Ya había caído la noche y volvía a casa andando por la playa muy frustrada, colérica, intentando digerir lo sucedido. Con el vestido corto, sin ropa interior, y el chocho aún húmedo, daba pasos rápidos hundiendo los pies en la arena. "Al primero que se me cruce, me lo follo", pensé. Luego reflexioné si eso podía acabar siendo un castigo más para mí que para ella. Así que tal y como se me ocurrió la idea, la deseché como venganza, pero no como alivio al deseo desatado y despreciado.
Todo empezó poco antes, en una fiesta en la casa de una amiga. Entre todos los invitados destacaba como una perla una chica que ya conocía de vista por haberla visto en la playa. Siempre en bikini de dos piezas, su forma de mirar, los labios siempre juntos y sus pequeños pechos, que se me antojaban duros como piedras, habían llamado mi atención cada vez que pasaba cerca de mi sombrilla. Llevaba un pelo negro corto y tenía cierta elegancia al andar.
En medio del jardín de mi amiga, la chica bailaba, hablaba con sus amigos, y seducía con la mirada a todo aquel que osase mirarla. Fue la primera señal de que se trataba de una seductora exhibicionista, pero me tenía atrapada y no hice caso a mi instinto. Entre tanto hombre, yo tendría que ser de las pocas en mirarla con cierto apetito, así que capté su atención bastante pronto. Me acerqué a ella y bailé cerca, para que me mirara y para que me mirara mirándola. Me presenté, y al hablar con ella, fui consciente de que era más joven de lo que me había parecido, fue otra señal que no quise ver para que me alejara de ella.
Me dijo que mi amiga le había hablado mucho de mí, y me miró con los ojos encendidos. No sabía qué le había contado de mí, pero pensé que si que mi fama llegaba antes que yo, es que debería ser aún más discreta en mis cosas. Me invitó a fumar un poco más apartadas y allá que nos fuimos. Nos sentamos en unos escalones y dejé mis piernas bien a la vista. No acepté el cigarro que me dio, pero le daba caladas al suyo, sujetando su mano y acercándolo a mi boca. Pronto nos dimos el primer beso, primero un piquito, luego uno con lengua, saboreando el tabaco una de la otra. Me dijo que no se lo había imaginado así, lo de besar a otra mujer. Nos besamos otra vez, esta vez una eternidad mientras mi mano cogía la suya. Cuando nos separamos me miraba con un deseo voraz y yo abrí las piernas, en una invitación silenciosa. Detrás nuestro se oía la fiesta y aún estábamos a la vista de cualquiera que cogiese ese sendero. Llevé su mano a mi muslo, para excitarla más por si nos pillaban, y ella apenas se atrevió a moverla, no obstante me gustó sentir su contacto. Para relajarla me la llevé a un rincón aún más apartado. Allí nos devoramos a besos, le besé el cuello, la oreja, le levanté la camiseta y le quité el sujetador, mordiendo sus pechos. Ella gemía silenciosamente. Dios, qué duros estaban. Me quité las braguitas, arrojándolas hacia el otro lado del jardín, a la arena de la playa, e hice que saboreara mi sexo. Fue un poco torpe, realmente era su primera vez, pero sabía cómo trabajarlo para obtener placer de él. Pronto la lengua empezó a sentirse cómoda en mi humedad y me puso a cien. La hice ponerse en pie y le bajé los shorts, y empecé a lamerle el clítoris, abriéndole con los dedos los labios de la vulva. Se corrió muy pronto, pero dejó que siguiese. A esa perra le gustaba la sesión continua.
Entonces sonó el maldito móvil y ella lo cogió. Era su novio, que la estaba buscando. Se vistió rápidamente, me dijo que esperara y fue a buscarlo. Esperé y esperé. Vi cómo volvían a unos metros más allá, en la penumbra. Mirándolos desde mi posición, comprendí que ella iba a follárselo. Se puso de rodillas ante él y se llevó su pene a la boca, lo justo para que él quisiese correr el riesgo de exponerse a la vista de algún invitado a la fiesta. Mientras lo hacía, la muy zorra miraba hacia donde estaba yo. Se puso de pie y se quitó los pantalones, e hizo que su novio la montase sobre un banco. Yo me estaba haciendo un dedo, esperando la señal para intervenir, pero no la recibí. Al poco tiempo el chico no tardó en eyacular y se fueron. ¡Se fueron! Se fueron de la fiesta. Nunca me había pasado eso. Me quedé literalmente con la miel en los labios, así que me fui, ya de noche y muy frustrada, colérica, intentando digerir lo sucedido. Con el vestido muy corto y sin ropa interior, hundía los pies en la arena sintiendo cómo el chocho seguía húmedo.
"Al primero que se me cruce, me lo follo", pensé. Pero en realidad lo que quería era llegar a casa y no tener que hablar con nadie más. Llegué pronto a una zona en la que vivían residentes de todo el año, y ahí el silencio se hace dueño del entorno. Por eso pude escuchar unos pasos tras de mí, parecían de varias personas. Me paré y distinguí el ruido de unas patas, de un chucho. Pronto llegó hasta mí y lo vi, un pastor alemán relativamente grande. Se acercó a mí gimiendo y dando breves ladridos, parecía perdido y también contento de verme. De chica tuve un perro y me hizo recordar los buenos tiempos. Después de acariciarlo seguí mi camino, pero el animalito se me ponía delante. Lo acariciaba tranquilizándolo e intentaba andar, pero él insistía colocándose delante e impidiéndome el paso. Seguramente pensó que la que me había perdido era yo. Así que le seguí el juego y dejé que me guiara, pues su casa no debía estar muy lejos.
Pronto llegamos a la puerta de la verja trasera de un chalet. Me asomé y me caí. Más bien el perro me empujó y perdí el equilibrio. Se vino hacia mí y entre gemidos empezó a pasarme la lengua por la cara, el pobre. Me hizo recordar a mi Bobi, pero no era él y no me hizo gracia tanto lametón. Se apartó y empezó a lamerme las piernas. No supe reaccionar. Aquella lengua enorme estaba pasando por el interior de mis muslos, rozando mi sexo. No comprendía nada, pero cuando su lengua tocó mi ano reaccioné e intenté apartarlo, pero el animal tenía mucha fuerza y me puse muy nerviosa. En un pequeño movimiento de su cabeza, la lengua alcanzó mi clítoris, dando breves y certeros toques con la punta. Intentaba sujetar el cuello, pero esa lengua cada vez estaba más cerca y ya pasaba libremente desde un extremo a otro de mi vulva. No me lo podía creer, pero me estaba comiendo el chocho un perro, y lo hacía muy bien.
La lengua era simultáneamente dura y blanda, cada vez que la llevaba a contrapelo del clítoris, sentía una mezcla brutal de dolor y placer, y cuando la bajaba, todo era placer. Quería que me diese asco, pero no podía. El perro tenía que estar entrenado, porque estuvo así hasta que llegué a un orgasmo colosal, haciendo que él diese un breve ladrido y buscase un inexistente premio en la palma de mi mano.
Pensé en que tendría que lavarme a fondo en cuanto llegase a casa. Pero no iba a ser en ese momento, porque el cánido volvió a mi sexo, esta vez buscando mi vagina, olisqueándola y metiendo la punta de la lengua. Asustada, intenté apartarlo otra vez, pero me abandoné pronto en cuanto sentí toda esa masa en movimiento dentro de mí. La metía y la sacaba entera, de golpe, haciéndome gemir, sin darme descanso. Según le daba en gana, la dejaba dentro pero sin dejar de moverla. Me masturbé con la lengua moviéndose dentro de mí, y aún ahora me estremezco al recordar esos lugares de los que desconocía su existencia. Y me volví a correr.
El perro fue otra vez a buscar mi mano, y al no encontrar nada, gimió. Yo ya tenía la certeza de que su ama era una buena adiestradora, y de que éste era su muy mejor amigo. Lo que no me esperaba era que se pusiese sobre mí con el pene claramente erecto. Eso ya era más de lo que podía soportar. El chucho encogía las patas traseras, buscando mi sexo y yo me arrastraba hacia atrás, evitando desesperadamente el contacto. En ese momento se oyó un silbido. Ambos miramos hacia la casa y allí vi al contraluz la silueta de una mujer. El perro me miró confuso, me dio un pequeño ladrido y corrió hacia su dueña, que se dejó lamer la cara y le dio un par de galletitas. Entraron en la casa y cerraron la puerta.
Me quedé estupefacta, respirando profundamente, siendo consciente de lo literalmente mojado que tenía mi sexo y mis piernas. Pensé en las dos galletas que le dio la mujer y comprendí que ella lo había visto todo desde el principio, arriesgándose a que mi reacción hubiese sido más violenta con el animal. Al llegar a casa fui directa al cuarto de bañe y me duché frotándome mucho, muy confusa. En los días siguientes, en mis paseos al atardecer, pasaba por aquella casa, y nunca vi a nadie ni a ningún animal en su jardín. No obstante, varios días más tarde me acerqué y llamé a la puerta. Me abrió aquella mujer, mirándome desconfiada. Le enseñé los dulces que llevaba y le dije que pensé que le gustaría probarlos. Me dejó pasar y mientras tomábamos café, me volvió a presentar a su perro.
Me preguntan y entonces yo también pregunto, iniciando un diálogo que serpentea entre el recuerdo y la fantasía. Pregunto siempre por esa "primera vez", esa que es tan especial que es necesario que no se pierda en el olvido. Pero hay muchas primeras veces en nuestra vida ¿recuerda la primera vez con...? También pregunto por la última vez, o por la mejor. El con quién le gustaría, el dónde, el cómo... Y aquí les escribo lo que nos contamos.
25.9.18
23.9.18
Yo, mi mejor regalo
Llegó el cumpleaños de Pedrito. En casa hicimos una mini fiesta, con su tarta y la vela, pero la fiesta de verdad la tendría él con sus amigos. En nuestra reunión, recibió con alegría nuestro regalo sorpresa, la videoconsola que quería, pero había cierta tristeza en él. Cuando el chico volvió bien tarde, mi marido y yo estábamos en la cama, acostados y leyendo. Era tarde para nosotros, pero demasiado temprano para él. Pensé en si sería adecuado darle el regalo de cumpleaños que él hubiese querido realmente. Me levanté de la cama y me quité el camisón. Mi marido se giró y me miró fijamente. Abrí el cajón de las prendas picantonas y saqué medias, braguitas y otros trapos. Ante la mirada de Juan, me puse las medias, alisándolas lentamente desde los pies hasta los muslos. Me puse un tanga de encaje y sobre éste, el liguero para sujetar las medias. Finalmente, me cubrí con una combinación.
—Le daré las buenas noches al chico.
Juan se me quedó mirando sin decir nada. En el fondo, sabía que nuestro último año tan intenso tenía una razón de ser. Le sonreí y le dí un beso. Salí de la habitación y entré en la de Pedrito. Como esperaba, estaba ante el ordenador, viendo porno. Se giró lentamente y, si bien no le sorprendía verme, sí lo hacía el hecho de que su padre estuviese en la casa. Le hice un gesto de que guardase silencio, de esa manera él mantendría la ilusión de que Juan estaba dormido.
—Mamá te tenía guardado un regalo sorpresa —le susurré al oído, inclinándome sobre él.
Le besé en los labios. El los recibió con cierta aprehensión. Los volví a besar y esta vez me besó también. Repetimos hasta que nuestras lenguas se encontraron. La sensación fue muy extraña para mí, pero saborear el deseo acumulado en él me hizo ponerme a cien. Le agarré la verga, erecta. Sus manos acabaron en mis pechos, buscando mis pezones, que dejé pellizcar, gimiendo al sentir sus manos.
Me separé y me puse frente a él. Me levanté la combinación para que viese bien mis piernas, las medias y el liguero. Volví a inclinarme sobre él, hablándole de manera que nuestros labios se rozasen.
—Ultimamente te has portado muy bien. Y, por eso mami será tu regalo.
Me puse otra vez de pie, descubriendo otra vez las piernas y las caderas, que moví sensualmente a un palmo de su cara. Deslizaba los muslos arriba y abajo, moviendo la cintura. El se agarró el rabo y empezó a masturbarse. Yo seguí con mi movimiento hasta que él tocó mis muslos, con su mano mojada por su polla, muy cerca de mi sexo.
—Soy tuya, pero a mi manera. Eso lo tienes claro ¿cierto?
—Sí, mamá —dijo resignado.
Volvió a tocarse el rabo y yo sequí con mi movimiento de caderas.
—Eso, amor, mírame mientras te masturbas —miraba la verga apareciendo y desapareciendo en su mano—. Me he vestido así para tí. Para que te pajees.
Tenía al chico muy bien aprendido y no volvió a intentar tocarme. Metí mi mano bajo el tanga y empecé a tocarme. Pedrito podía ver mis dedos moviéndose debajo de la prenda. Me miraba, pero no estaba del todo feliz. Así que insistí.
—Me gustaría que usaras mis piernas y sentir el roce de tu polla. Pero no sé si a tí te gustaría eso —bajé mis dedos de forma que pudiera ver cómo salía el meñique y el índice por los lados del tanga, mientras otros dos quedaban bien dentro de mí—. ¿No quieres usarme? ¿No harías eso por mami?
Saqué la mano y metí los dedos en su boca. Me cogió la mano con mucha ansiedad y lamió con fuerza. Me pegué a él, mirándolo. Dejé que su otra mano subiese por mis gemelos hasta mi culo, volviendo a bajar acariciando mis piernas. Me puso a cien sentir su lengua saboreando mis dedos impregnados en mí. Sin sacar la mano, tiré su cráneo hacia arriba, haciéndolo levantar. Le cogí el rabo y le hice doblar las piernas, haciendo que lo pasara por mis medias, para que se masturbara con ellas, como un perro. Se lo dije.
—Eres el perro de mamá.
—…
El gemía, pero sabía que esa postura era algo humillante para él y lo levanté. Me tumbé en su cama, levantando las piernas, juntas. Sé el efecto que tienen mis piernas y mi culo así, incluso me he masturbado frente a un espejo, mirándome. Se acercó con su silla de escritorio y siguió masturbándose con mis muslos, usando uno, o los dos. Yo me los sujetaba para mantenerlos verticales, a veces me cogía por detrás de las rodillas y en cuanto podía me tocaba el chocho con una mano libre. Pero sobre todo no dejaba de hablarle.
—Espero que te guste tu regalo, amor… tener tu polla en mis piernas… tan dura, tan cálida… tenía muchas ganas de vestirme así para ti... ¿te gusta verme así, cariño?
—Sí, mamá, me gusta mucho ¿puedo correrme así? —Pedrito metió el rabo entre mis piernas, sujetándome los tobillos, moviendo las caderas.
Le dejé hacer mientras me masturbaba, mirándolo. También miraba su buen rabo apareciendo y desapareciendo entre el nylon de mis medias.
—Córrete sobre mí, te lo pido, amor —siguió follándome las piernas.
Pensé que tendría la polla irritada, así que me lamí las manos y la pasé por su verga, lubricándola y masturbándolo un poco. Desaté una de las medias y me la quité. Metí el rabo en ella y lo rodeé, masturbándolo con energía, de rodillas, frente a él, mirándolo.
—Córrete, amor.
—¡Sí, sí!
Se corrió y seguí con la paja hasta que se dobló, dolorido. Luego deslié la media y localicé dónde estaba su semen pegado. Llevé la mano hasta allí, abriéndola, para poder ver dónde estaba manchado.
—Lo has puesto perdido —me llevé un dedo a la boca—. ¿Qué hacemos con esto ahora?
—¿...limpiarlo? —qué perdido estaba mi hijo.
—¿No quieres que lo pruebe? —lo incité—. Estoy aquí por ti —acerqué mi boca a la media—. Dime lo puta que soy, y lo que quieres que haga.
—¡Mamá, eres una pedazo de puta! —el chico lo dijo entre excitado y resignado. Terminando de pegar la media a mi boca.
Pasé la lengua allá donde Pedrito había dejado su esperma. Me ayudaba con los dedos por el otro lado de la malla, lamiendo cada gota, recreándome en ella. Luego me la volví a poner, mojando mi piel allá donde había estado su semen y mi lengua.
Me levanté y acerqué la otra silla que había en el cuarto, sentándome frente a él, pegándome mucho, llevando mis piernas a su pecho. Me empecé a masturbar mientras su pene flácido descansaba en mis muslos, junto a mi sexo. Le cogí las manos y las llevé a mis tobillos, para que me tocara. Me excitaba mucho tenerlo mirándome y pensé que yo no tardaría en correrme.
Apoyé las plantas de los pies en sus hombros, para poder flexionar las piernas, y llevé el tanga a un lado, para que pudiese ver mi sexo. Pasaba mis dedos por mis pliegues, por mi clítoris, me metía un dedo, dos, me los chupaba. Al fin su rabo empezó a reaccionar. Cogí su blanda verga y empecé a darme con ella en el clítoris, masturbándome con ella. Cada vez estaba más dura. Le metí el pulgar del pie en la boca, que mordió y chupó, haciéndome gemir. Eso le puso la polla rígida, así que me llevé la punta a la entrada de la vagina, y seguí masturbándome con fuerza, moviendo las caderas. Quería poner al chico al límite, y lo conseguí, pues de un empujón la introdujo entera. Me hizo gemir otra vez, pero me la saqué.
—Todavía no, amor, aún no es el momento.
Pero el chico volvió a metérmela, haciéndome perder los papeles por un instante, pues me hubiese dejado follar hasta quedar rendida. No obstante la saqué otra vez.
—Te he dicho que no, cielo —estaba muy frustrado y empalmado—. Antes te has pajeado usandome a mí, ahora es mi turno, sé bueno.
Así que volví a poner su glande dentro de mi vagina y seguí moviendo las caderas y mis dedos. A la excitación que tenía, se le sumaba la incertidumbre sobre cuándo iba a intentar penetrarme del todo otra vez. Metí de nuevo el pie en su boca, y se puso a lamer mis dedos a través de las medias. En mi paroxismo le agarré la polla, moviéndola mientras me masturbaba, hasta que me corrí, alzando la voz en un corto grito. El aprovechó para volver a meterme el rabo hasta el fondo, haciendo que gimiese otra vez. Lo volví a sacar y me incorporé. Ya con pies en el suelo, me puse a masturbarlo mirándole a la cara.
—¿Quieres eyacular en tu madre? ¿eso es lo que querías hacer? ¿follarme? ¿descargar tu leche dentro de mí? —su polla estaba muy dura—. Me ha gustado tanto tener tu polla tan dentro, qué polla tienes Pedrito… pero a mí quien me monta es tu padre y sabes que no me gusta que me lleven la contraria.
—No es justo, mamá, tengo muchas ganas de follarte, y tú casi la habías metido… —mientras hablábamos yo sacudía su rabo muy cerca de mi cara.
—Hoy no, amor.
—¿Y si me la chupas un poco?
Pedrito hablaba entre jadeos y no tardaría en volver a darme su semen. Me acerqué la verga a la boca, pero me limité a olerla, a olernos, mientras lo masturbaba. Seguí con las manos hasta que chupé su capullo, jadeando a la vez. Me metí el rabo hasta la garganta, esperando que no eyaculase en ese momento, y luego usé mis labios para masturbarlo. Finalmente me agarró de la cabeza y soltó el resto que le quedaba, entre espasmos. Mientras recibía su corrida, pensé en qué hacer con el chico, pues no sólo me la había metido tres veces sin mi permiso, sino que quiso que me atragantara con su leche.
Cuando acabó, volvió a sentarse en la silla. Yo me puse de pie, y frente a él, me llevé nuevamente la mano al coño, metiendo dos dedos en mi vagina. Se los llevé a la boca, y chupó. Luego dejé caer el semen que mantenía en la boca hacia mi escote, mojando la combinación y mi piel. Volví a pasar los dedos por mi chocho y luego por mi barbilla, recogiendo lo que había quedado goteando. Lo agarré del pelo y le metí los dedos en la boca. El cerraba los ojos y sujetaba mi mano, pero sin fuerza.
—Tienes que ser buen chico, o no habrá más regalos, amor.
Finalmente cedió y chupó mis dedos. Volví a repetir varias veces, haciendo que saborease a su madre y a sí mismo. El estaba contrariado, como jurándose que no volvería a tener más unión carnal con su madre, engañándose.
—Y ten cuidado con lo que me pides.
Volviendo a descubrir el chocho, haciendo a un lado el tanga, lo llevé a su boca y recibí su beso de buenas noches. Un largo beso con lengua. Le devolví el beso en la boca y volví a mi cuarto, donde mi marido se hacía el dormido, aunque estoy segura que el cuarto olía a polla.
—Le daré las buenas noches al chico.
Juan se me quedó mirando sin decir nada. En el fondo, sabía que nuestro último año tan intenso tenía una razón de ser. Le sonreí y le dí un beso. Salí de la habitación y entré en la de Pedrito. Como esperaba, estaba ante el ordenador, viendo porno. Se giró lentamente y, si bien no le sorprendía verme, sí lo hacía el hecho de que su padre estuviese en la casa. Le hice un gesto de que guardase silencio, de esa manera él mantendría la ilusión de que Juan estaba dormido.
—Mamá te tenía guardado un regalo sorpresa —le susurré al oído, inclinándome sobre él.
Le besé en los labios. El los recibió con cierta aprehensión. Los volví a besar y esta vez me besó también. Repetimos hasta que nuestras lenguas se encontraron. La sensación fue muy extraña para mí, pero saborear el deseo acumulado en él me hizo ponerme a cien. Le agarré la verga, erecta. Sus manos acabaron en mis pechos, buscando mis pezones, que dejé pellizcar, gimiendo al sentir sus manos.
Me separé y me puse frente a él. Me levanté la combinación para que viese bien mis piernas, las medias y el liguero. Volví a inclinarme sobre él, hablándole de manera que nuestros labios se rozasen.
—Ultimamente te has portado muy bien. Y, por eso mami será tu regalo.
Me puse otra vez de pie, descubriendo otra vez las piernas y las caderas, que moví sensualmente a un palmo de su cara. Deslizaba los muslos arriba y abajo, moviendo la cintura. El se agarró el rabo y empezó a masturbarse. Yo seguí con mi movimiento hasta que él tocó mis muslos, con su mano mojada por su polla, muy cerca de mi sexo.
—Soy tuya, pero a mi manera. Eso lo tienes claro ¿cierto?
—Sí, mamá —dijo resignado.
Volvió a tocarse el rabo y yo sequí con mi movimiento de caderas.
—Eso, amor, mírame mientras te masturbas —miraba la verga apareciendo y desapareciendo en su mano—. Me he vestido así para tí. Para que te pajees.
Tenía al chico muy bien aprendido y no volvió a intentar tocarme. Metí mi mano bajo el tanga y empecé a tocarme. Pedrito podía ver mis dedos moviéndose debajo de la prenda. Me miraba, pero no estaba del todo feliz. Así que insistí.
—Me gustaría que usaras mis piernas y sentir el roce de tu polla. Pero no sé si a tí te gustaría eso —bajé mis dedos de forma que pudiera ver cómo salía el meñique y el índice por los lados del tanga, mientras otros dos quedaban bien dentro de mí—. ¿No quieres usarme? ¿No harías eso por mami?
Saqué la mano y metí los dedos en su boca. Me cogió la mano con mucha ansiedad y lamió con fuerza. Me pegué a él, mirándolo. Dejé que su otra mano subiese por mis gemelos hasta mi culo, volviendo a bajar acariciando mis piernas. Me puso a cien sentir su lengua saboreando mis dedos impregnados en mí. Sin sacar la mano, tiré su cráneo hacia arriba, haciéndolo levantar. Le cogí el rabo y le hice doblar las piernas, haciendo que lo pasara por mis medias, para que se masturbara con ellas, como un perro. Se lo dije.
—Eres el perro de mamá.
—…
El gemía, pero sabía que esa postura era algo humillante para él y lo levanté. Me tumbé en su cama, levantando las piernas, juntas. Sé el efecto que tienen mis piernas y mi culo así, incluso me he masturbado frente a un espejo, mirándome. Se acercó con su silla de escritorio y siguió masturbándose con mis muslos, usando uno, o los dos. Yo me los sujetaba para mantenerlos verticales, a veces me cogía por detrás de las rodillas y en cuanto podía me tocaba el chocho con una mano libre. Pero sobre todo no dejaba de hablarle.
—Espero que te guste tu regalo, amor… tener tu polla en mis piernas… tan dura, tan cálida… tenía muchas ganas de vestirme así para ti... ¿te gusta verme así, cariño?
—Sí, mamá, me gusta mucho ¿puedo correrme así? —Pedrito metió el rabo entre mis piernas, sujetándome los tobillos, moviendo las caderas.
Le dejé hacer mientras me masturbaba, mirándolo. También miraba su buen rabo apareciendo y desapareciendo entre el nylon de mis medias.
—Córrete sobre mí, te lo pido, amor —siguió follándome las piernas.
Pensé que tendría la polla irritada, así que me lamí las manos y la pasé por su verga, lubricándola y masturbándolo un poco. Desaté una de las medias y me la quité. Metí el rabo en ella y lo rodeé, masturbándolo con energía, de rodillas, frente a él, mirándolo.
—Córrete, amor.
—¡Sí, sí!
Se corrió y seguí con la paja hasta que se dobló, dolorido. Luego deslié la media y localicé dónde estaba su semen pegado. Llevé la mano hasta allí, abriéndola, para poder ver dónde estaba manchado.
—Lo has puesto perdido —me llevé un dedo a la boca—. ¿Qué hacemos con esto ahora?
—¿...limpiarlo? —qué perdido estaba mi hijo.
—¿No quieres que lo pruebe? —lo incité—. Estoy aquí por ti —acerqué mi boca a la media—. Dime lo puta que soy, y lo que quieres que haga.
—¡Mamá, eres una pedazo de puta! —el chico lo dijo entre excitado y resignado. Terminando de pegar la media a mi boca.
Pasé la lengua allá donde Pedrito había dejado su esperma. Me ayudaba con los dedos por el otro lado de la malla, lamiendo cada gota, recreándome en ella. Luego me la volví a poner, mojando mi piel allá donde había estado su semen y mi lengua.
Me levanté y acerqué la otra silla que había en el cuarto, sentándome frente a él, pegándome mucho, llevando mis piernas a su pecho. Me empecé a masturbar mientras su pene flácido descansaba en mis muslos, junto a mi sexo. Le cogí las manos y las llevé a mis tobillos, para que me tocara. Me excitaba mucho tenerlo mirándome y pensé que yo no tardaría en correrme.
Apoyé las plantas de los pies en sus hombros, para poder flexionar las piernas, y llevé el tanga a un lado, para que pudiese ver mi sexo. Pasaba mis dedos por mis pliegues, por mi clítoris, me metía un dedo, dos, me los chupaba. Al fin su rabo empezó a reaccionar. Cogí su blanda verga y empecé a darme con ella en el clítoris, masturbándome con ella. Cada vez estaba más dura. Le metí el pulgar del pie en la boca, que mordió y chupó, haciéndome gemir. Eso le puso la polla rígida, así que me llevé la punta a la entrada de la vagina, y seguí masturbándome con fuerza, moviendo las caderas. Quería poner al chico al límite, y lo conseguí, pues de un empujón la introdujo entera. Me hizo gemir otra vez, pero me la saqué.
—Todavía no, amor, aún no es el momento.
Pero el chico volvió a metérmela, haciéndome perder los papeles por un instante, pues me hubiese dejado follar hasta quedar rendida. No obstante la saqué otra vez.
