26.4.20

Los nervios de mi tío

Hubo un tiempo en que mi madre y yo no teníamos una residencia fija. Ibamos cambiando de casa cada unos pocos meses, complicándose la cosa en verano, pues vivíamos en una ciudad costera y el período estival quedaba fuera de los contratos de alquiler más económicos. Esa es la razón por la que pasamos un verano entero en casa de mis tíos.
Ella era la hermana de mi madre y era unos años mayor que ella. Mi tío parecía más viejo que ella, con un cuerpo descuidado y con una buena calva. A pesar de que su casa no era muy grande, se comportaron siempre de forma muy acogedora, haciéndonos sentir como si fuésemos unos miembros más de la familia. Cuando venían sus hijos a pasar unos días, la casa se hacinaba y parecía que había pasado un huracán, con aquellos sofás camas abiertos, ropa y zapatos por todos lados, y en donde siempre te encontrabas con alguien en el sito más inesperado. Aún así, recuerdo ese mes como una de las épocas más divertidas de mi juventud.
Uno de los sitios más concurridos era el cuarto de baño, con sus colas para entrar en las horas punta habituales de cada día. Fue al final de ese período tan caótico cuando ocurrió un pequeño incidente al que no le presté mucha atención inicialmente. Una mañana estaba lavándome los dientes en el cuarto de baño cuando entró mi tío. Reconozco que yo solía tomarme mi tiempo para todo, y no podía evitar ser el foco de atención cuando conseguía meterme en el aseo dilatando sin necesidad lo que me había llevado hasta allí. Viendo la puerta entreabierta, mi tío fue directo al inodoro, levantó la tapa y empezó a orinar. Primero me dio una risa corta, pues mi tío era muy nervioso y cuando quería hacer algo ni se las pensaba, pero me vi tan ninguneada que de la risa pasé instantáneamente al enfado.
—¡Tito! ¡¿Qué haces?!
—Es solo un momento... no podía esperar... creí que no me iba a dar tiempo...
—¡Que estoy aquí!
—Ya acabo, ya acabo... un momento...—tardó lo que tenía que tardar, claro está— ya...
Yo ya había acabado de enjuagarme la boca y me estaba secando cuando pasó otra vez detrás de mí para salir.
—Al menos lávate las manos ¡serás guarro, tito!
Se sintió con la obligación de lavarse y ahí lo dejé mientras me iba. Mostrar su total falta de decoro de esa forma tan natural me hizo sentir una enorme ternura hacia él, como la que se tiene a un animalito. Aunque aparentemente aquello no tuvo más transcendencia, realmente sí cambió nuestro trato. Por mi parte, no podía evitar posar mi mano en su hombro si pasaba junto a él cuando estaba sentado. Como una mascota, igual. Fui más condescendiente también con los chatos de vino que se tomaba a deshora, y en vez de recriminarle, empecé a encubrirle. El también empezó a ofrecerme la mejor parte a la hora de servir la comida y cuidaba de que fuese yo la primera en la ducha o que tuviese el café recién hecho en el desayuno. En definitiva, pasamos de tener una muy buena relación a tener una fuerte complicidad.
El efecto secundario fue que eso de entrar a orinar mientras estaba yo se convirtió en costumbre. Si tenía la puerta del aseo cerrada, no entraba. Pero si la tenía abierta, total o parcialmente, él lo tomaba como vía libre. La segunda vez que lo hizo aún protesté algo, pero a la tercera ni le presté atención. En esa época ya nos habíamos quedado solos otra vez los cuatro, y un día de los que mi tío compartió el aseo conmigo, mi tía lo vio salir y le echó una bronca monumental. Y es que los nervios de mi tío la tenían loca. Pero él como si nada. Me di cuenta de que yo también estaba perdiendo el sentido de lo que debería ser privado cuando me descubrí a mí misma orinando con la puerta abierta, tal y como haría si estuviese a solas con mi madre y mi tía. Eso me hizo prestar más atención a mi intimidad. También empecé a sospechar que él hacía por esperarse o adelantarse con tal de tener público en la micción. Me estaba preguntando eso cuando mi tío entró, y se me ocurrió que si orinaba estando su mujer o yo misma en el baño ¿haría lo mismo con mi madre? No lo solía hacer, pero esta vez lo miré y me fijé en su pene. Lo tenía semi erecto y hubiese jurado que al principio de tomar esa costumbre no lo tenía así.
