dándome por culo de esa forma tan poco formal.
— Dame fuerte —le decía—. Abreme más el culo. Soy tu puta, fóllame duro, más duro, cariño. A la puta le gusta que le den así. Dame más, más...
Me deslicé hacia abajo e hice que la puta volviera a comerme los pezones, para acabar besándolo justo cuando mi marido empezó a correrse. Agarré la cabeza de la zorra e hice que se tragase el resto de la eyaculación de Juan. Compartí con él la verga, lo masturbamos, lo chupamos, lo dejamos impoluto, y cuando el miembro apenas cupo en mi mano, nos besamos a fondo.
Esa fue la última noche que compartimos con mi puta. Alberto se llamaba.
Pasamos por su lado y entramos en la casa, sin esperar a que se levantase. Apenas le dio tiempo a meterse dentro. Mi marido me bajó la cremallera del vestido y me lo quitó, quedando mis braguitas a la vista. Eran de nylon translúcido, haciendo juego con las medias, y como éstas, estaban muy mojadas. Alberto acercó la nariz hacia mi sexo, rozando el nylon y aspirando profundamente. Yo miraba hacia abajo con las piernas abiertas.
— ¿Te gusta cómo huele? Es para ti —dije sin esperar la respuesta.
Volvió a aspirar y besó mis muslos. Se le pegaban los labios, pero abrazado al nylon de mis piernas, no paró de pasar la boca por mi piel.
— ¡Lámelos!
Y los lamió, mirándome con devoción, mirando mis braguitas, mirando mi chocho. Porque las braguitas translúcidas le permitían ver mi vulva abierta, y más estando empapadas. Lo aparté y me di la vuelta, mostrándole mi trasero. Se llevó la mano a la polla y se tocó mirándome salvaje, hasta que se desabrochó el pantalón. Moví la cadera pasando las manos por mis glúteos, bailando una muda melodía para él mientras éste terminaba de desnudarse a la vez que no paró de masturbarse, sentado en el suelo.
— Hoy he vuelto a ser muy puta —dije cuando terminó de quitarse la ropa. Sólo tenía ojos para mi sexo, y le extendí la mano para que se acercarse. Vino de rodillas hacia mi chocho, y empezó a besarlo a través de las braguitas. Sacó la lengua y frotó con ella mi clítoris, peleando con el nylon, con las manos en mis medias, clavadas en mis muslos.
— Hice cola en el servicio de caballeros, habían dos esperando. Me puse delante del primero y empecé a rozar mi culo sobre su rabo, que se le puso muy duro enseguida y lo cogí, era enorme. Yo no dejaba de mirar al segundo, que se echó mano a la polla para tocarse descaradamente.
Alberto subió las manos para acariciar la piel de mis muslos. Como miraba hacia arriba buscando mi mirada, quise regalarle la visión de mis pezones estirándose por la acción de mis dedos. Intentó meter la lengua en la rajita, pero las braguitas no eran tan flexibles.
— ...se abrió la puerta del baño y entramos los cuatro, pues Juan llegó justo a tiempo. El primero entró urgente a orinar. Me acerqué a él, la tenía muy gorda y le costaba apuntar, más cuando agarré con él la cálida y dura verga. A punto de acabar, con las últimas gotas, me llevé el miembro a la boca.
Alberto separó las braguitas e introdujo, ahora sí, la lengua.
— ...apenas le pude chupar porque quiso follarme enseguida, ahí mismo, mientras el otro orinaba a nuestro lado. En cuanto éste acabó de mear, le agarré la polla y la mantuve bien gorda mientras me abrían el chocho, como tú estás haciendo ahora. Qué forma de follar, te hubiese gustado vernos. Me puso como una loca. "¿Es tu mujer? Es una pedazo de puta", le dijo el semental a Juan y me metió la mano en la boca. Yo estaba con la espalda pegada a la pared, subida a su polla y las piernas apoyada en algún sitió que no veía. Sentí cómo un dedo me entraba en el culo. Empecé a hablar sucio al que me embestía, pero mirando al otro, para dedicarle mis palabras. "Dame fuerte", "Qué polla tienes", "Me tienes muy abierta". Al oírme, me corrí chillando bien fuerte. Pero el folleteo no cesó, más bien aumentó, y yo respiraba entre gemidos. "Dale lo suyo a la puta", esta vez se lo dije al segundo mientras abría la boca y sacaba la lengua. No se lo pensó y me escupió haciendo diana, al segundo escupitajo lo llevé hacia mí y nos besamos y luego besé al que me penetraba, que gritó "¡Dios!" y se corrió con la polla bien dentro. No paró de moverse hasta que no quedó ni una gota en sus huevos, me lo dejó todo ahí, pero desde entonces se me ha salido algo y se ha resbalado por las piernas, pero de eso ya te has dado cuenta.
Alberto me metió un dedo en el culo y me chupó con más energía el coño. Miré a Juan, que estaba masturbándose viendo la degeneración de nuestro amigo.
— El dedo ha entrado bien ¿verdad? —Alberto me metió un segundo dedo y le acaricié el pelo— He besado con él a varias pollas. Me han tratado como a una puta —dije en un falso lamento—, como a una puta salida, y me han abierto el culo a placer —hice que me mirara—, es lo que nos hacen a las putas ¿verdad? —con mi coño en su boca, los dedos en el culo y mirándome, Alberto afirmó en silencio—. Límpiame bien, cariño.
Lamí sus dedos y me tumbé en el suelo. Levanté bien las caderas, agarrándome de las rodillas y manteniendo las piernas muy abiertas. Mi marido me leyó el pensamiento, acercándose y colocándome un cojín debajo para que estuviese cómoda ¡cuánto lo adoro! Allá abajo, Alberto no tardó en seguir lamiéndome el sexo, pero yo quería que me chupara otras cosas.
— El culo, cariño, todavía tiene que quedar algo.
Alberto pasó la lengua desde el coxis hasta el inicio de la vulva, lamiendo minuciosamente la zona que rodeaba el ano. Tras tocar intermitentemente con la punta de la lengua el ojete, la metió entera hasta el fondo y gemí. ¡Joder, qué ganas tenía de que me metieran un rabo otra vez!
— Saca la lengua, a ver si está seco.
Metió y sacó la lengua varias veces, relamiendo las paredes de mi culo, enseñándomela después. Le pedí que me diese su verga y estuvimos en un 69. Su polla estaba muy dura, lista para empalarme, y no quise retrasar más mi placer. Me puse a cuatro patas.
—¡Por el culo! ¡Métemela por el culo! —no tardó en llevarla hasta los huevos y empezó a follarme fuerte, echado sobre mí, agarrado a mis pechos y las caderas—. Y es que el otro hombre me dio la vuelta en cuanto el primero terminó conmigo. Me la metió como tú, directamente, pero entonces yo gritaba como una zorra, pues era la primera polla, no te ofendas. El cabrón me tenía muchas ganas y me dio muy duro, más cuando yo no me quejaba, al contrario. Y contra más me daba, más le abría los glúteos para que viese bien el rabo entrando y saliendo. Juan invitó al que se había corrido a quedarse, por si le entraba más ganas de follarse a "la puta de mi mujer". ¡Joder, me corrí un montón! Se me salió mucho del semen que tenía metido en el chocho. "¡Fóllame fuerte, cabrón!" le dije, pero este estaba que no podía darme más. Tú si puedes darme más, ¿verdad, querido? Sí, así, me tienes como a una perra, así, fuerte, acábate dentro, cariño, no pares. Cuando se corrió, el otro ya la tenía morcillona, y me puse de rodillas para chupársela y dejarla bien dura. El rabo sabía a mí, el muy cerdo hubiese sido capaz de irse sin lavarse... aunque al final, yo tampoco me limpié al salir... tras una breve mamada, me la metió en el culo, que estaba abierto y mojado por la leche que salía de él. Estuvo un cuarto de hora, cronometrado por Juan, sin parar de darme, me corrí varias veces con él dentro —Alberto se corrió con aspamientos—. Cuando terminó dentro de mí y se fue, se la chupé a Juan, esperando por si entraba alguien más, pero lamentablemente eso no fue así. Juan me llenó los pechos con su semen y siguen sucios.
Alberto, con el pene goteando aún, se abalanzó sobre mis tetas y las chupó con mucho ruido, cuando llegó a los pezones me hizo gemir de dolor. Me hizo mojar tanto que aguanté su ferocidad con un dedo en el clítoris. Me di cuenta que más abajo su semen estaba saliéndose del ano.
—Ahora me tienes que limpiar otra vez, cariño.
Me coloqué de nuevo en el suelo, sobre el cojín. Esta vez sí me enseño el semen que salía adherido a la lengua y empecé a masturbarme cuando volvió a abrirme el culo con ella.
— Uno tras otro sólo querían follar y me usaron como una puta, llenándome con su semen, pero... ¿no me merezco también tener una puta? ¿yo tengo puta, querido?
Alberto me miró y afirmó, volviendo a llevar la boca a mi ano.
— Entonces, puta, vas a seguir limpiándome el coño mientras me dan placer.
Me levanté y lo coloqué bocarriba y puse mi chocho sobre su lengua. Hice que viniera mi marido y que me follase el culo. Me dio con muchas ganas, y me reconfortó tener su rabo dentro de mí. También era consciente que sus huevos pasaban por la cara de Alberto cada vez que me embestía y que éste mantenía el rabo en suspensión, y me lo llevé a la boca, intentando ponerlo duro, pero sabiendo que era demasiado pronto para su recuperación. No obstante, con el extra de tener la polla en la boca, no tardé en correrme sobre los labios de mi puta. Hice que Juan sacara la verga y pasé mi abierto ano por la lengua de la zorra.
— Otra vez al culo, puta —dije colocándome con las piernas abiertas en el suelo.
Alberto ya tenía la posición pillada, pero esta vez, mientras su lengua pasaba por mis orificios, apreté la cabeza con mis muslos y la sujeté con mis manos.
— A mi puta le gusta limpiarme el chocho —le dije a mi marido—, y yo quiero que te folles a mi putita —mi marido, que se estaba masturbando, no se lo esperaba y no quiso acercarse. Yo no dejaba que Alberto moviese la cabeza de donde estaba—. Fóllate a mi puta. Es como si me follaras a mí. Fóllame, amor, fóllatela, fóllame mucho, hoy he sido muy perra.
Mirándome, llegó por detrás de mi puta y le fue metiendo el rabo mientras la zorra gemía. Lo tenía sujeto por las caderas, con las manos cerca de la espalda, sin parar de mirarme. Creo que, de haber mirado a Alberto, hubiera sacado el rabo. Pero me miraba a mí y yo lo miraba con la cara descompuesta por el placer que me estaba dando la puta y por ver a mi marido dándome por culo de esa forma tan poco formal.
— Dame fuerte —le decía—. Abreme más el culo. Soy tu puta, fóllame duro, más duro, cariño. A la puta le gusta que le den así. Dame más, más...
Me deslicé hacia abajo e hice que la puta volviera a comerme los pezones, para acabar besándolo justo cuando mi marido empezó a correrse. Agarré la cabeza de la zorra e hice que se tragase el resto de la eyaculación de Juan. Compartí con él la verga, lo masturbamos, lo chupamos, lo dejamos impoluto, y cuando el miembro apenas cupo en mi mano, nos besamos a fondo.
Esa fue la última noche que compartimos con mi puta. Alberto se llamaba.
23.9.18
Yo, mi mejor regalo
Llegó el cumpleaños de Pedrito. En casa hicimos una mini fiesta, con su tarta y la vela, pero la fiesta de verdad la tendría él con sus amigos. En nuestra reunión, recibió con alegría nuestro regalo sorpresa, la videoconsola que quería, pero había cierta tristeza en él. Cuando el chico volvió bien tarde, mi marido y yo estábamos en la cama, acostados y leyendo. Era tarde para nosotros, pero demasiado temprano para él. Pensé en si sería adecuado darle el regalo de cumpleaños que él hubiese querido realmente. Me levanté de la cama y me quité el camisón. Mi marido se giró y me miró fijamente. Abrí el cajón de las prendas picantonas y saqué medias, braguitas y otros trapos. Ante la mirada de Juan, me puse las medias, alisándolas lentamente desde los pies hasta los muslos. Me puse un tanga de encaje y sobre éste, el liguero para sujetar las medias. Finalmente, me cubrí con una combinación.
—Le daré las buenas noches al chico.
Juan se me quedó mirando sin decir nada. En el fondo, sabía que nuestro último año tan intenso tenía una razón de ser. Le sonreí y le dí un beso. Salí de la habitación y entré en la de Pedrito. Como esperaba, estaba ante el ordenador, viendo porno. Se giró lentamente y, si bien no le sorprendía verme, sí lo hacía el hecho de que su padre estuviese en la casa. Le hice un gesto de que guardase silencio, de esa manera él mantendría la ilusión de que Juan estaba dormido.
—Mamá te tenía guardado un regalo sorpresa —le susurré al oído, inclinándome sobre él.
Le besé en los labios. El los recibió con cierta aprehensión. Los volví a besar y esta vez me besó también. Repetimos hasta que nuestras lenguas se encontraron. La sensación fue muy extraña para mí, pero saborear el deseo acumulado en él me hizo ponerme a cien. Le agarré la verga, erecta. Sus manos acabaron en mis pechos, buscando mis pezones, que dejé pellizcar, gimiendo al sentir sus manos.
Me separé y me puse frente a él. Me levanté la combinación para que viese bien mis piernas, las medias y el liguero. Volví a inclinarme sobre él, hablándole de manera que nuestros labios se rozasen.
—Ultimamente te has portado muy bien. Y, por eso mami será tu regalo.
Me puse otra vez de pie, descubriendo otra vez las piernas y las caderas, que moví sensualmente a un palmo de su cara. Deslizaba los muslos arriba y abajo, moviendo la cintura. El se agarró el rabo y empezó a masturbarse. Yo seguí con mi movimiento hasta que él tocó mis muslos, con su mano mojada por su polla, muy cerca de mi sexo.
—Soy tuya, pero a mi manera. Eso lo tienes claro ¿cierto?
—Sí, mamá —dijo resignado.
Volvió a tocarse el rabo y yo sequí con mi movimiento de caderas.
—Eso, amor, mírame mientras te masturbas —miraba la verga apareciendo y desapareciendo en su mano—. Me he vestido así para tí. Para que te pajees.
Tenía al chico muy bien aprendido y no volvió a intentar tocarme. Metí mi mano bajo el tanga y empecé a tocarme. Pedrito podía ver mis dedos moviéndose debajo de la prenda. Me miraba, pero no estaba del todo feliz. Así que insistí.
—Me gustaría que usaras mis piernas y sentir el roce de tu polla. Pero no sé si a tí te gustaría eso —bajé mis dedos de forma que pudiera ver cómo salía el meñique y el índice por los lados del tanga, mientras otros dos quedaban bien dentro de mí—. ¿No quieres usarme? ¿No harías eso por mami?
Saqué la mano y metí los dedos en su boca. Me cogió la mano con mucha ansiedad y lamió con fuerza. Me pegué a él, mirándolo. Dejé que su otra mano subiese por mis gemelos hasta mi culo, volviendo a bajar acariciando mis piernas. Me puso a cien sentir su lengua saboreando mis dedos impregnados en mí. Sin sacar la mano, tiré su cráneo hacia arriba, haciéndolo levantar. Le cogí el rabo y le hice doblar las piernas, haciendo que lo pasara por mis medias, para que se masturbara con ellas, como un perro. Se lo dije.
—Eres el perro de mamá.
—…
El gemía, pero sabía que esa postura era algo humillante para él y lo levanté. Me tumbé en su cama, levantando las piernas, juntas. Sé el efecto que tienen mis piernas y mi culo así, incluso me he masturbado frente a un espejo, mirándome. Se acercó con su silla de escritorio y siguió masturbándose con mis muslos, usando uno, o los dos. Yo me los sujetaba para mantenerlos verticales, a veces me cogía por detrás de las rodillas y en cuanto podía me tocaba el chocho con una mano libre. Pero sobre todo no dejaba de hablarle.
—Espero que te guste tu regalo, amor… tener tu polla en mis piernas… tan dura, tan cálida… tenía muchas ganas de vestirme así para ti... ¿te gusta verme así, cariño?
—Sí, mamá, me gusta mucho ¿puedo correrme así? —Pedrito metió el rabo entre mis piernas, sujetándome los tobillos, moviendo las caderas.
Le dejé hacer mientras me masturbaba, mirándolo. También miraba su buen rabo apareciendo y desapareciendo entre el nylon de mis medias.
—Córrete sobre mí, te lo pido, amor —siguió follándome las piernas.
Pensé que tendría la polla irritada, así que me lamí las manos y la pasé por su verga, lubricándola y masturbándolo un poco. Desaté una de las medias y me la quité. Metí el rabo en ella y lo rodeé, masturbándolo con energía, de rodillas, frente a él, mirándolo.
—Córrete, amor.
—¡Sí, sí!
Se corrió y seguí con la paja hasta que se dobló, dolorido. Luego deslié la media y localicé dónde estaba su semen pegado. Llevé la mano hasta allí, abriéndola, para poder ver dónde estaba manchado.
—Lo has puesto perdido —me llevé un dedo a la boca—. ¿Qué hacemos con esto ahora?
—¿...limpiarlo? —qué perdido estaba mi hijo.
—¿No quieres que lo pruebe? —lo incité—. Estoy aquí por ti —acerqué mi boca a la media—. Dime lo puta que soy, y lo que quieres que haga.
—¡Mamá, eres una pedazo de puta! —el chico lo dijo entre excitado y resignado. Terminando de pegar la media a mi boca.
Pasé la lengua allá donde Pedrito había dejado su esperma. Me ayudaba con los dedos por el otro lado de la malla, lamiendo cada gota, recreándome en ella. Luego me la volví a poner, mojando mi piel allá donde había estado su semen y mi lengua.
Me levanté y acerqué la otra silla que había en el cuarto, sentándome frente a él, pegándome mucho, llevando mis piernas a su pecho. Me empecé a masturbar mientras su pene flácido descansaba en mis muslos, junto a mi sexo. Le cogí las manos y las llevé a mis tobillos, para que me tocara. Me excitaba mucho tenerlo mirándome y pensé que yo no tardaría en correrme.
Apoyé las plantas de los pies en sus hombros, para poder flexionar las piernas, y llevé el tanga a un lado, para que pudiese ver mi sexo. Pasaba mis dedos por mis pliegues, por mi clítoris, me metía un dedo, dos, me los chupaba. Al fin su rabo empezó a reaccionar. Cogí su blanda verga y empecé a darme con ella en el clítoris, masturbándome con ella. Cada vez estaba más dura. Le metí el pulgar del pie en la boca, que mordió y chupó, haciéndome gemir. Eso le puso la polla rígida, así que me llevé la punta a la entrada de la vagina, y seguí masturbándome con fuerza, moviendo las caderas. Quería poner al chico al límite, y lo conseguí, pues de un empujón la introdujo entera. Me hizo gemir otra vez, pero me la saqué.
—Todavía no, amor, aún no es el momento.
Pero el chico volvió a metérmela, haciéndome perder los papeles por un instante, pues me hubiese dejado follar hasta quedar rendida. No obstante la saqué otra vez.
—Te he dicho que no, cielo —estaba muy frustrado y empalmado—. Antes te has pajeado usandome a mí, ahora es mi turno, sé bueno.
Así que volví a poner su glande dentro de mi vagina y seguí moviendo las caderas y mis dedos. A la excitación que tenía, se le sumaba la incertidumbre sobre cuándo iba a intentar penetrarme del todo otra vez. Metí de nuevo el pie en su boca, y se puso a lamer mis dedos a través de las medias. En mi paroxismo le agarré la polla, moviéndola mientras me masturbaba, hasta que me corrí, alzando la voz en un corto grito. El aprovechó para volver a meterme el rabo hasta el fondo, haciendo que gimiese otra vez. Lo volví a sacar y me incorporé. Ya con pies en el suelo, me puse a masturbarlo mirándole a la cara.
—¿Quieres eyacular en tu madre? ¿eso es lo que querías hacer? ¿follarme? ¿descargar tu leche dentro de mí? —su polla estaba muy dura—. Me ha gustado tanto tener tu polla tan dentro, qué polla tienes Pedrito… pero a mí quien me monta es tu padre y sabes que no me gusta que me lleven la contraria.
—No es justo, mamá, tengo muchas ganas de follarte, y tú casi la habías metido… —mientras hablábamos yo sacudía su rabo muy cerca de mi cara.
—Hoy no, amor.
—¿Y si me la chupas un poco?
Pedrito hablaba entre jadeos y no tardaría en volver a darme su semen. Me acerqué la verga a la boca, pero me limité a olerla, a olernos, mientras lo masturbaba. Seguí con las manos hasta que chupé su capullo, jadeando a la vez. Me metí el rabo hasta la garganta, esperando que no eyaculase en ese momento, y luego usé mis labios para masturbarlo. Finalmente me agarró de la cabeza y soltó el resto que le quedaba, entre espasmos. Mientras recibía su corrida, pensé en qué hacer con el chico, pues no sólo me la había metido tres veces sin mi permiso, sino que quiso que me atragantara con su leche.
Cuando acabó, volvió a sentarse en la silla. Yo me puse de pie, y frente a él, me llevé nuevamente la mano al coño, metiendo dos dedos en mi vagina. Se los llevé a la boca, y chupó. Luego dejé caer el semen que mantenía en la boca hacia mi escote, mojando la combinación y mi piel. Volví a pasar los dedos por mi chocho y luego por mi barbilla, recogiendo lo que había quedado goteando. Lo agarré del pelo y le metí los dedos en la boca. El cerraba los ojos y sujetaba mi mano, pero sin fuerza.
—Tienes que ser buen chico, o no habrá más regalos, amor.
Finalmente cedió y chupó mis dedos. Volví a repetir varias veces, haciendo que saborease a su madre y a sí mismo. El estaba contrariado, como jurándose que no volvería a tener más unión carnal con su madre, engañándose.
—Y ten cuidado con lo que me pides.
Volviendo a descubrir el chocho, haciendo a un lado el tanga, lo llevé a su boca y recibí su beso de buenas noches. Un largo beso con lengua. Le devolví el beso en la boca y volví a mi cuarto, donde mi marido se hacía el dormido, aunque estoy segura que el cuarto olía a polla.
—Le daré las buenas noches al chico.
Juan se me quedó mirando sin decir nada. En el fondo, sabía que nuestro último año tan intenso tenía una razón de ser. Le sonreí y le dí un beso. Salí de la habitación y entré en la de Pedrito. Como esperaba, estaba ante el ordenador, viendo porno. Se giró lentamente y, si bien no le sorprendía verme, sí lo hacía el hecho de que su padre estuviese en la casa. Le hice un gesto de que guardase silencio, de esa manera él mantendría la ilusión de que Juan estaba dormido.
—Mamá te tenía guardado un regalo sorpresa —le susurré al oído, inclinándome sobre él.
Le besé en los labios. El los recibió con cierta aprehensión. Los volví a besar y esta vez me besó también. Repetimos hasta que nuestras lenguas se encontraron. La sensación fue muy extraña para mí, pero saborear el deseo acumulado en él me hizo ponerme a cien. Le agarré la verga, erecta. Sus manos acabaron en mis pechos, buscando mis pezones, que dejé pellizcar, gimiendo al sentir sus manos.
Me separé y me puse frente a él. Me levanté la combinación para que viese bien mis piernas, las medias y el liguero. Volví a inclinarme sobre él, hablándole de manera que nuestros labios se rozasen.
—Ultimamente te has portado muy bien. Y, por eso mami será tu regalo.
