19.10.18

Te recuerdo ese día

Sé que a veces, cuando el deseo se apodera de ti, echas mano a tu pene para aliviarte. Es natural, yo misma lo estoy haciendo mientras te escribo estas líneas, y me gustaría que cuando sientas la verga endurecerse en tu mano, recordases ese día tan especial en que te levantaste de la siesta, al igual que yo lo vivo ahora en mis pensamientos.
Tu mamá y yo llegamos a tu casa bastante animadas ya, pues el vino hizo que la conversación en la comida subiese de tono con las chicas. Fui yo la que miró a ver si estabas en tu cuarto, y créeme si te digo que no te vi durmiendo, la penumbra me hizo pensar que la cama estaba sin hacer y que la manta estaba hecha un bulto. Así que entramos en el salón y dejamos la puerta sin cerrar para saber si entrabas o no en la casa. Al rato te despertaste de la siesta.
Viste a tu mamá en ese enorme sillón de cuero, completamente desnuda, pudiendo adivinar la suavidad de su piel canela. Recostada en él, tenía las piernas completamente abiertas sobresaliendo de los reposabrazos. En ese sillón aún parece más chica de lo que es en realidad. Pudiste ver sus pequeños pechos con el brillo que mi saliva había ido dejando en el sendero que culminaba en sus pezones, ya endurecidos por la acción de mi boca. Yo estaba arrodillada, medio desnuda aún. Una de mis manos apoyada en su muslo y mi cabeza en medio de éstos. Desde donde estabas sólo veías buena parte de mi cabeza, y cómo la movía, adivinando que mi lengua estaba saboreando su sexo, ignorando si la otra mano estaba abriendo la vulva de tu madre o la mía. Sus pliegues se adaptaban a mis besos como no podrías imaginar, regalándome el néctar de su vagina cuando pasaba la lengua por ella. Podías verla gemir, dándome el privilegio de poder llevarla a un orgasmo intenso, mientras su mano acariciaba mi nuca, haciendo fuerza a la vez para que terminase el final que ya había comenzado.
Los orgasmos de tu madre son largos, así que tuve que levantar la cabeza para respirar. Y te vi. Te estabas meneando el pene mientras nos mirabas. Mojé aún más las braguitas porque no me lo esperaba, y tú ni siquiera te diste cuenta de que te vi, absorto en los gemidos de tu mami. Me enloqueció la idea de que nos miraras, sobre todo a ella, así que le coloqué un buen cojín debajo de su culo, y su coño abierto quedó completamente a tu vista. Me chupé los dedos de la mano que había estado oculta a tu vista, saboreándome, y froté con ellos su vulva, metiendo dos de ellos, haciéndola estremecer.
— ¡Qué puta eres, cariño! —le dije.
— Sí... tu puta... soy tu zorra —y aún le entraron ganas de tocarse el clítoris—. Soy tuya, tu perra, soy tu perra...
Te masturbaste con más fuerza y te corriste, mi niño. Me pusiste a cien. Tenías todo el derecho del mundo a pajearte así. Tu mamá era una perra en celo, una puta, se había corrido en mi boca y aún quería más. Te vi temblar mientras no dejabas de menearte la verga, aún cuando ya no salía nada. Fue cuando nos miramos. Me puse de pie, entre ella y tú, y te indiqué que te quedaras. Dudaste si hacerme caso, por si te esperaba una buena reprimenda, pero tuviste buen juicio y no te fuiste. Me giré hacia tu madre, regalándote la vista de mi trasero y el hilo del tanga.
— Me vas a comer la polla, puta —le dije a tu mamá.
— No tienes polla, cariño.
— Tengo una en el bolso. Pero antes quiero taparte los ojos.
Saqué un pañuelo de encaje negro y le vendé los ojos. Pasé mi dedo por su boca y lo chupó hasta los nudillos. Haciendo como si fuese un gancho atrapado en sus dientes conduje su cabeza a mi voluntad.
— Ven, cariño, te vamos a dar la vuelta sin bajarte del sillón —la hice girar ciento ochenta grados, quedando su cabeza colgando en el borde del sillón y sus piernas en el respaldo—. Así, abre bien esa boca de puta.
Me puse el arnés con mi polla de silicona. Le puse un poco de aceite con esencia de frambuesa, y la fui introduciendo en su boca.
— Me gusta verte comer pollas, disfrutas tanto... —te hice señas para que entrases. Te desnudaste y entraste en silencio—. ¿Crees que puedo meter un poco más?
— Mmm —dijo afirmando.
Tu mamá no dejaba de intentar tocarme, así que le até las manos a las rodillas. Con total libertad, entraba y sacaba mi rabo, lo pasaba por sus labios, lo introducía cada vez más dentro. Tu polla se hacía más consistente y me sujeté a ella para no perder el equilibrio mientras me follaba esa boca que tantos besos te había dado. Finalmente me puse de rodillas y escupí en su boca abierta, sus labios carnosos pedían sexo, y tú deseabas que fuese el tuyo. Con unos dedos dentro de ella, te chupé la verga, intentando no desvelar nuestro doble juego. Te puse un poco de esa esencia de frambuesa y te la chupé enterita, preparándola para tu mamá. Después volví a darle ese olor tan característico a la mía y la introduje en su boca.
— Vas a ser una buena chica y vas a dejar que entre suave.
Te miraba a ti, tan empalmado, esperando mi señal, mientras mi verga desaparecía dentro de sus labios. Te hice venir y la acerqué a su boca, intentando que tu movimiento fuese igual al mío. Nos excitamos mucho los dos cuando tu mamá recibió tu pene. Estabas a punto de eyacular sólo por la excitación, cuando apenas unos minutos antes ya habías descargado por el mismo motivo. Saqué la verga, gordísima, y me llenasteis la mano de babas. Metí mi consolador en su boca.
— Bien, cariño, así, guapa.
La saqué y volví a meter la tuya. Me gustaba tocártela, y ella disfrutaba teniéndola en la boca.
— Chupa bien la polla, puta —mis palabras hacían que aumentara su entusiasmo.
Seguimos ese intercambio de vergas en el que yo también alternaba los piropos a tu mami. Si era mi dildo, le decía cosas cariñosas, si era tu gordo pene, describía lo zorra que era. Fue muy excitante y, en cuanto podía, metía la mano por dentro del arnés para tocarme el chocho y tú me mirabas con curiosidad.
Le di la vuelta a tu mami para colocarla como al principio, solo que ahora tenía las manos atadas. Pudiste ver cómo su vulva abierta estaba preparada para recibirnos, con el clítoris sobresaliendo, listo para recibir mi lengua, cosa que hice con tu mayor excitación. No me costó ponerla a tono, y le introduje mi verga. Me la fui follando lentamente, ayudándome con la mano para que el dildo hiciese presión a cada lado de su vagina. Estabas masturbándote tan cerca, que alcancé a meterme el capullo en la boca. Empezaste a mover la cadera como si yo fuese el chocho de mamá. Salí de ella y metimos el tuyo. Empezaste a moverte y yo hacía ruido con mi arnés, para disimular en lo posible el cambio.
— ¡Qué puta eres, dame fuerte! —me gritó tu madre, aunque en realidad nos gritaba a los dos.
Te animé a aumentar el ritmo mientras yo me tocaba a la par, de esa forma también hacía el sonido acompasado a tu movimiento. Nuestros gritos subidos de tono ahogaron el momento en que eyaculaste dentro de ella, en un movimiento espectacular, con la cara desencajada en silencio. Cuando sacaste la verga aún goteaba, y no reprimí llevarme el capullo a la boca. Enseguida tomé tu relevo en su chocho y continué con el ritmo que habías tenido hasta entonces. Saliste en silencio y te encerraste en tu habitación.
Quería que supieras que, cuando te fuiste, desaté sus manos y le quité el pañuelo que cegaban sus ojos. Tenía ganas de follarla mirándola bien, ya viste cómo se muerde los labios cuando goza, pero yo quería ver su expresión de zorra, es única. En cuanto tuvo las manos libres, se estuvo frotando el clítoris hasta que llegó a un orgasmo tan brutal que expulsó mi verga. Después, se fue hasta ella y la sacó del arnés, me puso en la misma posición en que ella había estado sentada, es decir, con mis piernas abiertas colgando por fuera del sillón, y chupando y empujando el dildo, me lo acabó introduciendo en el culo. Me masajeó el clítoris mientras escupía en él, mojando con su saliva mi ano, mi vulva o sus dedos.
Acabamos agotadas, te puedes hacer una idea. Cuando nos vestimos, me dijo que la próxima vez que le hiciese jueguecitos usase una venda más opaca. ¿Te lo puedes creer? Por eso le digo puta, porque sabe ponerme con una simple frase. La estoy convenciendo para que un día de estos pueda ir a despertarte de la siesta.