¿Había algo sexual en esa costumbre? Pensé en la lasca de jamón que me había ofrecido hacía unos minutos, usando los mismos dedos que estaban sujetando el pene en ese momento. ¿Debería tomarme a mal sus manos en mi espalda o mi cintura, mi pierna? Cuando me di cuenta, él había terminado de orinar y se estaba sacudiendo la verga con movimientos lentos mirándome de reojo.
—¿Te pasa algo? —me preguntó no muy inocentemente mientras se guardaba el miembro.
—Vamos, tito...
Yo me estaba maquillando para salir, y mi tío no tardó en volver. Se quedó en la puerta, mirándome el culo. Yo llevaba una camiseta vieja y larga, que me llegaba hasta los muslos. Miré con preocupación a través del espejo el resto de la casa, pues su descaro sería difícilmente explicable si lo veían mi madre y mi tía.
—Se han ido a comprar, tardarán en venir —me sentí intimidada por su actitud, pero aún así confiaba completamente en él y estaba segura de que no se le ocurriría ninguna tontería.
—¿Tienes que entrar?
—No, no, tú a lo tuyo.
Echada hacia delante y mientras me pintaba los labios, podía verlo ensimismado en mi trasero, y me dio la impresión de que su mano estaba demasiado cerca de su pene.
—¿Me estás mirando el culo?
—¡No!
Se turbó y me dio lástima. Me concentré en maquillarme y puse el culo más en pompa, intentado quitar hierro a la conversación. Enseguida volvió a concentrarse en mi trasero.
—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? —le pregunté fríamente.
—No estoy haciendo nada.
Sí que lo hacía. Tenía la lengua a punto de salir por la comisura del labio. Empecé a incomodarme de verdad.
—¿Puedes subirte la camiseta?
—¿Qué?
—Súbetela, anda.
—No seas tonto, por favor.
—¿Qué más te da?
—¡No! ¡Ya está bien!
—Te la subes y ya está. No es mucho pedir. En la playa enseñas más —mi tío casi gemía de desesperación. Subió delicadamente la camiseta y la llevó a la mano que yo tenía como punto de apoyo en el lavabo. No me podía creer lo que estaba pasando y rogué por que no se le ocurriera tocarme. Llevaba unas braguitas negras que eran casi tanga. El siguió hablando, alabando mi culo—. Tu tía nunca lo ha tenido como el tuyo, tan redondo, y bonito. Siempre se lo he visto con celulitis. El tuyo es tan liso, tan suave. Es suave ¿verdad?
El y yo sabíamos que sí. Yo había terminado de maquillarme, pero me acerqué al espejo para delinearme otra vez los ojos, esperando a que él se fuera. Tuve una sensación extraña y miré atrás. Encontré a mi tío de rodillas con la nariz pegada a mi trasero, oliéndome con los ojos cerrados.
—¿Pero qué haces? ¡Estás pirado!
—Déjame olerte, por favor, déjame... ¿me dejas?
—¡De acuerdo, pero para ya!
Lo que no me esperaba era que para olerme, esta vez pusiese sus manos en mis nalgas, abriéndolas para meter su nariz hasta las braguitas, apretándose contra mí. Aspiró ruidosamente. Yo no sabía qué hacer.
—Tito, ya está bien...
Sus manos seguían sujetando mi culito con firmeza.Yo estaba echada hacia delante, mi vientre apoyado en el lavabo, y la cara de mi tío restregándose por detrás mía. No podía evitar sentirme culpable por no haber puesto fin a esa situación mucho antes, pero si aquello me era violento, más lo era la idea de darle un empujón y avergonzarlo. En cierto modo seguía viéndolo como un animalito.
—¡Hueles tan bien! —su amabilidad no hacía sino aumentar mi confusión—. No me podía imaginar lo bien que hueles, la firmeza de tu piel, con la edad que tienes es natural —volvió a olerme ruidosamente—. No tardaré, sólo un momento más...
