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8.4.19

Lola

Mi marido volvía del gimnasio justo a tiempo cuando entró en casa. Como salí a recibirlo con un bikini blanco, se me quedó mirando extrañado.
— ¿Qué haces? —me preguntó.
— Probándome unas cositas ¿Te gusta? —me di la vuelta.
— ¿Vamos a ir a algún lado?
— ¡No! ¡Que me estoy probando unos bañadores que he comprado! ¿Te gusta o no?
Volví a darme la vuelta. Esta vez me miró mejor. El bikini era más escaso de tela de lo que suelo usar habitualmente y eso no se le pasó desapercibido. No tengo mucho pecho y los triangulitos de tela realmente me favorecían los senos y el frío hacía que resaltasen mis pezones. La parte de abajo enseñaba mucho los glúteos.
— Estás muy guapa, sí.
— Anda, ven.
Fui al dormitorio seguida de mi marido y al cruzar el umbral vio a Lola, quedándose de piedra. Su reacción, la sonrisa incontrolable que apareció en su cara, lo rojo que se puso, delataba que la había reconocido y que ella le gustaba, pero eso ya lo sabía. Lola llevaba puesto otro bikini porque habíamos ido juntas de compras. Los ojos de mi marido se dirigieron fugazmente hacia las caderas y los pechos de mi invitada.
Lola era mayor que nosotros. Mantenía como podía una figura esbelta y era una de las habituales del gimnasio. Era el tipo de persona que, sin tener nada especialmente llamativo, resultaba muy atractiva. Mi marido y yo solemos ir a horas distintas para entrenarnos, pero cuando habíamos coincidido los tres, me había dado cuenta de que él no perdía ojo de aquella señora madura. Al final me habitué a estar pendiente de ella yo también, hasta que un día me encontré que ella estaba dirigiendo su vista hacia mí. En ese primer cruce de miradas me sentí violenta, pillada como si hubiese estado haciendo algo malo. Pero su forma de mirarme y su saludo cuando nos volvimos a encontrar al día siguiente me relajaron, haciéndome ver que posiblemente había encontrado una nueva amiga.
Empezamos a tener por costumbre el tomar un aperitivo reconstituyente al salir del gimnasio y ahí nos conocimos mejor. Poco a poco fuimos descubriendo aspectos más personales de nuestras vidas y nos fuimos enredando en una serie de confesiones muy íntimas. Casada y con una vida estable, ella era consciente que aún era blanco de la mirada de los hombres en el gimnasio. Eso era uno de los alicientes que le hacía volver a la aburrida rutina de los ejercicios, y acabó confesándome que cada vez elegía la ropa deportiva más sexy.
— ¡Tienes un culazo!
— ¡Anda ya! Esto es un gran invento —me dijo pasando la mano por el muslo hacia el glúteo, los leggings le sentaba de maravilla—, no ves la celulitis.
— Mi marido también te mira.
Lola hizo un gesto como si no supiese de quién le hablaba, pero realmente sí que sabía quien era él. Yo estaba acostumbrada a que mi esposo mirase a otras mujeres en el gimnasio, es algo natural, yo también miro a otros hombres. Así que le hice ver a Lola que no me importaba que la mirara, es más, la induje a lucirse más. Días más tarde me confesó que mi marido estaba cañón, que lo está, y más adelante me hizo ver que estaba abierta a nuevas experiencias... que no me excluían. La idea me resultó atractiva, excitante y delirante. Pero lo que empezó como elucubraciones infantiles, fue siendo recurrente en nuestras conversaciones. Hasta el día en que Lola ideó un plan, una encerrona para mi marido. Era descabellado, loco, pero ese día fuimos a comprar bañadores, los más sexys que pudimos encontrar. No fue hasta el último que me probé, que Lola no entró conmigo y me dio un fugaz beso en la boca. Deseaba perdidamente amar a esa mujer.
Así pues, mi marido estaba plantado en la puerta del dormitorio, sin atreverse a entrar, mientras que nosotras seguimos evaluando la compra. Lola me dijo que las braguitas del bikini contorneaban muy bien mi trasero. Pasó un dedo entre la tela y mi piel, para colocarlo bien. Yo me miraba en el espejo, pero pude ver cómo mi marido me miraba el culo y que ella lo miraba a él, y no dejó de mirarlo hasta que cruzaron la mirada.
