14.6.23

Empecinada

Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, quiso criarnos a mi hermano Ernesto y a mí para que siguiéramos sus pasos en su piadosa forma de ver la vida. Como estaba ella sola al frente de la familia, esa religiosidad le había dado el rumbo y la fuerza para llevarnos adelante. Por desgracia para ella, a ninguno de los dos nos movía esas inquietudes transcendentales. Es más, cuando cumplí la edad en la que una se empieza a fijar en los chicos tuve claro que la orientación sexual de mi hermano mayor entraría en un conflicto insalvable con mamá. Él no decía nada al respecto, pero no podíamos reprimir una tonta sonrisa cuando nos mirábamos cómplices por culpa de la aparición de algún muchacho guapetón.

Mamá también intuyó las inclinaciones de Ernesto, pero no podía expresar sus preocupaciones sin hablar de algo de lo que no estaba dispuesta a afrontar de ser cierto. En vez de eso, quiso enmendar los apetitos sexuales de mi hermano yendo muy provocativa por casa. Sus escotes eran cada vez más abiertos y los pantalones más cortos. Mamá no se daba cuenta, pero esa absurda incitación sumada a su especial preferencia por el primogénito era cada vez más bizarro. Mamá estrechaba a Ernesto en su pecho como si fuera un niño pequeño a pesar de las protestas de éste, o bien mostraba sin rubor sus piernas con unos movimientos tan forzados que acabábamos viendo aparecer sus bragas por algún lugar de su ropa, esto es, en la ranura de su bata abierta al sentarse o entre sus nalgas al agacharse con los estrechos shorts.

Al principio no sabía la razón de esa exhibición tan zafia de mamá, pero como siempre lo hacía con Ernesto presente, comprendí. Ella no entendía que aunque Ernesto hubiera sido como ella habría querido que fuera, su comportamiento abría la puerta al terreno aberrante del deseo incestuoso. Supongo que en su desesperación ella no evaluó con claridad la forma de alcanzar lo que quería conseguir con Ernesto, y como no obtenía alguna reacción de éste, aumentó su apuesta. Dejó de usar sujetador en casa haciendo que sus redondos pechos se moviesen libremente bajo los escotazos, lo cual a veces nos provocaba algunas risas cómplices ente mi hermano y yo. También dejó de cerrar la puerta del baño al ducharse. Un día que entré en el salón, mamá tenía la mano dentro del short masturbándose mientras leía un libro, con un muy azorado Ernesto viendo la tele intentado ignorar lo que estaba ocurriendo unos metros más allá. Me di la vuelta muerta de vergüenza.

Así pues, mamá empezó a llevar por casa el botón de los pantalones abierto, lista para tocarse si Ernesto se quedaba a solas con ella. Saqué partido al exhibicionismo de mi madre y a la respuesta indiferente de mi hermano, pues me permitió ir muy cómoda en casa, sin apenas cubrirme en ese caluroso verano. Mamá, que en una situación normal me hubiera obligado a ir más recatada, vio una forma de reforzar su cruzada por enderezar la estimulación viril de Ernesto, pero yo sentí que me sacrificaba en pos de su hijo adorado. La diferencia entre mamá y yo era que a Ernesto no le incomodaba verme ligera de ropa, pues no había intención morbosa por mi parte, todo lo contrario de lo que ocurría con nuestra madre.

Un día Ernesto llegó algo borracho a casa. Se cambió de ropa, se tumbó en el sofá y puso la tele. Me asomé al cabo del tiempo y me lo encontré roncando ligeramente, pero de un pernil enrollado de sus calzonas sobresalía su hermosa polla amorcillada, con la punta brillante como si se hubiera estado tocado dormido. De hecho, mientras lo miraba se tocó un poco el falo y lo soltó, haciendo que éste se pusiera un poco más erecto. Me pregunté cómo sería aquello en su esplendor. Yo era joven e impulsiva, pero también consciente de la pasividad de Ernesto con las provocaciones de mamá, de manera que para saciar mi curiosidad di un paso más que nuestra madre, confiando en la docilidad que mostraba siempre.

Me puse de rodillas y le estuve acariciando suavemente el miembro, con mucho cuidado para evitar despertarlo. En su estado semi erecta, era de por sí la polla mejor dotada que había tocado jamás. Cuando se puso dura la así con firmeza para que no volviera a languidecer. La respiración de Ernesto seguía siendo profunda. Acerqué la otra mano al glande y usé el líquido preseminal para lubricar la caricia de mi pulgar en su redondo ariete. Temiendo despertarlo con el tacto del resto de mis dedos, pensé que lo más suave que podía usar era mi boca. Fue la primera vez que hacía una felación por iniciativa propia. Ni pensaba que era mi hermano. Sólo era una buena polla y mi boca. Además, a él no le interesaban las mujeres, por lo que no podía haber nada malo en eso. Eso sí, una vez que empecé no pude parar y además quería que él llegara al final como contrapartida. Una vez superada la primera fase de excitación incontrolada, tuve prisa por acabar por si se despertaba o mamá volvía a casa. Minutos más tarde abandoné el salón con los restos de su semen aún en la boca.

Si Ernesto se había despertado mientras se la chupaba era algo que nunca sabría. No obstante, a partir de ese día empezó a echarse la siesta metido en su cuarto. Mamá no nos dejaba poner pestillo en nuestras habitaciones, así que para nosotros una puerta cerrada significaba que no queríamos ser molestados. Por lo demás su trato conmigo siguió siendo de lo más normal. Lo que sí ocurrió fue que empezó a salir con un chico a escondidas de mamá y lo metía en su habitación si ésta no estaba en casa. El chico no me caía demasiado bien, y además, cuando estaban dentro del dormitorio, oía cómo le decía a Ernesto puta, maricón y todo tipo de improperios, aunando a esa falta de respeto sonidos de cachetadas.

Me preocupaba que tras del bochornoso comportamiento de mamá se hubiera buscado un novio que no lo respetase. Mi hermano era un buen chico y no se merecía eso. Se me ocurrió una idea sobre cómo intentar desviar la atención que Ernesto procesaba a su amigo. Tras lo ocurrido entre nosotros en el salón, sólo tenía que meterme más en ese terreno que mamá no se había atrevido a explorar. Un día rompí nuestro pacto de intimidad y entré en su cuarto cuando dormía la siesta. Se despertó cuando estaba a punto de chupársela. "Araceli, no, no, tú no" fue su inútil protesta. Me la metí en la boca e hice que me la follara apretando mis labios. Tomé aire y le dije que él ya sabía lo que íbamos a hacer. Se tumbó sujetando mi cabeza débilmente y separé sus manos para mamársela con libertad. Y es que Ernesto no quería hacerlo realmente, pero su polla tenía su propia memoria sensorial y se puso rígida para buscar su recompensa.

Volví al día siguiente. Y al otro. Al tercer día sufrió una erección cuando mamá salió por la puerta para ir a trabajar, y yo fui como una zorra a buscar mi ración de semen. Empezó a avisarme si su amigo venía a casa para que yo adelantara o retrasase mi visita. Aquello se había convertido en una costumbre sin una motivación especial, pues siendo hermanos y él homosexual, no había un apetito de deseo entre nosotros. Era puro desahogo sexual para él, algo higiénico como si se masturbarse, y un íntimo aprendizaje para mí. Tampoco lo iba a enderezar, como pretendía mamá, y sabía que no iba a dejar a su chico por mis felaciones. Para mí era un dildo de carne y para él era masturbarse diariamente sin tocarse.

A los pocos días me preguntó si quería probar otra cosa y le dije que sí. Me entraron dudas sobre si realmente yo quería hacer algo más, que me follara, por ejemplo. Cuando vi que se refería a probar a mamar hasta el fondo me tranquilicé y le dije que sí. Era algo que quería saber hacer pero me daba vergüenza las arcadas que sabía que me iba a dar. Él me dijo que me enseñaría, que me relajara. Nos desnudamos y nos metimos en el plato de ducha. Cuando el suave glande tocaba mi garganta, yo vomitaba, pero nos lo tomamos a risa. Intento tras intento, el falo iba introduciéndose más profundamente, hasta que sus testículos tocaron mis labios. Fue el momento de tomamos un descanso y le terminé de chupar normal.

Seguimos entrenando mi técnica y los vómitos remitían día tras día, hasta que al final mi cuerpo apenas generaba rechazo. Una de esas veces, cuando llevaba varios segundos sin respirar y tenía un testículo rozando mis dientes, a punto de entrar junto con el resto de la polla, empezó a decirme que chupaba como una puta, que era una zorra guarra chupapollas. Me puso más cachonda aún de lo que estaba y eso me relajó completamente la garganta. A pesar de estar cerca de desmayarme por falta de oxígeno, le follé el rabo sin sacar la punta de mi faringe, hasta que conseguí meter todo el escroto en la boca a la vez que él gritaba de placer y dolor. "¡Joder, qué puta eres!", me dijo. Fue entonces cuando entendí por qué su amigo le decía esas cosas tan irreverentes, pues mis muslos se estaban mojando como nunca por el flujo que salía de mi vagina.

Cuando ya era una experta con lo de la garganta profunda volvimos a tener nuestros encuentros diarios en la comodidad de su cuarto. Lo siguiente fue invitarme a que extendiera mis lamidas al ano, para pedirme después que le metiera un par de dedos. Esa técnica hacía que se corriera antes, pero a él no le importaba que se acortara el tiempo que le dedicaba a la felación, y a mí tampoco. Como yo le penetraba con los dedos, le pregunté si quería follarme a cambio, pero me dijo que no. Me dijo que cuando yo le mamaba él cerraba los ojos y podía dejarse llevar, pero que no podía follarme sin sentir cierto rechazo. Entonces me dijo que su amigo sí me follaría gustoso si yo quería, pero aquella idea me repelía completamente y la deseché al momento.

Mientras tanto, mamá estaba cada vez más empecinada con la idea de enderezar a Ernesto. Me dijo que iba a contratar a una prostituta para meterlo en vereda de una vez. Me enfrenté a ella y le dije que lo dejara en paz, que él no era como ella pretendía. Mamá me interrumpió con un violento "¿Y tú qué sabes?", a lo que respondí entre lágrimas con que "simplemente lo sabía". Ninguna mencionaba explícitamente la sexualidad de Ernesto, no hacía falta. Mamá me arrinconó: "No puedes saberlo, ¿o sí? ¡Dime cómo lo sabes!". Me vi entre la espada y la pared. Le conté que las chicas iban detrás de él y que él se mostraba indiferente. Eso era verdad, pero no lo suficiente como para convencerla. Seguí entonces con una mentirijilla, contándole que una amiga mía se había acostado con él y que lo único que se llevó fue un oral que ella le hizo a él, pero a costa de insistir. Que Ernesto no se interesó después por ella ni por ninguna otra. Mamá no quiso creerlo y fue tajante al decirme que mi amiga no sabría hacerlo, que no se había tomado el suficiente interés como para prender la llama de Ernesto. 

Esa misma noche, cuando ya había apagado la luz de mi mesita de noche, pude oír cómo mamá llamaba con los nudillos a la puerta del cuarto de mi hermano. Oí la voz de Ernesto murmurando una protesta, cierta resistencia. Después el silencio. Algo de movimiento de sábanas y después el traqueteo que hacía la cama de mi hermano cuando fornicaba con su novio. Para ese momento, ya había aceptado que mi vergüenza impediría que parase aquella locura. Sólo entonces me di cuenta de lo que yo había estado haciendo con él esos últimos meses y me sentí peor que un gusano. Los gemidos de mamá me devolvieron a lo que estaba sucediendo en el otro cuarto. Quería taparme las orejas con la almohada pero no podía dejar de escuchar. Mi hermano aún tenía fuerzas para suplicar, pero mi madre le imploraba que le pellizcara los pezones mientras el somier seguía sonando rítmicamente. Oí claramente a mamá pidiendo que se corriera dentro. Después el silencio, eterno. Oí la visita de mi madre al aseo y cómo acabó entrando en su cuarto. Al despertar sentí el roce de las lágrimas secas que aún se adherían a mi cara.

No volví a molestar a Ernesto y éste dejó de verse con su novio. Pero también dejó de hablarle a mamá, y casi me dejó caer de que yo era como ella. Se hizo muy huraño, desagradable con todos, no sólo con nosotras. Estuvo trayéndose chicas a casa sólo para que mamá las oyese gemir. Era una situación muy humillante para los tres. Finalmente, con la excusa de prepararse bien para la universidad, se fue a vivir a otra ciudad con una tía nuestra a la que queríamos mucho. Poco a poco se normalizó su relación conmigo, sobre todo cuando iba a verlo y comprobó que me llevaba bien con sus nuevos amigos. Con el tiempo me convertí en la intermediaria emocional entre él y mamá, pues no volvieron a mantener una relación cordial directa nunca más.