Lo peor era que no me era desagradable ni sus manos en mi trasero ni su nariz pegada a mi ano, con el aliento de su boca calentando mi vulva. La camiseta cayó por enésima vez sobre su cara y decidí quitármela. Me quedé en ropa interior y con la cara del calvo de mi tío metida en mi culo. Prácticamente había desistido de parar aquello, y mucho menos en ese momento que empezó a darme pequeños mordiscos en la nalga.
—Déjalo ya, en serio.
—Sólo un poco, un par de besos. ¿Me dejas?
—Ya está bien.
—Un poco más y ya está ¿vale?
—Date prisa, por favor.
Me acarició las nalgas a conciencia, esta vez no era para separarlas, sino por pura lascivia. En un abrir y cerrar de ojos me bajó las braguitas y sentí su boca en mi ano. Mi tío era un guarro obseso. Su lengua buscaba incansablemente introducirse por el agujerito, pero lo hacía delicadamente y con un ruido de chupeteos que me hizo empaparme de su perversión. Tras varios intentos, la puntita de la lengua consiguió entrar y gimió.
—Vamos a dejarlo ya.
—No, no. Ahora no. Un momentito.
Supe que aquello no acabaría en un momentito. Aunque aquello no estaba bien, me quedé plantada, abriendo aún más las piernas. Mientras tenía su babosa boca en el culo, pensaba en su polla, que prometía ser hermosa, y en lo que podría hacer si la cambiaba por esa lengua que, poco a poco, accedía a las profundidades de mi ano con más comodidad. A veces se salía y me lamía accidentalmente el coño, lo cual me hacía vibrar, pero siempre volvía al culo. Puso la lengua muy rígida y tras penetrarme repetidamente con ella, se puso de pie y se desnudó. Me di la vuelta con la intención de poner algún tipo de resistencia, sólo para obligarlo a pedirme lo que quería de mí.
—Te doy 20 euros y me la chupas.
Me dejó sin palabras. No sabía si reír o mandarlo a la mierda.
—¿Eh?
—Yo te he dado gustito a ti, ahora me lo das tú —mi tío era un gran actor o creía firmemente en lo que decía—. Te doy el dinero antes de que salgas y así puedes ir al cine. Vamos, cariño.
—¡Pero cómo puedes ser tan cerdo!
Pero él me miraba con dulzura, masturbándose y con los ojillos brillantes. Puso mis manos en su pene y cedí a su sucio comercio. No era por el dinero, era por lo zorra que me hizo sentir. Me puse de rodillas y empecé a masturbarlo. Mi tío no era atractivo, nunca lo había sido. No era obeso, pero tampoco parecía que hubiese tenido una fibra de músculo en su vida. La piel le colgaba allá donde mirase su cuerpo enclenque, lo único que tenía bien puesto era el pene. A pesar de que hacía poco que había orinado, olía bien. Nada más meterme el capullo en la boca le salió una gota de semen, y le sonreí mientras jugué con ella con la lengua. Empecé a chuparle suavemente. Me pidió que me quitara el sujetador y nos quedamos los dos copletamente desnudos.
Empezó a hablarme como a alguien a quien ha pagado por sexo, insistiendo en que me pusiera a su lado para que le acariciase los testículos desde detrás. Metí la mano entre su culo y los muslos y los estuve tocando con mis dedos. Me dijo que como más le gustaba era pasando los labios por la verga, así que con la mano libre sujeté el capullo y estuve lamiendo y chupando la polla en toda su longitud, por su venosa y estirada piel. Mi tío no paraba de decirme lo bien que lo hacía y cuando me cansé de lamerle el pene como un polo helado volví a meter en la boca todo lo que pude empezando por la punta. Estaba mojadísima por muchos motivos. El principal era porque estaba teniendo sexo por dinero, el siguiente por chuparle la polla a mi tío. Chupé sus testículos, que también eran grandes y podía metérmelos uno a uno en la boca. Echó atrás mi cabeza haciéndome creer que eyacularía, pero en cambio me puso de pie.
—Te pago diez más y te la meto por el culito.
—¿Diez más? ¿Pero es que no puedes dejar de tomarme por puta?
—Es que no puedo darte más, tu tía me tiene a dos velas. Te lo doy todo antes de que te vayas, en serio.
—Eres un cerdo, ¿no te das cuenta?