Me puse otra vez de pie, descubriendo otra vez las piernas y las caderas, que moví sensualmente a un palmo de su cara. Deslizaba los muslos arriba y abajo, moviendo la cintura. El se agarró el rabo y empezó a masturbarse. Yo seguí con mi movimiento hasta que él tocó mis muslos, con su mano mojada por su polla, muy cerca de mi sexo.
—Soy tuya, pero a mi manera. Eso lo tienes claro ¿cierto?
—Sí, mamá —dijo resignado.
Volvió a tocarse el rabo y yo sequí con mi movimiento de caderas.
—Eso, amor, mírame mientras te masturbas —miraba la verga apareciendo y desapareciendo en su mano—. Me he vestido así para tí. Para que te pajees.
Tenía al chico muy bien aprendido y no volvió a intentar tocarme. Metí mi mano bajo el tanga y empecé a tocarme. Pedrito podía ver mis dedos moviéndose debajo de la prenda. Me miraba, pero no estaba del todo feliz. Así que insistí.
—Me gustaría que usaras mis piernas y sentir el roce de tu polla. Pero no sé si a tí te gustaría eso —bajé mis dedos de forma que pudiera ver cómo salía el meñique y el índice por los lados del tanga, mientras otros dos quedaban bien dentro de mí—. ¿No quieres usarme? ¿No harías eso por mami?
Saqué la mano y metí los dedos en su boca. Me cogió la mano con mucha ansiedad y lamió con fuerza. Me pegué a él, mirándolo. Dejé que su otra mano subiese por mis gemelos hasta mi culo, volviendo a bajar acariciando mis piernas. Me puso a cien sentir su lengua saboreando mis dedos impregnados en mí. Sin sacar la mano, tiré su cráneo hacia arriba, haciéndolo levantar. Le cogí el rabo y le hice doblar las piernas, haciendo que lo pasara por mis medias, para que se masturbara con ellas, como un perro. Se lo dije.
—Eres el perro de mamá.
—…
El gemía, pero sabía que esa postura era algo humillante para él y lo levanté. Me tumbé en su cama, levantando las piernas, juntas. Sé el efecto que tienen mis piernas y mi culo así, incluso me he masturbado frente a un espejo, mirándome. Se acercó con su silla de escritorio y siguió masturbándose con mis muslos, usando uno, o los dos. Yo me los sujetaba para mantenerlos verticales, a veces me cogía por detrás de las rodillas y en cuanto podía me tocaba el chocho con una mano libre. Pero sobre todo no dejaba de hablarle.
—Espero que te guste tu regalo, amor… tener tu polla en mis piernas… tan dura, tan cálida… tenía muchas ganas de vestirme así para ti... ¿te gusta verme así, cariño?
—Sí, mamá, me gusta mucho ¿puedo correrme así? —Pedrito metió el rabo entre mis piernas, sujetándome los tobillos, moviendo las caderas.
Le dejé hacer mientras me masturbaba, mirándolo. También miraba su buen rabo apareciendo y desapareciendo entre el nylon de mis medias.
—Córrete sobre mí, te lo pido, amor —siguió follándome las piernas.
Pensé que tendría la polla irritada, así que me lamí las manos y la pasé por su verga, lubricándola y masturbándolo un poco. Desaté una de las medias y me la quité. Metí el rabo en ella y lo rodeé, masturbándolo con energía, de rodillas, frente a él, mirándolo.
—Córrete, amor.
—¡Sí, sí!
Se corrió y seguí con la paja hasta que se dobló, dolorido. Luego deslié la media y localicé dónde estaba su semen pegado. Llevé la mano hasta allí, abriéndola, para poder ver dónde estaba manchado.
—Lo has puesto perdido —me llevé un dedo a la boca—. ¿Qué hacemos con esto ahora?
—¿...limpiarlo? —qué perdido estaba mi hijo.
—¿No quieres que lo pruebe? —lo incité—. Estoy aquí por ti —acerqué mi boca a la media—. Dime lo puta que soy, y lo que quieres que haga.
—¡Mamá, eres una pedazo de puta! —el chico lo dijo entre excitado y resignado. Terminando de pegar la media a mi boca.
Pasé la lengua allá donde Pedrito había dejado su esperma. Me ayudaba con los dedos por el otro lado de la malla, lamiendo cada gota, recreándome en ella. Luego me la volví a poner, mojando mi piel allá donde había estado su semen y mi lengua.
Me levanté y acerqué la otra silla que había en el cuarto, sentándome frente a él, pegándome mucho, llevando mis piernas a su pecho. Me empecé a masturbar mientras su pene flácido descansaba en mis muslos, junto a mi sexo. Le cogí las manos y las llevé a mis tobillos, para que me tocara. Me excitaba mucho tenerlo mirándome y pensé que yo no tardaría en correrme.
Apoyé las plantas de los pies en sus hombros, para poder flexionar las piernas, y llevé el tanga a un lado, para que pudiese ver mi sexo. Pasaba mis dedos por mis pliegues, por mi clítoris, me metía un dedo, dos, me los chupaba. Al fin su rabo empezó a reaccionar. Cogí su blanda verga y empecé a darme con ella en el clítoris, masturbándome con ella. Cada vez estaba más dura. Le metí el pulgar del pie en la boca, que mordió y chupó, haciéndome gemir. Eso le puso la polla rígida, así que me llevé la punta a la entrada de la vagina, y seguí masturbándome con fuerza, moviendo las caderas. Quería poner al chico al límite, y lo conseguí, pues de un empujón la introdujo entera. Me hizo gemir otra vez, pero me la saqué.
—Todavía no, amor, aún no es el momento.
Pero el chico volvió a metérmela, haciéndome perder los papeles por un instante, pues me hubiese dejado follar hasta quedar rendida. No obstante la saqué otra vez.
—Te he dicho que no, cielo —estaba muy frustrado y empalmado—. Antes te has pajeado usandome a mí, ahora es mi turno, sé bueno.
Así que volví a poner su glande dentro de mi vagina y seguí moviendo las caderas y mis dedos. A la excitación que tenía, se le sumaba la incertidumbre sobre cuándo iba a intentar penetrarme del todo otra vez. Metí de nuevo el pie en su boca, y se puso a lamer mis dedos a través de las medias. En mi paroxismo le agarré la polla, moviéndola mientras me masturbaba, hasta que me corrí, alzando la voz en un corto grito. El aprovechó para volver a meterme el rabo hasta el fondo, haciendo que gimiese otra vez. Lo volví a sacar y me incorporé. Ya con pies en el suelo, me puse a masturbarlo mirándole a la cara.
—¿Quieres eyacular en tu madre? ¿eso es lo que querías hacer? ¿follarme? ¿descargar tu leche dentro de mí? —su polla estaba muy dura—. Me ha gustado tanto tener tu polla tan dentro, qué polla tienes Pedrito… pero a mí quien me monta es tu padre y sabes que no me gusta que me lleven la contraria.
—No es justo, mamá, tengo muchas ganas de follarte, y tú casi la habías metido… —mientras hablábamos yo sacudía su rabo muy cerca de mi cara.
—Hoy no, amor.
—¿Y si me la chupas un poco?
Pedrito hablaba entre jadeos y no tardaría en volver a darme su semen. Me acerqué la verga a la boca, pero me limité a olerla, a olernos, mientras lo masturbaba. Seguí con las manos hasta que chupé su capullo, jadeando a la vez. Me metí el rabo hasta la garganta, esperando que no eyaculase en ese momento, y luego usé mis labios para masturbarlo. Finalmente me agarró de la cabeza y soltó el resto que le quedaba, entre espasmos. Mientras recibía su corrida, pensé en qué hacer con el chico, pues no sólo me la había metido tres veces sin mi permiso, sino que quiso que me atragantara con su leche.
Cuando acabó, volvió a sentarse en la silla. Yo me puse de pie, y frente a él, me llevé nuevamente la mano al coño, metiendo dos dedos en mi vagina. Se los llevé a la boca, y chupó. Luego dejé caer el semen que mantenía en la boca hacia mi escote, mojando la combinación y mi piel. Volví a pasar los dedos por mi chocho y luego por mi barbilla, recogiendo lo que había quedado goteando. Lo agarré del pelo y le metí los dedos en la boca. El cerraba los ojos y sujetaba mi mano, pero sin fuerza.
—Tienes que ser buen chico, o no habrá más regalos, amor.
Finalmente cedió y chupó mis dedos. Volví a repetir varias veces, haciendo que saborease a su madre y a sí mismo. El estaba contrariado, como jurándose que no volvería a tener más unión carnal con su madre, engañándose.
—Y ten cuidado con lo que me pides.
Volviendo a descubrir el chocho, haciendo a un lado el tanga, lo llevé a su boca y recibí su beso de buenas noches. Un largo beso con lengua. Le devolví el beso en la boca y volví a mi cuarto, donde mi marido se hacía el dormido, aunque estoy segura que el cuarto olía a polla.
20.9.18
Nuestra tía
Después de nuestro intenso encuentro con Teresa, la relación íntima con mi marido había mejorado aún más. Me buscaba por cada rincón de la casa, y apenas le importaba si Pedrito estaba o no en nuestro hogar. Yo disfrutaba mucho sintiéndome tan deseada y siendo cada vez más perra con él. Nunca habíamos tenido un sexo digamos… clásico, pero empezamos a explorar nuevas formas y lugares que nos ponían enormemente a los dos.
En esa época me bajó por primera vez las bragas en los servicios públicos de un centro comercial, y acabamos casi en el suelo. Por entonces también introdujimos en nuestros juegos a un desconocido. Que Juan me viese con otro hombre era crucial para mi plan familiar.
En esos días la tía de mi marido, una señora que rondaba la sesentena, nos invitó a que pasaramos un par de días en su casa. Me mostré muy entusiasmada, tanto, que mi esposo no tuvo excusa para negarse. Yo tenía un interés muy morboso en ella. Parecía algo más joven de lo que era en realidad y su melena larga y negra (evidentemente teñida) le sentaba muy bien. Me atraía de ella el escote generoso que solía lucir, pues tenía unos pechos enormes y no se cortaba a la hora de vestirse. También me fascinaba cierto tic en la lengua que le hacía pasarla de lado a lado de la boca cada dos por tres, haciendo a la larga que sus interlocutores quedasen ensimismados esperando a ver cómo el húmedo músculo recorría sus brillantes labios. Tenía una voz grave, profunda, y miraba siempre a los ojos, haciendo aún más perturbador el reclamo visual de su escote y la lengua al aire. Porque, así lo había observado, su presencia nos fascinaba por igual a ellos y a nosotras.
El día que fuimos a visitarla, ya en su casa, Charo me enseñó unos trabajos de artesanía que estaba haciendo. Los tenía en varios libros, y sentadas en un diván íbamos pasando hoja tras hoja. Mi marido se mostró muy educado hasta que no aguantó más y se fue a dar un paseo por la ciudad, dejándonos a solas. Mientras ella hablaba y pasaba páginas, me fijé en su escote. Cada vez que movía los brazos, las enormes masas se movían dentro de él, manteniendo el canalillo suavemente apretado. Podía meter mi mano allí y aún quedaba mucho más pecho tapado. Calibré mentalmente el tamaño de sus pechos, y en ese momento me pareció que cada uno era tan grande como mi cabeza, pero quizás se me desbordó la imaginación.
— ¿Te puedo hacer una pregunta?
— Claro, mujer —se pasó la lengua y sentí cosquillas en mi garganta.
— Has tenido que ser muy guapa cuando eras más joven —se echó el pelo hacia atrás y se sonrojó—. Quiero decir que ahora eres muy atractiva, pero en tu plenitud has tenido que tener muchos novios.
— Me quedé viuda muy joven, y con dos niños no he tenido una vida muy romántica.
— No me refiero a eso —otra vez la lengua—. ¿Antes de casarte tuviste otros novios?
Se quedó callada, pues quizás fui muy agresiva con mi tercer grado. Cerró el libro de manualidades y se giró hacia mí, haciendo el que su escote también apuntase en mi dirección. No pude evitar mirarlo, y me llevé la mano que tenía en el respaldo del diván a la nuca, acariciándomela. Con parsimonia la miré a los ojos.
— Sí, claro que tuve novios —hizo una gran pausa mientras se miraba las rodillas—. Pero hace mucho tiempo que no hablo de eso.
Rebuscó en un pequeño álbum que estaba junto a nosotras y me enseñó una foto suya en blanco y negro. Tenía un tipazo, y unos pechos que ya eran grandes. Detrás de ella había una pareja y el hombre aparentemente le estaba mirando el culo.
— Tuviste que volverlos locos —dije con un dedo señalando sus caderas—. Entonces no era como ahora, con tantas libertades…
— Bueno, cada uno hace lo que puede, entonces y ahora. Claro, yo ahora ya no… pero cuando yo he podido, he hecho lo que me ha dado la gana —me gustaba esta mujer.
— Entonces el sexo… —volvió a sonrojarse, pero mantuvo la mirada seria sobre mí, pues no era de sonrisa fácil. Pasó la lengua otra vez y me llevé otra vez la mano a la nuca. Quería ponerla cachonda yo a ella, no al revés. ¿Estaría jugando conmigo?
— Claro. No es fácil hablar del tema, pero contigo es distinto —ahora la lengua pasó al otro lado, desapareciendo, y me quedé mirando la boca esperando que volviese a aparecer. Creo que ella me tenía donde quería—. Hubo otros hombres antes de mi Antonio. Yo empecé joven, con 16, pues tenía un noviete algo mayor que yo. Lo hacíamos en la escalera de mi casa, hasta que nos pillaron y se acabó todo. Pero a mí me había gustado aquello —al fin empezó a sonreír. Pareció que iba a decirme algo pero hizo una pausa—. Después tuve otros, además de jóvenes también algunos maduros o casados. Era complicado entonces, pues la reputación se podía perder muy fácilmente.
— Tuviste una buena experiencia prematrimonial.
— Sí… —colocó una mano sobre su escote, de forma casual. Pero a mí no se me escapaba que Charo era una seductora nata. Lo que no sabía era hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
— ¿Qué significa ese sí? —aquí había algo más.
— Bueno, que seguí con mis citas hasta poco antes de la boda —la mano que no tenía en mi nuca, la puse sobre mi rodilla—. Antonio era fantástico, pero el sexo con otros hombres… —ya me había puesto cachonda la muy jodida— Eso, que me gustaba.
— ¿Y después de casarte?
No contestó, se limitó a mirarme y a mover ligeramente la mano sobre su pecho. ¿Me estaba vacilando?
— ¿También? —la miraba asombrada.
— Esto no puede salir de aquí, cariño.
— Me parece genial, Charo. Tú te lo llevas —moví la falda y mostré un poco de mis muslos. Ella mantuvo su mirada en mis ojos. Si estaba jugando, era una experta.
— Cuando enviudé mantuve un duelo real, quería mucho a mi Antonio. Al cabo del tiempo volví a mis andadas. Pero claro, conforme pasa el tiempo se hace más complicado atraer a los hombres. Al menos a los que merece la pena meter en tu cama.
— ¿Cómo hacías para…?
— Usaba los clasificados de los periódicos, pero ahí veías de todo. Más de una vez me he llevado un buen susto. También me hice de un par de alcahuetas que hicieron todo más fácil —me tenía ensimismada, pero moví la pierna para dejar más muslo a la vista.
— ¡Entonces te gustaba mucho el sexo!
— ¡Y me gusta, guapa! —nos reímos.
— A mí también me gusta mucho follar —fui conscientemente soez, pero su mirada no cambió, no se perturbó, decididamente era una gran jugadora de póker—. Antes, cuando dijiste que os pillaron en la escalera con tu primer novio, ¿qué pasó exactamente?
— Mmm… nos descubrió una vecina. Echó al pobre a escobazos y a mí me tiró de los pelos, pero no le dijo nada a mis padres…
— ¿Y…?
— Esto no lo he contado nunca. A los pocos días, volví de la compra a mi casa y ella estaba barriendo su rellano. Me hizo pasar. Entré porque la pillada me había dado mucha vergüenza y quería pedirle perdón, cosa que hice. Me dijo que no me preocupara, que eran las calores de la juventud, y me puso una mano en la mejilla para tranquilizarme. Pero sentí algo muy especial. Cogí su muñeca y besé la palma de su mano. Esperaba una buena cachetada, pero dejó que le diese otro beso, y otro… hasta que nos besamos en la boca. Créete que fue el primer beso con lengua que me dieron.
— Qué bonito ¿no? —mis braguitas estaban mojadas y apenas me salía la voz. Charo era una artista.
— Me enseñó muchas cosas.
— Muchas cosas… —repetí.
Nos quedamos mirandonos en silencio. Me levanté del diván y me volví a sentar, con el cuerpo hacia ella y la falda de forma que mi culo tocaba la tapicería. Mis piernas, de lado, quedaron muy expuestas a su vista. Esta vez las miró unos segundos.
— Me preguntaba si no te importaría… tienes un busto muy generoso, Charo, y me preguntaba si… ya se que no están tan firmes como en la foto, pero…
— ¿Quieres verlas? —sin dar importancia a nuestras palabras, de desabrochó la camisola, completamente, mostrando un enorme sujetador de encaje que guardaba sus senos y una barriga redonda, con algunos pliegues. Se quitó la camisa y se desprendió del sujetador. Me pareció alucinante ver cómo la gravedad y el tiempo no habían conseguido vencer del todo la relativa firmeza de sus pechos. La naturaleza le había sido propicia a la mujer, pues con ese volumen y a su edad, lo normal es que le llegaran a la ingle. Las sostuvo con ambas manos—. No están mal, ¿verdad?
— ¿Puedo?
— Claro.
Soltó sus pechos y dejó que mis dedos los recorriesen. Me acordé de mi amiga tetona de juventud, de nuestros juegos, y busqué los pezones. Tiré de ellos y, joder, los pechos eran más firmes que los de mi joven amiga. Charo me miraba imperturbable, fijamente, pero los colores en la cara la delataban. Pasó la lengua de un lado a otro. Cuando la tuvo en la comisura de los labios grité.
— ¡Párate!¡No muevas la lengua!
Me acerqué a ella y pasé la mía por la punta de la suya, luego recorrí sus labios cerrados hasta que introduje mi lengua en un largo beso.
— Cuando pones la lengua así parece un chocho.
Se volvió a pasar la lengua muy lentamente. Le cogí de los pezones y la sobé como pude. Nos mirábamos y ella no hizo ningún ademán de tocarme. Pero gemía profundamente. Quería meter mi lengua otra vez en su boca.
— ¿Sabes que Juan se hizo su primera paja pensando en ti? —se puso algo incómoda, pero no apartó mis manos—. Tendría unos 15, y por lo que veo, tú eras una hembra de bandera. Por la casa más de una vez irías algo más descocada. No solos tus pechos, es que sigues teniendo unas piernas preciosas, al menos tus rodillas lo son.
— ¿El te cuenta esas cosas?
— Yo le pregunto y él me contesta.
— Eres muy morbosa, Gloria —su mano cogió su pecho, muy cerca de donde estaba la mía—. No sé cómo tomarme eso. Prácticamente lo crié yo, su madre apenas estaba en casa. Más de una vez Juanito se equivocaba y me decía mamá. Eso de la masturbación…
— Cosas de hormonas, no tiene importancia, Charo. Eras la mujer que veía más a menudo, y eras un arquetipo sexual de primer orden para cualquier hombre —ahora su mano dirigía la mía en el sobeteo—. Para él solo eras una fantasía, después vinieron otras mujeres.
Nos volvimos a besar. Esta vez su lengua se metió en mi boca. Era enorme y casi me ahoga. Empezó a moverla de arriba abajo y quise tenerla dentro de mi vagina haciendo lo mismo. La sorbí dentro de mi boca, y dejó de moverla. Empezé a chuparla como si fueta una polla erecta. Levantó mi falda, dejando mis braguitas a la vista, y subió las manos a mis pechos. Se tiró sobre mí y no besamos, con su mano en mi culo. Aparté su cara de mi.
— Quiero que Juan te folle —no respondió—. Esta noche.
Se separó y se sentó.
— Pero Juanito… ¡qué cosas tienes, Gloria! ¿o es cosa de Juan? —se estaba volviendo a incomodar y tuve que reconducirla a lo que en realidad importaba.
— Es cosa mía, Juan no sabe nada —le cogí las manos—. Digamos que de un tiempo a esta parte estoy explorando con él ciertas cosas que él usaba para sus… autosatisfacciones… íntimas.
— Quieres decir en sus…
— En sus pajas —me miró como si no comprendiera—. Te pongo un ejemplo. A veces mientras se masturbaba había imaginado que me follaba otro hombre. Cosas así.
Charo mantuvo un prudencial silencio mientras digería lo que oía.
— Quieres decir que tú te has… tirado a otro hombre y Juan lo ha consentido…
— Y tanto, estaba delante mía, viéndome gozar.
— Mmm, Gloria, no tengo nada en contra, pero usarme a mí en vuestros juegos, no sé. Soy su tía, está conmigo desde que nació… ni siquiera creo creo que él esté de acuerdo, a pesar de haberse… masturbado conmigo cuando era un muchacho… creo que estás llevando vuestros jueguecitos demasiado lejos.
— Ya hemos tenido una experiencia parecida. Con alguien muy cercano —se me quedó mirando, tuve que contárselo—. Teresa.
— ¿Tu… tu Teresa? —tenía los ojos como platos.
— Fue todo muy raro, sin premeditación —casi mentí en eso—. Quise ponerle a cien usándola como cebo, pero ella nos descubrió y aquello se nos fue de las manos. Fue tan extraño y tan excitante… —quería ver cómo reaccionaba Charo.
— Teresa es muy guapa —me gustó su forma de ver el asunto y respiré aliviada.
— Y muy apasionada en la cama…
— Pero no entiendo cómo ella pudo prestarse a eso. Vosotros estáis en una espiral que vaya tela, pero… ¿ella?
— Supongo que ella también tenía ciertas fantasías íntimas.
Charo volvió a jugar con su lengua, mientras se pasaba los dedos por los pechos mirándome fijamente, se me hizo el chocho agua viendo cómo desafiaba mi deseo. Me levanté y me puse tras ella. Me recliné de forma que mi cara estaba junto a la suya. Llevé una mano a uno de sus pechos y con la otra me metí unos dedos en el chocho. Empapados, los llevé a su boca, y los chupó con ganas.
— Estoy deseando ver la polla de Juan en tu boca —solté su pecho y eché su cabeza hacia atrás, agarrándola del pelo—. ¿Lo harás por mí? —afirmó con la cabeza—. Has comido muchas pollas, ¿verdad? —con mis dedos en su boca, volvió a afirmar— ¿te tragas el semen? —gimió— yo también, y se me moja mucho el chocho cada vez que me como un buen rabo —volvió a afirmar, y su mano impedía que la mía sacase los dedos de su boca— ¿follarás con él? ¿los tres juntos?
— Sí, pero lo conozco y no creo que él esté dispuesto ¿pero cómo haremos para que él quiera?
— Estará encantado, créeme. Eso sí, tienes que ser una buena… puta. Perdona que lo diga así, pero no hay otra palabra mejor. Me gusta hacer las cosas a mi manera, y creo que estarás a la altura.
Buscó mi mano y volvió a chupar los dedos.
— A la putita le gustaría saborearte otra vez.
— La puta esperará a esta noche y entonces meterá su lengua en mi coño.
Quise ver qué clase de mujer tenía entre manos y le tiré de los pezones hacia mí, apretando fuerte. Lo único que conseguí fue oír un gemido de placer. Esa noche lo pasaríamos bien.
Más tarde, cuando terminamos de cenar, nos tomamos un digestivo en el salón. Charo y yo estábamos sentadas en el sofá y Juan en un sillón muy pegado a mi lado. De vez en cuando me inclinaba hacia delante y apoyaba mi mano en su rodilla, a veces subía un poco al muslo. Juan se ponía rígido y Charo, tahúr, hacía como si no nos viese.