12.10.18

Bautizo

Me senté entre los dos, entre padre e hijo, mi marido y mi niño, mis hombres. Estábamos en el sofá viendo una película bajo una gran manta que nos tapaba hasta el pecho. Estábamos en pijama, el mío de felpa me quedaba algo grande y era de dos piezas, abotonado por delante. Por debajo de la manta, una mano me tocó la pierna cerca de la ingle. No era la primera vez en esos días, pero esta vez no la aparté, pues quería ver hasta dónde era capaz de llegar. Pedrito no se esperaba la falta de rechazo y se quedó quieto, pues en realidad él no tenía expectativas de llegar a más. Yo, en cambio, puse mi mano en la ingle de mi marido que, tras un minúsculo respingo, se quedó esperando estoico.
Me mojé las braguitas solo al pensar masturbar a mi marido con nuestro hijo delante, así que busqué su pene, que me estaba esperando con un volumen prometedor. Apenas lo toqué, empezó a ponerse más duro, así que metí la mano en su pantalón. Tener esa polla tan gorda y calentita, tan dócil a mi movimiento, me puso a cien. Juan apenas respiraba, muy excitado, igual que yo. Pedrito, ausente de nuestro juego oculto, empezó a retirar su mano pero se lo impedí, devolviéndola a mi muslo.
Masturbaba a mi marido con lentitud, trabajando su pene para dejarlo duro y sin intención de que llegara a más. Llevé la mano de Pedrito al interior de mi pantalón, al calor de mi entrepierna, y empezó a pasar el dedo corazón a lo largo de la rajita, sobre las braguitas, haciéndome estremecer cada vez que pasaba por el clítoris. Llevé mi mano por debajo de su pijama para poder asir su verga. Con un par de movimientos, se puso tan dura como la de su padre. Metió el dedo por un lateral de las braguitas y lo llevó a mi vagina, introduciendo la yema.
Miré a mi marido y nos sonreímos. Le señalé con los ojos a Pedrito y lo miró sin comprender. Insistí e hice un movimiento más exagerado con la otra mano, para que viese la manta moverse, y entonces se dio cuenta de que estaba masturbando a nuestro hijo. Entrecerré los ojos mientras lo volví a mirar, dejándome llevar por el placer que estaba recibiendo en las puertas de mi vagina, y le hice gestos para que mirara mi ingle. Abrió mucho los ojos al darse cuenta del origen de mi éxtasis, y el movimiento involuntario de su pene me comentó lo excitado que estaba.
Solté las vergas y me desabroché el pijama, abriéndome un poco la camisa. Bajé la manta con la excusa de que tenía calor. Mis pechos quedaron parcialmente a la vista con el pezón oculto por las solapas. Ambos podían ver cómo mis senos caían libres y el pliegue que hacían en mi abdomen. Ocurrió que al bajar la manta, ésta quedó pegada a nuestras piernas y a todo lo que había en ellas, así que también pudimos ver el bulto de dos penes erectos y el que hacía el brazo de mi hijo hasta llegar a mi sexo.
Se hizo un silencio solo cortado por el frío sonido del televisor. Llevé las manos otra vez a sus vergas y los masturbé sin disimulo. Miré a Pedrito y le pedí que siguiera, en referencia a mi vulva. Y lo hizo lentamente.
— Sí, cariño —dije en un gemido.
Miré a mi marido y pasé la lengua hacia mi labio superior, mirando mis pechos. Sin perder un instante, éste abrió el trozo de camisa que estaba a su lado, mostrando mi seno plenamente, tocándolo con habilidad, manoseando mi pezón, que se puso duro. Una mirada a Pedrito bastó para que sacara la mano de mi pantalón y que abriese su lado de mi camisa, como había hecho su padre. En cuanto empezó a tocarme, volví a hablar.
— ¡Chuparle las tetas a mami!
Por separado, les había aleccionado a cada uno en este último año con mi forma de amar, y ninguno de los dos osaría perder la ocasión de satisfacer su deseo en mí. No obstante, la situación era novedosa para ambos, pero llevaron sus bocas a mis pezones, simultáneamente, y me chuparon con mucha pasión. Me hicieron gemir mucho, era como si estuviesen compitiendo a ver quién era más salvaje, y apreté sus vergas hasta que noté cómo se mojaba mi entrepierna. Me puse de pie y me quité el pantalón y las braguitas. Me arrodillé ante mi marido, le bajé el pantalón lo justo para que su duro pene quedase a la vista, y saqué el de Pedrito. Me dispuse a chupársela a Juan mientras masturbaba lentamente a mi niño. Metí la verga envolviéndola en mis labios. Entonces me di cuenta de que Pedrito no se atrevía a mirarnos.
— Mira a mami, amor. Mira la polla de tu padre, mmm, ¿ves cómo entra en mi boca? Sí, no dejes de mirarme. Tienes que ver lo puta que me vuelvo con vosotros. Mmm. ¿Sabes que Pedrito ha intentado follarse a su mamá? —le dije a mi marido antes de llevarme la verga a lo más profundo, moviendo la cabeza y emitiendo sonidos guturales. Tomo un respiro—. Pero yo le he dejado bien claro a tu hijo que puede que sea un poco puta, pero sobre todo soy tu puta —volví a meterme la verga hasta que me ahogué en ella. Pedrito tenía los ojos como platos y su líquido preseminal me mojaba las manos, así que ralenticé el frotamiento. Con Juan, sin embargo, empecé más fuerte.
— ¿Le vamos a dar a Pedrito el chocho de mamá? —le pregunté a mi marido. Se la chupaba frenéticamente y estaba a punto de venirse—. Dí que sí, amor. Déjame gozar de su polla, por favor.
— Pero qué puta eres. Te lo puedes follar. Puedes hacer lo que quieras —me iba a lanzar su leche de un momento a otro.
Le dije a Pedrito que se desnudara, y le di tan fuerte a Juan que su glande golpeaba mi garganta a cada vez. Finalmente me agarró la cabeza y metió el rabo aún más. Pude esquivar la descarga sacando la verga de la garganta pero sin quitarla de la boca, llenándola inmediatamente con su semen. Acerqué mis labios al rabo de Pedrito y solté sobre él toda la leche de Juan, me subí encima y acomodé el pene a la entrada de mi vagina. Me dejé caer y el falo lubricado entró suavemente hasta el fondo. Empecé a mover la cadera y él me agarró los pechos. Mi pequeño estaba en una nube y yo sentía su verga venosa en cada centímetro de mi interior. Supe que podría correrme con el único estímulo de su falo follándome, sin tener que auxiliarme con el clítoris, aún así me eché hacia delante, frotándome lentamente, evitando que él se corriese e intentando gozar yo lo máximo.
Volví a coger el pene de mi marido, y aunque estaba algo bajo, lo moví en una masturbación de reanimación. Estaba muy excitada y descabalgué de Pedrito, me senté a su lado y abrí las piernas para que él me penetrara sobre mí. Su cara mostraba que su deseo al fin estaba siendo satisfecho, y me contagió su excitación. Agarré la verga de mi marido, que estaba haciendo un esfuerzo titánico por volver a tener la consistencia que me gusta disfrutar, y se la moví a la vez que la de mi hijo me iba llevando a un fortísimo orgasmo. Jalé de la de Juan y lo hice poner de rodillas en el sofá, para poder llevármela a la boca. Cuando fui a acercarla, vi que Pedrito apartó el torso del mío. Pensé que era aversión por verme hacer una felación mientras me follaba, pero luego me di cuenta que lo que tenía era miedo. Miedo de mí y de lo que le pudiese pedir. Miedo a que le hiciese meter la verga de su padre en la boca y de que me obedeciese. Esto hizo que la mamada fuese muy intensa. Todavía podía ponerme todo el pene en la boca y era maleable en mi lengua. Lo atraje hacia mí asiéndolo de los testículos. Sentía esa serpiente hacerse cada vez más dura en mi boca en el momento en que el orgasmo llegó, y me descompuse en una serie de convulsiones de placer, teniendo que sacar la verga en un manantial de babas.
— Has hecho que mami se corra como una puta.
Pedrito me cogió de los pechos apoyando su peso en ellos, usándolos como pivote en su movimiento de cadera. Esto, y el paroxismo del clímax que no se iba, hacía que me faltara el aire. Así que llevé mi mano hacia los muslos para abrirlos aún más para él.
— ¡Mamá, me voy! —me dijo con preocupación Pedrito, que no podía con tanta excitación.
— ¡No la saques, dame fuerte! ¡Así, fuerte! ¡Todo dentro, amor, hasta la última gota!
Su rabo súper duro me taladró con mucha velocidad, tanto, que aún pude sentir remontar levemente el orgasmo que acababa de tener. Eyaculó en varias sacudidas y notaba a cada vez que su pene pasaba por la pared más cercana a mi vientre. El rabo de mi marido ya estaba duro, preparado para darme gusto, así que cogí el de Pedrito y lo limpié con boca muy a fondo. Una vez que estaba reluciente, hice que Juan tomase el relevo de Pedrito, y me la metió haciéndome sentir como en el cielo. En la misma postura que con mi niño, empezó a follarme mientras me miraba con mucha lascivia.
— Eres una perra en celo. Sólo quieres polla.
— Sí, sí, fóllame así, soy tu perra.
— Tienes un coño de puta barata.
Mientras las lindezas que me decía mi esposo me iban poniendo a cien, confiaba en que Pedrito tuviese una recuperación parecida a la de su padre. Tenía que estar muy excitado, y le cogí el pene.
— Métemelo en la boca.
Lo hizo y lo usé para ahogar mis gemidos. Durante unos minutos lo fui chupando y masturbando hasta que conseguí volver a ponerlo casi duro y, entre medias, ya me había corrido por la acción de Juan. La puta que me devora salió otra vez e hice que mi marido se sentara. Me puse sobre él, y metiéndome la verga hasta el fondo, pegué mis pechos a los suyos, juntando nuestras caras. Empezó a darme haciendo un ruido fortísimo al golpear pubis con pubis. Sabía que mi hijo vería en mi culo en pompa una clara invitación. En un momento que bajamos la intensidad de nuestro apareamiento animal, Pedrito se arrimó por detrás y fue introduciendo la verga en mi ano. Me quedé quieta y Juan comprendió lo que estaba ocurriendo en mi otro agujero, seguramente notaría el otro pene abriéndose paso. Pedrito empezó a follarme con fuerza y mi ano se acomodó pronto a su rabo, haciéndome sentir más puta aún. Me hizo gozar, mi hicieron gozar rellenándome de esa forma. Dejé que me diesen placer durante un tiempo, hasta que hablé.
— ¿Tú le has dado permiso para que me abra el culo? —le pregunté a mi marido.
— No, ¿y tú?
— No —saqué el rabo de Pedrito estremeciéndome al sentirlo recorrer todo el ojete—. Ve a mi cuarto, y del primer cajón de la cómoda, trae lo que hay al fondo, con el bote que está al lado.
Pedrito se fue y seguí follando fuerte con Juan. Mi hijo tenía dos opciones: no volver o venir con lo que le pedí. La intriga por la decisión que tomaría me excitó más. La polla de Juan parecía que había entrado en modo automático y la exprimí con ganas... hasta que Pedrito volvió. Llevaba en la mano mi arnés con la verga de silicona y en la otra un tubo con vaselina. Había hecho su elección y le daría lo suyo.
Me puse de pie y le cogí el arnés, poniéndomelo. Extendí la vaselina por la verga y coloqué a Pedrito a cuatro patas. Juan estaba expectante, con el pene tieso, no así el de Pedrito, que había bajado considerablemente. Me acerqué a él por detrás, mi falo estaba tocándole los genitales y le cogí la verga, masturbándolo para que volviese a ponerse dura. Al poco lo conseguí y fui introduciendo la mía con mucho cuidado. Empecé a moverme, penetrándolo con suavidad. Le indiqué a Juan que me la metiese por detrás también. El sandwich anal fue un caos de armonía, y tuvimos que desistir de él, así que mi marido acabó sacando la suya y yo seguí abriendo el culo de Pedrito. Le agarré la verga mientras lo sodomizaba, en una masturbación en la que coger su pene era como si cogiera el mío de goma que le atravesaba. Lo follé así hasta que se corrió, llenándome la mano y el cojín del sofá. Con el aparato metido en su culo, me quité el arnés e hice que Juan continuase follándome por atrás. Le dije a Pedrito que se diese una ducha, y cuando terminó de aseare, mi marido seguía haciéndome gozar con su incansable verga.
Esa fue la primera y última vez que Pedrito me folló. Antes de que pasara un mes ya se había independizado, yéndose a vivir con su novia. No ha vuelto a hablar conmigo sobre algo que tenga que ver con el sexo.