— ¡No lo tienes bien puesto! Déjamelo a mi.
Desató la parte inferior del bikini, dejándome medio desnuda, con el sexo al aire. Mi marido y yo nos quedamos mudos, mirándonos sin poder reaccionar, pues ambos queríamos jugar, y no sabíamos llevar el ritmo de Lola. Más aún cuando ella se quitó sus braguitas y se puso las mías. No tuvo ningún reparo en mostrar su vulva frente a nosotros, y tampoco en ponerse algo que había estado tan íntimamente pegado a mí. Parecía una película porno barata, pero las intenciones estaban quedando claras. En nuestra desnudez, yo estaba algo descolocada, e intentaba a duras penas mantener la misma naturalidad que ella estaba mostrando en su descarado comportamiento. En sus anchas caderas mis braguitas eran aún más diminutas, y las ató con calma. Se ajustó la parte de la ingle hábilmente, y el relieve de su vulva quedó perfectamente definido en la tela. No podía dejar de mirar su sexo, y me preguntaba qué estaría haciendo mi marido.
— ¿Ves? —giró las caderas, sin ningún rubor al mostrar los glúteos con algo de celulitis—. Mira, te lo pongo yo y lo ves.
¡No me lo podía creer! Iba a hacerlo otra vez. Miré de reojo a mi marido, que me miró intentando arquear una ceja. Pegado a la puerta, era incapaz de mover un músculo y lo único que reaccionaba en él era su pene, que abultaba claramente en el pantalón. Lola se quitó las braguitas y me las puso. Exponía su sexo como si estuviese en una playa naturista, sin prestar atención al efecto de verla cubierta sólo con el top. Colocó la tela en mi ingle, tocándome con movimientos eficientes, pero tocándome.  Sentí en mi sexo la tibieza que el suyo había dejado en la prenda, y también que la había dejado indudablemente mojada, y supe que yo también lo estaba. Lola se sentó en la cama. Sus pechos, algo más grandes y blandos que los míos, se movían libres bajo el bikini.
— ¡Muy bien...! Date la vuelta... enséñanos ese trasero tan bonito que tienes... qué envidia me das, chica... échalo un poco para atrás... tienes una mujer diez, guapetón.
Con mi culo en pompa, Lola nos estaba guiando a un deseo incontrolable. Los miré por el espejo y ambos me estaban mirando el culo. Pasé mis manos por él. Se les cambió la cara a los dos.
— Ahora de frente.
Me di la vuelta y Lola me cogió la mano, acercándome a ella. Pasó el dedo por mi vulva, acertando de lleno en mi clítoris y bajando un poco.
— Así es como lo debes llevar, bien pegadito —retiró la mano.
— Hazlo otra vez —pedí.
— ¿El qué? —parecía que realmente no sabía de qué le hablaba.
— Lo del dedo, ahí.
Se acercó un poco más y repitió el movimiento, dos veces.
— ¿Sigo?
— No pares.
Lola se sentó al borde de la cama, abriendo mucho las piernas.
— Igual se mancha la colcha —me dijo muy poco preocupada.
— Ya se lavará.
Puso una mano detrás, entre la nalga y el muslo, acercándome a ella. Pasó dos dedos por la rajita, muy suave, haciendo que el clítoris se marcara más en el bañador. Los dos dedos subían y bajaban, apretando lo justo para rozar mi botoncito. Mi marido se acercó, pasando detrás de mí, acariciando mi barriguita. Nos besamos. Su bulto contra mis nalgas hizo que pasara mis manos hacia atrás, intentando bajarle los pantalones con poca eficacia. El terminó de pasar, desnudándose y haciendo que su verga erecta no le pasase desapercibida a Lola, que la siguió con la mirada. Se sentó detrás de ella y metió las manos por debajo del bikini, amasando los pechos. Lola cerró los ojos y volvió la cara hacia él, para besarlo igual que había hecho yo hacía un momento. Ella pasó entonces la palma por mi sexo, asiéndome bien la vulva para seguir acariciándome el clítoris con el pulgar. Soltó mi nalga y acarició la mano de mi marido, sobre el bikini.