— ¡Me encantan tus escotes! —le solté a Charo ante el asombro de Juan.
— ¡Muchas gracias!
Habíamos convenido usar nuestra reunión anterior como ensayo general. Iríamos al grano, sin darle a Juan ninguna posibilidad de reacción.
— Tienes mucho busto, pero sabes llevarlo muy bien.
— Es una lucha continua porque el peso tiende a producir chepa. Desde los 16 que ando muy tiesa, fue el mejor consejo que me dio mi abuela. Y oye, que creo que para mi edad, no están mal.
— ¿Las puedo ver? —moví la mano que estaba sobre el muslo de mi marido un poco más arriba—. Juan, a ti no te importa, ¿no? —Juan arqueó las cejas.
— ¡Claro que no! —dijo Charo.
Juan no tenía tiempo de intervenir, todo iba muy rápido, pues su tía se desnudó lentamente de cintura para arriba y se acercó a mí, colocando los pechos casi en mi cara. Juan no se esperaba la función que le había preparado, pero en ese momento ya tenía que saber la encerrona en la que estaba.
— Tócalos, no me importa —dijo mientras los sostenía en sus manos.
Se los cogí, los sobé, los alabé, la felicité. Con una mano sosteniendo una de sus inmensas tetas, la otra la llevé otra vez a la pierna de Juan, que dio un respingo.
— ¡Son enormes! ¡Anda, tócalas!
Charo cogió el otro pecho y se giró hacia él. Juan lo tocó tímidamente. Pasé la palma de la mano sobre el pezón y lo acaricié sintiendo cosquillas. La tetilla se puso bien gorda. Cogí la mano de Juan y llevé sus dedos al pezón de su tía.
— ¡Mira qué gordo!
Charo cogió la mano de Juan, para que mantuviese sus dedos entrelazados a su tetilla. Yo cogí la otra y empecé a pellizcarla ostentosamente. Juan me siguió.
— Me las puedes chupar —me dijo Charo, acercándose más aún.
Lo hice inmediatamente, primero me llevé la corona a los labios y chupé un poco. Luego pasé la lengua muy rápidamente para deleite de Juan y su tía. Me metí todo lo que pude en la boca, sabiendo que era una mínima parte de lo que podía besar. Mi lengua trabajaba sepultada en su pecho. Llevé la mano hacia la polla de Juan, que estaba muy dura dentro del pantalón, para empezar a masturbarlo. Me acordé de esa tarde y de que a Charo le gustaban las emociones fuertes, y mordí su pezón hasta que oí su gemido. Se apartó y me metió el otro entre los dientes. Estaba algo blando, pues los pellizcos de Juan habían sido timoratos. Empecé a morderlo con suavidad y a chuparlo, aumentando la intensidad hasta que lo noté duro. Volvió a gemir.
— Juan, enséñanos tu rabo —había esperado a que estuviese bien dura para que le enseñara la verga a Charo, de esa forma él se sentiría más seguro.
Juan se puso de pie y se bajó los pantalones. Le hice un gesto y se desnudó completamente. Charo, después de mirar detenidamente la polla, me miró, comprendiendo lo que significaba hacer las cosas a mi manera, pues sabía que si fuese por Juan éste ya se hubiese abalanzado sobre sus pechos hacía un rato. Mirándome, le cogió la verga y empezó a masturbarlo.
— Tenías esto muy bien escondido cuando vivías en casa… me hubiera gustado haberlo visto antes —Lo que yo me había dicho, era una jugadora nata—. Con lo sola que estaba tu tía, y lo que le gusta vaciar estas pollas cuando están tan gordas.
Era una artista. Me acerqué a ella y la besé. Añoraba esa lengua en mi boca. Puse mi mano sobre la de ella, la que estaba masturbando a Juan, y fui acercando el capullo a nuestras bocas. Lo chupé un poco y Charo se quedó expectante. Lo metí en su boca y miré la cara de satisfacción de Juan. Me miró y me acarició la nuca, más que con pasión, con mucho amor, muy agradecido, y le sonreí, satisfecha.
Charo hacía bastante ruido chupando. Movía mucho la cabeza y cuando paraba se entretenía con el glande. No podía imaginarme lo que su lengua hacía ahí dentro. Saqué la polla y besé a la mujer. Tragué su lengua, y volví a chuparla como si de un verga se tratase. Juan pudo ver lo grande que era esa lengua y lo que yo deseaba tenerla en mí. También nos quedó claro que Charo se prestaba a hacer cualquier cosa que se le pidiera.
Me puse de pie y me desnudé. Cuando volví a ellos, Charo tenía toda la polla de Juan dentro de la boca, en una profundidad solo apta para buenas gargantas entrenadas. Sacó parcialmente la verga con la cara muy colorada, pero animada a seguir. Puse una pierna sobre el sofá y aparté la polla de la boca para poder llevar esa lengua descomunal a mi vulva. Empezó a lamerme rápidamente, haciendo el mismo ruido que cuando tenía el rabo en la boca. Me hizo gemir. Pasaba rápidamente la punta de la lengua de mi vagina a mi clítoris, en movimientos vertiginosos, haciéndome temblar la pierna que sostenía mi peso. Me agarré al rabo de Juan y busqué su boca. Mientras lo besaba, uno de los dedos de Charo se fue introduciendo en mi culo, haciendo que masturbara a Juan salvajemente. Charo se puso de pie, chupándose el dedo sodomita y también se desnudó. Me cogió de la mano y fuimos a su dormitorio. Se puso bocarriba en la cama y abrió las piernas. Se abrió los labios menores con los dedos y me hizo un gesto con los dedos para que le cogiera la mano. Lo hice y me acercó a ella, llevando mi boca a su sexo. Al contrario que sus pechos, el coño de Charo reflejaba la edad que tenía. Tenía los pliegues muy elásticos, y algo amorfos. Pasé la lengua por su clítoris, y ella lo acompañó con un suspiro. Luego, ayudándome con los dedos, abrí sus labios pellizcando sus pliegues, de esa forma pude ver su vagina semi abierta. Tras lamerla brevemente, llevé el anular hacia dentro y empecé a masajearla internamente mientras lamía su clítoris. Sentí el rabo de mi marido abriéndose paso por mi chocho. Estaba a cuatro patas ofreciéndole mi trasero, así que no me sorprendió. Mientras me follaba dejé de chupar la pipa de su tía, pero mantuve el índice y el anular dentro de ella, a un ritmo mayor que el que me estaba dando Juan. Ella sustituyó mi lengua por sus dedos en un frotamiento muy rápido de su pipa.
Juan hizo que me corriese, y como se dio cuenta, acercó su boca para besarme. Aproveché y le dije que se la chupara su tía. Sacó bien pronto la polla de mi chocho y la metió en la boca de ella, que tragó con ganas. Yo seguía con mis dedos dentro de ella. Pronto cambiamos nuestra posición, metiendo la verga en su vagina y mis dedos en su boca. Charo tenía una elasticidad enorme, pues abrió las piernas completamente y las subió. Después se puso a cuatro patas, hasta que Juan amenazó con eyacular. Sin dilación, se metió el rabo en la boca, hasta el fondo, esperando la corrida. Le hizo una felación memorable y se tragó todo, besándome después para que comprobara su limpieza.
Entonces empezó su auténtico turno. Abrió un cajón del armario y sacó un arnés con una buena polla de silicona. Pasó vaselina por ella y se ajustó la correa. Se puso sobre mí, yo estaba echada en la cama, y empezó a follarme. Mi experiencia con mujeres era muy limitada, y nunca me habían hecho eso. Me puse a cien y, ayudada por mi masaje clitoriano, no tardé en correrme. Una vez que acabé, me dio la vuelta y, poniendo un poco más de vaselina, me la metió por el culo. No me lo podía creer. Esa señora era una máquina del amor. Intentaba mirar a Juan, pero los ojos se me ponían en blanco y en el fondo de mi consciencia me oía jadear, muy fuerte, a lo lejos. Me corrí, me corrí mucho, un líquido transparente me caía del coño a las rodillas, jamás me había pasado eso. Charo paró y me puse, agotada, boca arriba. Los tres probamos mis jugos, ellos lamiendo mis piernas, y yo mis dedos, que pasaba antes por el interior del chocho.
Charo fue bajando la boca hasta que metió la lengua dentro de él. Esa mujer era incansable. Hacía con ella maravillas dentro de mí. Se apartó y volvió a la vaselina, que se puso en los dedos. Vi como se los llevó hacia atrás mientras seguía con la lengua en mi vagina. Mi marido estaba detrás de ella y estaba colorado como un tomate. Yo dejé que me trabajara bien, pero acabé levantándome para mirar, presa de la curiosidad. Charo tenía metido en el culo todos sus dedos, hasta los nudillos, e intentaba meter más. Decidí ayudarla. Me unté y me abrí paso. Su ano apretaba mi mano, pero ésta pudo entrar hasta la muñeca. Ahora sentía la presión que el esfínter producía en ella. Giré un poco el brazo y pude sacarlo. Repetí la operación varias veces y ella empezó a gemir fuerte. Miré a Juan, que estaba otra vez empalmado. Charo consiguió cogerme la otra mano y lamió mis dedos, en una invitación muy clara. Pronto fueron mis dos manos las que recorrían su culo, más allá de mis muñecas. Metía y sacaba los brazos, algunas veces juntos, otras alternándolos, sin sacarlos del todo. Ella se masturbaba frenética, hasta que se corrió.
A pesar de lo salida que estaba, no tuve más remedio que lavarme las manos en cuanto acabó. Al volver. Juan tenía el rabo otra vez en la boca de la mujer, pero en cuanto me vio Charo se vino hacia mí y me tiró en la cama. Se puso vaselina en la mano y me fue introduciendo varios dedos en la vagina. Juan se vino a mí y empecé a chuparle la verga. Charo movía la palma de la mano girándola, amasando mis paredes. A pesar de mi excitación, no quería que me hiciera lo que le había hecho yo, pues me daba algo de miedo. Como veía el pulgar asomando por mi rajita, me dejé hacer. Chupaba y lamía la polla de mi marido en sintonía con la mano de Charo, pero pronto perdí el compás. Sentí la eyaculación de Juan en la boca, pero estaba otra vez gozando en una órbita desconocida, sintiendo los nudillos de la vieja en mi vagina. Me corrí en un grito sonoro.
Al día siguiente volvimos a casa. Al despedirnos, Charo me regaló el arnés con la verga, por si lo necesitaba alguna vez. Por el camino, comentando cómo me había sentido en el último orgasmo, le confesé a Juan que temí por si a su tía le hubiera dado por meter las dos manos en mi vagina.
— Me excitó mucho hacérselo, pero jamás permitiría que me lo hiciesen a mí.
— Pues te lo pasaste muy bien.
— Sí, pero haciéndoselo. Me da un respingo nada más de pensar haciendomelo. ¡Puag!
— No, no. Quiero decir que te lo pasaste muy bien. Que te metió las dos manos bien dentro. Ni te diste cuenta ¿no? Estabas como una perra en celo.
“Como una perra en celo”, pensé, mientras mis braguitas se humedecían.
En esa época me bajó por primera vez las bragas en los servicios públicos de un centro comercial, y acabamos casi en el suelo. Por entonces también introdujimos en nuestros juegos a un desconocido. Que Juan me viese con otro hombre era crucial para mi plan familiar.
En esos días la tía de mi marido, una señora que rondaba la sesentena, nos invitó a que pasaramos un par de días en su casa. Me mostré muy entusiasmada, tanto, que mi esposo no tuvo excusa para negarse. Yo tenía un interés muy morboso en ella. Parecía algo más joven de lo que era en realidad y su melena larga y negra (evidentemente teñida) le sentaba muy bien. Me atraía de ella el escote generoso que solía lucir, pues tenía unos pechos enormes y no se cortaba a la hora de vestirse. También me fascinaba cierto tic en la lengua que le hacía pasarla de lado a lado de la boca cada dos por tres, haciendo a la larga que sus interlocutores quedasen ensimismados esperando a ver cómo el húmedo músculo recorría sus brillantes labios. Tenía una voz grave, profunda, y miraba siempre a los ojos, haciendo aún más perturbador el reclamo visual de su escote y la lengua al aire. Porque, así lo había observado, su presencia nos fascinaba por igual a ellos y a nosotras.
El día que fuimos a visitarla, ya en su casa, Charo me enseñó unos trabajos de artesanía que estaba haciendo. Los tenía en varios libros, y sentadas en un diván íbamos pasando hoja tras hoja. Mi marido se mostró muy educado hasta que no aguantó más y se fue a dar un paseo por la ciudad, dejándonos a solas. Mientras ella hablaba y pasaba páginas, me fijé en su escote. Cada vez que movía los brazos, las enormes masas se movían dentro de él, manteniendo el canalillo suavemente apretado. Podía meter mi mano allí y aún quedaba mucho más pecho tapado. Calibré mentalmente el tamaño de sus pechos, y en ese momento me pareció que cada uno era tan grande como mi cabeza, pero quizás se me desbordó la imaginación.
— ¿Te puedo hacer una pregunta?
— Claro, mujer —se pasó la lengua y sentí cosquillas en mi garganta.
— Has tenido que ser muy guapa cuando eras más joven —se echó el pelo hacia atrás y se sonrojó—. Quiero decir que ahora eres muy atractiva, pero en tu plenitud has tenido que tener muchos novios.
— Me quedé viuda muy joven, y con dos niños no he tenido una vida muy romántica.
— No me refiero a eso —otra vez la lengua—. ¿Antes de casarte tuviste otros novios?
Se quedó callada, pues quizás fui muy agresiva con mi tercer grado. Cerró el libro de manualidades y se giró hacia mí, haciendo el que su escote también apuntase en mi dirección. No pude evitar mirarlo, y me llevé la mano que tenía en el respaldo del diván a la nuca, acariciándomela. Con parsimonia la miré a los ojos.
— Sí, claro que tuve novios —hizo una gran pausa mientras se miraba las rodillas—. Pero hace mucho tiempo que no hablo de eso.
Rebuscó en un pequeño álbum que estaba junto a nosotras y me enseñó una foto suya en blanco y negro. Tenía un tipazo, y unos pechos que ya eran grandes. Detrás de ella había una pareja y el hombre aparentemente le estaba mirando el culo.
— Tuviste que volverlos locos —dije con un dedo señalando sus caderas—. Entonces no era como ahora, con tantas libertades…
— Bueno, cada uno hace lo que puede, entonces y ahora. Claro, yo ahora ya no… pero cuando yo he podido, he hecho lo que me ha dado la gana —me gustaba esta mujer.
— Entonces el sexo… —volvió a sonrojarse, pero mantuvo la mirada seria sobre mí, pues no era de sonrisa fácil. Pasó la lengua otra vez y me llevé otra vez la mano a la nuca. Quería ponerla cachonda yo a ella, no al revés. ¿Estaría jugando conmigo?
— Claro. No es fácil hablar del tema, pero contigo es distinto —ahora la lengua pasó al otro lado, desapareciendo, y me quedé mirando la boca esperando que volviese a aparecer. Creo que ella me tenía donde quería—. Hubo otros hombres antes de mi Antonio. Yo empecé joven, con 16, pues tenía un noviete algo mayor que yo. Lo hacíamos en la escalera de mi casa, hasta que nos pillaron y se acabó todo. Pero a mí me había gustado aquello —al fin empezó a sonreír. Pareció que iba a decirme algo pero hizo una pausa—. Después tuve otros, además de jóvenes también algunos maduros o casados. Era complicado entonces, pues la reputación se podía perder muy fácilmente.
— Tuviste una buena experiencia prematrimonial.
— Sí… —colocó una mano sobre su escote, de forma casual. Pero a mí no se me escapaba que Charo era una seductora nata. Lo que no sabía era hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
— ¿Qué significa ese sí? —aquí había algo más.
— Bueno, que seguí con mis citas hasta poco antes de la boda —la mano que no tenía en mi nuca, la puse sobre mi rodilla—. Antonio era fantástico, pero el sexo con otros hombres… —ya me había puesto cachonda la muy jodida— Eso, que me gustaba.
— ¿Y después de casarte?
No contestó, se limitó a mirarme y a mover ligeramente la mano sobre su pecho. ¿Me estaba vacilando?
— ¿También? —la miraba asombrada.
— Esto no puede salir de aquí, cariño.
— Me parece genial, Charo. Tú te lo llevas —moví la falda y mostré un poco de mis muslos. Ella mantuvo su mirada en mis ojos. Si estaba jugando, era una experta.
— Cuando enviudé mantuve un duelo real, quería mucho a mi Antonio. Al cabo del tiempo volví a mis andadas. Pero claro, conforme pasa el tiempo se hace más complicado atraer a los hombres. Al menos a los que merece la pena meter en tu cama.
— ¿Cómo hacías para…?
— Usaba los clasificados de los periódicos, pero ahí veías de todo. Más de una vez me he llevado un buen susto. También me hice de un par de alcahuetas que hicieron todo más fácil —me tenía ensimismada, pero moví la pierna para dejar más muslo a la vista.
— ¡Entonces te gustaba mucho el sexo!
— ¡Y me gusta, guapa! —nos reímos.
— A mí también me gusta mucho follar —fui conscientemente soez, pero su mirada no cambió, no se perturbó, decididamente era una gran jugadora de póker—. Antes, cuando dijiste que os pillaron en la escalera con tu primer novio, ¿qué pasó exactamente?
— Mmm… nos descubrió una vecina. Echó al pobre a escobazos y a mí me tiró de los pelos, pero no le dijo nada a mis padres…
— ¿Y…?
— Esto no lo he contado nunca. A los pocos días, volví de la compra a mi casa y ella estaba barriendo su rellano. Me hizo pasar. Entré porque la pillada me había dado mucha vergüenza y quería pedirle perdón, cosa que hice. Me dijo que no me preocupara, que eran las calores de la juventud, y me puso una mano en la mejilla para tranquilizarme. Pero sentí algo muy especial. Cogí su muñeca y besé la palma de su mano. Esperaba una buena cachetada, pero dejó que le diese otro beso, y otro… hasta que nos besamos en la boca. Créete que fue el primer beso con lengua que me dieron.
— Qué bonito ¿no? —mis braguitas estaban mojadas y apenas me salía la voz. Charo era una artista.
— Me enseñó muchas cosas.
— Muchas cosas… —repetí.
Nos quedamos mirandonos en silencio. Me levanté del diván y me volví a sentar, con el cuerpo hacia ella y la falda de forma que mi culo tocaba la tapicería. Mis piernas, de lado, quedaron muy expuestas a su vista. Esta vez las miró unos segundos.
— Me preguntaba si no te importaría… tienes un busto muy generoso, Charo, y me preguntaba si… ya se que no están tan firmes como en la foto, pero…
— ¿Quieres verlas? —sin dar importancia a nuestras palabras, de desabrochó la camisola, completamente, mostrando un enorme sujetador de encaje que guardaba sus senos y una barriga redonda, con algunos pliegues. Se quitó la camisa y se desprendió del sujetador. Me pareció alucinante ver cómo la gravedad y el tiempo no habían conseguido vencer del todo la relativa firmeza de sus pechos. La naturaleza le había sido propicia a la mujer, pues con ese volumen y a su edad, lo normal es que le llegaran a la ingle. Las sostuvo con ambas manos—. No están mal, ¿verdad?
— ¿Puedo?
— Claro.
Soltó sus pechos y dejó que mis dedos los recorriesen. Me acordé de mi amiga tetona de juventud, de nuestros juegos, y busqué los pezones. Tiré de ellos y, joder, los pechos eran más firmes que los de mi joven amiga. Charo me miraba imperturbable, fijamente, pero los colores en la cara la delataban. Pasó la lengua de un lado a otro. Cuando la tuvo en la comisura de los labios grité.
— ¡Párate!¡No muevas la lengua!
Me acerqué a ella y pasé la mía por la punta de la suya, luego recorrí sus labios cerrados hasta que introduje mi lengua en un largo beso.
— Cuando pones la lengua así parece un chocho.
Se volvió a pasar la lengua muy lentamente. Le cogí de los pezones y la sobé como pude. Nos mirábamos y ella no hizo ningún ademán de tocarme. Pero gemía profundamente. Quería meter mi lengua otra vez en su boca.
— ¿Sabes que Juan se hizo su primera paja pensando en ti? —se puso algo incómoda, pero no apartó mis manos—. Tendría unos 15, y por lo que veo, tú eras una hembra de bandera. Por la casa más de una vez irías algo más descocada. No solos tus pechos, es que sigues teniendo unas piernas preciosas, al menos tus rodillas lo son.
— ¿El te cuenta esas cosas?
— Yo le pregunto y él me contesta.
— Eres muy morbosa, Gloria —su mano cogió su pecho, muy cerca de donde estaba la mía—. No sé cómo tomarme eso. Prácticamente lo crié yo, su madre apenas estaba en casa. Más de una vez Juanito se equivocaba y me decía mamá. Eso de la masturbación…
— Cosas de hormonas, no tiene importancia, Charo. Eras la mujer que veía más a menudo, y eras un arquetipo sexual de primer orden para cualquier hombre —ahora su mano dirigía la mía en el sobeteo—. Para él solo eras una fantasía, después vinieron otras mujeres.
Nos volvimos a besar. Esta vez su lengua se metió en mi boca. Era enorme y casi me ahoga. Empezó a moverla de arriba abajo y quise tenerla dentro de mi vagina haciendo lo mismo. La sorbí dentro de mi boca, y dejó de moverla. Empezé a chuparla como si fueta una polla erecta. Levantó mi falda, dejando mis braguitas a la vista, y subió las manos a mis pechos. Se tiró sobre mí y no besamos, con su mano en mi culo. Aparté su cara de mi.
— Quiero que Juan te folle —no respondió—. Esta noche.
Se separó y se sentó.
— Pero Juanito… ¡qué cosas tienes, Gloria! ¿o es cosa de Juan? —se estaba volviendo a incomodar y tuve que reconducirla a lo que en realidad importaba.
— Es cosa mía, Juan no sabe nada —le cogí las manos—. Digamos que de un tiempo a esta parte estoy explorando con él ciertas cosas que él usaba para sus… autosatisfacciones… íntimas.
— Quieres decir en sus…
— En sus pajas —me miró como si no comprendiera—. Te pongo un ejemplo. A veces mientras se masturbaba había imaginado que me follaba otro hombre. Cosas así.
Charo mantuvo un prudencial silencio mientras digería lo que oía.
— Quieres decir que tú te has… tirado a otro hombre y Juan lo ha consentido…
— Y tanto, estaba delante mía, viéndome gozar.
— Mmm, Gloria, no tengo nada en contra, pero usarme a mí en vuestros juegos, no sé. Soy su tía, está conmigo desde que nació… ni siquiera creo creo que él esté de acuerdo, a pesar de haberse… masturbado conmigo cuando era un muchacho… creo que estás llevando vuestros jueguecitos demasiado lejos.
— Ya hemos tenido una experiencia parecida. Con alguien muy cercano —se me quedó mirando, tuve que contárselo—. Teresa.
— ¿Tu… tu Teresa? —tenía los ojos como platos.
— Fue todo muy raro, sin premeditación —casi mentí en eso—. Quise ponerle a cien usándola como cebo, pero ella nos descubrió y aquello se nos fue de las manos. Fue tan extraño y tan excitante… —quería ver cómo reaccionaba Charo.
— Teresa es muy guapa —me gustó su forma de ver el asunto y respiré aliviada.
— Y muy apasionada en la cama…
— Pero no entiendo cómo ella pudo prestarse a eso. Vosotros estáis en una espiral que vaya tela, pero… ¿ella?
— Supongo que ella también tenía ciertas fantasías íntimas.