3.10.18

Bañador nuevo

Has puesto en un compromiso a mami al pedirme que te acompañe a comprar bañadores. Entras en los probadores con tres modelos distintos y te espero fuera. Mientras te cambias, te imagino desnudo con toda esta gente pasando cerca. Sales y ves cómo te miro. Miro tu paquete, no lo puedo evitar. Al segundo bañador, te pido verte sin camiseta, para ver cómo te queda. Con la cortinilla abierta y la gente alrededor, obedeces, avergonzado y cachondo. Vuelvo a mirarte el paquete, que se mueve ligeramente, tienes el rabo juguetón, hijito. Evito tocártelo. No me gusta el bañador y vuelves a entrar, haciéndome esperar mientras pienso en la obediencia de tu pene hacia los deseos de mami. Me muestras el tercer bañador y lo veo tan ajustado que no me reprimo, amor, y mientras te lo pongo bien, sin arrugas, también recoloco tu verga, que de estar morcillona pasa a estar erecta.

"Así mejor", digo como si hablase del bañador. Te toco el pecho y digo lo guapo que estás. Se te pone más dura aún y hace que ambos miremos tu rabo. Y entro y echo la cortina del probador. Meto la mano dentro del bañador y te cojo la polla, te digo "me vuelves loca cuando haces eso". Acerco mi boca a la tuya, sin tocarnos, y nos miramos cara a cara mientras oyes el tintineo de mi pulsera mientras te masturba, clin clin clin. Te da miedo respirar y romper la magia. El ruido es insistente, clin clin clin, sabes que no pararé hasta que te corras en mi mano, clin clin clin. No puedes más y suspiras, muy excitado. "Haces de mami una puta, amor", te digo con resignación. Tomo aire y me agacho, saco la verga lentamente y me llevo el glande a la boca, es tan suave en mi lengua... Te agarro el resto del pene con una mano y con la otra te acaricio los testículos, tan grandes. La boca chupa ligeramente, saboreando tu deseo salino. Una mano te masturba, amor. Y la otra acaricia con un par de dedos la separación entre tus huevos, por puro deleite de tu madre. Cuando descargues, lo quiero todo. Me gustaría que eyacularas un poco ahora y otro poco después, en mi coño, pero no puede ser.