30.11.22

El club de billar

Doña Lucía se había visto envuelta en un feo asunto en el club de billar situado en los bajos del edificio de su vivienda. El Club, un antiguo gimnasio reconvertido, era frecuentado por su marido y a través de éste, ella fue contratada para limpiarlo los domingos por la tarde, cuando estaba cerrado al público. Doña Lucía se puso en contacto con mi bufete para que lleváramos su caso, pero tras varias reuniones yo no conseguía hacerme un cuadro preciso y veraz de lo sucedido, pues ella no hablaba abiertamente de aquel tema tan delicado. Gracias a mi insistencia, y a la inestimable colaboración de mi secretaria, doña Lucía accedió al fin a ofrecer un relato pormenorizado de lo sucedido.

Obviamente, hay detalles en su declaración que no eran necesarios describirlos, pero ella insistió en ceñirse a lo ocurrido, para lo bueno o para lo malo. Como abogado suyo, le mostré mi disconformidad porque esos pasajes podían ser usados por la defensa, pero ella lo veía como una expiación a la culpabilidad que sentía, algo que por desgracia es subyacente y habitual en este tipo de sucesos. No obstante, le hice firmar un documento en el que doña Lucía aseguraba comprender mi rechazo a la manera en que se había redactado la declaración, así como mi exoneración de cualquier tipo de queja hacia mi bufete fuera cual fuera el resultado de la sentencia.

ANTECEDENTES

El club de billar (Club) donde sucedieron los hechos expuestos está situado en los bajos de la vivienda familiar que doña Lucía M. Z. (46 años, desempleada) comparte con su marido Andrés L. P. (52, desempleado) y sus cuatro hijos (menores). Andrés L. P. es cliente habitual del Club y, por mediación del mismo, doña Lucía acude a limpiar una vez por semana a cambio de un sueldo que por su baja cuantía se decide no legalizar. El Club tiene como gerente a Manuel O. V. (45 años, empresario hostelero, alias señor Ordoñez). Cabe reseñar que el marido suele mantener una deuda permanente con la cantina del Club y que dicha deuda solía ser condonada a cambio del trabajo de la esposa, en conformidad de los tres implicados.

EXPONE

El domingo anterior a los hechos referidos, y tras su jornada laboral en el Club, doña Lucía es abordada al salir por la puerta trasera del mismo por José María I. L. (58 años, cantinero del Club) y Pedro L. B. (35 años, de oficio desconocido). José María interroga a la señora Lucía sobre qué había estado haciendo dentro. Ella le contesta que había estado limpiando el local y él insiste en si había estado sola. Doña Lucía se pone nerviosa por la manera de formular tal pregunta pero afirma que estuvo sola. José María le informa que acaban de ver cómo salía del Club al señor Ordoñez, hecho que admite la denunciante en el momento de hacer esta declaración. La negación de haber estado con un hombre que no era su marido produce el efecto inmediato en la denunciante de sentirse sucia e indecente, afectando en su ánimo las formas y el tono que esos hombres habían estado usando para dirigirse a ella (miradas groseras a su cuerpo, tocamientos no impúdicos pero innecesarios en brazos y manos). Ambos informan a la denunciante que están en disposición de montar un escándalo acusándola de adulterio. Ante la incredulidad de doña Lucía, éstos afirman tener pruebas a modo de fotografías y que las airearán por el vecindario si no acude sola al Club a primera hora del lunes. Doña Lucía se niega, dada la implícita naturaleza de carácter sexual de tal encuentro. Tal sospecha se revela correcta cuando el tal Pedro intenta calmar los ánimos diciéndole "que no se lo tomase a mal, que sólo tenía que ser cariñosa un ratito". Le dan el resto del día para pensárselo, pero afirman que si se niega, montarán tal escándalo el mismo lunes por la tarde "a la hora de llegada de los niños del colegio y de los hombres del trabajo".

Llegados a este punto, doña Lucía admite en esta declaración que desde los comienzos de su trabajo en el Club había mantenido una relación extramatrimonial con el señor Ordoñez motivada, según ella, por la indiferencia de su marido en sus obligaciones maritales, así como por la amabilidad en el trato mostrada por el señor Ordoñez y también por el pago de cantidades de dinero que recibía a cambio de mantener sexo, dinero que aliviaba la complicada economía familiar. El comportamiento adúltero, el pago de dinero, y el haber accedido a realizar con el señor Ordoñez prácticas sexuales ajenas al canon de una manera habitual, pesaban constantemente sobre la conciencia de la declarante, razón por la cual ésta se encontró anímicamente indefensa al chantaje de los dos individuos.

(Preguntada por el señor Juez acerca de esas prácticas ajenas al canon, queda en acta que doña Lucía descubrió la sodomía en tales encuentros con el señor Ordoñez y que a éste le gustaba eyacular dentro de la boca de la denunciante. A pesar de mi protesta, el señor Juez insiste en conocer más pormenores y queda en acta que doña Lucía accedió inicialmente a tales prácticas inducida por la excitación del momento que había provocado tal propuesta, pero también por el temor de ser despedida, a partes iguales. Tras unos primeros encuentros en los que fue habituando al sabor del semen y a sentir menos dolor al ser sodomizada, la propia doña Lucía admite que se sentía decepcionada cuando en la cita dominical la penetración se ceñía al ámbito genital. Pregunta del Juez y doña Lucía admite que sí le gustaba, reconoce que aquello lo consideraba propio de prostitutas y golfas, pero hacerlo la hacía sentir distinta, más mujer. Añade reconociendo que cuando volvía a casa con el sabor del esperma en la boca se mitigaba el sentimiento de culpabilidad que tales encuentros producían en ella.)

Ya en el día de los hechos denunciados, el siguiente lunes a las nueve de la mañana, doña Lucía es recibida en el Club por Pedro L. B., que cierra la puerta de acceso con llave una vez que ésta entra. La conduce a la puerta de uno de los almacenes a los que doña Lucía nunca había entrado por estar fuera de su ámbito laboral. Doña Lucía se encuentra ante una habitación sucia, con manchas en las paredes, y a José María I. L. con otro individuo, José R. B. (61 años, desempleado, alias Pepín). Doña Lucía se arrepiente de haber cedido al chantaje y antes de poder salir, la puerta de la habitación se cierra de golpe, momento en que es consciente de que hay un cuarto hombre en la sala, Francisco M. B. (30 años, soldador, alias Paco), que asegura el cerrojo usando una llave que se guarda en el bolsillo.

(El señor Juez solicita un pequeño resumen de situación. Doña Lucía confirma estar encerrada en aquella sala con José María, Pedro, Pepín y Paco. Confirma que en ese momento no hizo una petición explícita de salir de la sala porque se sentía intimidada por la situación. Pregunta del Juez y doña Lucía describe a Pedro como un borrachín que suele llevar la ropa sucia, definiéndolo como un cerdo y un asqueroso. El señor Juez la interrumpe y pregunta por el siguiente denunciado, Pepín, a lo que responde doña Lucía con cierto cariño y lástima, pues es lo que denomina el tonto del barrio. Confirma la sospecha del señor Juez sobre que también es algo borrachín y sucio, pero lo exonera de cualquier responsabilidad sobre sí mismo. De Paco dice que es el más joven, que es alto, fuerte y algo chulín, pero fue el que más la sorprendió por verlo metido en ese asunto.)

Dentro de la sala, con Paco y Pedro tras ella, demasiado cerca, y los otros dos delante, el ánimo de doña Lucía se resiente, perdiendo aceleradamente la seguridad y la sangre fría. Doña Lucía siente nauseas por el olor a cerrado de aquella habitación, y siente un terror inmovilizante al pensar en la higiene de los penes que seguramente tenga que mamar. (El señor Juez, ante la reticencia y falta de claridad de doña Lucía al referirse a hechos de índole sexual, la exhorta a usar las expresiones que estime oportunas, prometiendo que su secretaria modificará el texto de la declaración para que se ajuste al decoro. Queda en acta que mi defendida y yo aún esperamos que se cumpla tal promesa). Doña Lucía se siente incómoda en esa situación y tiene la necesidad de acabar con ese asunto lo antes posible. Pepín, que parece ajeno al ultraje que está afrontando la denunciante, pregunta insistentemente "¿Se lo enseñamos?".

José María, cediendo a la petición de Pepín, abre el único armario que hay en la habitación, mostrando numerosas fotos fijadas en el interior de las puertas y en el fondo de éste. En ellas, además de mujeres desnudas procedentes de revistas pornográficas, se encuentran otras en las que aparece doña Lucía, todas tomadas sin conocimiento de la denunciante. A destacar varias de la susodicha en los baños del Club, duchándose tras su jornada laboral o bien mientras orinaba. Le incomoda una tomada con teleobjetivo al interior de su casa, mientras se está mirando el culo en el espejo. Doña Lucía menciona otra en la que ella se está vistiendo en presencia del señor Ordoñez.

(Interviene el señor Juez y doña Lucía admite que había otras fotografías más con el señor Ordoñez, evidentemente las que formarían el grueso del chantaje. A saber: el señor Ordoñez sentado y doña Lucía a cuatro con la cabeza entre sus piernas mientras éste la sujeta para que no deje de mamar. Pregunta el Juez y doña Lucía afirma que al señor Ordoñez le gusta que la punta sentir el pene en su campanilla. Continua describiendo las fotografías: Doña Lucía a cuatro, con el señor Ordoñez penetrándola por detrás. Doña Lucía no le puede aclarar al señor Juez si era por vía genital o anal porque solían hacer todo en esa postura. Varias más, con una nitidez variable, de doña Lucía con la polla del señor Ordoñez en la boca. Varias del señor Ordoñez tirándole del pelo mientras la penetra y otras en las que éste aprieta sus pechos o estira sus pezones. Ante la pregunta del Juez de si ella se prestaba voluntariamente a tales actos, doña Lucía responde escuetamente con que el señor Ordoñez siempre ha sido un caballero. En ese momento de la declaración, la señora Lucía se acuerda de otra fotografía de ella a cuatro y el señor Ordoñez metiéndole claramente un dedo en el ano).

(Volviendo al día de autos) A doña Lucía le empezaron a temblar las piernas al ver sus fotos colgadas. Se imagina el uso asqueroso que le dan a esa sala y no se atreve a mirar las manchas de la pared o del suelo. Algunas de sus fotos están arrugadas y casi todas tienen el borde gastado. La foto de ella con el dedo del señor Ordoñez dilatándole el ano está especialmente arrugada y manchada (pregunta el Juez y doña Lucía declara que "con semen, sin duda"). Doña Lucía se siente débil y teme desmayarse. José María la toma del brazo e intenta tranquilizarla, algo que le es imposible a la denunciante pues la otra mano del cantinero le está acariciando la barriga y las tetas. Doña Lucía se da cuenta entonces de que Paco y Pedro se habían sacado las pollas del pantalón mientras ella miraba las fotografías y éstas ya están erectas. El pánico hace que doña Lucía sea incapaz de articular palabra o expresar su deseo de salir de la habitación.

También se muestra dócil cuando Pepín le desabrocha el vestido y se lo quita delicadamente por arriba. Pedro y Paco, detrás de ella, le desabrochan entonces el sujetador y le bajan las bragas. Como espera un desagradable tocamiento en las tetas y no lo recibe, doña Lucia mira atrás y ve con horror que ambos hombres han situado una especie de potro y que están fijando firmemente una polla de goma en él (pregunta el Juez y doña Lucía la describe de un tamaño grande, como la de Paco). Pepín, que ha depositado el vestido sobre una de las dos sillas de la habitación, le agarra un pecho. Doña Lucía afirma que dado el tamaño de sus tetas, los hombres suelen encontrar irresistible comprobar si son capaces de abarcarlos con una mano, así que no presta atención a Pepín hasta que éste tira del pezón para reproducir la escena de la fotografía con el señor Ordoñez, anteriormente descrita. Doña Lucía siente un dolor agudo, pues indudablemente no está en la misma situación exaltada que cuando el señor Ordoñez, un caballero, se muestra tan efusivo. Este dolor hace que doña Lucía vuelva a estar a punto de desmayarse, pero aguanta para evitar que su situación empeore.

Pepín coge del armario un tubo de crema que le había pasado desapercibido a doña Lucía. Saca un gel transparente y embadurna la polla del potro usando las dos manos y mirando sonriente a los demás y a las tetas de doña Lucía. Entre todos la toman de la mano y de los brazos, y la acercan al potro. Doña Lucía, a pesar de estar en pánico, repara que el cuero del potro ha sido limpiado a conciencia, posiblemente lo único limpio que hay en la habitación. También ve la caja original de la polla en un rincón, y también comprueba que parece nueva, lo cual la tranquiliza en cierta medida. La toman de las axilas, alzándola, y Pepín intenta enfilar la punta de la polla de goma en su ano, momento en que doña Lucía consigue reaccionar y se revuelve. Declara que les pide que por favor la dejen marchar, porque "no es tarde aún", pero los hombres la amenazan si no se calla. Tras intentar calmarla, vuelven a levantarla sin su permiso. José María y Pedro aprovechan la oportunidad para tirarle de los pezones y apretarle los pechos. Paco le mete directamente dos dedos en la vagina y la sujeta de un glúteo para levantarla a pulso mientras Pepín se masturba a su lado.