Tiró nuevamente de mí, por mi pubis, acercándome a ella. Cuando pudo alcanzar mis pechos, me tiró del bikini hacia abajo, y me puse de rodillas. Su intención era clara, más cuando abrió su vulva con la mano y se quedó esperando. Nunca había estado con una mujer, pero había probado mi propio sexo al masturbarme o al hacerle felaciones a mi marido, tras penetrarme. Tenía la excitación de haber sido tocada por ella, y el deseo de probarla. Acerqué mi boca. Mi marido me miraba. Imaginé su verga muy dura en la espalda de Lola, goteando. Puse mis manos en sus muslos, abriéndolos, y lo probé. Tan parecido al mío, un sabor dulce y salado impregnó mi boca. Ahora sus manos estaban sobre las mías. Y un gemido acompañó al primer contacto de mi lengua con su clítoris, animándome a seguir lamiendo aquél órgano que se iba endureciendo por momentos. La sensación de sentirme extraña haciendo lo que estaba haciendo se fue diluyendo con mi saliva.
Lola pasó una mano atrás y le dijo algo a mi marido. Este se puso de rodillas y acercó el pene a la boca de ésta. Lola hizo malabarismos para mover la cabeza a lo largo de la verga, agarrándose a ella y acariciando mi nuca. Ver esa boca en su pene me puso a mil. Veía cómo lo hacía y entendí lo que ella quería realmente, yo chupo igual cuando estoy a punto de tenerla dentro de mi vagina. Pero esa verga no necesitaba muchos más estímulos. Metí el anular en ella, estaba muy mojado y me gustó su tacto meloso. Ya con el índice también dentro, fui entrando y sacando los dedos, girando la mano a la vez para prepararla para mi marido.
Lola se tumbó, quedando su mano en alto, masturbando a mi hombre. Abrió las piernas subiendo los pies a la cama, quedando su sexo completamente expuesto. La pobre tenía que estar aún más excitada que yo, montando todo ese numerito de los bikinis, así que no me hice de rogar. Me levanté y dejé vía libre a mi esposo, que se colocó en posición. Pasó el brillante capullo por los pliegues e introdujo el falo en tres golpes, haciendo jadear a nuestra querida amiga cada vez que entraba más dentro.
Me gustaba ver la gran verga de mi marido aparecer y desaparecer en ella, brillando cuando salía. Por cómo gemía, era evidente que Lola llevaba tiempo necesitando una de esas. Me acerqué a ella y nos besamos. No fueron mis primeros labios, pero sí mi primera lengua de mujer. Sabíamos a sexo. Puse mi mano en su vulva, quería ayudarla a gozar. Las embestidas de mi marido no nos permitieron besarnos mucho más, pero conseguí llevarme un pezón a la boca. Sus senos se movían violentamente, así como la piel de sus muslos.
Me preguntó al oído si mi marido aguantaba, y le dije que dependía del día. Quiso que me penetrara a mí también, pero decliné su oferta. ¡Lola estaba gozando tanto! Y mi marido era un martillo neumático. Mi amiga me pellizcó el pezón y volvió a traerme a ella, para besarme. Pero en realidad ella estaba gozando de él y yo no existía para Lola. No pudo fijar su vista en mí hasta que volví a frotar su clítoris con fuerza, a la vez que yo frotaba el mío, pues el sonido húmedo del choque de sus cuerpos me había excitado completamente. Me hizo un gesto para que me acercara otra vez, y me pidió que me subiera encima de ella, para que nos follara a las dos, eso dijo.
Me subí encima, pecho con pecho, sintiendo en mi zona baja los temblores que mi marido inducía en la piel de Lola. Con su cabeza moviéndose según la fuerza de las arremetidas, Lola abrió la boca, sacando la lengua entre jadeos. Se la lamí al instante. Mientras la sorbía, mi marido metió la verga en mi sexo de una sola vez. Lentamente, pero sin prepararme. No me dio tiempo de protestar, pues recibir un falo que acababa de salir de Lola me estaba haciendo temblar. Eran sus jugos con los míos, su calor, y su lengua dentro de mi boca. El pene de mi marido durísimo, taladrándome. Ahora era Lola la que estaba más centrada en besarme y yo la que sólo podía gemir mientras mis pechos parecían tener vida propia.