La mano que estaba en tus testículos ahora está dentro de mi braguita, tocando mi pipa y mi rajita, que está muy mojada. Mientras me doy placer, sujeto tu verga y chupo tus huevos haciéndote doblar las piernas, amor. Desde ahí la polla es imponente y te masturbo con fuerza.

Me pongo de pie, bajándome las braguitas y subiéndome la falda. Me apoyo en el espejo e introduces tu badajo, muy suave, porque hace tiempo que te esperaba mi vulva. Me follas mientras nos miramos en el espejo. Tú menos, pues solo me miras el escote. Yo miro mi cara de zorra, tu cara descompuesta, mis piernas, mis braguitas en el suelo. Con dificultad, me desabrocho la blusa y saco mis pechos del sujetador. Se mueven mucho, sé que te encienden verlas, mi niño. Me das muy duro, me cuesta controlar mis gemidos y mi mirada, y me prometo que, en cuanto empieces a eyacular, me agacharé y me tragaré tu leche, porque sé lo que te gusta, amor.

Tengo que pegar la cara al espejo, con miedo de que se rompa. Me toco el clítoris mientras veo cómo el movimiento de tu verga al salir arrastra mis jugos. Estoy a punto de venirme y me toco un pezón, pero apenas me da tiempo de apretarlo con fuerza. Me corro mucho, amor. Sin querer, provoco tu final, y dejas un buen chorro dentro de mí, pero me doy la vuelta y consigo que el segundo moje mi cara, y que el resto termine en mi boca, tragando con ganas el semen de mi hijo guapo.

Unas gotas se resbalan por mi escote y sé lo que te pone verme así, tan puta. Los restos que han quedado los extiendo por mis pechos y me abrocho el sujetador. Me pongo de pie y meto unos dedos en mi vagina, los saco y los lamo para ti. Ya vestidos, me miro ante el espejo y termino de limpiarme la cara, pero me dejo restos brillantes alrededor del escote. Hoy me mirarán aún más los pechos. Salimos. Mientras yo me hago cargo de la ropa, tú sales fuera a tomar el aire. La dependienta a cargo de los probadores me mira muy enrojecida. "Mañana tengo que venir para comprar medias, ¿podría estar aquí para tenderme?". No sabe qué contestar y mantiene silencio, pero mira de reojo el brillo que tu leche ha dejado por mis pechos. Vuelvo al día siguiente y la joven está ahí, con una falda muy corta y con unos tacones imposibles para una dependienta, y me recibe con una sonrisa sincera.