Charo volvió a jugar con su lengua, mientras se pasaba los dedos por los pechos mirándome fijamente, se me hizo el chocho agua viendo cómo desafiaba mi deseo. Me levanté y me puse tras ella. Me recliné de forma que mi cara estaba junto a la suya. Llevé una mano a uno de sus pechos y con la otra me metí unos dedos en el chocho. Empapados, los llevé a su boca, y los chupó con ganas.
— Estoy deseando ver la polla de Juan en tu boca —solté su pecho y eché su cabeza hacia atrás, agarrándola del pelo—. ¿Lo harás por mí? —afirmó con la cabeza—. Has comido muchas pollas, ¿verdad? —con mis dedos en su boca, volvió a afirmar— ¿te tragas el semen? —gimió— yo también, y se me moja mucho el chocho cada vez que me como un buen rabo —volvió a afirmar, y su mano impedía que la mía sacase los dedos de su boca— ¿follarás con él? ¿los tres juntos?
— Sí, pero lo conozco y no creo que él esté dispuesto ¿pero cómo haremos para que él quiera?
— Estará encantado, créeme. Eso sí, tienes que ser una buena… puta. Perdona que lo diga así, pero no hay otra palabra mejor. Me gusta hacer las cosas a mi manera, y creo que estarás a la altura.
Buscó mi mano y volvió a chupar los dedos.
— A la putita le gustaría saborearte otra vez.
— La puta esperará a esta noche y entonces meterá su lengua en mi coño.
Quise ver qué clase de mujer tenía entre manos y le tiré de los pezones hacia mí, apretando fuerte. Lo único que conseguí fue oír un gemido de placer. Esa noche lo pasaríamos bien.
Más tarde, cuando terminamos de cenar, nos tomamos un digestivo en el salón. Charo y yo estábamos sentadas en el sofá y Juan en un sillón muy pegado a mi lado. De vez en cuando me inclinaba hacia delante y apoyaba mi mano en su rodilla, a veces subía un poco al muslo. Juan se ponía rígido y Charo, tahúr, hacía como si no nos viese.
— ¡Me encantan tus escotes! —le solté a Charo ante el asombro de Juan.
— ¡Muchas gracias!
Habíamos convenido usar nuestra reunión anterior como ensayo general. Iríamos al grano, sin darle a Juan ninguna posibilidad de reacción.
— Tienes mucho busto, pero sabes llevarlo muy bien.
— Es una lucha continua porque el peso tiende a producir chepa. Desde los 16 que ando muy tiesa, fue el mejor consejo que me dio mi abuela. Y oye, que creo que para mi edad, no están mal.
— ¿Las puedo ver? —moví la mano que estaba sobre el muslo de mi marido un poco más arriba—. Juan, a ti no te importa, ¿no? —Juan arqueó las cejas.
— ¡Claro que no! —dijo Charo.
Juan no tenía tiempo de intervenir, todo iba muy rápido, pues su tía se desnudó lentamente de cintura para arriba y se acercó a mí, colocando los pechos casi en mi cara. Juan no se esperaba la función que le había preparado, pero en ese momento ya tenía que saber la encerrona en la que estaba.
— Tócalos, no me importa —dijo mientras los sostenía en sus manos.
Se los cogí, los sobé, los alabé, la felicité. Con una mano sosteniendo una de sus inmensas tetas, la otra la llevé otra vez a la pierna de Juan, que dio un respingo.
— ¡Son enormes! ¡Anda, tócalas!
Charo cogió el otro pecho y se giró hacia él. Juan lo tocó tímidamente. Pasé la palma de la mano sobre el pezón y lo acaricié sintiendo cosquillas. La tetilla se puso bien gorda. Cogí la mano de Juan y llevé sus dedos al pezón de su tía.
— ¡Mira qué gordo!
Charo cogió la mano de Juan, para que mantuviese sus dedos entrelazados a su tetilla. Yo cogí la otra y empecé a pellizcarla ostentosamente. Juan me siguió.
— Me las puedes chupar —me dijo Charo, acercándose más aún.
Lo hice inmediatamente, primero me llevé la corona a los labios y chupé un poco. Luego pasé la lengua muy rápidamente para deleite de Juan y su tía. Me metí todo lo que pude en la boca, sabiendo que era una mínima parte de lo que podía besar. Mi lengua trabajaba sepultada en su pecho. Llevé la mano hacia la polla de Juan, que estaba muy dura dentro del pantalón, para empezar a masturbarlo. Me acordé de esa tarde y de que a Charo le gustaban las emociones fuertes, y mordí su pezón hasta que oí su gemido. Se apartó y me metió el otro entre los dientes. Estaba algo blando, pues los pellizcos de Juan habían sido timoratos. Empecé a morderlo con suavidad y a chuparlo, aumentando la intensidad hasta que lo noté duro. Volvió a gemir.
— Juan, enséñanos tu rabo —había esperado a que estuviese bien dura para que le enseñara la verga a Charo, de esa forma él se sentiría más seguro.
Juan se puso de pie y se bajó los pantalones. Le hice un gesto y se desnudó completamente. Charo, después de mirar detenidamente la polla, me miró, comprendiendo lo que significaba hacer las cosas a mi manera, pues sabía que si fuese por Juan éste ya se hubiese abalanzado sobre sus pechos hacía un rato. Mirándome, le cogió la verga y empezó a masturbarlo.
— Tenías esto muy bien escondido cuando vivías en casa… me hubiera gustado haberlo visto antes —Lo que yo me había dicho, era una jugadora nata—. Con lo sola que estaba tu tía, y lo que le gusta vaciar estas pollas cuando están tan gordas.
Era una artista. Me acerqué a ella y la besé. Añoraba esa lengua en mi boca. Puse mi mano sobre la de ella, la que estaba masturbando a Juan, y fui acercando el capullo a nuestras bocas. Lo chupé un poco y Charo se quedó expectante. Lo metí en su boca y miré la cara de satisfacción de Juan. Me miró y me acarició la nuca, más que con pasión, con mucho amor, muy agradecido, y le sonreí, satisfecha.
Charo hacía bastante ruido chupando. Movía mucho la cabeza y cuando paraba se entretenía con el glande. No podía imaginarme lo que su lengua hacía ahí dentro. Saqué la polla y besé a la mujer. Tragué su lengua, y volví a chuparla como si de un verga se tratase. Juan pudo ver lo grande que era esa lengua y lo que yo deseaba tenerla en mí. También nos quedó claro que Charo se prestaba a hacer cualquier cosa que se le pidiera.
Me puse de pie y me desnudé. Cuando volví a ellos, Charo tenía toda la polla de Juan dentro de la boca, en una profundidad solo apta para buenas gargantas entrenadas. Sacó parcialmente la verga con la cara muy colorada, pero animada a seguir. Puse una pierna sobre el sofá y aparté la polla de la boca para poder llevar esa lengua descomunal a mi vulva. Empezó a lamerme rápidamente, haciendo el mismo ruido que cuando tenía el rabo en la boca. Me hizo gemir. Pasaba rápidamente la punta de la lengua de mi vagina a mi clítoris, en movimientos vertiginosos, haciéndome temblar la pierna que sostenía mi peso. Me agarré al rabo de Juan y busqué su boca. Mientras lo besaba, uno de los dedos de Charo se fue introduciendo en mi culo, haciendo que masturbara a Juan salvajemente. Charo se puso de pie, chupándose el dedo sodomita y también se desnudó. Me cogió de la mano y fuimos a su dormitorio. Se puso bocarriba en la cama y abrió las piernas. Se abrió los labios menores con los dedos y me hizo un gesto con los dedos para que le cogiera la mano. Lo hice y me acercó a ella, llevando mi boca a su sexo. Al contrario que sus pechos, el coño de Charo reflejaba la edad que tenía. Tenía los pliegues muy elásticos, y algo amorfos. Pasé la lengua por su clítoris, y ella lo acompañó con un suspiro. Luego, ayudándome con los dedos, abrí sus labios pellizcando sus pliegues, de esa forma pude ver su vagina semi abierta. Tras lamerla brevemente, llevé el anular hacia dentro y empecé a masajearla internamente mientras lamía su clítoris. Sentí el rabo de mi marido abriéndose paso por mi chocho. Estaba a cuatro patas ofreciéndole mi trasero, así que no me sorprendió. Mientras me follaba dejé de chupar la pipa de su tía, pero mantuve el índice y el anular dentro de ella, a un ritmo mayor que el que me estaba dando Juan. Ella sustituyó mi lengua por sus dedos en un frotamiento muy rápido de su pipa.
Juan hizo que me corriese, y como se dio cuenta, acercó su boca para besarme. Aproveché y le dije que se la chupara su tía. Sacó bien pronto la polla de mi chocho y la metió en la boca de ella, que tragó con ganas. Yo seguía con mis dedos dentro de ella. Pronto cambiamos nuestra posición, metiendo la verga en su vagina y mis dedos en su boca. Charo tenía una elasticidad enorme, pues abrió las piernas completamente y las subió. Después se puso a cuatro patas, hasta que Juan amenazó con eyacular. Sin dilación, se metió el rabo en la boca, hasta el fondo, esperando la corrida. Le hizo una felación memorable y se tragó todo, besándome después para que comprobara su limpieza.
Entonces empezó su auténtico turno. Abrió un cajón del armario y sacó un arnés con una buena polla de silicona. Pasó vaselina por ella y se ajustó la correa. Se puso sobre mí, yo estaba echada en la cama, y empezó a follarme. Mi experiencia con mujeres era muy limitada, y nunca me habían hecho eso. Me puse a cien y, ayudada por mi masaje clitoriano, no tardé en correrme. Una vez que acabé, me dio la vuelta y, poniendo un poco más de vaselina, me la metió por el culo. No me lo podía creer. Esa señora era una máquina del amor. Intentaba mirar a Juan, pero los ojos se me ponían en blanco y en el fondo de mi consciencia me oía jadear, muy fuerte, a lo lejos. Me corrí, me corrí mucho, un líquido transparente me caía del coño a las rodillas, jamás me había pasado eso. Charo paró y me puse, agotada, boca arriba. Los tres probamos mis jugos, ellos lamiendo mis piernas, y yo mis dedos, que pasaba antes por el interior del chocho.
Charo fue bajando la boca hasta que metió la lengua dentro de él. Esa mujer era incansable. Hacía con ella maravillas dentro de mí. Se apartó y volvió a la vaselina, que se puso en los dedos. Vi como se los llevó hacia atrás mientras seguía con la lengua en mi vagina. Mi marido estaba detrás de ella y estaba colorado como un tomate. Yo dejé que me trabajara bien, pero acabé levantándome para mirar, presa de la curiosidad. Charo tenía metido en el culo todos sus dedos, hasta los nudillos, e intentaba meter más. Decidí ayudarla. Me unté y me abrí paso. Su ano apretaba mi mano, pero ésta pudo entrar hasta la muñeca. Ahora sentía la presión que el esfínter producía en ella. Giré un poco el brazo y pude sacarlo. Repetí la operación varias veces y ella empezó a gemir fuerte. Miré a Juan, que estaba otra vez empalmado. Charo consiguió cogerme la otra mano y lamió mis dedos, en una invitación muy clara. Pronto fueron mis dos manos las que recorrían su culo, más allá de mis muñecas. Metía y sacaba los brazos, algunas veces juntos, otras alternándolos, sin sacarlos del todo. Ella se masturbaba frenética, hasta que se corrió.
A pesar de lo salida que estaba, no tuve más remedio que lavarme las manos en cuanto acabó. Al volver. Juan tenía el rabo otra vez en la boca de la mujer, pero en cuanto me vio Charo se vino hacia mí y me tiró en la cama. Se puso vaselina en la mano y me fue introduciendo varios dedos en la vagina. Juan se vino a mí y empecé a chuparle la verga. Charo movía la palma de la mano girándola, amasando mis paredes. A pesar de mi excitación, no quería que me hiciera lo que le había hecho yo, pues me daba algo de miedo. Como veía el pulgar asomando por mi rajita, me dejé hacer. Chupaba y lamía la polla de mi marido en sintonía con la mano de Charo, pero pronto perdí el compás. Sentí la eyaculación de Juan en la boca, pero estaba otra vez gozando en una órbita desconocida, sintiendo los nudillos de la vieja en mi vagina. Me corrí en un grito sonoro.
Al día siguiente volvimos a casa. Al despedirnos, Charo me regaló el arnés con la verga, por si lo necesitaba alguna vez. Por el camino, comentando cómo me había sentido en el último orgasmo, le confesé a Juan que temí por si a su tía le hubiera dado por meter las dos manos en mi vagina.
— Me excitó mucho hacérselo, pero jamás permitiría que me lo hiciesen a mí.
— Pues te lo pasaste muy bien.
— Sí, pero haciéndoselo. Me da un respingo nada más de pensar haciendomelo. ¡Puag!
— No, no. Quiero decir que te lo pasaste muy bien. Que te metió las dos manos bien dentro. Ni te diste cuenta ¿no? Estabas como una perra en celo.
“Como una perra en celo”, pensé, mientras mis braguitas se humedecían.
2.9.18
Mi hermana
Quería que mi marido entendiese que hacer ciertas cosas, entre cierta gente, no era tan abominable como podría parecer en un primer momento. Debía preparar el terreno para que mi sexuaidad, algo compleja y desprovista de ciertas barreras morales, le fuese mostrada sin hacerle daño. Tuve la ocasión perfecta cuando fuimos a pasar un fin de semana a casa de mi hermana. Ramón, mi cuñado, esos días estaba pescando en el mar, por eso decidimos acompañar a Tere. Ella tenía por costumbre echarse la siesta en la piscina, mientras que nosotros siempre nos retirábamos al cuarto de invitados. El primer día vi que Juan se levantó a orinar de la siesta y al volver se quedó un instante mirando hacia la piscina. Después de él fui yo y comprobé que mi hermana estaba tomando el sol desnuda, seguramente pensando que o bien no nos enteraríamos de sus costumbres nudistas o, símplemente, de que a nosotros nos tenía que dar igual lo que ella hacía en su propia casa. Que mi marido morcease con mi hermana me molestó vagamente, pues lo iba a usar en mi propio interés.
Al día siguiente le regalé a mi hermana un pequeño libro de cuentos eróticos, que recibió envuelto en nuestras risas. Como era de esperar, con el sopor de la tarde, no pudo evitar llevarse el libro a la piscina mientras nosotros subíamos a nuestra habitación. Nos echamos. Cuando apenas habían pasado cinco minutos me dirigí al baño, y a la vuelta, tal y como hizo él el día anterior, me quedé mirando hacia la piscina.
—La verdad es que Tere tiene un cuerpo bonito —mi marido hizo como si no me oyese, señal de que estaba de acuerdo—. ¡Ven, mira! —no se movía— desde aquí no nos ve, los cristales están tintados. No seas tonto.
Juan se acercó.
—¿Te gustan sus pechos? Los tiene más bonitos que los míos.
—Los tuyos también son preciosos, y tienes mejor culo, amorcito.
La miramos un poco más. Ella estaba ajena, leyendo con sus gafas de sol puestas. Me puse detrás de Juan y le cogí de la cintura. El permaneció en silencio, pero noté cómo se entrecortaba su respiración. Metí la mano por dentro del boxer y palpé una polla un tanto gordota.
—¡Vaya! —exclamé.
—Gloria, eres un poco perversa.
—Eres tú quien tiene la polla así, querido.
Empecé a mover la mano, sintiendo cómo se volvía cada vez más rígida. Juan se sintió incómodo y metió también su mano para quitar la mía, haciendo medio giro.
—¡Nos va a ver! —dijo colorado.
—No nos puede ver… ¿no te da morbo? a mí sí, ¡mucho! —seguía de medio lado y tenía que relajarlo—. Puedes mirarla, no me importa, amor. Si lo prefieres, no te toco, no te preocupes —lo volví a la ventana y retiré mi mano hacia su cintura—. No sabía que se depilara tanto.
Mi marido no tardó en cambiar de idea, pues en cuanto volvió a mirar a Tere, buscó mi mano y se la llevó donde estaba antes. Empecé a masturbarlo mientras mantenía una mano bien en su tetilla, bien en sus abdominales. Tere dobló una de las piernas, mostrando unos muslos espectaculares. Le bajé los boxers a Juan, y lo dejé mirando desnudo por el ventanal.
—Déjate hacer, cariño —le dije. Puse sus manos apoyadas en el cristal y le seguí pajeando desde atrás—. ¿Qué es lo que más te gusta de ella? —el movimiento de mi mano en su polla era como el de un reloj que esperaba paciente su respuesta.
—Tiene unos pechos muy bonitos —dijo al fin.
—¿Qué los hace tan especiales? —seguí recorriendo el falo lentamente.
—Le sienta bien cualquier vestido o sujetador que se ponga…
—Siempre ha sido así, la jodida.
—… y sus tetas terminan en punta, parecen tan duras…
—Lo son. Son duras y turgentes —la polla que tenía en la mano sí que estaba dura— ¿te gustaría tocarlas?
—Es tu hermana…
—Te estoy pajeando mientras la miras, amor… ¿te gustaría tocarlas, tenerlas en tu boca?
—Sí —entró en el juego, era inútil resistirse.
Entonces Tere se tocó un pezón. El libro de cuentos estaba haciendo su efecto. Primero se puso una mano disimuladamente en el pecho, pero vimos perfectamente cómo colocaba el índice y el medio de forma que le hiciera pinza. Cambió las piernas de posición, bajó la que estaba doblada y subió la otra
—Se está tocando, mira —le dije, pero su verga ya me había avisado de que él lo estaba viendo perfectamente.
—No me jodas…
Empecé a masturbarlo más rápido. Tere, abajo, se llevó una mano a su clítoris y empezó a mover el dedo suavemente. Puse a Juan de lado y me arrodillé ante él, así le podía hacerle una felación sin perder la visión de mi hermana. Me metí el glande en la boca, y noté el sabor de sus fluidos. Estaba claro que Juan estaba listo para follarme, pero yo aún no, y quería chupársela un rato mientras él miraba a mi hermana.
El movimiento circular del dedo de Teresa era cada vez más evidente y yo empecé a imitarla, a la vez que me metía la polla más dentro. Hacía bastante ruido al chupar, eso nos ponía mucho a los dos. A veces soltaba mi chocho y agarraba con las dos manos la verga, moviendo la boca en sentido contrario a mis manos.
—¿Te gustaría llevarte ese coño a la boca?
—Sí, cariño. Y follármelo también.
—¿Lo harías? —yo jadeaba cuando me sacaba la verga de la boca.
—Sí, me lo follaría.
—¿Te pone mucho? Ayer iba muy sexy…
—Joder ¿sexy? ayer tenía un culazo precioso, no podía dejar de mirarlo. Y su escote… —yo me metía la verga hasta el fondo. Me estaba poniendo oírle hablar así, y me empecé a meter un par de dedos—. Esta mañana iba sin braguitas ni sujetador, sólo con la camisa larga que lleva.
—Te diste cuenta, ¿eh? Y encima cruza las piernas de esa forma tan descuidada...
Yo ya estaba bastante cachonda, así que me puse de pie y me coloqué mirando hacia el ventanal, inclinada. Juan me la metió inmediatamente, hasta el fondo. Empezó a follarme con mucho ritmo, y yo gemía alto, confiando en la insonorización del cristal. Me embestía con mucha energía y apenas podía sostenerme sin dar algún que otro cabezazo al cristal, pero conseguí llevar una mano a mi clítoris y empecé a tocármelo con frenesí. Claramente me estaba follando como si yo fuese ella.
—Me gustaría veros juntos —dije entre gemidos y me empezó a dar tan fuerte que apenas podía separar los pechos del ventanal.
Abajo, mi hermana terminó con su autosatisfacción, y siguió leyendo, chupándose los dedos masturbadores. Yo no podía seguir en esa posición y me puse a cuatro patas, a Juan no le importó porque siguió culeándome frenético. No tardó en descargar su semen dentro de mí. Le limpié la polla con la boca mientras me terminaba y nos dimos una ducha. Cuando bajamos al cabo del rato, Teresa ya estaba por la casa, vestida con unos shorts y una blusa, sin sujetador, haciendo mover los pechos a cada paso.
Después del café y las galletas, Tere y yo nos fuimos a dar una vuelta, y Juan se quedó en casa viendo un partido de fútbol. Mientras andábamos por la alameda, Teresa fue directa al grano.
—Te voy a contar una cosa, Gloria, no te lo tomes a mal. Cada uno hace lo que quiere… —la miré intrigada—. Resulta que con la tormenta de hace dos meses se rompió el ventanal del cuarto de invitados —me temía lo que venía a continuación— y tuvimos que cambiarlo. Con las prisas, no pudimos reponerlo con el mismo tipo de cristal que el anterior…
—Ajá…
—Y el que tiene ahora transparenta más que los otros. Que ni tiene el efecto espejo ni es semi opaco, vamos —me quedé algo cortada, pero se me erizaron los pezones al pensarlo.
—Quieres decir que esta tarde tú…
—Oye, que ya te digo que me parece bien. Me gusta saber que tenéis una vida sexual activa y, por lo que pude ver, satisfactoria. Pero os pediría algo de discreción. Tenemos vecinos, y Ramón podía haber estado por ahí.
—Perdona, Tere. Es que a veces nos da un calentón enorme. Lo siento… pero… pero… entonces tú nos veías todo el rato.
—Bueno, no os estuve mirando todo el rato —protestó.
—Claro, y tú también te hacías cosillas —se quedó de piedra—. Te veíamos desde arriba, el cristal no es opaco ni…
—¡Ya sé cómo es el cristal!
—¿Qué te puso más, el libro o nosotros?
—No seas guarra, Gloria.
—Tienes mucha cara de decirme eso de que nos vistes follar, mientras tú estabas ahí exhibiéndote mientras te hacías una paja.
—¡Eso fue antes de veros, de saber que estabais ahí…!
—No me jodas, que te vimos perfectamente.
Estuvimos un rato en silencio. Luego me habló, Tere siempre ha sido muy directa.
—Entonces, ¿Juan te cubre bien?
—Ja ja ja, ni que fuese una vaca, Tere.
—Ja ja ja, perdona, tienes razón… ¿te hace bien el amor?
—Te voy a hacer un croquis, Teresa. Tiene una buena polla y me folla de maravilla. Cada vez que me he puesto cachonda por algún motivo, que me entran ganas, vamos, lo ordeño a fondo.
—¿Qué es eso de ponerte cachonda por algún motivo? ¿Tienes algún ligue o algo?
—No, no. Son cosas mías… ¿y tú con Ramón?
—No tan bien como vosotros, la verdad. Hace tiempo que… nada, ¡nada de nada!
—¿Entonces te pajeaste por nosotros? Ya te digo yo que…
—El libro me puso a cien, porque vaya idea tuviste al regalármelo, pero tengo que admitir que luego fue por vosotros…
—¿Te gustó la verga de Juan?
—¡Gloria!
—Sabías que te veíamos desde arriba… ¿no? —ni afirmó ni negó—. Esta noche follaremos otra vez, con la puerta abierta.
—¿No pretenderás que…? —me miraba entre asqueada y extrañada.
—Te puedes llevar la polla de Juan de regalito esta noche. Nadie tiene por qué enterarse, Tere.
—¡Ni hablar!
—Mira, querida, después del show sexual de esta tarde has estado por casa con la camisa esa sin sujetador —me miró como si no tuviese importancia—, y te estiraste al menos un par de veces, para que se te marcaran bien los pezones.
—Tienes mucha imaginación, Gloria.
—¡Venga ya! Que se te ve el plumero —se sonrió—. Te puso algo cachonda todo eso, lo sé, ¡a mí también! Sabes, mientras estaba… ahí… con su polla dentro…
—¡Gloria!
—…pues me acordé de aquella vez con Carlitos —se rió.
