Doña Lucía se había visto envuelta en un feo asunto en el club de billar situado en los bajos del edificio de su vivienda. El Club, un antiguo gimnasio reconvertido, era frecuentado por su marido y a través de éste, ella fue contratada para limpiarlo los domingos por la tarde, cuando estaba cerrado al público. Doña Lucía se puso en contacto con mi bufete para que lleváramos su caso, pero tras varias reuniones yo no conseguía hacerme un cuadro preciso y veraz de lo sucedido, pues ella no hablaba abiertamente de aquel tema tan delicado. Gracias a mi insistencia, y a la inestimable colaboración de mi secretaria, doña Lucía accedió al fin a ofrecer un relato pormenorizado de lo sucedido.
Obviamente, hay detalles en su declaración que no eran necesarios describirlos, pero ella insistió en ceñirse a lo ocurrido, para lo bueno o para lo malo. Como abogado suyo, le mostré mi disconformidad porque esos pasajes podían ser usados por la defensa, pero ella lo veía como una expiación a la culpabilidad que sentía, algo que por desgracia es subyacente y habitual en este tipo de sucesos. No obstante, le hice firmar un documento en el que doña Lucía aseguraba comprender mi rechazo a la manera en que se había redactado la declaración, así como mi exoneración de cualquier tipo de queja hacia mi bufete fuera cual fuera el resultado de la sentencia.
ANTECEDENTES
El club de billar (Club) donde sucedieron los hechos expuestos está situado en los bajos de la vivienda familiar que doña Lucía M. Z. (46 años, desempleada) comparte con su marido Andrés L. P. (52, desempleado) y sus cuatro hijos (menores). Andrés L. P. es cliente habitual del Club y, por mediación del mismo, doña Lucía acude a limpiar una vez por semana a cambio de un sueldo que por su baja cuantía se decide no legalizar. El Club tiene como gerente a Manuel O. V. (45 años, empresario hostelero, alias señor Ordoñez). Cabe reseñar que el marido suele mantener una deuda permanente con la cantina del Club y que dicha deuda solía ser condonada a cambio del trabajo de la esposa, en conformidad de los tres implicados.
EXPONE
El domingo anterior a los hechos referidos, y tras su jornada laboral en el Club, doña Lucía es abordada al salir por la puerta trasera del mismo por José María I. L. (58 años, cantinero del Club) y Pedro L. B. (35 años, de oficio desconocido). José María interroga a la señora Lucía sobre qué había estado haciendo dentro. Ella le contesta que había estado limpiando el local y él insiste en si había estado sola. Doña Lucía se pone nerviosa por la manera de formular tal pregunta pero afirma que estuvo sola. José María le informa que acaban de ver cómo salía del Club al señor Ordoñez, hecho que admite la denunciante en el momento de hacer esta declaración. La negación de haber estado con un hombre que no era su marido produce el efecto inmediato en la denunciante de sentirse sucia e indecente, afectando en su ánimo las formas y el tono que esos hombres habían estado usando para dirigirse a ella (miradas groseras a su cuerpo, tocamientos no impúdicos pero innecesarios en brazos y manos). Ambos informan a la denunciante que están en disposición de montar un escándalo acusándola de adulterio. Ante la incredulidad de doña Lucía, éstos afirman tener pruebas a modo de fotografías y que las airearán por el vecindario si no acude sola al Club a primera hora del lunes. Doña Lucía se niega, dada la implícita naturaleza de carácter sexual de tal encuentro. Tal sospecha se revela correcta cuando el tal Pedro intenta calmar los ánimos diciéndole "que no se lo tomase a mal, que sólo tenía que ser cariñosa un ratito". Le dan el resto del día para pensárselo, pero afirman que si se niega, montarán tal escándalo el mismo lunes por la tarde "a la hora de llegada de los niños del colegio y de los hombres del trabajo".
