Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, quiso criarnos a mi hermano Ernesto y a mí para que siguiéramos sus pasos en su piadosa forma de ver la vida. Como estaba ella sola al frente de la familia, esa religiosidad le había dado el rumbo y la fuerza para llevarnos adelante. Por desgracia para ella, a ninguno de los dos nos movía esas inquietudes transcendentales. Es más, cuando cumplí la edad en la que una se empieza a fijar en los chicos tuve claro que la orientación sexual de mi hermano mayor entraría en un conflicto insalvable con mamá. Él no decía nada al respecto, pero no podíamos reprimir una tonta sonrisa cuando nos mirábamos cómplices por culpa de la aparición de algún muchacho guapetón.
Mamá también intuyó las inclinaciones de Ernesto, pero no podía expresar sus preocupaciones sin hablar de algo de lo que no estaba dispuesta a afrontar de ser cierto. En vez de eso, quiso enmendar los apetitos sexuales de mi hermano yendo muy provocativa por casa. Sus escotes eran cada vez más abiertos y los pantalones más cortos. Mamá no se daba cuenta, pero esa absurda incitación sumada a su especial preferencia por el primogénito era cada vez más bizarro. Mamá estrechaba a Ernesto en su pecho como si fuera un niño pequeño a pesar de las protestas de éste, o bien mostraba sin rubor sus piernas con unos movimientos tan forzados que acabábamos viendo aparecer sus bragas por algún lugar de su ropa, esto es, en la ranura de su bata abierta al sentarse o entre sus nalgas al agacharse con los estrechos shorts.
Al principio no sabía la razón de esa exhibición tan zafia de mamá, pero como siempre lo hacía con Ernesto presente, comprendí. Ella no entendía que aunque Ernesto hubiera sido como ella habría querido que fuera, su comportamiento abría la puerta al terreno aberrante del deseo incestuoso. Supongo que en su desesperación ella no evaluó con claridad la forma de alcanzar lo que quería conseguir con Ernesto, y como no obtenía alguna reacción de éste, aumentó su apuesta. Dejó de usar sujetador en casa haciendo que sus redondos pechos se moviesen libremente bajo los escotazos, lo cual a veces nos provocaba algunas risas cómplices ente mi hermano y yo. También dejó de cerrar la puerta del baño al ducharse. Un día que entré en el salón, mamá tenía la mano dentro del short masturbándose mientras leía un libro, con un muy azorado Ernesto viendo la tele intentado ignorar lo que estaba ocurriendo unos metros más allá. Me di la vuelta muerta de vergüenza.
Así pues, mamá empezó a llevar por casa el botón de los pantalones abierto, lista para tocarse si Ernesto se quedaba a solas con ella. Saqué partido al exhibicionismo de mi madre y a la respuesta indiferente de mi hermano, pues me permitió ir muy cómoda en casa, sin apenas cubrirme en ese caluroso verano. Mamá, que en una situación normal me hubiera obligado a ir más recatada, vio una forma de reforzar su cruzada por enderezar la estimulación viril de Ernesto, pero yo sentí que me sacrificaba en pos de su hijo adorado. La diferencia entre mamá y yo era que a Ernesto no le incomodaba verme ligera de ropa, pues no había intención morbosa por mi parte, todo lo contrario de lo que ocurría con nuestra madre.
Un día Ernesto llegó algo borracho a casa. Se cambió de ropa, se tumbó en el sofá y puso la tele. Me asomé al cabo del tiempo y me lo encontré roncando ligeramente, pero de un pernil enrollado de sus calzonas sobresalía su hermosa polla amorcillada, con la punta brillante como si se hubiera estado tocado dormido. De hecho, mientras lo miraba se tocó un poco el falo y lo soltó, haciendo que éste se pusiera un poco más erecto. Me pregunté cómo sería aquello en su esplendor. Yo era joven e impulsiva, pero también consciente de la pasividad de Ernesto con las provocaciones de mamá, de manera que para saciar mi curiosidad di un paso más que nuestra madre, confiando en la docilidad que mostraba siempre.