—Tendrías que ver a Carlitos ahora, que parece que se ha comido a 10 Carlitos. Tan canijo que estaba y el pene que tenía…
Carlitos era un noviete, o ligue circunstancial, que tuvo mi hermana cuando éramos adolescentes. Una noche se quedaron solos en casa de nuestros padres, y a la mañana siguiente me contó emocionada que Carlitos tenía una polla enorme. No por larga, sino por ancha. Esa misma noche, después de follar ellos, mi hermana me lo pasó. Yo ya había tenido algunas experiencias sexuales, pero aunque lo intenté de todas las maneras, fui incapaz de meterme semejante miembro dentro del chocho. Sólo alcancé a hacerle una mini mamada en la punta del glande. Ahí aprendí que mi hermana era muy prudente en su vida normal, pero muy libidinosa en el aspecto sexual. Nos estuvimos riendo a costa de eso en aquella época, y ahora también nos estábamos riendo.
—Esta noche será como con Carlitos. Me follo un poco a Juan, entras, y te paso la polla.
—Suponte que digo que sí ¿y mañana qué? eso es jugar con fuego y no quiero quemarme.
—Confía en mí. Está todo controlado —mentí—. De aquí a esta noche te lo piensas: o te follas una buena polla, o te conformas con el dedo.
—Cállate ya, Gloria.
Seguimos nuestro paseo cambiando de tema, pero Tere me miraba de forma distinta, intrigada. Volvimos a casa y preparamos la cena. A pesar de que no iríamos a ningún sitio, me puse lencería y una falda muy estrecha. Juan estaba muy excitado por lo ocurrido esa tarde y, al verme tan sexy, estuvo con el pene en estado de sustentación. A mi hermana eso no se le pasó por alto. La situación me estaba poniendo cachonda a mí también, así que disimuladamente me metía los dedos en cuanto me quedaba sola en la cocina, en el salón o en el baño. Al cabo del tiempo nos retiramos a nuestro cuarto, dejando a Tere en el salón viendo la televisión. Dejé la puerta abierta de par en par y me eché sobre Juan. El miró hacia la fuera, al pasillo, y yo le hice un gesto de silencio con el dedo sobre sus labios. Notó el olor de mi coño y se lo metió en la boca.
Se puso como una moto, se quitó la camiseta y los pantalones en un instante, apenas me dio tiempo de desabrocharme la blusa. Con la falda puesta aún, me llevó la cabeza hacia su polla, que aún estaba dentro de los calzoncillos. Empecé a frotarle la verga con la boca abierta. Cuando la noté más hinchada, hice el mismo movimiento con los dientes, mordiendo el glande. Tenía la polla para mí y él dejó que la gozase. Le bajé los calzoncillos y la verga cayó sobre mi cara. La recogí con la boca abierta, usando los labios y la lengua y empecé a chupársela. Miraba hacia atrás, hacia la puerta, pero Tere no estaba. Así que me la metí más al fondo, sabiendo los ruidos que emanarían de mi boca. Cuando me ahogaba en su verga, a continuación la sacaba completamente, con sonidos guturales y mis babas, y fluidos profundos, mojando mis pechos.
Me puse de pie y me quité la falda y las braguitas, pero me dejé puesto el liguero con las medias y el sujetador, pues no quería que mi hermana me hiciera más competencia en poner cachondo a mi marido. Juan me arrastró a la cama y se recostó, haciendo que le volviera a comer la polla, estando yo a cuatro patas, de espaldas a la puerta. Por su gesto, comprendí que Tere al fin estaba mirando. Yo no veía dónde estaba, pero le estuve manoseando la verga a dos manos y le lamía el glande con ruido. Luego me subí encima de él, de forma que seguía dándole la espalda a la puerta. Le sujeté la polla con la mano, me llevé el glande al chocho y me senté sobre su rabo, empalándome con un fuerte gemido. Me dejé caer y entró hasta el fondo, empezando a moverme con un vaivén de cadera. Tenía el coño hecho agua, y su gorda polla entraba y salía para mi locura. Como estaba frente a él, lo cogí de la nuca y gemí en su cara. Sin parar de moverme, me eché hacia atrás apoyada en los brazos y él empezó a mover la cadera. Yo tenía los ojos cerrados pues no quería ver a mi hermana aún, para tener la polla para mí sola un rato más.
—Empuja así, cariño. Dame tu polla, entera.
Entonces me dejé caer completamente hacia atrás, quedando mi nuca en el borde de la cama, con la cabeza casi colgando. Puse mis piernas hacia arriba y dejé que me follase un rato. Empecé a sudar, notaba cómo caían gotas por mis pechos y me arrepentí de no haberme terminado de desnudar.
—Hasta el fondo, dame, dame, fóllame fuerte.
Entonces abrí los ojos. Teresa estaba dentro del dormitorio, justo frente a mí. Llevaba la camiseta de la mañana, sus pezones taladraban la tela. Me miraba, nos miraba, con cara de circunstancias, algo avergonzada. Desde mi posición, sentía la polla de Juan entrando y saliendo de mi coño mientras la veía a ella del revés.
— Perdonarme que entre, pero es que quería saber si mañana… —no iba a permitir que sus inútiles excusas rompiesen el momento.
— No te preocupes, cariño —la polla seguía bombeando, haciendo que me moviese con ella—. Levántate un poco la camiseta, anda, sólo un poco.
Tere sabía lo que quería, y se levantó la camiseta, mostrando su sexo. Juan empezó a darme más fuerte, levanté la cabeza y lo miré. Estaba obnubilado con el coño de mi hermana, y volvía a embestirme como si yo fuese ella. Me saqué la verga y me senté sobre la cama. Alargué la mano y, cuando Tere me la cogió, tiré de ella hasta nosotros. Llevé directamente su boca al rabo de Juan, y lo empezó a tragar mientras mantenía una mano recogiendose el pelo tras la oreja, ella siempre tan coqueta. La polla de Juan tenía que saber a mí, y Tere la estaba dejando completamente limpia de cualquier rastro mío. Ver lo cachonda que estaba ella me puso aún más, y me empecé a masturbar mirándolos.
—Así, muy bien, toda para ti, cariño —la cogí de la nuca y le ayudé en el movimiento, pero dejando que ella decidiese hasta dónde tenía que tragarse—. Tenías muchas ganas de una buena polla, ¿verdad, cariño? —miré a Juan—. Mira la zorrita que te he buscado, amor —Tere se desconcertó al oírme llamarla zorrita, pero yo seguí—. ¿Te la come bien la putita?
—Sí…
—Disfruta, amor, disfruta en la boca de mi hermana —ella se tocaba el clítoris más frenética. Tirando de su pelo, le aparté la cabeza unos centímetros, pero mantuvo la boca abierta mientras jadeaba
—. Mira sus labios, tan gordos, deseando comerse la polla— introduje la punta dentro de su boca, y ella respondió chupando. La volví a sacar—. Saca la lengua, querida —me obedeció y pasé el glande por ella. Estuve moviendo la verga, entrándola y sacándola, viendo cómo la lengua recorría el falo. Terminé sacando otra vez el rabo de la boca, y acaricié la lengua con mis dedos. Ella notó otra vez el sabor de mi coño, y se metió los dedos enteritos en la boca, chupándomelos. Tuve un escalofrío y volví meter la verga.
Juan estaba ciego de lujuria, el pobre. Yo seguía dirigiendo la cabeza de Tere, cada vez un poco más adentro. Ella pasó de frotarse la pipa a meterse dos dedos en un gemido que traspasó la polla que tenía en la boca.
—Fóllate a tu nueva puta, métesela bien dentro.
—Sí, ¡hasta el fondo!
Tere se echó en el colchón, en la misma posición en la que vio que me estaba follando Juan. Me miraba con la cara desencajada por el placer, desconcertada. Juan le fue metiendo la polla a golpecitos, acompañados de los gemidos de Tere. Cada vez que él la embestía, ella gritaba. Con el movimiento de Juan ella se tocaba el clítoris frenéticamente, sin parar. Yo disfrutaba viéndolos de esa manera y me acerqué a besar a Juan. Sin querer puse una mano sobre el coño de mi hermana, retirando ella la suya. Tenía el clítoris hinchado y muy mojado. Se lo froté mientras chupaba la lengua de mi marido, pero cuando volví a mi posición dejé de tocarla. Me gustó darle placer a Tere, se lo merecía, pero me resultaba raro masturbarla, incluso para mí. Juan la sometía a un vaivén frenético, y ella se volvió a tocar el clítoris mientras me miraba con los ojos algo perdidos, haciendo que mi pasión fraternal pudiese más que el resto de pudor que me quedaba. Le puse una mano en el muslo, cerca de su sexo y con la otra le acaricié un pecho, y ella enseguida se cogió el pezón del otro. Yo creo que sus gemidos se tenían que oír en todo el barrio.
Saqué la polla y puse a mi hermana a cuatro patas, con el culo bien en pompa. Unas gotas le salían de la vulva y se acumulaban en el clítoris. Nunca había visto un chocho tan mojado. Me dieron ganas de chuparlo, pero me contuve cambiándolo con un buen mamazo a la verga de Juan. El coño de mi hermana sabía más dulce que el mío y tenía un efecto afrodisíaco que me recorría todo el cuerpo. Su coño, con los labios bien abiertos, recibió con facilidad la polla que metí en él. Mientras Juan la follaba, abrí los glúteos de Tere, para deleite de mi marido. Apoyó sus manos junto a las mías, pero cogí su pulgar, me lo llevé a la boca, y después de chuparlo lo coloqué sobre su ano.
Juan estaba alucinando. Escupí sobre su dedo y empezó a meterlo cada vez más. Ver cómo desaparecía la punta dentro de su culo depilado hizo que me corriera mientras me pellizcaba los pezones y gritaba a coro con mi hermana. Juan terminó de introducir todo el dedo y yo volví a poner una mano sobre el culete de Tere, pero metí varios dedos de la otra en su boca, que chupó intensamente. Cogí la mano de Juan, mojé el índice y el anular y lo conduje otra vez al ano. Juan esta vez se mostró pasivo, quería jugar conmigo. Acepté y fui metiendo los dedos y, dirigiendo el movimiento de éstos, empecé a follar el culo de Tere a través de Juan.
— ¿Te gusta así, amor? —le pregunté a Tere.
— Me gustan mucho tus dedos… —ella creyó que eran mis dedos los que la estaban sodomizando. Le cogí un pecho y aumenté el ritmo en su culo.
— Eres muy puta, amor mío, y Juan quiere saber dónde tiene que meter la polla —la mano que sujetaba su pecho fue a su boca, de la que sólo salían gemidos. Al final oímos un hilo de voz.
— El culo, métemela por el culo… —era un gemido mezclado con una petición desesperada— toda por el culo… —y Juan se la fue metiendo hasta que entró entera.
Las embestidas de Juan no cesaban y yo me corrí otra vez viendo el agujero de Tere rodeando la verga de mi marido. Y además Tere empezó a hablar como una zorra.
—Me gusta mucho tu polla… me gusta tener tu polla en el culo… más fuerte… abrémelo… joder, así, fuerte… soy tu perra, fóllame como a una perra…
Me puso tan cachonda que la saqué y me puse también a cuatro patas, esperando mi dosis. La verga era mía y la corrida también tenía que serlo. No iba a dejar a Tere llevarse todo el premio. Ella se dio la vuelta y chupó el rabo mientras me metía el índice en el culo. No se andaba a medias tintas, y además pensaba que había sido yo quien la penetró al principio. Ella fue dirigiendo la introducción de la verga, lubricando con su saliva el proceso. Tener la polla de mi marido entrando y saliendo de mi culo me hizo gemir y llorar. Me tocaba el clítoris, y como sabía que me iba a llegar otro orgasmo quise que me lo diese todo.
— Córrete, dámelo, córrete dentro —él apenas podía ir más rápido, agotado como estaba—. ¿O quieres correrte en Teresa? ¿en su culo? Hazlo cariño… ¡Espera! Ven, abre la boca, puta…
— ¡Joder, me voy! —eso ya era mucho para el pobre.
Saqué la polla del culo, pero Tere me la quitó y se la metió en la boca. Empezó a chupar mientras se la cogía con las dos manos. Yo me puse de rodillas junto a ella, esperando mi turno para comerle el rabo a mi campeón, pero ella no lo soltaba y me miraba desafiante. Apenas me dejó cogerle la verga sólo cuando ella estaba acabando y, finalmente, sin darme tiempo, me agarró la cara abriéndome la boca, dejando caer el semen de mi marido. Estaba como paralizada, pero me lo tragué. Dejó caer algo más y cayó en la mejilla, así que lo recogió con un dedo y me lo metió en la boca. Luego llegó el resto que le quedaba, y muy lentamente iba fluyendo a mi boca. Pero esta vez no lo tragué. Intercambiamos la postura y le devolví el semen mezclado con mi saliva, nuestras salivas. Cuando no quedaba más, cerré la boca, salivé un poco más y lo dejé caer. Sé que ella esperaba que la besara, pero no lo hice.
Aquella noche Teresa durmió con nosotros. Dejamos a Juan en medio. Me desperté muy de madrugada. Estaban durmiendo, así que silenciosamente palpé la polla de Juan. Una vez localizada, me metí bajo las sábanas y empecé a hacerle una mamada, muy lenta, buscando su erección. Cuando la tuve, hice que saliera de su duermevela y lo puse de lado, hacia mi hermana, que dormía dándole el trasero a Juan. Este dejó que mi mano llevase la polla al coño de Tere y me di la vuelta. Recuerdo que me desperté al cabo y ahí estaba él, follándosela de rodillas con ella tumbada de lado, mirando hacia mí, en un jadeo ahogado. Era como si él estuviese viviendo un orgasmo perpetuo y estuviese en piloto autómatico.
— A la perra le gusta tu polla —dije.
— Siiii… Me gusta tener tu polla en mi culo —dijo Tere mirando a Juan. Conocía bien a mi esposo, seguramente tenía la verga bien dura, pero le iba a costar eyacular, y la muy zorra no iba a dejarlo descansar… pero yo tampoco iba a dejar a mi hermana a medias. Era hipnótico verlos follar en silencio, envueltos en sudor. Teresa me cogió una mano y se la llevó a su pecho. Me hizo cogerle los pezones, gimió y me habló—. Seré vuestra puta, tu puta… —no le llegaba el aire— joder, seré vuestra perra…
— No eres nuestra puta, eres mi puta, y follarás cómo y cuándo te diga. Esa verga la tienes en tu culo porque es mi verga ¿de acuerdo? —afirmó con la cabeza y acercó su boca a la mía, dándome un beso que casi se me parte el alma. Su lengua sabía a sexo y su aliento, que llegaba de lo más hondo, era un gemido acompasado a los pollazos de Juan.
El beso duró lo que aguantó Juan sin eyacular con el plus de ver a su mujer besar y acariciar a su propia hermana…
Al día siguiente le regalé a mi hermana un pequeño libro de cuentos eróticos, que recibió envuelto en nuestras risas. Como era de esperar, con el sopor de la tarde, no pudo evitar llevarse el libro a la piscina mientras nosotros subíamos a nuestra habitación. Nos echamos. Cuando apenas habían pasado cinco minutos me dirigí al baño, y a la vuelta, tal y como hizo él el día anterior, me quedé mirando hacia la piscina.
—La verdad es que Tere tiene un cuerpo bonito —mi marido hizo como si no me oyese, señal de que estaba de acuerdo—. ¡Ven, mira! —no se movía— desde aquí no nos ve, los cristales están tintados. No seas tonto.
Juan se acercó.
—¿Te gustan sus pechos? Los tiene más bonitos que los míos.
—Los tuyos también son preciosos, y tienes mejor culo, amorcito.
La miramos un poco más. Ella estaba ajena, leyendo con sus gafas de sol puestas. Me puse detrás de Juan y le cogí de la cintura. El permaneció en silencio, pero noté cómo se entrecortaba su respiración. Metí la mano por dentro del boxer y palpé una polla un tanto gordota.
—¡Vaya! —exclamé.
—Gloria, eres un poco perversa.
—Eres tú quien tiene la polla así, querido.
Empecé a mover la mano, sintiendo cómo se volvía cada vez más rígida. Juan se sintió incómodo y metió también su mano para quitar la mía, haciendo medio giro.
—¡Nos va a ver! —dijo colorado.
—No nos puede ver… ¿no te da morbo? a mí sí, ¡mucho! —seguía de medio lado y tenía que relajarlo—. Puedes mirarla, no me importa, amor. Si lo prefieres, no te toco, no te preocupes —lo volví a la ventana y retiré mi mano hacia su cintura—. No sabía que se depilara tanto.
Mi marido no tardó en cambiar de idea, pues en cuanto volvió a mirar a Tere, buscó mi mano y se la llevó donde estaba antes. Empecé a masturbarlo mientras mantenía una mano bien en su tetilla, bien en sus abdominales. Tere dobló una de las piernas, mostrando unos muslos espectaculares. Le bajé los boxers a Juan, y lo dejé mirando desnudo por el ventanal.
—Déjate hacer, cariño —le dije. Puse sus manos apoyadas en el cristal y le seguí pajeando desde atrás—. ¿Qué es lo que más te gusta de ella? —el movimiento de mi mano en su polla era como el de un reloj que esperaba paciente su respuesta.
—Tiene unos pechos muy bonitos —dijo al fin.
—¿Qué los hace tan especiales? —seguí recorriendo el falo lentamente.
—Le sienta bien cualquier vestido o sujetador que se ponga…
—Siempre ha sido así, la jodida.
—… y sus tetas terminan en punta, parecen tan duras…
—Lo son. Son duras y turgentes —la polla que tenía en la mano sí que estaba dura— ¿te gustaría tocarlas?
—Es tu hermana…
—Te estoy pajeando mientras la miras, amor… ¿te gustaría tocarlas, tenerlas en tu boca?
—Sí —entró en el juego, era inútil resistirse.
Entonces Tere se tocó un pezón. El libro de cuentos estaba haciendo su efecto. Primero se puso una mano disimuladamente en el pecho, pero vimos perfectamente cómo colocaba el índice y el medio de forma que le hiciera pinza. Cambió las piernas de posición, bajó la que estaba doblada y subió la otra
—Se está tocando, mira —le dije, pero su verga ya me había avisado de que él lo estaba viendo perfectamente.
—No me jodas…
Empecé a masturbarlo más rápido. Tere, abajo, se llevó una mano a su clítoris y empezó a mover el dedo suavemente. Puse a Juan de lado y me arrodillé ante él, así le podía hacerle una felación sin perder la visión de mi hermana. Me metí el glande en la boca, y noté el sabor de sus fluidos. Estaba claro que Juan estaba listo para follarme, pero yo aún no, y quería chupársela un rato mientras él miraba a mi hermana.
El movimiento circular del dedo de Teresa era cada vez más evidente y yo empecé a imitarla, a la vez que me metía la polla más dentro. Hacía bastante ruido al chupar, eso nos ponía mucho a los dos. A veces soltaba mi chocho y agarraba con las dos manos la verga, moviendo la boca en sentido contrario a mis manos.
—¿Te gustaría llevarte ese coño a la boca?
—Sí, cariño. Y follármelo también.
—¿Lo harías? —yo jadeaba cuando me sacaba la verga de la boca.
—Sí, me lo follaría.
—¿Te pone mucho? Ayer iba muy sexy…
—Joder ¿sexy? ayer tenía un culazo precioso, no podía dejar de mirarlo. Y su escote… —yo me metía la verga hasta el fondo. Me estaba poniendo oírle hablar así, y me empecé a meter un par de dedos—. Esta mañana iba sin braguitas ni sujetador, sólo con la camisa larga que lleva.
—Te diste cuenta, ¿eh? Y encima cruza las piernas de esa forma tan descuidada...
Yo ya estaba bastante cachonda, así que me puse de pie y me coloqué mirando hacia el ventanal, inclinada. Juan me la metió inmediatamente, hasta el fondo. Empezó a follarme con mucho ritmo, y yo gemía alto, confiando en la insonorización del cristal. Me embestía con mucha energía y apenas podía sostenerme sin dar algún que otro cabezazo al cristal, pero conseguí llevar una mano a mi clítoris y empecé a tocármelo con frenesí. Claramente me estaba follando como si yo fuese ella.
—Me gustaría veros juntos —dije entre gemidos y me empezó a dar tan fuerte que apenas podía separar los pechos del ventanal.
Abajo, mi hermana terminó con su autosatisfacción, y siguió leyendo, chupándose los dedos masturbadores. Yo no podía seguir en esa posición y me puse a cuatro patas, a Juan no le importó porque siguió culeándome frenético. No tardó en descargar su semen dentro de mí. Le limpié la polla con la boca mientras me terminaba y nos dimos una ducha. Cuando bajamos al cabo del rato, Teresa ya estaba por la casa, vestida con unos shorts y una blusa, sin sujetador, haciendo mover los pechos a cada paso.
Después del café y las galletas, Tere y yo nos fuimos a dar una vuelta, y Juan se quedó en casa viendo un partido de fútbol. Mientras andábamos por la alameda, Teresa fue directa al grano.
—Te voy a contar una cosa, Gloria, no te lo tomes a mal. Cada uno hace lo que quiere… —la miré intrigada—. Resulta que con la tormenta de hace dos meses se rompió el ventanal del cuarto de invitados —me temía lo que venía a continuación— y tuvimos que cambiarlo. Con las prisas, no pudimos reponerlo con el mismo tipo de cristal que el anterior…
—Ajá…
—Y el que tiene ahora transparenta más que los otros. Que ni tiene el efecto espejo ni es semi opaco, vamos —me quedé algo cortada, pero se me erizaron los pezones al pensarlo.
—Quieres decir que esta tarde tú…
—Oye, que ya te digo que me parece bien. Me gusta saber que tenéis una vida sexual activa y, por lo que pude ver, satisfactoria. Pero os pediría algo de discreción. Tenemos vecinos, y Ramón podía haber estado por ahí.
—Perdona, Tere. Es que a veces nos da un calentón enorme. Lo siento… pero… pero… entonces tú nos veías todo el rato.
—Bueno, no os estuve mirando todo el rato —protestó.
—Claro, y tú también te hacías cosillas —se quedó de piedra—. Te veíamos desde arriba, el cristal no es opaco ni…
—¡Ya sé cómo es el cristal!
—¿Qué te puso más, el libro o nosotros?
—No seas guarra, Gloria.
—Tienes mucha cara de decirme eso de que nos vistes follar, mientras tú estabas ahí exhibiéndote mientras te hacías una paja.
—¡Eso fue antes de veros, de saber que estabais ahí…!
—No me jodas, que te vimos perfectamente.
Estuvimos un rato en silencio. Luego me habló, Tere siempre ha sido muy directa.
—Entonces, ¿Juan te cubre bien?
—Ja ja ja, ni que fuese una vaca, Tere.
—Ja ja ja, perdona, tienes razón… ¿te hace bien el amor?
—Te voy a hacer un croquis, Teresa. Tiene una buena polla y me folla de maravilla. Cada vez que me he puesto cachonda por algún motivo, que me entran ganas, vamos, lo ordeño a fondo.
—¿Qué es eso de ponerte cachonda por algún motivo? ¿Tienes algún ligue o algo?
—No, no. Son cosas mías… ¿y tú con Ramón?
—No tan bien como vosotros, la verdad. Hace tiempo que… nada, ¡nada de nada!
—¿Entonces te pajeaste por nosotros? Ya te digo yo que…
—El libro me puso a cien, porque vaya idea tuviste al regalármelo, pero tengo que admitir que luego fue por vosotros…
—¿Te gustó la verga de Juan?
—¡Gloria!
—Sabías que te veíamos desde arriba… ¿no? —ni afirmó ni negó—. Esta noche follaremos otra vez, con la puerta abierta.
—¿No pretenderás que…? —me miraba entre asqueada y extrañada.