Tras unos minutos, la verga salió completamente de mí, y a renglón seguido vi cómo los ojos de Lola se hicieron más grandes y se ponían en blanco. Su cabeza volvió a moverse arriba y abajo, abriendo otra vez la boca. Me acerqué para besarla, pero se me cayó un poco de saliva antes de llegar a ella. Metió la lengua para tragarla y la sacó otra vez, y aproveché el momento para besarla desde la húmeda punta hasta sus carnosos labios. Mi marido empezó a jadear.
— No te corras dentro, cielo —dijo Lola.
Con un gesto me hizo a un lado y mi marido empezó a moverse muy frenético. La vulva de Lola estaba enrojecida, realmente nuestro hombre había aguantando mucho, y casi todo se lo había llevado ella. Sacó el pene rápidamente. Mientras salían chorros de él, Lola lo asió apretándolo bien y lo llevó entre sus pechos, haciendo que terminara emanando una densa masa blanca. Con el mismo gesto que me apartó, me volvió a poner sobre ella. Sacó la lengua, buscando inútilmente el semen que caía lentamente hacia su cuello, mirándome muy pícara. Me incliné e intenté recoger un poco con la lengua, pero como se me resbalaba, junté los labios y sorbí. Pegué mis labios a los suyos y fui dejando caer la leche de mi marido, que Lola dejaba entrar lentamente en su boca, pasando la lengua por mis labios, estimulándome aún más. Llevé una mano hacia su sexo, encontrándolo completamente abierto, mojado, y mis dedos se metieron en su vagina muy fácilmente.
En cuanto dejamos de besarnos, bajé a su sexo y lamí el clítoris con ardor, pues quería rematar la buena labor de mi esposo. Lola apretaba mi cabeza sobre la vulva. Se retorcía, movía las piernas, el vientre. El orgasmo que vendría iba a ser glorioso. Metí dos dedos en la vagina y aquello estalló en mi cara. Sus gritos, sus espasmos, su clítoris y sus pezones durísimos... fue demasiado para mí. Me subí a la cama y empecé a masturbarme con los dedos, y Lola me tomó el relevo, frotándome rápida y eficientemente para hacerme llegar a un fantástico orgasmo.
Nuestra amiga aún quería más. Mi marido estaba también echado en la cama, así que se puso a la altura de su verga y empezó a masturbarlo y chuparlo. Naturalmente, aquello no tenía ninguna consistencia, pero ella no se dio por vencida. Se sacaba el blando pene de la boca y lo masturbaba, me miraba en una invitación silenciosa y volvía a chupar. Besé a mi marido y me puse junto a Lola, intercambiando el pene en nuestro afán de luchar contra la naturaleza. La boca de una al miembro, luego la de la otra, después nuestras bocas juntas, con pene, sin pene... y éste empezó a crecer. Al poco, la mano de Lola recorría una verga ya erecta completamente y me miraba con ardor. Ponte a cuatro, me dijo.
Obedecí y empezó a lamer mi ano. Miré atrás y comprobé que no dejaba de masturbar a mi marido. Su lengua me provocó cosquillas al principio, luego un anhelo y finalmente un gran placer. Sentía su músculo moviéndose ahí detrás, dándome mucho gusto, pero en realidad esperaba ansiosa el pene de mi marido. Lola no se hizo esperar y lo metió con maestría, escupiendo y salivando, y sin dejar de masturbar hasta que lo hundió completamente en mí.
Creía que me iba a atravesar cada vez que llegaba al fondo, pues hacía mucho tiempo que no me la metía por ahí. Ambos lo estábamos disfrutando completamente. Echando de menos su calidez, me di cuenta de que la mano de Lola ya no sujetaba mi culo. Mirando atrás, la encontré al otro lado de la cama, vistiéndose, dejando la vulva para lo último en tapar, en un striptis inverso que aumentó nuestra excitación. Mientras que mi marido no cejó en su ritmo infernal, Lola se despidió con sendos besos en nuestras bocas. Oímos la puerta de la casa cerrarse y se hizo un silencio, roto por el leve sonido urbano que apenas entraba por la ventana y por el provocado por nuestros cuerpos fornicando. La verga entraba y salía frenética. Cerré los ojos y pegué la cara a la colcha, agarrándola fuerte con las manos, de mi boca abierta sólo salían gemidos. El tiempo se detuvo en un pletórico vaivén.

