Lidia iba delante de mí conduciéndome a su habitación. Un par de metros nos separaba, lo justo para poder deleitarme en cómo oscilaba su cuerpo a cada paso, desde la cintura hasta los muslos, bien envuelto en un vestido ceñido y haciendo crecer algo más que mis expectativas. Su rostro delgado reflejaba fielmente su edad: cincuenta y pocos, aunque quizás la vida le había dibujado alguno más. No obstante, los ojos claros, la mirada brillante y la sonrisa sincera no habían perdido su poder cautivador. Los pasos ahogados en el parqué daban un toque más furtivo a nuestros pasos.
En cuanto entramos en la alcoba se dirigió a la mesilla de noche para quitarse pendientes y pulseras, y no pude resistirme a acercarme hasta ella. Le levanté el vestido y descubrí sus piernas y sus nalgas, admirando con gran excitación la belleza de sus muslos y la redondez de sus glúteos. Mientras manoseaba rudamente su trasero fui consciente que ella estaba aparentemente ausente, depositando las joyas una a una sobre un cenicero vacío, y al verme a mí mismo comportarme como un colegial ávido de tocar teta y culo, me sentí algo ridículo. Me aparté y, sin nadie que la sostuviera, la falda del vestido se le bajó de forma desigual dejando medio muslo al aire, en una descuidada semidesnudez que transformó mi incomodidad en deseo otra vez. Lidia se giró y me pidió que me desnudara, pudiendo leer en su sonrisa que le había halagado en el impulsivo sobeteo. La obedecí, un poco turbado. Había familiaridad y frialdad a partes iguales en la forma de tratarme. Me dio la impresión de que no le gustaba tenerme encima y me mantuve a cierta distancia.
Un enganche en una pulsera hizo que yo acabase completamente desnudo mientras que ella aún seguía completamente vestida, así que aproveché para ir al aseo. A la vuelta Lidia se estaba terminando de quitar el vestido como si fuera un jersey, quedándose en braguitas y sujetador. Tenía un cuerpo bonito, delgado y con una grácil cintura. Se sentó en la cama y empezó a desabrocharse el sujetador con cierta dificultad para liberar el cierre, haciéndome reflexionar sobre ese momento de sutil tensión que siempre me ha abrumado cuando he tenido que abrir uno, incluso el de mi mujer, a pesar de haberlo hecho cientos de veces. Y todo por querer hacerlo a la primera, como si se tratase de un concurso. Entonces me fijé en sus pechos. Lidia siempre ha tenido un canalillo bien definido, quizás es lo que hizo que me fijara sexualmente en ella desde que la conocí, pero siempre ha sido muy discreta en su manera de vestir, incluso con los vestidos de fiesta. Mirando sus pechos me pareció que el sujetador era demasiado grande, determinando, en un ataque de presunto experto en lencería, que no tenía demasiado volumen y que la prenda tenía algo de relleno. Entonces consiguió separar los broches y se desprendió del sostén. Dos enormes pechos aparecieron ante mi vista. Redondos, con los pezones apuntando al frente, desproporcionados respecto a su cuerpo delgado.
Lo que había interpretado como relleno, no era sino sus senos. Quizás un tanto bajos, normal para su volumen y edad, sin embargo eran curvos y firmes. Me acerqué a su lado y ella se levantó para quitarse las braguitas. En un movimiento de giro al perder el equilibrio, su cadera me rozó el pene y éste reaccionó poniéndose más rígido aún, completamente, para ser precisos. Frente a mí, sin tacones ni artificios, la vi más pequeña que hacía unos minutos, pero en cuanto acarició mi nuca con una mano y mi polla con la otra, Lidia volvió a tomar altura de forma mágica. Nos besamos en la boca. Me resistí a tocarla, recordando cómo manosee tontamente su trasero, en cambio su mano acariciaba mi verga, y la otra bajaba hacia mi pecho, reafirmándome que debía dejar vía libre a Lidia en sus artes amatorias.