—No seas una chiquilla. Sólo es meter la polla por el mismo sitio que me dejaste abrir para meter la lengua. Te gustó la lengüita antes, ¿verdad, cariño? —me preguntó con la mano sujetando mi barbilla mojada—. Sólo la punta, si no te gusta, lo dejamos.
Me palpitaba el coño sólo de pensar en que me iba a penetrar, aún sabiendo que él sólo buscaba mi culo. Así que me di la vuelta, otra vez frente al espejo, echando el trasero hacia atrás. Abrió el armario del baño y sacó un bote de crema. Untó la punta de un dedo para llevarlo después a mi ano y hacer con él un diminuto círculo antes de introducirlo hasta el fondo, sin resistencia. Me retorcí de placer y gemí. Lo metió y sacó repetidas veces hasta convencerse de que entraba bien y de que mi reacción era la adecuada.
Después vino la polla. A pesar de la crema que me había puesto, no entró tan fácil como esperábamos y estuvimos forcejeando hasta que se me abrió el agujero y entró unos centímetros. Yo lo veía detrás de mí mirando hacia abajo, con su calva reluciente y su huesudo torso pegado a mi espalda. No le quedó más remedio que sacar la polla y untar más crema en ella, entrando completamente al siguiente intento. Volví a gemir cuando la sentí abrirse paso hasta el fondo. Se agarró a mis hombros y empezó a follarme. A pesar de sentir el esfínter prieto y adaptándose a la verga, lamenté que hubiese puesto tanta crema pues estaba demasiado suave. Pero conforme la crema de manos fue disolviéndose, fui sintiendo mejor la polla, me fue imposible de jadear y poco a poco me fui echando hacia delante doblando las rodillas para que me penetrase más cómodo.
Empezó a darme de una forma más caótica y volví a pensar que estaba a punto de eyacular. Me agarró de la nuca y me puso en el suelo, a cuatro. Se recreó con la vista de mi trasero en pompa.
—Tienes el culo abierto, cariño, te lo voy a tapar.
Se colocó con las piernas abiertas casi sobre mí y se apoyó en mi cintura. Una postura en la que sólo podía penetrarme el culo. Se fue dejando caer y volví a sentir la polla gorda y caliente entrar. Se movía flexionando las piernas y temí que le diese un calambre, pues no tenía un gramo de músculo. Pero no cejó ni un segundo. Sus pollazos me estaban volviendo loca.
—¿Quieres mi lechita, cariño?
—Sí, sí, sí.
—¿Vas a tomar mi lechita?
—Dame tu lechita...
—Todonlj gnlf pequeñgnl algf putafgea gnalaj —hablaba gimiendo y me costaba entenderle.
—Folla mi culo de puta con tu polla gorda... —dije intentando recomponer sus palabras.
Y se dejó caer sobre mí, con la polla completamente dentro. Sentí todo su peso en mi espalda, y es que con las piernas abiertas le costó incorporarse. Tras sujetarse en el lavabo, consiguió ponerse en pie, haciendo que sintiese su rabo recorrer por última vez mi ano. Aún tuvo ganas de recrearse observando mi agujero abierto, palpitando con algún resto de su propio semen. Pero en cuanto me puse de pie, y tras tanta fogosidad, apenas nos miramos. Esta vez se lavó las manos y el rabo en el lavabo por iniciativa propia y yo entré en la ducha. Esperé a que se fuese del aseo y me masturbé con la colaboración del chorro de agua templada que pegaba a mi sexo, tal y como hacía tiempo que no hacía. Me excitaba aún más el que pudiese sentir el semen saliendo del culo y no tardé en correrme.
Lo que terminó de desconcertarme de este asunto fue que ese día, antes de la cena, mi tía me diese dos billetes de 40 euros. "Por lo de tu tío", me dijo mientras se alejaba por el pasillo sin darle mayor importancia.

4.4.20

Sorpresa para el manso

Estaba en casa haciendo bien poco, porque después trabajar toda la mañana lo único que me apetecía era estar envuelta en la manta y tener los pies descalzos sobre el sofá. Antes de una hora llegaría mi marido y hasta entonces tenía tiempo para relajarme. Cerré los ojos, respiré profundamente y, tras un tiempo indefinido, me desperté por la llamada telefónica de mi esposo.
— Escucha, cariño: voy a llevarme a alguien a casa. Sírvenos el café como tú sabes —y colgó.