—Te he dicho que no, cielo —estaba muy frustrado y empalmado—. Antes te has pajeado usandome a mí, ahora es mi turno, sé bueno.
Así que volví a poner su glande dentro de mi vagina y seguí moviendo las caderas y mis dedos. A la excitación que tenía, se le sumaba la incertidumbre sobre cuándo iba a intentar penetrarme del todo otra vez. Metí de nuevo el pie en su boca, y se puso a lamer mis dedos a través de las medias. En mi paroxismo le agarré la polla, moviéndola mientras me masturbaba, hasta que me corrí, alzando la voz en un corto grito. El aprovechó para volver a meterme el rabo hasta el fondo, haciendo que gimiese otra vez. Lo volví a sacar y me incorporé. Ya con pies en el suelo, me puse a masturbarlo mirándole a la cara.
—¿Quieres eyacular en tu madre? ¿eso es lo que querías hacer? ¿follarme? ¿descargar tu leche dentro de mí? —su polla estaba muy dura—. Me ha gustado tanto tener tu polla tan dentro, qué polla tienes Pedrito… pero a mí quien me monta es tu padre y sabes que no me gusta que me lleven la contraria.
—No es justo, mamá, tengo muchas ganas de follarte, y tú casi la habías metido… —mientras hablábamos yo sacudía su rabo muy cerca de mi cara.
—Hoy no, amor.
—¿Y si me la chupas un poco?
Pedrito hablaba entre jadeos y no tardaría en volver a darme su semen. Me acerqué la verga a la boca, pero me limité a olerla, a olernos, mientras lo masturbaba. Seguí con las manos hasta que chupé su capullo, jadeando a la vez. Me metí el rabo hasta la garganta, esperando que no eyaculase en ese momento, y luego usé mis labios para masturbarlo. Finalmente me agarró de la cabeza y soltó el resto que le quedaba, entre espasmos. Mientras recibía su corrida, pensé en qué hacer con el chico, pues no sólo me la había metido tres veces sin mi permiso, sino que quiso que me atragantara con su leche.
Cuando acabó, volvió a sentarse en la silla. Yo me puse de pie, y frente a él, me llevé nuevamente la mano al coño, metiendo dos dedos en mi vagina. Se los llevé a la boca, y chupó. Luego dejé caer el semen que mantenía en la boca hacia mi escote, mojando la combinación y mi piel. Volví a pasar los dedos por mi chocho y luego por mi barbilla, recogiendo lo que había quedado goteando. Lo agarré del pelo y le metí los dedos en la boca. El cerraba los ojos y sujetaba mi mano, pero sin fuerza.
—Tienes que ser buen chico, o no habrá más regalos, amor.
Finalmente cedió y chupó mis dedos. Volví a repetir varias veces, haciendo que saborease a su madre y a sí mismo. El estaba contrariado, como jurándose que no volvería a tener más unión carnal con su madre, engañándose.
—Y ten cuidado con lo que me pides.
Volviendo a descubrir el chocho, haciendo a un lado el tanga, lo llevé a su boca y recibí su beso de buenas noches. Un largo beso con lengua. Le devolví el beso en la boca y volví a mi cuarto, donde mi marido se hacía el dormido, aunque estoy segura que el cuarto olía a polla.
Piano a las seis
Mi amiga Bibi vive en una gran casona de las afueras. Es una de las personas más humildes que conozco y, aunque no le falta el dinero y es muy chic, nunca ha dejado claro si posee algún título nobiliario. Una tarde me invitó a tomar café en la mansión y acudí encantada. Mientras disfrutábamos de la tranquilidad del jardín, vi a su hijo Guillermo estudiando en una mesa a la sombra de unas parras. Me sorprendió verlo tan concentrado, pues el chico había tenido un historial difícil.
— Qué formalito está tu hijo.
— ¡Ha dado un buen cambio este año! Está muy aplicado y ahora apenas nos da disgustos.
— ¡No me digas que está aprobando y todo!
— Y tanto, aprobando todo y con nota. Incluso le hemos devuelto su paga normal. Oye, y todo empezó con las clases de piano.
— La música amansa a las fieras —dije jocosa.
— No, no, qué va, Guillermo llevaba ya un tiempo en el conservatorio. Pero este año tiene clases particulares, para que apruebe el básico. Fue empezar y volverse muy responsable.
Nos miramos interrogándonos en silencio sin comprender el por qué del cambio. Bibi se acercó a mí y me habló susurrando.
— La mejoría es evidente y, como te digo, no sólo con el piano. Pero Elsa, la profesora, fue muy tajante en las clases: se encierran durante la hora y media que dura la lección —la miré extrañada—. Y no permite interrupciones, bajo ningún concepto. A mí me gustaría saber cómo doma a la fiera, qué hacen dentro. Y ya que estás aquí, quisiera pedirte un favor.
— Dime.
— Dentro de poco, a las seis, empezará la clase de los martes. El salón del piano se comunica con una salita sin otra salida. ¿Por qué no te escondes ahí y me cuentas qué hacen?
— ¿Quieres que haga de espía? ¿Y si me pillan?
— Dices que te echaste un rato y que te quedaste dormida, hay un diván ahí.
— ¿Y cómo miro? ¿Por una cerradura?
— Hay una cerradura, claro —contestó muy seria, sin captar la broma—. Pero también puedes dejar la puerta sin cerrar y mirar desde la oscuridad o a través de alguno de los espejos.
La curiosidad mató al gato, y media hora más tarde estaba en la salita, tumbada en el diván. Había dejado la habitación con la puerta entreabierta y con un pequeño haz de luz que entraba por la ventana. El respaldo del sofalito me hacía de parapeto por si alguien miraba hacia dentro. Tras esperar un poco, oí cómo entraron en la sala contigua y poco después, el ruido de la llave corriendo el cerrojo. Alguien se asomó a la sala en la que yo estaba y encajó la puerta.
Sin moverme del sofá, empecé a oír la lección. La clase empezó con un repaso de la lección del día anterior. Repetían una y otra vez la misma melodía, y me aburrí bastante. Luego revisaron la tarea pendiente y volvió a ser un martirio escuchar prácticamente lo mismo de forma reiterativa. Me decidí a mirar y me levanté. Guillermo estaba junto a Elsa en la banqueta del piano, muy juntos. Tocaba con la mano más pegada a la profesora, pero la otra la tenía en una posición muy extraña. En cambio, ella tocaba con la mano más alejada de él. Me tiré en el diván y no pude evitar que el tedio me hiciese dar una cabezadita.
Me desperté rodeada de un silencio absoluto. Me levanté sigilosamente y miré por la cerradura. Me encontré a Elsa con las manos apoyadas en el piano, dándome la espalda. La falda estaba subida del todo y medias y braguitas estaban enredadas en uno de sus pies. Solo veía de ella las piernas y las nalgas. No veía a Guillermo, pero la visión de sus muslos y el entrever su vulva, me estremeció. Pronto apareció el muchacho en mi campo de visión, se movía de un lado a otro mirándola, sin pantalones, el pene completamente erecto y masturbándose con una mano. De su verga destacaba el glande, pues su tamaño era algo desproporcionado respecto al resto del miembro. Y Elsa, inmóvil, mostraba su desnudez para estimular la masturbación del muchacho.
Así que ese era el secreto de la maestra de piano. La simpleza de su método para mantener al impertinente chico a raya me hizo sonreír. Pero él era tan joven... ella podía tener la edad de su madre, o la mía. No obstante, la desnudez parcial, entrever la vulva semi abierta, las piernas algo abiertas y la absoluta morbosidad de la escena hizo que mi respiración se entrecortase, y busqué mi sexo metiendo mi mano dentro del pantalón, pero tal y como estaba agazapada me fue imposible. El sonido de una tecla del piano hizo que Guillermo se acercase a su maestra, introduciendo sin preámbulos el pene dentro de la vagina. A continuación empezó a sonar el tic tac de un metrónomo y el chico adaptó el movimiento de su cadera al compás.
— Bien Guillermo, eso es, sigue el ritmo —dijo Elsa en voz alta.
Hablar en ese tono me pareció una osadía inmensa, pero eso me puso aún más cachonda. El único contacto entre ellos era el rabo en su perfecto movimiento rítmico. El glande tan gordo tenía que estar haciendo gozar a Elsa, pero ella mantenía un silencio sepulcral, al igual que él. Estuvieron dos o tres minutos perreando así hasta que sonó la misma nota de antes y el metrónomo aumentó la cadencia. Guillermo se adaptó a la misma. El chico no se cansaba, y con el sudor y la velocidad, el choque de sus cuerpos hacía que sonara un ruido de palmas.
— Ese es el ritmo, Guillermo ¡bravo!
Volvió a hablar alzando la voz. Me froté él clítoris con los dedos, dándome fuerte a través de la costura de los vaqueros, y descubrí pronto que las uñas me daban más placer que las yemas. El chico tenía aguante, muchísimo. Sonó una nota más grave y Guillermo sacó el pene. La vulva quedó a mi vista, más abierta aún, cayendo una gota de ella y quedando otra en suspensión. Pensé en el flujo generado en ella y cómo estaría yo tras una follada así. Fue un desperdicio dejar esa gota huérfana de una lengua que la recogiese. Guillermo reapareció y pasó el dedo por el ano de Elsa, que quedó más brillante. Parecía evidente que le había puesto algo de vaselina, pues extendió el resto en su propio capullo. Sonó la misma nota y la penetró por el lubricado orificio. Desde donde estaba sólo veía que el muchacho se movía en pequeños movimientos hasta que aparentemente consiguió meterla hasta el fondo. Elsa, con una mano en el teclado y la otra apoyada a un lateral del piano, hincó los dedos en éste, en el único gesto de estremecimiento que pude captar en ella. Guillermo se adaptó pronto al ritmo acelerado marcado por su maestra, haciendo que me corriese haciéndome recordar las pocas veces que me han dado así por detrás. Estoy convencida que Elsa también llegó al clímax, al menos dos veces. De pronto, el chico dijo "ya" en voz baja y poco después sus convulsiones delataron la eyaculación. Se apartó pude ver el ano de la maestra abriéndose y cerrándose ligera e involuntariamente.
— Limpia —susurró la profesora.
Guillermo se agachó y lamió el ano de su maestra. Desde la cerradura, vi cómo ésta se iba incorporando y cómo el chico mantenía la cabeza a la altura del culo, moviéndola ligeramente. A los pocos minutos, dos notas dieron la señal para que el chico se apartase definitivamente. La profesora se dio la vuelta, bajándose la falda, y con un pañuelo limpió el pene de su pupilo. A partir de entonces la lección de piano transcurrió con normalidad, al menos para ellos, pues yo estaba más excitada que cuando inicié mi masturbación.
Una vez acabada la clase esperé hasta que Bibi vino a recogerme. Le dije que me había quedado dormida por lo aburrida que estaba, y que todo era normal, demasiado normal. Intenté ser convincente, pero me dio la impresión de que no terminó de creerme.
Aquella noche soñé con las piernas de Elsa. Estaba desnuda, dándome la espalda e inclinada como la había visto por la tarde. Lamí el tobillo que no estaba sujetando sus medias y luego pasé la lengua por la planta de su pie, haciendo que se estremeciera. Chupé los muslos mientras miraba hacia arriba, contemplando la vulva abierta, oliendo su fino aroma. Entonces la penetré, porque yo era Guillermo, pero esta vez gimió. Me corrí follándomela, pero seguí erecto y ya no era Guillermo, era su pene, que dentro de ella, abriéndola, le hacía gemir más. Era una verga dentro de ella, pero la parte de mí que quedaba fuera estaba siendo penetrada por Guillermo. Así que yo estaba dentro de Elsa y Guillermo dentro de mí. Ahí me di cuenta que estaba en duermevela y me terminé con un dedo dentro del culo, dos en la vagina y el pulgar en el clítoris.
A los pocos meses dieron un concierto en casa de Bibi para celebrar que Guillermo había pasado con nota el siguiente curso. Con bastantes invitados vestidos de gala, la velada fue maravillosa. Cuando acabó la exhibición, me dio la impresión de que el chico estaba empalmado. Miré a Bibi y vi que también se había dado cuenta, me miró y me hizo un gesto de resignación. Tras los saludos, conseguimos hablar en privado. Me dijo que no había quedado muy convencida de mi informe de espionaje y que se las había arreglado para curiosear personalmente. Me dio mucho apuro el sentirme descubierta en mi engaño.
— Perdóname, Bibi, pero ¿cómo podía decirte lo que estaban haciendo...? Me pediste un favor y te he fallado.
— No te disculpes, lo entiendo, yo no fui capaz de digerirlo al principio. Mi primera idea fue cancelar las clases, pero luego me lo pensé. La mejora de Guillermo ha sido innegable, se ha vuelto muy responsable, y respecto a lo otro, en realidad, si se ve objetivamente...
— Ahórratelo, guapa. A su edad, otros chicos estarían masturbándose como monos, y el tuyo, la verdad, va a hacer feliz a muchas chicas. Eso no quita que la actitud de Elsa sea muy perturbadora.
— Y tanto. ¿Viste lo de la taza y el pene? —me quedé en silencio intentando asimilar las dos cosas juntas—, o lo del diapasón, o los juegos con las medias. Bueno, olvídalo. Por cierto, no sé si te has fijado, pero no han venido otros alumnos de Elsa, pero sí sus padres.
— ¡No me digas!
— Y me refiero a alumnos y alumnas.
— Alumnas...
Nos reímos por los celos ajenos y rebajamos la tensión.
— El jueves que viene tienen una última clase de despedida. ¿Por qué no te vienes y la vemos juntas?
— Cuenta conmigo —le cogí de las manos—. No te volveré a fallar.
Ese jueves me presentó formalmente a Elsa y esperamos a que entrasen y que se encerrasen en el salón del piano. Este no era el mismo que había conocido yo, y pronto comprendí por qué. Entramos en un despacho adjunto y Bibi abrió un armario. El suelo estaba cubierto por varias alfombras para amortiguar el crujir de las maderas y dentro había una silla, que ocupó mi anfitriona. Miré alrededor y vi que habían platos y tazas en las esquinas. Estaba claro que Bibi había pasado más de una tarde ahí dentro y que siempre había salido de allí descuidando su rastro. Delante de ella había una placa de madera que deslizó, y me indicó otra que estaba a mi altura. La deslicé también y al acercarme pude ver a través de una ranura lo que ocurría en el la sala del piano. Fue así como presenciamos la última lección.
Mientras miraba, no tuve más remedio que rozar con mi vientre la nuca de Bibi, y ésta me utilizó para reposar su cabeza. En el silencio de ese espacio tan mínimo, pude distinguir el sonido de un leve roce de ropa, mínimo y continuo. Pensé en las horas que había pasado mi amiga ahí sola, mirando por la ranura, sin otra compañía que la obscena relación entre maestra y alumno. Puse mi mano sobre el hombro de Bibi y comprobé que, efectivamente, el movimiento provenía de su brazo: el armario era su rincón privado y ahí solía desahogar sus íntimos impulsos. Mientras, al otro lado, Elsa y Guillermo estaban en una intimidad más convencional de lo que esperábamos, pero muy apasionada al ser su despedida.
La mano del hombro la llevé a su cara, acercando el índice a su boca, para tantear el deseo de Bibi. Esperé en silencio a su reacción, hasta que sentí su lengua humedecer mi dedo, para finalmente llevárselo dentro de su boca haciendo mojar instantáneamente mis braguitas.
Hice que se levantara y que mirase por mi punto de observación y me coloqué detrás de ella, bajándole las braguitas. Mientras ella miraba masturbándose en silencio, yo renuncié al espectáculo de Elsa, que en aquel momento se había sacado el pene de Guillermo y lo estaba llevando hasta la profundidad de su boca, y lamí el ano de mi amiga. Envuelta por la oscuridad de la estancia, estuve mucho tiempo con la lengua metida en su culo, alternándolo con lametones y la introducción de mis dedos, mientras los suyos aparecían y desaparecían por mi barbilla, en una masturbación loca de su vulva, momento que yo aprovechaba para chuparlos brevemente.
Bibi estuvo una hora masturbándose sin parar, y yo tuve que dar un descanso a mi lengua. Me masturbé junto a ella y esperé al final de la clase, que fue cuando mi amiga terminó en seco su masaje. Cerramos las ventanitas de nuestro observatorio y abrimos la puerta del armario, haciendo que la luz del despacho diese por finalizada esa hora y media tan mágicamente intensa. Una vez que se subió las bragas, lamí su mano como gesto de solidaridad entre amigas mirándola a los ojos. Me besó intensamente y salimos del armario. Antes, volví y recogí el muestrario de tazas y platos que había repartido por el suelo, para hacerle saber que era consciente de sus momentos de solitaria observación.
— Qué formalito está tu hijo.
— ¡Ha dado un buen cambio este año! Está muy aplicado y ahora apenas nos da disgustos.
— ¡No me digas que está aprobando y todo!
— Y tanto, aprobando todo y con nota. Incluso le hemos devuelto su paga normal. Oye, y todo empezó con las clases de piano.
— La música amansa a las fieras —dije jocosa.
— No, no, qué va, Guillermo llevaba ya un tiempo en el conservatorio. Pero este año tiene clases particulares, para que apruebe el básico. Fue empezar y volverse muy responsable.
Nos miramos interrogándonos en silencio sin comprender el por qué del cambio. Bibi se acercó a mí y me habló susurrando.
— La mejoría es evidente y, como te digo, no sólo con el piano. Pero Elsa, la profesora, fue muy tajante en las clases: se encierran durante la hora y media que dura la lección —la miré extrañada—. Y no permite interrupciones, bajo ningún concepto. A mí me gustaría saber cómo doma a la fiera, qué hacen dentro. Y ya que estás aquí, quisiera pedirte un favor.
— Dime.
— Dentro de poco, a las seis, empezará la clase de los martes. El salón del piano se comunica con una salita sin otra salida. ¿Por qué no te escondes ahí y me cuentas qué hacen?
— ¿Quieres que haga de espía? ¿Y si me pillan?
— Dices que te echaste un rato y que te quedaste dormida, hay un diván ahí.
— ¿Y cómo miro? ¿Por una cerradura?
— Hay una cerradura, claro —contestó muy seria, sin captar la broma—. Pero también puedes dejar la puerta sin cerrar y mirar desde la oscuridad o a través de alguno de los espejos.
La curiosidad mató al gato, y media hora más tarde estaba en la salita, tumbada en el diván. Había dejado la habitación con la puerta entreabierta y con un pequeño haz de luz que entraba por la ventana. El respaldo del sofalito me hacía de parapeto por si alguien miraba hacia dentro. Tras esperar un poco, oí cómo entraron en la sala contigua y poco después, el ruido de la llave corriendo el cerrojo. Alguien se asomó a la sala en la que yo estaba y encajó la puerta.
Sin moverme del sofá, empecé a oír la lección. La clase empezó con un repaso de la lección del día anterior. Repetían una y otra vez la misma melodía, y me aburrí bastante. Luego revisaron la tarea pendiente y volvió a ser un martirio escuchar prácticamente lo mismo de forma reiterativa. Me decidí a mirar y me levanté. Guillermo estaba junto a Elsa en la banqueta del piano, muy juntos. Tocaba con la mano más pegada a la profesora, pero la otra la tenía en una posición muy extraña. En cambio, ella tocaba con la mano más alejada de él. Me tiré en el diván y no pude evitar que el tedio me hiciese dar una cabezadita.
Me desperté rodeada de un silencio absoluto. Me levanté sigilosamente y miré por la cerradura. Me encontré a Elsa con las manos apoyadas en el piano, dándome la espalda. La falda estaba subida del todo y medias y braguitas estaban enredadas en uno de sus pies. Solo veía de ella las piernas y las nalgas. No veía a Guillermo, pero la visión de sus muslos y el entrever su vulva, me estremeció. Pronto apareció el muchacho en mi campo de visión, se movía de un lado a otro mirándola, sin pantalones, el pene completamente erecto y masturbándose con una mano. De su verga destacaba el glande, pues su tamaño era algo desproporcionado respecto al resto del miembro. Y Elsa, inmóvil, mostraba su desnudez para estimular la masturbación del muchacho.
Así que ese era el secreto de la maestra de piano. La simpleza de su método para mantener al impertinente chico a raya me hizo sonreír. Pero él era tan joven... ella podía tener la edad de su madre, o la mía. No obstante, la desnudez parcial, entrever la vulva semi abierta, las piernas algo abiertas y la absoluta morbosidad de la escena hizo que mi respiración se entrecortase, y busqué mi sexo metiendo mi mano dentro del pantalón, pero tal y como estaba agazapada me fue imposible. El sonido de una tecla del piano hizo que Guillermo se acercase a su maestra, introduciendo sin preámbulos el pene dentro de la vagina. A continuación empezó a sonar el tic tac de un metrónomo y el chico adaptó el movimiento de su cadera al compás.
— Bien Guillermo, eso es, sigue el ritmo —dijo Elsa en voz alta.
Hablar en ese tono me pareció una osadía inmensa, pero eso me puso aún más cachonda. El único contacto entre ellos era el rabo en su perfecto movimiento rítmico. El glande tan gordo tenía que estar haciendo gozar a Elsa, pero ella mantenía un silencio sepulcral, al igual que él. Estuvieron dos o tres minutos perreando así hasta que sonó la misma nota de antes y el metrónomo aumentó la cadencia. Guillermo se adaptó a la misma. El chico no se cansaba, y con el sudor y la velocidad, el choque de sus cuerpos hacía que sonara un ruido de palmas.
— Ese es el ritmo, Guillermo ¡bravo!
Volvió a hablar alzando la voz. Me froté él clítoris con los dedos, dándome fuerte a través de la costura de los vaqueros, y descubrí pronto que las uñas me daban más placer que las yemas. El chico tenía aguante, muchísimo. Sonó una nota más grave y Guillermo sacó el pene. La vulva quedó a mi vista, más abierta aún, cayendo una gota de ella y quedando otra en suspensión. Pensé en el flujo generado en ella y cómo estaría yo tras una follada así. Fue un desperdicio dejar esa gota huérfana de una lengua que la recogiese. Guillermo reapareció y pasó el dedo por el ano de Elsa, que quedó más brillante. Parecía evidente que le había puesto algo de vaselina, pues extendió el resto en su propio capullo. Sonó la misma nota y la penetró por el lubricado orificio. Desde donde estaba sólo veía que el muchacho se movía en pequeños movimientos hasta que aparentemente consiguió meterla hasta el fondo. Elsa, con una mano en el teclado y la otra apoyada a un lateral del piano, hincó los dedos en éste, en el único gesto de estremecimiento que pude captar en ella. Guillermo se adaptó pronto al ritmo acelerado marcado por su maestra, haciendo que me corriese haciéndome recordar las pocas veces que me han dado así por detrás. Estoy convencida que Elsa también llegó al clímax, al menos dos veces. De pronto, el chico dijo "ya" en voz baja y poco después sus convulsiones delataron la eyaculación. Se apartó pude ver el ano de la maestra abriéndose y cerrándose ligera e involuntariamente.
— Limpia —susurró la profesora.
Guillermo se agachó y lamió el ano de su maestra. Desde la cerradura, vi cómo ésta se iba incorporando y cómo el chico mantenía la cabeza a la altura del culo, moviéndola ligeramente. A los pocos minutos, dos notas dieron la señal para que el chico se apartase definitivamente. La profesora se dio la vuelta, bajándose la falda, y con un pañuelo limpió el pene de su pupilo. A partir de entonces la lección de piano transcurrió con normalidad, al menos para ellos, pues yo estaba más excitada que cuando inicié mi masturbación.
Una vez acabada la clase esperé hasta que Bibi vino a recogerme. Le dije que me había quedado dormida por lo aburrida que estaba, y que todo era normal, demasiado normal. Intenté ser convincente, pero me dio la impresión de que no terminó de creerme.
Aquella noche soñé con las piernas de Elsa. Estaba desnuda, dándome la espalda e inclinada como la había visto por la tarde. Lamí el tobillo que no estaba sujetando sus medias y luego pasé la lengua por la planta de su pie, haciendo que se estremeciera. Chupé los muslos mientras miraba hacia arriba, contemplando la vulva abierta, oliendo su fino aroma. Entonces la penetré, porque yo era Guillermo, pero esta vez gimió. Me corrí follándomela, pero seguí erecto y ya no era Guillermo, era su pene, que dentro de ella, abriéndola, le hacía gemir más. Era una verga dentro de ella, pero la parte de mí que quedaba fuera estaba siendo penetrada por Guillermo. Así que yo estaba dentro de Elsa y Guillermo dentro de mí. Ahí me di cuenta que estaba en duermevela y me terminé con un dedo dentro del culo, dos en la vagina y el pulgar en el clítoris.
A los pocos meses dieron un concierto en casa de Bibi para celebrar que Guillermo había pasado con nota el siguiente curso. Con bastantes invitados vestidos de gala, la velada fue maravillosa. Cuando acabó la exhibición, me dio la impresión de que el chico estaba empalmado. Miré a Bibi y vi que también se había dado cuenta, me miró y me hizo un gesto de resignación. Tras los saludos, conseguimos hablar en privado. Me dijo que no había quedado muy convencida de mi informe de espionaje y que se las había arreglado para curiosear personalmente. Me dio mucho apuro el sentirme descubierta en mi engaño.
— Perdóname, Bibi, pero ¿cómo podía decirte lo que estaban haciendo...? Me pediste un favor y te he fallado.
— No te disculpes, lo entiendo, yo no fui capaz de digerirlo al principio. Mi primera idea fue cancelar las clases, pero luego me lo pensé. La mejora de Guillermo ha sido innegable, se ha vuelto muy responsable, y respecto a lo otro, en realidad, si se ve objetivamente...
— Ahórratelo, guapa. A su edad, otros chicos estarían masturbándose como monos, y el tuyo, la verdad, va a hacer feliz a muchas chicas. Eso no quita que la actitud de Elsa sea muy perturbadora.
— Y tanto. ¿Viste lo de la taza y el pene? —me quedé en silencio intentando asimilar las dos cosas juntas—, o lo del diapasón, o los juegos con las medias. Bueno, olvídalo. Por cierto, no sé si te has fijado, pero no han venido otros alumnos de Elsa, pero sí sus padres.
— ¡No me digas!
— Y me refiero a alumnos y alumnas.
— Alumnas...
Nos reímos por los celos ajenos y rebajamos la tensión.
— El jueves que viene tienen una última clase de despedida. ¿Por qué no te vienes y la vemos juntas?
— Cuenta conmigo —le cogí de las manos—. No te volveré a fallar.
Ese jueves me presentó formalmente a Elsa y esperamos a que entrasen y que se encerrasen en el salón del piano. Este no era el mismo que había conocido yo, y pronto comprendí por qué. Entramos en un despacho adjunto y Bibi abrió un armario. El suelo estaba cubierto por varias alfombras para amortiguar el crujir de las maderas y dentro había una silla, que ocupó mi anfitriona. Miré alrededor y vi que habían platos y tazas en las esquinas. Estaba claro que Bibi había pasado más de una tarde ahí dentro y que siempre había salido de allí descuidando su rastro. Delante de ella había una placa de madera que deslizó, y me indicó otra que estaba a mi altura. La deslicé también y al acercarme pude ver a través de una ranura lo que ocurría en el la sala del piano. Fue así como presenciamos la última lección.