Llegados a este punto, doña Lucía admite en esta declaración que desde los comienzos de su trabajo en el Club había mantenido una relación extramatrimonial con el señor Ordoñez motivada, según ella, por la indiferencia de su marido en sus obligaciones maritales, así como por la amabilidad en el trato mostrada por el señor Ordoñez y también por el pago de cantidades de dinero que recibía a cambio de mantener sexo, dinero que aliviaba la complicada economía familiar. El comportamiento adúltero, el pago de dinero, y el haber accedido a realizar con el señor Ordoñez prácticas sexuales ajenas al canon de una manera habitual, pesaban constantemente sobre la conciencia de la declarante, razón por la cual ésta se encontró anímicamente indefensa al chantaje de los dos individuos.
(Preguntada por el señor Juez acerca de esas prácticas ajenas al canon, queda en acta que doña Lucía descubrió la sodomía en tales encuentros con el señor Ordoñez y que a éste le gustaba eyacular dentro de la boca de la denunciante. A pesar de mi protesta, el señor Juez insiste en conocer más pormenores y queda en acta que doña Lucía accedió inicialmente a tales prácticas inducida por la excitación del momento que había provocado tal propuesta, pero también por el temor de ser despedida, a partes iguales. Tras unos primeros encuentros en los que fue habituando al sabor del semen y a sentir menos dolor al ser sodomizada, la propia doña Lucía admite que se sentía decepcionada cuando en la cita dominical la penetración se ceñía al ámbito genital. Pregunta del Juez y doña Lucía admite que sí le gustaba, reconoce que aquello lo consideraba propio de prostitutas y golfas, pero hacerlo la hacía sentir distinta, más mujer. Añade reconociendo que cuando volvía a casa con el sabor del esperma en la boca se mitigaba el sentimiento de culpabilidad que tales encuentros producían en ella.)
Ya en el día de los hechos denunciados, el siguiente lunes a las nueve de la mañana, doña Lucía es recibida en el Club por Pedro L. B., que cierra la puerta de acceso con llave una vez que ésta entra. La conduce a la puerta de uno de los almacenes a los que doña Lucía nunca había entrado por estar fuera de su ámbito laboral. Doña Lucía se encuentra ante una habitación sucia, con manchas en las paredes, y a José María I. L. con otro individuo, José R. B. (61 años, desempleado, alias Pepín). Doña Lucía se arrepiente de haber cedido al chantaje y antes de poder salir, la puerta de la habitación se cierra de golpe, momento en que es consciente de que hay un cuarto hombre en la sala, Francisco M. B. (30 años, soldador, alias Paco), que asegura el cerrojo usando una llave que se guarda en el bolsillo.
(El señor Juez solicita un pequeño resumen de situación. Doña Lucía confirma estar encerrada en aquella sala con José María, Pedro, Pepín y Paco. Confirma que en ese momento no hizo una petición explícita de salir de la sala porque se sentía intimidada por la situación. Pregunta del Juez y doña Lucía describe a Pedro como un borrachín que suele llevar la ropa sucia, definiéndolo como un cerdo y un asqueroso. El señor Juez la interrumpe y pregunta por el siguiente denunciado, Pepín, a lo que responde doña Lucía con cierto cariño y lástima, pues es lo que denomina el tonto del barrio. Confirma la sospecha del señor Juez sobre que también es algo borrachín y sucio, pero lo exonera de cualquier responsabilidad sobre sí mismo. De Paco dice que es el más joven, que es alto, fuerte y algo chulín, pero fue el que más la sorprendió por verlo metido en ese asunto.)
Dentro de la sala, con Paco y Pedro tras ella, demasiado cerca, y los otros dos delante, el ánimo de doña Lucía se resiente, perdiendo aceleradamente la seguridad y la sangre fría. Doña Lucía siente nauseas por el olor a cerrado de aquella habitación, y siente un terror inmovilizante al pensar en la higiene de los penes que seguramente tenga que mamar. (El señor Juez, ante la reticencia y falta de claridad de doña Lucía al referirse a hechos de índole sexual, la exhorta a usar las expresiones que estime oportunas, prometiendo que su secretaria modificará el texto de la declaración para que se ajuste al decoro. Queda en acta que mi defendida y yo aún esperamos que se cumpla tal promesa). Doña Lucía se siente incómoda en esa situación y tiene la necesidad de acabar con ese asunto lo antes posible. Pepín, que parece ajeno al ultraje que está afrontando la denunciante, pregunta insistentemente "¿Se lo enseñamos?".
