30.11.22

El club de billar

Doña Lucía se había visto envuelta en un feo asunto en el club de billar situado en los bajos del edificio de su vivienda. El Club, un antiguo gimnasio reconvertido, era frecuentado por su marido y a través de éste, ella fue contratada para limpiarlo los domingos por la tarde, cuando estaba cerrado al público. Doña Lucía se puso en contacto con mi bufete para que lleváramos su caso, pero tras varias reuniones yo no conseguía hacerme un cuadro preciso y veraz de lo sucedido, pues ella no hablaba abiertamente de aquel tema tan delicado. Gracias a mi insistencia, y a la inestimable colaboración de mi secretaria, doña Lucía accedió al fin a ofrecer un relato pormenorizado de lo sucedido.

Obviamente, hay detalles en su declaración que no eran necesarios describirlos, pero ella insistió en ceñirse a lo ocurrido, para lo bueno o para lo malo. Como abogado suyo, le mostré mi disconformidad porque esos pasajes podían ser usados por la defensa, pero ella lo veía como una expiación a la culpabilidad que sentía, algo que por desgracia es subyacente y habitual en este tipo de sucesos. No obstante, le hice firmar un documento en el que doña Lucía aseguraba comprender mi rechazo a la manera en que se había redactado la declaración, así como mi exoneración de cualquier tipo de queja hacia mi bufete fuera cual fuera el resultado de la sentencia.

ANTECEDENTES

El club de billar (Club) donde sucedieron los hechos expuestos está situado en los bajos de la vivienda familiar que doña Lucía M. Z. (46 años, desempleada) comparte con su marido Andrés L. P. (52, desempleado) y sus cuatro hijos (menores). Andrés L. P. es cliente habitual del Club y, por mediación del mismo, doña Lucía acude a limpiar una vez por semana a cambio de un sueldo que por su baja cuantía se decide no legalizar. El Club tiene como gerente a Manuel O. V. (45 años, empresario hostelero, alias señor Ordoñez). Cabe reseñar que el marido suele mantener una deuda permanente con la cantina del Club y que dicha deuda solía ser condonada a cambio del trabajo de la esposa, en conformidad de los tres implicados.

EXPONE

El domingo anterior a los hechos referidos, y tras su jornada laboral en el Club, doña Lucía es abordada al salir por la puerta trasera del mismo por José María I. L. (58 años, cantinero del Club) y Pedro L. B. (35 años, de oficio desconocido). José María interroga a la señora Lucía sobre qué había estado haciendo dentro. Ella le contesta que había estado limpiando el local y él insiste en si había estado sola. Doña Lucía se pone nerviosa por la manera de formular tal pregunta pero afirma que estuvo sola. José María le informa que acaban de ver cómo salía del Club al señor Ordoñez, hecho que admite la denunciante en el momento de hacer esta declaración. La negación de haber estado con un hombre que no era su marido produce el efecto inmediato en la denunciante de sentirse sucia e indecente, afectando en su ánimo las formas y el tono que esos hombres habían estado usando para dirigirse a ella (miradas groseras a su cuerpo, tocamientos no impúdicos pero innecesarios en brazos y manos). Ambos informan a la denunciante que están en disposición de montar un escándalo acusándola de adulterio. Ante la incredulidad de doña Lucía, éstos afirman tener pruebas a modo de fotografías y que las airearán por el vecindario si no acude sola al Club a primera hora del lunes. Doña Lucía se niega, dada la implícita naturaleza de carácter sexual de tal encuentro. Tal sospecha se revela correcta cuando el tal Pedro intenta calmar los ánimos diciéndole "que no se lo tomase a mal, que sólo tenía que ser cariñosa un ratito". Le dan el resto del día para pensárselo, pero afirman que si se niega, montarán tal escándalo el mismo lunes por la tarde "a la hora de llegada de los niños del colegio y de los hombres del trabajo".

Llegados a este punto, doña Lucía admite en esta declaración que desde los comienzos de su trabajo en el Club había mantenido una relación extramatrimonial con el señor Ordoñez motivada, según ella, por la indiferencia de su marido en sus obligaciones maritales, así como por la amabilidad en el trato mostrada por el señor Ordoñez y también por el pago de cantidades de dinero que recibía a cambio de mantener sexo, dinero que aliviaba la complicada economía familiar. El comportamiento adúltero, el pago de dinero, y el haber accedido a realizar con el señor Ordoñez prácticas sexuales ajenas al canon de una manera habitual, pesaban constantemente sobre la conciencia de la declarante, razón por la cual ésta se encontró anímicamente indefensa al chantaje de los dos individuos.

(Preguntada por el señor Juez acerca de esas prácticas ajenas al canon, queda en acta que doña Lucía descubrió la sodomía en tales encuentros con el señor Ordoñez y que a éste le gustaba eyacular dentro de la boca de la denunciante. A pesar de mi protesta, el señor Juez insiste en conocer más pormenores y queda en acta que doña Lucía accedió inicialmente a tales prácticas inducida por la excitación del momento que había provocado tal propuesta, pero también por el temor de ser despedida, a partes iguales. Tras unos primeros encuentros en los que fue habituando al sabor del semen y a sentir menos dolor al ser sodomizada, la propia doña Lucía admite que se sentía decepcionada cuando en la cita dominical la penetración se ceñía al ámbito genital. Pregunta del Juez y doña Lucía admite que sí le gustaba, reconoce que aquello lo consideraba propio de prostitutas y golfas, pero hacerlo la hacía sentir distinta, más mujer. Añade reconociendo que cuando volvía a casa con el sabor del esperma en la boca se mitigaba el sentimiento de culpabilidad que tales encuentros producían en ella.)

Ya en el día de los hechos denunciados, el siguiente lunes a las nueve de la mañana, doña Lucía es recibida en el Club por Pedro L. B., que cierra la puerta de acceso con llave una vez que ésta entra. La conduce a la puerta de uno de los almacenes a los que doña Lucía nunca había entrado por estar fuera de su ámbito laboral. Doña Lucía se encuentra ante una habitación sucia, con manchas en las paredes, y a José María I. L. con otro individuo, José R. B. (61 años, desempleado, alias Pepín). Doña Lucía se arrepiente de haber cedido al chantaje y antes de poder salir, la puerta de la habitación se cierra de golpe, momento en que es consciente de que hay un cuarto hombre en la sala, Francisco M. B. (30 años, soldador, alias Paco), que asegura el cerrojo usando una llave que se guarda en el bolsillo.