Sin soltarme el falo, besó mis pechos con dulzura, intensamente y sin prisas. De uno a otro, sin importarle los pelos que debían incomodarla. Bajó un poco más y adelanté la sensación de mi polla en sus labios. Ella también debió de hacerlo porque su mano acariciaba ahora suavemente el glande. Dobló las rodillas hasta sentarse al borde de la cama y empezó la felación. Había soñado con eso miles de veces, pero jamás me hubiera imaginado tenerla así realmente. Ni siquiera esa tarde, cuando la vi salir a la terraza del abarrotado salón del hotel con la excusa de fumarse un cigarro, aunque según me confesó después su única intención era tomarse un descanso por tener alternar con tanta gente a la que apenas conocía. Yo, que me había dado cuenta de que había venido sin su marido, le di unos minutos de respiro antes de acercarme, pues siempre me había gustado hablar con la bella Lidia y, estando los dos sin nuestras parejas, me hizo ser algo osado en mis insinuaciones. Ahora la tenía succionando mi polla, con buena parte metida en su boca, y su saliva mojando una mano que mantenía mi cuerpo inmóvil mientras asía el resto del rabo con la otra. Chupaba como si disfrutase de cada centímetro. Yo al menos era consciente de que todo él había pasado ya por sus labios. Ella gemía levemente mientras no dejaba de tragar y cuando sus dedos acariciaron mis testículos cerré los ojos para dejarme llevar. Pero ella tenía otros planes.
Se puso de pie, volviendo a besar mis pezones y se dio la vuelta sin dejar de sujetar la polla, pasándola entre los glúteos y rozándose la vulva con el glande. Se subió a la cama y se puso a cuatro, empujando mi verga para abrirse paso hacia su interior más húmedo y cálido. Sus movimientos eran precisos y hábiles, demostrando un amplio conocimiento de la anatomía masculina, pues mi complexión era completamente distinta a la de su marido, seguramente también lo era el tamaño de nuestros penes, y calculó magistralmente cómo colocarse para tener una unión lo más cómoda posible. Me di cuenta enseguida de que su coño aún no estaba completamente preparado, estando húmedo pero no en su punto óptimo para gozar del sexo. Sin embargo estaba claro que Lidia tenía muchas ganas de follar y que eso no le importaba. Empezó a mover el cuerpo en un ferviente vaivén, clavándose mi polla con ferocidad, pero decidí que ya iba siendo hora de llevar yo las riendas y sujeté sus caderas para joderla a mi ritmo. Le di fuerte, para continuar la cadencia que Lidia estaba llevando. A través de mi polla sentía su coño abriéndose a cada embestida, cediendo suavemente en su apretado abrazo y haciendo que yo buscara instintivamente otras formas de frotarme en ella. Los gemidos de Lidia me indicaban que esa manera de follar hacía crecer su disfrute de una manera más acelerada que a mí, pero comprendí que, después de haberme tomado las copas que me tomé, tendría que tomármelo con algo más de calma si no quería agotarme inútilmente. Fui variando la intensidad de las embestidas, y ella adaptaba automáticamente sus gemidos y suspiros a la intensidad de mis arremetidas. De pronto, una idea se me aferró a la cabeza: quería ver los pechos de aquella mujer. La hice recostarse en la cama, quedando con la espalda sobre ésta y las piernas ladeadas. Me subí y, sujetándola en esa posición, la penetré apoyado en el muslo y la cadera.
Joderla en esa postura tenía un plus de morbosidad, pues en cierta forma era como si estuviese follando un trozo de carne, disociando a Lidia, boca arriba y con sus carnes temblando, de su pubis, de lado e inmóvil al tenerla firmemente sujeta. Agarraba su redondo culo y su muslo con ansiedad, pues sus piernas cerradas hacían que mi polla quedase bien prieta. Empezó a gemir débilmente y sacó la punta de la lengua de entre los labios, y sus manos agarraron sus pechos para acariciarlos con delicadeza en todo su contorno y también para apretar dura y brevemente los pezones en pequeños intervalos. Me miraba mientras hacía eso, como buscando mi reacción. Solté el muslo y apreté fuertemente su pecho mientras mantenía mi polla bien metida hasta dentro. Ella me cogió el culo y empezó a moverlo, haciéndome entender que no quería que parase el movimiento de mis caderas. Lidia quería follar ante todo, los magreos eran completamente secundarios para ella. Follar en la posición en que estaba me impedía mantener la mano en su pecho, así que volví a agarrar la pierna y el trasero, follándola con brío renovado mientras ella volvía a tocarse con más vicio que antes.