Doña Lucía, viendo inevitable la penetración, acepta subirse pero les pide tiempo. Los hombres la dejan en el suelo y ella se pone en cuclillas e intenta dilatarse el ano pasando un dedo por la verga del potro y recogiendo algo de vaselina. Le angustiaba que con los nervios no pueda dilatarse lo suficiente. Al estar en cuclillas, doña Lucía se encuentra al momento con cuatro pollas delante, que huelen como ella había supuesto, salvo la polla de Paco, que destacaba en tamaño de entre las demás y es la única que huele a jabón. Doña Lucía se siente sucia al mirar todas pollas gordas que apuntan a ella, no solo la de Paco, que es casi igual de grande que la de goma.

José María es el primero que acerca la suya a la boca de doña Lucía y ésta la lame y chupa. Los demás meten la suya por turnos. Cuando llega la de Paco, enorme, la señora Lucía ya ha conseguido superar el asco de haberse metido esos otros penes en la boca, habituándose a sentir ese sucio sabor. Pepín ha sacado una cámara de fotos pequeña y está haciendo fotos. Esa cámara pasa de mano en mano, como la boca de la denunciante con las pollas. Doña Lucía consigue meterse un segundo dedo y para no perder el equilibrio se agarra con la otra mano a la polla libre que está más cerca. A partir de algún momento está recibiendo continuamente salivazos y manotazos en las tetas, así como penetración vaginal con los dedos de alguno de ellos, especialmente el pobre Pepín, que no deja de tocarse el pene en ningún momento.

Al mirar fugazmente a su vía de salida, la puerta, ante doña Lucía aparece una y otra vez el potro con esa polla brillante. Doña Lucía declara que en algún momento su mente se evadió, y que se da cuenta cuando ella sola busca con la boca una de las pollas que han quedado libre ante ella (pregunta el Juez y doña Lucía dice que también se dio cuenta que los manotazos en las tetas ya los sentía igual que cuando se los daba el señor Ordoñez). La siguiente polla que acaba en la boca de doña Lucía empieza a eyacular y ésta traga por costumbre, pero se da cuenta de lo que está haciendo y deja caer el resto del semen en el suelo, para no darle el gusto a ese hombre.

Pedro, el que eyacula, se siente disgustado y se aparta. Doña Lucía piensa que sólo quedan tres y que quizás esa sea su salida. Sujeta la polla de Pepín, chupa la de José María y masturba a Paco, que la tiene más grande y se nota mucho la diferencia con el recorrido de la mano (pregunta el Juez pregunta y doña Lucía hace un gesto con las dos manos para medir la longitud del miembro). Los hombres se muestran impacientes y la alzan tirándole de los pezones y la conducen al potro. Tras poner unas cajas vacías de botellines como escalera, la ayudan a subirse y la denunciante, con las piernas a cada lado del potro, coloca el glande en el ano y se deja caer lentamente por su propio peso, sorprendiéndose porque llega hasta los testículos de la polla sin darse cuenta (pregunta el Juez y doña Lucía describe el aparato como una polla con venas. Dos pequeñas protuberancias en la base muestran dónde estarían situados los testículos. La polla es más dura que una de verdad pero sigue siendo algo flexible. En el otro extremo hay una ventosa que se adhiere fuertemente, ella no pudo separarla, pero permite cierto movimiento angular).

José María le dice entonces "que no son bestias", que la estaban preparando "para que después todo vaya mejor". Doña Lucía no está conforme pero no replica. Paco le escupe en la cara y le da nuevos manotazos en pechos y culo para que ella se mueva, y ella obedece, moviendo la cadera adelante y atrás para que la folle esa polla de goma. Los hombres terminan de desnudarse y se colocan alrededor de ella subidos a las cajas de botellines. Doña Lucía besa y lame todo lo que los denunciados le ponen delante de la boca, incluso los culos (pregunta el Juez y doña Lucía afirma que entonces tenía los pezones hinchados y los pechos enrojecidos, y que la vulva la tenía igualmente irritada pues no dejaban de frotarle el clítoris y de meterle dedos en el coño). Doña Lucía tiene un ataque de llanto al darse cuenta de que el potro se está mojando por la lubricación generada en su vagina y que está participando activamente con los aberrantes requerimientos de los denunciantes.

Los hombres no se esperan verla llorar en ese momento e interrumpen el asalto. Doña Lucía, en cambio, al sentirse una perra y una puta, se levanta del potro y se baja al suelo, poniéndose a cuatro y levantando los cuartos traseros. Doña Lucía les pregunta que quién quiere empezar. En su ánimo está terminar cuanto antes y salir de allí, pero también le gustaría follar antes de salir y tener algún orgasmo (pregunta el Juez y doña Lucía dice que desde entonces se siente igual de golfa y perra, que espera liberarse de ese sentimiento al explicarlo en esa declaración). Paco es el primero que se la mete, entrando hasta el fondo en el primer intento. Doña Lucía afirma que es mejor la de Paco que la de goma. Doña Lucía empieza a gemir y se siente mejor con eso, pues ya no oculta sus sensaciones. Los otros dos se ponen delante de ella y les chupa las pollas. Doña Lucía le indica a Pedro que se acerque y le masturba, a pesar de haberse corrido y tener el pene inicialmente flácido.

Paco se tumba en el suelo y doña Lucía se sube en su polla, como en el potro, dándole la espalda. José María se abalanza sobre ella, tumbándola y metiéndosela dentro del coño. Doña Lucía siente una especie de orgasmo, pero no tanto tan intenso, al ser follada por el coño con una buena polla metida en el culo, y se deja llevar por los acontecimientos. Los otros dos van metiendo sus pollas en su boca y ella les acaricia testículos y troncos. José María es el que lleva el ritmo de la fornicación hasta que eyacula. Doña Lucía le limpia la polla con la boca de la misma manera que le enseñó el señor Ordoñez pero que se niega hacer con su marido.

(Pregunta el Juez y doña Lucía describe que Pepín se tumbó al lado de Paco y ésta se subió encima de él a horcajadas y Paco volvió a penetrarla por el culo, agarrándola fuertemente de las tetas, apretándolas hasta hacerla gritar. Pregunta el Juez y doña Lucía no sabe si gritó de placer o de dolor, pues en ese momento no podía distinguirlos. Describe cómo Paco era esa vez el que llevaba el ritmo follándola por el culo, pero que la polla de Pepín y el frotamiento del clítoris en su vello púbico esa vez sí la hicieron llegar a un orgasmo que provocó la eyaculación de Paco. Que éste sacó la polla y ella estuvo a punto de pedirle que la dejara "limpiarle el sable", pero que pensó inmediatamente que no se lo merecía, al haberla llevado a esa situación. Doña Lucía, sin cambiar esa postura que tanto placer le estaba proporcionando en el clítoris, siguió follándose a Pepín, individuo que no le soltaba los pechos pues se los sujetaba fuertemente a dos manos. Esto continuo así, con la renovada polla de Pedro en la boca, hasta que Pepín eyaculó. A éste último doña Lucía si le limpió la polla, pues considera que en el fondo es un buen hombre con malas compañías)

Pedro la tumbó en el suelo y la penetró en la posición habitual (pregunta el Juez y doña Lucía aclara que es con ella boca arriba y él encima de ella, a lo que el Juez afirma que es la del misionero). Doña Lucía despierta sus peores instintos al tener ese hombre tan guarro encima y lo rodea con sus piernas, teniendo por primera vez un orgasmo al ser follada en esa postura. Doña Lucía vuelve a ser consciente del ultraje y la encerrona, pero se siente sucia al haber sucumbido a la lujuria. Pedro sigue follándola y ella vuelve a sentir cómo le va a sobrevenir otro orgasmo, este parece que es más intenso, algo que la confunde pues está siendo muy consciente del mal olor que desprende Pedro. Antes de que ocurra eso, Pedro es el que eyacula, pero lleva su polla a la boca de doña Lucía que traga voluntariamente.

Con los cuatro individuos descargados, se da por finalizado el estupro. Antes de salir doña Lucía les pide que se deshagan de las fotos y las borren, pero ellos dicen que es su seguro para que ella no se vaya de la lengua. Afirman que no se volverá a repetir por su parte. Doña Lucía sale de allí con prisa, pues el orgasmo que le ha preparado Pedro, pero que éste no ha terminado de liberar al eyacular momentos antes, la hace dudar sobre si quedarse un rato más. Finalmente vuelve a su casa, se mete en la ducha y se limpia a fondo (pregunta el Juez y doña Lucía declara que se masturbó mucho y más de lo habitual).

Firmado,
Lucía M. Z.

Esta declaración fue leída y modificada con los nuevos datos en el despacho del Juez, estando presentes también el abogado de la defensa, mi defendida y yo mismo. Las miradas que se echaban el Juez y el abogado defensor me avergonzaron como letrado, pero me alivió ver que doña Lucía permanecía ajena a éstas, pues mantenía la mirada en el suelo o el techo intentando recordar lo sucedido. El Juez dijo que si el abogado defensor estaba de acuerdo, no haría falta llegar a juicio, a cambio de una buena indemnización. Protesté. Doña Lucía había acudido a nuestro despacho por dos motivos: uno era que Pepín era de todo menos discreto y doña Lucía comprendió que no tardaría en airearse aquel suceso. El segundo era el temor de que repitiesen aquello con alguna otra chica inocente. El señor Juez dijo que velaría por el interés de la denunciante, pero también víctima, y me invitó a abandonar el despacho para discutir entre los tres los pormenores del acuerdo. Discutimos, pero ante la amenaza de desacato, salí del despacho. Una vez en la oficina de su secretaria, la llamó al interfono y le dijo que también abandonáramos esa estancia y salimos, cerrando ella con llave. La secretaria se fue a la cafetería y yo esperé fuera durante una hora.

Lo que pasó después con doña Lucía lo sé porque a veces la llamo para asegurarme de que todo está bien. El juez le tramitó una separación exprés con el marido, encontrándole un piso de alquiler a un buen precio para que pudiese estar cómodamente con sus hijos. Una vez libre, el juez la contrató de asistenta en su casa, estando de interna tres días por semana. Mensualmente, el abogado defensor le entrega en mano a doña Lucía un sobre con la cantidad fijada por el señor Juez a modo de indemnización. Esa entrega se realiza en casa del señor Juez a puerta cerrada. Le pregunto y doña Lucía dice que el señor Juez es un caballero, más que el señor Ordoñez. Pero no sé interpretar cuando añade que la esposa del señor Juez es toda una señora.

28.11.22

Rellano

Yendo de vuelta de una noche de juerga, con el cansancio apoderándose de mí al irse disipando los efectos del alcohol, llegué a la parada del bus para coger el primero de la mañana. Mientras me acercaba podía ver sobresaliendo del mamparo de la marquesina las piernas de una mujer. Estaban metidas en una tupida media negra y tenía unos llamativos zapatos de tacón. Me acerqué lentamente y alcancé a ver que llevaba una falda verde oscuro, estrecha y corta. Uno de sus zapatos colgaba de la punta del pie, pues tenía las piernas cruzadas y aliviaba así el sufrimiento de haberlo llevado puesto durante toda la noche. No había terminado de llegar a la marquesina cuando llegó el bus y pude verla de pie, de espaldas, caminando a la puerta que se abría.

Se trataba de una mujer madura cuyo perfil me resultaba familiar, y por la manera de dar los pasos era evidente que no me equivocaba al suponer lo agotada que debía de estar. En cuanto puso un pie en la escalera de acceso la vi de perfil y reconocí a nuestra vecina. Inma era algo más joven que mis padres, su hija mayor tenía más o menos mi edad, pero yo era el más joven de mis hermanos. La miré de reojo más tiempo de lo necesario, ella se dio cuenta y se giró, saludándome al reconocerme. Una vez arriba, vi que había un asiento libre a su lado y por no ser descortés me senté junto a ella. Me preguntó por mis padres y después quiso saber a qué sitios iba yo por la noche, pero más que estar interesada en mí, parecía que era por saber el tipo de lugares que podría frecuentar su hija. A cambio, empezó a contarme dónde había estado ella esa noche. Me gustaba la manera tan dulce de mirarme a los ojos y yo estaba embelesado con el movimiento de sus labios mientras hablaba.

Al bajarnos me tomó del brazo mientras nos dirigíamos a nuestro edificio. Me preguntó si tenía novia, o amiga. Le hablé de mi amiga Cloe, de que nos veíamos en su casa para tener sexo, sin buscar ir más allá. Le confesé que ahora ella tenía novio pero que me seguía citando de vez en cuando. Callé de pronto, temiendo haber sido algo bocazas. Ella tomó el relevo y me dijo que a veces las relaciones eran complicadas. Pasó a contarme que la cena en casa del amigo con el que empezó la noche no fue muy satisfactoria. Me di cuenta de que Inma daba saltos en la conversación, como si pensara en otra cosa. Me habló de su situación, reflexionando que entre separados a veces era complicado y a veces fácil. Después dejó caer que algo pasó en los baños del último bar, pero que eso le dejó ganas de más.