En ese enigmático mensaje me había llamado cariño, nada habitual en él, y me puse en una excitante tensión. Aquello sólo podía significar que estábamos a punto de jugar a el manso y el corneador, nuestra pequeña licencia marital. La última vez que lo hicimos fue dos meses atrás, o quizás más.
Me quité la ropa y me puse unas medias de rejilla. En el fondo del armario encontré el vestido de chacha negro con volantitos blancos. Al principio usábamos uno que encontramos en una tienda del barrio, pero mi marido quiso comprarme este, más elaborado y más sexy. Me puse los tacones más altos que tengo y me dirigí al cuarto de baño acomodándome en cada paso a esos zancos. Me pinté a conciencia y me miré en el espejo doble. Como esperaba, el vestidito apenas conseguía taparme. Me incliné un poco hacia delante mirándome en el espejo de atrás y aparecieron mis nalgas bajo la falda, redondas, sobresaliendo de unas braguitas que no podía con ellas.
Fui a la cocina, puse el café en el fuego y preparé unas galletas. Mientras esperaba a que subiese el café, me alisé las medias y me di cuenta de lo mojada que estaba. No sabía qué tipo de hombre vendría con mi marido, pero sí lo que haría con él. Más o menos el guión habitual era hacerle una felación y, si aguantaba bien, hacía que me penetrase. Mi marido no solía intervenir y se quedaba mirándonos y masturbándose. Después, si el hombre volvía a tener una erección o insistía, hacíamos una segunda ronda y, según estuviésemos, podría haber sexo anal. Eso me hizo recordar y salí todo lo rápida que pude a mi dormitorio a buscar el plug. Allí mismo me lo coloqué con una pizca de vaselina, y volví a la cocina con aquello invadiendo mi culo, justo cuando el olor a café envolvía la casa. Como solía hacer mientras esperaba a que llegara mi marido con el siempre desconocido acompañante, inicié ritualmente una masturbación. Me senté en el borde de la mesa de la cocina, acomodándome de forma que la esquina tocase el plug, y me toqué el clítoris con un dedo a la vez que movía suavemente la cadera.
La sordidez de esperar a un desconocido, llevar esas medias de rejilla, la excitación de aquellos hombres, eran muchos los elementos que pesaban sobre mi deseo. Estaba a mitad llegaron a casa. Oí cómo pasaron al salón y yo esperé unos minutos antes de hacer mi aparición allí, con la bandeja sobre las manos. Me encontré al invitado sentado en el sofá junto a mi marido, pero mientras éste se levantó para presentarme, el desconocido se mantuvo sentado con media sonrisa, mirándome lascivamente. Me di cuenta de que esta vez el corneador que había traído mi manso iba a ser demasiado dominante, y temí que nos diese problemas. Volví a la cocina y me quité el plug. Mientras lo limpiaba y lo guardaba temporalmente en el cajón de los trapos, supe que no me apetecía que un tipo así probase mi puerta trasera.
No obstante me armé con mi mejor sonrisa, dejé de lado mi primera y mala impresión y entré otra vez en el salón. Pasé por delante de ellos un par de veces mientras hablábamos y les servía el café. El corneador me miraba las piernas y el escote descaradamente y empezó a tocarse el pene sobre el pantalón. Primero levemente, luego más descarado. Yo estaba sentada frente a ellos, como era habitual en esos encuentros, con las piernas cruzadas mostrando el liguero. No sé que estaba diciendo mi marido en aquel momento, pero el hombre lo interrumpió de una forma muy impertinente.
— Vale, muy bien. ¿Cuándo empezamos?
— ¿Qué? —mi marido no daba crédito a la poca educación del hombre que había traído a casa.
— Que la casa es muy bonita, el café, las galletas... pero yo he venido a por algo, ¿no?
— ¿Y para qué has venido, cielo? —crucé las piernas lentamente, de forma que el hombre pudo ver asomar las bragas bajo mi muslo en todo momento.
— De entrada a que me comas la polla, puta.