20.3.19

La app de vigilancia

La mañana en la oficina está siendo terriblemente tediosa. En nuestro departamento puede cambiar todo de un momento a otro, pero por la hora que es, parece que no va a ser el día. Aburrido de leer noticias en el móvil, me dedico a liberar memoria borrando archivos. Cuando me canso de eliminar fotografías y vídeos antiguos, me centro en revisar las aplicaciones, encontrándome una de la que había olvidado su existencia. Habíamos tenido un perro hasta hacía pocos meses, y cuando salíamos de casa sin él, nos preocupaba saber si estaba bien o no. Por eso instalamos una app de videovigilancia. Me da un poco de pena ahora que la vuelvo a ver. Me pregunto si seguiría funcionando y la activo.
Mientras espero a que se cargue la aplicación, me estoy arrepintiendo de ponerla en marcha, pues me pregunto qué haré si veo un ladrón en casa, si realmente querría saberlo. Por fin arranca y aparece el salón, afortunadamente vacío. Siento cierto alivio de que no hubiesen intrusos y me sonrío por lo tonto que puedo llegar a ser. Después de tanto tiempo, la app funciona perfectamente. Cambio a la cámara 2, pasillo. Nada. Qué aburrido debe ser esto de vigilar monitores, me digo. Pero me quedo mirando absorto el pasillo vacío de mi casa.
Y aparece Meli, mi mujer. No me la espero en casa, pues aún no debía de haber salido del trabajo. Recorre el pasillo del baño al dormitorio. Lleva una camiseta blanca de algodón muy ceñida que le llega hasta la mitad de las nalgas. No lleva nada más, nada de braguitas. No sé si me extraña más verla en casa o que esté semi desnuda. Puede que haya salido de la ducha, a su aire, como suele hacer... pero todavía no sé por qué no está en el trabajo. Se detiene en la puerta del dormitorio, con una mano apoyada en el marco y levantando ligeramente el pie.
No lo veo bien, pero parece que habla con alguien. Creo ver una sombra al otro lado del dormitorio. Una montaña de ira se va apoderando de mí. Sea quien sea el que estaba hablando con ella, le está viendo el sexo. He pillado a mi mujer con un amante. No puedo respirar. Intento cambiar a la cámara 3, pero no atino y casi se me cae el móvil al suelo. De pronto, una mano grande aparece detrás de la puerta. No puede ser la sombra, que está al otro lado. La mano la coge de la cintura subiendo de ese modo un poco más la camiseta y dejando el culo más a la vista de la cámara. Está con dos hombres. No, no puede ser.
Estoy muy cabreado, pero el morbo me impide moverme. Meli parece que habla con los dos, y ahora sus manos descansan en el pecho del que está tras la puerta. Termina el diálogo girándose y apoyando las manos en el marco. Sólo veo parte de su cuerpo y la cabeza saliendo al pasillo. Está inmóvil hasta que levanta la cabeza y veo la punta de sus pies abrirse. Lleva una mano a su entrepierna, que no veo, y vuelve a apoyarse en el marco. Empieza a balancearse. Unos pies más grandes aparecen junto a los suyos. Es el que está haciendo que se balancee. Mi respiración se agita. No puedo ver con quién está. Necesito ver quién es... quiénes. Intento cambiar a la 3. Tengo el móvil bloqueado. No me lo puedo creer. Sólo veo a mi mujer con medio cuerpo entrando y saliendo del dormitorio, penetrada. Y alguien al fondo, mirando igual que yo.
Me tranquilizo y vuelvo atrás. Consigo pinchar la cámara 1 otra vez. El salón. Recuerdo que es la única que tiene micro y subo el audio del móvil. Se oye algo. Oigo a la perra de mi mujer gimiendo. Me quedo observando el salón vacío con ese sonido de fondo. Pincho la 3, y sigue bloqueada. La 2. A mi mujer la están jodiendo al mismo ritmo que los gritos que había escuchado antes. Le gusta. Es una pedazo de puta. Y está el otro tipo. Pincho la 1. Ahora oigo los cuerpos golpeándose y a los amantes gimiendo a ritmo. Pincho la 3 y se activa.