Todo lo que me había estado diciendo giraba implícitamente sobre el sexo, pero lo último era una vuelta de tuerca más. Estaba casi seguro de la naturaleza carnal de lo ocurrido en esos aseos, sin quedarme claro si se refería a que lo hizo con un hombre o con una mujer. Me miró con los ojos muy abiertos y se pegó a mí, apretando sus pequeños pechos en mi abdomen. Me dijo que si sabía ser discreto. Le dije que sí, no podía decirle otra cosa teniendo su boca tan cerca de la mía. El ascensor llegó y me metió en él, sin separarse de mí. Ahora veía mejor los pliegues que la edad había horadado en su piel, fui consciente de que a pesar de sus tacones yo le superaba mucho en altura y me di cuenta de que la falda estrecha no ocultaba cierto volumen extra en su cadera. Con eso en la cabeza, la besé en la boca. El contacto de su lengua me hizo pensar en las veces que me había masturbado tras haberme cruzado con ella cuando ésta volvía del gimnasio o de la playa.

Al llegar el ascensor a nuestro piso creí que íbamos a entrar en su casa, pero me llevó de la mano a la escalera y bajamos al rellano. Tú déjame a mí, me dijo. Apenas podía ver en la penumbra, pero destacaba el brillo de sus ojos y labios. Me desabrochó el pantalón y me agarró el pene. Me besó de nuevo y se puso de rodillas. Me sujetó la polla con el índice y el pulgar y se metió la punta en la boca. Su lengua empezó a lamer rápidamente alrededor de la uretra, haciendo pequeños descansos para intercalarlos con el movimiento de la mano. Poco a poco, la lengua iba abarcando más superficie y de masturbarme con dos dedos pasó a usar toda mano. No eran sus débiles gemidos lo que me ponía a mil, sino que aún siendo evidente su habilidad como experta feladora, parecía más interesada en recrearse en los pliegues de mi rabo erecto que en darme placer.

No obstante Inma tampoco había perdido el tiempo, pues se había metido una mano dentro de los panties y se había estado masturbando desde el principio. Tras unos gemidos más intensos, sacó la mano que tenía en la entrepierna y empezó a pasar la mojada yema de sus dedos por la piel de mi polla, recorriéndola y recreándose en la corona del glande. Tenía la cara de una niña a la que le han regalado un caramelo y no perdió tiempo en volver a llevárselo a la boca. Después se puso de pie, me dio otro beso y me susurró que le encantaba mi polla.

Se giró y apoyó un pie en uno de los escalones que subían a nuestro piso. Se remangó la falda y se bajó panties y braga hasta las rodillas. Ella misma se metió mi rabo tras lubricarlo minuciosamente con sus dedos y su saliva. Sujetando su cadera, más bien su falda arremolinada en ésta, la jodí todo lo rápido que pude porque el lugar y la hora exigían perder el menos tiempo posible. Intentaba evitar el ruido que hacían nuestros cuerpos al chocar, pues resonaban por toda la escalera de casa. A ella no parecía importarle que se oyese el indudable ritmo del amor y eso me puso más burro aún. La sensación inicial que tuve al meterle la polla en su suave y apretado coño volvía a repetirse a cada arremetida, empezando a notar incluso cierto efecto ventosa. Cada vez me ponía más y más animal esa mujer.

Inma hizo un parón, se sacó la polla y me hizo sentar en un escalón. Se pudo en cuclillas sobre mí, se subió encima y se dejó caer, deslizándose por mi pene erecto como si fuera un raíl. Hizo un hueco en la ropa para sacarse los pechos por debajo del sujetador y me los hizo tocar y chupar. Empezó a mover la cadera de un modo salvaje, muy rápido, adelante y atrás, restregándose la vulva en mi pubis. A veces me hacía daño en la base de la polla con ese deslizamiento e intentaba frenarla, pero ella interpretaba aquello con que yo estaba a punto de correrme y eso la animaba aún más. Metió unos dedos en mi boca y se apoyó en mi pecho para empezar a subir y bajar, haciendo que volviera a crecer el sonido de nuestros cuerpos uniéndose, pero esta vez su coño completamente empapado le dio un tono más naútico. Le dije que no iba a aguantar más y se metió la mano entre las piernas para tocarse el clítoris. Cuando yo follaba con Cloe siempre usaba condón y fue la primera vez que eyaculé libremente dentro de un coño. Inma volvió a meter los dedos en mi boca, esta vez como una mordaza y se masturbó con mi polla dentro hasta que llegó al final.

Tras acabar, subimos a nuestro rellano, nos dimos un piquito y nos metimos cada uno en su casa. Al día siguiente repasé lo ocurrido. Llegué a la conclusión de que Inma tenía esos pasos bastante ensayados, seguramente para evitar armar escándalo en su casa y despertar a las niñas cuando volvía acompañada. Desde esa noche no encontraba el momento de poder coincidir con ella de nuevo. A veces la veía de lejos en la calle, pero lo peor fue el día que bajé con ella en el ascensor yendo yo con mi padre. Al fin llegó el día esperado, cuando nos cruzamos al coger el ascensor. Yo subía y ella bajaba, llevando esas mallas que se ponía para ir al gimnasio. Di un paso al frente y ella un paso atrás para que pudiera entrar. Pulsamos el botón del último piso.

25.11.22

El novio de mamá

Un día mamá empezó a sonreír más a menudo. Supe enseguida que era por un novio porque hasta entonces no había buscado algún tipo de intimidad para contestar al teléfono. Cuando admitió que se veía con un hombre, podía notar cómo cambiaba su actitud cuando volvía tras haber quedado con él, mostrándose más feliz pero también más vulnerable. Estaba muy contento por ella y a la vez me sentía cómodo por no tener que conocerlo en persona. Sabía que algún día ella encontraría a otro hombre, pero ignoraba si yo estaba preparado para compartirla.

Lo primero que supe de su nuevo amigo fue una noche que mamá había salido con él y me desperté de madrugada. El sonido rítmico y amortiguado del cabecero de su cama golpeando la pared era inconfundible. Desee desaparecer. Oí entonces la voz de mi madre con la del hombre, el arrastrar la cama y la vuelta a la misma cadencia sonora con el tímido rechinar de los muelles del colchón. Había bajado el volumen del ruido de apareamiento y pensé que así podría conciliar el sueño, que podría intentar olvidarlo pensando que fue un sueño. Me equivoqué. Ahora oía mejor los jadeos de mi madre, su intento de ocultarlos hundiendo la cara en la almohada.

Oí el chasquido de algo parecido a una bofetada, de esas con mano abierta, y me puse en tensión pues no sabía si la integridad de mi madre estaba en peligro por un arrebato de su amante. El gemido de mi madre me confundió, entre dolor y placer. Se repitió dos veces más, con el hombre diciéndole "puta" entre medias. Por como sonaban los jadeos de mamá sabía que aún tenía la cara metida en la almohada, y comprendí que el tipo le estaba dando nalgadas mientras la follaba. No me gustaba pensar en mi madre siendo humillada de esa manera. Pero sabía que en ese momento ella estaba viéndolo desde otra óptica. Me dije que al día siguiente hablaría de eso con ella, hacerle ver lo equivocado de su actitud con su amante. Pero evidentemente no lo hice, ¿cómo podía hablarle a mi madre sobre cómo debía practicar el sexo?

Las visitas nocturnas se hicieron más habituales y aprendí a dormir con tapones en los oídos. Una madrugada los oí meterse en la ducha antes de que sonaran los despertadores. Él le pedía que abriera la boca, incluso oí el sonido de un tortazo. Esa vez no era uno en el culo y me levanté para entornar un poco la puerta de mi cuarto, por si se había pasado de la raya. No hizo falta verlos para saber lo que ocurrió a continuación. El sonido de él orinando en el suelo de la ducha era inconfundible. El sonido variaba, desapareciendo y volviendo, como si estuviera llevando el chorro por el cuerpo de mi madre arriba y abajo, para acabar en un ruido que sólo podía ser la boca de mi madre bien abierta. El chorrito fue sustituido por un claro "¡Chupa, puta! ¡Chupa!", que fue seguido por un jadeo de mi madre y un sonido gutural. Lleno de vergüenza y asco cerré la puerta. Medité sobre lo excitada que debía estar mi madre como para dejarse hacer eso y luego chupársela así al hombre. Luché por no descontextualizar aquello y quise alegrarme por la intensidad de sus juegos, pues sin duda mamá los disfrutaba plenamente. Ese era mi problema: era mi madre. Me acosté. Ahora el ruido de sus cuerpos mojados chocando era inconfundible, con un "sí, sí, sí..." interminable de ella. Ésta se tuvo que dar cuenta que no eran horas de escándalos y abrió el grifo de la ducha. Creyéndose a salvo bajo el ruido del agua cayendo, se dejó llevar por los gritos de placer, pidiendo a su amante que le diese más fuerte. Me puse los tapones pero no me pude dormir hasta unos minutos antes de que sonara el despertador.

Llegó el día en que su novio vino a casa formalmente para dejar de ser una sombra en la noche. A pesar de ser algo duro en rasgos y modales, era extremadamente educado. Tras la cena se mostró muy acaramelado con mi madre y ésta intentó guardar las distancias por mí. Al recoger los platos entraron en la cocina y desde el salón volví a oír sus juegos, esa vez más aplacados, con el sonido de besos y ropa restregándose. Volvieron tan normales como habían salido, pero mi madre tenía la falda arrugada, algo subida por un lateral. Esa fue la primera vez que me di cuenta de la belleza de sus muslos, de un modo que no había visto hasta entonces, comprendiendo el atractivo sexual que encerraba no solo sus piernas, sino cada centímetro de su cuerpo. Asumí, ya sin fisuras, que su amante no profanaba el sagrado cuerpo de mi madre, sino que comulgaba en él. Sólo tenía que aceptar ese hecho.

Las visitas fueron más comunes y nos fuimos acostumbrando a que las manos del tipo aquel recorriesen libidinosamente las curvas de mi madre de manera muy descarada, a pesar de las quejas de ésta pues por un lado no quería avergonzarme y por otro era incapaz de resistirse a las pervertidas insinuaciones de su amante. Pero al final, él la sobaba a placer, no perdiendo la oportunidad de mirarme desafiante mientras su mano recorría las nalgas de mi madre. Aquello fue yendo a peor. Una vez que habían tomado algo más de licor, estábamos en el sofá viendo la televisión con él en medio. Pasó la mano por encima del hombro de mamá y la bajó hasta meterla dentro de su escote. Yo los miraba de reojo y mi madre hacía como si yo no los viese. Su boca fue indicando cómo se iba calentando hasta que gimió de una manera corta, intensa. Seguramente él se pasó pellizcándole el pezón. Sentí un extraño escalofrío recorriendo mi cuerpo que me incomodó. El tipo, tras el débil quejido de mi madre intentó sacar la mano, pero ella le sujetó el antebrazo y él empezó a mover los dedos de una forma más impúdica. Me fui a mi cuarto, avergonzado por ese comportamiento tan pueril que tenían. Parecía una quinceañera con su primer novio.

Eso de hacerme ver que mi mamá le pertenecía, en una actitud que inicialmente me pareció muy infantil, acabó siendo muy molesto. Él cada vez era más dominante. Mi madre fue cediendo su autoridad y dejó de velar por mí poco a poco. Me acabé acostumbrando a ver su escote abierto, a su pecho demasiado fuera del sujetador tras haberse cruzado con su novio. Pero no podía hacer nada. Ella parecía dominada, no sólo por él, sino por una adoración irracional al sexo. Así se le dijo mamá a una amiga suya por teléfono, que no podía frenar el instinto. También le dijo a la amiga que yo lo llevaba bien, que ella intentaba ser discreta y que yo me estaba comportando como un hombre, no como un chiquillo. Eso hizo que me viese más atrapado aún. Yo estaba contento por verla más radiante que nunca y comprendía que sus curvas generosas enardecían a su novio, pero no podía soportar ese sexo desenfrenado, el de ella no, o que se pusiera tan caliente al ser llamada puta o chupapollas, o con los cachetazos.

Un día que se anularon los entrenamientos de baloncesto y volví a casa más pronto. Me lo encontré saliendo desnudo de la cocina con un vaso de vino. Olía a sexo, el de mi madre. A ella se la oía en la ducha. El tipo se molestó por verme en casa y me dijo que tenía que aprender modales, que no podía venir cuando me diese la gana. Le dije que también era mi casa y me dio un buen guantazo para callarme. Me dijo que, cuando él estuviese allí, él era el hombre de la casa. Y que fuese la última vez que le interrumpiese cuando se follaba a mi madre. Me explicó groseramente que yo no podía evitar lo que sentía mi mamá cuando estaba con él, con un hombre de verdad. Me hizo ir a mi cuarto, ordenándome que me estuviese calladito y que mi madre no se enterase de que yo ya había vuelto. No supe gestionar aquello, pues nunca me habían pegado en casa, y obedecí intentando contener las lágrimas. El hombre no parecía bebido, pero fue muy cruel. Dejó mi puerta entornada y no cerró la del dormitorio de mi madre cuando se metieron en él. "Voy a follarte por el culo, pedazo de puta", le dijo. "Me acabo de duchar", dijo ella a modo de protesta. Después se hizo un silencio y poco a poco se fueron oyendo los jadeos de mamá. Ella entonces empezó a ser más descriptiva con sus "méteme la polla" o "así, rómpeme el culo". Me puse los tapones y empecé a llorar.