—Te puedes llevar la polla de Juan de regalito esta noche. Nadie tiene por qué enterarse, Tere.
—¡Ni hablar!
—Mira, querida, después del show sexual de esta tarde has estado por casa con la camisa esa sin sujetador —me miró como si no tuviese importancia—, y te estiraste al menos un par de veces, para que se te marcaran bien los pezones.
—Tienes mucha imaginación, Gloria.
—¡Venga ya! Que se te ve el plumero —se sonrió—. Te puso algo cachonda todo eso, lo sé, ¡a mí también! Sabes, mientras estaba… ahí… con su polla dentro…
—¡Gloria!
—…pues me acordé de aquella vez con Carlitos —se rió.
—Tendrías que ver a Carlitos ahora, que parece que se ha comido a 10 Carlitos. Tan canijo que estaba y el pene que tenía…
Carlitos era un noviete, o ligue circunstancial, que tuvo mi hermana cuando éramos adolescentes. Una noche se quedaron solos en casa de nuestros padres, y a la mañana siguiente me contó emocionada que Carlitos tenía una polla enorme. No por larga, sino por ancha. Esa misma noche, después de follar ellos, mi hermana me lo pasó. Yo ya había tenido algunas experiencias sexuales, pero aunque lo intenté de todas las maneras, fui incapaz de meterme semejante miembro dentro del chocho. Sólo alcancé a hacerle una mini mamada en la punta del glande. Ahí aprendí que mi hermana era muy prudente en su vida normal, pero muy libidinosa en el aspecto sexual. Nos estuvimos riendo a costa de eso en aquella época, y ahora también nos estábamos riendo.
—Esta noche será como con Carlitos. Me follo un poco a Juan, entras, y te paso la polla.
—Suponte que digo que sí ¿y mañana qué? eso es jugar con fuego y no quiero quemarme.
—Confía en mí. Está todo controlado —mentí—. De aquí a esta noche te lo piensas: o te follas una buena polla, o te conformas con el dedo.
—Cállate ya, Gloria.
Seguimos nuestro paseo cambiando de tema, pero Tere me miraba de forma distinta, intrigada. Volvimos a casa y preparamos la cena. A pesar de que no iríamos a ningún sitio, me puse lencería y una falda muy estrecha. Juan estaba muy excitado por lo ocurrido esa tarde y, al verme tan sexy, estuvo con el pene en estado de sustentación. A mi hermana eso no se le pasó por alto. La situación me estaba poniendo cachonda a mí también, así que disimuladamente me metía los dedos en cuanto me quedaba sola en la cocina, en el salón o en el baño. Al cabo del tiempo nos retiramos a nuestro cuarto, dejando a Tere en el salón viendo la televisión. Dejé la puerta abierta de par en par y me eché sobre Juan. El miró hacia la fuera, al pasillo, y yo le hice un gesto de silencio con el dedo sobre sus labios. Notó el olor de mi coño y se lo metió en la boca.
Se puso como una moto, se quitó la camiseta y los pantalones en un instante, apenas me dio tiempo de desabrocharme la blusa. Con la falda puesta aún, me llevó la cabeza hacia su polla, que aún estaba dentro de los calzoncillos. Empecé a frotarle la verga con la boca abierta. Cuando la noté más hinchada, hice el mismo movimiento con los dientes, mordiendo el glande. Tenía la polla para mí y él dejó que la gozase. Le bajé los calzoncillos y la verga cayó sobre mi cara. La recogí con la boca abierta, usando los labios y la lengua y empecé a chupársela. Miraba hacia atrás, hacia la puerta, pero Tere no estaba. Así que me la metí más al fondo, sabiendo los ruidos que emanarían de mi boca. Cuando me ahogaba en su verga, a continuación la sacaba completamente, con sonidos guturales y mis babas, y fluidos profundos, mojando mis pechos.
Me puse de pie y me quité la falda y las braguitas, pero me dejé puesto el liguero con las medias y el sujetador, pues no quería que mi hermana me hiciera más competencia en poner cachondo a mi marido. Juan me arrastró a la cama y se recostó, haciendo que le volviera a comer la polla, estando yo a cuatro patas, de espaldas a la puerta. Por su gesto, comprendí que Tere al fin estaba mirando. Yo no veía dónde estaba, pero le estuve manoseando la verga a dos manos y le lamía el glande con ruido. Luego me subí encima de él, de forma que seguía dándole la espalda a la puerta. Le sujeté la polla con la mano, me llevé el glande al chocho y me senté sobre su rabo, empalándome con un fuerte gemido. Me dejé caer y entró hasta el fondo, empezando a moverme con un vaivén de cadera. Tenía el coño hecho agua, y su gorda polla entraba y salía para mi locura. Como estaba frente a él, lo cogí de la nuca y gemí en su cara. Sin parar de moverme, me eché hacia atrás apoyada en los brazos y él empezó a mover la cadera. Yo tenía los ojos cerrados pues no quería ver a mi hermana aún, para tener la polla para mí sola un rato más.
—Empuja así, cariño. Dame tu polla, entera.
Entonces me dejé caer completamente hacia atrás, quedando mi nuca en el borde de la cama, con la cabeza casi colgando. Puse mis piernas hacia arriba y dejé que me follase un rato. Empecé a sudar, notaba cómo caían gotas por mis pechos y me arrepentí de no haberme terminado de desnudar.
—Hasta el fondo, dame, dame, fóllame fuerte.
Entonces abrí los ojos. Teresa estaba dentro del dormitorio, justo frente a mí. Llevaba la camiseta de la mañana, sus pezones taladraban la tela. Me miraba, nos miraba, con cara de circunstancias, algo avergonzada. Desde mi posición, sentía la polla de Juan entrando y saliendo de mi coño mientras la veía a ella del revés.
— Perdonarme que entre, pero es que quería saber si mañana… —no iba a permitir que sus inútiles excusas rompiesen el momento.
— No te preocupes, cariño —la polla seguía bombeando, haciendo que me moviese con ella—. Levántate un poco la camiseta, anda, sólo un poco.
Tere sabía lo que quería, y se levantó la camiseta, mostrando su sexo. Juan empezó a darme más fuerte, levanté la cabeza y lo miré. Estaba obnubilado con el coño de mi hermana, y volvía a embestirme como si yo fuese ella. Me saqué la verga y me senté sobre la cama. Alargué la mano y, cuando Tere me la cogió, tiré de ella hasta nosotros. Llevé directamente su boca al rabo de Juan, y lo empezó a tragar mientras mantenía una mano recogiendose el pelo tras la oreja, ella siempre tan coqueta. La polla de Juan tenía que saber a mí, y Tere la estaba dejando completamente limpia de cualquier rastro mío. Ver lo cachonda que estaba ella me puso aún más, y me empecé a masturbar mirándolos.
—Así, muy bien, toda para ti, cariño —la cogí de la nuca y le ayudé en el movimiento, pero dejando que ella decidiese hasta dónde tenía que tragarse—. Tenías muchas ganas de una buena polla, ¿verdad, cariño? —miré a Juan—. Mira la zorrita que te he buscado, amor —Tere se desconcertó al oírme llamarla zorrita, pero yo seguí—. ¿Te la come bien la putita?
—Sí…
—Disfruta, amor, disfruta en la boca de mi hermana —ella se tocaba el clítoris más frenética. Tirando de su pelo, le aparté la cabeza unos centímetros, pero mantuvo la boca abierta mientras jadeaba
—. Mira sus labios, tan gordos, deseando comerse la polla— introduje la punta dentro de su boca, y ella respondió chupando. La volví a sacar—. Saca la lengua, querida —me obedeció y pasé el glande por ella. Estuve moviendo la verga, entrándola y sacándola, viendo cómo la lengua recorría el falo. Terminé sacando otra vez el rabo de la boca, y acaricié la lengua con mis dedos. Ella notó otra vez el sabor de mi coño, y se metió los dedos enteritos en la boca, chupándomelos. Tuve un escalofrío y volví meter la verga.
Juan estaba ciego de lujuria, el pobre. Yo seguía dirigiendo la cabeza de Tere, cada vez un poco más adentro. Ella pasó de frotarse la pipa a meterse dos dedos en un gemido que traspasó la polla que tenía en la boca.
—Fóllate a tu nueva puta, métesela bien dentro.
—Sí, ¡hasta el fondo!
Tere se echó en el colchón, en la misma posición en la que vio que me estaba follando Juan. Me miraba con la cara desencajada por el placer, desconcertada. Juan le fue metiendo la polla a golpecitos, acompañados de los gemidos de Tere. Cada vez que él la embestía, ella gritaba. Con el movimiento de Juan ella se tocaba el clítoris frenéticamente, sin parar. Yo disfrutaba viéndolos de esa manera y me acerqué a besar a Juan. Sin querer puse una mano sobre el coño de mi hermana, retirando ella la suya. Tenía el clítoris hinchado y muy mojado. Se lo froté mientras chupaba la lengua de mi marido, pero cuando volví a mi posición dejé de tocarla. Me gustó darle placer a Tere, se lo merecía, pero me resultaba raro masturbarla, incluso para mí. Juan la sometía a un vaivén frenético, y ella se volvió a tocar el clítoris mientras me miraba con los ojos algo perdidos, haciendo que mi pasión fraternal pudiese más que el resto de pudor que me quedaba. Le puse una mano en el muslo, cerca de su sexo y con la otra le acaricié un pecho, y ella enseguida se cogió el pezón del otro. Yo creo que sus gemidos se tenían que oír en todo el barrio.
Saqué la polla y puse a mi hermana a cuatro patas, con el culo bien en pompa. Unas gotas le salían de la vulva y se acumulaban en el clítoris. Nunca había visto un chocho tan mojado. Me dieron ganas de chuparlo, pero me contuve cambiándolo con un buen mamazo a la verga de Juan. El coño de mi hermana sabía más dulce que el mío y tenía un efecto afrodisíaco que me recorría todo el cuerpo. Su coño, con los labios bien abiertos, recibió con facilidad la polla que metí en él. Mientras Juan la follaba, abrí los glúteos de Tere, para deleite de mi marido. Apoyó sus manos junto a las mías, pero cogí su pulgar, me lo llevé a la boca, y después de chuparlo lo coloqué sobre su ano.
Juan estaba alucinando. Escupí sobre su dedo y empezó a meterlo cada vez más. Ver cómo desaparecía la punta dentro de su culo depilado hizo que me corriera mientras me pellizcaba los pezones y gritaba a coro con mi hermana. Juan terminó de introducir todo el dedo y yo volví a poner una mano sobre el culete de Tere, pero metí varios dedos de la otra en su boca, que chupó intensamente. Cogí la mano de Juan, mojé el índice y el anular y lo conduje otra vez al ano. Juan esta vez se mostró pasivo, quería jugar conmigo. Acepté y fui metiendo los dedos y, dirigiendo el movimiento de éstos, empecé a follar el culo de Tere a través de Juan.
— ¿Te gusta así, amor? —le pregunté a Tere.
— Me gustan mucho tus dedos… —ella creyó que eran mis dedos los que la estaban sodomizando. Le cogí un pecho y aumenté el ritmo en su culo.
— Eres muy puta, amor mío, y Juan quiere saber dónde tiene que meter la polla —la mano que sujetaba su pecho fue a su boca, de la que sólo salían gemidos. Al final oímos un hilo de voz.
— El culo, métemela por el culo… —era un gemido mezclado con una petición desesperada— toda por el culo… —y Juan se la fue metiendo hasta que entró entera.
Las embestidas de Juan no cesaban y yo me corrí otra vez viendo el agujero de Tere rodeando la verga de mi marido. Y además Tere empezó a hablar como una zorra.
—Me gusta mucho tu polla… me gusta tener tu polla en el culo… más fuerte… abrémelo… joder, así, fuerte… soy tu perra, fóllame como a una perra…
Me puso tan cachonda que la saqué y me puse también a cuatro patas, esperando mi dosis. La verga era mía y la corrida también tenía que serlo. No iba a dejar a Tere llevarse todo el premio. Ella se dio la vuelta y chupó el rabo mientras me metía el índice en el culo. No se andaba a medias tintas, y además pensaba que había sido yo quien la penetró al principio. Ella fue dirigiendo la introducción de la verga, lubricando con su saliva el proceso. Tener la polla de mi marido entrando y saliendo de mi culo me hizo gemir y llorar. Me tocaba el clítoris, y como sabía que me iba a llegar otro orgasmo quise que me lo diese todo.
— Córrete, dámelo, córrete dentro —él apenas podía ir más rápido, agotado como estaba—. ¿O quieres correrte en Teresa? ¿en su culo? Hazlo cariño… ¡Espera! Ven, abre la boca, puta…
— ¡Joder, me voy! —eso ya era mucho para el pobre.
Saqué la polla del culo, pero Tere me la quitó y se la metió en la boca. Empezó a chupar mientras se la cogía con las dos manos. Yo me puse de rodillas junto a ella, esperando mi turno para comerle el rabo a mi campeón, pero ella no lo soltaba y me miraba desafiante. Apenas me dejó cogerle la verga sólo cuando ella estaba acabando y, finalmente, sin darme tiempo, me agarró la cara abriéndome la boca, dejando caer el semen de mi marido. Estaba como paralizada, pero me lo tragué. Dejó caer algo más y cayó en la mejilla, así que lo recogió con un dedo y me lo metió en la boca. Luego llegó el resto que le quedaba, y muy lentamente iba fluyendo a mi boca. Pero esta vez no lo tragué. Intercambiamos la postura y le devolví el semen mezclado con mi saliva, nuestras salivas. Cuando no quedaba más, cerré la boca, salivé un poco más y lo dejé caer. Sé que ella esperaba que la besara, pero no lo hice.
Aquella noche Teresa durmió con nosotros. Dejamos a Juan en medio. Me desperté muy de madrugada. Estaban durmiendo, así que silenciosamente palpé la polla de Juan. Una vez localizada, me metí bajo las sábanas y empecé a hacerle una mamada, muy lenta, buscando su erección. Cuando la tuve, hice que saliera de su duermevela y lo puse de lado, hacia mi hermana, que dormía dándole el trasero a Juan. Este dejó que mi mano llevase la polla al coño de Tere y me di la vuelta. Recuerdo que me desperté al cabo y ahí estaba él, follándosela de rodillas con ella tumbada de lado, mirando hacia mí, en un jadeo ahogado. Era como si él estuviese viviendo un orgasmo perpetuo y estuviese en piloto autómatico.
— A la perra le gusta tu polla —dije.
— Siiii… Me gusta tener tu polla en mi culo —dijo Tere mirando a Juan. Conocía bien a mi esposo, seguramente tenía la verga bien dura, pero le iba a costar eyacular, y la muy zorra no iba a dejarlo descansar… pero yo tampoco iba a dejar a mi hermana a medias. Era hipnótico verlos follar en silencio, envueltos en sudor. Teresa me cogió una mano y se la llevó a su pecho. Me hizo cogerle los pezones, gimió y me habló—. Seré vuestra puta, tu puta… —no le llegaba el aire— joder, seré vuestra perra…
— No eres nuestra puta, eres mi puta, y follarás cómo y cuándo te diga. Esa verga la tienes en tu culo porque es mi verga ¿de acuerdo? —afirmó con la cabeza y acercó su boca a la mía, dándome un beso que casi se me parte el alma. Su lengua sabía a sexo y su aliento, que llegaba de lo más hondo, era un gemido acompasado a los pollazos de Juan.
El beso duró lo que aguantó Juan sin eyacular con el plus de ver a su mujer besar y acariciar a su propia hermana…
30.8.18
En la cocina
Mi marido y yo salíamos de cena esa noche y el tiempo se me echaba encima, como siempre. Por si fuera poco, Juan salía tarde del trabajo y tenía el tiempo justo para venir a recogerme y llegar a la recepción. Para evitar más retrasos, me duché, me pinté y me medio vestí antes de meterme en la cocina para dejarle la cena lista a mi hijo. El era perfectamente capaz de cuidarse solo pues había estado viviendo en el extranjero gracias a la beca, pero a mí me gustaba que en casa se sintiese como un rey.
Estábamos en la cocina, yo entre fogones y Pedrito con el móvil. Hablábamos de su nueva amiga, de su ex novia, de cómo afrontaría el nuevo año. La conversación no era fluida, pues yo estaba pendiente de la comida y él de la pantalla del teléfono. Mientras daba vueltas al sofrito con la cuchara pensé en la lencería negra que llevaba puesta y en que se me podían romper las medias si me salpicaba aceite hirviendo. Me gusta ir guapa a las reuniones de amigos y como iba a llevar un vestido con una buena ranura lateral hasta el muslo, quise ponerme sexy para mi marido. Así sabía que esa noche tendría mi ración de Juan. No negaré también que siento cierto morbo cuando pillo a nuestros amigos, o amigas, mirándome el culo o el escote, y Juan también se pone cachondo cuando se da cuenta de que me miran así.
Pues eso, pensaba en la lencería y en cómo le pone a Juan, y empecé a ser consciente del roce del nylon de mis muslos cada vez que me movía. Sentía también los pechos muy bien sujetos por el sostén, su precio lo valía, estaba claro. El liguero apenas me molestaba en las caderas y el culotte realzaba mi querido pandero. Me hacía gracia pensar en el contraste entre mi ropa interior y el batín que usaba en casa a juego con las babuchas con pompón. Me preguntaba qué efecto tendría verme así desde fuera… desde donde estaba mi hijo, por ejemplo… y pensé en si estaba provocando alguna reacción en él, alguna reacción no prevista… no podía ser, el batín me llegaba hasta más abajo de las rodillas… pero se me había subido un poco por el culotte y el delantal… tampoco era para tanto… hasta que noté a Pedrito detrás de mí, muy cerca.
— Estás muy guapa, mamá.
— ¡Muchas gracias! ¿Te gusta? ¡Ya verás cuando me ponga el vestido! Luego estaremos varios días hablando de unos y de otros. Estoy deseando ver a Marga, siempre trae algo espectacular.
— Vas a estar suprema —tan cerca estaba que me puso las manos en la cintura, y pudo palpar el liguero a través de la bata— ¿Qué llevas ahí?
— ¿Qué quieres que lleve? Tu madre cuando se arregla cuida hasta el último detalle.
— ¿Pero qué es? —el pobrecito mío no podía imaginarse la lencería que gastaba.
— Un liguero… —lo estaba viendo venir, y llegó. Rozó su pene en mi culo. Hice como si nada, pero el rozamiento seguía y me puse más severa—. Vete a la mesa, no seas pesado.
Habíamos tenido unos meses muy tranquilos pero mi relación con mi hijo era como una herida sin cerrar, un bucle que parecía no tener fin. No quería girarme. Yo seguía con mis platos, pero sabía lo que él estaba haciendo, lo que estaba haciendo con su pene.
— Mamá…
— Dime…
— No quiero que te enfades… —podía oír el ruido que su mano hacía al mover la verga.
— Ya sabes lo que tienes que hacer, cariño, sé bueno. En cualquier momento viene tu padre y nos vamos corriendo —pero seguí oyendo cómo se masturbaba.
— ¿Por qué no me enseñas un poco más?
— ¿Más que?
— Tu lo sabes, tus piernas… más arriba…
— Hijo, que no. No es el momento —mi subconsciente me estaba traicionando— ¡no habrá ese momento! —yo sola cada vez me liaba más, qué torpe fui. Me giré. Como esperaba, estaba con la verga fuera—. ¡Vamos Pedrito! Por favor…
Y Pedrito no paró. Volví a darle la espalda e intenté ignorarlo, pero no era posible. Me volvía a sentir culpable por haberlo iniciado en esto. A él le costaba gestionar unos actos difícilmente gestionables, y a pesar de todo, tenía que reconocer que el chico había sabido estar muy correcto últimamente.
— Mamá… sólo un poco…
Así que, o bien hacía sentir más culpable a mi hijo por un error mío de cálculo, o bien le permitía terminar su masturbación y postergaba una buena charla con él. Entre mis sentimientos encontrados había uno, uno en concreto, que había humedecido mis braguitas, así que me dejé llevar por mi instinto. Me levanté un poco la bata, y le mostré mis muslos, envueltos por mis medias. Apagué el fuego y dejé que me mirara. Ya no cocinaba, pero no dejé de moverme mientras le daba la espalda, sabía que eso le pondría como una moto.
— Un poco más, por favor, más arriba…
Me subí la bata lentamente. Primero enseñé el fin de las medias, después mi culo, y cuando ya lo había mirado bien, me subí la bata hasta las costillas, para que viese el liguero. Oía cómo se masturbaba más rápido. Dejé el culo ligeramente en pompa, para hacerlo más esbelto, pero él se acercó y su pene fue directo a mis cuartos traseros. El culotte impidió que me penetrara. Me enfadé y me di la vuelta, empujándolo.
— Si quieres follar, búscate una novia. ¡A mí no me vuelvas a hacer eso!
Pero él volvió, intentando besarme a la vez que trataba bajarme las braguitas. Intenté zafarme pero él estaba ido. Tenía que pararlo como sea.
— ¡Ya está bien! —siguió, así que me puse cariñosa—. Déjame a mí, amor —le puse mis manos sobre su pecho y conseguí que aflojara.
En ese momento le di un tortazo que tuvo que dejarlo con buen pitido en los oídos. Le agarré la verga y le clavé las uñas. La otra mano hizo lo mismo con sus testículos.
— ¿Vas a estar tranquilito? —hinqué las uñas.
— Sí, sí.
— ¿Querías violarme? —estaba muy enojada, y avergonzada por él. Siempre había estado muy orgullosa de mi hijo, y esa no era la educación que le había dado. ¿Qué le había pasado? — esto es… pero cómo… —seguía con su pene en la mano, incrédula por su actitud— ¿qué te pasa?
— Perdona, he entendido mal todo —estaba a punto de llorar—. Yo no te haría daño, mamá —se le veía destrozado, no tuve más remedio que creerle, pero seguía enojada, las uñas clavadas en su miembro—. Me he portado bien este tiempo ¿verdad?, a pesar de que tú…
— ¿Yo? ¿Yo qué? —me volvió a enfadar.
— Bueno, que no te cortas un pelo, vas sin sujetador, o solo en sujetador, o como hoy que…
— ¡En mi casa voy como se sale del coño! —lo que me hizo enfadar más fue que algo de razón tenía. No quería reconocerlo, pero quería que mis dos hombres me vieran sexy. Algo totalmente contraproducente con Pedrito, lo reconozco, pero aún así no tenía que haberse echado encima mía.
—Ya, pero cuando estás con papá tampoco te cortas —lo miré extrañada—. Gritas mucho cuando follas, mamá —le dejé de clavar las uñas—. Y dices muchas cochinadas, es que te gusta mucho —sin darme cuenta empecé a mover la mano de la polla, recorriendo levemente su piel.
— Pero no puedes comportarte así.
— Creía que estabas juguetona, mamá. Estos meses no te he molestado, y pensé que me echabas de menos.
— Tienes que aprender a leer las señales, cariño. No puedes hacer eso. ¡Jamás!
— Sé que lo he hecho mal, mamá, de verdad —estaba muy avergonzado y le di un beso en la mejilla.
Quise hacer las paces, y como su rabo no había disminuido, no se me ocurrió nada mejor que terminarle la manola. Me pareció que había aprendido la lección. En la casa cada uno tenía sus lugares y costumbres, y yo sabía perfectamente cuándo se masturbaba y me daba pena cuando estaba solo haciendo eso.
Apoyé el culo en la encimera, le cogí la verga con las dos manos y empecé a masturbarlo.
— Mami quiere hacer las paces contigo ¿de acuerdo?
— Sí mamá, gracias mamá.
— ¿Quieres ver la lencería que llevo puesta? A cambio te tengo que masturbar más rápido, que puede venir tu padre… si nos pilla así no sabría darle una explicación —se sonrió.