Mientras miraba, no tuve más remedio que rozar con mi vientre la nuca de Bibi, y ésta me utilizó para reposar su cabeza. En el silencio de ese espacio tan mínimo, pude distinguir el sonido de un leve roce de ropa, mínimo y continuo. Pensé en las horas que había pasado mi amiga ahí sola, mirando por la ranura, sin otra compañía que la obscena relación entre maestra y alumno. Puse mi mano sobre el hombro de Bibi y comprobé que, efectivamente, el movimiento provenía de su brazo: el armario era su rincón privado y ahí solía desahogar sus íntimos impulsos. Mientras, al otro lado, Elsa y Guillermo estaban en una intimidad más convencional de lo que esperábamos, pero muy apasionada al ser su despedida.
La mano del hombro la llevé a su cara, acercando el índice a su boca, para tantear el deseo de Bibi. Esperé en silencio a su reacción, hasta que sentí su lengua humedecer mi dedo, para finalmente llevárselo dentro de su boca haciendo mojar instantáneamente mis braguitas.
Hice que se levantara y que mirase por mi punto de observación y me coloqué detrás de ella, bajándole las braguitas. Mientras ella miraba masturbándose en silencio, yo renuncié al espectáculo de Elsa, que en aquel momento se había sacado el pene de Guillermo y lo estaba llevando hasta la profundidad de su boca, y lamí el ano de mi amiga. Envuelta por la oscuridad de la estancia, estuve mucho tiempo con la lengua metida en su culo, alternándolo con lametones y la introducción de mis dedos, mientras los suyos aparecían y desaparecían por mi barbilla, en una masturbación loca de su vulva, momento que yo aprovechaba para chuparlos brevemente.
Bibi estuvo una hora masturbándose sin parar, y yo tuve que dar un descanso a mi lengua. Me masturbé junto a ella y esperé al final de la clase, que fue cuando mi amiga terminó en seco su masaje. Cerramos las ventanitas de nuestro observatorio y abrimos la puerta del armario, haciendo que la luz del despacho diese por finalizada esa hora y media tan mágicamente intensa. Una vez que se subió las bragas, lamí su mano como gesto de solidaridad entre amigas mirándola a los ojos. Me besó intensamente y salimos del armario. Antes, volví y recogí el muestrario de tazas y platos que había repartido por el suelo, para hacerle saber que era consciente de sus momentos de solitaria observación.
20.9.18
Nuestra tía
Después de nuestro intenso encuentro con Teresa, la relación íntima con mi marido había mejorado aún más. Me buscaba por cada rincón de la casa, y apenas le importaba si Pedrito estaba o no en nuestro hogar. Yo disfrutaba mucho sintiéndome tan deseada y siendo cada vez más perra con él. Nunca habíamos tenido un sexo digamos… clásico, pero empezamos a explorar nuevas formas y lugares que nos ponían enormemente a los dos.
En esa época me bajó por primera vez las bragas en los servicios públicos de un centro comercial, y acabamos casi en el suelo. Por entonces también introdujimos en nuestros juegos a un desconocido. Que Juan me viese con otro hombre era crucial para mi plan familiar.
En esos días la tía de mi marido, una señora que rondaba la sesentena, nos invitó a que pasaramos un par de días en su casa. Me mostré muy entusiasmada, tanto, que mi esposo no tuvo excusa para negarse. Yo tenía un interés muy morboso en ella. Parecía algo más joven de lo que era en realidad y su melena larga y negra (evidentemente teñida) le sentaba muy bien. Me atraía de ella el escote generoso que solía lucir, pues tenía unos pechos enormes y no se cortaba a la hora de vestirse. También me fascinaba cierto tic en la lengua que le hacía pasarla de lado a lado de la boca cada dos por tres, haciendo a la larga que sus interlocutores quedasen ensimismados esperando a ver cómo el húmedo músculo recorría sus brillantes labios. Tenía una voz grave, profunda, y miraba siempre a los ojos, haciendo aún más perturbador el reclamo visual de su escote y la lengua al aire. Porque, así lo había observado, su presencia nos fascinaba por igual a ellos y a nosotras.
El día que fuimos a visitarla, ya en su casa, Charo me enseñó unos trabajos de artesanía que estaba haciendo. Los tenía en varios libros, y sentadas en un diván íbamos pasando hoja tras hoja. Mi marido se mostró muy educado hasta que no aguantó más y se fue a dar un paseo por la ciudad, dejándonos a solas. Mientras ella hablaba y pasaba páginas, me fijé en su escote. Cada vez que movía los brazos, las enormes masas se movían dentro de él, manteniendo el canalillo suavemente apretado. Podía meter mi mano allí y aún quedaba mucho más pecho tapado. Calibré mentalmente el tamaño de sus pechos, y en ese momento me pareció que cada uno era tan grande como mi cabeza, pero quizás se me desbordó la imaginación.
— ¿Te puedo hacer una pregunta?
— Claro, mujer —se pasó la lengua y sentí cosquillas en mi garganta.
— Has tenido que ser muy guapa cuando eras más joven —se echó el pelo hacia atrás y se sonrojó—. Quiero decir que ahora eres muy atractiva, pero en tu plenitud has tenido que tener muchos novios.
— Me quedé viuda muy joven, y con dos niños no he tenido una vida muy romántica.
— No me refiero a eso —otra vez la lengua—. ¿Antes de casarte tuviste otros novios?
Se quedó callada, pues quizás fui muy agresiva con mi tercer grado. Cerró el libro de manualidades y se giró hacia mí, haciendo el que su escote también apuntase en mi dirección. No pude evitar mirarlo, y me llevé la mano que tenía en el respaldo del diván a la nuca, acariciándomela. Con parsimonia la miré a los ojos.
— Sí, claro que tuve novios —hizo una gran pausa mientras se miraba las rodillas—. Pero hace mucho tiempo que no hablo de eso.
Rebuscó en un pequeño álbum que estaba junto a nosotras y me enseñó una foto suya en blanco y negro. Tenía un tipazo, y unos pechos que ya eran grandes. Detrás de ella había una pareja y el hombre aparentemente le estaba mirando el culo.
— Tuviste que volverlos locos —dije con un dedo señalando sus caderas—. Entonces no era como ahora, con tantas libertades…
— Bueno, cada uno hace lo que puede, entonces y ahora. Claro, yo ahora ya no… pero cuando yo he podido, he hecho lo que me ha dado la gana —me gustaba esta mujer.
— Entonces el sexo… —volvió a sonrojarse, pero mantuvo la mirada seria sobre mí, pues no era de sonrisa fácil. Pasó la lengua otra vez y me llevé otra vez la mano a la nuca. Quería ponerla cachonda yo a ella, no al revés. ¿Estaría jugando conmigo?
— Claro. No es fácil hablar del tema, pero contigo es distinto —ahora la lengua pasó al otro lado, desapareciendo, y me quedé mirando la boca esperando que volviese a aparecer. Creo que ella me tenía donde quería—. Hubo otros hombres antes de mi Antonio. Yo empecé joven, con 16, pues tenía un noviete algo mayor que yo. Lo hacíamos en la escalera de mi casa, hasta que nos pillaron y se acabó todo. Pero a mí me había gustado aquello —al fin empezó a sonreír. Pareció que iba a decirme algo pero hizo una pausa—. Después tuve otros, además de jóvenes también algunos maduros o casados. Era complicado entonces, pues la reputación se podía perder muy fácilmente.
— Tuviste una buena experiencia prematrimonial.
— Sí… —colocó una mano sobre su escote, de forma casual. Pero a mí no se me escapaba que Charo era una seductora nata. Lo que no sabía era hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
— ¿Qué significa ese sí? —aquí había algo más.
— Bueno, que seguí con mis citas hasta poco antes de la boda —la mano que no tenía en mi nuca, la puse sobre mi rodilla—. Antonio era fantástico, pero el sexo con otros hombres… —ya me había puesto cachonda la muy jodida— Eso, que me gustaba.
— ¿Y después de casarte?
No contestó, se limitó a mirarme y a mover ligeramente la mano sobre su pecho. ¿Me estaba vacilando?
— ¿También? —la miraba asombrada.
— Esto no puede salir de aquí, cariño.
— Me parece genial, Charo. Tú te lo llevas —moví la falda y mostré un poco de mis muslos. Ella mantuvo su mirada en mis ojos. Si estaba jugando, era una experta.
— Cuando enviudé mantuve un duelo real, quería mucho a mi Antonio. Al cabo del tiempo volví a mis andadas. Pero claro, conforme pasa el tiempo se hace más complicado atraer a los hombres. Al menos a los que merece la pena meter en tu cama.
— ¿Cómo hacías para…?
— Usaba los clasificados de los periódicos, pero ahí veías de todo. Más de una vez me he llevado un buen susto. También me hice de un par de alcahuetas que hicieron todo más fácil —me tenía ensimismada, pero moví la pierna para dejar más muslo a la vista.
— ¡Entonces te gustaba mucho el sexo!
— ¡Y me gusta, guapa! —nos reímos.
— A mí también me gusta mucho follar —fui conscientemente soez, pero su mirada no cambió, no se perturbó, decididamente era una gran jugadora de póker—. Antes, cuando dijiste que os pillaron en la escalera con tu primer novio, ¿qué pasó exactamente?
— Mmm… nos descubrió una vecina. Echó al pobre a escobazos y a mí me tiró de los pelos, pero no le dijo nada a mis padres…
— ¿Y…?
— Esto no lo he contado nunca. A los pocos días, volví de la compra a mi casa y ella estaba barriendo su rellano. Me hizo pasar. Entré porque la pillada me había dado mucha vergüenza y quería pedirle perdón, cosa que hice. Me dijo que no me preocupara, que eran las calores de la juventud, y me puso una mano en la mejilla para tranquilizarme. Pero sentí algo muy especial. Cogí su muñeca y besé la palma de su mano. Esperaba una buena cachetada, pero dejó que le diese otro beso, y otro… hasta que nos besamos en la boca. Créete que fue el primer beso con lengua que me dieron.
— Qué bonito ¿no? —mis braguitas estaban mojadas y apenas me salía la voz. Charo era una artista.
— Me enseñó muchas cosas.
— Muchas cosas… —repetí.
Nos quedamos mirandonos en silencio. Me levanté del diván y me volví a sentar, con el cuerpo hacia ella y la falda de forma que mi culo tocaba la tapicería. Mis piernas, de lado, quedaron muy expuestas a su vista. Esta vez las miró unos segundos.
— Me preguntaba si no te importaría… tienes un busto muy generoso, Charo, y me preguntaba si… ya se que no están tan firmes como en la foto, pero…
— ¿Quieres verlas? —sin dar importancia a nuestras palabras, de desabrochó la camisola, completamente, mostrando un enorme sujetador de encaje que guardaba sus senos y una barriga redonda, con algunos pliegues. Se quitó la camisa y se desprendió del sujetador. Me pareció alucinante ver cómo la gravedad y el tiempo no habían conseguido vencer del todo la relativa firmeza de sus pechos. La naturaleza le había sido propicia a la mujer, pues con ese volumen y a su edad, lo normal es que le llegaran a la ingle. Las sostuvo con ambas manos—. No están mal, ¿verdad?
— ¿Puedo?
— Claro.
Soltó sus pechos y dejó que mis dedos los recorriesen. Me acordé de mi amiga tetona de juventud, de nuestros juegos, y busqué los pezones. Tiré de ellos y, joder, los pechos eran más firmes que los de mi joven amiga. Charo me miraba imperturbable, fijamente, pero los colores en la cara la delataban. Pasó la lengua de un lado a otro. Cuando la tuvo en la comisura de los labios grité.
— ¡Párate!¡No muevas la lengua!
Me acerqué a ella y pasé la mía por la punta de la suya, luego recorrí sus labios cerrados hasta que introduje mi lengua en un largo beso.
— Cuando pones la lengua así parece un chocho.
Se volvió a pasar la lengua muy lentamente. Le cogí de los pezones y la sobé como pude. Nos mirábamos y ella no hizo ningún ademán de tocarme. Pero gemía profundamente. Quería meter mi lengua otra vez en su boca.
— ¿Sabes que Juan se hizo su primera paja pensando en ti? —se puso algo incómoda, pero no apartó mis manos—. Tendría unos 15, y por lo que veo, tú eras una hembra de bandera. Por la casa más de una vez irías algo más descocada. No solos tus pechos, es que sigues teniendo unas piernas preciosas, al menos tus rodillas lo son.
— ¿El te cuenta esas cosas?
— Yo le pregunto y él me contesta.
— Eres muy morbosa, Gloria —su mano cogió su pecho, muy cerca de donde estaba la mía—. No sé cómo tomarme eso. Prácticamente lo crié yo, su madre apenas estaba en casa. Más de una vez Juanito se equivocaba y me decía mamá. Eso de la masturbación…
— Cosas de hormonas, no tiene importancia, Charo. Eras la mujer que veía más a menudo, y eras un arquetipo sexual de primer orden para cualquier hombre —ahora su mano dirigía la mía en el sobeteo—. Para él solo eras una fantasía, después vinieron otras mujeres.
Nos volvimos a besar. Esta vez su lengua se metió en mi boca. Era enorme y casi me ahoga. Empezó a moverla de arriba abajo y quise tenerla dentro de mi vagina haciendo lo mismo. La sorbí dentro de mi boca, y dejó de moverla. Empezé a chuparla como si fueta una polla erecta. Levantó mi falda, dejando mis braguitas a la vista, y subió las manos a mis pechos. Se tiró sobre mí y no besamos, con su mano en mi culo. Aparté su cara de mi.
— Quiero que Juan te folle —no respondió—. Esta noche.
Se separó y se sentó.
— Pero Juanito… ¡qué cosas tienes, Gloria! ¿o es cosa de Juan? —se estaba volviendo a incomodar y tuve que reconducirla a lo que en realidad importaba.
— Es cosa mía, Juan no sabe nada —le cogí las manos—. Digamos que de un tiempo a esta parte estoy explorando con él ciertas cosas que él usaba para sus… autosatisfacciones… íntimas.
— Quieres decir en sus…
— En sus pajas —me miró como si no comprendiera—. Te pongo un ejemplo. A veces mientras se masturbaba había imaginado que me follaba otro hombre. Cosas así.
Charo mantuvo un prudencial silencio mientras digería lo que oía.
— Quieres decir que tú te has… tirado a otro hombre y Juan lo ha consentido…
— Y tanto, estaba delante mía, viéndome gozar.
— Mmm, Gloria, no tengo nada en contra, pero usarme a mí en vuestros juegos, no sé. Soy su tía, está conmigo desde que nació… ni siquiera creo creo que él esté de acuerdo, a pesar de haberse… masturbado conmigo cuando era un muchacho… creo que estás llevando vuestros jueguecitos demasiado lejos.
— Ya hemos tenido una experiencia parecida. Con alguien muy cercano —se me quedó mirando, tuve que contárselo—. Teresa.
— ¿Tu… tu Teresa? —tenía los ojos como platos.
— Fue todo muy raro, sin premeditación —casi mentí en eso—. Quise ponerle a cien usándola como cebo, pero ella nos descubrió y aquello se nos fue de las manos. Fue tan extraño y tan excitante… —quería ver cómo reaccionaba Charo.
— Teresa es muy guapa —me gustó su forma de ver el asunto y respiré aliviada.
— Y muy apasionada en la cama…
— Pero no entiendo cómo ella pudo prestarse a eso. Vosotros estáis en una espiral que vaya tela, pero… ¿ella?
— Supongo que ella también tenía ciertas fantasías íntimas.
Charo volvió a jugar con su lengua, mientras se pasaba los dedos por los pechos mirándome fijamente, se me hizo el chocho agua viendo cómo desafiaba mi deseo. Me levanté y me puse tras ella. Me recliné de forma que mi cara estaba junto a la suya. Llevé una mano a uno de sus pechos y con la otra me metí unos dedos en el chocho. Empapados, los llevé a su boca, y los chupó con ganas.
— Estoy deseando ver la polla de Juan en tu boca —solté su pecho y eché su cabeza hacia atrás, agarrándola del pelo—. ¿Lo harás por mí? —afirmó con la cabeza—. Has comido muchas pollas, ¿verdad? —con mis dedos en su boca, volvió a afirmar— ¿te tragas el semen? —gimió— yo también, y se me moja mucho el chocho cada vez que me como un buen rabo —volvió a afirmar, y su mano impedía que la mía sacase los dedos de su boca— ¿follarás con él? ¿los tres juntos?
— Sí, pero lo conozco y no creo que él esté dispuesto ¿pero cómo haremos para que él quiera?
— Estará encantado, créeme. Eso sí, tienes que ser una buena… puta. Perdona que lo diga así, pero no hay otra palabra mejor. Me gusta hacer las cosas a mi manera, y creo que estarás a la altura.
Buscó mi mano y volvió a chupar los dedos.
— A la putita le gustaría saborearte otra vez.
— La puta esperará a esta noche y entonces meterá su lengua en mi coño.
Quise ver qué clase de mujer tenía entre manos y le tiré de los pezones hacia mí, apretando fuerte. Lo único que conseguí fue oír un gemido de placer. Esa noche lo pasaríamos bien.
Más tarde, cuando terminamos de cenar, nos tomamos un digestivo en el salón. Charo y yo estábamos sentadas en el sofá y Juan en un sillón muy pegado a mi lado. De vez en cuando me inclinaba hacia delante y apoyaba mi mano en su rodilla, a veces subía un poco al muslo. Juan se ponía rígido y Charo, tahúr, hacía como si no nos viese.
— ¡Me encantan tus escotes! —le solté a Charo ante el asombro de Juan.
— ¡Muchas gracias!
Habíamos convenido usar nuestra reunión anterior como ensayo general. Iríamos al grano, sin darle a Juan ninguna posibilidad de reacción.
— Tienes mucho busto, pero sabes llevarlo muy bien.
— Es una lucha continua porque el peso tiende a producir chepa. Desde los 16 que ando muy tiesa, fue el mejor consejo que me dio mi abuela. Y oye, que creo que para mi edad, no están mal.
— ¿Las puedo ver? —moví la mano que estaba sobre el muslo de mi marido un poco más arriba—. Juan, a ti no te importa, ¿no? —Juan arqueó las cejas.
— ¡Claro que no! —dijo Charo.
Juan no tenía tiempo de intervenir, todo iba muy rápido, pues su tía se desnudó lentamente de cintura para arriba y se acercó a mí, colocando los pechos casi en mi cara. Juan no se esperaba la función que le había preparado, pero en ese momento ya tenía que saber la encerrona en la que estaba.
— Tócalos, no me importa —dijo mientras los sostenía en sus manos.
Se los cogí, los sobé, los alabé, la felicité. Con una mano sosteniendo una de sus inmensas tetas, la otra la llevé otra vez a la pierna de Juan, que dio un respingo.
— ¡Son enormes! ¡Anda, tócalas!
Charo cogió el otro pecho y se giró hacia él. Juan lo tocó tímidamente. Pasé la palma de la mano sobre el pezón y lo acaricié sintiendo cosquillas. La tetilla se puso bien gorda. Cogí la mano de Juan y llevé sus dedos al pezón de su tía.
— ¡Mira qué gordo!
Charo cogió la mano de Juan, para que mantuviese sus dedos entrelazados a su tetilla. Yo cogí la otra y empecé a pellizcarla ostentosamente. Juan me siguió.
— Me las puedes chupar —me dijo Charo, acercándose más aún.
Lo hice inmediatamente, primero me llevé la corona a los labios y chupé un poco. Luego pasé la lengua muy rápidamente para deleite de Juan y su tía. Me metí todo lo que pude en la boca, sabiendo que era una mínima parte de lo que podía besar. Mi lengua trabajaba sepultada en su pecho. Llevé la mano hacia la polla de Juan, que estaba muy dura dentro del pantalón, para empezar a masturbarlo. Me acordé de esa tarde y de que a Charo le gustaban las emociones fuertes, y mordí su pezón hasta que oí su gemido. Se apartó y me metió el otro entre los dientes. Estaba algo blando, pues los pellizcos de Juan habían sido timoratos. Empecé a morderlo con suavidad y a chuparlo, aumentando la intensidad hasta que lo noté duro. Volvió a gemir.
— Juan, enséñanos tu rabo —había esperado a que estuviese bien dura para que le enseñara la verga a Charo, de esa forma él se sentiría más seguro.
Juan se puso de pie y se bajó los pantalones. Le hice un gesto y se desnudó completamente. Charo, después de mirar detenidamente la polla, me miró, comprendiendo lo que significaba hacer las cosas a mi manera, pues sabía que si fuese por Juan éste ya se hubiese abalanzado sobre sus pechos hacía un rato. Mirándome, le cogió la verga y empezó a masturbarlo.
— Tenías esto muy bien escondido cuando vivías en casa… me hubiera gustado haberlo visto antes —Lo que yo me había dicho, era una jugadora nata—. Con lo sola que estaba tu tía, y lo que le gusta vaciar estas pollas cuando están tan gordas.
Era una artista. Me acerqué a ella y la besé. Añoraba esa lengua en mi boca. Puse mi mano sobre la de ella, la que estaba masturbando a Juan, y fui acercando el capullo a nuestras bocas. Lo chupé un poco y Charo se quedó expectante. Lo metí en su boca y miré la cara de satisfacción de Juan. Me miró y me acarició la nuca, más que con pasión, con mucho amor, muy agradecido, y le sonreí, satisfecha.
Charo hacía bastante ruido chupando. Movía mucho la cabeza y cuando paraba se entretenía con el glande. No podía imaginarme lo que su lengua hacía ahí dentro. Saqué la polla y besé a la mujer. Tragué su lengua, y volví a chuparla como si de un verga se tratase. Juan pudo ver lo grande que era esa lengua y lo que yo deseaba tenerla en mí. También nos quedó claro que Charo se prestaba a hacer cualquier cosa que se le pidiera.
Me puse de pie y me desnudé. Cuando volví a ellos, Charo tenía toda la polla de Juan dentro de la boca, en una profundidad solo apta para buenas gargantas entrenadas. Sacó parcialmente la verga con la cara muy colorada, pero animada a seguir. Puse una pierna sobre el sofá y aparté la polla de la boca para poder llevar esa lengua descomunal a mi vulva. Empezó a lamerme rápidamente, haciendo el mismo ruido que cuando tenía el rabo en la boca. Me hizo gemir. Pasaba rápidamente la punta de la lengua de mi vagina a mi clítoris, en movimientos vertiginosos, haciéndome temblar la pierna que sostenía mi peso. Me agarré al rabo de Juan y busqué su boca. Mientras lo besaba, uno de los dedos de Charo se fue introduciendo en mi culo, haciendo que masturbara a Juan salvajemente. Charo se puso de pie, chupándose el dedo sodomita y también se desnudó. Me cogió de la mano y fuimos a su dormitorio. Se puso bocarriba en la cama y abrió las piernas. Se abrió los labios menores con los dedos y me hizo un gesto con los dedos para que le cogiera la mano. Lo hice y me acercó a ella, llevando mi boca a su sexo. Al contrario que sus pechos, el coño de Charo reflejaba la edad que tenía. Tenía los pliegues muy elásticos, y algo amorfos. Pasé la lengua por su clítoris, y ella lo acompañó con un suspiro. Luego, ayudándome con los dedos, abrí sus labios pellizcando sus pliegues, de esa forma pude ver su vagina semi abierta. Tras lamerla brevemente, llevé el anular hacia dentro y empecé a masajearla internamente mientras lamía su clítoris. Sentí el rabo de mi marido abriéndose paso por mi chocho. Estaba a cuatro patas ofreciéndole mi trasero, así que no me sorprendió. Mientras me follaba dejé de chupar la pipa de su tía, pero mantuve el índice y el anular dentro de ella, a un ritmo mayor que el que me estaba dando Juan. Ella sustituyó mi lengua por sus dedos en un frotamiento muy rápido de su pipa.
Juan hizo que me corriese, y como se dio cuenta, acercó su boca para besarme. Aproveché y le dije que se la chupara su tía. Sacó bien pronto la polla de mi chocho y la metió en la boca de ella, que tragó con ganas. Yo seguía con mis dedos dentro de ella. Pronto cambiamos nuestra posición, metiendo la verga en su vagina y mis dedos en su boca. Charo tenía una elasticidad enorme, pues abrió las piernas completamente y las subió. Después se puso a cuatro patas, hasta que Juan amenazó con eyacular. Sin dilación, se metió el rabo en la boca, hasta el fondo, esperando la corrida. Le hizo una felación memorable y se tragó todo, besándome después para que comprobara su limpieza.
Entonces empezó su auténtico turno. Abrió un cajón del armario y sacó un arnés con una buena polla de silicona. Pasó vaselina por ella y se ajustó la correa. Se puso sobre mí, yo estaba echada en la cama, y empezó a follarme. Mi experiencia con mujeres era muy limitada, y nunca me habían hecho eso. Me puse a cien y, ayudada por mi masaje clitoriano, no tardé en correrme. Una vez que acabé, me dio la vuelta y, poniendo un poco más de vaselina, me la metió por el culo. No me lo podía creer. Esa señora era una máquina del amor. Intentaba mirar a Juan, pero los ojos se me ponían en blanco y en el fondo de mi consciencia me oía jadear, muy fuerte, a lo lejos. Me corrí, me corrí mucho, un líquido transparente me caía del coño a las rodillas, jamás me había pasado eso. Charo paró y me puse, agotada, boca arriba. Los tres probamos mis jugos, ellos lamiendo mis piernas, y yo mis dedos, que pasaba antes por el interior del chocho.
Charo fue bajando la boca hasta que metió la lengua dentro de él. Esa mujer era incansable. Hacía con ella maravillas dentro de mí. Se apartó y volvió a la vaselina, que se puso en los dedos. Vi como se los llevó hacia atrás mientras seguía con la lengua en mi vagina. Mi marido estaba detrás de ella y estaba colorado como un tomate. Yo dejé que me trabajara bien, pero acabé levantándome para mirar, presa de la curiosidad. Charo tenía metido en el culo todos sus dedos, hasta los nudillos, e intentaba meter más. Decidí ayudarla. Me unté y me abrí paso. Su ano apretaba mi mano, pero ésta pudo entrar hasta la muñeca. Ahora sentía la presión que el esfínter producía en ella. Giré un poco el brazo y pude sacarlo. Repetí la operación varias veces y ella empezó a gemir fuerte. Miré a Juan, que estaba otra vez empalmado. Charo consiguió cogerme la otra mano y lamió mis dedos, en una invitación muy clara. Pronto fueron mis dos manos las que recorrían su culo, más allá de mis muñecas. Metía y sacaba los brazos, algunas veces juntos, otras alternándolos, sin sacarlos del todo. Ella se masturbaba frenética, hasta que se corrió.
A pesar de lo salida que estaba, no tuve más remedio que lavarme las manos en cuanto acabó. Al volver. Juan tenía el rabo otra vez en la boca de la mujer, pero en cuanto me vio Charo se vino hacia mí y me tiró en la cama. Se puso vaselina en la mano y me fue introduciendo varios dedos en la vagina. Juan se vino a mí y empecé a chuparle la verga. Charo movía la palma de la mano girándola, amasando mis paredes. A pesar de mi excitación, no quería que me hiciera lo que le había hecho yo, pues me daba algo de miedo. Como veía el pulgar asomando por mi rajita, me dejé hacer. Chupaba y lamía la polla de mi marido en sintonía con la mano de Charo, pero pronto perdí el compás. Sentí la eyaculación de Juan en la boca, pero estaba otra vez gozando en una órbita desconocida, sintiendo los nudillos de la vieja en mi vagina. Me corrí en un grito sonoro.