El siguiente sábado lo iba a pasar en casa de un amigo para jugar a un videojuego en una especie de maratón. El novio de mamá me dijo, antes de irme, que nada de volver tarde. Que estuviese en casa a las tres en punto de la tarde, indicándome que no llamase a la puerta pues él me abriría. Me dijo que quería darle una sorpresa a mi madre. No me fiaba de él, pero obedecí. Me planté allí a las tres menos cinco y me abrió a las tres menos dos. Nada más pasar y cerrar la puerta, me dio un tortazo y me dijo que guardara silencio. Otro tortazo selló su autoridad. Me puso una especie de bozal, con una bola dentro de la boca, y una mordaza sobre ese bozal. Me amenazó de nuevo. Me ordenó que me desvistiera, tirándome del pelo para obligarme, amenazando veladamente con emplear también la violencia con mi madre. Una vez desnudo, me llevó al dormitorio de ella. Se subió a la cama y pasó una cuerda por el gancho de la lámpara del techo, comprobando que aguantaba su peso. Me ató las manos y me dejó casi en suspensión, anudándome los tobillos a las patas de la cama para que me mantuviese inmóvil con las piernas abiertas. "Ahora pórtate bien", me dijo.

Estaba muerto de miedo, temiendo cualquier abuso del hombre. Cuando me di cuenta de que no había ningún sonido en la casa, salvo el nuestro, empecé a temer también por la integridad de mi madre. Afortunadamente, oí cómo se cerraba la puerta de casa y los pasos característicos de mamá, además de los cariñosos saludos entre ella y su amante. Después, algo de silencio y cuchicheos, hasta que oí la voz de mi madre a a mi espalda.

–¿Qué me tienes preparado? –se me heló la sangre al escucharla tan relajada estando yo inmovilizado.

–Pórtate bien con el chico –le dijo él.

El tipo pasó junto a mí. Llevaba una cadena en la mano y tirando de ella apareció mi madre con un collar. Llevaba los ojos bien tapados con un antifaz, y la única ropa que llevaba eran unas medias y unos zapatos de tacón. Se pusieron al otro lado de la cama, en frente mía, y cerré los ojos. No quería ver a mi madre desnuda y mucho menos siendo sobada por ese odioso engendro. Sentí la presencia de éste a mi lado a la vez que recibía una buena bofetada y un amenazador pellizco en los testículos.

–No seas tímido y no te pierdas nada –el hombre me habló en un tono dulce, para que mi madre no sospechara lo que estaba ocurriendo realmente. 

Volvió tras ella y empezaron a besarse en la boca, mientras él manoseaba sus pechos, su barriga, sus muslos, acercándose a su coño. Ella mantenía su mano detrás de ella, sin duda toqueteando los genitales de éste.

–¿Está él ahí? –le preguntó mamá algo incrédula a su hombre.

–Sí.

–¿De verdad?

–Sí, nos ve pero no puede hablarnos. ¿Te gustaría follar para él? –mamá empezó a sobarse los pechos, tirándose de los pezones. Era la lujuria hecha carne.

–Sí... que nos vea. Fóllame.

–Sí, pero antes enséñale lo puta que eres.

Mi mamá se abrió el coño, metiéndose los dedos y chupándoselos después. Él besó esa boca rendida al deseo.

–¿Serás puta? Mira que te pone cachonda esto.

–Sí... ¿pero está ahí de verdad? –ella no estaba convencida de tener público. Intenté moverme de nuevo, pero su amante me miró fulminante.

–¿Quieres chuparle la polla? –mi madre no estaba segura aún y no contestó–. Quieres chuparle la polla, sabes que sí.

Mi madre tenía la mano detrás de ella, muy excitada masturbando a su amante mientras se frotaba el clítoris con la otra. Yo estaba tan alterado que creía que me iba a dar un mareo al no poder respirar bien por la mordaza. Las lágrimas nublaban mi vista.

–El chico ha venido por ti, se puso como loco cuando le dije lo que te gustaba chupar pollas –casi vomito cuando le dijo eso. Esperé inútilmente a que mamá se negase a seguir aguantando esa forma tan despreciable de dirigirse a ella. Ralentizó el magreo a su hombre, lo cual generó bastantes expectativas de que aquello había llegado a su fin.

–¿Pero entonces va en serio, está aquí? –preguntó más excitada que ofendida. El tipo sujetó la cadera de mi madre y bajó sus hombros hasta que la puso a cuatro. 

–Vamos, déjate llevar. No le toques con la mano, sólo con la boca.

Mi madre abrió la boca y vi mi polla delante de ella. Estaba totalmente erecta. Me moría de vergüenza. No quise mirar, y sentí su lengua moverse con rapidez en mi glande. La repulsión que sentía me tranquilizó, pues no era estimulante, y pensé que me bajaría la erección. Pero no. Mi madre chupaba demasiado bien. Mientras yo lloraba, sus labios se cerraban alrededor de mi polla y la fueron recorriendo arriba y abajo, succionando y lamiendo a la vez.

El tipo se la metió y mamá se esmeró más en la felación. Sentir sus gemidos a través de mi polla me resultaba de lo más perturbador, pues no hizo sino añadir un elemento más a la estimulación. En aquella postura el hombre no podía ver a su hembra chuparle la polla a su propio hijo, así que la hizo ponerse boca arriba. Mi madre buscó mi polla con la mano y se la metió en la boca. El tipo sujetó sus tobillos y se la metió, abriéndole bien las piernas. 

–El chico quiere correrse en tu boca, trágate todo ¿vale, puta?

–Sí, quiero sentir su semen en mi garganta... ah... ah... tragarlo... saborearlo... vacíate en mi boca –esa fue la única vez que en que se dirigió a mí.

Yo veía la piel de mi madre moviéndose al ritmo de las arremetidas del tipo. Sus pechos redondos, algo caídos a los lados, dibujaban círculos mientras pequeñas ondas recorrían su vientre. El sonido de sus cuerpos mojados chocando y sus caras desencajadas reflejaban perfectamente cómo mi polla respondía a aquello. Evidentemente, mis genitales y yo teníamos distintos puntos de vista con lo que estaba ocurriendo. Era inútil negar que me gustaba sentir la boca de mamá succionando mi escroto, pero eso no era incompatible con no querer estar ahí.

El tipo quiso subir la apuesta. La volvió a poner a cuatro y la hizo mirar hacia abajo, sujetándola del pelo. Empezó a follarla fuerte y ella parecía que se descomponía, jadeando sin importarle el volumen de su voz. Entonces él le quitó el antifaz. Me quedé helado. Le ordenó que no me mirara bajo ningún concepto. Mi madre estaba gimiendo como una posesa y siguió mirando hacia abajo.

–Vamos, chúpale la polla, pero no lo mires.

Ella obedeció, pero al verme la ingle, o los pies, noté que algo cambió. Su lengua seguía moviéndose por mi glande dentro de la boca, pero dejó de gemir tanto. Miró fugazmente hacia arriba y me vio. Mamá estuvo varios segundos sin reaccionar, con mi polla metida en su boca a punto de correrme por el movimiento que los pollazos de su amante infringían hasta su cabeza.

Comprendí que en cierto modo ella estaba igual que yo, con el cuerpo pidiendo una cosa y la cabeza otra. La aberración era clara, así la sentíamos ella y yo. Pero mi rabo estaba duro como una piedra rozando su lengua y sus ojos se seguían entrecerrando de placer cada vez que su amante le metía la polla hasta el fondo. Me miró otra vez y se sacó la polla de la boca, intentando pensar. Cerró los ojos y apretó los puños en la sábana, gimiendo finalmente.

–Joder, puta, me estás mojando las piernas –mi mamá estaba teniendo un gran orgasmo. Su cuerpo había hablado. El tipo la tomó del pelo y la obligó a seguir mamándome.

Ella se limitó a meter la polla dentro de la boca, ya sin ninguna de las atenciones que me había prodigado hasta entonces. Aquello me tranquilizó, pero eso también me hizo bajar la guardia. Seguía sintiendo el temblor que provocaban sus jadeos y, sin darme cuenta, mis caderas empezaron a balancearse adelante y atrás, limitadas por las ataduras, pero buscando recomponer el placer de antes. Mamá aceptó la dura realidad que le ofrecía y volvió poco a poco a esa forma tan viciosa de chupar. Es más, creo que incluso se esmeró para que al menos yo tuviese la mejor de las eyaculaciones. A veces se cruzaban nuestras miradas y ella ponía los ojos en blanco, mostrándome que no había dejado de tener orgasmo tras orgasmo. Me corrí y ella se lo tragó todo, pero siguió mamando.

–Voy a follarte el culo, puta –le dijo él cambiando el agujero.

Empezó a follarla fuerte. Ella me miró, sin ocultarme su total entrega al placer anal. Mi polla, que no había bajado la presión del todo, volvió a endurecerse. Creo que mamá se sonrió. Entonces el tipo le dio una sonora nalgada y se corrió al grito de "¡Toma, puta!". Después de eso, volvió a ponerle el antifaz a mamá y me desató, indicándome que me vistiera y saliese de la casa en silencio.

Tras aquel suceso cambiaron sus hábitos. No les importaba fornicar en la cocina estando yo en el salón viendo la tele. A veces él le pedía sin tapujos que se la chupara, que tenía que irse pronto. Ella le solía rogar que no fuera grosero, sabiendo que yo lo había oído, pero siempre acababa cediendo. Normalmente ella cerraba la puerta del dormitorio y él terminaba abriéndola. Yo también me acostumbré a no usar tapones.

Por entonces, un día que habían hecho de todo en el dormitorio, ella le acompañó hasta la puerta de casa en bata. Al volver, se puso a ordenar el salón y pude ver que no llevaba ropa interior, pues la bata se le abría constantemente. Era inevitable mirarle las piernas, el coño, los pechos, pues se asomaban impúdicamente ante mí. Ella se dio cuenta y me pidió perdón. Perdón por todo, por comportarse así. Le dije que no se preocupara por mí, que lo importante era que ella fuese feliz. Sorprendentemente me contestó con un "bueno, eso...", de una manera algo ambigua en referencia a su felicidad en pareja. Quiso cambiar de tema y me dijo que seguramente era difícil de entender todo lo que había pasado últimamente, al menos ella no lo había podido digerir del todo. Miró el canalón del escote, que le llegaba hasta más abajo del ombligo, pues eso estaba distrayendo mi atención. Se recolocó la bata en un movimiento automatizado que en la intimidad no tendría mayor importancia, pero estando yo delante no solo pude ver perfectamente su cuerpo desnudo, sino que pude oler el olor a sexo que aún estaba adherido a su piel. Comprendió lo que había hecho, fue como verbalizar la pérdida de pudor de esos últimos días. Se dio cuenta que entre sus ojos y los míos destacaba ante todo mi enorme erección.

–No digas nada –me dijo.

Se puso de rodillas, me bajó el pantalón y empezó a chupármela. Me volvió a rogar que no le dijera nada, que simplemente la dejara hacer, y la obedecí para no humillarla. Pero al cabo del rato, volviendo a comprobar lo bien que lo hacía, acabé preguntándole si de verdad le gustaba eso, chupar pollas. Me dijo que sí, pero no en el tono que empleaba con su novio, sino como en una conversación entre amigas íntimas. En ese momento ella no era una guarra chupapollas, sólo era mamá regalándome un orgasmo. Cuando mi crema empezó a llenar su boca, tragó mirándome dulcemente a los ojos, satisfecha por haberme llevado al éxtasis. Cuando acabamos, me dijo que jamás volvería a pasar lo del otro día, en referencia a la humillación recibida en su dormitorio.

La relación de mamá con él acabó de repente un día que el bruto le soltó un tremendo bofetón fuera de su contexto de apareamiento. Lo echó de casa inmediatamente, mostrando que mi madre ya estaba tan cansada de él como de su propia dependencia a ese sexo sin límites. La cosa fue volviendo a la normalidad. Volvimos a tener una relación sana madre hijo. Lo único que cambió fue que ella perdió conmigo el pudor por mostrase desnuda o ligera de ropa. No le importaba pedir mi opinión cuando se ponía su mejor lencería si tenía una cita y no estaba segura si le iba al vestido, o me preguntaba abiertamente sobre lo que me atraía sexualmente de alguna amiga suya. Eso sí, tardó mucho tiempo en volver a llevar a un hombre a casa.