2.10.18

Embarazo

Estaba en mi quinto mes de embarazo, y ya empezaban a cansarme salir de casa o, simplemente, ponerme de pie. La relación con mi marido no había mejorado mucho desde que me quedé encinta, pero por desgracia era algo que me veía venir. No obstante siempre intenté dejarle claro que por mi parte no habría ningún obstáculo en volver a estar como al principio de casarnos. A pesar de esa determinación, había estado sobrellevando el embarazo sintiéndome muy sola y con muchas incertidumbres.
Esa tarde nos visitó mi suegro, y tomamos un café los tres. Siempre me he llevado muy bien con él y me vino muy bien su compañía. No obstante, mi marido tuvo que irse porque tenía turno de noche. Le rogué a mi suegro que se quedara un rato más, y así hizo. Sentados en el sofá, hablábamos de vaguedades y de los embarazos que tuvo mi suegra, a la que no llegué a conocer. El me miraba con curiosidad y algo de reverencia, y la vista se le iba a la barriga. Me hacía gracia ver el cambio que el embarazo había causado en la gente de mi entorno. Entonces noté que el bebé se movió. Sin pensarlo, le cogí la mano y me la llevé al vientre. Nos quedamos esperando, y notamos una pequeña patada. Se le encendió la cara. Me desabroché la camisa de abajo arriba, hasta el pecho, y volví a poner su mano sobre mí. Con su mano bajo la mía, nos quedamos esperando, pero no hubo movimiento. Moví la mano hacia el ombligo, esperamos unos minutos y el resultado fue idéntico. Así que le solté, pero mi suegro mantuvo el contacto, dándome su calor. Seguimos hablando, pero ya no miraba mi barriga, sino a mí. Le empecé a hablar de lo enorme que estaba, de lo fea que me sentía. Le conté el miedo que tenía de que se me deformase el cuerpo permanentemente, de las estrías, de los tobillos hinchados. Con la charla, volví a poner mis manos sobre la de él, y vi lo pequeñas que se veían en comparación. Siempre me había atraído sus manos, tan grandes, con esos dedos descomunales y ásperos. Intencionadamente, saqué el tema de los pechos, que también habían aumentado. No pudo evitar mirarme el escote.
— Te quejas porque quieres, tenías un cuerpo escultural y lo seguirás teniendo. Estabas haciendo ejercicio, ¿verdad?
— Sí, claro. Me han dicho que de espaldas no se me nota nada —me sorprendí por presumir así—, pero el problema es el resto del cuerpo. Y jamás creí que los pezones se me pudiesen poner así, me parece que no soy yo, la verdad.
— Bah, exageras, estás muy guapa, mujer.
Solté su brazo y me desabroché los dos botones que permanecían puestos en la camisa, y me abrí el sujetador. Mis pechos se posaron en la barriga y él se quedó inmóvil sin atreverse a mirarlos.
— ¿Ves? No estaban así la última vez que los vistes. ¡Ya lo creo! —me cogí un pecho y con la otra mano me estiré el pezón a los lados. Sabía que no me quitaba ojo— mira qué pezón, y estas ubres seguro que ya podrían dar leche —lo solté y me agarré el otro, repitiendo el masaje. Finalmente me agarré los pechos a la vez y los junté, mirándolo—. Yo las veo muy grandes ¿no estás de acuerdo?
Su mano seguía sobre mi ombligo, pero notaba cómo emanaba más calor de ella. Se la cogí y la llevé a mi pecho. Me acarició suavemente, pero yo me estremecí al notar su piel, dura como un papel de lija. Su mano no podía cubrir mi seno y, como no me reconocía en ese cuerpo, me excitó igual que si estuviese viendo a otra pareja tocarse. Me llevé uno de sus enormes dedos a la boca, y se lo chupé como si fuese un pene erecto. Porque eso parecían sus dedos, pequeñas pollas erectas. Luego puse ese dedo mojado sobre mi pezón.
— Tenías muchas ganas de tocarme —me estaba apretando los pezones, pero no quería mirarme—, yo también tenía ganas…, pero ten cuidado, que están algo hinchados… así, bien… eres un poco travieso… buscar a tu nuera, como un perro en celo… —jugaba con él, quería ver su polla luchando por salir del pantalón, puse una mano sobre ella—. Venga, dámela, métemela en la boca.
No se lo pensó. Se puso de pie y se quitó los pantalones. Me metió el rabo en la boca, hasta el fondo, con una pasión desorbitada. Realmente mi suegro estaba muy excitado. Me saqué el miembro y lo sujeté. Le miré y le sonreí, para intentar que se relajara. Me metí el glande y lo chupé con suavidad, mientras mi lengua iba de un lado a otro, entre mis dientes. Su respiración se hizo más intensa. Me separé y le masturbé.
— Así que te quieres follar a tu nuera, tu nuera embarazada… Eres un pervertido, un chico muy malo…
Me volví a meter el capullo, pero esta vez le empecé a follar con los labios. Necesitaba que me follaran bien, y sabía que mi suegro me iba a tratar como esperaba. Me excité pensando en su verga dentro de mí y me empecé a tocar. Le masturbaba con la otra mano mientras mantenía el glande lo más dentro que podía en mi boca. La polla estaba casi entrando en la garganta y tuve que sacar el rabo dejando caer saliva sobre mis pechos, acariciándolos a continuación.
— Chúpamelos, cabrón.
El pobre no podía sino obedecer, pues era su polla, que se había quedado temporalmente fuera de mi cuerpo, quien gobernaba sus actos. Me cogió los pechos con frenesí, casi haciéndome daño y se los llevó a la boca, chupaba mi piel, mis pezones, me mordía. Mi dedo frotaba el clítoris cada vez más fuerte, y cuando me iba a correr, paré. Lo aparté de mí y me desnudé. Me puse de lado y llevé su polla a mi vagina. Tras varios meses en secano, el chocho estaba muy mojado. Me penetró rápidamente y desde el principio me empezó a follar con ímpetu, con la cara desencajada. La situación nos excitaba mucho a los dos. Follarse a la mujer de su hijo, con su nieto dentro de ella, le tuvo que poner la libido a niveles estratosféricos. Yo me sentía como una perra, no era la primera vez ni sería la última, pero esta situación era muy especial. Mientras gemía cada vez que su enorme polla me abría el chocho, me preguntaba si él sería capaz de eyacular dentro de mí, sobre nosotras. Ambos nos mirábamos con la mirada perdida, en un goce loco. Yo tenía una mano sujetándome los pechos, que no paraban de moverse, y la otra sobre el suyo, sintiendo su peso e intentando acompasarme a él para que no se moviese mucho la barriga. El se apoyaba en mi cadera y en ningún momento disminuyó la cadencia. Le chupé el pulgar y lo llevé a mi culo, y él siguió follándome como una bestia, pero con su gordo dedo dentro de mi ano, usándolo como asidero para sus arremetidas, haciéndome sentir aún más puta. Con esas ganas, y esa estimulación, acabó corriéndose dentro de mí. Yo le miraba con la boca abierta y la lengua masajeando mis labios, y le pedí entre gemidos que siguiese todo lo que pudiese. Totalmente encendido y fuera de sí, se vació completamente y yo seguí con mi masturbación hasta que encontré mi propio orgasmo.
En realidad, todo empezó meses antes de quedarme embarazada, en una espiral de decisiones cuyas consecuencias imprevistas no pudimos enmendar. Mi marido y yo decidimos tener un bebé al poco de casarnos. Ya nos conocíamos bien y quisimos dar ese paso sin dilatarlo demasiado en el tiempo. El problema llegó cuando pasaban los meses y no había forma de conseguirlo. Finalmente nos hicieron pruebas y en principio no había ningún impedimento físico por nuestra parte, lo único que detectaron fue una densidad un poco baja de espermatozoides, pero no le dieron importancia. Pero pasaba el tiempo y él se empezó a obsesionar. Le intenté convencer de ir a una clínica especializada en inseminación in vitro, pero se negó. En cambio, se le ocurrió una muy mala idea. Me propuso que me preñase un primo suyo, teniendo sexo con él. Yo siempre he tenido una vida sexual muy libre, y de hecho, mi marido y yo, ya habíamos hecho algún que otro trío, con otro hombre y con otra mujer, e incluso una vez practicamos sexo en grupo. Pero todo eso fue antes de casarnos. Después de la boda fui completamente fiel, y creo que él también lo fue. Lo que no me gustaba de su idea era que podía despertar unos celos que sabía latentes en él. El primo elegido era un cabeza loca. Tenía una exmujer, una expareja y una novia, habiéndolas dejado preñadas a todas varias veces. Mi marido le veía como un don Juan, pero el semental no era mi tipo, el mío era el de mi marido, y temía por éste último, pues los celos no son racionales y podían acabar con nosotros. Insistió tanto que accedí, pero con la condición de que en los encuentros estuviésemos los tres.