Al día siguiente volvimos a casa. Al despedirnos, Charo me regaló el arnés con la verga, por si lo necesitaba alguna vez. Por el camino, comentando cómo me había sentido en el último orgasmo, le confesé a Juan que temí por si a su tía le hubiera dado por meter las dos manos en mi vagina.
— Me excitó mucho hacérselo, pero jamás permitiría que me lo hiciesen a mí.
— Pues te lo pasaste muy bien.
— Sí, pero haciéndoselo. Me da un respingo nada más de pensar haciendomelo. ¡Puag!
— No, no. Quiero decir que te lo pasaste muy bien. Que te metió las dos manos bien dentro. Ni te diste cuenta ¿no? Estabas como una perra en celo.
“Como una perra en celo”, pensé, mientras mis braguitas se humedecían.
En esa época me bajó por primera vez las bragas en los servicios públicos de un centro comercial, y acabamos casi en el suelo. Por entonces también introdujimos en nuestros juegos a un desconocido. Que Juan me viese con otro hombre era crucial para mi plan familiar.
En esos días la tía de mi marido, una señora que rondaba la sesentena, nos invitó a que pasaramos un par de días en su casa. Me mostré muy entusiasmada, tanto, que mi esposo no tuvo excusa para negarse. Yo tenía un interés muy morboso en ella. Parecía algo más joven de lo que era en realidad y su melena larga y negra (evidentemente teñida) le sentaba muy bien. Me atraía de ella el escote generoso que solía lucir, pues tenía unos pechos enormes y no se cortaba a la hora de vestirse. También me fascinaba cierto tic en la lengua que le hacía pasarla de lado a lado de la boca cada dos por tres, haciendo a la larga que sus interlocutores quedasen ensimismados esperando a ver cómo el húmedo músculo recorría sus brillantes labios. Tenía una voz grave, profunda, y miraba siempre a los ojos, haciendo aún más perturbador el reclamo visual de su escote y la lengua al aire. Porque, así lo había observado, su presencia nos fascinaba por igual a ellos y a nosotras.
El día que fuimos a visitarla, ya en su casa, Charo me enseñó unos trabajos de artesanía que estaba haciendo. Los tenía en varios libros, y sentadas en un diván íbamos pasando hoja tras hoja. Mi marido se mostró muy educado hasta que no aguantó más y se fue a dar un paseo por la ciudad, dejándonos a solas. Mientras ella hablaba y pasaba páginas, me fijé en su escote. Cada vez que movía los brazos, las enormes masas se movían dentro de él, manteniendo el canalillo suavemente apretado. Podía meter mi mano allí y aún quedaba mucho más pecho tapado. Calibré mentalmente el tamaño de sus pechos, y en ese momento me pareció que cada uno era tan grande como mi cabeza, pero quizás se me desbordó la imaginación.
— ¿Te puedo hacer una pregunta?
— Claro, mujer —se pasó la lengua y sentí cosquillas en mi garganta.
— Has tenido que ser muy guapa cuando eras más joven —se echó el pelo hacia atrás y se sonrojó—. Quiero decir que ahora eres muy atractiva, pero en tu plenitud has tenido que tener muchos novios.
— Me quedé viuda muy joven, y con dos niños no he tenido una vida muy romántica.
— No me refiero a eso —otra vez la lengua—. ¿Antes de casarte tuviste otros novios?
Se quedó callada, pues quizás fui muy agresiva con mi tercer grado. Cerró el libro de manualidades y se giró hacia mí, haciendo el que su escote también apuntase en mi dirección. No pude evitar mirarlo, y me llevé la mano que tenía en el respaldo del diván a la nuca, acariciándomela. Con parsimonia la miré a los ojos.
— Sí, claro que tuve novios —hizo una gran pausa mientras se miraba las rodillas—. Pero hace mucho tiempo que no hablo de eso.
Rebuscó en un pequeño álbum que estaba junto a nosotras y me enseñó una foto suya en blanco y negro. Tenía un tipazo, y unos pechos que ya eran grandes. Detrás de ella había una pareja y el hombre aparentemente le estaba mirando el culo.
— Tuviste que volverlos locos —dije con un dedo señalando sus caderas—. Entonces no era como ahora, con tantas libertades…
— Bueno, cada uno hace lo que puede, entonces y ahora. Claro, yo ahora ya no… pero cuando yo he podido, he hecho lo que me ha dado la gana —me gustaba esta mujer.
— Entonces el sexo… —volvió a sonrojarse, pero mantuvo la mirada seria sobre mí, pues no era de sonrisa fácil. Pasó la lengua otra vez y me llevé otra vez la mano a la nuca. Quería ponerla cachonda yo a ella, no al revés. ¿Estaría jugando conmigo?
— Claro. No es fácil hablar del tema, pero contigo es distinto —ahora la lengua pasó al otro lado, desapareciendo, y me quedé mirando la boca esperando que volviese a aparecer. Creo que ella me tenía donde quería—. Hubo otros hombres antes de mi Antonio. Yo empecé joven, con 16, pues tenía un noviete algo mayor que yo. Lo hacíamos en la escalera de mi casa, hasta que nos pillaron y se acabó todo. Pero a mí me había gustado aquello —al fin empezó a sonreír. Pareció que iba a decirme algo pero hizo una pausa—. Después tuve otros, además de jóvenes también algunos maduros o casados. Era complicado entonces, pues la reputación se podía perder muy fácilmente.
— Tuviste una buena experiencia prematrimonial.
— Sí… —colocó una mano sobre su escote, de forma casual. Pero a mí no se me escapaba que Charo era una seductora nata. Lo que no sabía era hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
— ¿Qué significa ese sí? —aquí había algo más.
— Bueno, que seguí con mis citas hasta poco antes de la boda —la mano que no tenía en mi nuca, la puse sobre mi rodilla—. Antonio era fantástico, pero el sexo con otros hombres… —ya me había puesto cachonda la muy jodida— Eso, que me gustaba.
— ¿Y después de casarte?
No contestó, se limitó a mirarme y a mover ligeramente la mano sobre su pecho. ¿Me estaba vacilando?
— ¿También? —la miraba asombrada.
— Esto no puede salir de aquí, cariño.
— Me parece genial, Charo. Tú te lo llevas —moví la falda y mostré un poco de mis muslos. Ella mantuvo su mirada en mis ojos. Si estaba jugando, era una experta.
— Cuando enviudé mantuve un duelo real, quería mucho a mi Antonio. Al cabo del tiempo volví a mis andadas. Pero claro, conforme pasa el tiempo se hace más complicado atraer a los hombres. Al menos a los que merece la pena meter en tu cama.
— ¿Cómo hacías para…?
— Usaba los clasificados de los periódicos, pero ahí veías de todo. Más de una vez me he llevado un buen susto. También me hice de un par de alcahuetas que hicieron todo más fácil —me tenía ensimismada, pero moví la pierna para dejar más muslo a la vista.
— ¡Entonces te gustaba mucho el sexo!
— ¡Y me gusta, guapa! —nos reímos.
— A mí también me gusta mucho follar —fui conscientemente soez, pero su mirada no cambió, no se perturbó, decididamente era una gran jugadora de póker—. Antes, cuando dijiste que os pillaron en la escalera con tu primer novio, ¿qué pasó exactamente?
— Mmm… nos descubrió una vecina. Echó al pobre a escobazos y a mí me tiró de los pelos, pero no le dijo nada a mis padres…
— ¿Y…?
— Esto no lo he contado nunca. A los pocos días, volví de la compra a mi casa y ella estaba barriendo su rellano. Me hizo pasar. Entré porque la pillada me había dado mucha vergüenza y quería pedirle perdón, cosa que hice. Me dijo que no me preocupara, que eran las calores de la juventud, y me puso una mano en la mejilla para tranquilizarme. Pero sentí algo muy especial. Cogí su muñeca y besé la palma de su mano. Esperaba una buena cachetada, pero dejó que le diese otro beso, y otro… hasta que nos besamos en la boca. Créete que fue el primer beso con lengua que me dieron.
— Qué bonito ¿no? —mis braguitas estaban mojadas y apenas me salía la voz. Charo era una artista.
— Me enseñó muchas cosas.
— Muchas cosas… —repetí.
Nos quedamos mirandonos en silencio. Me levanté del diván y me volví a sentar, con el cuerpo hacia ella y la falda de forma que mi culo tocaba la tapicería. Mis piernas, de lado, quedaron muy expuestas a su vista. Esta vez las miró unos segundos.
— Me preguntaba si no te importaría… tienes un busto muy generoso, Charo, y me preguntaba si… ya se que no están tan firmes como en la foto, pero…
— ¿Quieres verlas? —sin dar importancia a nuestras palabras, de desabrochó la camisola, completamente, mostrando un enorme sujetador de encaje que guardaba sus senos y una barriga redonda, con algunos pliegues. Se quitó la camisa y se desprendió del sujetador. Me pareció alucinante ver cómo la gravedad y el tiempo no habían conseguido vencer del todo la relativa firmeza de sus pechos. La naturaleza le había sido propicia a la mujer, pues con ese volumen y a su edad, lo normal es que le llegaran a la ingle. Las sostuvo con ambas manos—. No están mal, ¿verdad?
— ¿Puedo?
— Claro.
Soltó sus pechos y dejó que mis dedos los recorriesen. Me acordé de mi amiga tetona de juventud, de nuestros juegos, y busqué los pezones. Tiré de ellos y, joder, los pechos eran más firmes que los de mi joven amiga. Charo me miraba imperturbable, fijamente, pero los colores en la cara la delataban. Pasó la lengua de un lado a otro. Cuando la tuvo en la comisura de los labios grité.
— ¡Párate!¡No muevas la lengua!
Me acerqué a ella y pasé la mía por la punta de la suya, luego recorrí sus labios cerrados hasta que introduje mi lengua en un largo beso.
— Cuando pones la lengua así parece un chocho.
Se volvió a pasar la lengua muy lentamente. Le cogí de los pezones y la sobé como pude. Nos mirábamos y ella no hizo ningún ademán de tocarme. Pero gemía profundamente. Quería meter mi lengua otra vez en su boca.
— ¿Sabes que Juan se hizo su primera paja pensando en ti? —se puso algo incómoda, pero no apartó mis manos—. Tendría unos 15, y por lo que veo, tú eras una hembra de bandera. Por la casa más de una vez irías algo más descocada. No solos tus pechos, es que sigues teniendo unas piernas preciosas, al menos tus rodillas lo son.
— ¿El te cuenta esas cosas?
— Yo le pregunto y él me contesta.
— Eres muy morbosa, Gloria —su mano cogió su pecho, muy cerca de donde estaba la mía—. No sé cómo tomarme eso. Prácticamente lo crié yo, su madre apenas estaba en casa. Más de una vez Juanito se equivocaba y me decía mamá. Eso de la masturbación…
— Cosas de hormonas, no tiene importancia, Charo. Eras la mujer que veía más a menudo, y eras un arquetipo sexual de primer orden para cualquier hombre —ahora su mano dirigía la mía en el sobeteo—. Para él solo eras una fantasía, después vinieron otras mujeres.
Nos volvimos a besar. Esta vez su lengua se metió en mi boca. Era enorme y casi me ahoga. Empezó a moverla de arriba abajo y quise tenerla dentro de mi vagina haciendo lo mismo. La sorbí dentro de mi boca, y dejó de moverla. Empezé a chuparla como si fueta una polla erecta. Levantó mi falda, dejando mis braguitas a la vista, y subió las manos a mis pechos. Se tiró sobre mí y no besamos, con su mano en mi culo. Aparté su cara de mi.
— Quiero que Juan te folle —no respondió—. Esta noche.
Se separó y se sentó.
— Pero Juanito… ¡qué cosas tienes, Gloria! ¿o es cosa de Juan? —se estaba volviendo a incomodar y tuve que reconducirla a lo que en realidad importaba.
— Es cosa mía, Juan no sabe nada —le cogí las manos—. Digamos que de un tiempo a esta parte estoy explorando con él ciertas cosas que él usaba para sus… autosatisfacciones… íntimas.
— Quieres decir en sus…
— En sus pajas —me miró como si no comprendiera—. Te pongo un ejemplo. A veces mientras se masturbaba había imaginado que me follaba otro hombre. Cosas así.
Charo mantuvo un prudencial silencio mientras digería lo que oía.
— Quieres decir que tú te has… tirado a otro hombre y Juan lo ha consentido…
— Y tanto, estaba delante mía, viéndome gozar.
— Mmm, Gloria, no tengo nada en contra, pero usarme a mí en vuestros juegos, no sé. Soy su tía, está conmigo desde que nació… ni siquiera creo creo que él esté de acuerdo, a pesar de haberse… masturbado conmigo cuando era un muchacho… creo que estás llevando vuestros jueguecitos demasiado lejos.
— Ya hemos tenido una experiencia parecida. Con alguien muy cercano —se me quedó mirando, tuve que contárselo—. Teresa.
— ¿Tu… tu Teresa? —tenía los ojos como platos.
— Fue todo muy raro, sin premeditación —casi mentí en eso—. Quise ponerle a cien usándola como cebo, pero ella nos descubrió y aquello se nos fue de las manos. Fue tan extraño y tan excitante… —quería ver cómo reaccionaba Charo.
— Teresa es muy guapa —me gustó su forma de ver el asunto y respiré aliviada.
— Y muy apasionada en la cama…
— Pero no entiendo cómo ella pudo prestarse a eso. Vosotros estáis en una espiral que vaya tela, pero… ¿ella?
— Supongo que ella también tenía ciertas fantasías íntimas.
Charo volvió a jugar con su lengua, mientras se pasaba los dedos por los pechos mirándome fijamente, se me hizo el chocho agua viendo cómo desafiaba mi deseo. Me levanté y me puse tras ella. Me recliné de forma que mi cara estaba junto a la suya. Llevé una mano a uno de sus pechos y con la otra me metí unos dedos en el chocho. Empapados, los llevé a su boca, y los chupó con ganas.
— Estoy deseando ver la polla de Juan en tu boca —solté su pecho y eché su cabeza hacia atrás, agarrándola del pelo—. ¿Lo harás por mí? —afirmó con la cabeza—. Has comido muchas pollas, ¿verdad? —con mis dedos en su boca, volvió a afirmar— ¿te tragas el semen? —gimió— yo también, y se me moja mucho el chocho cada vez que me como un buen rabo —volvió a afirmar, y su mano impedía que la mía sacase los dedos de su boca— ¿follarás con él? ¿los tres juntos?
— Sí, pero lo conozco y no creo que él esté dispuesto ¿pero cómo haremos para que él quiera?
— Estará encantado, créeme. Eso sí, tienes que ser una buena… puta. Perdona que lo diga así, pero no hay otra palabra mejor. Me gusta hacer las cosas a mi manera, y creo que estarás a la altura.
Buscó mi mano y volvió a chupar los dedos.
— A la putita le gustaría saborearte otra vez.
— La puta esperará a esta noche y entonces meterá su lengua en mi coño.
Quise ver qué clase de mujer tenía entre manos y le tiré de los pezones hacia mí, apretando fuerte. Lo único que conseguí fue oír un gemido de placer. Esa noche lo pasaríamos bien.
Más tarde, cuando terminamos de cenar, nos tomamos un digestivo en el salón. Charo y yo estábamos sentadas en el sofá y Juan en un sillón muy pegado a mi lado. De vez en cuando me inclinaba hacia delante y apoyaba mi mano en su rodilla, a veces subía un poco al muslo. Juan se ponía rígido y Charo, tahúr, hacía como si no nos viese.
— ¡Me encantan tus escotes! —le solté a Charo ante el asombro de Juan.
— ¡Muchas gracias!
Habíamos convenido usar nuestra reunión anterior como ensayo general. Iríamos al grano, sin darle a Juan ninguna posibilidad de reacción.
— Tienes mucho busto, pero sabes llevarlo muy bien.
— Es una lucha continua porque el peso tiende a producir chepa. Desde los 16 que ando muy tiesa, fue el mejor consejo que me dio mi abuela. Y oye, que creo que para mi edad, no están mal.
— ¿Las puedo ver? —moví la mano que estaba sobre el muslo de mi marido un poco más arriba—. Juan, a ti no te importa, ¿no? —Juan arqueó las cejas.
— ¡Claro que no! —dijo Charo.
Juan no tenía tiempo de intervenir, todo iba muy rápido, pues su tía se desnudó lentamente de cintura para arriba y se acercó a mí, colocando los pechos casi en mi cara. Juan no se esperaba la función que le había preparado, pero en ese momento ya tenía que saber la encerrona en la que estaba.
— Tócalos, no me importa —dijo mientras los sostenía en sus manos.
Se los cogí, los sobé, los alabé, la felicité. Con una mano sosteniendo una de sus inmensas tetas, la otra la llevé otra vez a la pierna de Juan, que dio un respingo.
— ¡Son enormes! ¡Anda, tócalas!
Charo cogió el otro pecho y se giró hacia él. Juan lo tocó tímidamente. Pasé la palma de la mano sobre el pezón y lo acaricié sintiendo cosquillas. La tetilla se puso bien gorda. Cogí la mano de Juan y llevé sus dedos al pezón de su tía.
— ¡Mira qué gordo!
Charo cogió la mano de Juan, para que mantuviese sus dedos entrelazados a su tetilla. Yo cogí la otra y empecé a pellizcarla ostentosamente. Juan me siguió.
— Me las puedes chupar —me dijo Charo, acercándose más aún.
Lo hice inmediatamente, primero me llevé la corona a los labios y chupé un poco. Luego pasé la lengua muy rápidamente para deleite de Juan y su tía. Me metí todo lo que pude en la boca, sabiendo que era una mínima parte de lo que podía besar. Mi lengua trabajaba sepultada en su pecho. Llevé la mano hacia la polla de Juan, que estaba muy dura dentro del pantalón, para empezar a masturbarlo. Me acordé de esa tarde y de que a Charo le gustaban las emociones fuertes, y mordí su pezón hasta que oí su gemido. Se apartó y me metió el otro entre los dientes. Estaba algo blando, pues los pellizcos de Juan habían sido timoratos. Empecé a morderlo con suavidad y a chuparlo, aumentando la intensidad hasta que lo noté duro. Volvió a gemir.
— Juan, enséñanos tu rabo —había esperado a que estuviese bien dura para que le enseñara la verga a Charo, de esa forma él se sentiría más seguro.
Juan se puso de pie y se bajó los pantalones. Le hice un gesto y se desnudó completamente. Charo, después de mirar detenidamente la polla, me miró, comprendiendo lo que significaba hacer las cosas a mi manera, pues sabía que si fuese por Juan éste ya se hubiese abalanzado sobre sus pechos hacía un rato. Mirándome, le cogió la verga y empezó a masturbarlo.
— Tenías esto muy bien escondido cuando vivías en casa… me hubiera gustado haberlo visto antes —Lo que yo me había dicho, era una jugadora nata—. Con lo sola que estaba tu tía, y lo que le gusta vaciar estas pollas cuando están tan gordas.
Era una artista. Me acerqué a ella y la besé. Añoraba esa lengua en mi boca. Puse mi mano sobre la de ella, la que estaba masturbando a Juan, y fui acercando el capullo a nuestras bocas. Lo chupé un poco y Charo se quedó expectante. Lo metí en su boca y miré la cara de satisfacción de Juan. Me miró y me acarició la nuca, más que con pasión, con mucho amor, muy agradecido, y le sonreí, satisfecha.
Charo hacía bastante ruido chupando. Movía mucho la cabeza y cuando paraba se entretenía con el glande. No podía imaginarme lo que su lengua hacía ahí dentro. Saqué la polla y besé a la mujer. Tragué su lengua, y volví a chuparla como si de un verga se tratase. Juan pudo ver lo grande que era esa lengua y lo que yo deseaba tenerla en mí. También nos quedó claro que Charo se prestaba a hacer cualquier cosa que se le pidiera.
Me puse de pie y me desnudé. Cuando volví a ellos, Charo tenía toda la polla de Juan dentro de la boca, en una profundidad solo apta para buenas gargantas entrenadas. Sacó parcialmente la verga con la cara muy colorada, pero animada a seguir. Puse una pierna sobre el sofá y aparté la polla de la boca para poder llevar esa lengua descomunal a mi vulva. Empezó a lamerme rápidamente, haciendo el mismo ruido que cuando tenía el rabo en la boca. Me hizo gemir. Pasaba rápidamente la punta de la lengua de mi vagina a mi clítoris, en movimientos vertiginosos, haciéndome temblar la pierna que sostenía mi peso. Me agarré al rabo de Juan y busqué su boca. Mientras lo besaba, uno de los dedos de Charo se fue introduciendo en mi culo, haciendo que masturbara a Juan salvajemente. Charo se puso de pie, chupándose el dedo sodomita y también se desnudó. Me cogió de la mano y fuimos a su dormitorio. Se puso bocarriba en la cama y abrió las piernas. Se abrió los labios menores con los dedos y me hizo un gesto con los dedos para que le cogiera la mano. Lo hice y me acercó a ella, llevando mi boca a su sexo. Al contrario que sus pechos, el coño de Charo reflejaba la edad que tenía. Tenía los pliegues muy elásticos, y algo amorfos. Pasé la lengua por su clítoris, y ella lo acompañó con un suspiro. Luego, ayudándome con los dedos, abrí sus labios pellizcando sus pliegues, de esa forma pude ver su vagina semi abierta. Tras lamerla brevemente, llevé el anular hacia dentro y empecé a masajearla internamente mientras lamía su clítoris. Sentí el rabo de mi marido abriéndose paso por mi chocho. Estaba a cuatro patas ofreciéndole mi trasero, así que no me sorprendió. Mientras me follaba dejé de chupar la pipa de su tía, pero mantuve el índice y el anular dentro de ella, a un ritmo mayor que el que me estaba dando Juan. Ella sustituyó mi lengua por sus dedos en un frotamiento muy rápido de su pipa.
Juan hizo que me corriese, y como se dio cuenta, acercó su boca para besarme. Aproveché y le dije que se la chupara su tía. Sacó bien pronto la polla de mi chocho y la metió en la boca de ella, que tragó con ganas. Yo seguía con mis dedos dentro de ella. Pronto cambiamos nuestra posición, metiendo la verga en su vagina y mis dedos en su boca. Charo tenía una elasticidad enorme, pues abrió las piernas completamente y las subió. Después se puso a cuatro patas, hasta que Juan amenazó con eyacular. Sin dilación, se metió el rabo en la boca, hasta el fondo, esperando la corrida. Le hizo una felación memorable y se tragó todo, besándome después para que comprobara su limpieza.
Entonces empezó su auténtico turno. Abrió un cajón del armario y sacó un arnés con una buena polla de silicona. Pasó vaselina por ella y se ajustó la correa. Se puso sobre mí, yo estaba echada en la cama, y empezó a follarme. Mi experiencia con mujeres era muy limitada, y nunca me habían hecho eso. Me puse a cien y, ayudada por mi masaje clitoriano, no tardé en correrme. Una vez que acabé, me dio la vuelta y, poniendo un poco más de vaselina, me la metió por el culo. No me lo podía creer. Esa señora era una máquina del amor. Intentaba mirar a Juan, pero los ojos se me ponían en blanco y en el fondo de mi consciencia me oía jadear, muy fuerte, a lo lejos. Me corrí, me corrí mucho, un líquido transparente me caía del coño a las rodillas, jamás me había pasado eso. Charo paró y me puse, agotada, boca arriba. Los tres probamos mis jugos, ellos lamiendo mis piernas, y yo mis dedos, que pasaba antes por el interior del chocho.
Charo fue bajando la boca hasta que metió la lengua dentro de él. Esa mujer era incansable. Hacía con ella maravillas dentro de mí. Se apartó y volvió a la vaselina, que se puso en los dedos. Vi como se los llevó hacia atrás mientras seguía con la lengua en mi vagina. Mi marido estaba detrás de ella y estaba colorado como un tomate. Yo dejé que me trabajara bien, pero acabé levantándome para mirar, presa de la curiosidad. Charo tenía metido en el culo todos sus dedos, hasta los nudillos, e intentaba meter más. Decidí ayudarla. Me unté y me abrí paso. Su ano apretaba mi mano, pero ésta pudo entrar hasta la muñeca. Ahora sentía la presión que el esfínter producía en ella. Giré un poco el brazo y pude sacarlo. Repetí la operación varias veces y ella empezó a gemir fuerte. Miré a Juan, que estaba otra vez empalmado. Charo consiguió cogerme la otra mano y lamió mis dedos, en una invitación muy clara. Pronto fueron mis dos manos las que recorrían su culo, más allá de mis muñecas. Metía y sacaba los brazos, algunas veces juntos, otras alternándolos, sin sacarlos del todo. Ella se masturbaba frenética, hasta que se corrió.
A pesar de lo salida que estaba, no tuve más remedio que lavarme las manos en cuanto acabó. Al volver. Juan tenía el rabo otra vez en la boca de la mujer, pero en cuanto me vio Charo se vino hacia mí y me tiró en la cama. Se puso vaselina en la mano y me fue introduciendo varios dedos en la vagina. Juan se vino a mí y empecé a chuparle la verga. Charo movía la palma de la mano girándola, amasando mis paredes. A pesar de mi excitación, no quería que me hiciera lo que le había hecho yo, pues me daba algo de miedo. Como veía el pulgar asomando por mi rajita, me dejé hacer. Chupaba y lamía la polla de mi marido en sintonía con la mano de Charo, pero pronto perdí el compás. Sentí la eyaculación de Juan en la boca, pero estaba otra vez gozando en una órbita desconocida, sintiendo los nudillos de la vieja en mi vagina. Me corrí en un grito sonoro.
Al día siguiente volvimos a casa. Al despedirnos, Charo me regaló el arnés con la verga, por si lo necesitaba alguna vez. Por el camino, comentando cómo me había sentido en el último orgasmo, le confesé a Juan que temí por si a su tía le hubiera dado por meter las dos manos en mi vagina.
— Me excitó mucho hacérselo, pero jamás permitiría que me lo hiciesen a mí.
— Pues te lo pasaste muy bien.
— Sí, pero haciéndoselo. Me da un respingo nada más de pensar haciendomelo. ¡Puag!
— No, no. Quiero decir que te lo pasaste muy bien. Que te metió las dos manos bien dentro. Ni te diste cuenta ¿no? Estabas como una perra en celo.
“Como una perra en celo”, pensé, mientras mis braguitas se humedecían.
Noche en la ciudad lejana
Mi hijo mayor estudia en el extranjero y a veces me voy con él de viaje, siempre que los períodos entre exámenes se lo permitan. Nos vamos los dos solos, dejando en casa a sus hermanos, pues se pueden quedar con la nani o los abuelos, y sin mi marido, que por su trabajo no puede tomarse esos días libres. Hemos recorrido medio mundo así y, como los dos nos llevamos tan bien y coincidimos en gustos, tenemos cierta complicidad a la hora de elegir los destinos de nuestras aventuras. Otra de las cosas que me gusta de viajar con él es que a veces me dicen que si soy su hermana, unas en serio y otras para piropearme, y eso siempre me levanta la moral.