(El señor Juez solicita un pequeño resumen de situación. Doña Lucía confirma estar encerrada en aquella sala con José María, Pedro, Pepín y Paco. Confirma que en ese momento no hizo una petición explícita de salir de la sala porque se sentía intimidada por la situación. Pregunta del Juez y doña Lucía describe a Pedro como un borrachín que suele llevar la ropa sucia, definiéndolo como un cerdo y un asqueroso. El señor Juez la interrumpe y pregunta por el siguiente denunciado, Pepín, a lo que responde doña Lucía con cierto cariño y lástima, pues es lo que denomina el tonto del barrio. Confirma la sospecha del señor Juez sobre que también es algo borrachín y sucio, pero lo exonera de cualquier responsabilidad sobre sí mismo. De Paco dice que es el más joven, que es alto, fuerte y algo chulín, pero fue el que más la sorprendió por verlo metido en ese asunto.)

Dentro de la sala, con Paco y Pedro tras ella, demasiado cerca, y los otros dos delante, el ánimo de doña Lucía se resiente, perdiendo aceleradamente la seguridad y la sangre fría. Doña Lucía siente nauseas por el olor a cerrado de aquella habitación, y siente un terror inmovilizante al pensar en la higiene de los penes que seguramente tenga que mamar. (El señor Juez, ante la reticencia y falta de claridad de doña Lucía al referirse a hechos de índole sexual, la exhorta a usar las expresiones que estime oportunas, prometiendo que su secretaria modificará el texto de la declaración para que se ajuste al decoro. Queda en acta que mi defendida y yo aún esperamos que se cumpla tal promesa). Doña Lucía se siente incómoda en esa situación y tiene la necesidad de acabar con ese asunto lo antes posible. Pepín, que parece ajeno al ultraje que está afrontando la denunciante, pregunta insistentemente "¿Se lo enseñamos?".

José María, cediendo a la petición de Pepín, abre el único armario que hay en la habitación, mostrando numerosas fotos fijadas en el interior de las puertas y en el fondo de éste. En ellas, además de mujeres desnudas procedentes de revistas pornográficas, se encuentran otras en las que aparece doña Lucía, todas tomadas sin conocimiento de la denunciante. A destacar varias de la susodicha en los baños del Club, duchándose tras su jornada laboral o bien mientras orinaba. Le incomoda una tomada con teleobjetivo al interior de su casa, mientras se está mirando el culo en el espejo. Doña Lucía menciona otra en la que ella se está vistiendo en presencia del señor Ordoñez.

(Interviene el señor Juez y doña Lucía admite que había otras fotografías más con el señor Ordoñez, evidentemente las que formarían el grueso del chantaje. A saber: el señor Ordoñez sentado y doña Lucía a cuatro con la cabeza entre sus piernas mientras éste la sujeta para que no deje de mamar. Pregunta el Juez y doña Lucía afirma que al señor Ordoñez le gusta que la punta sentir el pene en su campanilla. Continua describiendo las fotografías: Doña Lucía a cuatro, con el señor Ordoñez penetrándola por detrás. Doña Lucía no le puede aclarar al señor Juez si era por vía genital o anal porque solían hacer todo en esa postura. Varias más, con una nitidez variable, de doña Lucía con la polla del señor Ordoñez en la boca. Varias del señor Ordoñez tirándole del pelo mientras la penetra y otras en las que éste aprieta sus pechos o estira sus pezones. Ante la pregunta del Juez de si ella se prestaba voluntariamente a tales actos, doña Lucía responde escuetamente con que el señor Ordoñez siempre ha sido un caballero. En ese momento de la declaración, la señora Lucía se acuerda de otra fotografía de ella a cuatro y el señor Ordoñez metiéndole claramente un dedo en el ano).

(Volviendo al día de autos) A doña Lucía le empezaron a temblar las piernas al ver sus fotos colgadas. Se imagina el uso asqueroso que le dan a esa sala y no se atreve a mirar las manchas de la pared o del suelo. Algunas de sus fotos están arrugadas y casi todas tienen el borde gastado. La foto de ella con el dedo del señor Ordoñez dilatándole el ano está especialmente arrugada y manchada (pregunta el Juez y doña Lucía declara que "con semen, sin duda"). Doña Lucía se siente débil y teme desmayarse. José María la toma del brazo e intenta tranquilizarla, algo que le es imposible a la denunciante pues la otra mano del cantinero le está acariciando la barriga y las tetas. Doña Lucía se da cuenta entonces de que Paco y Pedro se habían sacado las pollas del pantalón mientras ella miraba las fotografías y éstas ya están erectas. El pánico hace que doña Lucía sea incapaz de articular palabra o expresar su deseo de salir de la habitación.

También se muestra dócil cuando Pepín le desabrocha el vestido y se lo quita delicadamente por arriba. Pedro y Paco, detrás de ella, le desabrochan entonces el sujetador y le bajan las bragas. Como espera un desagradable tocamiento en las tetas y no lo recibe, doña Lucia mira atrás y ve con horror que ambos hombres han situado una especie de potro y que están fijando firmemente una polla de goma en él (pregunta el Juez y doña Lucía la describe de un tamaño grande, como la de Paco). Pepín, que ha depositado el vestido sobre una de las dos sillas de la habitación, le agarra un pecho. Doña Lucía afirma que dado el tamaño de sus tetas, los hombres suelen encontrar irresistible comprobar si son capaces de abarcarlos con una mano, así que no presta atención a Pepín hasta que éste tira del pezón para reproducir la escena de la fotografía con el señor Ordoñez, anteriormente descrita. Doña Lucía siente un dolor agudo, pues indudablemente no está en la misma situación exaltada que cuando el señor Ordoñez, un caballero, se muestra tan efusivo. Este dolor hace que doña Lucía vuelva a estar a punto de desmayarse, pero aguanta para evitar que su situación empeore.

Pepín coge del armario un tubo de crema que le había pasado desapercibido a doña Lucía. Saca un gel transparente y embadurna la polla del potro usando las dos manos y mirando sonriente a los demás y a las tetas de doña Lucía. Entre todos la toman de la mano y de los brazos, y la acercan al potro. Doña Lucía, a pesar de estar en pánico, repara que el cuero del potro ha sido limpiado a conciencia, posiblemente lo único limpio que hay en la habitación. También ve la caja original de la polla en un rincón, y también comprueba que parece nueva, lo cual la tranquiliza en cierta medida. La toman de las axilas, alzándola, y Pepín intenta enfilar la punta de la polla de goma en su ano, momento en que doña Lucía consigue reaccionar y se revuelve. Declara que les pide que por favor la dejen marchar, porque "no es tarde aún", pero los hombres la amenazan si no se calla. Tras intentar calmarla, vuelven a levantarla sin su permiso. José María y Pedro aprovechan la oportunidad para tirarle de los pezones y apretarle los pechos. Paco le mete directamente dos dedos en la vagina y la sujeta de un glúteo para levantarla a pulso mientras Pepín se masturba a su lado.