Me quité el delantal y me desabroché la bata, que dejé caer. Le seguí masturbando con las dos manos, a cada movimiento, mis pechos se encogían y se expandían en el sostén.
— Echaba de menos tener tu polla en mis manos, amor. ¿María te la cogía así?.
— Cómo puedes comparar. Eres una diosa, mamá. Estaría así toda la vida —me hacía una idea.
— Eso quisieras… pero hoy no.
Se me ocurrió lubricar bien el pene para masajearlo a placer sin hacerle daño. Cogí un poco de aceite de oliva y lo froté en la palma de mis manos. Aquello resbalaba que daba gusto. Cada vez que recorría su verga con esa fluidez, me imaginaba tenerla dentro de mí, entrando y saliendo.
— ¿Sigues pensando en mí cuando te masturbas?
— Sí, casi siempre.
— Eres muy guarro, mi amor.
— No creo que aguante mucho a ese ritmo, mamá.
— No quiero que aguantes nada, cariño, me lo tienes que dar todo. Sólo tienes que avisarme.
Lo vi estirarse levemente. Realmente le faltaba poco, pero al ver mis manos engrasadas volví a ceder a mis impulsos. Me puse de rodillas ante él, y coloqué el glande justo a la entrada de mi boca abierta. Mientras que seguía masturbándolo con una mano, la otra pasó por sus testículos y el índice acabó a la entrada de su culo. En un acto reflejo cerró los glúteos.
— Relájate, cariño, déjame hacer.
— ¡Mamá! ¡No! —pero yo no quité el dedo y él seguía tenso.
— Haz caso a mami. Antes querías tenerme y ahora no quieres que te tenga, no es justo, amor —volví a clavarle las uñas en el pene, sólo un poco—. Abre el culo.
— ¡Mamá! —hinqué más las uñas y él relajó los glúteos. Sabía que yo no le haría daño, pero le di la excusa perfecta para que se dejara hacer.
Moví la mano masturbadora recorriendo todo el falo, lentamente, para relajarlo. Luego empecé a meter la punta del dedo. Poco a poco.
— Así amor, dáselo todo a mamá.
Sin darme cuenta, el dedo estaba casi dentro, así que lo saqué y metí el índice y el anular, que también entraron fácilmente. Pedrito estaba muy confuso. Yo empecé a meter y sacar los dedos mientras lo pajeaba. La boca esperando su leche.
— Tienes la polla más dura que nunca… me haces sentir muy puta… no entiendo cómo me puede dar tanto placer hacerte una paja… tengo muchas ganas de llenarme la boca con el semen de mi niño… —quería ponerlo lo más cachondo posible, pero sin querer también me estaba calentando yo sola.
Y al final me llenó la boca. Su ano apretaba mis dedos mientras la verga descargaba. No dejé que se saliese ni una gota, me lo iba tragando como podía. El veía lo que me costaba tragar y eso le hizo que eyaculara más aún, realmente le gustaba ver a su madre como una perra. Cuando acabó me puse de pié y me chupé los dedos que habían estado dentro de él.
— Mi casa, mis reglas. Piénsatelo la próxima vez que te hagas el encontradizo conmigo, amor.
— Sí mamá.
Fue ponerme la bata y llegar Juan. Nos fuimos corriendo al restaurante y llegamos a tiempo. Esa noche follamos mucho, pero sólo por esa vez intenté no gritar mientras me penetraba. Si Pedrito no había sabido gestionar mi relación con él, menos supo digerir mis dedos en su culo, así que no volvió a sacarse el pene delante mía… hasta el día que se lo pedí. Pero eso es otra historia.
Estábamos en la cocina, yo entre fogones y Pedrito con el móvil. Hablábamos de su nueva amiga, de su ex novia, de cómo afrontaría el nuevo año. La conversación no era fluida, pues yo estaba pendiente de la comida y él de la pantalla del teléfono. Mientras daba vueltas al sofrito con la cuchara pensé en la lencería negra que llevaba puesta y en que se me podían romper las medias si me salpicaba aceite hirviendo. Me gusta ir guapa a las reuniones de amigos y como iba a llevar un vestido con una buena ranura lateral hasta el muslo, quise ponerme sexy para mi marido. Así sabía que esa noche tendría mi ración de Juan. No negaré también que siento cierto morbo cuando pillo a nuestros amigos, o amigas, mirándome el culo o el escote, y Juan también se pone cachondo cuando se da cuenta de que me miran así.
Pues eso, pensaba en la lencería y en cómo le pone a Juan, y empecé a ser consciente del roce del nylon de mis muslos cada vez que me movía. Sentía también los pechos muy bien sujetos por el sostén, su precio lo valía, estaba claro. El liguero apenas me molestaba en las caderas y el culotte realzaba mi querido pandero. Me hacía gracia pensar en el contraste entre mi ropa interior y el batín que usaba en casa a juego con las babuchas con pompón. Me preguntaba qué efecto tendría verme así desde fuera… desde donde estaba mi hijo, por ejemplo… y pensé en si estaba provocando alguna reacción en él, alguna reacción no prevista… no podía ser, el batín me llegaba hasta más abajo de las rodillas… pero se me había subido un poco por el culotte y el delantal… tampoco era para tanto… hasta que noté a Pedrito detrás de mí, muy cerca.
— Estás muy guapa, mamá.
— ¡Muchas gracias! ¿Te gusta? ¡Ya verás cuando me ponga el vestido! Luego estaremos varios días hablando de unos y de otros. Estoy deseando ver a Marga, siempre trae algo espectacular.
— Vas a estar suprema —tan cerca estaba que me puso las manos en la cintura, y pudo palpar el liguero a través de la bata— ¿Qué llevas ahí?
— ¿Qué quieres que lleve? Tu madre cuando se arregla cuida hasta el último detalle.
— ¿Pero qué es? —el pobrecito mío no podía imaginarse la lencería que gastaba.
— Un liguero… —lo estaba viendo venir, y llegó. Rozó su pene en mi culo. Hice como si nada, pero el rozamiento seguía y me puse más severa—. Vete a la mesa, no seas pesado.
Habíamos tenido unos meses muy tranquilos pero mi relación con mi hijo era como una herida sin cerrar, un bucle que parecía no tener fin. No quería girarme. Yo seguía con mis platos, pero sabía lo que él estaba haciendo, lo que estaba haciendo con su pene.
— Mamá…
— Dime…
— No quiero que te enfades… —podía oír el ruido que su mano hacía al mover la verga.
— Ya sabes lo que tienes que hacer, cariño, sé bueno. En cualquier momento viene tu padre y nos vamos corriendo —pero seguí oyendo cómo se masturbaba.
— ¿Por qué no me enseñas un poco más?
— ¿Más que?
— Tu lo sabes, tus piernas… más arriba…
— Hijo, que no. No es el momento —mi subconsciente me estaba traicionando— ¡no habrá ese momento! —yo sola cada vez me liaba más, qué torpe fui. Me giré. Como esperaba, estaba con la verga fuera—. ¡Vamos Pedrito! Por favor…
Y Pedrito no paró. Volví a darle la espalda e intenté ignorarlo, pero no era posible. Me volvía a sentir culpable por haberlo iniciado en esto. A él le costaba gestionar unos actos difícilmente gestionables, y a pesar de todo, tenía que reconocer que el chico había sabido estar muy correcto últimamente.
— Mamá… sólo un poco…
Así que, o bien hacía sentir más culpable a mi hijo por un error mío de cálculo, o bien le permitía terminar su masturbación y postergaba una buena charla con él. Entre mis sentimientos encontrados había uno, uno en concreto, que había humedecido mis braguitas, así que me dejé llevar por mi instinto. Me levanté un poco la bata, y le mostré mis muslos, envueltos por mis medias. Apagué el fuego y dejé que me mirara. Ya no cocinaba, pero no dejé de moverme mientras le daba la espalda, sabía que eso le pondría como una moto.
— Un poco más, por favor, más arriba…
Me subí la bata lentamente. Primero enseñé el fin de las medias, después mi culo, y cuando ya lo había mirado bien, me subí la bata hasta las costillas, para que viese el liguero. Oía cómo se masturbaba más rápido. Dejé el culo ligeramente en pompa, para hacerlo más esbelto, pero él se acercó y su pene fue directo a mis cuartos traseros. El culotte impidió que me penetrara. Me enfadé y me di la vuelta, empujándolo.
— Si quieres follar, búscate una novia. ¡A mí no me vuelvas a hacer eso!
Pero él volvió, intentando besarme a la vez que trataba bajarme las braguitas. Intenté zafarme pero él estaba ido. Tenía que pararlo como sea.
— ¡Ya está bien! —siguió, así que me puse cariñosa—. Déjame a mí, amor —le puse mis manos sobre su pecho y conseguí que aflojara.
En ese momento le di un tortazo que tuvo que dejarlo con buen pitido en los oídos. Le agarré la verga y le clavé las uñas. La otra mano hizo lo mismo con sus testículos.
— ¿Vas a estar tranquilito? —hinqué las uñas.
— Sí, sí.
— ¿Querías violarme? —estaba muy enojada, y avergonzada por él. Siempre había estado muy orgullosa de mi hijo, y esa no era la educación que le había dado. ¿Qué le había pasado? — esto es… pero cómo… —seguía con su pene en la mano, incrédula por su actitud— ¿qué te pasa?
— Perdona, he entendido mal todo —estaba a punto de llorar—. Yo no te haría daño, mamá —se le veía destrozado, no tuve más remedio que creerle, pero seguía enojada, las uñas clavadas en su miembro—. Me he portado bien este tiempo ¿verdad?, a pesar de que tú…
— ¿Yo? ¿Yo qué? —me volvió a enfadar.
— Bueno, que no te cortas un pelo, vas sin sujetador, o solo en sujetador, o como hoy que…
— ¡En mi casa voy como se sale del coño! —lo que me hizo enfadar más fue que algo de razón tenía. No quería reconocerlo, pero quería que mis dos hombres me vieran sexy. Algo totalmente contraproducente con Pedrito, lo reconozco, pero aún así no tenía que haberse echado encima mía.
—Ya, pero cuando estás con papá tampoco te cortas —lo miré extrañada—. Gritas mucho cuando follas, mamá —le dejé de clavar las uñas—. Y dices muchas cochinadas, es que te gusta mucho —sin darme cuenta empecé a mover la mano de la polla, recorriendo levemente su piel.
— Pero no puedes comportarte así.
— Creía que estabas juguetona, mamá. Estos meses no te he molestado, y pensé que me echabas de menos.
— Tienes que aprender a leer las señales, cariño. No puedes hacer eso. ¡Jamás!
— Sé que lo he hecho mal, mamá, de verdad —estaba muy avergonzado y le di un beso en la mejilla.
Quise hacer las paces, y como su rabo no había disminuido, no se me ocurrió nada mejor que terminarle la manola. Me pareció que había aprendido la lección. En la casa cada uno tenía sus lugares y costumbres, y yo sabía perfectamente cuándo se masturbaba y me daba pena cuando estaba solo haciendo eso.
Apoyé el culo en la encimera, le cogí la verga con las dos manos y empecé a masturbarlo.
— Mami quiere hacer las paces contigo ¿de acuerdo?
— Sí mamá, gracias mamá.
— ¿Quieres ver la lencería que llevo puesta? A cambio te tengo que masturbar más rápido, que puede venir tu padre… si nos pilla así no sabría darle una explicación —se sonrió.
Me quité el delantal y me desabroché la bata, que dejé caer. Le seguí masturbando con las dos manos, a cada movimiento, mis pechos se encogían y se expandían en el sostén.
— Echaba de menos tener tu polla en mis manos, amor. ¿María te la cogía así?.
— Cómo puedes comparar. Eres una diosa, mamá. Estaría así toda la vida —me hacía una idea.
— Eso quisieras… pero hoy no.
Se me ocurrió lubricar bien el pene para masajearlo a placer sin hacerle daño. Cogí un poco de aceite de oliva y lo froté en la palma de mis manos. Aquello resbalaba que daba gusto. Cada vez que recorría su verga con esa fluidez, me imaginaba tenerla dentro de mí, entrando y saliendo.
— ¿Sigues pensando en mí cuando te masturbas?
— Sí, casi siempre.
— Eres muy guarro, mi amor.
— No creo que aguante mucho a ese ritmo, mamá.
— No quiero que aguantes nada, cariño, me lo tienes que dar todo. Sólo tienes que avisarme.
Lo vi estirarse levemente. Realmente le faltaba poco, pero al ver mis manos engrasadas volví a ceder a mis impulsos. Me puse de rodillas ante él, y coloqué el glande justo a la entrada de mi boca abierta. Mientras que seguía masturbándolo con una mano, la otra pasó por sus testículos y el índice acabó a la entrada de su culo. En un acto reflejo cerró los glúteos.
— Relájate, cariño, déjame hacer.
— ¡Mamá! ¡No! —pero yo no quité el dedo y él seguía tenso.
— Haz caso a mami. Antes querías tenerme y ahora no quieres que te tenga, no es justo, amor —volví a clavarle las uñas en el pene, sólo un poco—. Abre el culo.
— ¡Mamá! —hinqué más las uñas y él relajó los glúteos. Sabía que yo no le haría daño, pero le di la excusa perfecta para que se dejara hacer.
Moví la mano masturbadora recorriendo todo el falo, lentamente, para relajarlo. Luego empecé a meter la punta del dedo. Poco a poco.
— Así amor, dáselo todo a mamá.
Sin darme cuenta, el dedo estaba casi dentro, así que lo saqué y metí el índice y el anular, que también entraron fácilmente. Pedrito estaba muy confuso. Yo empecé a meter y sacar los dedos mientras lo pajeaba. La boca esperando su leche.
— Tienes la polla más dura que nunca… me haces sentir muy puta… no entiendo cómo me puede dar tanto placer hacerte una paja… tengo muchas ganas de llenarme la boca con el semen de mi niño… —quería ponerlo lo más cachondo posible, pero sin querer también me estaba calentando yo sola.
Y al final me llenó la boca. Su ano apretaba mis dedos mientras la verga descargaba. No dejé que se saliese ni una gota, me lo iba tragando como podía. El veía lo que me costaba tragar y eso le hizo que eyaculara más aún, realmente le gustaba ver a su madre como una perra. Cuando acabó me puse de pié y me chupé los dedos que habían estado dentro de él.
— Mi casa, mis reglas. Piénsatelo la próxima vez que te hagas el encontradizo conmigo, amor.
— Sí mamá.
Fue ponerme la bata y llegar Juan. Nos fuimos corriendo al restaurante y llegamos a tiempo. Esa noche follamos mucho, pero sólo por esa vez intenté no gritar mientras me penetraba. Si Pedrito no había sabido gestionar mi relación con él, menos supo digerir mis dedos en su culo, así que no volvió a sacarse el pene delante mía… hasta el día que se lo pedí. Pero eso es otra historia.
24.8.18
Volver de la piscina
Desde principios del verano quise poner fin a mis excesos en la sobreprotección de mi hijo. Con ello, creí que mis errores quedarían olvidados como un mal sueño pasajero. Pero claro, a principios de septiembre ocurrió algo que me hizo volver a la realidad. Estábamos los tres en casa, acompañados de mi hermana, su marido y mis sobrinos. Habíamos vuelto de la piscina y nos disponíamos a comer unos pollos asados que habíamos comprado por el camino. Estábamos eufóricos y hambrientos, pero quisimos hacernos una foto de recuerdo antes del festín. Nos juntamos como pudimos e hicimos la foto grupal, que naturalmente salió con la mitad bostezando, movidos o con los ojos cerrados, así que tuvimos que repetir. En esta segunda intentona, mi hijo Pedrito, que me tenía cogida por la cintura, bajó la mano. Noté cómo pasaba de estar en las costillas a bajar hacia el elástico del bikini. A través de la bata de playa, sentí cómo su mano acabó terminando tocando levemente mi culo, volviendo a subir hasta la cintura. La bata me quedó algo subida y me la bajé mientras mantenía estoicamente la cara de foto hasta que pudimos romper filas, y luego miré a mi hijo en un regaño silencioso. No me hacía gracia su atrevimiento, porque indicaba que o no había superado lo sucedido, o que algo barruntaba en su cabeza.
Después de la comida vino la sobremesa y el sopor de la tarde. Yo ya tenía la mosca detrás de la oreja con Pedrito y el caso es que el chico no salía del baño. Como tenemos dos, no había problema por los invitados, pero es que él no salía. Algo estaba haciendo, y me hubiese jugado el brazo a que tenía que ver con su pene. Yo estaba en el sofá, con mi hermana Teresa a un lado y mi cuñado al otro, ambos emitían leves ronquidos, pero yo tenía a mi hijo continuamente en la cabeza. Me incomodaba que se estuviese pajeando con nuestro invitados aquí, con los niños correteando... ¿al menos habría echado el pestillo? Mientras veía la televisión, pensaba en que quizás Pedrito había tenido un verano confuso, con los tira y afloja con María, los exámenes finales, y que quizás yo me había pasado un poco. Me vino otra vez la fuerza protectora. Si estaba haciendo lo yo que creía que estaba haciendo, sin esperar a tener un poco de intimidad, es que estaba sufriendo una mala época, posiblemente por mi culpa. Y si no era así, era yo la que estaba teniendo un berrinche por nada. Así que decidí ver qué pasaba.
El pestillo del baño se puede abrir por fuera con un alfiler, así que con decisión, metí el alambre, sonó la liberación del pestillo, abrí, entré y cerré. Allí estaba, masturbándose frente al lavabo.
— ¡Mamá!
— Perdona, hijo —tuve un deja-vu, pero ahora había mucho enojo en mí—. ¡No me lo puedo creer! ¡Ahí al lado está Tere con los niños! ¡Tu padre! ¡Ramón! ¿A qué estás jugando?
Pedrito mantuvo la mirada hacia abajo. Con el pene aún en la mano. Mi primer pensamiento fue echar otra vez el pestillo, por si entraba alguien y lo pillaba así. Se me adelantó en el pensamiento.
— Pero yo puse el pestillo…
Me acerqué a la puerta y la aseguré, pero al darme la vuelta él movía la mano muy lentamente. Se estaba masturbando delante de mí, como si fuera un mono. Con la mirada gacha, no me miraba a los ojos, y menos mal, porque si lo llega a hacer le arranco las orejas.
— Al menos podrías esperar a la noche, en tu cuarto —se siguió tocando lentamente. Quedó claro que estaba decidido a llegar hasta el final, y que estaba esperando que le dejase en paz—. ¡Joder, Pedrito, estoy aquí, podrías parar! —pero no paró.
Yo me quedé mirándolo con los brazos en cruz. Vaya situación más ridícula. La verga se le empezó a hinchar, su mano la recorría sin llegar al glande, tomándose su tiempo. Me impacienté.
— Pues no te quedes aquí toda la tarde, ¡termina! —me quedé plantada, sabiendo lo antisexual que es tener a tu madre delante mientras te masturbas. Pero él siguió con la paja, mirando lascivamente mi cuerpo. ¡Joder, si antes por poco me coge el culo a placer! ¡Qué tonta había sido! Y ahora miraba mi boca, pero se volvió a avergonzar.
— Perdona mamá, pero llevo así todo el día, necesito centrarme, necesito terminar… —me conmovió— sal, acabo enseguida, te lo prometo.
— No puedes volver a hacer esto, cariño —le acaricié la mejilla—. Hay cosas que hay que dejar en la intimidad… —pero Pedrito ya no escuchaba mi voz. Cogió mi mano e intentó llevarla a la verga, me aparté—. ¡Me voy!
— No, mamá, por favor, no te vayas —me dirigí a la puerta—. Por favor…
Me daba mucha lástima y me sentía culpable, así que me volví hacia él, sin un plan. Este seguía con la masturbación, mirándome los pechos ahora. Se me vino a la cabeza las veces que este verano le había pedido a mi marido que me pellizcara los pezones, que tirara de ellos mientras me tragaba su pene, mientras me montaba. Y todo porque me humedecía cada vez que me acordaba de cuando mi Pedrito me tocó. La última vez que me corrí así fue hace dos noches, yo estaba sentada sobre mi marido, con la verga recién descargada dentro de mi vagina y me estuve frotando el clítoris como una loca mientras me apretaba un pezón con una mano y el otro estaba entre los dientes de Juan. En cuando imaginé que el semen que sentía dentro no era de mi marido, sino de nuestro hijo, me corrí como nunca, mojando el vientre de Juan. Luego llevé mi vulva a su boca y… en definitiva, si yo tenía sueños húmedos con mi hijo, tenía que aceptar que él los tuviese conmigo. Pero no me gustaba aquello.
Seguía mirándolo con los brazos cruzados. El me miraba ahora hacia abajo, hacia mis piernas. Pero lo único que podía ver eran mis rodillas, que era lo que mostraba mi bata. Yo me impacientaba, pues si alguien nos veía salir podían hacer preguntas incómodas.
— Sólo un poco —me dijo, mirando mis piernas. Me volví a enfadar otra vez, pero el recuerdo del polvo con mi marido me hizo ser comprensiva. Me subí el vestido hasta los muslos. El empezó a masturbarse con más rapidez, los ojos se le iban a salir. A mí, el roce del vestido al subir, y estar envuelta en esa sordidez me estaba haciendo humedecer el bikini—. ¡Gracias, mamá!
Tenía que animarlo para acabar lo antes posible. Por mi parte, mi apetito lo podía satisfacer con Juan esa misma noche. Acerqué a mi hijo y lo puse de rodillas, para que su cara estuviese a un palmo de mi sexo. Creo que incluso Pedrito podía olerlo. Dejé que me mirara a placer. Yo también me miraba sosteniendo la falda por los laterales y me estaba poniendo más cachonda aún, mirando mis piernas y pensando en que Pedrito eyaculara sobre ellas. Me subí más el vestido y se quedó con la mirada fija en el bikini pegado a mi rajita. Creo que también estaba algo mojado. Fui a decirle algo subido de tono, pero me fijé que la mano masturbadora tenía algo, como un trozo de tela que era con lo que se frotaba. Lo paré y le abrí el puño, mostrando unas braguitas mías. ¡Las había puesto en el saco de la ropa sucia hacía dos días! Se estaba pajeando con mis braguitas sucias.
— ¿Y esto? ¿Me estás acosando?
— No, no, no.
— ¿Pero cómo eres capaz de revolver en mis cosas? —mientras hablaba, más pena me daba mi hijo. Tendría que haberme dado cuenta antes… igual no lo conocía tan bien.
— ¡No, no! Estaba ahí, en el cesto. Yo no tocaría tus cosas —a mí, en cambio, me puso cachonda pensar en él tocando mis juguetes.
— ¡Pero es que está sucia! —le quité las braguitas y me la llevé a la nariz. Olía a orín, a flujo, a culo y a ropa sucia— ¡Cómo se te ocurre!
Oler mi culo también causó que me excitara un poco más. La otra noche, Juan, después de darme por detrás, me pasó el pene por la boca y ese olor hizo que me pusiese como un animal en celo, y ahora volvía a sentir lo mismo. Pero no podía consentir que mi hijo se expusiese a algún tipo de infección en la colita. Tiré las braguitas al saco de la ropa sucia y me quité la parte de abajo del bikini. Lo olí, recibiendo el aroma de mi sexo mezclado con el cloro de la piscina. Se lo puse a Pedrito en la nariz.
— Esto sí huele a coño y está limpio.
Se lo puse en la mano y se la llevé otra vez a la verga, que estaba muy hinchada. Empezó a masturbarse. Yo me volví a levantar la falda y dejé que se pajeara mirando mi sexo depilado. Se me ocurrió animarlo más, para que acabara pronto. Le agarré del pelo e hice que me mirara y le hablé en voz baja.
— ¿Quieres correrte sobre mí, echar tu leche sobre mí?
— Sí, mamá.