En el último viaje pasamos por una ciudad monumental, donde esperábamos para entrar en uno de sus museos en una cola larguísima. Para combatir el aburrimiento nos pusimos a hablar con otra pareja de turistas, pues ver que compartíamos el idioma nos animó a los cuatro. Tenían más o menos mi edad, y con la charla la espera se hizo más amena. Yo notaba que él me miraba de una forma especial. Era como si me estuviese evaluando el cuerpo, mirando mis caderas y mis pechos, y eso que los tengo pequeños. Por alguna razón que desconozco, me gustó que un desconocido me encontrase atractiva y más teniendo una esposa bastante llamativa. Cuando llegó nuestro turno para entrar, nos despedimos y nos adelantamos unos metros hasta el dispensador. La cabina para comprar el tiquet tenía un cristal de seguridad y, a través de su reflejo, pude ver cómo el hombre me estaba mirando el trasero. Si no puedo presumir del volumen de mis pechos, sí puedo hacerlo con mis nalgas y piernas, además llevaba un pantalón muy ajustado que realzaba aún más mis formas. Me recorrió un hormigueo y cierta sensación de vértigo, pues me veía realmente deseada, algo que no sentía desde hacía mucho tiempo. El buscó mi mirada a través del reflejo, encontrándola con mi mejor sonrisa. Posé una mano en mi cadera, muy abajo, desviando otra vez su mirada, justo antes de desaparecer con la entrada en la mano.
Horas más tarde los vimos por casualidad en nuestro hotel. Resulta que se hospedaban en el mismo que nosotros, y tras saludarnos decidimos quedar para cenar ahí mismo. Mi hijo y yo compartíamos habitación en esta ocasión, cosa que solemos hacer por motivos prácticos según sea el hotel o la ciudad. Yo me puse un vestido muy corto, pues me había animado mucho lo ocurrido en el museo, y vi que mi hijo se esmeraba mucho en su vestimenta. Me había parecido que por la mañana se había mostrado demasiado interesado por lo que decía la mujer. Fui un poco mala con él.
— Es guapa nuestra amiga ¿eh?
— …
— Para la edad que tiene no está mal.
— …
Su silencio e incomodidad lo decían todo. Cuando bajamos al restaurante, vi que ella también venía muy arreglada, y he de reconocer que su marido también. La cena fue muy agradable y hubo mucho vino por medio. El hombre me prestaba mucha atención, al igual que hacía mi hijo con su mujer. A mitad de la cena, el pie de nuestro nuevo amigo estaba tocando los míos. Primero de forma descuidada, pero al segundo plato recorrían libremente mis pantorrillas. Para los postres casi nos habíamos emparejado en un cruce un tanto encendido. Mi hijo estaba prácticamente encima de la mujer, sin parar de hablar y de contar chistes, que es lo que le pasa cuando se pone nervioso. Yo estaba muy pegada al hombre, pues habíamos compartido el postre y, con el juego, también las cucharas. El masaje pedestre y el vino me había puesto tan cachonda que me atreví a ponerle una mano en su muslo, muy cerca de la ingle. Se acercó a mi oído y me susurró:
— Acerca un poco más la mano, sólo un poco.
Miré a la mujer de reojo, que parecía muy atenta a mi hijo. Moví unos milímetros la mano y ahí encontré el extremo de su pene, bajo el pantalón. Me acerqué más y mantuve el meñique sobre su capullo, moviéndolo lentamente. Me puse a cien y fui consciente de que tenía las braguitas muy mojadas. Mi hijo se fue al aseo y el hombre volvió a hablarme al oído, pero esta vez su mujer nos miraba desde el otro extremo.
— No has apartado la mano de mi polla en toda la noche—me puse muy colorada y no podía dejar de mirar a su mujer, temiendo que nos oyera. Pero él cogió mi mano y se la llevó aún más hacia la verga—. Me gustaría besarte ahora —me sentía muy incómoda pero sobre todo, cachonda—. Te propongo una cosa: subo contigo a tu habitación y mi mujer se queda con tu hijo en la nuestra.
Lo miré incrédula. Se separó de mí y habló a su esposa al oído. Por las reacciones de ella se sabía lo que le estaba contando, hasta que terminó con un beso de él en el cuello de la mujer y la mirada de ella fija en mí. Se volvió a sentar junto a mí.
— ¿Qué me dices? —esta vez lo dijo en voz alta.
Me quedé pensativa, era todo tan extraño… ¡y me encontré el pie de ella tocando mis piernas! Me quedé de piedra, pero él puso otra vez mi mano en su verga, que estaba más gorda. En verdad, si accedía, a ellos no les volvería a ver y me llevaría esa buena experiencia como un recuerdo muy íntimo, y estaba segura de que mi hijo estaba de acuerdo, al menos por la parte que le tocaba, esa zorra seguro que se lo haría pasar bien.
— Mi hijo…
— ¿Tu hijo qué? —era mi chico, que acababa de volver.
— Pues que…
No sabía cómo decírselo, pero nada más sentarse, la mujer se acercó a su oreja y empezó a hablarle. Hubiese asegurado que en ese momento su mano bien podía estar sobre el pene de él, al igual que la mía estaba sobre el del hombre. El nos miraba a todos mientras oía lo que le decía la mujer. A mí me miraba sorprendido, al hombre lo escudriñaba, y cuando miraba a la mujer, el deseo lo devoraba. Me levanté y fui al aseo. Antes de volver, dejé mis braguitas en la papelera.
— Nosotros nos vamos ahora, espero que paséis una buena noche —dijo el hombre al verme llegar.
Dejamos a mi hijo con la mujer y subimos a mi habitación. Nos tomamos una copa de vino en la terraza, en silencio, hasta que me asomé por la barandilla, mirando hacia la calle y dándole la espalda. Me subí el vestido, sujetándolo por atrás, mostrándole que no llevaba ropa interior. Abrí las piernas y me incliné hacia adelante. Esperé a ver su reacción. Se acercó y me besó el cuello, haciendo que me diese un pequeño escalofrío. Solté la falda y le sujeté la nuca mientras me besaba. Llevé una de sus manos hacia mi pecho, que apretó con suavidad hasta que deslizó la palma por dentro del escote para tocar la piel del otro. Me bajé el tirante que lo cubría y pudimos recrearnos en esa caricia pública, pues aunque el balcón estaba pobremente iluminado, realmente estábamos a la vista de la gente de la calle. Subió la falda del vestido por atrás, e hizo que la sujetase tal y como la tenía al principio, creando la sensación de que tenía las manos atadas y de que estaba bajo su control. Me bajó el tirante que me quedaba puesto, dejando que el vestido descansase sobre mis caderas. Me apretó los pechos, pellizcándome los pezones, mientras nuestras lenguas se fundían en una lucha dentro de nuestras bocas. Sentía en mi culo el bulto de su paquete en su pantalón y moví las caderas, frotándome con él, para excitarlo aún más. La mezcla de placer y dolor que sus dedos producían en mis pezones me hizo suspirar y que me temblasen las rodillas. No paraba de gemir en su boca mientras intentaba tragarme su lengua.
Sus labios me besaron bajando por mi espalda, y cuando sus manos quedaron demasiado arriba, las bajó, tirando de mis pezones hasta que salieron de sus dedos. Gemí muy fuerte. Metió su boca entre mis glúteos y empezó a besarlos. Primero el derecho, luego me dio un lametazo en el ano, después me besó el cachete izquierdo, volviendo a lamer mi ano. Mientras estuvo en esa danza me abandoné completamente a sus labios y lengua. Vi a lo lejos una ventana que se encendía y una silueta que aparecía al trasluz y que se quedó inmóvil. Mientras pensaba si nos estaría observando, la lengua de mi amante estaba medio metida en mi culo y mi rajita estaba muy mojada. La persona de la ventana se movió unos metros y apagó la luz. Creo que se quedó mirando, pudiendo ver cómo se levantó mi acompañante y cómo introdujo su pene en mi vagina. Tenía una buena verga y afortunadamente ya estaba más que preparada para recibirla. La metió lentamente, pero de una sola vez hasta el fondo. Me follaba suavemente y mis pechos apenas se movían en el bamboleo. Quise soltar la falda para tocarme el clítoris pues estaba muy excitada, pero sujetó mis manos. Deseaba que me diese más fuerte, pero el muy cabrón se estaba reservando. Me concentré en el contacto de su rabo recorriendo mi vagina a una velocidad que mantenía mi excitación en suspensión. Me eché algo más atrás y abrí un poco más las piernas, notando cómo la polla podía entrar aún más adentro. En su lenta cadencia, el glande recorría mi húmeda caverna, abriendo y cerrando el paso. Conseguí soltar una mano y me pude acariciar el sexo, en un fluido frotamiento por lo mojado que tenía el chocho.
Me cogió de la otra mano y me llevó al interior, dejándome caer sobre la cama. Me quité el vestido y me puse de rodillas, aguardando a que él terminase de desnudarse. Cuando lo hizo, no esperé a que se subiese a la cama, y me llevé el rabo a la boca. El estaba de pie y yo, desde el borde del colchón, saboreaba el rastro que mi sexo había dejado en su polla. Agarrándola bien, chupaba el glande para dejar la verga bien dura otra vez, y cuando noté esa erección completa en mi boca, me puse como una zorra. Le acaricié los testículos, masturbándolo con la otra mano y dejando el capullo entre mis labios, que hicieron presión para que no entrase. Eso provocó en él la necesidad de penetrar mi boca, así que empujó la polla, abriéndose paso y siendo recibida por el lecho que había preparado mi lengua. Me estuvo follando oralmente de la misma forma que había estado haciéndolo en el balcón. Me preguntaba si la figura que presuntamente nos había estado observando fuera podía verme en esa situación. Creía, y creo, que con unos buenos prismáticos era posible, y empecé a masturbarme, imaginándome a un desconocido tocándose la polla por mí. Me corrí muy pronto y me saqué el pene de la boca. Me puse a cuatro patas, ofreciéndole mi trasero. No obstante, él eligió otra vez mi chocho, haciéndome gritar de placer cuando me introdujo la verga. Esta vez iba más rápido, follándome con brío, haciendo que a cada embestida suya, gimiese de forma moderadamente alta. Me cogí los glúteos para que él me viese bien el culo, esperando que entendiese mi ofrecimiento, hasta que finalmente noté que metió un dedo él. Me estuvo follando con el pulgar en el ano y la polla en el chocho, haciendo que me llegara otro orgasmo… pero antes de que llegara yo, se corrió él. Sentí su semen en mi interior, y cómo se hinchaba el rabo cada vez que escupía en mí.
Una vez que terminó, no mostró interés en terminar de alguna forma el efecto que había provocado su polla en mí. A la vez que crecía mi decepción, él se iba mostrando más distante y empecé a hacerme un dedo mientras empezó a vestirse. “Al menos hemos pasado un buen rato”, pensé mientras desapareció por la puerta de la habitación. Al rato de estar masturbándome, me acordé de mi hijo, pues tardaba en venir. ¿Le habrían secuestrado? ¿Estaría haciendo un trío? Lo segundo me pareció más plausible. Seguramente la mujer tendría dos rabos dentro de ella, y yo sola en mi habitación. Me preguntaba si el pene de mi hijo estaba dentro del culo de esa afortunada, y me empecé a excitar más, pensando en ellos. Me acordé del pequeño dildo que suelo llevar en la maleta, y que casi nunca uso. Lo busqué y salí al balcón desnuda, con él en la mano. Vi las copas que habían en la mesita y apuré las dos, que estaban medio llenas. Miré a la ventana que estaba en frente. Si la silueta todavía estaba mirando, me vería bien. Lamí el consolador y me senté mirando hacia la barandilla. Abrí las piernas y puse los pies apoyados en ella. Empecé a pasar el dildo por mi sexo, haciendo que su vibración estimulase mi pipa. Luego me lo metí en la vagina y cuando ya estuvo lo suficientemente mojada, lo saqué. Puse la punta en mi ano y empujé, pero tenía claro que así no iba a entrar. Lo chupé dejando un buen rastro de saliva y se introdujo la punta. Repetí la operación hasta que los dedos que sujetaban el aparato mostraron que ya tenía el culo listo. Me resultó extraño tener el aparato tan duro y frío dentro, pero tras varios movimientos metiendolo y sacandolo, empecé a gozar. Conforme me follaba el culo, me fui masturbando con una intensidad creciente.
De pronto, una luz tenue llamó mi atención, pues provenía de la habitación. Miré hacia atrás y vi a mi hijo que había encendido la lámpara de su mesita, parecía que había salido de la ducha y se estaba secando el pelo con una toalla, dándome la espalda.
No me había dado cuenta de cuándo había llegado, pero seguramente decidió no molestarme en esa situación que nos hubiera avergonzado a ambos. Me levanté y me puse la camisa que me pongo para dormir. Serví otras dos copas y me acerqué a él, ofreciéndole una y sentándome a su lado.
— ¿Te lo has pasado bien?
— ¡Uf! ¡Qué pasada! ¿y tú cómo…? —intentó preguntarme, pero se cortó. Aún así seguía muy excitado por todo— Es increíble, yo creía que estas cosas no pasaban, y mucho menos pensaba en que tú… eso, y lo normal que ha sido todo, quiero decir con ellos, y pienso en papá y creo que no tiene que ver con él, qué raro, y ella estuvo genial, uf… genial, sí —hablaba y hablaba, estaba eufórico. Me hizo feliz verle tan bien, yo le sonreía y le acariciaba el pelo, mientras él no paraba de gesticular.
— Te lo habrás pasado muy bien, porque has estado mucho tiempo con ella ¿eh?
— ¡Ah, no! ¡Sí! Quiero decir, me lo he pasado muy bien… —se quedó pensativo, sonriendo mientras recordaba algún episodio de esa noche— pero antes de subir tardamos un poco.
— ¿Y eso?
— Estuvimos charlando mucho, nos tomamos otra copa y estuvimos tonteando, discretamente. Se subía mucho la falda y abría un poco las piernas.
— ¡Qué descarada, en el bar del hotel!
— Muy sutil todo, mamá.
— Y entonces subisteis y ¿qué tal?
— ¿Qué tal qué? —me miró incrédulo— ¿no querrás que te cuente cómo… ? ¡Vamos!
— No seas tonto. Sólo quiero saber si te trató bien, y si también dejaste un buen recuerdo… —siguió callado y le tuve que ayudar—. Ya habrás estado con otras chicas, pero no tan experimentadas como ésta. ¡Alguna diferencia habrá! Después de lo que hemos pasado hoy ¿crees que me voy a escandalizar? ¿Qué tal era ella?
— Me puso a cien en el bar, y en el ascensor para ir a la habitación, me miraba de una forma que me… me… tuve una erección… quiero decir, que ya estaba…
— Empalmado —le ayudé.
— Sí, estaba empalmado de antes, pero no tanto.
— ¡Menuda hembra tiene que ser! ¡Con la mirada! —se quedó sonriendo ensimismado—. Y qué más, ¿qué te hizo de especial?
Me miró dudando sobre si seguir o no, pero no pudo resistirse.
— ¿Puedo hablar sin tapujos? Decir ciertas cosas delante tuya…
— Te voy a ayudar: mamarla, comer el coño, polla, follar, chocho, culo —cuando dije culo sonrió, el muy sinvergüenza, yo en cambio sentí el mío aún abierto y pensé en el consolador metido en el cajón de la mesita. Seguí con la lista—, dedo, lengua, semen…
— ¡Vale, vale!
— ¿Qué fue de especial?
— Lo que hicimos ya lo había hecho antes, la diferencia era el cómo lo hacía. Cuando subimos a la habitación, apenas me dejó que la besara y eso. Se puso de rodillas y me la chupó, del tirón —me quedé esperando “lo especial”—. El caso es que parecía que tenía como ansia de polla, de tener una polla en su boca. Era la manera de tragarla, de chuparla, de mirarme y de agarrarla. Parecía que quería que me corriese en su boca. Me puso a tope.
— En la cena no parecía ser tan…
— …puta…
— …¡lasciva!
— Y mientras la estaba follando, gemía mucho y me miraba como pidiendo más —lo miré extrañada—, y yo le estaba dando todo lo fuerte que podía.
Vaya pareja, a mí me folla el marido y se larga, y a ella se la tira un joven atlético y le parece poco. Todo esto me estaba irritando.
— Y mira que aguanté dándole —siguió—, y ella tenía el chocho que hacía mucho ruido de lo mojado que estaba.
— Por preguntar… ¿cómo estaba ella? ¿en qué posición?
— Estaba sobre la cama con las piernas hacia arriba, yo la sujetaba de los tobillos y nos mirábamos a la cara… se estuvo tocando mucho mientras la follaba…
— ¡Eso es que se lo pasó bien! —no pude evitar ver que mi hijo tenía su pene moderadamente erecto, y estaba segura que antes no estaba así. Hablar sobre sexo le estaba poniendo, y he de reconocer que a mí también. Apuré mi copa.
— Se puso a cuatro patas y se la metió en el culo. Se puso a suplicar que le diese fuerte. ¡Uf! Y yo le di, fue increíble —hizo una pausa—. Entonces fue cuando entró el marido en la habitación. Se puso junto a ella, y ella le cogió el nabo, pero aquello no tenía volumen ni nada… se ve que contigo él ya… bueno, ella empezó a metérsela en la boca y a masturbarlo mientras yo estaba follándola por detrás.
Así que la fulana se había llevado dos pollas y yo una. Me dio la impresión de que me habían engañado, soy muy competitiva, lo reconozco. Mi hijo siguió con su relato.
— Poco a poco se le puso dura, así que se puso debajo y ella lo montó. Luego entré yo. El por el chocho y yo por el culo. Otra vez se puso como una loca y me pidió que le diese fuerte, muy fuerte.
— Vaya, ¿lo habías hecho antes así? —disimulé mi envidia.
— No, para nada. Fue extraño. Sentía la polla del marido, bueno, el bulto que hacía, porque antes no sentía aquello.
— ¿Te gustó eso?
— Ni sí ni no, yo ya estaba a punto de correrme antes de eso.
— ¿Y dónde eyaculaste? ¿Dentro de ella?
— No, me pidió que la sacase y me terminó con la mano. Luego el marido se la metió en el culo y sí se corrió dentro de ella. Yo salí de su habitación justo después.
Me quedé pensativa. A mí me deja a mitad, corriéndose dentro, y se va. Y a mi hijo lo habían usado igual que a mí. Lo miré con cierta compasión, y vi que seguía con la erección.
— ¿Te has corrido dentro alguna vez?
— Sí, claro, no es mi primera vez.
— Quiero decir sin condón. ¿Has sentido una vagina o un ano en tu polla? —la erección era cada vez más grande, pero hice como si no me hubiese dado cuenta. El no sabía si quedarse quieto o taparse, en ambas opciones se delataba.
— Una vez lo hice sin condón, con la marcha atrás, pero por el culo nunca.
— ¿Nunca la habías metido sin condón en el culo hasta hoy?
— Hoy tampoco —yo ya estaba cegada—. Me puso un condón antes de empezar —sentí cierto alivio al pensar que al menos a él no le habrían contagiado nada, pero también cierto malestar porque el pobre debería haber disfrutado más.
— Supongo que te hubiese gustado correrte en ella, al menos en su boca.
— Sí, claro. Pero estuvo genial, de verdad.
— Ahora me toca a mí. No estuvo mal, pero el cabrón se corrió y se fue. Se corrió en mi chocho, pude sentirlo bien. Pero me dejó con muchas expectativas —mi hijo me miraba con atención, no parecía molesto oyéndome hablar de sexo, y también apuró su copa—. Creía que también me iba a meter su pene por el culo, pero nada, se fue. Se fue y me tuve que terminar yo sola. No sé qué crees que estaba haciendo en el balcón cuando has llegado, pero te puedes hacer una idea… y ahora me cuentas que sí tenía fuerzas para follarse a su mujer… y que encima te corriste en su mano, como si te hubieses hecho una paja…
— Lo dices de una manera…
— Y mírate, estás empalmado. ¡Y acabas de llegar! No nos han acabado bien, ¿no lo ves? —el alcohol tenía algo de culpa en mi desvarío, pero no quiero quitarme responsabilidades—. Yo me estaba haciendo lo que me tenía que haber hecho ese cabrón, y sigo a medias. No es justo.
— ¿A medias? —lo ignoré.
— ¡Quítate el pantalón! —yo estaba muy decidida y él muy pasmado— ¡Ponte de pie y quítate el pijama!
— ¿Estás borracha o qué?
— Un poco, pero ponte de pie —me obedeció y le bajé el pantalón, el pene estaba casi completamente erecto—. Esa zorra no sabe lo que se ha perdido, y tú vas a tener lo que mereces.
Me puse a cuatro patas sobre la cama, y me metí el dedo corazón en el culo, que entró suavemente. Miré su casi preparado pene.
— No pretenderás que te la toque, ¿verdad? Ponla dura. Por ti y por mí. Tú vas a follar en condiciones y yo también. ¡Qué cojones!
Se empezó a masturbar y pronto se le puso muy tiesa. Yo ya tenía tres dedos metidos en el ano cuando lo suyo llegó al volumen ideal. Le cogí la verga, le puse un poco de crema y me la introduje poco a poco. Empezó a follarme lentamente. Yo entonces lo veía todo muy aséptico, ahora sé que no había nada bajo control. El apenas me tocaba las caderas con sus manos, pero su polla me estaba haciendo vibrar y evité como pude lanzar algún gemido. Más adelante, de forma mecánica e inconsciente, me llevé un dedo al clítoris. Me puse a sudar y me quité la camisa, pero podía notar el sudor recorriendo la espalda. Lo miré y vi que también estaba sudando. Mirando su cuerpo musculado hubo un instante en el que no lo reconocí como mi hijo, pero sí que era él. No pude seguir mirándolo y me empecé a preguntar por lo que estábamos haciendo, pero su verga seguía dando placer mientras entraba y salía de mi culo. Intenté no pensar en las contracciones que iba a tener al correrme y me dije que lo mejor era esperar a que él acabase.
De pronto, me soltó las caderas y me agarró del pelo, usándolo como una brida. Ahora el único contacto con él era su pene en mi culo. Quería algo aséptico, justo eso, una verga para mí y un culo para él, pero me estaba sintiendo muy zorra siendo cabalgada así. Me tiraba mucho del pelo y me estaba haciendo daño, y además no podía dejar de pensar en lo que estaba haciendo con mi hijo. Le ordené que parase:
— Dame fuerte, hasta el fondo, ¡más fuerte! —no me podía creer lo que estaba diciendo, esa no era yo— ¡así! ¡qué me gusta tu polla abriéndome el culo! —no era yo, quise que dejara de tirarme del pelo— ¡fóllame hasta que te corras!
Decidí no hablar más, y me mordí los labios por no gritar de placer. Al final me soltó, para mi alivio, y me cogió el culo con las dos manos, me pareció que iba a correrse, pues me apretaba fuerte y casi no respiraba. Yo aumenté el ritmo de mi masturbación.
— Córrete bien dentro, ¡lléname, lléname!.
Las sacudidas fueron más violentas hasta que eyaculó acompañado de un gemido ahogado, yo estaba a punto de venirme también, pero necesitaba unos segundos más.
— No la saques, déjala dentro, muy dentro, cariño.
Se acercó más y tiró de mí, haciendo que su polla llenase lo más posible mi culo. En ese momento de relax para él, pudimos sentir las involuntarias contracciones que su follada había provocado en mi ano, lo cual ayudó a que me corriese en un maravilloso orgasmo. Cuando dejé de jadear me saqué la verga y me levanté de la cama. Pasé junto a él cuando me dirigí hacia la ducha y le acaricié la cara, como suelo hacer. Después se duchó él y nos fuimos cada uno a su respectivo lecho, a intentar dormir. Jamás hemos vuelto a hablar del tema ni hemos vuelto a viajar juntos los dos solos. Jamás he vuelto a sentir un orgasmo como con el que tuve con la polla de mi hijo aún dura metida en mi culo
En el último viaje pasamos por una ciudad monumental, donde esperábamos para entrar en uno de sus museos en una cola larguísima. Para combatir el aburrimiento nos pusimos a hablar con otra pareja de turistas, pues ver que compartíamos el idioma nos animó a los cuatro. Tenían más o menos mi edad, y con la charla la espera se hizo más amena. Yo notaba que él me miraba de una forma especial. Era como si me estuviese evaluando el cuerpo, mirando mis caderas y mis pechos, y eso que los tengo pequeños. Por alguna razón que desconozco, me gustó que un desconocido me encontrase atractiva y más teniendo una esposa bastante llamativa. Cuando llegó nuestro turno para entrar, nos despedimos y nos adelantamos unos metros hasta el dispensador. La cabina para comprar el tiquet tenía un cristal de seguridad y, a través de su reflejo, pude ver cómo el hombre me estaba mirando el trasero. Si no puedo presumir del volumen de mis pechos, sí puedo hacerlo con mis nalgas y piernas, además llevaba un pantalón muy ajustado que realzaba aún más mis formas. Me recorrió un hormigueo y cierta sensación de vértigo, pues me veía realmente deseada, algo que no sentía desde hacía mucho tiempo. El buscó mi mirada a través del reflejo, encontrándola con mi mejor sonrisa. Posé una mano en mi cadera, muy abajo, desviando otra vez su mirada, justo antes de desaparecer con la entrada en la mano.
Horas más tarde los vimos por casualidad en nuestro hotel. Resulta que se hospedaban en el mismo que nosotros, y tras saludarnos decidimos quedar para cenar ahí mismo. Mi hijo y yo compartíamos habitación en esta ocasión, cosa que solemos hacer por motivos prácticos según sea el hotel o la ciudad. Yo me puse un vestido muy corto, pues me había animado mucho lo ocurrido en el museo, y vi que mi hijo se esmeraba mucho en su vestimenta. Me había parecido que por la mañana se había mostrado demasiado interesado por lo que decía la mujer. Fui un poco mala con él.
— Es guapa nuestra amiga ¿eh?
— …
— Para la edad que tiene no está mal.
— …
Su silencio e incomodidad lo decían todo. Cuando bajamos al restaurante, vi que ella también venía muy arreglada, y he de reconocer que su marido también. La cena fue muy agradable y hubo mucho vino por medio. El hombre me prestaba mucha atención, al igual que hacía mi hijo con su mujer. A mitad de la cena, el pie de nuestro nuevo amigo estaba tocando los míos. Primero de forma descuidada, pero al segundo plato recorrían libremente mis pantorrillas. Para los postres casi nos habíamos emparejado en un cruce un tanto encendido. Mi hijo estaba prácticamente encima de la mujer, sin parar de hablar y de contar chistes, que es lo que le pasa cuando se pone nervioso. Yo estaba muy pegada al hombre, pues habíamos compartido el postre y, con el juego, también las cucharas. El masaje pedestre y el vino me había puesto tan cachonda que me atreví a ponerle una mano en su muslo, muy cerca de la ingle. Se acercó a mi oído y me susurró:
— Acerca un poco más la mano, sólo un poco.
Miré a la mujer de reojo, que parecía muy atenta a mi hijo. Moví unos milímetros la mano y ahí encontré el extremo de su pene, bajo el pantalón. Me acerqué más y mantuve el meñique sobre su capullo, moviéndolo lentamente. Me puse a cien y fui consciente de que tenía las braguitas muy mojadas. Mi hijo se fue al aseo y el hombre volvió a hablarme al oído, pero esta vez su mujer nos miraba desde el otro extremo.
— No has apartado la mano de mi polla en toda la noche—me puse muy colorada y no podía dejar de mirar a su mujer, temiendo que nos oyera. Pero él cogió mi mano y se la llevó aún más hacia la verga—. Me gustaría besarte ahora —me sentía muy incómoda pero sobre todo, cachonda—. Te propongo una cosa: subo contigo a tu habitación y mi mujer se queda con tu hijo en la nuestra.
Lo miré incrédula. Se separó de mí y habló a su esposa al oído. Por las reacciones de ella se sabía lo que le estaba contando, hasta que terminó con un beso de él en el cuello de la mujer y la mirada de ella fija en mí. Se volvió a sentar junto a mí.
