El primer año en que estuve en la universidad lo empecé viviendo en casa de mis tíos hasta mitad de curso. Él era transportista y siempre estaba fuera entre semana. Mi tía era algo mayor que él, y acababa de cumplir los 61. Un día que acabaron pronto las clases llegué a casa antes de lo habitual y saludé para avisar que ya estaba de regreso. Mi tía no contestó, por lo que supuse que estaba en la calle haciendo la última compra. Me levantaba muy temprano y aproveché para tumbarme en mi cama, oyendo en ese momento cómo mi tía regresaba de tender la ropa en el patinillo. Al poco se metió en la ducha, y supe por el sonido que no había cerrado la puerta del baño. Me entró una calentura insana, mezclada con una gran curiosidad, y me acerqué a mirar. Sabía que me triplicaba la edad y que, aunque aparentemente se mantenía bien, la edad no perdonaba. Me quedé de piedra cuando desde el otro lado del pasillo pude ver a través del cristal envuelto en vaho que se estaba masturbando bajo la ducha, con un pie sobre la jabonera. Se frotaba el coño como un animal y parecía tener la boca abierta ahogando algún gemido. Tuve una erección inmediata. De pronto, sus piernas finas, sus pechos caídos y su rostro arrugado se convirtieron en un aliciente imponderable a mi deseo. Volví con cuidado a mi cuarto, tan silencioso como pude. Me tumbé otra vez pero, como no podía con la excitación, me desnudé. Empecé a masturbarme con el loco deseo de que ella apareciera.
Cerré los ojos. Me la imaginé en la ducha, yo detrás, mi polla resbalando entre sus nalgas hacia su, follándola desde atrás... recordé que a veces mi vieja puerta no cierra bien si no se empuja la manilla con decisión y temí que se hubiera abierto de par en par, movida por la cálida brisa que disfrutábamos esos días. Abrí los ojos, esperando que se difuminaran esos malos augurios, pero era consciente de que había sido algo descuidado al masturbarme y que había dejado que el chasquido que hacía al menear la piel de la polla sonara alto y claro en la habitación. Aún no había terminado de posar los ojos en la puerta, y ya me había dado cuenta de que ésta estaba abierta y de que ella estaba allí, envuelta en su albornoz. Me tapé como pude pero ya era muy tarde. Intentó tranquilizarme, quitándole importancia y hablándome de la energía de la juventud. Quise hacerle ver que si hubiese sabido que ella estaba en la casa no lo habría hecho. En cambio, ella me corrigió, haciéndome saber que me había visto al volverme a mi cuarto, después de espiarla. Se sentó en la cama y eso no hizo que me relajara. Después se tumbó a mi lado y puso una mano en mi pecho. Mi polla iba a estallar.
Me dijo que habían formas mejores de obtener un orgasmo. Me destapó sin pedirme permiso, quedando a la vista mi cuerpo desnudo y bajó sin más para meterse el capullo en la boca. Me estuvo haciendo una mamada lenta e intensa, su mano siempre en mi pecho para relajarme. El placer iba a más y se lo dije. Ella me rogó que no la avisara cuando me corriese, que me dejara llevar, que me relajara, que ella se encargaba de todo. Intenté relajarme como pude, cerré los ojos, pero al poco los abrí. Mi tía mamaba muy bien, sabiendo parar y acelerar para dilatar el momento. En un momento dado me miró y automáticamente empecé a eyacular. Tragó lo que pudo, pero le dio un poco de tos y salió rápidamente del cuarto.
La cena de esa noche fue tensa, pues sabíamos que íbamos a tener sexo otra vez y ninguno de los dos quería ser el primero. Sin embargo, al terminar el postre, me puse junto a ella con los pantalones bajados e hice que me mamara de nuevo, ella sujetando aún los cubiertos. Decidió interrumpir la felación para desvestirse allí mismo y llevarme a mi dormitorio. Se tumbó en mi cama, abrió las piernas y me hizo comerle el coño. Estaba deleitándome con su sabor, tan particular, cuando tomó mis dedos para que jugara dentro. En el momento en que los tenía a medio meter, llamó mi tío por teléfono y ella se levantó para hablar con él en privado, o más bien lo más lejos posible del lugar de los hechos. Al volver, a ambos nos comían los remordimientos y lo dejamos.
A la mañana siguiente todo fue muy duro, pues mientras la veía preparando el desayuno yo ardía en deseos por tomarla. Pero no hicimos nada. Tampoco a la noche. No obstante, esa madrugada me despertó al meterse en mi cama, desnuda. Y follamos. Se puso boca arriba, como cuando le comí el coño, y me hizo montarla, abrazándome con sus piernas. Yo la embestía con fuerza y ella me llevaba cada vez más contra sí, apretando sus muslos. Creo que se corrió antes que yo, y si yo hubiese continuado un minuto más, ella habría llegado de nuevo. Me besó todo el cuerpo al acabar. Me hizo prometer que mantendría silencio con mi tío, que no me arrepentiría, que ella sabía contentar a los hombres. Por si me quedaba alguna duda, que no era el caso, empezó un mamazo con la única finalidad de ponerme la polla dura. En cuanto la vio a su gusto, volvimos a joder en la misma postura.
Entonces vinieron los días de locura. Follaba con ella por la mañana temprano, al mediodía y por la tarde. Si quedaban fuerzas, follábamos por la noche, pues nos acostábamos juntos, y si no era así, ella me despertaba una hora antes de que sonara el despertador.