— Hazlo, cariño, córrete sobre mamá —él estaba en éxtasis, seguramente llevaba tiempo deseando oírme hablar así—. Mamá vuelve a ser tu puta… tu puta particular… —qué ganas tenía de tocarme yo también— mírame el coño, mi amor. Mírame las piernas —puso una mano sobre mi muslo, pero se la aparté—, no me puedes tocar, cariño, no te he dado permiso. ¿De verdad quieres tocarme, mi vida?
— Sí, sí —me di la vuelta, levantando el culo, lo puse en pompa, abriéndolo para que viese mi vagina y mi ano.
— No me puedes tocar. Hoy no, pero puedes eyacular sobre mí. Mami quiere tu leche sobre ella.
Pero Pedrito no se corría y empecé a pensar que lo hacía a propósito. Me puse frente a él y le cogí las bragas del bikini y usándolas como un guante, empecé a masturbarlo, pero con un ritmo más alegre de lo que estaba haciendo él.
— Al final has hecho que tu putita te coja la verga… —recorrer su buena polla con el bikini entre los dedos no era tan mala idea, iba muy suave— era esto lo que querías ¿no? —yo hablaba sin esperar a que él respondiese, yo sólo miraba su pene— parece que hoy ya te has pajeado, está muy gordota pero no quiere escupirme. ¿Es eso? ¿Ya te habías tocado? ¿dónde, en la piscina? hoy no había mucha gente, ¿qué ha pasado hoy?
— Habían dos chicas…
— Las suecas esas… sí, una tenía unos pechos enormes… —empecé con mis historias mientras lo masturbaba— una vez una amiga me enseñó sus tetas, eran más grandes que las de la sueca, eran ubres. Me dejó jugar con ellas, de broma. Intentaba abarcar una de ellas con las dos manos, no podía, luego la otra. La sostenía, pero se me escapaban y caían. Cuando vi que mi amiga se empezaba a poner colorada, dejé de jugar y me llevé el enorme pezón a la boca...
— También vi a Ramón con la polla bien gorda mientras os miraba a ti y a las suecas, a la entrada del vestuario. Se estaba tocando —eso no me lo esperaba.
— ¿No estaría mirando a Tere?
— No, os miraba a las tres. Me puso muy cachondo pensar que papá y Ramón te follaban uno detrás de otro, o a la vez.
— ¡Pero no me tiro a tu tío!
— Me lo supongo, pero yo cogí un gran calentón, mamá. Me masturbé allí. Mirándote, bueno a ti y a las mujeres que había allí.
— ¿Te tocaste así? —la polla estaba muy dura, y empecé a usar las dos manos—. ¿Y no te quedaste tranquilo?
— Sí, pero luego ahí, entre vosotras… y pensando en la paja que me había hecho casi en público… me volví a excitar… había otros hombres mirándote, mamá. Luego, cuando llegamos a casa y te pegaste a mí para la foto, no pude evitar tocarte, para sentir que nuestro secreto fue real. La polla me estaba volviendo loco y necesitaba descargar otra vez.
Había dejado de masturbarlo. El pobre estaba muy salido, las hormonas no le dejaban pensar con claridad. Le di un beso en la mejilla. Me puse de rodillas frente a él y me llevé el bikini a la nariz. Esta vez olía a polla y coño. Busqué la zona más mojada de la tela y la lamí. Luego pasé la lengua por los dedos y empecé a masturbarlo con las manos desnudas y con más rapidez. No quería que se sintiera culpable por lo que sentía, así que tenía que hacerle ver que su deseo provenía de la lascivia su madre. Al fin y al cabo, yo inicié este problema.
— Mami quiere oírte decir que es tu puta, cariño.
— Eres mi puta, mamá.
— Sí, cariño, lo soy. Por eso me gusta tanto tener tu polla entre mis manos… —intentó acercar la verga a mi boca, pero lo volví a evitar. A cambio le conté una de mis historias— una vez Tere me dejó un vestido suyo de cuando tenía algo más de peso. Me quedaba como un guante, y a cambio de hacerme los pechos más bonitos, resaltaba mucho mi culo. Me costaba mucho andar con él, pero me lo puse ese mismo día y nos fuimos los cuatro de copas. Tere y tu padre se fueron a bailar y me fui con Ramón a dar una vuelta por el jardín de la discoteca. Me habló del vestido. Me dijo que le había hecho el amor muchas veces a Tere con el vestido puesto, en otras palabras, que se le ponía dura en cuanto veía a Tere embutida en él —a la polla de mi hijo también le gustaba el relato—. Que me veía a mí puesto con él y que aún me sentaba mejor que a mi hermana. Que si la suerte que tenía Juan…
— Es que estás muy buena, mamá —ya empezaba a jadear mi chico.
— Me habló de un botón que estaba disimulado en el vestido y que yo creía que era de adorno. Estaba en la axila y dejé que lo desabrochara. Mi pecho salió por él. No llevaba sujetador, porque el vestido no lo necesitaba. Nos reímos. Pero colocarlo otra vez era más complicado, así que sólo pudimos hacerlo con Ramón sujetándome una teta y yo abrochando el botón. Tras un silencio, Ramón desabrochó otro botón que estaba al otro lado. Salió el otro pecho, y yo me quedé quieta, me había gustado antes cuando me tocó el pecho —la polla de mi Pedrito ya estaba a punto de regalarme su leche—, y esperé a que tu tío volviera a quitar el primer botón. Me estuvo sobando los pechos y me comió los pezones. ¿Te hubiese gustado ver cómo otro hombre le come las tetas a mamá?
— Sí, sí, sí.
— Me hubiera gustado que lo vieras, amor. Y que tú también me las hubieras comido. Yo me puse muy cachonda y me remangué el vestido, ofreciéndole mi trasero al tito, y me la metió bien dentro.
— ¿Te la metió por el culo? —a mi niño le daba igual si la historia era real o inventada, tal era el calentón que tenía y que yo me estaba encargando de apagarlo.
— Me la metió por el coño, amor mío. Me embestía muy duro, tenía la polla tan dura como la que tienes ahora, como la que tengo en mis manos. Las pollas tan grandes como las vuestras me vuelven muy zorra, no puedo evitarlo. Casi me faltaba el aire del goce que tenía y él estaba como un toro cegado por el vestido —la polla de mi Pedrito estaba a puntito de caramelo—. En realidad, cuando le ofrecí mi trasero, tenía cierta fantasía de que me la metiera por el culo, en el jardín, a expensas de que nos viera alguien.
Me puse de pie y me di la vuelta, subiendo la bata. Coloqué la polla de Pedrito entre los glúteos, de forma que el rabo quedase a la altura de mi ano.
— Córrete, amor mío. Córrete sobre mí. Déjame sentir el semen en mi culo.
Pedrito se empezó a masturbar con mi trasero, con su rabo entre mis glúteos, y pasando el glande sobre el ojete de forma frenética. Algunas veces se quedaba enganchado, pero volvía al frotamiento. A pesar de la estimulación que estaba recibiendo en el ano, estaba sufriendo por si intentaba metérmela por alguno de mis agujeros, pues se la iba a sacar inmediatamente con malos modos. Apenas sentí su leche salpicar mi espalda y poco después cómo resbalaba por mi culo. Sin darme la vuelta, le cogí la verga y la puse entre mis muslos, a la altura del sexo y dejé que se moviese como si me estuviese penetrando, dejando que terminase de descargar y, de camino, haciendo que su glande me frotase el clítoris.
— Dámelo cariño, dáselo a mamá… tengo tu leche cayéndome por el culo, amor.
Esperé a que terminara. Luego cogí una toalla que humedecí y le limpié bien la verga. Después me limpió él a mí.
— Esto no puede ser —le dije.
— Pero me da el calentón… —le costó seguir— y luego tú te vuelves tan… tan… puta… —se me erizaron los pezones otra vez.
— Pero comprendes que esto no puede volver a ocurrir, ¿verdad?
— Sí, mamá.
Salimos, y el resto de la jornada transcurrió tal cual. Pero me dejó con la preocupación de haber iniciado algo que el pobre no era capaz de gestionar, y también me sentía culpable con Juan. Si se enteraba, no iba a poder hacerle ver que todo era por Pedrito.
Después de la comida vino la sobremesa y el sopor de la tarde. Yo ya tenía la mosca detrás de la oreja con Pedrito y el caso es que el chico no salía del baño. Como tenemos dos, no había problema por los invitados, pero es que él no salía. Algo estaba haciendo, y me hubiese jugado el brazo a que tenía que ver con su pene. Yo estaba en el sofá, con mi hermana Teresa a un lado y mi cuñado al otro, ambos emitían leves ronquidos, pero yo tenía a mi hijo continuamente en la cabeza. Me incomodaba que se estuviese pajeando con nuestro invitados aquí, con los niños correteando... ¿al menos habría echado el pestillo? Mientras veía la televisión, pensaba en que quizás Pedrito había tenido un verano confuso, con los tira y afloja con María, los exámenes finales, y que quizás yo me había pasado un poco. Me vino otra vez la fuerza protectora. Si estaba haciendo lo yo que creía que estaba haciendo, sin esperar a tener un poco de intimidad, es que estaba sufriendo una mala época, posiblemente por mi culpa. Y si no era así, era yo la que estaba teniendo un berrinche por nada. Así que decidí ver qué pasaba.
El pestillo del baño se puede abrir por fuera con un alfiler, así que con decisión, metí el alambre, sonó la liberación del pestillo, abrí, entré y cerré. Allí estaba, masturbándose frente al lavabo.
— ¡Mamá!
— Perdona, hijo —tuve un deja-vu, pero ahora había mucho enojo en mí—. ¡No me lo puedo creer! ¡Ahí al lado está Tere con los niños! ¡Tu padre! ¡Ramón! ¿A qué estás jugando?
Pedrito mantuvo la mirada hacia abajo. Con el pene aún en la mano. Mi primer pensamiento fue echar otra vez el pestillo, por si entraba alguien y lo pillaba así. Se me adelantó en el pensamiento.
— Pero yo puse el pestillo…
Me acerqué a la puerta y la aseguré, pero al darme la vuelta él movía la mano muy lentamente. Se estaba masturbando delante de mí, como si fuera un mono. Con la mirada gacha, no me miraba a los ojos, y menos mal, porque si lo llega a hacer le arranco las orejas.
— Al menos podrías esperar a la noche, en tu cuarto —se siguió tocando lentamente. Quedó claro que estaba decidido a llegar hasta el final, y que estaba esperando que le dejase en paz—. ¡Joder, Pedrito, estoy aquí, podrías parar! —pero no paró.
Yo me quedé mirándolo con los brazos en cruz. Vaya situación más ridícula. La verga se le empezó a hinchar, su mano la recorría sin llegar al glande, tomándose su tiempo. Me impacienté.
— Pues no te quedes aquí toda la tarde, ¡termina! —me quedé plantada, sabiendo lo antisexual que es tener a tu madre delante mientras te masturbas. Pero él siguió con la paja, mirando lascivamente mi cuerpo. ¡Joder, si antes por poco me coge el culo a placer! ¡Qué tonta había sido! Y ahora miraba mi boca, pero se volvió a avergonzar.
— Perdona mamá, pero llevo así todo el día, necesito centrarme, necesito terminar… —me conmovió— sal, acabo enseguida, te lo prometo.
— No puedes volver a hacer esto, cariño —le acaricié la mejilla—. Hay cosas que hay que dejar en la intimidad… —pero Pedrito ya no escuchaba mi voz. Cogió mi mano e intentó llevarla a la verga, me aparté—. ¡Me voy!
— No, mamá, por favor, no te vayas —me dirigí a la puerta—. Por favor…
Me daba mucha lástima y me sentía culpable, así que me volví hacia él, sin un plan. Este seguía con la masturbación, mirándome los pechos ahora. Se me vino a la cabeza las veces que este verano le había pedido a mi marido que me pellizcara los pezones, que tirara de ellos mientras me tragaba su pene, mientras me montaba. Y todo porque me humedecía cada vez que me acordaba de cuando mi Pedrito me tocó. La última vez que me corrí así fue hace dos noches, yo estaba sentada sobre mi marido, con la verga recién descargada dentro de mi vagina y me estuve frotando el clítoris como una loca mientras me apretaba un pezón con una mano y el otro estaba entre los dientes de Juan. En cuando imaginé que el semen que sentía dentro no era de mi marido, sino de nuestro hijo, me corrí como nunca, mojando el vientre de Juan. Luego llevé mi vulva a su boca y… en definitiva, si yo tenía sueños húmedos con mi hijo, tenía que aceptar que él los tuviese conmigo. Pero no me gustaba aquello.
Seguía mirándolo con los brazos cruzados. El me miraba ahora hacia abajo, hacia mis piernas. Pero lo único que podía ver eran mis rodillas, que era lo que mostraba mi bata. Yo me impacientaba, pues si alguien nos veía salir podían hacer preguntas incómodas.
— Sólo un poco —me dijo, mirando mis piernas. Me volví a enfadar otra vez, pero el recuerdo del polvo con mi marido me hizo ser comprensiva. Me subí el vestido hasta los muslos. El empezó a masturbarse con más rapidez, los ojos se le iban a salir. A mí, el roce del vestido al subir, y estar envuelta en esa sordidez me estaba haciendo humedecer el bikini—. ¡Gracias, mamá!
Tenía que animarlo para acabar lo antes posible. Por mi parte, mi apetito lo podía satisfacer con Juan esa misma noche. Acerqué a mi hijo y lo puse de rodillas, para que su cara estuviese a un palmo de mi sexo. Creo que incluso Pedrito podía olerlo. Dejé que me mirara a placer. Yo también me miraba sosteniendo la falda por los laterales y me estaba poniendo más cachonda aún, mirando mis piernas y pensando en que Pedrito eyaculara sobre ellas. Me subí más el vestido y se quedó con la mirada fija en el bikini pegado a mi rajita. Creo que también estaba algo mojado. Fui a decirle algo subido de tono, pero me fijé que la mano masturbadora tenía algo, como un trozo de tela que era con lo que se frotaba. Lo paré y le abrí el puño, mostrando unas braguitas mías. ¡Las había puesto en el saco de la ropa sucia hacía dos días! Se estaba pajeando con mis braguitas sucias.
— ¿Y esto? ¿Me estás acosando?
— No, no, no.
— ¿Pero cómo eres capaz de revolver en mis cosas? —mientras hablaba, más pena me daba mi hijo. Tendría que haberme dado cuenta antes… igual no lo conocía tan bien.
— ¡No, no! Estaba ahí, en el cesto. Yo no tocaría tus cosas —a mí, en cambio, me puso cachonda pensar en él tocando mis juguetes.
— ¡Pero es que está sucia! —le quité las braguitas y me la llevé a la nariz. Olía a orín, a flujo, a culo y a ropa sucia— ¡Cómo se te ocurre!
Oler mi culo también causó que me excitara un poco más. La otra noche, Juan, después de darme por detrás, me pasó el pene por la boca y ese olor hizo que me pusiese como un animal en celo, y ahora volvía a sentir lo mismo. Pero no podía consentir que mi hijo se expusiese a algún tipo de infección en la colita. Tiré las braguitas al saco de la ropa sucia y me quité la parte de abajo del bikini. Lo olí, recibiendo el aroma de mi sexo mezclado con el cloro de la piscina. Se lo puse a Pedrito en la nariz.
— Esto sí huele a coño y está limpio.
Se lo puse en la mano y se la llevé otra vez a la verga, que estaba muy hinchada. Empezó a masturbarse. Yo me volví a levantar la falda y dejé que se pajeara mirando mi sexo depilado. Se me ocurrió animarlo más, para que acabara pronto. Le agarré del pelo e hice que me mirara y le hablé en voz baja.
— ¿Quieres correrte sobre mí, echar tu leche sobre mí?
— Sí, mamá.
— Hazlo, cariño, córrete sobre mamá —él estaba en éxtasis, seguramente llevaba tiempo deseando oírme hablar así—. Mamá vuelve a ser tu puta… tu puta particular… —qué ganas tenía de tocarme yo también— mírame el coño, mi amor. Mírame las piernas —puso una mano sobre mi muslo, pero se la aparté—, no me puedes tocar, cariño, no te he dado permiso. ¿De verdad quieres tocarme, mi vida?
— Sí, sí —me di la vuelta, levantando el culo, lo puse en pompa, abriéndolo para que viese mi vagina y mi ano.
— No me puedes tocar. Hoy no, pero puedes eyacular sobre mí. Mami quiere tu leche sobre ella.
Pero Pedrito no se corría y empecé a pensar que lo hacía a propósito. Me puse frente a él y le cogí las bragas del bikini y usándolas como un guante, empecé a masturbarlo, pero con un ritmo más alegre de lo que estaba haciendo él.
— Al final has hecho que tu putita te coja la verga… —recorrer su buena polla con el bikini entre los dedos no era tan mala idea, iba muy suave— era esto lo que querías ¿no? —yo hablaba sin esperar a que él respondiese, yo sólo miraba su pene— parece que hoy ya te has pajeado, está muy gordota pero no quiere escupirme. ¿Es eso? ¿Ya te habías tocado? ¿dónde, en la piscina? hoy no había mucha gente, ¿qué ha pasado hoy?
— Habían dos chicas…
— Las suecas esas… sí, una tenía unos pechos enormes… —empecé con mis historias mientras lo masturbaba— una vez una amiga me enseñó sus tetas, eran más grandes que las de la sueca, eran ubres. Me dejó jugar con ellas, de broma. Intentaba abarcar una de ellas con las dos manos, no podía, luego la otra. La sostenía, pero se me escapaban y caían. Cuando vi que mi amiga se empezaba a poner colorada, dejé de jugar y me llevé el enorme pezón a la boca...
— También vi a Ramón con la polla bien gorda mientras os miraba a ti y a las suecas, a la entrada del vestuario. Se estaba tocando —eso no me lo esperaba.
— ¿No estaría mirando a Tere?
— No, os miraba a las tres. Me puso muy cachondo pensar que papá y Ramón te follaban uno detrás de otro, o a la vez.
— ¡Pero no me tiro a tu tío!
— Me lo supongo, pero yo cogí un gran calentón, mamá. Me masturbé allí. Mirándote, bueno a ti y a las mujeres que había allí.
— ¿Te tocaste así? —la polla estaba muy dura, y empecé a usar las dos manos—. ¿Y no te quedaste tranquilo?
— Sí, pero luego ahí, entre vosotras… y pensando en la paja que me había hecho casi en público… me volví a excitar… había otros hombres mirándote, mamá. Luego, cuando llegamos a casa y te pegaste a mí para la foto, no pude evitar tocarte, para sentir que nuestro secreto fue real. La polla me estaba volviendo loco y necesitaba descargar otra vez.
Había dejado de masturbarlo. El pobre estaba muy salido, las hormonas no le dejaban pensar con claridad. Le di un beso en la mejilla. Me puse de rodillas frente a él y me llevé el bikini a la nariz. Esta vez olía a polla y coño. Busqué la zona más mojada de la tela y la lamí. Luego pasé la lengua por los dedos y empecé a masturbarlo con las manos desnudas y con más rapidez. No quería que se sintiera culpable por lo que sentía, así que tenía que hacerle ver que su deseo provenía de la lascivia su madre. Al fin y al cabo, yo inicié este problema.
— Mami quiere oírte decir que es tu puta, cariño.
— Eres mi puta, mamá.
— Sí, cariño, lo soy. Por eso me gusta tanto tener tu polla entre mis manos… —intentó acercar la verga a mi boca, pero lo volví a evitar. A cambio le conté una de mis historias— una vez Tere me dejó un vestido suyo de cuando tenía algo más de peso. Me quedaba como un guante, y a cambio de hacerme los pechos más bonitos, resaltaba mucho mi culo. Me costaba mucho andar con él, pero me lo puse ese mismo día y nos fuimos los cuatro de copas. Tere y tu padre se fueron a bailar y me fui con Ramón a dar una vuelta por el jardín de la discoteca. Me habló del vestido. Me dijo que le había hecho el amor muchas veces a Tere con el vestido puesto, en otras palabras, que se le ponía dura en cuanto veía a Tere embutida en él —a la polla de mi hijo también le gustaba el relato—. Que me veía a mí puesto con él y que aún me sentaba mejor que a mi hermana. Que si la suerte que tenía Juan…
— Es que estás muy buena, mamá —ya empezaba a jadear mi chico.
— Me habló de un botón que estaba disimulado en el vestido y que yo creía que era de adorno. Estaba en la axila y dejé que lo desabrochara. Mi pecho salió por él. No llevaba sujetador, porque el vestido no lo necesitaba. Nos reímos. Pero colocarlo otra vez era más complicado, así que sólo pudimos hacerlo con Ramón sujetándome una teta y yo abrochando el botón. Tras un silencio, Ramón desabrochó otro botón que estaba al otro lado. Salió el otro pecho, y yo me quedé quieta, me había gustado antes cuando me tocó el pecho —la polla de mi Pedrito ya estaba a punto de regalarme su leche—, y esperé a que tu tío volviera a quitar el primer botón. Me estuvo sobando los pechos y me comió los pezones. ¿Te hubiese gustado ver cómo otro hombre le come las tetas a mamá?
— Sí, sí, sí.
— Me hubiera gustado que lo vieras, amor. Y que tú también me las hubieras comido. Yo me puse muy cachonda y me remangué el vestido, ofreciéndole mi trasero al tito, y me la metió bien dentro.
— ¿Te la metió por el culo? —a mi niño le daba igual si la historia era real o inventada, tal era el calentón que tenía y que yo me estaba encargando de apagarlo.
— Me la metió por el coño, amor mío. Me embestía muy duro, tenía la polla tan dura como la que tienes ahora, como la que tengo en mis manos. Las pollas tan grandes como las vuestras me vuelven muy zorra, no puedo evitarlo. Casi me faltaba el aire del goce que tenía y él estaba como un toro cegado por el vestido —la polla de mi Pedrito estaba a puntito de caramelo—. En realidad, cuando le ofrecí mi trasero, tenía cierta fantasía de que me la metiera por el culo, en el jardín, a expensas de que nos viera alguien.
Me puse de pie y me di la vuelta, subiendo la bata. Coloqué la polla de Pedrito entre los glúteos, de forma que el rabo quedase a la altura de mi ano.
— Córrete, amor mío. Córrete sobre mí. Déjame sentir el semen en mi culo.
Pedrito se empezó a masturbar con mi trasero, con su rabo entre mis glúteos, y pasando el glande sobre el ojete de forma frenética. Algunas veces se quedaba enganchado, pero volvía al frotamiento. A pesar de la estimulación que estaba recibiendo en el ano, estaba sufriendo por si intentaba metérmela por alguno de mis agujeros, pues se la iba a sacar inmediatamente con malos modos. Apenas sentí su leche salpicar mi espalda y poco después cómo resbalaba por mi culo. Sin darme la vuelta, le cogí la verga y la puse entre mis muslos, a la altura del sexo y dejé que se moviese como si me estuviese penetrando, dejando que terminase de descargar y, de camino, haciendo que su glande me frotase el clítoris.
— Dámelo cariño, dáselo a mamá… tengo tu leche cayéndome por el culo, amor.
Esperé a que terminara. Luego cogí una toalla que humedecí y le limpié bien la verga. Después me limpió él a mí.
— Esto no puede ser —le dije.
— Pero me da el calentón… —le costó seguir— y luego tú te vuelves tan… tan… puta… —se me erizaron los pezones otra vez.
— Pero comprendes que esto no puede volver a ocurrir, ¿verdad?
— Sí, mamá.
Salimos, y el resto de la jornada transcurrió tal cual. Pero me dejó con la preocupación de haber iniciado algo que el pobre no era capaz de gestionar, y también me sentía culpable con Juan. Si se enteraba, no iba a poder hacerle ver que todo era por Pedrito.
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