— ¿Qué me dices? —esta vez lo dijo en voz alta.
Me quedé pensativa, era todo tan extraño… ¡y me encontré el pie de ella tocando mis piernas! Me quedé de piedra, pero él puso otra vez mi mano en su verga, que estaba más gorda. En verdad, si accedía, a ellos no les volvería a ver y me llevaría esa buena experiencia como un recuerdo muy íntimo, y estaba segura de que mi hijo estaba de acuerdo, al menos por la parte que le tocaba, esa zorra seguro que se lo haría pasar bien.
— Mi hijo…
— ¿Tu hijo qué? —era mi chico, que acababa de volver.
— Pues que…
No sabía cómo decírselo, pero nada más sentarse, la mujer se acercó a su oreja y empezó a hablarle. Hubiese asegurado que en ese momento su mano bien podía estar sobre el pene de él, al igual que la mía estaba sobre el del hombre. El nos miraba a todos mientras oía lo que le decía la mujer. A mí me miraba sorprendido, al hombre lo escudriñaba, y cuando miraba a la mujer, el deseo lo devoraba. Me levanté y fui al aseo. Antes de volver, dejé mis braguitas en la papelera.
— Nosotros nos vamos ahora, espero que paséis una buena noche —dijo el hombre al verme llegar.
Dejamos a mi hijo con la mujer y subimos a mi habitación. Nos tomamos una copa de vino en la terraza, en silencio, hasta que me asomé por la barandilla, mirando hacia la calle y dándole la espalda. Me subí el vestido, sujetándolo por atrás, mostrándole que no llevaba ropa interior. Abrí las piernas y me incliné hacia adelante. Esperé a ver su reacción. Se acercó y me besó el cuello, haciendo que me diese un pequeño escalofrío. Solté la falda y le sujeté la nuca mientras me besaba. Llevé una de sus manos hacia mi pecho, que apretó con suavidad hasta que deslizó la palma por dentro del escote para tocar la piel del otro. Me bajé el tirante que lo cubría y pudimos recrearnos en esa caricia pública, pues aunque el balcón estaba pobremente iluminado, realmente estábamos a la vista de la gente de la calle. Subió la falda del vestido por atrás, e hizo que la sujetase tal y como la tenía al principio, creando la sensación de que tenía las manos atadas y de que estaba bajo su control. Me bajó el tirante que me quedaba puesto, dejando que el vestido descansase sobre mis caderas. Me apretó los pechos, pellizcándome los pezones, mientras nuestras lenguas se fundían en una lucha dentro de nuestras bocas. Sentía en mi culo el bulto de su paquete en su pantalón y moví las caderas, frotándome con él, para excitarlo aún más. La mezcla de placer y dolor que sus dedos producían en mis pezones me hizo suspirar y que me temblasen las rodillas. No paraba de gemir en su boca mientras intentaba tragarme su lengua.
Sus labios me besaron bajando por mi espalda, y cuando sus manos quedaron demasiado arriba, las bajó, tirando de mis pezones hasta que salieron de sus dedos. Gemí muy fuerte. Metió su boca entre mis glúteos y empezó a besarlos. Primero el derecho, luego me dio un lametazo en el ano, después me besó el cachete izquierdo, volviendo a lamer mi ano. Mientras estuvo en esa danza me abandoné completamente a sus labios y lengua. Vi a lo lejos una ventana que se encendía y una silueta que aparecía al trasluz y que se quedó inmóvil. Mientras pensaba si nos estaría observando, la lengua de mi amante estaba medio metida en mi culo y mi rajita estaba muy mojada. La persona de la ventana se movió unos metros y apagó la luz. Creo que se quedó mirando, pudiendo ver cómo se levantó mi acompañante y cómo introdujo su pene en mi vagina. Tenía una buena verga y afortunadamente ya estaba más que preparada para recibirla. La metió lentamente, pero de una sola vez hasta el fondo. Me follaba suavemente y mis pechos apenas se movían en el bamboleo. Quise soltar la falda para tocarme el clítoris pues estaba muy excitada, pero sujetó mis manos. Deseaba que me diese más fuerte, pero el muy cabrón se estaba reservando. Me concentré en el contacto de su rabo recorriendo mi vagina a una velocidad que mantenía mi excitación en suspensión. Me eché algo más atrás y abrí un poco más las piernas, notando cómo la polla podía entrar aún más adentro. En su lenta cadencia, el glande recorría mi húmeda caverna, abriendo y cerrando el paso. Conseguí soltar una mano y me pude acariciar el sexo, en un fluido frotamiento por lo mojado que tenía el chocho.
Me cogió de la otra mano y me llevó al interior, dejándome caer sobre la cama. Me quité el vestido y me puse de rodillas, aguardando a que él terminase de desnudarse. Cuando lo hizo, no esperé a que se subiese a la cama, y me llevé el rabo a la boca. El estaba de pie y yo, desde el borde del colchón, saboreaba el rastro que mi sexo había dejado en su polla. Agarrándola bien, chupaba el glande para dejar la verga bien dura otra vez, y cuando noté esa erección completa en mi boca, me puse como una zorra. Le acaricié los testículos, masturbándolo con la otra mano y dejando el capullo entre mis labios, que hicieron presión para que no entrase. Eso provocó en él la necesidad de penetrar mi boca, así que empujó la polla, abriéndose paso y siendo recibida por el lecho que había preparado mi lengua. Me estuvo follando oralmente de la misma forma que había estado haciéndolo en el balcón. Me preguntaba si la figura que presuntamente nos había estado observando fuera podía verme en esa situación. Creía, y creo, que con unos buenos prismáticos era posible, y empecé a masturbarme, imaginándome a un desconocido tocándose la polla por mí. Me corrí muy pronto y me saqué el pene de la boca. Me puse a cuatro patas, ofreciéndole mi trasero. No obstante, él eligió otra vez mi chocho, haciéndome gritar de placer cuando me introdujo la verga. Esta vez iba más rápido, follándome con brío, haciendo que a cada embestida suya, gimiese de forma moderadamente alta. Me cogí los glúteos para que él me viese bien el culo, esperando que entendiese mi ofrecimiento, hasta que finalmente noté que metió un dedo él. Me estuvo follando con el pulgar en el ano y la polla en el chocho, haciendo que me llegara otro orgasmo… pero antes de que llegara yo, se corrió él. Sentí su semen en mi interior, y cómo se hinchaba el rabo cada vez que escupía en mí.
Una vez que terminó, no mostró interés en terminar de alguna forma el efecto que había provocado su polla en mí. A la vez que crecía mi decepción, él se iba mostrando más distante y empecé a hacerme un dedo mientras empezó a vestirse. “Al menos hemos pasado un buen rato”, pensé mientras desapareció por la puerta de la habitación. Al rato de estar masturbándome, me acordé de mi hijo, pues tardaba en venir. ¿Le habrían secuestrado? ¿Estaría haciendo un trío? Lo segundo me pareció más plausible. Seguramente la mujer tendría dos rabos dentro de ella, y yo sola en mi habitación. Me preguntaba si el pene de mi hijo estaba dentro del culo de esa afortunada, y me empecé a excitar más, pensando en ellos. Me acordé del pequeño dildo que suelo llevar en la maleta, y que casi nunca uso. Lo busqué y salí al balcón desnuda, con él en la mano. Vi las copas que habían en la mesita y apuré las dos, que estaban medio llenas. Miré a la ventana que estaba en frente. Si la silueta todavía estaba mirando, me vería bien. Lamí el consolador y me senté mirando hacia la barandilla. Abrí las piernas y puse los pies apoyados en ella. Empecé a pasar el dildo por mi sexo, haciendo que su vibración estimulase mi pipa. Luego me lo metí en la vagina y cuando ya estuvo lo suficientemente mojada, lo saqué. Puse la punta en mi ano y empujé, pero tenía claro que así no iba a entrar. Lo chupé dejando un buen rastro de saliva y se introdujo la punta. Repetí la operación hasta que los dedos que sujetaban el aparato mostraron que ya tenía el culo listo. Me resultó extraño tener el aparato tan duro y frío dentro, pero tras varios movimientos metiendolo y sacandolo, empecé a gozar. Conforme me follaba el culo, me fui masturbando con una intensidad creciente.
De pronto, una luz tenue llamó mi atención, pues provenía de la habitación. Miré hacia atrás y vi a mi hijo que había encendido la lámpara de su mesita, parecía que había salido de la ducha y se estaba secando el pelo con una toalla, dándome la espalda.
No me había dado cuenta de cuándo había llegado, pero seguramente decidió no molestarme en esa situación que nos hubiera avergonzado a ambos. Me levanté y me puse la camisa que me pongo para dormir. Serví otras dos copas y me acerqué a él, ofreciéndole una y sentándome a su lado.
— ¿Te lo has pasado bien?
— ¡Uf! ¡Qué pasada! ¿y tú cómo…? —intentó preguntarme, pero se cortó. Aún así seguía muy excitado por todo— Es increíble, yo creía que estas cosas no pasaban, y mucho menos pensaba en que tú… eso, y lo normal que ha sido todo, quiero decir con ellos, y pienso en papá y creo que no tiene que ver con él, qué raro, y ella estuvo genial, uf… genial, sí —hablaba y hablaba, estaba eufórico. Me hizo feliz verle tan bien, yo le sonreía y le acariciaba el pelo, mientras él no paraba de gesticular.
— Te lo habrás pasado muy bien, porque has estado mucho tiempo con ella ¿eh?
— ¡Ah, no! ¡Sí! Quiero decir, me lo he pasado muy bien… —se quedó pensativo, sonriendo mientras recordaba algún episodio de esa noche— pero antes de subir tardamos un poco.
— ¿Y eso?
— Estuvimos charlando mucho, nos tomamos otra copa y estuvimos tonteando, discretamente. Se subía mucho la falda y abría un poco las piernas.
— ¡Qué descarada, en el bar del hotel!
— Muy sutil todo, mamá.
— Y entonces subisteis y ¿qué tal?
— ¿Qué tal qué? —me miró incrédulo— ¿no querrás que te cuente cómo… ? ¡Vamos!
— No seas tonto. Sólo quiero saber si te trató bien, y si también dejaste un buen recuerdo… —siguió callado y le tuve que ayudar—. Ya habrás estado con otras chicas, pero no tan experimentadas como ésta. ¡Alguna diferencia habrá! Después de lo que hemos pasado hoy ¿crees que me voy a escandalizar? ¿Qué tal era ella?
— Me puso a cien en el bar, y en el ascensor para ir a la habitación, me miraba de una forma que me… me… tuve una erección… quiero decir, que ya estaba…
— Empalmado —le ayudé.
— Sí, estaba empalmado de antes, pero no tanto.
— ¡Menuda hembra tiene que ser! ¡Con la mirada! —se quedó sonriendo ensimismado—. Y qué más, ¿qué te hizo de especial?
Me miró dudando sobre si seguir o no, pero no pudo resistirse.
— ¿Puedo hablar sin tapujos? Decir ciertas cosas delante tuya…
— Te voy a ayudar: mamarla, comer el coño, polla, follar, chocho, culo —cuando dije culo sonrió, el muy sinvergüenza, yo en cambio sentí el mío aún abierto y pensé en el consolador metido en el cajón de la mesita. Seguí con la lista—, dedo, lengua, semen…
— ¡Vale, vale!
— ¿Qué fue de especial?
— Lo que hicimos ya lo había hecho antes, la diferencia era el cómo lo hacía. Cuando subimos a la habitación, apenas me dejó que la besara y eso. Se puso de rodillas y me la chupó, del tirón —me quedé esperando “lo especial”—. El caso es que parecía que tenía como ansia de polla, de tener una polla en su boca. Era la manera de tragarla, de chuparla, de mirarme y de agarrarla. Parecía que quería que me corriese en su boca. Me puso a tope.
— En la cena no parecía ser tan…
— …puta…
— …¡lasciva!
— Y mientras la estaba follando, gemía mucho y me miraba como pidiendo más —lo miré extrañada—, y yo le estaba dando todo lo fuerte que podía.
Vaya pareja, a mí me folla el marido y se larga, y a ella se la tira un joven atlético y le parece poco. Todo esto me estaba irritando.
— Y mira que aguanté dándole —siguió—, y ella tenía el chocho que hacía mucho ruido de lo mojado que estaba.
— Por preguntar… ¿cómo estaba ella? ¿en qué posición?
— Estaba sobre la cama con las piernas hacia arriba, yo la sujetaba de los tobillos y nos mirábamos a la cara… se estuvo tocando mucho mientras la follaba…
— ¡Eso es que se lo pasó bien! —no pude evitar ver que mi hijo tenía su pene moderadamente erecto, y estaba segura que antes no estaba así. Hablar sobre sexo le estaba poniendo, y he de reconocer que a mí también. Apuré mi copa.
— Se puso a cuatro patas y se la metió en el culo. Se puso a suplicar que le diese fuerte. ¡Uf! Y yo le di, fue increíble —hizo una pausa—. Entonces fue cuando entró el marido en la habitación. Se puso junto a ella, y ella le cogió el nabo, pero aquello no tenía volumen ni nada… se ve que contigo él ya… bueno, ella empezó a metérsela en la boca y a masturbarlo mientras yo estaba follándola por detrás.
Así que la fulana se había llevado dos pollas y yo una. Me dio la impresión de que me habían engañado, soy muy competitiva, lo reconozco. Mi hijo siguió con su relato.
— Poco a poco se le puso dura, así que se puso debajo y ella lo montó. Luego entré yo. El por el chocho y yo por el culo. Otra vez se puso como una loca y me pidió que le diese fuerte, muy fuerte.
— Vaya, ¿lo habías hecho antes así? —disimulé mi envidia.
— No, para nada. Fue extraño. Sentía la polla del marido, bueno, el bulto que hacía, porque antes no sentía aquello.
— ¿Te gustó eso?
— Ni sí ni no, yo ya estaba a punto de correrme antes de eso.
— ¿Y dónde eyaculaste? ¿Dentro de ella?
— No, me pidió que la sacase y me terminó con la mano. Luego el marido se la metió en el culo y sí se corrió dentro de ella. Yo salí de su habitación justo después.
Me quedé pensativa. A mí me deja a mitad, corriéndose dentro, y se va. Y a mi hijo lo habían usado igual que a mí. Lo miré con cierta compasión, y vi que seguía con la erección.
— ¿Te has corrido dentro alguna vez?
— Sí, claro, no es mi primera vez.
— Quiero decir sin condón. ¿Has sentido una vagina o un ano en tu polla? —la erección era cada vez más grande, pero hice como si no me hubiese dado cuenta. El no sabía si quedarse quieto o taparse, en ambas opciones se delataba.
— Una vez lo hice sin condón, con la marcha atrás, pero por el culo nunca.
— ¿Nunca la habías metido sin condón en el culo hasta hoy?
— Hoy tampoco —yo ya estaba cegada—. Me puso un condón antes de empezar —sentí cierto alivio al pensar que al menos a él no le habrían contagiado nada, pero también cierto malestar porque el pobre debería haber disfrutado más.
— Supongo que te hubiese gustado correrte en ella, al menos en su boca.
— Sí, claro. Pero estuvo genial, de verdad.
— Ahora me toca a mí. No estuvo mal, pero el cabrón se corrió y se fue. Se corrió en mi chocho, pude sentirlo bien. Pero me dejó con muchas expectativas —mi hijo me miraba con atención, no parecía molesto oyéndome hablar de sexo, y también apuró su copa—. Creía que también me iba a meter su pene por el culo, pero nada, se fue. Se fue y me tuve que terminar yo sola. No sé qué crees que estaba haciendo en el balcón cuando has llegado, pero te puedes hacer una idea… y ahora me cuentas que sí tenía fuerzas para follarse a su mujer… y que encima te corriste en su mano, como si te hubieses hecho una paja…
— Lo dices de una manera…
— Y mírate, estás empalmado. ¡Y acabas de llegar! No nos han acabado bien, ¿no lo ves? —el alcohol tenía algo de culpa en mi desvarío, pero no quiero quitarme responsabilidades—. Yo me estaba haciendo lo que me tenía que haber hecho ese cabrón, y sigo a medias. No es justo.
— ¿A medias? —lo ignoré.
— ¡Quítate el pantalón! —yo estaba muy decidida y él muy pasmado— ¡Ponte de pie y quítate el pijama!
— ¿Estás borracha o qué?
— Un poco, pero ponte de pie —me obedeció y le bajé el pantalón, el pene estaba casi completamente erecto—. Esa zorra no sabe lo que se ha perdido, y tú vas a tener lo que mereces.
Me puse a cuatro patas sobre la cama, y me metí el dedo corazón en el culo, que entró suavemente. Miré su casi preparado pene.
— No pretenderás que te la toque, ¿verdad? Ponla dura. Por ti y por mí. Tú vas a follar en condiciones y yo también. ¡Qué cojones!
Se empezó a masturbar y pronto se le puso muy tiesa. Yo ya tenía tres dedos metidos en el ano cuando lo suyo llegó al volumen ideal. Le cogí la verga, le puse un poco de crema y me la introduje poco a poco. Empezó a follarme lentamente. Yo entonces lo veía todo muy aséptico, ahora sé que no había nada bajo control. El apenas me tocaba las caderas con sus manos, pero su polla me estaba haciendo vibrar y evité como pude lanzar algún gemido. Más adelante, de forma mecánica e inconsciente, me llevé un dedo al clítoris. Me puse a sudar y me quité la camisa, pero podía notar el sudor recorriendo la espalda. Lo miré y vi que también estaba sudando. Mirando su cuerpo musculado hubo un instante en el que no lo reconocí como mi hijo, pero sí que era él. No pude seguir mirándolo y me empecé a preguntar por lo que estábamos haciendo, pero su verga seguía dando placer mientras entraba y salía de mi culo. Intenté no pensar en las contracciones que iba a tener al correrme y me dije que lo mejor era esperar a que él acabase.
De pronto, me soltó las caderas y me agarró del pelo, usándolo como una brida. Ahora el único contacto con él era su pene en mi culo. Quería algo aséptico, justo eso, una verga para mí y un culo para él, pero me estaba sintiendo muy zorra siendo cabalgada así. Me tiraba mucho del pelo y me estaba haciendo daño, y además no podía dejar de pensar en lo que estaba haciendo con mi hijo. Le ordené que parase:
— Dame fuerte, hasta el fondo, ¡más fuerte! —no me podía creer lo que estaba diciendo, esa no era yo— ¡así! ¡qué me gusta tu polla abriéndome el culo! —no era yo, quise que dejara de tirarme del pelo— ¡fóllame hasta que te corras!
Decidí no hablar más, y me mordí los labios por no gritar de placer. Al final me soltó, para mi alivio, y me cogió el culo con las dos manos, me pareció que iba a correrse, pues me apretaba fuerte y casi no respiraba. Yo aumenté el ritmo de mi masturbación.
— Córrete bien dentro, ¡lléname, lléname!.
Las sacudidas fueron más violentas hasta que eyaculó acompañado de un gemido ahogado, yo estaba a punto de venirme también, pero necesitaba unos segundos más.
— No la saques, déjala dentro, muy dentro, cariño.
Se acercó más y tiró de mí, haciendo que su polla llenase lo más posible mi culo. En ese momento de relax para él, pudimos sentir las involuntarias contracciones que su follada había provocado en mi ano, lo cual ayudó a que me corriese en un maravilloso orgasmo. Cuando dejé de jadear me saqué la verga y me levanté de la cama. Pasé junto a él cuando me dirigí hacia la ducha y le acaricié la cara, como suelo hacer. Después se duchó él y nos fuimos cada uno a su respectivo lecho, a intentar dormir. Jamás hemos vuelto a hablar del tema ni hemos vuelto a viajar juntos los dos solos. Jamás he vuelto a sentir un orgasmo como con el que tuve con la polla de mi hijo aún dura metida en mi culo
5.9.18
Una mañana
Entré en su habitación, con la ropa limpia sobre las manos, para guardarla en los cajones de su cómoda. No me esperaba verlo allí, tenía que haber estado fuera. O bien se demoró desde que me dijo que salía, o bien me confundí al oírlo. No puedo saberlo. Solo sé que estaba de pie, completamente desnudo, con la polla en la mano. No supe qué hacer, pues ya estaba lo suficientemente dentro de su dormitorio como para poder hacerme la despistada. Delante suya, sobre el mueble, tenía una tablet con fotos que pasaban automáticamente, y algo en ellas llamó mi atencion. Me acerqué, no sin mirar aquella verga en su mano, con el capullo colorado y una gota blanca que salía de él. Pensé en si se acababa de correr y el mal rato que estábamos pasando los dos.
Miré la tablet, encontrandome un colage de fotos de mujeres maduras, más bien de sus escotes, piernas, alguna robada desde posturas imposibles. También habían mezcladas otras de catálogo, pero siempre mujeres de cierta edad. Cambió la foto automáticamente y salió otro colage de la misma temática. No obstante, algunas fotos me sonaban, aquella mujer no me era descocida... era yo. Dejé la ropa sobre la cómoda y lo miré, miré su cuerpo. Tan joven y tan cuidado, un cuerpo fibroso y depilado, podría tener a la chica que quisiera. Pero su torso estaba lleno de esas gotas blancas, que caían lentamente hacia su pubis. Seguía sujetando el pene, que iba disminuyendo, pero el glande rosa seguía hinchado captando mi atención.
Pensé en que se había masturbado mirándome, tumbado en la cama, en que de poder elegir a cualquier mujer, había preferido un cuerpo en el que la juventud estaba pasando, mi cuerpo. Pensé en el semen cubriendo el suyo, su pubis depilado, su glande rozando mi imagen en la pantalla. Pensé en lo sola que yo estaba, el mal sexo que había tenido durante tanto tiempo, en que sólo lo tenía a él, en cómo siempre da la cara por mi, en que no pasaría nada si por una vez...
Se esperaba un merecido rapapolvo, pero retiré su mano y le cogí el pene, ante su extrañeza. Le moví la verga lentamente, buscando parar la flaccidez. No lo conseguía del todo, pero sabía que eso no tendría que preocuparme, así que lo llevé hacia atrás, hacia su cama, para que se tumbase. Me senté sobre sus piernas, desabrochándome la bata y quedándome en ropa interior. Volví a coger el rabo, esta vez tendría una paja pero mirándome de verdad. Ahora sí conseguí que su capullo, tan rojito, cogiese un poco de volumen. El suficiente. Porque me encantan los fresones, y como tal, me lo llevé a los labios. Este sabía a su semen y pasé mi boca por él, mojándola para que me sintiese suave. Me alcé lentamente, mostrándole mis gordos labios unidos con mi saliva a su falo. Me quité el sujetador y a duras penas me llevé los pezones a la boca, chupándolos mientras lo miraba.
Me eché sobre él nuevamente, lamiendo su escroto, subiendo la lengua por el pene, y empecé a recoger cada rastro de semen que tenía pegado a la barriga. Lamí dos gotas cerca de su ombligo, tragándomelas y abriendo la boca después, para que la viese vacía. Luego lamí un chorreón al otro lado, y abrí la boca para que lo viese intacto sobre mi carnoso labio inferior, cayéndome a continuación y recogiéndolo con el dedo, para devolverlo a la boca. El resto de su solitaria masturbación lo limpié chupándolo juntando los labios y pasando la lengua oculta entre ellos. Volví a la verga, que ya estaba empalmada, pero aún le quedaba un poco para tener la rigidez que esperaba de ella.
Me la tragué, el contacto de la piel de su pene dentro de mi boca me excitó mucho. No debería haberme sentido así, pero pasar la lengua alrededor de su corona fálica me hizo reafirmarme en ese degenerado paso que estaba dando. Movía el glande por mi boca, tocando mi paladar, mis dientes, mi lengua, golpeando mi campanilla. Ahora tenía el miembro muy duro y grande. Mientras el falo tocaba mi garganta busqué sus manos con las mías y me las cogió fuerte, dándome su bendición por esta antinatural fusión de madre e hijo. Al fin estábamos preparados.
Le hice incorporarse y me tumbé desnuda en la cama, donde había estado él, con las piernas abiertas. Preparé con mis dedos la vulva para su pene, para que entrase completamente. Sentí el capullo abrirse paso por la vagina, gemí y suspiré echando de menos no tenerlo en mi boca, para buscar mi sabor en su falo. Sobre mí, empujando su verga, me miraba con la cara desencajada por el placer. Mi vagina estaba preparada para recibirle, aunque no estaba completamente lubricada, y eso hacía que ambos nos sintiésemos mucho, muy apretados el uno con el otro.
—Cógeme las tetas —me las agarró, apoyándose en mis costillas para no perder el equilibrio, haciéndome sentir su peso sobre mí. Mientras la verga hacía un gran trabajo más abajo, manoseaba con pasión mis ya algo blandos pechos. Finalmente apoyó una mano en la cama—. Tírame de los pezones, cariño.
El estaba muy colorado, haciendo gozar a su madre. Yo había llegado a un punto en que no podía dejar de gemir. Mientras él pellizcaba un pezón, yo hacía lo mismo con el otro, pero tirando de él hacia arriba haciendo que mi pecho luchara contra la gravedad. Cerré las piernas, pegándolas a su pecho, haciendo que él se apoyase en ellas en cada embestida. La verga me estaba dando justo donde tenía que hacerlo y estaba a punto de venirme. Me empecé a frotar y abrí algo las piernas, llevándolas a sus brazos.
—Fóllame fuerte, no pares ahora —pude balbucear entre gritos—. No pares, cariño. No pares...
Y me corrí, sintiendo cómo pugnaba el rabo por salirse en cada convulsión. Me llevé la mano a la boca, lamiendo mis dedos, saboreando mi deseo. Yo había acabado, pero su polla estaba tan dura... y seguramente tan cerca de su final...
—¿Dónde te quieres correr? Me tienes para ti, amor.
Tardó en contestar y sacó la verga.
—En tu culo... si quieres... —el chico fue sincero. Me puse a cuatro patas, y me metí poco a poco en el ano un dedo que había chupado antes. Lo metí y saqué varias veces sólo para ponerlo aún más bravo.
—Fóllame, cariño —y me la fue metiendo. Me hizo gemir otra vez y me arrancó otro grito, a los que siguieron más. Pensé que teníamos que haber llegado antes a eso.
—¡Mamá! —se iba a correr, al fin.
—¡Dame fuerte! ¡Más fuerte!
Se corrió, y no dejé que la sacara hasta que acabó del todo. Me vestí haciendo que viese cómo su semen mojaba mis braguitas por atrás y me cubrí con la bata. Coloqué la ropa limpia en los cajones y salí.
Miré la tablet, encontrandome un colage de fotos de mujeres maduras, más bien de sus escotes, piernas, alguna robada desde posturas imposibles. También habían mezcladas otras de catálogo, pero siempre mujeres de cierta edad. Cambió la foto automáticamente y salió otro colage de la misma temática. No obstante, algunas fotos me sonaban, aquella mujer no me era descocida... era yo. Dejé la ropa sobre la cómoda y lo miré, miré su cuerpo. Tan joven y tan cuidado, un cuerpo fibroso y depilado, podría tener a la chica que quisiera. Pero su torso estaba lleno de esas gotas blancas, que caían lentamente hacia su pubis. Seguía sujetando el pene, que iba disminuyendo, pero el glande rosa seguía hinchado captando mi atención.