Doña Lucía, viendo inevitable la penetración, acepta subirse pero les pide tiempo. Los hombres la dejan en el suelo y ella se pone en cuclillas e intenta dilatarse el ano pasando un dedo por la verga del potro y recogiendo algo de vaselina. Le angustiaba que con los nervios no pueda dilatarse lo suficiente. Al estar en cuclillas, doña Lucía se encuentra al momento con cuatro pollas delante, que huelen como ella había supuesto, salvo la polla de Paco, que destacaba en tamaño de entre las demás y es la única que huele a jabón. Doña Lucía se siente sucia al mirar todas pollas gordas que apuntan a ella, no solo la de Paco, que es casi igual de grande que la de goma.

José María es el primero que acerca la suya a la boca de doña Lucía y ésta la lame y chupa. Los demás meten la suya por turnos. Cuando llega la de Paco, enorme, la señora Lucía ya ha conseguido superar el asco de haberse metido esos otros penes en la boca, habituándose a sentir ese sucio sabor. Pepín ha sacado una cámara de fotos pequeña y está haciendo fotos. Esa cámara pasa de mano en mano, como la boca de la denunciante con las pollas. Doña Lucía consigue meterse un segundo dedo y para no perder el equilibrio se agarra con la otra mano a la polla libre que está más cerca. A partir de algún momento está recibiendo continuamente salivazos y manotazos en las tetas, así como penetración vaginal con los dedos de alguno de ellos, especialmente el pobre Pepín, que no deja de tocarse el pene en ningún momento.

Al mirar fugazmente a su vía de salida, la puerta, ante doña Lucía aparece una y otra vez el potro con esa polla brillante. Doña Lucía declara que en algún momento su mente se evadió, y que se da cuenta cuando ella sola busca con la boca una de las pollas que han quedado libre ante ella (pregunta el Juez y doña Lucía dice que también se dio cuenta que los manotazos en las tetas ya los sentía igual que cuando se los daba el señor Ordoñez). La siguiente polla que acaba en la boca de doña Lucía empieza a eyacular y ésta traga por costumbre, pero se da cuenta de lo que está haciendo y deja caer el resto del semen en el suelo, para no darle el gusto a ese hombre.

Pedro, el que eyacula, se siente disgustado y se aparta. Doña Lucía piensa que sólo quedan tres y que quizás esa sea su salida. Sujeta la polla de Pepín, chupa la de José María y masturba a Paco, que la tiene más grande y se nota mucho la diferencia con el recorrido de la mano (pregunta el Juez pregunta y doña Lucía hace un gesto con las dos manos para medir la longitud del miembro). Los hombres se muestran impacientes y la alzan tirándole de los pezones y la conducen al potro. Tras poner unas cajas vacías de botellines como escalera, la ayudan a subirse y la denunciante, con las piernas a cada lado del potro, coloca el glande en el ano y se deja caer lentamente por su propio peso, sorprendiéndose porque llega hasta los testículos de la polla sin darse cuenta (pregunta el Juez y doña Lucía describe el aparato como una polla con venas. Dos pequeñas protuberancias en la base muestran dónde estarían situados los testículos. La polla es más dura que una de verdad pero sigue siendo algo flexible. En el otro extremo hay una ventosa que se adhiere fuertemente, ella no pudo separarla, pero permite cierto movimiento angular).

José María le dice entonces "que no son bestias", que la estaban preparando "para que después todo vaya mejor". Doña Lucía no está conforme pero no replica. Paco le escupe en la cara y le da nuevos manotazos en pechos y culo para que ella se mueva, y ella obedece, moviendo la cadera adelante y atrás para que la folle esa polla de goma. Los hombres terminan de desnudarse y se colocan alrededor de ella subidos a las cajas de botellines. Doña Lucía besa y lame todo lo que los denunciados le ponen delante de la boca, incluso los culos (pregunta el Juez y doña Lucía afirma que entonces tenía los pezones hinchados y los pechos enrojecidos, y que la vulva la tenía igualmente irritada pues no dejaban de frotarle el clítoris y de meterle dedos en el coño). Doña Lucía tiene un ataque de llanto al darse cuenta de que el potro se está mojando por la lubricación generada en su vagina y que está participando activamente con los aberrantes requerimientos de los denunciantes.

Los hombres no se esperan verla llorar en ese momento e interrumpen el asalto. Doña Lucía, en cambio, al sentirse una perra y una puta, se levanta del potro y se baja al suelo, poniéndose a cuatro y levantando los cuartos traseros. Doña Lucía les pregunta que quién quiere empezar. En su ánimo está terminar cuanto antes y salir de allí, pero también le gustaría follar antes de salir y tener algún orgasmo (pregunta el Juez y doña Lucía dice que desde entonces se siente igual de golfa y perra, que espera liberarse de ese sentimiento al explicarlo en esa declaración). Paco es el primero que se la mete, entrando hasta el fondo en el primer intento. Doña Lucía afirma que es mejor la de Paco que la de goma. Doña Lucía empieza a gemir y se siente mejor con eso, pues ya no oculta sus sensaciones. Los otros dos se ponen delante de ella y les chupa las pollas. Doña Lucía le indica a Pedro que se acerque y le masturba, a pesar de haberse corrido y tener el pene inicialmente flácido.

Paco se tumba en el suelo y doña Lucía se sube en su polla, como en el potro, dándole la espalda. José María se abalanza sobre ella, tumbándola y metiéndosela dentro del coño. Doña Lucía siente una especie de orgasmo, pero no tanto tan intenso, al ser follada por el coño con una buena polla metida en el culo, y se deja llevar por los acontecimientos. Los otros dos van metiendo sus pollas en su boca y ella les acaricia testículos y troncos. José María es el que lleva el ritmo de la fornicación hasta que eyacula. Doña Lucía le limpia la polla con la boca de la misma manera que le enseñó el señor Ordoñez pero que se niega hacer con su marido.