5.10.22

Pili

Hace unos años celebramos el día de navidad con la tradicional cena en casa de mis suegros acompañados de unos invitados gratamente inesperados. Los tíos de mi mujer, Pili y Jesús, habían venido a pasar unos días y eso garantizaba que estuviésemos inmersos en fiesta y buen humor. Entre ellos y los críos no había lugar para el aburrimiento, pero aún así conseguí encontrar unos minutos de quietud para poder echar media cabezadita en el sofá del saloncito.

Me despertó una calidez extraña cerca de la cara y un olor a perfume bastante fuerte y penetrante. Abrí los ojos y me encontré con el escote generoso de Pili a unos dedos de mi nariz. Estaba prácticamente encima mía, buscando algo en la mesilla que estaba junto a mi extremo del sofá. Intentaba ser discreta a su manera, pero el tintineo de su pulsera contra el cristal de la mesa y el hecho de que estuviera a cuatro patas sobre el sofá, haciendo una exhibición de contorsionismo para intentar no despertarme, no la hicieron muy sigilosa.

Mientras miraba esos pechos bailando en el amplio escote, mi olfato pudo reconocer el olor de su piel bajo la mezcla del aroma de su perfume y del tabaco. Un suave flujo de deseo bajó por mi garganta, dio unas vueltas por mi pecho y bajó hasta despertar a mi polla. Pili no había cumplido los sesenta, pero tenía una figura estupenda. Le gustaba vestir como cuando aún tenía veinte años, llevando una ropa siempre ceñida que marcaba habitualmente su redondo trasero. A veces no le importaba llamar aún más la atención llevando escotes generosos que resaltaban sus pechos bien apretados por el sujetador. Además el cutis de su cara, muy cuidado, le hacían parecer bastantes años menos. Volviendo al sofá, evalué que sus pechos tenían un tamaño discreto y en esa posición se me antojaron suaves y maleables. Cuando me di cuenta, ella estaba mirándome, sonriendo al verme embelesado con el escote, pero siguió como si tal cosa, hablándole en voz alta a mi suegro para decirle que ahí no estaban sus llaves mientras su piel pasaba a unos milímetros de mis labios.

A partir de ahí, estuvo toda la noche encontrándose casualmente conmigo, iniciando conversaciones por cualquier motivo. Yo no la eludía, percibiendo que su escote había tomado algo más de protagonismo en nuestras conversaciones, pues sacaba pecho cada vez coincidíamos. Sin poder evitarlo, mi mirada se desviaba hacia la carne visible de sus senos y ella se iba colocando de perfil, de frente, del otro perfil... permitiendo que la escaneara como un adolescente. Lo hacía sutilmente, como para que todo fuese inocente, pero lo suficiente descarado como para tenerme atontado.

Antes de despedirnos me pidió mi número de teléfono, con la excusa de que nos viésemos las dos parejas para tomar unas copas, pero no se fiaba de mi mujer, que solía dejarse el móvil en silencio. Para asegurarse de que lo había apuntado bien, miró cómo había escrito su número metiendo el escote entre mi barbilla y el móvil, a pesar de que la llamé al momento para que ella también tuviera el mío. Al día siguiente, como era de esperar, no hubo llamada. Y es que esta pareja era tan fiestera como informal. No obstante, dos días más tarde me mandó un mensaje de texto para citarme en el apartamento que tenían alquilado, para que la ayudase con algo de la configuración de una tablet. Pili había elegido una hora en la que sabía perfectamente que no podría ir con mi mujer, así que me preguntaba con cierta excitación si también estaría Jesús. En realidad, estuviese él o no, me ponía a mil volver a estar cerca de esa mujer.

Pili me abrió la puerta llevando un mono ajustado de lycra con un estampado de leopardo, calzando unas babuchas rosa con adornos de plumas. Me tomó del brazo y me hizo pasar. Ella se comportaba como si tal cosa, pero para mí era como si la estuviera viendo desnuda, pudiendo hacerme una idea del contorno de sus muslos, su cintura, de sus pechos. Y ella se dejaba mirar pues los primeros momentos procuraba mirar hacia el infinito o a los lados. Lo siguiente que hizo fue decirme que su marido no estaba, y que ella había quedado con él y los amigos más tarde en la otra punta de la ciudad. No obstante me guiñó un ojo y me aseguró que eso de que ella fuera a esa reunión estaba por ver. Sus insinuaciones me dejaron sin habla y ella me miró muy fijamente, como diciéndome que iba en serio, antes de volver con su habitual sonrisa. Sugirió tomar un vermut en la terraza y me hizo sentar mientras ella iba trayendo vasos y aperitivos, acariciando mis hombros cada vez que pasaba a mi lado. Finalmente, se sentó junto a mí y encendió el enésimo cigarro. Me preguntó si quería uno. Yo estaba ansioso por la situación, pues imaginaba lo que iba a ocurrir, y pensé que sería una buena forma de iniciar la aproximación, así que le dije que sí.

Me acercó el cigarro que acababa de encender, colocándolo entre mis labios. Sujeté su mano y le di una calada, llevándolo de vuelta a su boca. Pili aspiró, sonriéndome y satisfecha por cómo iba aquello. Acercó la cara y besé sus labios. Sólo fue un pequeño pico, tras el cual se echó hacia atrás, con una mano tras el respaldar de la silla, estirando de una forma poco natural su espalda y con ella su pecho, y cruzó las piernas. Se lo tomaba con calma, consciente de lo perturbadoramente sexy que estaba con ese mono tan ajustado. Yo estaba listo para la acción y a la vez en ascuas porque no sabía qué me encontraría realmente bajo esa prenda tan provocativa. Al fin y al cabo, sesenta años eran bastantes años. Puso su pie desnudo sobre mis piernas, moviéndolo juguetona, y me dijo que quizás debería ponerse algo más apropiado. Le sujeté el pie, haciendo que ese segundo contacto físico nos alterara el ritmo de nuestras respiraciones. Le masajeé suavemente el tobillo y la planta del pie, y le pregunté qué era eso tan apropiado que quería ponerse. Me habló de unos tacones que no se había puesto aún con ese mono y que me iba a gustar verla con ellos. Se puso de pie y, antes de desaparecer por la puerta, me dijo que había traído otras cosas que le irían mejor a los zapatos. Me quedé esperando paciente, degustando la segunda copa que me había servido Pili y pensando en lo que disfrutaba esa mujer poniéndose guapa, pero estando seguro de que ella tenía clase suficiente como para lucir esos tacones.

Cuando volvió, además de unos tacones interminables, llevaba unas medias de malla y un jersey mullido que le cubría hasta la línea donde terminaba su ingle. Estaba espectacular. Me preguntó si le gustaba cómo iba vestida e inició un giro para mostrar el conjunto, pero no pudo terminarlo pues la abracé por detrás y la besé suavemente en el cuello. Ella gimió con su voz profunda y buscó mis labios. Me dio un beso con lengua, pero más pudoroso que los que estaba habituado en situaciones como esa. Me di cuenta de que iba a tener sexo con una mujer ardiente, desinhibida, pero de otra época. Eso no quitaba que ella supiera perfectamente lo que quería.

En mi cabeza aún resuena su voz profunda cuando me dijo con brillo en los ojos: "Ahora te voy a hacer un mamazo que no lo vas a olvidar". Se colocó de rodillas y me desabrochó el pantalón, sujetando mi polla con cuidado y cierta emoción. Moviendo la cabeza, no dejaba de mirarme a los ojos, haciendo pausas para recrearse en lo que hacía. Su lengua lamía rápidamente, de forma incansable, con una técnica muy trabajada. A veces cerraba fuerte los labios para introducirse la polla con cierta resistencia y chupaba a la vez ruidosamente, hasta que podía sentir mi glande tocar su campanilla y, en un breve movimiento, cómo llegaba hasta el fondo.

Tras hacer ese movimiento de garganta profunda un par de veces, se puso de pie frente a mí, contenta por la exhibición. Besé sus labios mojados y acaricié su cintura bajando las manos hasta tocar la malla de sus muslos. Después continué el movimiento debajo del jersey y llevé las manos hacia atrás, descubriendo que no eran unas medias, sino un body lo que llevaba, pero que también tenía puesta una tanga. Al tacto, sus nalgas y su cintura me resultaban de lo más excitantes. Le quité el jersey y se quedó con las mallas. Ella misma las abrió para dejarse los pechos al aire. Su cuerpo no estaba mal para la edad que tenía. Todo lo contrario, estaba muy bien, con todo en su sitio aunque desplazado hacia abajo unos centímetros. Entre dientes, me dijo un escueto "¡Fóllame!". Hizo por ir al dormitorio, pero la sujeté. De espaldas a mí, le aparté la tanga y, al pasar un dedo por su vulva, éste se hundió sin esfuerzo. Al descubrir con excitación lo mojada que estaba no me lo pensé y le metí la polla fácilmente. Ella me recibió con un gritito, y empezó a moverse adelante y atrás. Pili tenía muchas ganas de follar y no me corté en darle lo que quería. Ni siquiera intenté terminar de quitarme el pantalón.

Jodimos de pie, ella echada hacia delante y yo sujetándola por los brazos, sin parar de penetrarla una y otra vez salvo para que subiera un pie al reposabrazos de un sillón. En esa posición la polla entraba mejor y el muslo en alto me servía para sujetarla a manos llenas. Como era mucho más bajita que yo, la euforia me hizo levantarla en volandas y follarla moviéndola arriba y abajo. Ella no paraba de gemir, pero me cansé y la puse en cuclillas sobre una mesa baja de madera que había frente al tresillo, donde terminé de joderla aumentando la velocidad todo lo que pude. "Ni se te ocurra sacarla" me dijo cuando la avisé de que me corría.

Cuando terminamos, encendió un cigarro, se metió las tetas en el mono, se recolocó la tanga, y me sugirió volver a la terraza. Con una copa de vino en la mano, me recriminó con poca preocupación que le saldrían moratones en brazos y piernas por mi culpa. Metida en esas mallas, cada vez la veía más atractiva, con sus pezones tiesos atrapados entre los huecos. Empezó a darme ganas de comerle las tetas y el coño, y ella se dio cuenta del ardor de cómo la miraba, empavonándose satisfecha por el efecto que hacía en mí su escasa vestimenta. Me acerqué a ella y le acaricié suavemente uno de los pezones, buscando su boca. Ella se mostró cauta, seguramente por si había algún vecino curioso, y entramos de nuevo.

Sin perder tiempo, me quitó los zapatos y los pantalones para volver a ponerse de rodillas. Se tragó mi polla un par de veces y, sujetándola con la mano, me dijo picarona que sabía a coño. Después no volvió a sacársela de la boca en un buen rato, haciendo que mi nabo fuera tomando forma. En un momento dado, me acarició el vientre y clavó ligeramente los dientes en la piel del falo, deslizando la cabeza hacia atrás, hasta que sus incisivos tocaron mi corona. Me puso muy en tensión, pero esa misma tensión hizo que el placer fuera indescriptible. Hizo una pausa con la boca, pero no con la mano, que siguió moviendo mientras comenzó a hablarme de su vida íntima. Como ya sabía, me habló de la enfermedad de su marido y que ésta había acrecentado la débil virilidad que arrastraba Jesús. En definitiva, estaba acostumbrada a que el intercambio sexual con su marido fuese solamente oral, y lo dijo de tal forma que entendí que era oral en una sola dirección.

Con mi polla bien dura, me dio a elegir entre follarla o seguir hasta correrme en su boca, asegurándome muy cariñosa que yo ya había cumplido en referencia al polvo anterior. Le pregunté qué quería hacer ella y me dijo que follar. Así que eso fue lo que hicimos. Fuimos al dormitorio y jodimos a cuatro sobre la cama. Pili estaba cómoda con el mono de malla y a mí me gustaba verla así. Ella me pidió parar un momento porque tenía los pezones muy irritados, atrapados en la malla, pero en cuanto empezó a sacarse las tetas, volví a joderla sin perder tiempo, haciendo que casi cayera de bruces en medio de su excitación al verse tan deseada. Al poco, se tumbó de lado, de forma que sus pequeños pechos caían lánguidamente en un movimiento pendular producido por el suave movimiento con que mecía su pelvis mientras yo hacía lo propio mientras la fornicaba. Como la primera vez, insistió en que me corriera dentro, lo cual hice con gusto mientras apretaba fuertemente su pecho.