José María, cediendo a la petición de Pepín, abre el único armario que hay en la habitación, mostrando numerosas fotos fijadas en el interior de las puertas y en el fondo de éste. En ellas, además de mujeres desnudas procedentes de revistas pornográficas, se encuentran otras en las que aparece doña Lucía, todas tomadas sin conocimiento de la denunciante. A destacar varias de la susodicha en los baños del Club, duchándose tras su jornada laboral o bien mientras orinaba. Le incomoda una tomada con teleobjetivo al interior de su casa, mientras se está mirando el culo en el espejo. Doña Lucía menciona otra en la que ella se está vistiendo en presencia del señor Ordoñez.
(Interviene el señor Juez y doña Lucía admite que había otras fotografías más con el señor Ordoñez, evidentemente las que formarían el grueso del chantaje. A saber: el señor Ordoñez sentado y doña Lucía a cuatro con la cabeza entre sus piernas mientras éste la sujeta para que no deje de mamar. Pregunta el Juez y doña Lucía afirma que al señor Ordoñez le gusta que la punta sentir el pene en su campanilla. Continua describiendo las fotografías: Doña Lucía a cuatro, con el señor Ordoñez penetrándola por detrás. Doña Lucía no le puede aclarar al señor Juez si era por vía genital o anal porque solían hacer todo en esa postura. Varias más, con una nitidez variable, de doña Lucía con la polla del señor Ordoñez en la boca. Varias del señor Ordoñez tirándole del pelo mientras la penetra y otras en las que éste aprieta sus pechos o estira sus pezones. Ante la pregunta del Juez de si ella se prestaba voluntariamente a tales actos, doña Lucía responde escuetamente con que el señor Ordoñez siempre ha sido un caballero. En ese momento de la declaración, la señora Lucía se acuerda de otra fotografía de ella a cuatro y el señor Ordoñez metiéndole claramente un dedo en el ano).
(Volviendo al día de autos) A doña Lucía le empezaron a temblar las piernas al ver sus fotos colgadas. Se imagina el uso asqueroso que le dan a esa sala y no se atreve a mirar las manchas de la pared o del suelo. Algunas de sus fotos están arrugadas y casi todas tienen el borde gastado. La foto de ella con el dedo del señor Ordoñez dilatándole el ano está especialmente arrugada y manchada (pregunta el Juez y doña Lucía declara que "con semen, sin duda"). Doña Lucía se siente débil y teme desmayarse. José María la toma del brazo e intenta tranquilizarla, algo que le es imposible a la denunciante pues la otra mano del cantinero le está acariciando la barriga y las tetas. Doña Lucía se da cuenta entonces de que Paco y Pedro se habían sacado las pollas del pantalón mientras ella miraba las fotografías y éstas ya están erectas. El pánico hace que doña Lucía sea incapaz de articular palabra o expresar su deseo de salir de la habitación.
También se muestra dócil cuando Pepín le desabrocha el vestido y se lo quita delicadamente por arriba. Pedro y Paco, detrás de ella, le desabrochan entonces el sujetador y le bajan las bragas. Como espera un desagradable tocamiento en las tetas y no lo recibe, doña Lucia mira atrás y ve con horror que ambos hombres han situado una especie de potro y que están fijando firmemente una polla de goma en él (pregunta el Juez y doña Lucía la describe de un tamaño grande, como la de Paco). Pepín, que ha depositado el vestido sobre una de las dos sillas de la habitación, le agarra un pecho. Doña Lucía afirma que dado el tamaño de sus tetas, los hombres suelen encontrar irresistible comprobar si son capaces de abarcarlos con una mano, así que no presta atención a Pepín hasta que éste tira del pezón para reproducir la escena de la fotografía con el señor Ordoñez, anteriormente descrita. Doña Lucía siente un dolor agudo, pues indudablemente no está en la misma situación exaltada que cuando el señor Ordoñez, un caballero, se muestra tan efusivo. Este dolor hace que doña Lucía vuelva a estar a punto de desmayarse, pero aguanta para evitar que su situación empeore.