(Pregunta el Juez y doña Lucía describe que Pepín se tumbó al lado de Paco y ésta se subió encima de él a horcajadas y Paco volvió a penetrarla por el culo, agarrándola fuertemente de las tetas, apretándolas hasta hacerla gritar. Pregunta el Juez y doña Lucía no sabe si gritó de placer o de dolor, pues en ese momento no podía distinguirlos. Describe cómo Paco era esa vez el que llevaba el ritmo follándola por el culo, pero que la polla de Pepín y el frotamiento del clítoris en su vello púbico esa vez sí la hicieron llegar a un orgasmo que provocó la eyaculación de Paco. Que éste sacó la polla y ella estuvo a punto de pedirle que la dejara "limpiarle el sable", pero que pensó inmediatamente que no se lo merecía, al haberla llevado a esa situación. Doña Lucía, sin cambiar esa postura que tanto placer le estaba proporcionando en el clítoris, siguió follándose a Pepín, individuo que no le soltaba los pechos pues se los sujetaba fuertemente a dos manos. Esto continuo así, con la renovada polla de Pedro en la boca, hasta que Pepín eyaculó. A éste último doña Lucía si le limpió la polla, pues considera que en el fondo es un buen hombre con malas compañías)

Pedro la tumbó en el suelo y la penetró en la posición habitual (pregunta el Juez y doña Lucía aclara que es con ella boca arriba y él encima de ella, a lo que el Juez afirma que es la del misionero). Doña Lucía despierta sus peores instintos al tener ese hombre tan guarro encima y lo rodea con sus piernas, teniendo por primera vez un orgasmo al ser follada en esa postura. Doña Lucía vuelve a ser consciente del ultraje y la encerrona, pero se siente sucia al haber sucumbido a la lujuria. Pedro sigue follándola y ella vuelve a sentir cómo le va a sobrevenir otro orgasmo, este parece que es más intenso, algo que la confunde pues está siendo muy consciente del mal olor que desprende Pedro. Antes de que ocurra eso, Pedro es el que eyacula, pero lleva su polla a la boca de doña Lucía que traga voluntariamente.

Con los cuatro individuos descargados, se da por finalizado el estupro. Antes de salir doña Lucía les pide que se deshagan de las fotos y las borren, pero ellos dicen que es su seguro para que ella no se vaya de la lengua. Afirman que no se volverá a repetir por su parte. Doña Lucía sale de allí con prisa, pues el orgasmo que le ha preparado Pedro, pero que éste no ha terminado de liberar al eyacular momentos antes, la hace dudar sobre si quedarse un rato más. Finalmente vuelve a su casa, se mete en la ducha y se limpia a fondo (pregunta el Juez y doña Lucía declara que se masturbó mucho y más de lo habitual).

Firmado,
Lucía M. Z.

Esta declaración fue leída y modificada con los nuevos datos en el despacho del Juez, estando presentes también el abogado de la defensa, mi defendida y yo mismo. Las miradas que se echaban el Juez y el abogado defensor me avergonzaron como letrado, pero me alivió ver que doña Lucía permanecía ajena a éstas, pues mantenía la mirada en el suelo o el techo intentando recordar lo sucedido. El Juez dijo que si el abogado defensor estaba de acuerdo, no haría falta llegar a juicio, a cambio de una buena indemnización. Protesté. Doña Lucía había acudido a nuestro despacho por dos motivos: uno era que Pepín era de todo menos discreto y doña Lucía comprendió que no tardaría en airearse aquel suceso. El segundo era el temor de que repitiesen aquello con alguna otra chica inocente. El señor Juez dijo que velaría por el interés de la denunciante, pero también víctima, y me invitó a abandonar el despacho para discutir entre los tres los pormenores del acuerdo. Discutimos, pero ante la amenaza de desacato, salí del despacho. Una vez en la oficina de su secretaria, la llamó al interfono y le dijo que también abandonáramos esa estancia y salimos, cerrando ella con llave. La secretaria se fue a la cafetería y yo esperé fuera durante una hora.

Lo que pasó después con doña Lucía lo sé porque a veces la llamo para asegurarme de que todo está bien. El juez le tramitó una separación exprés con el marido, encontrándole un piso de alquiler a un buen precio para que pudiese estar cómodamente con sus hijos. Una vez libre, el juez la contrató de asistenta en su casa, estando de interna tres días por semana. Mensualmente, el abogado defensor le entrega en mano a doña Lucía un sobre con la cantidad fijada por el señor Juez a modo de indemnización. Esa entrega se realiza en casa del señor Juez a puerta cerrada. Le pregunto y doña Lucía dice que el señor Juez es un caballero, más que el señor Ordoñez. Pero no sé interpretar cuando añade que la esposa del señor Juez es toda una señora.

28.11.22

Rellano

Yendo de vuelta de una noche de juerga, con el cansancio apoderándose de mí al irse disipando los efectos del alcohol, llegué a la parada del bus para coger el primero de la mañana. Mientras me acercaba podía ver sobresaliendo del mamparo de la marquesina las piernas de una mujer. Estaban metidas en una tupida media negra y tenía unos llamativos zapatos de tacón. Me acerqué lentamente y alcancé a ver que llevaba una falda verde oscuro, estrecha y corta. Uno de sus zapatos colgaba de la punta del pie, pues tenía las piernas cruzadas y aliviaba así el sufrimiento de haberlo llevado puesto durante toda la noche. No había terminado de llegar a la marquesina cuando llegó el bus y pude verla de pie, de espaldas, caminando a la puerta que se abría.

Se trataba de una mujer madura cuyo perfil me resultaba familiar, y por la manera de dar los pasos era evidente que no me equivocaba al suponer lo agotada que debía de estar. En cuanto puso un pie en la escalera de acceso la vi de perfil y reconocí a nuestra vecina. Inma era algo más joven que mis padres, su hija mayor tenía más o menos mi edad, pero yo era el más joven de mis hermanos. La miré de reojo más tiempo de lo necesario, ella se dio cuenta y se giró, saludándome al reconocerme. Una vez arriba, vi que había un asiento libre a su lado y por no ser descortés me senté junto a ella. Me preguntó por mis padres y después quiso saber a qué sitios iba yo por la noche, pero más que estar interesada en mí, parecía que era por saber el tipo de lugares que podría frecuentar su hija. A cambio, empezó a contarme dónde había estado ella esa noche. Me gustaba la manera tan dulce de mirarme a los ojos y yo estaba embelesado con el movimiento de sus labios mientras hablaba.

Al bajarnos me tomó del brazo mientras nos dirigíamos a nuestro edificio. Me preguntó si tenía novia, o amiga. Le hablé de mi amiga Cloe, de que nos veíamos en su casa para tener sexo, sin buscar ir más allá. Le confesé que ahora ella tenía novio pero que me seguía citando de vez en cuando. Callé de pronto, temiendo haber sido algo bocazas. Ella tomó el relevo y me dijo que a veces las relaciones eran complicadas. Pasó a contarme que la cena en casa del amigo con el que empezó la noche no fue muy satisfactoria. Me di cuenta de que Inma daba saltos en la conversación, como si pensara en otra cosa. Me habló de su situación, reflexionando que entre separados a veces era complicado y a veces fácil. Después dejó caer que algo pasó en los baños del último bar, pero que eso le dejó ganas de más.