Volvimos al salón. Pili estaba eufórica, resplandeciente. Tras unos cigarros y media copa, me preguntó si quería echar otro. El tiempo apremiaba y podía verme en un lío con mi mujer, pero no pude resistirme. Volvió a colocarse entre mis piernas y empezó la felación con un cigarro humeante en la mano del que yo también daba alguna calada. Me puso cachondo fumar mientras me la chupaba, y a ella también le ponía ese juego de sumisión. Lo malo fue que, a pesar de sus atenciones, me di cuenta de que yo había sido algo optimista al creer que podía llevar ese ritmo, al fin y al cabo uno tenía su edad. En definitiva, mi polla estaba casi erecta, pero no se mantenía firme. Pili hablaba mucho, y me confesó que así estaba incluso más dura de lo que se le ponía a Jesús, pero que si era insistente mamando o masturbando al final le hacía correrse. Me contó que dos o tres veces por semana ella lo descargaba, lo pidiese él o no. Que le gustaba vestirse sexy, en plan puta pero "no de las baratas", cuando se ocupaba de la polla de su marido. Después ella sola se aliviaba. Poco a poco la mía fue aguantando la firmeza, y Pili, sabia como era, siguió contando sus intimidades. Me enteré así que cuando Jesús estaba más en forma le gustaba mucho meterla por el culo. Ella lo relacionaba con las amistades variopintas que frecuentaba, pero ella nunca hizo preguntas así como él tampoco las hizo con los asuntos de ella. Me confesó que cuando se acostumbró al anal había veces que era ella la que lo exigía, incluso a veces le apetecía follar sólo por detrás. Pili interrumpió muy satisfecha sus confesiones porque mi polla ya estaba muy dura entonces. Entonces me dijo que si quería follarla por el culo, que hacía tiempo que no follaba por ahí, recalcando que, salvo por ese día, ni por el culo ni por el coño.

Le pedí que se pusiese otra vez los tacones, a lo que accedió entusiasmada por volver a vestirse para follar. Una vez puestos, me preguntó si estaba lo suficiente puta para mí. Le dije que primero le follaría el culo y que después ya le contaría. Ella se encargó de prepararse por detrás y de meterse mi polla. Como en la primera vez, la jodí de pie, teniendo a Pili contra la pared, para pasar después a tenerla en cuclillas sobre la cama moviéndose al pairo del colchón y mis embestidas. Tenía el culo bien entrenado, en armonía con su forma de chupar, demostrando que poseía una buena técnica y que se entrenaba con devoción. Acostumbrado a anos menos acogedores, tuve que follarla con velocidad y fuerza para darme el mismo gusto que aparentemente ella estaba recibiendo. Le dije que podía tocarse si quería, pero no lo hizo, así que se lo ordené. Intentó ignorarme educadamente, pero acabó accediendo algo cohibida. Me excitaba esa dualidad suya al hacer ciertas cosas que parecían aprendidas en un prostíbulo mezclada con su resistencia a mostrarse vulnerablemente excitada. Cada vez que dejaba de frotarse, le hacía seguir, y muy rápido. Casi nos corrimos juntos. Me llevó al lavabo y me lavó la polla, tal y como seguramente le hacía a su marido.

Cuando nos vestimos ya era de noche y descubrimos que ambos teníamos varias llamadas perdidas de nuestras parejas. Cada uno le contó a la suya la verdad: que habíamos estado tomando vermuts y aperitivos y no nos habíamos enterado de las llamadas. Desde entonces, Pili y yo estrechamos mucho nuestra relación. Algún día les contaré lo que sucedió en el velatorio por la muerte de su marido.

15.8.22

Elisa y Jacinto

La cena en el jardín de la casa había transcurrido animada, sobre todo por la esposa, que aparentaba estar más relajada que nosotros. De echo, un par de miradas escudriñándome al principio de la velada bastaron para que me dedicara desde entonces una amable y sincera sonrisa. Viendo la casa que tenían alquilada, era evidente que ambos gozaban de una buena posición económica, con el marido llevando una camisa clásica de finas rallas azules y unos anillos de oro que le daban un toque algo mundano. A veces sus ademanes mostraban que se esforzaba enormemente para que sus gestos fuesen meridianamente educados y respetuosos. Ella parecía tener una formación más depurada, muy elegante en su manera de hablar y sus movimientos. Estaba bellísima con ese vestido negro escotado que no le importaba zarandear si me ofrecía el contenido de alguna bandeja. Cuando la conversación entre los tres decaía, ella sabía encontrar otro hilo común que nos permitía reírnos para ir así poder ir rompiendo el hielo. El marido tomó la mano de la esposa a mitad del postre. Al fin había algún tipo de contacto físico y me animé.

–¿Qué te parece mi mujer? –me preguntó.

–Es muy guapa, Jacinto –dije mirándola a ella, siendo correspondido por sus brillantes y redondos ojos.

–¿Qué te gusta más? –insistió Jacinto.

–Bueno... tiene una boca preciosa –dije con educación, pues no sabía aún cómo se las gastaba el marido.

–¡Vamos! ¡Las tetas! ¡Tiene unas tetas cojonudas!

Jacinto se puso de pie y Elisa se sonrojó por el comentario tan directo. No obstante se limitó a acariciarse coquetamente el cuello cuando él se colocó tras ella y metió sus velludas manos dentro el escote. Elisa empezó a jadear al momento, liberando la tensión acumulada desde que llegué a su casa tras aceptar esa cita a ciegas. Jacinto amasaba las tetas con rudeza y pasión. Ella lo miraba a él y a veces me miraba a mí, cada vez con la tez más sonrosada. Jacinto también me miraba expectante. Los labios de Elisa se me hacían cada vez más carnosos, así como el volumen de sus espléndidos pechos. A cada movimiento circular de las manos de Jacinto, los pezones de Elisa se dejaban ver levemente entre medias del vestido, mostrando indecorosamente que cada vez estaban más erizados.

Elisa mantenía las manos sobre la mesa, sujetando aún la cucharilla del postre y dejando caer unas gotas de nata entre sus dedos. Viendo la actitud de Jacinto empecé a pensar que, aunque yo había acudido pensando que iba a ser el corneador, quizás tendría que adaptarme si la pareja había planeado otra cosa. Finalmente Jacinto bajó los tirantes del vestido, quedando Elisa desnuda de cintura hacia arriba y mostrando unos pechos preciosos coronados por una aureola circular muy apetitosa. Jacinto empezó a besarle el cuello, llevando de nuevo las manos a los pechos, sujetándolos de manera que ambos pezones quedaron bien prietos entre los dedos índice y pulgar, rotándolos con rudeza. Ella me miraba ardiente, como si las atenciones del marido fuesen menos que un simple entremés.

Jacinto la puso de pie y metió la mano por debajo de la falda del vestido. La estuvo manoseando, zarandeándola, haciendo que abriese ligeramente las piernas y, tras varios gemidos de ella, finalmente sacó la mano mostrando unos dedos brillantes, para después hacer que Elisa los lamiera antes de terminar de desnudarla. Se quedó simplemente con las sandalias, sin tacón para no superar la altura del esposo, y las joyas de oro que adornaban su cuello, muñecas y orejas. Me di cuenta de que mi anfitriona había estado toda la noche sin ropa interior y saberlo hizo que mi erección fuese más firme. Arrastré mi silla hacia atrás, para que vieran que estaba preparado para aquello que había venido a hacer. Elisa, sin perder de vista mi paquete, vino hacia mí y me besó, dejando en mis labios un agradable olor a coño.

–Quiero polla –me dijo mientras me desabrochaba los pantalones. Me puso cachondísimo la clase y elegancia que tenía Elisa incluso si hablaba o actuaba como una puta en celo.

Sacó mi pene con delicadeza y lo hundió en su boca. Nada más sentir el movimiento de su lengua, empezó a mover la cabeza arriba y abajo tragando saliva ostentosamente. Mientras mi verga se hacía más y más grande en su boca, el marido se desnudó lentamente tras ella. Tenía un cuerpo velludo y moreno, con un pene muy modesto pero completamente erecto. Elisa me ayudó a desprenderme los pantalones y se colocó a cuatro para seguir con la felación. Jacinto se puso a cuatro también, tras ella, con la cabeza hundida en sus nalgas, sujetando sus caderas, dejándome con la incógnita de si estaba lamiendo culo o coño.

Acaricié la cara de Elisa para hacer que me mirase a los ojos mientras me chupaba la polla. Ella comprendió y siguió con su movimiento rítmico mirándome y entrecerrando los ojos, gimiendo con mi verga dentro. Mi glande rozaba su paladar y sus dientes, también su lengua. Se puso de pie y se acercó para besarme, pero sabiendo que tenía el exterior de su boca empapado, lo hizo con prudencia. Me gustan que los besos sepan a sexo.

–Si ahora diésemos por concluida la velada, ya habría sido un completo éxito –me dijo acariciándome las mejillas.

–Lo es –dije convencido, a pesar de la ausencia de coito u orgasmo.

Nos besamos de nuevo, con su cara suavemente mecida por los achuchones de la lengua de Jacinto en sus cuartos traseros.

–Ahora, vamos a por más –dije mientras una gota de líquido preseminal aparecía en la punta de mi polla y era recogida por su pícara lengua.

Elisa se levantó, dejando a Jacinto con la lengua fuera y toda la cara empapada, tomándome a continuación de la mano y haciéndome sentar en un sillón de mimbre muy cerca del servicio de la cena. Dándome la espalda, sujetó mi polla y la meneó un poco, para después dejarse caer en ella, metiéndola hasta el fondo de su muy lubricado coño. Jacinto se puso de rodillas ante nosotros, desapareciendo de mi vista. Elisa empezó a mover las caderas adelante y atrás, follándome en un ritmo creciente, apoyada sobre los hombros de su esposo. Supuse que él estaba mirando cómo se movían los ricos pechos de la mujer y cómo su coño se amoldaba al contorno de mi polla conforme ella se deslizaba por ella.

Me concentré en sus caderas, en su redondo ano moviéndose al ritmo de su frenético éxtasis. Yo acariciaba sus generosas caderas y de vez en cuando mis manos rozaban las de su marido cuando recorría sus muslos, volviendo entonces a la cintura. Elisa se inclinó hacia delante para besar a Jacinto. La visión de mi polla en su coño nubló mis sentidos y tomé el control de los empujones. Se puso a mil y apretó la cabeza del marido entre sus pechos, gimiendo en voz alta y rogando que no parase. Jacinto se puso de pie y ella se metió la polla del hombre en la boca, ahogando sus jadeos. Movía la cabeza con mucha rapidez, y sólo interrumpía para girarse y animarme.

–No pares... chup, chup, chup... me encanta tu polla... chup, chup, chup... dame fuerte... chup, chup, chup... córrete dentro... chup, chup, chup... sigue, sigue... –decía alternando las atenciones al marido con las cochinadas que me dedicaba a mí.

Al poco, en una de esas que se giró para jalearme, vi cómo un hilo de crema blanca caía de su barbilla. La pequeña polla del marido seguía erecta, un poco menos que antes, así que Elisa volvió a meterla en la boca, concentrada en las arremetidas que yo le estaba dando. Tras unos empujones más, había llegado mi momento.

–¡Me corro! –avisé prudentemente por si su invitación había sido producto de la excitación.

Elisa, al oírme, empezó a moverse ella y aceleró el frotamiento que se estaba dando en el coño desde hacía rato. Me corrí con un gemido que casi fue un grito. Ella se vino poco después entre unas sacudidas que casi hicieron salirse a mi polla amorcillada. Antes de que se pudiese dar un respiro, Jacinto, temiendo quedarse a medias, se acercó para que continuase la felación. Ella se la comió a un palmo de mí, aún con mi polla dentro. El pene de Jacinto me resultó peculiar, pues con una longitud que apenas sobrepasaba los cuatro dedos, formaba un ángulo de 90 grados perfecto. Daba la impresión de que se podía colgar un mueble en él sin que cediera. Más me fascinó lo bien que se la comía Elisa, sin poder decidirme si lo hacía de forma delicada, salvaje, dulce o muy zorra. Sobre todo al acabar, pues sacó la polla para menearla y asegurarse que no quedaba ninguna gota dentro.

Jacinto, una vez bien vaciados los huevos, miró su reloj de oro y me dijo que se les había echo muy tarde. Elisa me dio las gracias, recogió la ropa del suelo y entró hermosamente desnuda en la casa.

–Hemos quedado –dijo sin más un impaciente Jacinto.

Nos dimos la mano y me fui de allí a paso ligero, pues se me habían contagiado sus prisas. Cuando bajé el ritmo, pude disfrutar de la brisa nocturna, que se mezclaba con el olor a sexo que yo mismo emanaba.

9.8.22

Pablo y Vicente

Por segundo año consecutivo mis padres me habían dejado ir con mi novio al apartamento de la costa, permitiéndonos así un mes para nosotros solos antes de que ellos llegaran. El primer año Vicente y yo habíamos estado bebiendo, fumando y follando sin descanso, y estábamos ansiosos de retomar esa tarea diaria. Nada más entrar en la casa, sin tiempo de ventilarla tras varios meses en desuso, usamos el sofá del salón para dar rienda suelta a nuestro abandono hedonista, comprobando que habíamos vuelto con las pilas recargadas. En esa primera noche Vicente me echó un polvo fantástico en el balcón a la luz de un par de velas mientras estaba apoyada en la barandilla, asomada a la abarrotada calle y ante cientos de balcones que seguramente no estaban lo suficientemente lejos. Vicente estaba obsesionado con eso desde hacía unos meses, pero yo temía que nos viesen los vecinos. Lo que pasó es que las ganas fueron superiores al sentido común, y me engañé diciéndome que si llevaba la camiseta puesta nadie se daría cuenta del motivo de tener a Vicente tan pegado detrás.