Al principio fue divertido, pues yo quería que lo viésemos como una fiesta del amor. En jornadas interminables me follaba el primo, pero también me follaba mi marido, turnándose y compartiéndome. Luego descansábamos unos días para que el semental volviese con la carga completa. Pero tampoco hubo forma. Tras dos meses estábamos algo desesperados y mi esposo empezó a echarme en cara los encuentros a tres. Al final no quería participar y todo empezó a torcerse. Conseguí a última hora que se uniese a nuestro último encuentro. Ese era nuestro estado matrimonial cuando fuimos a la casa de campo de mi familia política, por el cumpleaños de mi suegro. Era una hacienda muy rústica y con una alberca que nos servía de piscina. Intentaba mostrarme lo más amable posible con todos, aún sabiendo que nuestra relación hacía aguas. Fue en la primera noche, cuando todos dormían, cuando me acerqué a la alberca y me bañé en silencio, desnuda y mirando las estrellas. No había nada, sólo yo, el agua, y el universo. Cerré los ojos mientras el agua fría golpeaba mi cara.
Oí un chapoteo y me asusté. Pero era mi suegro, que se estaba metiendo en la piscina. Evidentemente no sabía que estaba desnuda, y me hizo gracia pensar en el momento en que se daría cuenta.
— Has descubierto el secreto mejor guardado de esta casa —me dijo.
— Espero que no te moleste el que te haya usurpado tu cachito de cielo.
— ¡Creo que hay para todos!
Siempre fue un encanto y desde el principio me había caído muy bien. Estuvimos hablando lentamente, disfrutando del frescor y de esa noche tan apacible. Pero también noté cómo me miraba los pechos a través del agua, sospechando al menos una semidesnudez. Mantuve mi torso lo más sumergido posible, intentando no incomodarle. En nuestro relax, no me quitaba de la cabeza la relación con mi marido, sus celos infundados, y las innumerables ocasiones reales que había tenido para serle infiel pero que quise eludir, renunciando con convicción a esa parte de mí. Me preguntaba si todo esto tenía algún sentido, pues al fin y al cabo fue decisión mía, y no de él, comportarme como una esposa modelo. Pensando en estas cosas, mientras hablaba con mi suegro, movía las piernas para mantenerme a flote, abriéndolas y cerrándolas, y en ese movimiento notaba el frescor del agua en mi sexo. Me pregunté qué haría él si lo viese bajo la superficie, abriéndose y cerrándose sólo a unos metros de él. Eso me llevó al siguiente paso. Puse los brazos en cruz, a lo largo del borde y miré las estrellas.
— Es todo tan apacible…
Y cerré los ojos, dejando que el silencio nos envolviese. Entonces hice que parte del busto saliese a la superficie. Sabía que me estaba mirando. Notaba el agua cómo salpicaba mis pezones.
— Es como si pudieses tocar las estrellas…
Y dejándome flotar, mostré más de mis senos. Pasó un tiempo hasta que miré entornando los ojos y efectivamente, estaba mirándome, con una mano se agarraba al borde, la otra estaba debajo del agua, desequilibrándolo, pero seguramente en su pene. Miré la mano que estaba sobre la superficie y me fijé en sus dedos, unos dedos de los que ya he hablado, enormes, ásperos dedos de campo, dedos como pequeñas pollas. Mantuve mis piernas abriéndose y cerrándose, haciendo que el mismo agua que tocaba su pene erecto fuese la misma que refrescaba mi coño desnudo. Evidentemente ya estaba algo cachonda. Me dejé flotar aún más y por unos segundos mi vulva quedó a la vista, segundos en que mis piernas seguían abriéndose y cerrándose lentamente.
— Las puedes tocar —dije volviendo a meter mi cintura bajo la superficie, hasta que mis pechos volvieron a quedar ocultos. Abrí los ojos, mirando hacia el cielo y moví una mano hacia arriba—, puedes tocarlas si quieres… —por si le quedaba alguna duda de si hablaba de las estrellas o de mis senos, le miré a los ojos— puedes tocarlas —salí un poco más del agua, dejando que mis pezones, endurecidos por el frío, apuntasen directamente a su dirección.
Me miró y con cierta vergüenza sacó el brazo que estaba bajo el agua. Bordee la piscina y me puse en la esquina, a su lado. Llevé mis pies hacia los suyos, subiéndolos por su pierna. Le acaricié de esa manera y él seguía dudando entre si dejarse hacer o irse. Mi pie en su pene no le dejó opción. Estaba muy duro y recorrí la planta del pie con él. Ambos empezábamos a respirar profundamente, mirándonos en silencio, y entonces él perdió la oportunidad de haber hecho lo correcto. Me acerqué y cogiendo la mano presuntamente masturbadora, se la lamí y me la llevé después a un pecho. La otra mano la siguió justo después, pero por voluntad propia. Fui entonces consciente de que mi matrimonio había traspasado un umbral, seguramente de no retorno, y que realmente necesitaba volver a sentirme dueña de mi cuerpo y su apetito. Me entregué a la realidad de que seducir a mi suegro y hacer que me tocara me había puesto a cien, y de que un ejército de hormigas me subía por la entrepierna.
Se acercó y me besó mientras me sostuvo por el culo, yo le abracé con las piernas, sintiendo su pene a través del bañador. Empezó a sobarme desde las piernas hasta los pechos en un recorrido anárquico, loco. Comprendí que me deseaba desde hacía mucho tiempo y supe que si se quitaba el bañador me penetraría de forma salvaje, así que se lo bajé con los pies, e hice que su polla resbalase hacia mis nalgas. Subida sobre su verga, como en un sillín, me balanceaba mientras seguía besándome. El mismo gusto me daba él con su endurecido rabo en mi pubis que el yo le daba a él cuando metía su cara en el agua para chuparme los pezones.
Mientras me tenía cogida por la cintura, soltó una mano y se la llevó al pene, dirigiéndolo hacia mi vagina. Entró tan fluidamente como esperaba y me folló como un animal. En dos arremetidas ya tenía mi espalda en el borde del estanque, y a partir de entonces sentía mi cuerpo siendo aplastado por su mole. Tuve que cambiar de posición, o si no, por la mañana tendría demasiados rasguños por explicar. Me agarré a sus hombros y dándome un impulso, me salí de la piscina. Mi chocho quedó delante de su cara, así que lo acerqué a su boca, dejando que su lengua se abriese camino entre mis jugos. La introdujo rápido, sin contemplaciones, como antes había hecho con su polla. Se sujetó al borde para mantenerse a flote y yo le tenía agarradas las manos, con los codos pegados al suelo. La lengua la mantenía rígida y movía la cabeza para follarme con ella. Su nariz rozaba el resto de mis pliegues, haciéndome gemir cuando tocaba mi clítoris. Era evidente que el viejo no conocía las sutilidades.
La posición nos resultaba muy incómoda a los dos, pero estábamos dominados por el deseo. En ese lugar estábamos expuestos a cualquiera que saliese de la casa, o incluso de algún vecino, y eso nos encendió aún más. Con mis tobillos en su nuca, no solté su cabeza hasta sentir cómo me llegaba el orgasmo. Luego me aparté y me tumbé, con las piernas abiertas, esperando a que saliese de la piscina. Vino como un toro y se puso sobre mí, follándome como un loco desatado. Mis paredes internas intentaban acaparar el calibre de su verga en su movimiento, pero sólo conseguían arrastrarme a un estado de excitación máxima. Sentía que podía venirme otra vez de un momento a otro. Le di la vuelta, tumbándolo al suelo, y subida en él, se la chupé un poco, creo que le mordí con la calentura. Me la metí y le estuve cabalgando salvaje, ayudada por su movimiento de cadera. El viejo estaba fuerte y me dio lo mejor que pudo. Me movía tan rápido que la polla se me salió un par de veces, y él intentaba controlar mi movimiento cogiéndome los pechos muy fuerte. Me corrí al poco, pero mantuve la verga y el ritmo hasta que él hizo lo propio, apretando aún más fuerte mis tetas, tanto que me hizo gritar.