Pepín coge del armario un tubo de crema que le había pasado desapercibido a doña Lucía. Saca un gel transparente y embadurna la polla del potro usando las dos manos y mirando sonriente a los demás y a las tetas de doña Lucía. Entre todos la toman de la mano y de los brazos, y la acercan al potro. Doña Lucía, a pesar de estar en pánico, repara que el cuero del potro ha sido limpiado a conciencia, posiblemente lo único limpio que hay en la habitación. También ve la caja original de la polla en un rincón, y también comprueba que parece nueva, lo cual la tranquiliza en cierta medida. La toman de las axilas, alzándola, y Pepín intenta enfilar la punta de la polla de goma en su ano, momento en que doña Lucía consigue reaccionar y se revuelve. Declara que les pide que por favor la dejen marchar, porque "no es tarde aún", pero los hombres la amenazan si no se calla. Tras intentar calmarla, vuelven a levantarla sin su permiso. José María y Pedro aprovechan la oportunidad para tirarle de los pezones y apretarle los pechos. Paco le mete directamente dos dedos en la vagina y la sujeta de un glúteo para levantarla a pulso mientras Pepín se masturba a su lado.
Doña Lucía, viendo inevitable la penetración, acepta subirse pero les pide tiempo. Los hombres la dejan en el suelo y ella se pone en cuclillas e intenta dilatarse el ano pasando un dedo por la verga del potro y recogiendo algo de vaselina. Le angustiaba que con los nervios no pueda dilatarse lo suficiente. Al estar en cuclillas, doña Lucía se encuentra al momento con cuatro pollas delante, que huelen como ella había supuesto, salvo la polla de Paco, que destacaba en tamaño de entre las demás y es la única que huele a jabón. Doña Lucía se siente sucia al mirar todas pollas gordas que apuntan a ella, no solo la de Paco, que es casi igual de grande que la de goma.
José María es el primero que acerca la suya a la boca de doña Lucía y ésta la lame y chupa. Los demás meten la suya por turnos. Cuando llega la de Paco, enorme, la señora Lucía ya ha conseguido superar el asco de haberse metido esos otros penes en la boca, habituándose a sentir ese sucio sabor. Pepín ha sacado una cámara de fotos pequeña y está haciendo fotos. Esa cámara pasa de mano en mano, como la boca de la denunciante con las pollas. Doña Lucía consigue meterse un segundo dedo y para no perder el equilibrio se agarra con la otra mano a la polla libre que está más cerca. A partir de algún momento está recibiendo continuamente salivazos y manotazos en las tetas, así como penetración vaginal con los dedos de alguno de ellos, especialmente el pobre Pepín, que no deja de tocarse el pene en ningún momento.
Al mirar fugazmente a su vía de salida, la puerta, ante doña Lucía aparece una y otra vez el potro con esa polla brillante. Doña Lucía declara que en algún momento su mente se evadió, y que se da cuenta cuando ella sola busca con la boca una de las pollas que han quedado libre ante ella (pregunta el Juez y doña Lucía dice que también se dio cuenta que los manotazos en las tetas ya los sentía igual que cuando se los daba el señor Ordoñez). La siguiente polla que acaba en la boca de doña Lucía empieza a eyacular y ésta traga por costumbre, pero se da cuenta de lo que está haciendo y deja caer el resto del semen en el suelo, para no darle el gusto a ese hombre.