Se me congeló la sonrisa a la vez que se hizo un silencio abrumador. Sabía que si mi marido abría la boca en ese momento, sería para cancelar el encuentro y echar a ese individuo de casa. Yo, en cambio, me había dado cuenta de la buena verga que se le marcaba al hombre en el pantalón y me visualicé siendo empotrada contra la pared. Aunque normalmente buscamos a hombres más educados y juguetones, este animal seguramente me jodería sin descanso y, si se pasaba de la raya, siempre tendría a mi marido cerca. Me recompuse y me bajé de la silla para ponerme a cuatro patas, gateando hacia él sensualmente. El hombre me esperó con las manos a los lados, y no las movió de ahí incluso cuando llegué, así que yo misma tuve que desabrocharle el pantalón y sacarle la polla. Era enorme, muy ancha y larga. Se terminó de hinchar en mi boca. Miré a mi marido y le hice una indicación para que se tranquilizara y disfrutara del show. Fue a la silla donde yo había estado sentada y oí cómo se bajó el pantalón. Cuando pude mirar hacia atrás me lo encontré sentado, masturbándose. La cosa empezaba a ir bien y me relajé. Mis manos ágiles recorrieron ese nuevo y duro miembro que antes de besar el capullo. Simulé que no me cabía en la boca haciendo presión con los labios y la lengua, aunque en realidad deseaba tener ese glande suave e hinchado tomando posesión de ella. Poco a poco la fui metiendo a una profundidad moderada. Tras unos minutos, me di cuenta de que al corneador le estaba gustando cómo lo hacía y de que el individuo no tenía intención de follarme, así que le hice una mamada en condiciones.
Me ladee un poco para que mi marido me viera bien. Metí un dedo dentro de las braguitas y empecé a masturbarme teniendo como espectador a mi esposo, que podía mirar mi coño o mi boca. Con la otra mano sujeté el grueso pene que había traído a casa. A lo largo de mi vida había comido muchas pollas, pero pocas como esa, así que me empleé a fondo. Además, si me mostraba juguetona, el hombre podría cambiar de opinión y querer usar otra parte de mi cuerpo, como la que estaba siendo tocada por mi dedo en ese momento. Lo masturbé y pasé el capullo por mis labios. Estaba mojado por mi saliva y resbalaba suavemente. Luego lo metí en la boca y moví mi cabeza en círculos, haciendo tope con la lengua para que no entrara nada más que la punta. Cada vez que completaba una vuelta, la polla entraba más, y finalmente me paré, manteniendo el movimiento de cuello para que mis labios recorriesen el falo desde el capullo hasta unos centímetros más abajo. El silencio del salón se rompía por el sonido de la paja de mi marido, el de mi boca trabajando y el del corneador diciendo puta, mamona, guarra. Saqué el capullo para deleite de los dos y lo dejé reposando sobre mi lengua, con la boca abierta. Fui lamiendo el falo de esa manera, con movimientos cortos. Para poder sentirlo en su plenitud, lo volví a meter entre mis labios. El hombre puso la mano en mi nuca y se la aparté. No me fiaba de él. Por otro lado, supo entender el mensaje y no volvió a tocarme durante la felación. Estaba recibiendo mucho líquido preseminal y eso ayudó a que mi tocamiento alcanzara un pequeño orgasmo. Después de aquello mantuve el coño abierto con dos dedos, para disfrute de mi marido, pero el corneador tenía otra idea.
— Joder, puta, deja de tocarte el coño y usa las dos manos.
Obedecí y lo masturbé como me dijo. Tenía una buena verga para hacerlo así, no podía negarlo. Metí la boca de nuevo, sacando la lengua para lubricarla y lo volví a masturbar, rápidamente, sin descanso. Acercó el capullo a mi boca y comprendí que quería eyacular dentro. Cedí. Había mucho semen esperando en esos testículos y lo recibí todo con ganas. Volvió a ponerme la mano en la nuca, pero como apenas me apretaba le permití tenerme pegada a ese surtidor. Nunca había tenido tanto semen en la boca procedente de una única polla, y no la saqué hasta que no terminó. Cuando me separé de él comprobé con cierto orgullo que no había ni una gota de esperma en el falo ni alrededor de mi boca.
— ¡La puta! —dijo él con devoción.