A la noche siguiente no hizo falta citarnos para volver a vernos. El encuentro fue en la caseta que estaba junto a la alberca, en medio de arreos y cacharros polvorientos. Esta vez no dejé al patriarca que se apoderase de mi sexo, aunque sí que me desnudara y que sus manos recorriesen mi cuerpo de esa forma tan enferma, como si estuviese intentando memorizar cada pliegue de mi piel. Cuando me pareció bien, le cogí el índice y me lo llevé a la boca, chupándoselo a conciencia. Me metí el dedo hasta los nudillos, y luego fueron dos, chupándole las yemas, las uñas. El gemía totalmente excitado, y más que lo iba a estar. Sin soltar su mano, me di la vuelta y abrí las piernas. Introduje uno de sus dedos, volviéndolo a lamer varias veces, hasta que mi culo estuvo lo suficientemente lubricado. Después metí el otro y él empezó a follarme con sus grandes apéndices. Puse mis manos entre mi cabeza y la pared, dejándome hacer. Movía la mano frenético, enloquecido por la entrega de su nuera. No pude reprimir el primer grito y no pude parar de hacerlo cada vez que sentía sus yemas acercarse al ano en cada cadencia de su penetración táctil. Aquellos dedos me abrían el culo y me preguntaba si su polla me daría el mismo placer. Con los ojos cerrados, acerté a cogerle la verga a tientas, estaba enorme, y la agarré mientras me seguía haciendo el trabajo manual. Estábamos listos para la penetración, así que acerqué el miembro. El se resistió, pues se sentía enormemente excitado explorando mi interior y no quería dejar de tocarme. Antes de sacar los dedos, fue capaz de meter un tercero y arrancarme otro gemido. Movió la mano, abrasándome el culo. El animal no entendía para qué sirve la lubricación y temía que quisiera meter esa manzana que llamaba mano. Afortunadamente apartó la mano y metió la polla. Con esa dilatación la verga entró fácilmente, y una vez dentro, volvió a darme fuerte, mientras sujetaba mi brazo izquierdo, que tenía hacia atrás.
— No seas cabrón, dame bien —le incité.
Sin embargo, sabía perfectamente que él no podía hacer más de lo que estaba haciendo, pero espoleándolo así mantuve un tiempo el buen ritmo de mi querido suegro. Yo ya necesitaba llegar al orgasmo, así que me fui al suelo y abrí las piernas, levantando el culo todo lo que pude. Se puso de rodillas y me volvió a introducir su gordo pene por atrás. Tal y como él estaba, mi suegro tenía una visión privilegiada de mi coño abierto y de su rabo atravesando mi ano. Miraba hacia abajo, tan ensimismado que un hilo de baba le caía de la barbilla. Yo estaba tan cerda que se lo hubiese chupado, pero hubiese roto el ritmo de su polla en mi culo. Me agarró de los tobillos para abrirme más las piernas, llevándome a un grado más de placer, sin embargo, sé que lo hizo sólo para su puro deleite visual. Le cogí una mano, dejando la pierna pegada al suelo y le chupé los dedos, luego los llevé a mi clítoris, y dejé que me acariciase para que me llevara al clímax. La polla entraba y salía de forma que su capullo siempre quedaba a mitad del recorrido, podía notarla muy bien, y el falo hacía cierta presión en el esfínter. El ritmo de sus dedos estaba acoplado a dicha presión, y yo solo podía gemir y gemir, hasta que me corrí. Me puso a cuatro patas y siguió con su ímpetu, tardando cinco minutos más en llenar mi culo con su leche. Se vistió sin más preámbulos, por el riesgo de ser descubiertos y nos despedimos rápidamente. Me quedé en la alberca un rato más, desnuda en el agua, con dos dedos metidos en el chocho, entrando y saliendo lentamente, hasta que me terminé. Al volver al dormitorio, mi marido se despertó. Me metí bajo las sábanas y le comí la polla en el silencio de la casa, así completaba mi noche y en cierta manera le compensaba por mi debilidad. Fue como firmar una tregua por unos días.
Así pues, cinco meses después, volvía a tener sexo con uno de los presuntos padres de mi hija. Eso me hizo pensar en mí y en la vida que quería. Esos días andaba algo confusa y muy traviesa. Al mes siguiente, una mañana me hice la encontradiza con el primo de mi marido, y no dudó un momento en tirarme los tejos y repetir nuestra ceremonia de hacía unos meses, llenándome con su leche en el parking de su casa. Pocas horas después, esa misma tarde, mi suegro volvió de visita ya que mi marido estaba trabajando y quería acompañarme a una cita que tenía con el ginecólogo. En media hora ya me había vuelto a follar. Me sentía como una zorra con tanto semen dentro de mí. Decliné su ofrecimiento de venir conmigo a la consulta y fui tal cual, sin limpiarme. Cuando me puso en el potro y abrí las piernas, a la enfermera casi le dio un pasmo al ver lo que había dentro de mí. Se puso muy colorada, y luego me miró con mucha curiosidad, no podía apartar su mirada de mí. En cambio, el médico fue más grosero y no me gustó cómo me trató, no a todo el mundo le gusta jugar. Cambié de consulta en cuanto salí de allí.
Después de ese día tan movido me relajé. Para cuando llegó el parto, el proceso de divorcio estaba más que avanzado. No obstante aún hubo más ocasiones de estrechar lazos con mi familia política. Cuando la niña tenía cuatro meses fuimos por última vez a la casa de campo. Una mañana, dándole el pecho, mi suegro se quedó con nosotras. Por entonces mi hija no me cogía bien, y a veces tenía que darle biberón. Ocurrió pues que todos estaban fuera, en una excursión, y cuando ya tenía a la niña acostada, le dije a mi suegro que a ver cómo me sacaba la leche que me quedaba. Toda una provocación. Se lanzó como una fiera. Yo tenía los pezones doloridos por la niña, pero él no paraba de chupar. Me vació completamente, pero como mientras chupaba con una teta, apretaba la otra, me puso perdida. Entonces la vi, a mi cuñada. Nos miraba escondida desde la otra punta de la casa. Sentí un gran alivio al tomar conciencia de que no los iba a ver más. La mirona tenía que llevar un rato y no se iba, así que dejé que presenciase la función completa. Cuando mi suegro acabó su ración, le dije que estaba loca por chupársela un poco, y así lo hice. Arrimó la polla a mi boca, y le cogí los testículos. Los usé para acercar y alejar su falo. Lo masturbé muy rápido e introducía mucho el rabo en la boca, para que tocase mi garganta todo lo posible, para que eyaculase lo antes posible. Lo hizo gimiendo alto y esta vez no tragué ni una gota, dejando caer todo conforme salía de su rabo,  ensuciándome los pechos. Al final, una mezcla de leche y semen me envolvía desde la barbilla hasta la barriga. Me quedé mirando hacia el lugar donde estaba mi cuñada, viendo perfectamente cómo se alejó al sospechar que fue descubierta. Lo más demencial de esa familia ocurrió después, con la siguiente toma de mi hija. Se repitió la misma situación, pero esta vez fue mi cuñada quien insistió en acompañarme.
Una vez que mi hija estaba ya acostada, le pedí que me ayudara a rebajar la leche de mis ubres. Me miró como incrédula, se negó, pero obviamente no se fue. Así que dejé mis pechos al aire, le agarré la cabeza y me la llevé a una teta.
— Sólo es un poco, no sabes el alivio que siento, guapa.
Su resistencia fue tan leve que casi mojo las bragas. Igual que su padre, chupaba y me agarraba el otro pecho. Con la edad que tenía, y sin pareja, me pregunté si al menos tendría novia. Hice que me chupara el otro.
— Eres muy delicada, me está gustando mucho —y decidí ponerme muy mala—. Tu padre me ha puesto perdida antes —intentó quitarse, pero le sujeté la cabeza y no dejó de mamar—. Me habéis puesto muy cachonda los dos —me metí la mano bajo el pantalón elástico y empecé a pajearme, siendo la primera vez que me tocaba desde el parto.
Ella sabía que la teta que chupaba sabía a mi leche y a la de mi suegro, pues vio cómo me ensucié y lo mal que me limpié. Esa familia sabía ponerme a mil. No dejó ni una gota en mis pechos. La hice sentarse encima mía y le desabroché la camisa y el pantalón. Con una mano en sus senos y otra en su chocho, hice que llegara su momento de gloria con un sonoro orgasmo. Fue mi dulce despedida.
Poco tiempo después, tras un inútil intento de enmendar nuestro matrimonio haciendo un crucero, estábamos acabando el proceso de divorcio y mi marido quiso hacer una prueba de paternidad. Le dije que, ya que habíamos acordado la separación de forma tan civilizada, se podía evitar el disgusto confiando en mí y dejándome la custodia. Pero como insistió, y estaba en su derecho, al final la hizo. Jamás he vuelto a verle, ni a él ni a su familia, así que me hago una idea de quién es el padre. Aunque eso, francamente, me importa bien poco.