Todo lo que me había estado diciendo giraba implícitamente sobre el sexo, pero lo último era una vuelta de tuerca más. Estaba casi seguro de la naturaleza carnal de lo ocurrido en esos aseos, sin quedarme claro si se refería a que lo hizo con un hombre o con una mujer. Me miró con los ojos muy abiertos y se pegó a mí, apretando sus pequeños pechos en mi abdomen. Me dijo que si sabía ser discreto. Le dije que sí, no podía decirle otra cosa teniendo su boca tan cerca de la mía. El ascensor llegó y me metió en él, sin separarse de mí. Ahora veía mejor los pliegues que la edad había horadado en su piel, fui consciente de que a pesar de sus tacones yo le superaba mucho en altura y me di cuenta de que la falda estrecha no ocultaba cierto volumen extra en su cadera. Con eso en la cabeza, la besé en la boca. El contacto de su lengua me hizo pensar en las veces que me había masturbado tras haberme cruzado con ella cuando ésta volvía del gimnasio o de la playa.

Al llegar el ascensor a nuestro piso creí que íbamos a entrar en su casa, pero me llevó de la mano a la escalera y bajamos al rellano. Tú déjame a mí, me dijo. Apenas podía ver en la penumbra, pero destacaba el brillo de sus ojos y labios. Me desabrochó el pantalón y me agarró el pene. Me besó de nuevo y se puso de rodillas. Me sujetó la polla con el índice y el pulgar y se metió la punta en la boca. Su lengua empezó a lamer rápidamente alrededor de la uretra, haciendo pequeños descansos para intercalarlos con el movimiento de la mano. Poco a poco, la lengua iba abarcando más superficie y de masturbarme con dos dedos pasó a usar toda mano. No eran sus débiles gemidos lo que me ponía a mil, sino que aún siendo evidente su habilidad como experta feladora, parecía más interesada en recrearse en los pliegues de mi rabo erecto que en darme placer.

No obstante Inma tampoco había perdido el tiempo, pues se había metido una mano dentro de los panties y se había estado masturbando desde el principio. Tras unos gemidos más intensos, sacó la mano que tenía en la entrepierna y empezó a pasar la mojada yema de sus dedos por la piel de mi polla, recorriéndola y recreándose en la corona del glande. Tenía la cara de una niña a la que le han regalado un caramelo y no perdió tiempo en volver a llevárselo a la boca. Después se puso de pie, me dio otro beso y me susurró que le encantaba mi polla.

Se giró y apoyó un pie en uno de los escalones que subían a nuestro piso. Se remangó la falda y se bajó panties y braga hasta las rodillas. Ella misma se metió mi rabo tras lubricarlo minuciosamente con sus dedos y su saliva. Sujetando su cadera, más bien su falda arremolinada en ésta, la jodí todo lo rápido que pude porque el lugar y la hora exigían perder el menos tiempo posible. Intentaba evitar el ruido que hacían nuestros cuerpos al chocar, pues resonaban por toda la escalera de casa. A ella no parecía importarle que se oyese el indudable ritmo del amor y eso me puso más burro aún. La sensación inicial que tuve al meterle la polla en su suave y apretado coño volvía a repetirse a cada arremetida, empezando a notar incluso cierto efecto ventosa. Cada vez me ponía más y más animal esa mujer.

Inma hizo un parón, se sacó la polla y me hizo sentar en un escalón. Se pudo en cuclillas sobre mí, se subió encima y se dejó caer, deslizándose por mi pene erecto como si fuera un raíl. Hizo un hueco en la ropa para sacarse los pechos por debajo del sujetador y me los hizo tocar y chupar. Empezó a mover la cadera de un modo salvaje, muy rápido, adelante y atrás, restregándose la vulva en mi pubis. A veces me hacía daño en la base de la polla con ese deslizamiento e intentaba frenarla, pero ella interpretaba aquello con que yo estaba a punto de correrme y eso la animaba aún más. Metió unos dedos en mi boca y se apoyó en mi pecho para empezar a subir y bajar, haciendo que volviera a crecer el sonido de nuestros cuerpos uniéndose, pero esta vez su coño completamente empapado le dio un tono más naútico. Le dije que no iba a aguantar más y se metió la mano entre las piernas para tocarse el clítoris. Cuando yo follaba con Cloe siempre usaba condón y fue la primera vez que eyaculé libremente dentro de un coño. Inma volvió a meter los dedos en mi boca, esta vez como una mordaza y se masturbó con mi polla dentro hasta que llegó al final.

Tras acabar, subimos a nuestro rellano, nos dimos un piquito y nos metimos cada uno en su casa. Al día siguiente repasé lo ocurrido. Llegué a la conclusión de que Inma tenía esos pasos bastante ensayados, seguramente para evitar armar escándalo en su casa y despertar a las niñas cuando volvía acompañada. Desde esa noche no encontraba el momento de poder coincidir con ella de nuevo. A veces la veía de lejos en la calle, pero lo peor fue el día que bajé con ella en el ascensor yendo yo con mi padre. Al fin llegó el día esperado, cuando nos cruzamos al coger el ascensor. Yo subía y ella bajaba, llevando esas mallas que se ponía para ir al gimnasio. Di un paso al frente y ella un paso atrás para que pudiera entrar. Pulsamos el botón del último piso.

25.11.22

El novio de mamá

Un día mamá empezó a sonreír más a menudo. Supe enseguida que era por un novio porque hasta entonces no había buscado algún tipo de intimidad para contestar al teléfono. Cuando admitió que se veía con un hombre, podía notar cómo cambiaba su actitud cuando volvía tras haber quedado con él, mostrándose más feliz pero también más vulnerable. Estaba muy contento por ella y a la vez me sentía cómodo por no tener que conocerlo en persona. Sabía que algún día ella encontraría a otro hombre, pero ignoraba si yo estaba preparado para compartirla.

Lo primero que supe de su nuevo amigo fue una noche que mamá había salido con él y me desperté de madrugada. El sonido rítmico y amortiguado del cabecero de su cama golpeando la pared era inconfundible. Desee desaparecer. Oí entonces la voz de mi madre con la del hombre, el arrastrar la cama y la vuelta a la misma cadencia sonora con el tímido rechinar de los muelles del colchón. Había bajado el volumen del ruido de apareamiento y pensé que así podría conciliar el sueño, que podría intentar olvidarlo pensando que fue un sueño. Me equivoqué. Ahora oía mejor los jadeos de mi madre, su intento de ocultarlos hundiendo la cara en la almohada.