Veo el dormitorio. Hay un hombre tumbado en la cama, nuestra cama, mi cama, masturbándose con una gran verga fláccida mientras mira cómo el otro, con las piernas algo dobladas, se beneficia a mi mujer. La puta de mi mujer. Con las piernas abiertas y de pié, por atrás. Pero el tipo tumbado me hace pensar en que si no está erecto es porque ya ha eyaculado. ¿Dónde se habrá corrido? Me voy a volver loco. Pero no puedo dejar de mirar. Me doy cuenta de que mi pene interpreta la escena de forma distinta.
Vuelvo al pasillo, veo la cabeza de Meli en ese sórdido vaivén. Cambio a la 1, sigo oyendo a mi mujer. Ahora a la 3. El pene del hombre está más tieso y está hablando. Los otros dos miran atrás, hacia él, y al poco mi mujer se saca la verga que la llena muy lentamente. Parece una profesional. Se acerca a la cama y se sube a los pies del hombre. Se pone a horcajadas, coge ese gran falo con las dos manos y se lo mete en la boca. Me estoy tocando a la vez que su cabeza hace estremecer al hombre. Sé que no dejaré de mirar la pantalla del móvil aunque quiera.
El otro hombre se pone junto a mi mujer y mete la mano entre sus glúteos, seguramente le está metiendo algunos dedos y ella no se inmuta, está muy entretenida con su felación. No la conozco. Estoy asqueado pero necesito seguir mirando. Por primera vez desde que entré a trabajar en esta empresa, cierro la puerta del despacho con el pestillo y vuelvo a mi asiento, pero tengo que levantarme al momento para bajarme los pantalones.
Cada vez que mi mujer levanta la cabeza se me hace interminable ver salir todo ese falo. Está inmenso, muy gordo. Ella parece toser, casi se ahoga con él. El tipo de los dedos en sus cuartos traseros dice algo y ella se vuelve diciéndole que sí. El hombre sube una pierna a la cama y mete la verga nuevamente en ella. Meli está tan excitada que no puede seguir chupando, y permanece agarrada al falo mientras los empujones del otro la zarandean. De vez en cuando consigue continuar brevemente la felación.
Pincho la 1 y se puede oí a la puta de mi mujer. Lleva varios minutos gimiendo la muy perra. Cambio a la 3, sigue como antes, pero el hombre tumbado se incorpora y toca el culo de Meli. Se levanta, la aparta del otro como si fuese una muñeca y se la introduce de una vez. Mi mujer agarra las sábanas y agacha la cabeza. El otro quiere seguir gozando de ella, así que se sube a la cama y, cogiéndola de los pelos, mete su pene en la boca. En seguida se la follan en armonía. Uno por detrás y otro por la boca. Mi mujer tiene que quitarse la camiseta por el calor. Lo que me deja perplejo es la forma en que se pasan a mi esposa de uno a otro, manteniendo su coño ocupado. Con mi polla en la mano, estoy muy excitado por todo y muy confuso.
La ponen en la cama, con las piernas en alto, sobre el pecho del que la está penetrando. Ella se frota salvaje el clítoris. El hombre le está dando muy fuerte y rápido. Parece que se va a correr. Meli separa un poco las piernas y el hombre la coge de los tobillos y se las abre bastante más. Mi mujer habla con urgencia y se queda con la boca abierta. El otro hombre le mete la verga, follándole la boca mientras le pellizca los pezones. Mi mujer convulsiona, se está corriendo y yo estallo también. Me doy asco. Pero el tipo que se la está follando no termina.
Mi mujer está más relajada, si se puede describir así, y el que la estaba penetrando por la boca, se baja de la cama, haciendo que se aparte el otro. Se le ve más alto. Mi mujer se limpia la cara y la vulva con la camiseta. El tipo parece que tarda en meterla y Meli lleva las manos los glúteos y los abre. ¡No me lo puedo creer! ¡Le va a dar por el culo a mi mujer! La rabia me domina. Cojo el teléfono de la oficina y marco el número, pero cuelgo enseguida: estaba llamando a la casa. Vuelvo a marcar, pero esta vez al móvil de ella. Se va a enterar esta puta. Suena la llamada. No veo ninguna reacción. De pronto, se incorpora y mira el móvil. Se pone de pie con urgencia.