Ese fin de semana, cuando vino mi tío pensé que se olería algo, pero no fue así. Al lunes siguiente continuamos con el ritmo infernal de echar cuatro o cinco polvos al día. Cuando iba a clase me dolía la polla y los huevos, pero sólo podía pensar en regresar a casa para seguir follando. Si no la buscaba yo, era ella la que sabía encontrarme. El siguiente fin de semana, con mi tío ya en casa, los oí follar y tuve fuerzas y ganas para hacerme una paja con la oreja pegada a mi puerta, sintiendo el crujido de su somier y los jadeos ahogados. Eyaculé y me acosté, quedándome dormido unos minutos, y al despertarme volví a masturbarme, fantaseando con una maniobra arriesgada por parte de mi tía. Se hizo el silencio por su lado de la casa y mi tío empezó a roncar. Mi tía, clarividente con mi deseo, vino y se subió directamente encima de mi polla. Estaba sudando y olía sexo. Empezó a mover rápidamente las caderas y no pude reprimir besar rudamente sus pechos sobados. Estábamos como locos.
El lunes siguiente, ni yo busqué a mi tía ni ella a mí, tampoco al mediodía. Pensé en que quizás ella tenía remordimientos y que yo debería de tenerlos. A la noche, tras el postre, ella se desabrochó la bata y me metió sus pechos secos en la boca. Mamé de ellos y mi polla volvió a estar lista. Ella lo comprobó con alegría cuando se aseguró palpándome viciosamente con las manos. Me dijo que íbamos a probar otra cosa, que me quería así de fresco. Fuimos a su dormitorio y se puso a cuatro, y me dijo que le comiese el coño así. Ella colocó una mano entre las piernas frotándose el clítoris y yo le lamí la vulva, con la nariz encajada a la altura de su ano, ya que con esa posición no podía comerle el coño de otra manera. Ella gimió cuando la nariz, por la presión, empezó a entrar y vislumbré una invitación. No tardé de pasar del néctar de su coño al áspero sabor de su culo. Tras trabajarlo con la lengua, me dijo que le metiera un dedo, después otro. Cuando no pude más, los saqué para penetrarla, pero ella me dijo que lo volviera a lamer antes, y así lo hice.
Era la primera vez que lamía un ano tan abierto, y me puso tan cachondo que obvié sus protocolos y la penetré sin preguntar. Por el culo. En su cama matrimonial. Estaba en el cielo de los pervertidos. ¡Cómo gemía mi tía! Follaba tanto con ella esos días, que a veces no sabía si me había corrido o no, pero tras un buen rato jodiendo, ella tuvo que descansar poniéndose de lado. En esa postura ambos nos veíamos como un trozo de carne del que debíamos obtener el máximo placer. Lo decían nuestros ojos, nuestras caricias, la manera de follarla, la manera que tenía ella de abrirse las nalgas para que entrara ala máxima cantidad de polla. Eyaculé tanto que comprobé que cualquier cosa que hubiese sentido antes, no era una corrida. Ambos temblábamos en la cama, con mi polla aún dentro y mis manos apretando su pecho y con los dedos mojados, pues llegué a sujetarla por el coño durante mi penetración. Cuando tuvimos fuerzas para hablar, me dijo que mi tío la había penetrado por ahí la noche anterior. Que la había jodido por el culo en esas mismas sábanas. Al día siguiente volví a tomarla por detrás cuando me estaba preparando el desayuno en la cocina, y es que algo tenía ella y la cocina que me ponía cachondo cada mañana. Ni que decir tiene que ese día no me enteré de nada de lo que se dijo en clase.
A partir de esa vez, ella tomó la iniciativa para elegir dónde la penetraría. Creo que supuso sabiamente que, por la novedad, buscaría incansable su puerta trasera. Pero ella tenía un don, y era el saber sorprenderme. Nunca sabía cuál era la forma que elegiría para hacerme correr: boca, culo, coño, manos. En ambos sentidos, pues a veces me usaba para llegar al orgasmo y luego me obligaba a masturbarme sobre su piel, ya sea usando sus muslos, sus pechos, su cara, sus pies, sus manos o su pelo. También empezó a tomar la costumbre de, cuando follaba con mi tío, alzar la voz para retransmitir por dónde la estaba penetrando y cuál de los dos se había corrido y dónde. A veces mi tío le llamaba la atención, mandándola callar "para que no despertara al muchacho". Mi tía no siempre entraba a mi cuarto para que le diese una segunda vuelta al lugar en el que ya había sido penetrada.
Cuando hice amistades con compañeros de facultad, me invitaron a vivir a un piso para estudiantes. Ese era el plan de todos desde que fui allí a licenciarme, así que me acepté y me marché, despidiéndonos mi tía y yo con cierto alivio por cortar aquella relación tan absorbente. Ambos queríamos a mi tío y nos pesaba un poco el que hubiéramos pasado el último mes desnudos por la casa porque era lo más práctico. Otra razón de peso para irme es que yo había empezando a salir con una chica, a la que había llevado a casa alguna noche. Pero cuando me despertaba por la mañana abrazado a ella y oía a mi tía en la cocina, sólo deseaba ir hasta allí, levantarle la bata y lamerle ese culo que me tenía obsesionado, haciendo que sintiera remordimientos por mi amiga. Una vez emancipado en mi nuevo hogar, un día fui a comer a su casa. Comimos poco porque follamos lo atrasado, y pasé esa noche con ella, prácticamente en vela. Supimos entonces que yo no iba a volver a aquella casa si ella estaba sola, sin mi tío. Lo que yo no sabía entonces era que nunca iba a volver a follar con nadie de esa manera, ni con esa pasión, ni en un periodo tan extenso.