Pedro, el que eyacula, se siente disgustado y se aparta. Doña Lucía piensa que sólo quedan tres y que quizás esa sea su salida. Sujeta la polla de Pepín, chupa la de José María y masturba a Paco, que la tiene más grande y se nota mucho la diferencia con el recorrido de la mano (pregunta el Juez pregunta y doña Lucía hace un gesto con las dos manos para medir la longitud del miembro). Los hombres se muestran impacientes y la alzan tirándole de los pezones y la conducen al potro. Tras poner unas cajas vacías de botellines como escalera, la ayudan a subirse y la denunciante, con las piernas a cada lado del potro, coloca el glande en el ano y se deja caer lentamente por su propio peso, sorprendiéndose porque llega hasta los testículos de la polla sin darse cuenta (pregunta el Juez y doña Lucía describe el aparato como una polla con venas. Dos pequeñas protuberancias en la base muestran dónde estarían situados los testículos. La polla es más dura que una de verdad pero sigue siendo algo flexible. En el otro extremo hay una ventosa que se adhiere fuertemente, ella no pudo separarla, pero permite cierto movimiento angular).
José María le dice entonces "que no son bestias", que la estaban preparando "para que después todo vaya mejor". Doña Lucía no está conforme pero no replica. Paco le escupe en la cara y le da nuevos manotazos en pechos y culo para que ella se mueva, y ella obedece, moviendo la cadera adelante y atrás para que la folle esa polla de goma. Los hombres terminan de desnudarse y se colocan alrededor de ella subidos a las cajas de botellines. Doña Lucía besa y lame todo lo que los denunciados le ponen delante de la boca, incluso los culos (pregunta el Juez y doña Lucía afirma que entonces tenía los pezones hinchados y los pechos enrojecidos, y que la vulva la tenía igualmente irritada pues no dejaban de frotarle el clítoris y de meterle dedos en el coño). Doña Lucía tiene un ataque de llanto al darse cuenta de que el potro se está mojando por la lubricación generada en su vagina y que está participando activamente con los aberrantes requerimientos de los denunciantes.
Los hombres no se esperan verla llorar en ese momento e interrumpen el asalto. Doña Lucía, en cambio, al sentirse una perra y una puta, se levanta del potro y se baja al suelo, poniéndose a cuatro y levantando los cuartos traseros. Doña Lucía les pregunta que quién quiere empezar. En su ánimo está terminar cuanto antes y salir de allí, pero también le gustaría follar antes de salir y tener algún orgasmo (pregunta el Juez y doña Lucía dice que desde entonces se siente igual de golfa y perra, que espera liberarse de ese sentimiento al explicarlo en esa declaración). Paco es el primero que se la mete, entrando hasta el fondo en el primer intento. Doña Lucía afirma que es mejor la de Paco que la de goma. Doña Lucía empieza a gemir y se siente mejor con eso, pues ya no oculta sus sensaciones. Los otros dos se ponen delante de ella y les chupa las pollas. Doña Lucía le indica a Pedro que se acerque y le masturba, a pesar de haberse corrido y tener el pene inicialmente flácido.
Paco se tumba en el suelo y doña Lucía se sube en su polla, como en el potro, dándole la espalda. José María se abalanza sobre ella, tumbándola y metiéndosela dentro del coño. Doña Lucía siente una especie de orgasmo, pero no tanto tan intenso, al ser follada por el coño con una buena polla metida en el culo, y se deja llevar por los acontecimientos. Los otros dos van metiendo sus pollas en su boca y ella les acaricia testículos y troncos. José María es el que lleva el ritmo de la fornicación hasta que eyacula. Doña Lucía le limpia la polla con la boca de la misma manera que le enseñó el señor Ordoñez pero que se niega hacer con su marido.