Me di cuenta de que había superado el umbral y que mi cuerpo no pararía hasta que me corriese. No sabía exactamente cuándo iba a suceder, pero Lidia sí. Volvió a demostrarme que su conocimiento de los hombres era total. Abrió las piernas lo justo para meter su mano entre ellas y tocarse mientras la jodía. Unos dedos en el pezón, otros en el clítoris, y mi polla entrando y saliendo sin control. En cuanto salió el primer chorro ella volvió a sacar la punta de la lengua simultáneamente y cerró las piernas, para que me corriese a gusto. En cuanto acabé, abrió los muslos y empezó a tocarse de forma más febril, tardando poco en llegar a convulsionar mientras se estrujaba el hermoso pecho. Tras un breve descanso, entré en el aseo a orinar. Tenía la polla enrojecida y algo irritada, lo normal tras un polvo como el que acabábamos de echar. Me la enjuagué un poco en el lavabo antes de volver.
¿No te importa ducharte en tu habitación?
Su tono fue amable, nada ofensivo a pesar de ser una invitación directa para que me marchase. Al menos se despidió de mí en la puerta, desnuda y con un beso en los labios. Me acerqué al ascensor y pulsé el botón. Una vez dentro decidí bajar a la sala de fiestas. Aún quedaba gente bailando, y el que no estaba colocado dormitaba en alguna mesa. Bebí con demasiada sed y acabé hablando con la juventud, fumando en la misma terraza que con Lidia, pero esta vez acompañado de una chica que apenas tendría los veinte. Estábamos como cubas. Me la imaginé chupándome la polla y a cuatro, sobre la cama de Lidia y se me empezó a poner morcillona de nuevo. Sin ningún control sobre lo que hacía y decía, le pregunté directamente si quería follar. Cuando se recuperó del shock me dijo que sí entre risas y nos fuimos sin despedirnos de sus amigos. Entramos en su habitación dando tumbos. La esperé en la cama a que saliese del aseo. Lo siguiente que recuerdo es despertarme junto a ella, de día y vestido. Ella en ropa interior con las medias puestas hasta el ombligo. El olor a alcohol era horrible y salí de allí con paso poco firme, no sin antes mirarla y lamentar no haber disfrutado con ella de un buen rato de sexo, pues sus pechos ocultos tras ese pequeño sujetador y las medias color beige volvieron a moldear mi pene dentro del pantalón.
Tras intentar dormir inútilmente, me duché y bajé a desayunar. El hotel había tenido la gentileza de ser muy flexible tanto con el horario del buffet matinal como con la hora límite para desalojar la habitación. Cuando llegué al comedor la mayoría de los invitados ya había pasado por allí y había bastante desorden. Sólo estábamos cuatro personas en el salón, y una de ellas era mi joven y reciente amiga, con el mismo aspecto con que la dejé en su habitación. Como estaba sola, me senté a su lado. Me recriminó con falsa indignación el que no me despidiese después de lo que quiera que hiciésemos. Antes de terminarme el café volvía a tener la libido por las nubes, embobado por la forma en que se movían sus labios al hablar y por cómo contorneaba su trasero cuando se levantaba a por más comida, mirando hacia atrás coqueta. Entonces apareció Lidia a la entrada del salón, acompañada de su marido, que no mostraba intención de pasar el umbral. Era como lo recordaba: un hombre de poca estatura, gordote y poco atractivo. Lidia se puso a hablar con él pegando mucho su cuerpo, rozando su barriga con la de él y con una mano sobre el torso del hombre, acariciando su pecho de la misma forma que esa noche sus manos me habían tocado. Lo hacía discretamente, sin llamar la atención de los pocos que estábamos en el comedor. No obstante Lidia me miraba de reojo mientras susurraba al oído de su marido y mi polla se fue poniendo tiesa al mismo ritmo que visiblemente se le estaba poniendo a éste. Se apoyó a la barriga del hombre para darle un último beso en los labios antes de acercarse a mí y despedirse cortésmente, bajo una mirada condescendiente de él que no supe interpretar bien. Lidia olía bien y me quedé con las ganas de besar su boca, pues acarició con disimulo mi nuca mientras me daba dos besos en la mejilla.
Los vi desaparecer tras la puerta y mi joven amiga me sacó de la nube, acercándose con un croissant mordisqueado y preguntándome si tenía prisa por irme. La miré de arriba a abajo. Volviendo a mirar su cara, vi cómo jugaba con sus labios y una de las puntas del panecillo. Se acercó y se quedó de pie junto a mí, tanto que podía sentir el calor de su ingle. Sólo diré que cuando llegué a casa y saludé a mi mujer, mi polla estaba otra vez enrojecida y algo irritada.
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