Oí el chasquido de algo parecido a una bofetada, de esas con mano abierta, y me puse en tensión pues no sabía si la integridad de mi madre estaba en peligro por un arrebato de su amante. El gemido de mi madre me confundió, entre dolor y placer. Se repitió dos veces más, con el hombre diciéndole "puta" entre medias. Por como sonaban los jadeos de mamá sabía que aún tenía la cara metida en la almohada, y comprendí que el tipo le estaba dando nalgadas mientras la follaba. No me gustaba pensar en mi madre siendo humillada de esa manera. Pero sabía que en ese momento ella estaba viéndolo desde otra óptica. Me dije que al día siguiente hablaría de eso con ella, hacerle ver lo equivocado de su actitud con su amante. Pero evidentemente no lo hice, ¿cómo podía hablarle a mi madre sobre cómo debía practicar el sexo?

Las visitas nocturnas se hicieron más habituales y aprendí a dormir con tapones en los oídos. Una madrugada los oí meterse en la ducha antes de que sonaran los despertadores. Él le pedía que abriera la boca, incluso oí el sonido de un tortazo. Esa vez no era uno en el culo y me levanté para entornar un poco la puerta de mi cuarto, por si se había pasado de la raya. No hizo falta verlos para saber lo que ocurrió a continuación. El sonido de él orinando en el suelo de la ducha era inconfundible. El sonido variaba, desapareciendo y volviendo, como si estuviera llevando el chorro por el cuerpo de mi madre arriba y abajo, para acabar en un ruido que sólo podía ser la boca de mi madre bien abierta. El chorrito fue sustituido por un claro "¡Chupa, puta! ¡Chupa!", que fue seguido por un jadeo de mi madre y un sonido gutural. Lleno de vergüenza y asco cerré la puerta. Medité sobre lo excitada que debía estar mi madre como para dejarse hacer eso y luego chupársela así al hombre. Luché por no descontextualizar aquello y quise alegrarme por la intensidad de sus juegos, pues sin duda mamá los disfrutaba plenamente. Ese era mi problema: era mi madre. Me acosté. Ahora el ruido de sus cuerpos mojados chocando era inconfundible, con un "sí, sí, sí..." interminable de ella. Ésta se tuvo que dar cuenta que no eran horas de escándalos y abrió el grifo de la ducha. Creyéndose a salvo bajo el ruido del agua cayendo, se dejó llevar por los gritos de placer, pidiendo a su amante que le diese más fuerte. Me puse los tapones pero no me pude dormir hasta unos minutos antes de que sonara el despertador.

Llegó el día en que su novio vino a casa formalmente para dejar de ser una sombra en la noche. A pesar de ser algo duro en rasgos y modales, era extremadamente educado. Tras la cena se mostró muy acaramelado con mi madre y ésta intentó guardar las distancias por mí. Al recoger los platos entraron en la cocina y desde el salón volví a oír sus juegos, esa vez más aplacados, con el sonido de besos y ropa restregándose. Volvieron tan normales como habían salido, pero mi madre tenía la falda arrugada, algo subida por un lateral. Esa fue la primera vez que me di cuenta de la belleza de sus muslos, de un modo que no había visto hasta entonces, comprendiendo el atractivo sexual que encerraba no solo sus piernas, sino cada centímetro de su cuerpo. Asumí, ya sin fisuras, que su amante no profanaba el sagrado cuerpo de mi madre, sino que comulgaba en él. Sólo tenía que aceptar ese hecho.

Las visitas fueron más comunes y nos fuimos acostumbrando a que las manos del tipo aquel recorriesen libidinosamente las curvas de mi madre de manera muy descarada, a pesar de las quejas de ésta pues por un lado no quería avergonzarme y por otro era incapaz de resistirse a las pervertidas insinuaciones de su amante. Pero al final, él la sobaba a placer, no perdiendo la oportunidad de mirarme desafiante mientras su mano recorría las nalgas de mi madre. Aquello fue yendo a peor. Una vez que habían tomado algo más de licor, estábamos en el sofá viendo la televisión con él en medio. Pasó la mano por encima del hombro de mamá y la bajó hasta meterla dentro de su escote. Yo los miraba de reojo y mi madre hacía como si yo no los viese. Su boca fue indicando cómo se iba calentando hasta que gimió de una manera corta, intensa. Seguramente él se pasó pellizcándole el pezón. Sentí un extraño escalofrío recorriendo mi cuerpo que me incomodó. El tipo, tras el débil quejido de mi madre intentó sacar la mano, pero ella le sujetó el antebrazo y él empezó a mover los dedos de una forma más impúdica. Me fui a mi cuarto, avergonzado por ese comportamiento tan pueril que tenían. Parecía una quinceañera con su primer novio.

Eso de hacerme ver que mi mamá le pertenecía, en una actitud que inicialmente me pareció muy infantil, acabó siendo muy molesto. Él cada vez era más dominante. Mi madre fue cediendo su autoridad y dejó de velar por mí poco a poco. Me acabé acostumbrando a ver su escote abierto, a su pecho demasiado fuera del sujetador tras haberse cruzado con su novio. Pero no podía hacer nada. Ella parecía dominada, no sólo por él, sino por una adoración irracional al sexo. Así se le dijo mamá a una amiga suya por teléfono, que no podía frenar el instinto. También le dijo a la amiga que yo lo llevaba bien, que ella intentaba ser discreta y que yo me estaba comportando como un hombre, no como un chiquillo. Eso hizo que me viese más atrapado aún. Yo estaba contento por verla más radiante que nunca y comprendía que sus curvas generosas enardecían a su novio, pero no podía soportar ese sexo desenfrenado, el de ella no, o que se pusiera tan caliente al ser llamada puta o chupapollas, o con los cachetazos.

Un día que se anularon los entrenamientos de baloncesto y volví a casa más pronto. Me lo encontré saliendo desnudo de la cocina con un vaso de vino. Olía a sexo, el de mi madre. A ella se la oía en la ducha. El tipo se molestó por verme en casa y me dijo que tenía que aprender modales, que no podía venir cuando me diese la gana. Le dije que también era mi casa y me dio un buen guantazo para callarme. Me dijo que, cuando él estuviese allí, él era el hombre de la casa. Y que fuese la última vez que le interrumpiese cuando se follaba a mi madre. Me explicó groseramente que yo no podía evitar lo que sentía mi mamá cuando estaba con él, con un hombre de verdad. Me hizo ir a mi cuarto, ordenándome que me estuviese calladito y que mi madre no se enterase de que yo ya había vuelto. No supe gestionar aquello, pues nunca me habían pegado en casa, y obedecí intentando contener las lágrimas. El hombre no parecía bebido, pero fue muy cruel. Dejó mi puerta entornada y no cerró la del dormitorio de mi madre cuando se metieron en él. "Voy a follarte por el culo, pedazo de puta", le dijo. "Me acabo de duchar", dijo ella a modo de protesta. Después se hizo un silencio y poco a poco se fueron oyendo los jadeos de mamá. Ella entonces empezó a ser más descriptiva con sus "méteme la polla" o "así, rómpeme el culo". Me puse los tapones y empecé a llorar.