— ¿Sí? —me dice. Debe de haber un retardo, porque mientras oigo su voz estoy viendo cómo se atusa el pelo y se pone el teléfono en la oreja.
— Hola, ¿qué tal la mañana? —la rabia contenida me seca la boca. El más alto se coloca detrás de Meli, y ella intenta apartarlo con poca convicción.
— Aquí como siempre, a ver si salimos a nuestra hora —el alto la coge de los glúteos y la alza. Sorprende a mi mujer, pero echa la mano hacia atrás para agarrarse a su cuello.
— Ya...
— Mmm.
— ¿Sí? — El otro hombre ha acercado y ha tomado el relevo sosteniendo a mi mujer. Meli se agarra fuerte a sus hombros, dejando vía libre al de atrás para que pueda meter su pene. Así que "mmm" era por eso. Algo se mueve en mi pantalón... soy incapaz de gestionar la situación.
— ¿Qué tal tu día? —a mi mujer no le llega el aire, pero el tono es normal.
— Con mucho trabajo. Quizás llegue más tarde —el tipo de atrás mueve sus caderas arriba y abajo mientras mi mujer está suspendida. El que la sostiene le suelta una pierna e intenta penetrarla también. Mi mujer está a punto de caerse y el hombre la vuelve a coger con las dos manos. Ahora es ella la que busca su pene y se lo introduce por delante. Mi mujer está abrazada por las piernas y un brazo al que tiene delante. El de atrás la mueve arriba y abajo.
— No te preocupes, cariño, nos vemos luego.
— Adios, guapa.
— Hasta ahora, cariño.
A "cariño" se la están follando por delante y por detrás, y tras colgarme es capaz de besar la boca del tipo que la sostiene. Después arquea la espalda un poco, y el de atrás, aumentando el ritmo de su bombeo, la agarra fuerte de los pechos y recibe la lengua de Meli en su boca. Quiero oírlos, pero no sé si la cámara del salón recogerá el sonido y tampoco quiero perderme nada. El de atrás se aparta de mi mujer al tiempo que un chorro de semen le da a ésta en la espalda. Ella pone los pies en el suelo y hace que la eyaculación termine en su torso, para acabar chupando el falo muy a fondo. El alto se retira al otro lado del dormitorio, y mi mujer se limpia con la camiseta la espalda, los pechos y ¡se seca el coño! Siento rabia, vergüenza y mucha excitación.
Meli va a la cama y se tumba con las piernas muy abiertas, recibiendo al hombre que falta por descargar. Mientras veo los brazos de mi mujer alrededor del cuello del hombre que la está penetrando, me doy cuenta que mi mano está dentro del pantalón, masturbándome mecánicamente, y paro. Tengo que pensar fríamente. Recojo la oficina y me preparo para salir. En un último vistazo a la cámara número 3, veo a mi mujer limpiándose los pechos con la camiseta. Al poco vuelve a pasarla por su sexo y el interior de los muslos.
Una hora más tarde llego a casa. La veo cruzar el pasillo desnuda, con la camiseta blanca en la mano en dirección al cuarto de baño.
— ¡Me doy una ducha y comemos!
Me va a estallar la cabeza. Aprieto los puños. Voy a decir algo pero no me sale la voz, sabiendo que en cuanto empiece a hablar la ira me desbordará. Necesito tiempo para afrontar esto de forma civilizada. Es pensar eso y volver la imagen de Meli con esos tipos, mientras hablaba conmigo. Otra vez la ira. Otra vez contar hasta diez, tomarme mi tiempo, intentar mientras tanto hacer como si todo hubiese sido un sueño. Me noto triste. Tras la comida nos envuelve el sueño, pero mi mujer pone su mano en mi pene. Empieza a moverla.
— Me apetece un poco... ¿quieres?
Estoy en un torbellino de emociones, la mayoría muy negativas, pero mi pene no entiende de cuernos. Me dejo llevar y estamos haciendo el amor hasta la hora de la cena. No recuerdo la última vez que estuvimos así. Los siguientes días seguimos con sexo intenso. Al principio a Meli le extrañó que le hiciese poner la camiseta blanca, pero esa prenda tan anodina acabó formando parte de nuestro ritual de apareamiento. He decidido que hoy le contaré lo que vi ese día.



Empecinada

Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, q...