Pensé en que se había masturbado mirándome, tumbado en la cama, en que de poder elegir a cualquier mujer, había preferido un cuerpo en el que la juventud estaba pasando, mi cuerpo. Pensé en el semen cubriendo el suyo, su pubis depilado, su glande rozando mi imagen en la pantalla. Pensé en lo sola que yo estaba, el mal sexo que había tenido durante tanto tiempo, en que sólo lo tenía a él, en cómo siempre da la cara por mi, en que no pasaría nada si por una vez...
Se esperaba un merecido rapapolvo, pero retiré su mano y le cogí el pene, ante su extrañeza. Le moví la verga lentamente, buscando parar la flaccidez. No lo conseguía del todo, pero sabía que eso no tendría que preocuparme, así que lo llevé hacia atrás, hacia su cama, para que se tumbase. Me senté sobre sus piernas, desabrochándome la bata y quedándome en ropa interior. Volví a coger el rabo, esta vez tendría una paja pero mirándome de verdad. Ahora sí conseguí que su capullo, tan rojito, cogiese un poco de volumen. El suficiente. Porque me encantan los fresones, y como tal, me lo llevé a los labios. Este sabía a su semen y pasé mi boca por él, mojándola para que me sintiese suave. Me alcé lentamente, mostrándole mis gordos labios unidos con mi saliva a su falo. Me quité el sujetador y a duras penas me llevé los pezones a la boca, chupándolos mientras lo miraba.
Me eché sobre él nuevamente, lamiendo su escroto, subiendo la lengua por el pene, y empecé a recoger cada rastro de semen que tenía pegado a la barriga. Lamí dos gotas cerca de su ombligo, tragándomelas y abriendo la boca después, para que la viese vacía. Luego lamí un chorreón al otro lado, y abrí la boca para que lo viese intacto sobre mi carnoso labio inferior, cayéndome a continuación y recogiéndolo con el dedo, para devolverlo a la boca. El resto de su solitaria masturbación lo limpié chupándolo juntando los labios y pasando la lengua oculta entre ellos. Volví a la verga, que ya estaba empalmada, pero aún le quedaba un poco para tener la rigidez que esperaba de ella.
Me la tragué, el contacto de la piel de su pene dentro de mi boca me excitó mucho. No debería haberme sentido así, pero pasar la lengua alrededor de su corona fálica me hizo reafirmarme en ese degenerado paso que estaba dando. Movía el glande por mi boca, tocando mi paladar, mis dientes, mi lengua, golpeando mi campanilla. Ahora tenía el miembro muy duro y grande. Mientras el falo tocaba mi garganta busqué sus manos con las mías y me las cogió fuerte, dándome su bendición por esta antinatural fusión de madre e hijo. Al fin estábamos preparados.
Le hice incorporarse y me tumbé desnuda en la cama, donde había estado él, con las piernas abiertas. Preparé con mis dedos la vulva para su pene, para que entrase completamente. Sentí el capullo abrirse paso por la vagina, gemí y suspiré echando de menos no tenerlo en mi boca, para buscar mi sabor en su falo. Sobre mí, empujando su verga, me miraba con la cara desencajada por el placer. Mi vagina estaba preparada para recibirle, aunque no estaba completamente lubricada, y eso hacía que ambos nos sintiésemos mucho, muy apretados el uno con el otro.
—Cógeme las tetas —me las agarró, apoyándose en mis costillas para no perder el equilibrio, haciéndome sentir su peso sobre mí. Mientras la verga hacía un gran trabajo más abajo, manoseaba con pasión mis ya algo blandos pechos. Finalmente apoyó una mano en la cama—. Tírame de los pezones, cariño.
El estaba muy colorado, haciendo gozar a su madre. Yo había llegado a un punto en que no podía dejar de gemir. Mientras él pellizcaba un pezón, yo hacía lo mismo con el otro, pero tirando de él hacia arriba haciendo que mi pecho luchara contra la gravedad. Cerré las piernas, pegándolas a su pecho, haciendo que él se apoyase en ellas en cada embestida. La verga me estaba dando justo donde tenía que hacerlo y estaba a punto de venirme. Me empecé a frotar y abrí algo las piernas, llevándolas a sus brazos.
—Fóllame fuerte, no pares ahora —pude balbucear entre gritos—. No pares, cariño. No pares...
Y me corrí, sintiendo cómo pugnaba el rabo por salirse en cada convulsión. Me llevé la mano a la boca, lamiendo mis dedos, saboreando mi deseo. Yo había acabado, pero su polla estaba tan dura... y seguramente tan cerca de su final...
—¿Dónde te quieres correr? Me tienes para ti, amor.
Tardó en contestar y sacó la verga.
—En tu culo... si quieres... —el chico fue sincero. Me puse a cuatro patas, y me metí poco a poco en el ano un dedo que había chupado antes. Lo metí y saqué varias veces sólo para ponerlo aún más bravo.
—Fóllame, cariño —y me la fue metiendo. Me hizo gemir otra vez y me arrancó otro grito, a los que siguieron más. Pensé que teníamos que haber llegado antes a eso.
—¡Mamá! —se iba a correr, al fin.
—¡Dame fuerte! ¡Más fuerte!
Se corrió, y no dejé que la sacara hasta que acabó del todo. Me vestí haciendo que viese cómo su semen mojaba mis braguitas por atrás y me cubrí con la bata. Coloqué la ropa limpia en los cajones y salí.
2.9.18
Mi hermana
Quería que mi marido entendiese que hacer ciertas cosas, entre cierta gente, no era tan abominable como podría parecer en un primer momento. Debía preparar el terreno para que mi sexuaidad, algo compleja y desprovista de ciertas barreras morales, le fuese mostrada sin hacerle daño. Tuve la ocasión perfecta cuando fuimos a pasar un fin de semana a casa de mi hermana. Ramón, mi cuñado, esos días estaba pescando en el mar, por eso decidimos acompañar a Tere. Ella tenía por costumbre echarse la siesta en la piscina, mientras que nosotros siempre nos retirábamos al cuarto de invitados. El primer día vi que Juan se levantó a orinar de la siesta y al volver se quedó un instante mirando hacia la piscina. Después de él fui yo y comprobé que mi hermana estaba tomando el sol desnuda, seguramente pensando que o bien no nos enteraríamos de sus costumbres nudistas o, símplemente, de que a nosotros nos tenía que dar igual lo que ella hacía en su propia casa. Que mi marido morcease con mi hermana me molestó vagamente, pues lo iba a usar en mi propio interés.
Al día siguiente le regalé a mi hermana un pequeño libro de cuentos eróticos, que recibió envuelto en nuestras risas. Como era de esperar, con el sopor de la tarde, no pudo evitar llevarse el libro a la piscina mientras nosotros subíamos a nuestra habitación. Nos echamos. Cuando apenas habían pasado cinco minutos me dirigí al baño, y a la vuelta, tal y como hizo él el día anterior, me quedé mirando hacia la piscina.
—La verdad es que Tere tiene un cuerpo bonito —mi marido hizo como si no me oyese, señal de que estaba de acuerdo—. ¡Ven, mira! —no se movía— desde aquí no nos ve, los cristales están tintados. No seas tonto.
Juan se acercó.
—¿Te gustan sus pechos? Los tiene más bonitos que los míos.
—Los tuyos también son preciosos, y tienes mejor culo, amorcito.
La miramos un poco más. Ella estaba ajena, leyendo con sus gafas de sol puestas. Me puse detrás de Juan y le cogí de la cintura. El permaneció en silencio, pero noté cómo se entrecortaba su respiración. Metí la mano por dentro del boxer y palpé una polla un tanto gordota.
—¡Vaya! —exclamé.
—Gloria, eres un poco perversa.
—Eres tú quien tiene la polla así, querido.
Empecé a mover la mano, sintiendo cómo se volvía cada vez más rígida. Juan se sintió incómodo y metió también su mano para quitar la mía, haciendo medio giro.
—¡Nos va a ver! —dijo colorado.
—No nos puede ver… ¿no te da morbo? a mí sí, ¡mucho! —seguía de medio lado y tenía que relajarlo—. Puedes mirarla, no me importa, amor. Si lo prefieres, no te toco, no te preocupes —lo volví a la ventana y retiré mi mano hacia su cintura—. No sabía que se depilara tanto.
Mi marido no tardó en cambiar de idea, pues en cuanto volvió a mirar a Tere, buscó mi mano y se la llevó donde estaba antes. Empecé a masturbarlo mientras mantenía una mano bien en su tetilla, bien en sus abdominales. Tere dobló una de las piernas, mostrando unos muslos espectaculares. Le bajé los boxers a Juan, y lo dejé mirando desnudo por el ventanal.
—Déjate hacer, cariño —le dije. Puse sus manos apoyadas en el cristal y le seguí pajeando desde atrás—. ¿Qué es lo que más te gusta de ella? —el movimiento de mi mano en su polla era como el de un reloj que esperaba paciente su respuesta.
—Tiene unos pechos muy bonitos —dijo al fin.
—¿Qué los hace tan especiales? —seguí recorriendo el falo lentamente.
—Le sienta bien cualquier vestido o sujetador que se ponga…
—Siempre ha sido así, la jodida.
—… y sus tetas terminan en punta, parecen tan duras…
—Lo son. Son duras y turgentes —la polla que tenía en la mano sí que estaba dura— ¿te gustaría tocarlas?
—Es tu hermana…
—Te estoy pajeando mientras la miras, amor… ¿te gustaría tocarlas, tenerlas en tu boca?
—Sí —entró en el juego, era inútil resistirse.
Entonces Tere se tocó un pezón. El libro de cuentos estaba haciendo su efecto. Primero se puso una mano disimuladamente en el pecho, pero vimos perfectamente cómo colocaba el índice y el medio de forma que le hiciera pinza. Cambió las piernas de posición, bajó la que estaba doblada y subió la otra
—Se está tocando, mira —le dije, pero su verga ya me había avisado de que él lo estaba viendo perfectamente.
—No me jodas…
Empecé a masturbarlo más rápido. Tere, abajo, se llevó una mano a su clítoris y empezó a mover el dedo suavemente. Puse a Juan de lado y me arrodillé ante él, así le podía hacerle una felación sin perder la visión de mi hermana. Me metí el glande en la boca, y noté el sabor de sus fluidos. Estaba claro que Juan estaba listo para follarme, pero yo aún no, y quería chupársela un rato mientras él miraba a mi hermana.
El movimiento circular del dedo de Teresa era cada vez más evidente y yo empecé a imitarla, a la vez que me metía la polla más dentro. Hacía bastante ruido al chupar, eso nos ponía mucho a los dos. A veces soltaba mi chocho y agarraba con las dos manos la verga, moviendo la boca en sentido contrario a mis manos.
—¿Te gustaría llevarte ese coño a la boca?
—Sí, cariño. Y follármelo también.
—¿Lo harías? —yo jadeaba cuando me sacaba la verga de la boca.
—Sí, me lo follaría.
—¿Te pone mucho? Ayer iba muy sexy…
—Joder ¿sexy? ayer tenía un culazo precioso, no podía dejar de mirarlo. Y su escote… —yo me metía la verga hasta el fondo. Me estaba poniendo oírle hablar así, y me empecé a meter un par de dedos—. Esta mañana iba sin braguitas ni sujetador, sólo con la camisa larga que lleva.
—Te diste cuenta, ¿eh? Y encima cruza las piernas de esa forma tan descuidada...
Yo ya estaba bastante cachonda, así que me puse de pie y me coloqué mirando hacia el ventanal, inclinada. Juan me la metió inmediatamente, hasta el fondo. Empezó a follarme con mucho ritmo, y yo gemía alto, confiando en la insonorización del cristal. Me embestía con mucha energía y apenas podía sostenerme sin dar algún que otro cabezazo al cristal, pero conseguí llevar una mano a mi clítoris y empecé a tocármelo con frenesí. Claramente me estaba follando como si yo fuese ella.
—Me gustaría veros juntos —dije entre gemidos y me empezó a dar tan fuerte que apenas podía separar los pechos del ventanal.
Abajo, mi hermana terminó con su autosatisfacción, y siguió leyendo, chupándose los dedos masturbadores. Yo no podía seguir en esa posición y me puse a cuatro patas, a Juan no le importó porque siguió culeándome frenético. No tardó en descargar su semen dentro de mí. Le limpié la polla con la boca mientras me terminaba y nos dimos una ducha. Cuando bajamos al cabo del rato, Teresa ya estaba por la casa, vestida con unos shorts y una blusa, sin sujetador, haciendo mover los pechos a cada paso.
Después del café y las galletas, Tere y yo nos fuimos a dar una vuelta, y Juan se quedó en casa viendo un partido de fútbol. Mientras andábamos por la alameda, Teresa fue directa al grano.
—Te voy a contar una cosa, Gloria, no te lo tomes a mal. Cada uno hace lo que quiere… —la miré intrigada—. Resulta que con la tormenta de hace dos meses se rompió el ventanal del cuarto de invitados —me temía lo que venía a continuación— y tuvimos que cambiarlo. Con las prisas, no pudimos reponerlo con el mismo tipo de cristal que el anterior…
—Ajá…
—Y el que tiene ahora transparenta más que los otros. Que ni tiene el efecto espejo ni es semi opaco, vamos —me quedé algo cortada, pero se me erizaron los pezones al pensarlo.
—Quieres decir que esta tarde tú…
—Oye, que ya te digo que me parece bien. Me gusta saber que tenéis una vida sexual activa y, por lo que pude ver, satisfactoria. Pero os pediría algo de discreción. Tenemos vecinos, y Ramón podía haber estado por ahí.
—Perdona, Tere. Es que a veces nos da un calentón enorme. Lo siento… pero… pero… entonces tú nos veías todo el rato.
—Bueno, no os estuve mirando todo el rato —protestó.
—Claro, y tú también te hacías cosillas —se quedó de piedra—. Te veíamos desde arriba, el cristal no es opaco ni…
—¡Ya sé cómo es el cristal!
—¿Qué te puso más, el libro o nosotros?
—No seas guarra, Gloria.
—Tienes mucha cara de decirme eso de que nos vistes follar, mientras tú estabas ahí exhibiéndote mientras te hacías una paja.
—¡Eso fue antes de veros, de saber que estabais ahí…!
—No me jodas, que te vimos perfectamente.
Estuvimos un rato en silencio. Luego me habló, Tere siempre ha sido muy directa.
—Entonces, ¿Juan te cubre bien?
—Ja ja ja, ni que fuese una vaca, Tere.
—Ja ja ja, perdona, tienes razón… ¿te hace bien el amor?
—Te voy a hacer un croquis, Teresa. Tiene una buena polla y me folla de maravilla. Cada vez que me he puesto cachonda por algún motivo, que me entran ganas, vamos, lo ordeño a fondo.
—¿Qué es eso de ponerte cachonda por algún motivo? ¿Tienes algún ligue o algo?
—No, no. Son cosas mías… ¿y tú con Ramón?
—No tan bien como vosotros, la verdad. Hace tiempo que… nada, ¡nada de nada!
—¿Entonces te pajeaste por nosotros? Ya te digo yo que…
—El libro me puso a cien, porque vaya idea tuviste al regalármelo, pero tengo que admitir que luego fue por vosotros…
—¿Te gustó la verga de Juan?
—¡Gloria!
—Sabías que te veíamos desde arriba… ¿no? —ni afirmó ni negó—. Esta noche follaremos otra vez, con la puerta abierta.
—¿No pretenderás que…? —me miraba entre asqueada y extrañada.
—Te puedes llevar la polla de Juan de regalito esta noche. Nadie tiene por qué enterarse, Tere.
—¡Ni hablar!
—Mira, querida, después del show sexual de esta tarde has estado por casa con la camisa esa sin sujetador —me miró como si no tuviese importancia—, y te estiraste al menos un par de veces, para que se te marcaran bien los pezones.
—Tienes mucha imaginación, Gloria.
—¡Venga ya! Que se te ve el plumero —se sonrió—. Te puso algo cachonda todo eso, lo sé, ¡a mí también! Sabes, mientras estaba… ahí… con su polla dentro…
—¡Gloria!
—…pues me acordé de aquella vez con Carlitos —se rió.
—Tendrías que ver a Carlitos ahora, que parece que se ha comido a 10 Carlitos. Tan canijo que estaba y el pene que tenía…
Carlitos era un noviete, o ligue circunstancial, que tuvo mi hermana cuando éramos adolescentes. Una noche se quedaron solos en casa de nuestros padres, y a la mañana siguiente me contó emocionada que Carlitos tenía una polla enorme. No por larga, sino por ancha. Esa misma noche, después de follar ellos, mi hermana me lo pasó. Yo ya había tenido algunas experiencias sexuales, pero aunque lo intenté de todas las maneras, fui incapaz de meterme semejante miembro dentro del chocho. Sólo alcancé a hacerle una mini mamada en la punta del glande. Ahí aprendí que mi hermana era muy prudente en su vida normal, pero muy libidinosa en el aspecto sexual. Nos estuvimos riendo a costa de eso en aquella época, y ahora también nos estábamos riendo.
—Esta noche será como con Carlitos. Me follo un poco a Juan, entras, y te paso la polla.
—Suponte que digo que sí ¿y mañana qué? eso es jugar con fuego y no quiero quemarme.
—Confía en mí. Está todo controlado —mentí—. De aquí a esta noche te lo piensas: o te follas una buena polla, o te conformas con el dedo.
—Cállate ya, Gloria.
Seguimos nuestro paseo cambiando de tema, pero Tere me miraba de forma distinta, intrigada. Volvimos a casa y preparamos la cena. A pesar de que no iríamos a ningún sitio, me puse lencería y una falda muy estrecha. Juan estaba muy excitado por lo ocurrido esa tarde y, al verme tan sexy, estuvo con el pene en estado de sustentación. A mi hermana eso no se le pasó por alto. La situación me estaba poniendo cachonda a mí también, así que disimuladamente me metía los dedos en cuanto me quedaba sola en la cocina, en el salón o en el baño. Al cabo del tiempo nos retiramos a nuestro cuarto, dejando a Tere en el salón viendo la televisión. Dejé la puerta abierta de par en par y me eché sobre Juan. El miró hacia la fuera, al pasillo, y yo le hice un gesto de silencio con el dedo sobre sus labios. Notó el olor de mi coño y se lo metió en la boca.
Se puso como una moto, se quitó la camiseta y los pantalones en un instante, apenas me dio tiempo de desabrocharme la blusa. Con la falda puesta aún, me llevó la cabeza hacia su polla, que aún estaba dentro de los calzoncillos. Empecé a frotarle la verga con la boca abierta. Cuando la noté más hinchada, hice el mismo movimiento con los dientes, mordiendo el glande. Tenía la polla para mí y él dejó que la gozase. Le bajé los calzoncillos y la verga cayó sobre mi cara. La recogí con la boca abierta, usando los labios y la lengua y empecé a chupársela. Miraba hacia atrás, hacia la puerta, pero Tere no estaba. Así que me la metí más al fondo, sabiendo los ruidos que emanarían de mi boca. Cuando me ahogaba en su verga, a continuación la sacaba completamente, con sonidos guturales y mis babas, y fluidos profundos, mojando mis pechos.
Me puse de pie y me quité la falda y las braguitas, pero me dejé puesto el liguero con las medias y el sujetador, pues no quería que mi hermana me hiciera más competencia en poner cachondo a mi marido. Juan me arrastró a la cama y se recostó, haciendo que le volviera a comer la polla, estando yo a cuatro patas, de espaldas a la puerta. Por su gesto, comprendí que Tere al fin estaba mirando. Yo no veía dónde estaba, pero le estuve manoseando la verga a dos manos y le lamía el glande con ruido. Luego me subí encima de él, de forma que seguía dándole la espalda a la puerta. Le sujeté la polla con la mano, me llevé el glande al chocho y me senté sobre su rabo, empalándome con un fuerte gemido. Me dejé caer y entró hasta el fondo, empezando a moverme con un vaivén de cadera. Tenía el coño hecho agua, y su gorda polla entraba y salía para mi locura. Como estaba frente a él, lo cogí de la nuca y gemí en su cara. Sin parar de moverme, me eché hacia atrás apoyada en los brazos y él empezó a mover la cadera. Yo tenía los ojos cerrados pues no quería ver a mi hermana aún, para tener la polla para mí sola un rato más.
—Empuja así, cariño. Dame tu polla, entera.
Entonces me dejé caer completamente hacia atrás, quedando mi nuca en el borde de la cama, con la cabeza casi colgando. Puse mis piernas hacia arriba y dejé que me follase un rato. Empecé a sudar, notaba cómo caían gotas por mis pechos y me arrepentí de no haberme terminado de desnudar.
—Hasta el fondo, dame, dame, fóllame fuerte.
Entonces abrí los ojos. Teresa estaba dentro del dormitorio, justo frente a mí. Llevaba la camiseta de la mañana, sus pezones taladraban la tela. Me miraba, nos miraba, con cara de circunstancias, algo avergonzada. Desde mi posición, sentía la polla de Juan entrando y saliendo de mi coño mientras la veía a ella del revés.
— Perdonarme que entre, pero es que quería saber si mañana… —no iba a permitir que sus inútiles excusas rompiesen el momento.
— No te preocupes, cariño —la polla seguía bombeando, haciendo que me moviese con ella—. Levántate un poco la camiseta, anda, sólo un poco.
Tere sabía lo que quería, y se levantó la camiseta, mostrando su sexo. Juan empezó a darme más fuerte, levanté la cabeza y lo miré. Estaba obnubilado con el coño de mi hermana, y volvía a embestirme como si yo fuese ella. Me saqué la verga y me senté sobre la cama. Alargué la mano y, cuando Tere me la cogió, tiré de ella hasta nosotros. Llevé directamente su boca al rabo de Juan, y lo empezó a tragar mientras mantenía una mano recogiendose el pelo tras la oreja, ella siempre tan coqueta. La polla de Juan tenía que saber a mí, y Tere la estaba dejando completamente limpia de cualquier rastro mío. Ver lo cachonda que estaba ella me puso aún más, y me empecé a masturbar mirándolos.
—Así, muy bien, toda para ti, cariño —la cogí de la nuca y le ayudé en el movimiento, pero dejando que ella decidiese hasta dónde tenía que tragarse—. Tenías muchas ganas de una buena polla, ¿verdad, cariño? —miré a Juan—. Mira la zorrita que te he buscado, amor —Tere se desconcertó al oírme llamarla zorrita, pero yo seguí—. ¿Te la come bien la putita?
—Sí…
—Disfruta, amor, disfruta en la boca de mi hermana —ella se tocaba el clítoris más frenética. Tirando de su pelo, le aparté la cabeza unos centímetros, pero mantuvo la boca abierta mientras jadeaba
—. Mira sus labios, tan gordos, deseando comerse la polla— introduje la punta dentro de su boca, y ella respondió chupando. La volví a sacar—. Saca la lengua, querida —me obedeció y pasé el glande por ella. Estuve moviendo la verga, entrándola y sacándola, viendo cómo la lengua recorría el falo. Terminé sacando otra vez el rabo de la boca, y acaricié la lengua con mis dedos. Ella notó otra vez el sabor de mi coño, y se metió los dedos enteritos en la boca, chupándomelos. Tuve un escalofrío y volví meter la verga.
Juan estaba ciego de lujuria, el pobre. Yo seguía dirigiendo la cabeza de Tere, cada vez un poco más adentro. Ella pasó de frotarse la pipa a meterse dos dedos en un gemido que traspasó la polla que tenía en la boca.
—Fóllate a tu nueva puta, métesela bien dentro.
—Sí, ¡hasta el fondo!
Tere se echó en el colchón, en la misma posición en la que vio que me estaba follando Juan. Me miraba con la cara desencajada por el placer, desconcertada. Juan le fue metiendo la polla a golpecitos, acompañados de los gemidos de Tere. Cada vez que él la embestía, ella gritaba. Con el movimiento de Juan ella se tocaba el clítoris frenéticamente, sin parar. Yo disfrutaba viéndolos de esa manera y me acerqué a besar a Juan. Sin querer puse una mano sobre el coño de mi hermana, retirando ella la suya. Tenía el clítoris hinchado y muy mojado. Se lo froté mientras chupaba la lengua de mi marido, pero cuando volví a mi posición dejé de tocarla. Me gustó darle placer a Tere, se lo merecía, pero me resultaba raro masturbarla, incluso para mí. Juan la sometía a un vaivén frenético, y ella se volvió a tocar el clítoris mientras me miraba con los ojos algo perdidos, haciendo que mi pasión fraternal pudiese más que el resto de pudor que me quedaba. Le puse una mano en el muslo, cerca de su sexo y con la otra le acaricié un pecho, y ella enseguida se cogió el pezón del otro. Yo creo que sus gemidos se tenían que oír en todo el barrio.
Saqué la polla y puse a mi hermana a cuatro patas, con el culo bien en pompa. Unas gotas le salían de la vulva y se acumulaban en el clítoris. Nunca había visto un chocho tan mojado. Me dieron ganas de chuparlo, pero me contuve cambiándolo con un buen mamazo a la verga de Juan. El coño de mi hermana sabía más dulce que el mío y tenía un efecto afrodisíaco que me recorría todo el cuerpo. Su coño, con los labios bien abiertos, recibió con facilidad la polla que metí en él. Mientras Juan la follaba, abrí los glúteos de Tere, para deleite de mi marido. Apoyó sus manos junto a las mías, pero cogí su pulgar, me lo llevé a la boca, y después de chuparlo lo coloqué sobre su ano.
Juan estaba alucinando. Escupí sobre su dedo y empezó a meterlo cada vez más. Ver cómo desaparecía la punta dentro de su culo depilado hizo que me corriera mientras me pellizcaba los pezones y gritaba a coro con mi hermana. Juan terminó de introducir todo el dedo y yo volví a poner una mano sobre el culete de Tere, pero metí varios dedos de la otra en su boca, que chupó intensamente. Cogí la mano de Juan, mojé el índice y el anular y lo conduje otra vez al ano. Juan esta vez se mostró pasivo, quería jugar conmigo. Acepté y fui metiendo los dedos y, dirigiendo el movimiento de éstos, empecé a follar el culo de Tere a través de Juan.
— ¿Te gusta así, amor? —le pregunté a Tere.
— Me gustan mucho tus dedos… —ella creyó que eran mis dedos los que la estaban sodomizando. Le cogí un pecho y aumenté el ritmo en su culo.
— Eres muy puta, amor mío, y Juan quiere saber dónde tiene que meter la polla —la mano que sujetaba su pecho fue a su boca, de la que sólo salían gemidos. Al final oímos un hilo de voz.
— El culo, métemela por el culo… —era un gemido mezclado con una petición desesperada— toda por el culo… —y Juan se la fue metiendo hasta que entró entera.
Las embestidas de Juan no cesaban y yo me corrí otra vez viendo el agujero de Tere rodeando la verga de mi marido. Y además Tere empezó a hablar como una zorra.
—Me gusta mucho tu polla… me gusta tener tu polla en el culo… más fuerte… abrémelo… joder, así, fuerte… soy tu perra, fóllame como a una perra…
Me puso tan cachonda que la saqué y me puse también a cuatro patas, esperando mi dosis. La verga era mía y la corrida también tenía que serlo. No iba a dejar a Tere llevarse todo el premio. Ella se dio la vuelta y chupó el rabo mientras me metía el índice en el culo. No se andaba a medias tintas, y además pensaba que había sido yo quien la penetró al principio. Ella fue dirigiendo la introducción de la verga, lubricando con su saliva el proceso. Tener la polla de mi marido entrando y saliendo de mi culo me hizo gemir y llorar. Me tocaba el clítoris, y como sabía que me iba a llegar otro orgasmo quise que me lo diese todo.