Pasaron los días y nos acomodamos a un placentero menú que intercalaba sexo, comida, playa, porros, bebida y sexo en el balcón, esto último incluso antes de que anocheciera, pero siempre con la camiseta. Al cabo de una decena de días todo cambió cuando una tarde que íbamos a la playa me crucé con Pablo. Pablo había sido mi mejor amigo durante los veranos de mi niñez, pero perdimos el contacto cuando nuestros padres dejaron de coincidir con los períodos vacacionales. Nos dio mucha alegría vernos. Ahora era un muchacho guapo y esbelto, con un exótico pelo largo y rizado.

Lo mejor de todo fue que Vicente y Pablo se cayeron muy bien desde el principio. Aunque había venido con sus padres, éstos iban y volvían a la ciudad muy a menudo, así que prácticamente él también estaba solo en ese pueblo que aún no tenía todo el bullicio del verano. Empezamos a pasar buena parte del día con él, yendo a la playa juntos y haciendo un poco el tonto por la casa. Si bien yo hacía buena pareja con Vicente, con Vicente y Pablo también hacíamos un bonito trío, pues no solo ambos eran delgados y fibrosos, sino que también tenían cierto parecido en sus rasgos, aunque Vicente era ligeramente más corpulento.

Vicente me decía que Pablo era gay, y yo le replicaba que no. Para evitar que se sintiera celoso no le contaba las razones que tenía para pensar de esa manera, como por ejemplo el brillo de sus ojos cuando me hablaba a solas, o cómo miraba furtivamente mis pechos y mi cuerpo, también la forma de pegarse a mí cuando me tomaba de la cintura. Tampoco le dije que mi primer beso en la boca fue con Pablo, aunque entonces éramos demasiado niños como para apenas explorar otras cosas. Le di la razón en que Pablo era algo especial, muy sensible y cariñoso con los dos. Había veces que me quedaba dormida echada sobre las piernas de ambos sin reparar en qué posición estaban, despertándome con mi cabeza entre los muslos de nuestro amigo. Eso hizo que se fuera apoderando de mí cierto coqueteo inocente durante esos días.

De esa forma, cada vez era más osada y cariñosa con Pablo, pero como no parecía que a Vicente le incomodase, yo me fui dejando llevar. Hasta que quise ver lo madura que estaba la fruta prohibida. Estábamos en la playa, tumbados sobre las toallas, y Vicente se levantó diciendo que se tomaría un baño. Antes de irse, le dije a Pablo que me pusiese crema solar en la espalda, quitándome la parte de arriba del bikini. Vicente me miró, preguntándose qué buscaba yo con eso, dudando si debía irse al agua tal y como había anunciado. Finalmente se alejó, girándose de vez en cuando hacia nosotros. Pablo se puso de rodillas junto a mí y extendió la crema muy minuciosamente.

Sus manos recorrían una y otra vez mi espalda y su rodilla estaba innecesariamente pegada a mi cintura. Esparcía el líquido viscoso lentamente, con la mano abierta, como queriendo memorizar cada centímetro de mi piel. Sorprendentemente, Vicente volvió enseguida, tan solo con los pies mojados. Se sentó junto a mí, frente a Pablo, y me preguntó si quería crema en las piernas. Le dije que sí. Ahora tenía cuatro manos viriles manoseándome la piel y me puse muy cachonda. Tras una pausa en el masaje de Vicente, éste siguió por los hombros y Pablo bajó a mis muslos y nalgas. Podía sentir lo empapada que estaba. Vicente se echó junto a mí y me susurró que Pablo tenía una erección. Miré hacia él y comprobé que el pobre intentaba disimularlo. Giré la cabeza hacia Vicente y le besé en la boca mientras le tanteaba con la mano y comprobaba haciéndome muchas expectativas que éste también gozaba de un pene en su plenitud. 

No me volví a poner la parte de arriba, ni siguiera cuando abandonamos la playa, sabiendo que mis pezones se marcarían en la vieja camiseta. Fuimos cogidos por la cintura, yo en el centro, acariciando los dorsales de Pablo y Vicente, tal y como Pablo me acariciaba a mí. Llegó el momento de separarse, ese en el que cada tarde Vicente y yo aprovechábamos para dormir una breve siesta y echar un polvo entremedias. Pablo acercó su boca a mi oreja. Me preguntó si esa noche también íbamos a follar en el balcón. Aquello, y el roce de sus labios, me erizó la piel. Lo miré sorprendida. Follar en la terraza era excitante por el riesgo, otra cosa era el echo de que él lo supiese y que me lo dijese, lo cual me hizo sentir mucha vergüenza. Recordé entonces que desde su casa se veía lejanamente parte de nuestro balcón. Me pregunté angustiada cuántas veces nos había visto, o si habían otros vecinos. Pero enseguida sentí una enorme excitación sólo por saber que Pablo nos veía follar. Lo imaginé esperando cada noche a que saliésemos al balcón. Me acerqué a su oreja y le dije que sí, que esa noche también. Entonces me preguntó susurrando que si podía subir con nosotros. Por entonces el algodón de mi camiseta ya estaba abrasando mis pezones hinchados.

Acaricié cariñosamente la espalda de Pablo mientras le pregunté a Vicente si le dejábamos subir, que él lo había pedido. Vicente me respondió preguntándome si yo quería. Lo besé como respuesta. Entramos en el ascensor cogidos de la mano, yo siempre en medio de los dos. Nos mirábamos en el espejo, riéndonos excitados. Besé a Pablo brevemente. Los ojos de Vicente brillaron. También los de Pablo mirando a Vicente, con los labios humedecidos con mi saliva. Me giré y besé a Vicente. Al llegar a casa me senté en el sofá. Vicente se puso detrás de mí y empezó a besarme el cuello, sabiendo que eso me ponía a mil. Pablo se sentó delante mía y le quité la camiseta. Sin atreverse a intervenir aún, la vista del cuerpo delgado y fibroso de nuestro amigo me puso a tope.

Vicente metió las manos por dentro de mi camiseta y las subió para quitármela. Pablo me miró con avidez los pezones, pero seguía sin ponerme una mano encima. Besé a Vicente y me eché hacia adelante, intentando bajar el bañador de Pablo, sabiendo que era tarea imposible estando él sentado. Se levantó y se quedó completamente desnudo, mostrando una bella polla hinchada de buen tamaño. Como si lo hubiéramos ensayado Vicente y yo, le tomamos de la mano para que se acercara, y Pablo decidió tomar asiento tras Vicente. Vicente me acariciaba el torso mientras Pablo besaba su piel. Las manos de Pablo aparecieron en mis pechos tras recorrer los brazos de Vicente. Mi respiración era un jadeo al ser acariciada por esos dedos nuevos. Me giré hacia ellos y Pablo cambió de posición poniéndose a mi lado, más activo al fin, y apretó con decisión mis tetas haciendo aflorar mis gemidos.

Al oírme, se acercó para besarme cálidamente en la boca. Su lengua me acarició con timidez y yo la absorbí rudamente, muy motivada al besarlo delante de Vicente. Fui a acariciar su hombro, y mis dedos se encontraron con los de Vicente, entrelazándose sobre su piel. Pablo quiso probar entonces la boca de Vicente, y mientras se besaban les estuve acariciando los pechos, con ellos rozando los míos. Vicente tomó mi boca y Pablo me acarició la nuca y el pezón. Mi mano se deslizó al pene de Pablo. Nuestro amigo se acercó para intentar un beso triple. Pude alcanzar una de las manos de Vicente, y la llevé a la polla de Pablo, que se puso de rodillas en el sofá y también pudimos besarle los pechos, saborear el salitre que traía de la playa.

La mano de Vicente recorría la verga de Pablo suavemente y más abajo mis manos le acariciaban los testículos ante la docilidad de éste. No pude evitar acercarme e iniciar una felación mientras sujetaba el rabo cada vez más duro de Vicente. Éstos se besaron más ardientemente que antes y Vicente se puso de rodillas para dejar su polla de Vicente pegada en mi mejilla. Tras mamar los frutos que me ofrecían, no pude aguantar más y me tumbé con las piernas abiertas, pero sin soltar el rabo de Pablo. Hice que me penetrara, acariciando sus nalgas y su pecho. Vicente introdujo su polla en mi boca, y se la chupé ardorosamente mientras sentía cómo la de Pablo me estaba fundiendo completamente. Tomé el escroto de Vicente y lo tiré de él para acercarlo y que Pablo pudiese mamarle también. Me dio la impresión de que su polla se hinchaba aún más dentro de mí, pero sabía que todo era fruto de mi excitación. Intercambiaron la posición en mí.

Dos pollas distintas follándome por turnos era más de lo que yo podía soportar. Tenía orgasmo tras orgasmo y la vagina empezó a enviarme mensajes de alerta nuevos para mí. El primero fue por la continua estimulación de esas pollas entrando y saliendo, pues habituada a follar durante unos minutos aquello se estaba alargando varias horas. Y es que los chicos se relevaban intentando parar su coito, haciendo que yo siempre estuviese montada por uno de los dos. Descansábamos en mitad de la fornicación para beber o comer, siempre muy brevemente, pues el vicio nos impedía mantener mi coño sin ocupar. Dejé de usar la boca o las manos para excitarlos, no hacía falta, sólo debía mantener erecto el falo del que no me tomaba, para que estuviese preparado para el relevo. En eso último también me ayudaban los chicos jugando entre ellos, de manera que yo podía estar en lo importante: mi placer absoluto. El segundo mensaje de mi vagina tenía que ver con los espasmos y contracciones producidas por mis orgasmos. Y es que no los había tenido nunca tan continuados, y mucho menos obstaculizados en su anárquico movimiento con una polla dura entrando y saliendo.

A pesar de eso yo no podía parar de follar. Me di cuenta de que si bien Vicente masturbaba y besaba a Pablo, también había evitado hacerle sexo oral a pesar de que al cabo del tiempo podía llevarse una idea del sabor de sus falos sólo por besar mi cuerpo. Tampoco intentó penetrarlo. También fui consciente, mientras la polla de Vicente me estaba penetrando estando yo de costado en la alfombra, que no había intentado metérmela por el culo, a pesar de que esa era su postura favorita para esa práctica. Pensé que quizás Vicente evitaba darle pie a Pablo para que éste me tomara así, preservando de esa manera la exclusividad de uso de mi orificio trasero. Eso me hacía sentir especial y más enamorada, pero también sabía que era una oportunidad perdida para experimentar nuevas perversiones con los dos. A la mañana siguiente todavía tenía el coño empapado, pero estaba tan irritado que les hice una buena felación a cada uno para evitar más penetraciones y darme un respiro. Desde entonces Pablo pasó otras noches con nosotros, pero no siempre. Cuando eso ocurría follábamos como esa primera vez.

Un día tuve que volver a la ciudad porque tenía que resolver un papeleo. Los dejé solos esa noche, echándolos mucho de menos y haciéndome muchas preguntas sobre cómo lo llevarían sin mí. Cuando volví, tuve que atiborrar a Vicente de porros para que me contara cómo les fue. Me dijo que Pablo había tomado mi rol, el de mujer. Pero yo quería saber los detalles y le insistí. Me dijo que la noche transcurrió prácticamente con Pablo endureciéndole la polla a base de mamazos para luego ofrecerle el culo. Fui más persuasiva y acabó confesándome que, tras masturbar a Pablo varias veces, se dejó llevar y también acabó usando la boca. No me extrañó, pues lo antinatural hubiese sido que no quisiese mamar de esa deliciosa polla. Me dijo que también estuvieron follando hasta el amanecer, Vicente a Pablo, tal y como lo hacíamos los tres.

La siguiente noche que pasamos con Pablo no les dejé tocar mi coño. Todo por detrás. Mi culo me acabó dando las mismas alertas que mi vagina en nuestra primera noche, y también las ignoré, sabiendo que se acostumbraría a sus embestidas. Cuando me tomaba un receso, Vicente aprovechaba para penetrar a Pablo y yo me quedaba observándolos. Con el movimiento rítmico que Vicente le daba, Pablo gemía mirándome dichoso. Yo les dejaba disfrutar entre ellos hasta que intervenía mamándole a Pablo o apartándolo y haciendo que Vicente continuase conmigo o tomando la verga erecta de Pablo para que me follara él. Desde ese día el sexo entre los tres fue más libre y fluido.

Ya sólo quedaba una semana para que mi familia llegase al apartamento, de forma que quedaba poco para que Vicente se volviese a la ciudad, así que apuramos aún más cada momento hasta el final. Durante el resto de las vacaciones me veía con Pablo y hacíamos cosas de amigos, aunque acababa follando con él cuando le dejaban la casa a solas. Si eso ocurría durante varios días, Vicente hacía lo posible por venirse y nos quedábamos los tres en casa de Pablo. Fue un verano inolvidable, el último que pasé con Pablo y con Vicente.


Empecinada

Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, q...