1.10.18

Alberto

Llegamos de la fiesta muy tarde, y al llegar a la casa Alberto nos esperaba sentado en la escalera de entrada. Lo había llamado yo desde el coche mientras llegábamos, a pesar de que mi marido me dijo que no era buena idea, que Alberto estaba enamorado de mí. Pero yo sabía que no era amor, era otra cosa. Mientras nos acercábamos al portón, nuestro amigo no me quitaba ojo, viendo cómo los zapatos de tacón movían ostentosamente mis caderas. Esa noche llevaba un vestido negro, de falda ajustada hasta los muslos, los pliegues del pecho me permitían ir sin sujetador, haciendo que al andar se intuyese un sugerente movimiento. Conforme me acercaba, me iba subiendo poco a poco la falda, para dejar al descubierto las medias y el liguero. El nylon apenas hacía ruido al rozar porque seguía mojado.
Pasamos por su lado y entramos en la casa, sin esperar a que se levantase. Apenas le dio tiempo a meterse dentro. Mi marido me bajó la cremallera del vestido y me lo quitó, quedando mis braguitas a la vista. Eran de nylon translúcido, haciendo juego con las medias, y como éstas, estaban muy mojadas. Alberto acercó la nariz hacia mi sexo, rozando el nylon y aspirando profundamente. Yo miraba hacia abajo con las piernas abiertas.
— ¿Te gusta cómo huele? Es para ti —dije sin esperar la respuesta.
Volvió a aspirar y besó mis muslos. Se le pegaban los labios, pero abrazado al nylon de mis piernas, no paró de pasar la boca por mi piel.
— ¡Lámelos!
Y los lamió, mirándome con devoción, mirando mis braguitas, mirando mi chocho. Porque las braguitas translúcidas le permitían ver mi vulva abierta, y más estando empapadas. Lo aparté y me di la vuelta, mostrándole mi trasero. Se llevó la mano a la polla y se tocó mirándome salvaje, hasta que se desabrochó el pantalón. Moví la cadera pasando las manos por mis glúteos, bailando una muda melodía para él mientras éste terminaba de desnudarse a la vez que no paró de masturbarse, sentado en el suelo.
— Hoy he vuelto a ser muy puta —dije cuando terminó de quitarse la ropa. Sólo tenía ojos para mi sexo, y le extendí la mano para que se acercarse. Vino de rodillas hacia mi chocho, y empezó a besarlo a través de las braguitas. Sacó la lengua y frotó con ella mi clítoris, peleando con el nylon, con las manos en mis medias, clavadas en mis muslos.
— Hice cola en el servicio de caballeros, habían dos esperando. Me puse delante del primero y empecé a rozar mi culo sobre su rabo, que se le puso muy duro enseguida y lo cogí, era enorme. Yo no dejaba de mirar al segundo, que se echó mano a la polla para tocarse descaradamente.
Alberto subió las manos para acariciar la piel de mis muslos. Como miraba hacia arriba buscando mi mirada, quise regalarle la visión de mis pezones estirándose por la acción de mis dedos. Intentó meter la lengua en la rajita, pero las braguitas no eran tan flexibles.
— ...se abrió la puerta del baño y entramos los cuatro, pues Juan llegó justo a tiempo. El primero entró urgente a orinar. Me acerqué a él, la tenía muy gorda y le costaba apuntar, más cuando agarré con él la cálida y dura verga. A punto de acabar, con las últimas gotas, me llevé el miembro a la boca.
Alberto separó las braguitas e introdujo, ahora sí, la lengua.
— ...apenas le pude chupar porque quiso follarme enseguida, ahí mismo, mientras el otro orinaba a nuestro lado. En cuanto éste acabó de mear, le agarré la polla y la mantuve bien gorda mientras me abrían el chocho, como tú estás haciendo ahora. Qué forma de follar, te hubiese gustado vernos. Me puso como una loca. "¿Es tu mujer? Es una pedazo de puta", le dijo el semental a Juan y me metió la mano en la boca. Yo estaba con la espalda pegada a la pared, subida a su polla y las piernas apoyada en algún sitió que no veía. Sentí cómo un dedo me entraba en el culo. Empecé a hablar sucio al que me embestía, pero mirando al otro, para dedicarle mis palabras. "Dame fuerte", "Qué polla tienes", "Me tienes muy abierta". Al oírme, me corrí chillando bien fuerte. Pero el folleteo no cesó, más bien aumentó, y yo respiraba entre gemidos. "Dale lo suyo a la puta", esta vez se lo dije al segundo mientras abría la boca y sacaba la lengua. No se lo pensó y me escupió haciendo diana, al segundo escupitajo lo llevé hacia mí y nos besamos y luego besé al que me penetraba, que gritó "¡Dios!" y se corrió con la polla bien dentro. No paró de moverse hasta que no quedó ni una gota en sus huevos, me lo dejó todo ahí, pero desde entonces se me ha salido algo y se ha resbalado por las piernas, pero de eso ya te has dado cuenta.
Alberto me metió un dedo en el culo y me chupó con más energía el coño. Miré a Juan, que estaba masturbándose viendo la degeneración de nuestro amigo.
— El dedo ha entrado bien ¿verdad? —Alberto me metió un segundo dedo y le acaricié el pelo— He besado con él a varias pollas. Me han tratado como a una puta —dije en un falso lamento—, como a una puta salida, y me han abierto el culo a placer —hice que me mirara—, es lo que nos hacen a las putas ¿verdad? —con mi coño en su boca, los dedos en el culo y mirándome, Alberto afirmó en silencio—. Límpiame bien, cariño.
Lamí sus dedos y me tumbé en el suelo. Levanté bien las caderas, agarrándome de las rodillas y manteniendo las piernas muy abiertas. Mi marido me leyó el pensamiento, acercándose y colocándome un cojín debajo para que estuviese cómoda ¡cuánto lo adoro! Allá abajo, Alberto no tardó en seguir lamiéndome el sexo, pero yo quería que me chupara otras cosas.
— El culo, cariño, todavía tiene que quedar algo.
Alberto pasó la lengua desde el coxis hasta el inicio de la vulva, lamiendo minuciosamente la zona que rodeaba el ano. Tras tocar intermitentemente con la punta de la lengua el ojete, la metió entera hasta el fondo y gemí. ¡Joder, qué ganas tenía de que me metieran un rabo otra vez!
— Saca la lengua, a ver si está seco.
Metió y sacó la lengua varias veces, relamiendo las paredes de mi culo, enseñándomela después. Le pedí que me diese su verga y estuvimos en un 69. Su polla estaba muy dura, lista para empalarme, y no quise retrasar más mi placer. Me puse a cuatro patas.
—¡Por el culo! ¡Métemela por el culo! —no tardó en llevarla hasta los huevos y empezó a follarme fuerte, echado sobre mí, agarrado a mis pechos y las caderas—. Y es que el otro hombre me dio la vuelta en cuanto el primero terminó conmigo. Me la metió como tú, directamente, pero entonces yo gritaba como una zorra, pues era la primera polla, no te ofendas. El cabrón me tenía muchas ganas y me dio muy duro, más cuando yo no me quejaba, al contrario. Y contra más me daba, más le abría los glúteos para que viese bien el rabo entrando y saliendo. Juan invitó al que se había corrido a quedarse, por si le entraba más ganas de follarse a "la puta de mi mujer". ¡Joder, me corrí un montón! Se me salió mucho del semen que tenía metido en el chocho. "¡Fóllame fuerte, cabrón!" le dije, pero este estaba que no podía darme más. Tú si puedes darme más, ¿verdad, querido? Sí, así, me tienes como a una perra, así, fuerte, acábate dentro, cariño, no pares. Cuando se corrió, el otro ya la tenía morcillona, y me puse de rodillas para chupársela y dejarla bien dura. El rabo sabía a mí, el muy cerdo hubiese sido capaz de irse sin lavarse... aunque al final, yo tampoco me limpié al salir... tras una breve mamada, me la metió en el culo, que estaba abierto y mojado por la leche que salía de él. Estuvo un cuarto de hora, cronometrado por Juan, sin parar de darme, me corrí varias veces con él dentro —Alberto se corrió con aspamientos—. Cuando terminó dentro de mí y se fue, se la chupé a Juan, esperando por si entraba alguien más, pero lamentablemente eso no fue así. Juan me llenó los pechos con su semen y siguen sucios.
Alberto, con el pene goteando aún, se abalanzó sobre mis tetas y las chupó con mucho ruido, cuando llegó a los pezones me hizo gemir de dolor. Me hizo mojar tanto que aguanté su ferocidad con un dedo en el clítoris. Me di cuenta que más abajo su semen estaba saliéndose del ano.
—Ahora me tienes que limpiar otra vez, cariño.
Me coloqué de nuevo en el suelo, sobre el cojín. Esta vez sí me enseño el semen que salía adherido a la lengua y empecé a masturbarme cuando volvió a abrirme el culo con ella.
— Uno tras otro sólo querían follar y me usaron como una puta, llenándome con su semen, pero... ¿no me merezco también tener una puta? ¿yo tengo puta, querido?
Alberto me miró y afirmó, volviendo a llevar la boca a mi ano.
— Entonces, puta, vas a seguir limpiándome el coño mientras me dan placer.
Me levanté y lo coloqué bocarriba y puse mi chocho sobre su lengua. Hice que viniera mi marido y que me follase el culo. Me dio con muchas ganas, y me reconfortó tener su rabo dentro de mí. También era consciente que sus huevos pasaban por la cara de Alberto cada vez que me embestía y que éste mantenía el rabo en suspensión, y me lo llevé a la boca, intentando ponerlo duro, pero sabiendo que era demasiado pronto para su recuperación. No obstante, con el extra de tener la polla en la boca, no tardé en correrme sobre los labios de mi puta. Hice que Juan sacara la verga y pasé mi abierto ano por la lengua de la zorra.
— Otra vez al culo, puta —dije colocándome con las piernas abiertas en el suelo.
Alberto ya tenía la posición pillada, pero esta vez, mientras su lengua pasaba por mis orificios, apreté la cabeza con mis muslos y la sujeté con mis manos.
— A mi puta le gusta limpiarme el chocho —le dije a mi marido—, y yo quiero que te folles a mi putita —mi marido, que se estaba masturbando, no se lo esperaba y no quiso acercarse. Yo no dejaba que Alberto moviese la cabeza de donde estaba—. Fóllate a mi puta. Es como si me follaras a mí. Fóllame, amor, fóllatela, fóllame mucho, hoy he sido muy perra.
Mirándome, llegó por detrás de mi puta y le fue metiendo el rabo mientras la zorra gemía. Lo tenía sujeto por las caderas, con las manos cerca de la espalda, sin parar de mirarme. Creo que, de haber mirado a Alberto, hubiera sacado el rabo. Pero me miraba a mí y yo lo miraba con la cara descompuesta por el placer que me estaba dando la puta y por ver a mi marido dándome por culo de esa forma tan poco formal.
— Dame fuerte —le decía—. Abreme más el culo. Soy tu puta, fóllame duro, más duro, cariño. A la puta le gusta que le den así. Dame más, más...
Me deslicé hacia abajo e hice que la puta volviera a comerme los pezones, para acabar besándolo justo cuando mi marido empezó a correrse. Agarré la cabeza de la zorra e hice que se tragase el resto de la eyaculación de Juan. Compartí con él la verga, lo masturbamos, lo chupamos, lo dejamos impoluto, y cuando el miembro apenas cupo en mi mano, nos besamos a fondo.
Esa fue la última noche que compartimos con mi puta. Alberto se llamaba.

Empecinada

Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, q...