Me puse de rodillas y le estuve acariciando suavemente el miembro, con mucho cuidado para evitar despertarlo. En su estado semi erecta, era de por sí la polla mejor dotada que había tocado jamás. Cuando se puso dura la así con firmeza para que no volviera a languidecer. La respiración de Ernesto seguía siendo profunda. Acerqué la otra mano al glande y usé el líquido preseminal para lubricar la caricia de mi pulgar en su redondo ariete. Temiendo despertarlo con el tacto del resto de mis dedos, pensé que lo más suave que podía usar era mi boca. Fue la primera vez que hacía una felación por iniciativa propia. Ni pensaba que era mi hermano. Sólo era una buena polla y mi boca. Además, a él no le interesaban las mujeres, por lo que no podía haber nada malo en eso. Eso sí, una vez que empecé no pude parar y además quería que él llegara al final como contrapartida. Una vez superada la primera fase de excitación incontrolada, tuve prisa por acabar por si se despertaba o mamá volvía a casa. Minutos más tarde abandoné el salón con los restos de su semen aún en la boca.
Si Ernesto se había despertado mientras se la chupaba era algo que nunca sabría. No obstante, a partir de ese día empezó a echarse la siesta metido en su cuarto. Mamá no nos dejaba poner pestillo en nuestras habitaciones, así que para nosotros una puerta cerrada significaba que no queríamos ser molestados. Por lo demás su trato conmigo siguió siendo de lo más normal. Lo que sí ocurrió fue que empezó a salir con un chico a escondidas de mamá y lo metía en su habitación si ésta no estaba en casa. El chico no me caía demasiado bien, y además, cuando estaban dentro del dormitorio, oía cómo le decía a Ernesto puta, maricón y todo tipo de improperios, aunando a esa falta de respeto sonidos de cachetadas.
Me preocupaba que tras del bochornoso comportamiento de mamá se hubiera buscado un novio que no lo respetase. Mi hermano era un buen chico y no se merecía eso. Se me ocurrió una idea sobre cómo intentar desviar la atención que Ernesto procesaba a su amigo. Tras lo ocurrido entre nosotros en el salón, sólo tenía que meterme más en ese terreno que mamá no se había atrevido a explorar. Un día rompí nuestro pacto de intimidad y entré en su cuarto cuando dormía la siesta. Se despertó cuando estaba a punto de chupársela. "Araceli, no, no, tú no" fue su inútil protesta. Me la metí en la boca e hice que me la follara apretando mis labios. Tomé aire y le dije que él ya sabía lo que íbamos a hacer. Se tumbó sujetando mi cabeza débilmente y separé sus manos para mamársela con libertad. Y es que Ernesto no quería hacerlo realmente, pero su polla tenía su propia memoria sensorial y se puso rígida para buscar su recompensa.
Volví al día siguiente. Y al otro. Al tercer día sufrió una erección cuando mamá salió por la puerta para ir a trabajar, y yo fui como una zorra a buscar mi ración de semen. Empezó a avisarme si su amigo venía a casa para que yo adelantara o retrasase mi visita. Aquello se había convertido en una costumbre sin una motivación especial, pues siendo hermanos y él homosexual, no había un apetito de deseo entre nosotros. Era puro desahogo sexual para él, algo higiénico como si se masturbarse, y un íntimo aprendizaje para mí. Tampoco lo iba a enderezar, como pretendía mamá, y sabía que no iba a dejar a su chico por mis felaciones. Para mí era un dildo de carne y para él era masturbarse diariamente sin tocarse.
A los pocos días me preguntó si quería probar otra cosa y le dije que sí. Me entraron dudas sobre si realmente yo quería hacer algo más, que me follara, por ejemplo. Cuando vi que se refería a probar a mamar hasta el fondo me tranquilicé y le dije que sí. Era algo que quería saber hacer pero me daba vergüenza las arcadas que sabía que me iba a dar. Él me dijo que me enseñaría, que me relajara. Nos desnudamos y nos metimos en el plato de ducha. Cuando el suave glande tocaba mi garganta, yo vomitaba, pero nos lo tomamos a risa. Intento tras intento, el falo iba introduciéndose más profundamente, hasta que sus testículos tocaron mis labios. Fue el momento de tomamos un descanso y le terminé de chupar normal.