— Córrete, dámelo, córrete dentro —él apenas podía ir más rápido, agotado como estaba—. ¿O quieres correrte en Teresa? ¿en su culo? Hazlo cariño… ¡Espera! Ven, abre la boca, puta…
— ¡Joder, me voy! —eso ya era mucho para el pobre.
Saqué la polla del culo, pero Tere me la quitó y se la metió en la boca. Empezó a chupar mientras se la cogía con las dos manos. Yo me puse de rodillas junto a ella, esperando mi turno para comerle el rabo a mi campeón, pero ella no lo soltaba y me miraba desafiante. Apenas me dejó cogerle la verga sólo cuando ella estaba acabando y, finalmente, sin darme tiempo, me agarró la cara abriéndome la boca, dejando caer el semen de mi marido. Estaba como paralizada, pero me lo tragué. Dejó caer algo más y cayó en la mejilla, así que lo recogió con un dedo y me lo metió en la boca. Luego llegó el resto que le quedaba, y muy lentamente iba fluyendo a mi boca. Pero esta vez no lo tragué. Intercambiamos la postura y le devolví el semen mezclado con mi saliva, nuestras salivas. Cuando no quedaba más, cerré la boca, salivé un poco más y lo dejé caer. Sé que ella esperaba que la besara, pero no lo hice.
Aquella noche Teresa durmió con nosotros. Dejamos a Juan en medio. Me desperté muy de madrugada. Estaban durmiendo, así que silenciosamente palpé la polla de Juan. Una vez localizada, me metí bajo las sábanas y empecé a hacerle una mamada, muy lenta, buscando su erección. Cuando la tuve, hice que saliera de su duermevela y lo puse de lado, hacia mi hermana, que dormía dándole el trasero a Juan. Este dejó que mi mano llevase la polla al coño de Tere y me di la vuelta. Recuerdo que me desperté al cabo y ahí estaba él, follándosela de rodillas con ella tumbada de lado, mirando hacia mí, en un jadeo ahogado. Era como si él estuviese viviendo un orgasmo perpetuo y estuviese en piloto autómatico.
— A la perra le gusta tu polla —dije.
— Siiii… Me gusta tener tu polla en mi culo —dijo Tere mirando a Juan. Conocía bien a mi esposo, seguramente tenía la verga bien dura, pero le iba a costar eyacular, y la muy zorra no iba a dejarlo descansar… pero yo tampoco iba a dejar a mi hermana a medias. Era hipnótico verlos follar en silencio, envueltos en sudor. Teresa me cogió una mano y se la llevó a su pecho. Me hizo cogerle los pezones, gimió y me habló—. Seré vuestra puta, tu puta… —no le llegaba el aire— joder, seré vuestra perra…
— No eres nuestra puta, eres mi puta, y follarás cómo y cuándo te diga. Esa verga la tienes en tu culo porque es mi verga ¿de acuerdo? —afirmó con la cabeza y acercó su boca a la mía, dándome un beso que casi se me parte el alma. Su lengua sabía a sexo y su aliento, que llegaba de lo más hondo, era un gemido acompasado a los pollazos de Juan.
El beso duró lo que aguantó Juan sin eyacular con el plus de ver a su mujer besar y acariciar a su propia hermana…
Al día siguiente le regalé a mi hermana un pequeño libro de cuentos eróticos, que recibió envuelto en nuestras risas. Como era de esperar, con el sopor de la tarde, no pudo evitar llevarse el libro a la piscina mientras nosotros subíamos a nuestra habitación. Nos echamos. Cuando apenas habían pasado cinco minutos me dirigí al baño, y a la vuelta, tal y como hizo él el día anterior, me quedé mirando hacia la piscina.
—La verdad es que Tere tiene un cuerpo bonito —mi marido hizo como si no me oyese, señal de que estaba de acuerdo—. ¡Ven, mira! —no se movía— desde aquí no nos ve, los cristales están tintados. No seas tonto.
Juan se acercó.
—¿Te gustan sus pechos? Los tiene más bonitos que los míos.
—Los tuyos también son preciosos, y tienes mejor culo, amorcito.
La miramos un poco más. Ella estaba ajena, leyendo con sus gafas de sol puestas. Me puse detrás de Juan y le cogí de la cintura. El permaneció en silencio, pero noté cómo se entrecortaba su respiración. Metí la mano por dentro del boxer y palpé una polla un tanto gordota.
—¡Vaya! —exclamé.
—Gloria, eres un poco perversa.
—Eres tú quien tiene la polla así, querido.
Empecé a mover la mano, sintiendo cómo se volvía cada vez más rígida. Juan se sintió incómodo y metió también su mano para quitar la mía, haciendo medio giro.
—¡Nos va a ver! —dijo colorado.
—No nos puede ver… ¿no te da morbo? a mí sí, ¡mucho! —seguía de medio lado y tenía que relajarlo—. Puedes mirarla, no me importa, amor. Si lo prefieres, no te toco, no te preocupes —lo volví a la ventana y retiré mi mano hacia su cintura—. No sabía que se depilara tanto.
Mi marido no tardó en cambiar de idea, pues en cuanto volvió a mirar a Tere, buscó mi mano y se la llevó donde estaba antes. Empecé a masturbarlo mientras mantenía una mano bien en su tetilla, bien en sus abdominales. Tere dobló una de las piernas, mostrando unos muslos espectaculares. Le bajé los boxers a Juan, y lo dejé mirando desnudo por el ventanal.
—Déjate hacer, cariño —le dije. Puse sus manos apoyadas en el cristal y le seguí pajeando desde atrás—. ¿Qué es lo que más te gusta de ella? —el movimiento de mi mano en su polla era como el de un reloj que esperaba paciente su respuesta.
—Tiene unos pechos muy bonitos —dijo al fin.
—¿Qué los hace tan especiales? —seguí recorriendo el falo lentamente.
—Le sienta bien cualquier vestido o sujetador que se ponga…
—Siempre ha sido así, la jodida.
—… y sus tetas terminan en punta, parecen tan duras…
—Lo son. Son duras y turgentes —la polla que tenía en la mano sí que estaba dura— ¿te gustaría tocarlas?
—Es tu hermana…
—Te estoy pajeando mientras la miras, amor… ¿te gustaría tocarlas, tenerlas en tu boca?
—Sí —entró en el juego, era inútil resistirse.
Entonces Tere se tocó un pezón. El libro de cuentos estaba haciendo su efecto. Primero se puso una mano disimuladamente en el pecho, pero vimos perfectamente cómo colocaba el índice y el medio de forma que le hiciera pinza. Cambió las piernas de posición, bajó la que estaba doblada y subió la otra
—Se está tocando, mira —le dije, pero su verga ya me había avisado de que él lo estaba viendo perfectamente.
—No me jodas…
Empecé a masturbarlo más rápido. Tere, abajo, se llevó una mano a su clítoris y empezó a mover el dedo suavemente. Puse a Juan de lado y me arrodillé ante él, así le podía hacerle una felación sin perder la visión de mi hermana. Me metí el glande en la boca, y noté el sabor de sus fluidos. Estaba claro que Juan estaba listo para follarme, pero yo aún no, y quería chupársela un rato mientras él miraba a mi hermana.
El movimiento circular del dedo de Teresa era cada vez más evidente y yo empecé a imitarla, a la vez que me metía la polla más dentro. Hacía bastante ruido al chupar, eso nos ponía mucho a los dos. A veces soltaba mi chocho y agarraba con las dos manos la verga, moviendo la boca en sentido contrario a mis manos.
—¿Te gustaría llevarte ese coño a la boca?
—Sí, cariño. Y follármelo también.
—¿Lo harías? —yo jadeaba cuando me sacaba la verga de la boca.
—Sí, me lo follaría.
—¿Te pone mucho? Ayer iba muy sexy…
—Joder ¿sexy? ayer tenía un culazo precioso, no podía dejar de mirarlo. Y su escote… —yo me metía la verga hasta el fondo. Me estaba poniendo oírle hablar así, y me empecé a meter un par de dedos—. Esta mañana iba sin braguitas ni sujetador, sólo con la camisa larga que lleva.
—Te diste cuenta, ¿eh? Y encima cruza las piernas de esa forma tan descuidada...
Yo ya estaba bastante cachonda, así que me puse de pie y me coloqué mirando hacia el ventanal, inclinada. Juan me la metió inmediatamente, hasta el fondo. Empezó a follarme con mucho ritmo, y yo gemía alto, confiando en la insonorización del cristal. Me embestía con mucha energía y apenas podía sostenerme sin dar algún que otro cabezazo al cristal, pero conseguí llevar una mano a mi clítoris y empecé a tocármelo con frenesí. Claramente me estaba follando como si yo fuese ella.
—Me gustaría veros juntos —dije entre gemidos y me empezó a dar tan fuerte que apenas podía separar los pechos del ventanal.
Abajo, mi hermana terminó con su autosatisfacción, y siguió leyendo, chupándose los dedos masturbadores. Yo no podía seguir en esa posición y me puse a cuatro patas, a Juan no le importó porque siguió culeándome frenético. No tardó en descargar su semen dentro de mí. Le limpié la polla con la boca mientras me terminaba y nos dimos una ducha. Cuando bajamos al cabo del rato, Teresa ya estaba por la casa, vestida con unos shorts y una blusa, sin sujetador, haciendo mover los pechos a cada paso.
Después del café y las galletas, Tere y yo nos fuimos a dar una vuelta, y Juan se quedó en casa viendo un partido de fútbol. Mientras andábamos por la alameda, Teresa fue directa al grano.
—Te voy a contar una cosa, Gloria, no te lo tomes a mal. Cada uno hace lo que quiere… —la miré intrigada—. Resulta que con la tormenta de hace dos meses se rompió el ventanal del cuarto de invitados —me temía lo que venía a continuación— y tuvimos que cambiarlo. Con las prisas, no pudimos reponerlo con el mismo tipo de cristal que el anterior…
—Ajá…
—Y el que tiene ahora transparenta más que los otros. Que ni tiene el efecto espejo ni es semi opaco, vamos —me quedé algo cortada, pero se me erizaron los pezones al pensarlo.
—Quieres decir que esta tarde tú…
—Oye, que ya te digo que me parece bien. Me gusta saber que tenéis una vida sexual activa y, por lo que pude ver, satisfactoria. Pero os pediría algo de discreción. Tenemos vecinos, y Ramón podía haber estado por ahí.
—Perdona, Tere. Es que a veces nos da un calentón enorme. Lo siento… pero… pero… entonces tú nos veías todo el rato.
—Bueno, no os estuve mirando todo el rato —protestó.
—Claro, y tú también te hacías cosillas —se quedó de piedra—. Te veíamos desde arriba, el cristal no es opaco ni…
—¡Ya sé cómo es el cristal!
—¿Qué te puso más, el libro o nosotros?
—No seas guarra, Gloria.
—Tienes mucha cara de decirme eso de que nos vistes follar, mientras tú estabas ahí exhibiéndote mientras te hacías una paja.
—¡Eso fue antes de veros, de saber que estabais ahí…!
—No me jodas, que te vimos perfectamente.
Estuvimos un rato en silencio. Luego me habló, Tere siempre ha sido muy directa.
—Entonces, ¿Juan te cubre bien?
—Ja ja ja, ni que fuese una vaca, Tere.
—Ja ja ja, perdona, tienes razón… ¿te hace bien el amor?
—Te voy a hacer un croquis, Teresa. Tiene una buena polla y me folla de maravilla. Cada vez que me he puesto cachonda por algún motivo, que me entran ganas, vamos, lo ordeño a fondo.
—¿Qué es eso de ponerte cachonda por algún motivo? ¿Tienes algún ligue o algo?
—No, no. Son cosas mías… ¿y tú con Ramón?
—No tan bien como vosotros, la verdad. Hace tiempo que… nada, ¡nada de nada!
—¿Entonces te pajeaste por nosotros? Ya te digo yo que…
—El libro me puso a cien, porque vaya idea tuviste al regalármelo, pero tengo que admitir que luego fue por vosotros…
—¿Te gustó la verga de Juan?
—¡Gloria!
—Sabías que te veíamos desde arriba… ¿no? —ni afirmó ni negó—. Esta noche follaremos otra vez, con la puerta abierta.
—¿No pretenderás que…? —me miraba entre asqueada y extrañada.
—Te puedes llevar la polla de Juan de regalito esta noche. Nadie tiene por qué enterarse, Tere.
—¡Ni hablar!
—Mira, querida, después del show sexual de esta tarde has estado por casa con la camisa esa sin sujetador —me miró como si no tuviese importancia—, y te estiraste al menos un par de veces, para que se te marcaran bien los pezones.
—Tienes mucha imaginación, Gloria.
—¡Venga ya! Que se te ve el plumero —se sonrió—. Te puso algo cachonda todo eso, lo sé, ¡a mí también! Sabes, mientras estaba… ahí… con su polla dentro…
—¡Gloria!
—…pues me acordé de aquella vez con Carlitos —se rió.
—Tendrías que ver a Carlitos ahora, que parece que se ha comido a 10 Carlitos. Tan canijo que estaba y el pene que tenía…
Carlitos era un noviete, o ligue circunstancial, que tuvo mi hermana cuando éramos adolescentes. Una noche se quedaron solos en casa de nuestros padres, y a la mañana siguiente me contó emocionada que Carlitos tenía una polla enorme. No por larga, sino por ancha. Esa misma noche, después de follar ellos, mi hermana me lo pasó. Yo ya había tenido algunas experiencias sexuales, pero aunque lo intenté de todas las maneras, fui incapaz de meterme semejante miembro dentro del chocho. Sólo alcancé a hacerle una mini mamada en la punta del glande. Ahí aprendí que mi hermana era muy prudente en su vida normal, pero muy libidinosa en el aspecto sexual. Nos estuvimos riendo a costa de eso en aquella época, y ahora también nos estábamos riendo.
—Esta noche será como con Carlitos. Me follo un poco a Juan, entras, y te paso la polla.
—Suponte que digo que sí ¿y mañana qué? eso es jugar con fuego y no quiero quemarme.
—Confía en mí. Está todo controlado —mentí—. De aquí a esta noche te lo piensas: o te follas una buena polla, o te conformas con el dedo.
—Cállate ya, Gloria.
Seguimos nuestro paseo cambiando de tema, pero Tere me miraba de forma distinta, intrigada. Volvimos a casa y preparamos la cena. A pesar de que no iríamos a ningún sitio, me puse lencería y una falda muy estrecha. Juan estaba muy excitado por lo ocurrido esa tarde y, al verme tan sexy, estuvo con el pene en estado de sustentación. A mi hermana eso no se le pasó por alto. La situación me estaba poniendo cachonda a mí también, así que disimuladamente me metía los dedos en cuanto me quedaba sola en la cocina, en el salón o en el baño. Al cabo del tiempo nos retiramos a nuestro cuarto, dejando a Tere en el salón viendo la televisión. Dejé la puerta abierta de par en par y me eché sobre Juan. El miró hacia la fuera, al pasillo, y yo le hice un gesto de silencio con el dedo sobre sus labios. Notó el olor de mi coño y se lo metió en la boca.
Se puso como una moto, se quitó la camiseta y los pantalones en un instante, apenas me dio tiempo de desabrocharme la blusa. Con la falda puesta aún, me llevó la cabeza hacia su polla, que aún estaba dentro de los calzoncillos. Empecé a frotarle la verga con la boca abierta. Cuando la noté más hinchada, hice el mismo movimiento con los dientes, mordiendo el glande. Tenía la polla para mí y él dejó que la gozase. Le bajé los calzoncillos y la verga cayó sobre mi cara. La recogí con la boca abierta, usando los labios y la lengua y empecé a chupársela. Miraba hacia atrás, hacia la puerta, pero Tere no estaba. Así que me la metí más al fondo, sabiendo los ruidos que emanarían de mi boca. Cuando me ahogaba en su verga, a continuación la sacaba completamente, con sonidos guturales y mis babas, y fluidos profundos, mojando mis pechos.
Me puse de pie y me quité la falda y las braguitas, pero me dejé puesto el liguero con las medias y el sujetador, pues no quería que mi hermana me hiciera más competencia en poner cachondo a mi marido. Juan me arrastró a la cama y se recostó, haciendo que le volviera a comer la polla, estando yo a cuatro patas, de espaldas a la puerta. Por su gesto, comprendí que Tere al fin estaba mirando. Yo no veía dónde estaba, pero le estuve manoseando la verga a dos manos y le lamía el glande con ruido. Luego me subí encima de él, de forma que seguía dándole la espalda a la puerta. Le sujeté la polla con la mano, me llevé el glande al chocho y me senté sobre su rabo, empalándome con un fuerte gemido. Me dejé caer y entró hasta el fondo, empezando a moverme con un vaivén de cadera. Tenía el coño hecho agua, y su gorda polla entraba y salía para mi locura. Como estaba frente a él, lo cogí de la nuca y gemí en su cara. Sin parar de moverme, me eché hacia atrás apoyada en los brazos y él empezó a mover la cadera. Yo tenía los ojos cerrados pues no quería ver a mi hermana aún, para tener la polla para mí sola un rato más.
—Empuja así, cariño. Dame tu polla, entera.
Entonces me dejé caer completamente hacia atrás, quedando mi nuca en el borde de la cama, con la cabeza casi colgando. Puse mis piernas hacia arriba y dejé que me follase un rato. Empecé a sudar, notaba cómo caían gotas por mis pechos y me arrepentí de no haberme terminado de desnudar.
—Hasta el fondo, dame, dame, fóllame fuerte.
Entonces abrí los ojos. Teresa estaba dentro del dormitorio, justo frente a mí. Llevaba la camiseta de la mañana, sus pezones taladraban la tela. Me miraba, nos miraba, con cara de circunstancias, algo avergonzada. Desde mi posición, sentía la polla de Juan entrando y saliendo de mi coño mientras la veía a ella del revés.
— Perdonarme que entre, pero es que quería saber si mañana… —no iba a permitir que sus inútiles excusas rompiesen el momento.
— No te preocupes, cariño —la polla seguía bombeando, haciendo que me moviese con ella—. Levántate un poco la camiseta, anda, sólo un poco.
Tere sabía lo que quería, y se levantó la camiseta, mostrando su sexo. Juan empezó a darme más fuerte, levanté la cabeza y lo miré. Estaba obnubilado con el coño de mi hermana, y volvía a embestirme como si yo fuese ella. Me saqué la verga y me senté sobre la cama. Alargué la mano y, cuando Tere me la cogió, tiré de ella hasta nosotros. Llevé directamente su boca al rabo de Juan, y lo empezó a tragar mientras mantenía una mano recogiendose el pelo tras la oreja, ella siempre tan coqueta. La polla de Juan tenía que saber a mí, y Tere la estaba dejando completamente limpia de cualquier rastro mío. Ver lo cachonda que estaba ella me puso aún más, y me empecé a masturbar mirándolos.
—Así, muy bien, toda para ti, cariño —la cogí de la nuca y le ayudé en el movimiento, pero dejando que ella decidiese hasta dónde tenía que tragarse—. Tenías muchas ganas de una buena polla, ¿verdad, cariño? —miré a Juan—. Mira la zorrita que te he buscado, amor —Tere se desconcertó al oírme llamarla zorrita, pero yo seguí—. ¿Te la come bien la putita?
—Sí…
—Disfruta, amor, disfruta en la boca de mi hermana —ella se tocaba el clítoris más frenética. Tirando de su pelo, le aparté la cabeza unos centímetros, pero mantuvo la boca abierta mientras jadeaba
—. Mira sus labios, tan gordos, deseando comerse la polla— introduje la punta dentro de su boca, y ella respondió chupando. La volví a sacar—. Saca la lengua, querida —me obedeció y pasé el glande por ella. Estuve moviendo la verga, entrándola y sacándola, viendo cómo la lengua recorría el falo. Terminé sacando otra vez el rabo de la boca, y acaricié la lengua con mis dedos. Ella notó otra vez el sabor de mi coño, y se metió los dedos enteritos en la boca, chupándomelos. Tuve un escalofrío y volví meter la verga.
Juan estaba ciego de lujuria, el pobre. Yo seguía dirigiendo la cabeza de Tere, cada vez un poco más adentro. Ella pasó de frotarse la pipa a meterse dos dedos en un gemido que traspasó la polla que tenía en la boca.
—Fóllate a tu nueva puta, métesela bien dentro.
—Sí, ¡hasta el fondo!
Tere se echó en el colchón, en la misma posición en la que vio que me estaba follando Juan. Me miraba con la cara desencajada por el placer, desconcertada. Juan le fue metiendo la polla a golpecitos, acompañados de los gemidos de Tere. Cada vez que él la embestía, ella gritaba. Con el movimiento de Juan ella se tocaba el clítoris frenéticamente, sin parar. Yo disfrutaba viéndolos de esa manera y me acerqué a besar a Juan. Sin querer puse una mano sobre el coño de mi hermana, retirando ella la suya. Tenía el clítoris hinchado y muy mojado. Se lo froté mientras chupaba la lengua de mi marido, pero cuando volví a mi posición dejé de tocarla. Me gustó darle placer a Tere, se lo merecía, pero me resultaba raro masturbarla, incluso para mí. Juan la sometía a un vaivén frenético, y ella se volvió a tocar el clítoris mientras me miraba con los ojos algo perdidos, haciendo que mi pasión fraternal pudiese más que el resto de pudor que me quedaba. Le puse una mano en el muslo, cerca de su sexo y con la otra le acaricié un pecho, y ella enseguida se cogió el pezón del otro. Yo creo que sus gemidos se tenían que oír en todo el barrio.
Saqué la polla y puse a mi hermana a cuatro patas, con el culo bien en pompa. Unas gotas le salían de la vulva y se acumulaban en el clítoris. Nunca había visto un chocho tan mojado. Me dieron ganas de chuparlo, pero me contuve cambiándolo con un buen mamazo a la verga de Juan. El coño de mi hermana sabía más dulce que el mío y tenía un efecto afrodisíaco que me recorría todo el cuerpo. Su coño, con los labios bien abiertos, recibió con facilidad la polla que metí en él. Mientras Juan la follaba, abrí los glúteos de Tere, para deleite de mi marido. Apoyó sus manos junto a las mías, pero cogí su pulgar, me lo llevé a la boca, y después de chuparlo lo coloqué sobre su ano.
Juan estaba alucinando. Escupí sobre su dedo y empezó a meterlo cada vez más. Ver cómo desaparecía la punta dentro de su culo depilado hizo que me corriera mientras me pellizcaba los pezones y gritaba a coro con mi hermana. Juan terminó de introducir todo el dedo y yo volví a poner una mano sobre el culete de Tere, pero metí varios dedos de la otra en su boca, que chupó intensamente. Cogí la mano de Juan, mojé el índice y el anular y lo conduje otra vez al ano. Juan esta vez se mostró pasivo, quería jugar conmigo. Acepté y fui metiendo los dedos y, dirigiendo el movimiento de éstos, empecé a follar el culo de Tere a través de Juan.
— ¿Te gusta así, amor? —le pregunté a Tere.
— Me gustan mucho tus dedos… —ella creyó que eran mis dedos los que la estaban sodomizando. Le cogí un pecho y aumenté el ritmo en su culo.
— Eres muy puta, amor mío, y Juan quiere saber dónde tiene que meter la polla —la mano que sujetaba su pecho fue a su boca, de la que sólo salían gemidos. Al final oímos un hilo de voz.
— El culo, métemela por el culo… —era un gemido mezclado con una petición desesperada— toda por el culo… —y Juan se la fue metiendo hasta que entró entera.
Las embestidas de Juan no cesaban y yo me corrí otra vez viendo el agujero de Tere rodeando la verga de mi marido. Y además Tere empezó a hablar como una zorra.
—Me gusta mucho tu polla… me gusta tener tu polla en el culo… más fuerte… abrémelo… joder, así, fuerte… soy tu perra, fóllame como a una perra…
Me puso tan cachonda que la saqué y me puse también a cuatro patas, esperando mi dosis. La verga era mía y la corrida también tenía que serlo. No iba a dejar a Tere llevarse todo el premio. Ella se dio la vuelta y chupó el rabo mientras me metía el índice en el culo. No se andaba a medias tintas, y además pensaba que había sido yo quien la penetró al principio. Ella fue dirigiendo la introducción de la verga, lubricando con su saliva el proceso. Tener la polla de mi marido entrando y saliendo de mi culo me hizo gemir y llorar. Me tocaba el clítoris, y como sabía que me iba a llegar otro orgasmo quise que me lo diese todo.
— Córrete, dámelo, córrete dentro —él apenas podía ir más rápido, agotado como estaba—. ¿O quieres correrte en Teresa? ¿en su culo? Hazlo cariño… ¡Espera! Ven, abre la boca, puta…
— ¡Joder, me voy! —eso ya era mucho para el pobre.
Saqué la polla del culo, pero Tere me la quitó y se la metió en la boca. Empezó a chupar mientras se la cogía con las dos manos. Yo me puse de rodillas junto a ella, esperando mi turno para comerle el rabo a mi campeón, pero ella no lo soltaba y me miraba desafiante. Apenas me dejó cogerle la verga sólo cuando ella estaba acabando y, finalmente, sin darme tiempo, me agarró la cara abriéndome la boca, dejando caer el semen de mi marido. Estaba como paralizada, pero me lo tragué. Dejó caer algo más y cayó en la mejilla, así que lo recogió con un dedo y me lo metió en la boca. Luego llegó el resto que le quedaba, y muy lentamente iba fluyendo a mi boca. Pero esta vez no lo tragué. Intercambiamos la postura y le devolví el semen mezclado con mi saliva, nuestras salivas. Cuando no quedaba más, cerré la boca, salivé un poco más y lo dejé caer. Sé que ella esperaba que la besara, pero no lo hice.
Aquella noche Teresa durmió con nosotros. Dejamos a Juan en medio. Me desperté muy de madrugada. Estaban durmiendo, así que silenciosamente palpé la polla de Juan. Una vez localizada, me metí bajo las sábanas y empecé a hacerle una mamada, muy lenta, buscando su erección. Cuando la tuve, hice que saliera de su duermevela y lo puse de lado, hacia mi hermana, que dormía dándole el trasero a Juan. Este dejó que mi mano llevase la polla al coño de Tere y me di la vuelta. Recuerdo que me desperté al cabo y ahí estaba él, follándosela de rodillas con ella tumbada de lado, mirando hacia mí, en un jadeo ahogado. Era como si él estuviese viviendo un orgasmo perpetuo y estuviese en piloto autómatico.
— A la perra le gusta tu polla —dije.
— Siiii… Me gusta tener tu polla en mi culo —dijo Tere mirando a Juan. Conocía bien a mi esposo, seguramente tenía la verga bien dura, pero le iba a costar eyacular, y la muy zorra no iba a dejarlo descansar… pero yo tampoco iba a dejar a mi hermana a medias. Era hipnótico verlos follar en silencio, envueltos en sudor. Teresa me cogió una mano y se la llevó a su pecho. Me hizo cogerle los pezones, gimió y me habló—. Seré vuestra puta, tu puta… —no le llegaba el aire— joder, seré vuestra perra…
— No eres nuestra puta, eres mi puta, y follarás cómo y cuándo te diga. Esa verga la tienes en tu culo porque es mi verga ¿de acuerdo? —afirmó con la cabeza y acercó su boca a la mía, dándome un beso que casi se me parte el alma. Su lengua sabía a sexo y su aliento, que llegaba de lo más hondo, era un gemido acompasado a los pollazos de Juan.
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