(Pregunta el Juez y doña Lucía describe que Pepín se tumbó al lado de Paco y ésta se subió encima de él a horcajadas y Paco volvió a penetrarla por el culo, agarrándola fuertemente de las tetas, apretándolas hasta hacerla gritar. Pregunta el Juez y doña Lucía no sabe si gritó de placer o de dolor, pues en ese momento no podía distinguirlos. Describe cómo Paco era esa vez el que llevaba el ritmo follándola por el culo, pero que la polla de Pepín y el frotamiento del clítoris en su vello púbico esa vez sí la hicieron llegar a un orgasmo que provocó la eyaculación de Paco. Que éste sacó la polla y ella estuvo a punto de pedirle que la dejara "limpiarle el sable", pero que pensó inmediatamente que no se lo merecía, al haberla llevado a esa situación. Doña Lucía, sin cambiar esa postura que tanto placer le estaba proporcionando en el clítoris, siguió follándose a Pepín, individuo que no le soltaba los pechos pues se los sujetaba fuertemente a dos manos. Esto continuo así, con la renovada polla de Pedro en la boca, hasta que Pepín eyaculó. A éste último doña Lucía si le limpió la polla, pues considera que en el fondo es un buen hombre con malas compañías)
Pedro la tumbó en el suelo y la penetró en la posición habitual (pregunta el Juez y doña Lucía aclara que es con ella boca arriba y él encima de ella, a lo que el Juez afirma que es la del misionero). Doña Lucía despierta sus peores instintos al tener ese hombre tan guarro encima y lo rodea con sus piernas, teniendo por primera vez un orgasmo al ser follada en esa postura. Doña Lucía vuelve a ser consciente del ultraje y la encerrona, pero se siente sucia al haber sucumbido a la lujuria. Pedro sigue follándola y ella vuelve a sentir cómo le va a sobrevenir otro orgasmo, este parece que es más intenso, algo que la confunde pues está siendo muy consciente del mal olor que desprende Pedro. Antes de que ocurra eso, Pedro es el que eyacula, pero lleva su polla a la boca de doña Lucía que traga voluntariamente.
Con los cuatro individuos descargados, se da por finalizado el estupro. Antes de salir doña Lucía les pide que se deshagan de las fotos y las borren, pero ellos dicen que es su seguro para que ella no se vaya de la lengua. Afirman que no se volverá a repetir por su parte. Doña Lucía sale de allí con prisa, pues el orgasmo que le ha preparado Pedro, pero que éste no ha terminado de liberar al eyacular momentos antes, la hace dudar sobre si quedarse un rato más. Finalmente vuelve a su casa, se mete en la ducha y se limpia a fondo (pregunta el Juez y doña Lucía declara que se masturbó mucho y más de lo habitual).
Firmado,
Lucía M. Z.
Esta declaración fue leída y modificada con los nuevos datos en el despacho del Juez, estando presentes también el abogado de la defensa, mi defendida y yo mismo. Las miradas que se echaban el Juez y el abogado defensor me avergonzaron como letrado, pero me alivió ver que doña Lucía permanecía ajena a éstas, pues mantenía la mirada en el suelo o el techo intentando recordar lo sucedido. El Juez dijo que si el abogado defensor estaba de acuerdo, no haría falta llegar a juicio, a cambio de una buena indemnización. Protesté. Doña Lucía había acudido a nuestro despacho por dos motivos: uno era que Pepín era de todo menos discreto y doña Lucía comprendió que no tardaría en airearse aquel suceso. El segundo era el temor de que repitiesen aquello con alguna otra chica inocente. El señor Juez dijo que velaría por el interés de la denunciante, pero también víctima, y me invitó a abandonar el despacho para discutir entre los tres los pormenores del acuerdo. Discutimos, pero ante la amenaza de desacato, salí del despacho. Una vez en la oficina de su secretaria, la llamó al interfono y le dijo que también abandonáramos esa estancia y salimos, cerrando ella con llave. La secretaria se fue a la cafetería y yo esperé fuera durante una hora.
Lo que pasó después con doña Lucía lo sé porque a veces la llamo para asegurarme de que todo está bien. El juez le tramitó una separación exprés con el marido, encontrándole un piso de alquiler a un buen precio para que pudiese estar cómodamente con sus hijos. Una vez libre, el juez la contrató de asistenta en su casa, estando de interna tres días por semana. Mensualmente, el abogado defensor le entrega en mano a doña Lucía un sobre con la cantidad fijada por el señor Juez a modo de indemnización. Esa entrega se realiza en casa del señor Juez a puerta cerrada. Le pregunto y doña Lucía dice que el señor Juez es un caballero, más que el señor Ordoñez. Pero no sé interpretar cuando añade que la esposa del señor Juez es toda una señora.