El siguiente sábado lo iba a pasar en casa de un amigo para jugar a un videojuego en una especie de maratón. El novio de mamá me dijo, antes de irme, que nada de volver tarde. Que estuviese en casa a las tres en punto de la tarde, indicándome que no llamase a la puerta pues él me abriría. Me dijo que quería darle una sorpresa a mi madre. No me fiaba de él, pero obedecí. Me planté allí a las tres menos cinco y me abrió a las tres menos dos. Nada más pasar y cerrar la puerta, me dio un tortazo y me dijo que guardara silencio. Otro tortazo selló su autoridad. Me puso una especie de bozal, con una bola dentro de la boca, y una mordaza sobre ese bozal. Me amenazó de nuevo. Me ordenó que me desvistiera, tirándome del pelo para obligarme, amenazando veladamente con emplear también la violencia con mi madre. Una vez desnudo, me llevó al dormitorio de ella. Se subió a la cama y pasó una cuerda por el gancho de la lámpara del techo, comprobando que aguantaba su peso. Me ató las manos y me dejó casi en suspensión, anudándome los tobillos a las patas de la cama para que me mantuviese inmóvil con las piernas abiertas. "Ahora pórtate bien", me dijo.

Estaba muerto de miedo, temiendo cualquier abuso del hombre. Cuando me di cuenta de que no había ningún sonido en la casa, salvo el nuestro, empecé a temer también por la integridad de mi madre. Afortunadamente, oí cómo se cerraba la puerta de casa y los pasos característicos de mamá, además de los cariñosos saludos entre ella y su amante. Después, algo de silencio y cuchicheos, hasta que oí la voz de mi madre a a mi espalda.

–¿Qué me tienes preparado? –se me heló la sangre al escucharla tan relajada estando yo inmovilizado.

–Pórtate bien con el chico –le dijo él.

El tipo pasó junto a mí. Llevaba una cadena en la mano y tirando de ella apareció mi madre con un collar. Llevaba los ojos bien tapados con un antifaz, y la única ropa que llevaba eran unas medias y unos zapatos de tacón. Se pusieron al otro lado de la cama, en frente mía, y cerré los ojos. No quería ver a mi madre desnuda y mucho menos siendo sobada por ese odioso engendro. Sentí la presencia de éste a mi lado a la vez que recibía una buena bofetada y un amenazador pellizco en los testículos.

–No seas tímido y no te pierdas nada –el hombre me habló en un tono dulce, para que mi madre no sospechara lo que estaba ocurriendo realmente. 

Volvió tras ella y empezaron a besarse en la boca, mientras él manoseaba sus pechos, su barriga, sus muslos, acercándose a su coño. Ella mantenía su mano detrás de ella, sin duda toqueteando los genitales de éste.

–¿Está él ahí? –le preguntó mamá algo incrédula a su hombre.

–Sí.

–¿De verdad?

–Sí, nos ve pero no puede hablarnos. ¿Te gustaría follar para él? –mamá empezó a sobarse los pechos, tirándose de los pezones. Era la lujuria hecha carne.

–Sí... que nos vea. Fóllame.

–Sí, pero antes enséñale lo puta que eres.

Mi mamá se abrió el coño, metiéndose los dedos y chupándoselos después. Él besó esa boca rendida al deseo.

–¿Serás puta? Mira que te pone cachonda esto.

–Sí... ¿pero está ahí de verdad? –ella no estaba convencida de tener público. Intenté moverme de nuevo, pero su amante me miró fulminante.

–¿Quieres chuparle la polla? –mi madre no estaba segura aún y no contestó–. Quieres chuparle la polla, sabes que sí.

Mi madre tenía la mano detrás de ella, muy excitada masturbando a su amante mientras se frotaba el clítoris con la otra. Yo estaba tan alterado que creía que me iba a dar un mareo al no poder respirar bien por la mordaza. Las lágrimas nublaban mi vista.

–El chico ha venido por ti, se puso como loco cuando le dije lo que te gustaba chupar pollas –casi vomito cuando le dijo eso. Esperé inútilmente a que mamá se negase a seguir aguantando esa forma tan despreciable de dirigirse a ella. Ralentizó el magreo a su hombre, lo cual generó bastantes expectativas de que aquello había llegado a su fin.

–¿Pero entonces va en serio, está aquí? –preguntó más excitada que ofendida. El tipo sujetó la cadera de mi madre y bajó sus hombros hasta que la puso a cuatro. 

–Vamos, déjate llevar. No le toques con la mano, sólo con la boca.

Mi madre abrió la boca y vi mi polla delante de ella. Estaba totalmente erecta. Me moría de vergüenza. No quise mirar, y sentí su lengua moverse con rapidez en mi glande. La repulsión que sentía me tranquilizó, pues no era estimulante, y pensé que me bajaría la erección. Pero no. Mi madre chupaba demasiado bien. Mientras yo lloraba, sus labios se cerraban alrededor de mi polla y la fueron recorriendo arriba y abajo, succionando y lamiendo a la vez.

El tipo se la metió y mamá se esmeró más en la felación. Sentir sus gemidos a través de mi polla me resultaba de lo más perturbador, pues no hizo sino añadir un elemento más a la estimulación. En aquella postura el hombre no podía ver a su hembra chuparle la polla a su propio hijo, así que la hizo ponerse boca arriba. Mi madre buscó mi polla con la mano y se la metió en la boca. El tipo sujetó sus tobillos y se la metió, abriéndole bien las piernas. 

–El chico quiere correrse en tu boca, trágate todo ¿vale, puta?

–Sí, quiero sentir su semen en mi garganta... ah... ah... tragarlo... saborearlo... vacíate en mi boca –esa fue la única vez que en que se dirigió a mí.