Me cogió de la mano y me sentó a su lado, impidiendo que soltara su falo. Mi marido dejó de masturbarse y se subió los pantalones. El tipo parecía más relajado y estuvimos hablando del tiempo y de sexo. Cada poco, movía mi mano para reanimar su miembro, que seguía parcialmente en hibernación. Nos interrogó sobre nuestros juegos a tres y el por qué le gustaba a mi marido verme con otro hombre, que si era maricón. Por sus preguntas y las réplicas que nos daba demostró ser muy básico. La única fantasía que podía entender era meterla, y era incapaz de comprender cualquier otra forma de sexo. Me miró.
— ¿Y a ti te gusta esto, verdad, puta?
El tenía una mano en mi muslo, tocándome el sexo con el meñique. El suyo se endureció ligeramente después de llamarme puta. Parecía que volvería a haber acción y me animé. Cambiamos de escenario y fuimos al dormitorio. El hombre se desnudó y se tumbó en la cama, yo hice lo mismo, aunque manteniendo medias, liguero y zapatos, pues así es como le gusta verme a mi marido en nuestros encuentros. Me tumbé junto al corneador y empecé a masturbarlo, para volver a poner el falo erecto. Me metió dos dedos en el coño, sin ningún cuidado, haciéndome algo de daño. A pesar de todo, dejé que me tocara como le viniese en gana, pues había algo de sensual en su salvajismo. Me apresuré a tocarme el clítoris, pues temía que intentase penetrarme de la misma manera en que había metido los dedos y necesitaba lubricarme lo antes posible.
— Ven aquí —le dijo a mi marido.
Este se acercó y el otro le dijo que le cogiese el pene.
— Yo no soy maricón.
Había mucha tensión en ese momento, pero la tensión era sexual. Iniciaron un toma y daca, una negociación que mi marido tenía perdida pues no hizo por volver a su rincón. Finalmente tomé su mano y la puse en el falo, que reaccionó inmediatamente poniéndose todo lo duro que podía ponerse. Ese juego era una novedad para nosotros y, ya que mi manso quiso jugar, jugué con él.
— No es para tanto, en vez de coger la tuya, coges esta y ya está.
Mi marido tocaba aquel pene con curiosidad, subiendo y bajando el pellejo lentamente, recorriendo minuciosamente esa verga ajena. Yo seguía haciendo círculos en la vulva, algo excitada por lo que pudiera pasar, mientras la mano del corneador pasaba de mis pechos a mi coño.
— Puedes usar las dos manos, que no muerdo —le dijo al manso.
Mi marido obedeció al momento, masturbándolo con más devoción. Sin ninguna sorpresa para nadie, el corneador pidió que lubricara un poco. Con la boca. Mi marido se negó. Volvieron a jugar al gato y al ratón, hasta que vi a mi manso acercando la boca al pene. Yo gemía y rozaba mis tetas en el brazo del toro, que así tumbado parecía un sultán.
— Vaya par de putas me he encontrado hoy.
Mi marido tenía sujeta la polla y chupaba la punta, con ganas y también con cierto temor. Yo, en cambio, estaba muy excitada viéndole hacer con esa polla lo mismo que yo había hecho unos minutos atrás. Nunca me habría imaginado verlo en esa situación. Mis tocamientos dieron su fruto y me corrí.
— Mira a tu marido chupapollas —dijo el corneador.
Las lindezas que recibía hacían que mi hombre chupase más apasionado, animando al otro a seguir soltando cosas soeces por su boca. Mientras movía la cabeza, mi marido miraba repetidamente mi coño con aquellos cuatro dedos metidos en él, con el pulgar sobresaliendo, y yo lo tenía que me ardía a pesar de que no paraba de lubricar. El corneador se acercó a mi oído y me susurró que buscase vaselina. Cuando volví a la cama, habían cambiado la posición y mi marido estaba tumbado donde antes había estado el desconocido. Mi esposo tenía las piernas sobre los pechos del hombre y el pene de éste pegado a su ano. Mi marido tenía la polla empalmada y la sujeté con ganas mientras le puse vaselina en su aún culo virgen. Agarré la otra polla y la fui metiendo con cuidado, pues el animal arremetía como un toro bravo. Era muchísima carne para un culo tan inexperto, pero aún así mi mansito no se quejó y su erección se mantuvo firme.
— Toma polla, puta —mi marido no podía negar que lo era—. Puta maricona.
No dejó de hablarle así en todo el tiempo. Al principio, los huevos de mi manso bajaban cada vez que la verga entraba, pero en cuanto el ano se amoldó a esa mole, quedaron libres. El corneador me ordenó meterme el pene de mi marido en la boca.