Yo veía la piel de mi madre moviéndose al ritmo de las arremetidas del tipo. Sus pechos redondos, algo caídos a los lados, dibujaban círculos mientras pequeñas ondas recorrían su vientre. El sonido de sus cuerpos mojados chocando y sus caras desencajadas reflejaban perfectamente cómo mi polla respondía a aquello. Evidentemente, mis genitales y yo teníamos distintos puntos de vista con lo que estaba ocurriendo. Era inútil negar que me gustaba sentir la boca de mamá succionando mi escroto, pero eso no era incompatible con no querer estar ahí.

El tipo quiso subir la apuesta. La volvió a poner a cuatro y la hizo mirar hacia abajo, sujetándola del pelo. Empezó a follarla fuerte y ella parecía que se descomponía, jadeando sin importarle el volumen de su voz. Entonces él le quitó el antifaz. Me quedé helado. Le ordenó que no me mirara bajo ningún concepto. Mi madre estaba gimiendo como una posesa y siguió mirando hacia abajo.

–Vamos, chúpale la polla, pero no lo mires.

Ella obedeció, pero al verme la ingle, o los pies, noté que algo cambió. Su lengua seguía moviéndose por mi glande dentro de la boca, pero dejó de gemir tanto. Miró fugazmente hacia arriba y me vio. Mamá estuvo varios segundos sin reaccionar, con mi polla metida en su boca a punto de correrme por el movimiento que los pollazos de su amante infringían hasta su cabeza.

Comprendí que en cierto modo ella estaba igual que yo, con el cuerpo pidiendo una cosa y la cabeza otra. La aberración era clara, así la sentíamos ella y yo. Pero mi rabo estaba duro como una piedra rozando su lengua y sus ojos se seguían entrecerrando de placer cada vez que su amante le metía la polla hasta el fondo. Me miró otra vez y se sacó la polla de la boca, intentando pensar. Cerró los ojos y apretó los puños en la sábana, gimiendo finalmente.

–Joder, puta, me estás mojando las piernas –mi mamá estaba teniendo un gran orgasmo. Su cuerpo había hablado. El tipo la tomó del pelo y la obligó a seguir mamándome.

Ella se limitó a meter la polla dentro de la boca, ya sin ninguna de las atenciones que me había prodigado hasta entonces. Aquello me tranquilizó, pero eso también me hizo bajar la guardia. Seguía sintiendo el temblor que provocaban sus jadeos y, sin darme cuenta, mis caderas empezaron a balancearse adelante y atrás, limitadas por las ataduras, pero buscando recomponer el placer de antes. Mamá aceptó la dura realidad que le ofrecía y volvió poco a poco a esa forma tan viciosa de chupar. Es más, creo que incluso se esmeró para que al menos yo tuviese la mejor de las eyaculaciones. A veces se cruzaban nuestras miradas y ella ponía los ojos en blanco, mostrándome que no había dejado de tener orgasmo tras orgasmo. Me corrí y ella se lo tragó todo, pero siguió mamando.

–Voy a follarte el culo, puta –le dijo él cambiando el agujero.

Empezó a follarla fuerte. Ella me miró, sin ocultarme su total entrega al placer anal. Mi polla, que no había bajado la presión del todo, volvió a endurecerse. Creo que mamá se sonrió. Entonces el tipo le dio una sonora nalgada y se corrió al grito de "¡Toma, puta!". Después de eso, volvió a ponerle el antifaz a mamá y me desató, indicándome que me vistiera y saliese de la casa en silencio.

Tras aquel suceso cambiaron sus hábitos. No les importaba fornicar en la cocina estando yo en el salón viendo la tele. A veces él le pedía sin tapujos que se la chupara, que tenía que irse pronto. Ella le solía rogar que no fuera grosero, sabiendo que yo lo había oído, pero siempre acababa cediendo. Normalmente ella cerraba la puerta del dormitorio y él terminaba abriéndola. Yo también me acostumbré a no usar tapones.

Por entonces, un día que habían hecho de todo en el dormitorio, ella le acompañó hasta la puerta de casa en bata. Al volver, se puso a ordenar el salón y pude ver que no llevaba ropa interior, pues la bata se le abría constantemente. Era inevitable mirarle las piernas, el coño, los pechos, pues se asomaban impúdicamente ante mí. Ella se dio cuenta y me pidió perdón. Perdón por todo, por comportarse así. Le dije que no se preocupara por mí, que lo importante era que ella fuese feliz. Sorprendentemente me contestó con un "bueno, eso...", de una manera algo ambigua en referencia a su felicidad en pareja. Quiso cambiar de tema y me dijo que seguramente era difícil de entender todo lo que había pasado últimamente, al menos ella no lo había podido digerir del todo. Miró el canalón del escote, que le llegaba hasta más abajo del ombligo, pues eso estaba distrayendo mi atención. Se recolocó la bata en un movimiento automatizado que en la intimidad no tendría mayor importancia, pero estando yo delante no solo pude ver perfectamente su cuerpo desnudo, sino que pude oler el olor a sexo que aún estaba adherido a su piel. Comprendió lo que había hecho, fue como verbalizar la pérdida de pudor de esos últimos días. Se dio cuenta que entre sus ojos y los míos destacaba ante todo mi enorme erección.

–No digas nada –me dijo.

Se puso de rodillas, me bajó el pantalón y empezó a chupármela. Me volvió a rogar que no le dijera nada, que simplemente la dejara hacer, y la obedecí para no humillarla. Pero al cabo del rato, volviendo a comprobar lo bien que lo hacía, acabé preguntándole si de verdad le gustaba eso, chupar pollas. Me dijo que sí, pero no en el tono que empleaba con su novio, sino como en una conversación entre amigas íntimas. En ese momento ella no era una guarra chupapollas, sólo era mamá regalándome un orgasmo. Cuando mi crema empezó a llenar su boca, tragó mirándome dulcemente a los ojos, satisfecha por haberme llevado al éxtasis. Cuando acabamos, me dijo que jamás volvería a pasar lo del otro día, en referencia a la humillación recibida en su dormitorio.

La relación de mamá con él acabó de repente un día que el bruto le soltó un tremendo bofetón fuera de su contexto de apareamiento. Lo echó de casa inmediatamente, mostrando que mi madre ya estaba tan cansada de él como de su propia dependencia a ese sexo sin límites. La cosa fue volviendo a la normalidad. Volvimos a tener una relación sana madre hijo. Lo único que cambió fue que ella perdió conmigo el pudor por mostrase desnuda o ligera de ropa. No le importaba pedir mi opinión cuando se ponía su mejor lencería si tenía una cita y no estaba segura si le iba al vestido, o me preguntaba abiertamente sobre lo que me atraía sexualmente de alguna amiga suya. Eso sí, tardó mucho tiempo en volver a llevar a un hombre a casa.

Empecinada

Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, q...