— Pero no le chupes, que yo haré que la puta te de leche.
La polla dura de mi marido y su respiración agitada me hizo comprender que el toro tenía razón, pero aún así hice que mi lengua jugara furtivamente con la verga mientras jodían a mi hombre. No tardó ni un minuto en eyacular, algo que no me extrañó por la polla que se estaba calzando. Recibí los chorros mientras veía cómo el otro arremetía una y otra vez. Mi marido eyaculaba en pequeños chorros intermitentes, como si no pudiese dejar de tenerlos, y esperé a que terminara tragando todo lo que me dio. Me quedé arrodillada junto a él, observándolos mientras me masturbaba por enésima vez. El corneador parecía estar muy satisfecho de haber hecho eyacular a su puta, pero no dejaría de follársela hasta que se cansase de hacerlo. Pasaban los minutos y me di cuenta de que mi marido ya no estaba disfrutando tanto como antes, aspecto que a su toro parecía excitarle más. Decidí intervenir. Me puse una diminuta pizca de vaselina y me subí encima de mi hombre, a horcajadas, haciendo que el corneador viese mi ano dispuesto. Este aceptó el cambio de un culo velludo a uno suave y depilado. Era una polla impresionante, pero a mí me entró con más facilidad que a mi marido, aún así, conforme se introducía iba sintiendo como si el esfínter hubiese traspasado un imaginario límite de apertura. Cada vez que su ingle golpeaba mis nalgas, me hacía consciente de que nunca antes me había metido una cosa así de grande. Fui dejando caer el vientre y usé el pene menguado de mi marido para apoyar el clítoris sobre él, de forma que las embestidas recibidas gobernasen el frotamiento. Mi manso me miraba con mucho amor y agradecido por haberse librado de esa verga, mientras yo gemía como una perra, diciéndoles lo puta que era y sintiendo cómo el corneador me iba dando más y más fuerte. Cada vez que el falo retrocedía para tomar impulso, pedía a gritos que me jodiera, que me diese más duro aún.
— Me corro, puta.
No me dio tiempo de reaccionar y apretó fuertemente mis caderas hasta que terminó de eyacular. Sentí su polla moverse como un ser vivo autónomo, cazado y atrapado en mi ano, peleando por liberar su densa carga. Intentaba meter más rabo en cada sacudida, algo físicamente imposible, hasta que lo fue sacando lentamente y dejó la última gota cuidadosamente en medio de mi agujero, y es que aún tenía preparada una última humillación para mi marido. Me levantó en volandas y me hizo sentar sobre la boca del manso. Me cogió del cuello, apretándolo para situarme donde quería, y le ordenó que me lamiera. Podía ver la polla de mi marido crecer conforme su lengua pasaba de un lado a otro, dentro y fuera de mi abierto orificio. Cuando juntaba los labios y chupaba, un mecanismo invisible movía su pene en pequeños impulsos. De esa manera, en cuanto acabó, la polla de mi esposo estaba bastante erecta. La cogí y la chupé lo justo para terminar de ponerla a punto. Miré al corneador.
— No seas tímido, ahora es tu turno —le lancé, desafiante.
Me miró como si viese al diablo, y de pronto le entraron prisas por irse. Sin lavarse siquiera, se vistió rápido y lo acompañé hasta la puerta de casa llevando mi bata china sin cerrar. Antes de irse definitivamente volvió a mirarme de esa forma tan despectiva, de arriba a abajo, evitando mirarme a los ojos y escudriñando mis pechos, que asomaban por la apertura central, y mi sexo, totalmente al aire. Respondí recogiendo un poco de tela junto a la cintura, abriendo aún más la parte del vientre para que me viese bien el coño. Como esperaba, comprendió mi desprecio y se marchó sin más. Volví al dormitorio y me recosté de lado sobre la barriga de mi esposo, dándole la espalda y de cara a su pene. No me costó ponerlo duro usando una sola mano y me senté sobre él, como a mí me gusta, usando el glande para abrirme los labios para después dejarme caer. Era reconfortante tener su polla erecta dentro de mí y busqué su boca para besarnos antes de hacernos el amor salvajemente.

Empecinada

Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, q...