Seguimos entrenando mi técnica y los vómitos remitían día tras día, hasta que al final mi cuerpo apenas generaba rechazo. Una de esas veces, cuando llevaba varios segundos sin respirar y tenía un testículo rozando mis dientes, a punto de entrar junto con el resto de la polla, empezó a decirme que chupaba como una puta, que era una zorra guarra chupapollas. Me puso más cachonda aún de lo que estaba y eso me relajó completamente la garganta. A pesar de estar cerca de desmayarme por falta de oxígeno, le follé el rabo sin sacar la punta de mi faringe, hasta que conseguí meter todo el escroto en la boca a la vez que él gritaba de placer y dolor. "¡Joder, qué puta eres!", me dijo. Fue entonces cuando entendí por qué su amigo le decía esas cosas tan irreverentes, pues mis muslos se estaban mojando como nunca por el flujo que salía de mi vagina.
Cuando ya era una experta con lo de la garganta profunda volvimos a tener nuestros encuentros diarios en la comodidad de su cuarto. Lo siguiente fue invitarme a que extendiera mis lamidas al ano, para pedirme después que le metiera un par de dedos. Esa técnica hacía que se corriera antes, pero a él no le importaba que se acortara el tiempo que le dedicaba a la felación, y a mí tampoco. Como yo le penetraba con los dedos, le pregunté si quería follarme a cambio, pero me dijo que no. Me dijo que cuando yo le mamaba él cerraba los ojos y podía dejarse llevar, pero que no podía follarme sin sentir cierto rechazo. Entonces me dijo que su amigo sí me follaría gustoso si yo quería, pero aquella idea me repelía completamente y la deseché al momento.
Mientras tanto, mamá estaba cada vez más empecinada con la idea de enderezar a Ernesto. Me dijo que iba a contratar a una prostituta para meterlo en vereda de una vez. Me enfrenté a ella y le dije que lo dejara en paz, que él no era como ella pretendía. Mamá me interrumpió con un violento "¿Y tú qué sabes?", a lo que respondí entre lágrimas con que "simplemente lo sabía". Ninguna mencionaba explícitamente la sexualidad de Ernesto, no hacía falta. Mamá me arrinconó: "No puedes saberlo, ¿o sí? ¡Dime cómo lo sabes!". Me vi entre la espada y la pared. Le conté que las chicas iban detrás de él y que él se mostraba indiferente. Eso era verdad, pero no lo suficiente como para convencerla. Seguí entonces con una mentirijilla, contándole que una amiga mía se había acostado con él y que lo único que se llevó fue un oral que ella le hizo a él, pero a costa de insistir. Que Ernesto no se interesó después por ella ni por ninguna otra. Mamá no quiso creerlo y fue tajante al decirme que mi amiga no sabría hacerlo, que no se había tomado el suficiente interés como para prender la llama de Ernesto.
Esa misma noche, cuando ya había apagado la luz de mi mesita de noche, pude oír cómo mamá llamaba con los nudillos a la puerta del cuarto de mi hermano. Oí la voz de Ernesto murmurando una protesta, cierta resistencia. Después el silencio. Algo de movimiento de sábanas y después el traqueteo que hacía la cama de mi hermano cuando fornicaba con su novio. Para ese momento, ya había aceptado que mi vergüenza impediría que parase aquella locura. Sólo entonces me di cuenta de lo que yo había estado haciendo con él esos últimos meses y me sentí peor que un gusano. Los gemidos de mamá me devolvieron a lo que estaba sucediendo en el otro cuarto. Quería taparme las orejas con la almohada pero no podía dejar de escuchar. Mi hermano aún tenía fuerzas para suplicar, pero mi madre le imploraba que le pellizcara los pezones mientras el somier seguía sonando rítmicamente. Oí claramente a mamá pidiendo que se corriera dentro. Después el silencio, eterno. Oí la visita de mi madre al aseo y cómo acabó entrando en su cuarto. Al despertar sentí el roce de las lágrimas secas que aún se adherían a mi cara.
No volví a molestar a Ernesto y éste dejó de verse con su novio. Pero también dejó de hablarle a mamá, y casi me dejó caer de que yo era como ella. Se hizo muy huraño, desagradable con todos, no sólo con nosotras. Estuvo trayéndose chicas a casa sólo para que mamá las oyese gemir. Era una situación muy humillante para los tres. Finalmente, con la excusa de prepararse bien para la universidad, se fue a vivir a otra ciudad con una tía nuestra a la que queríamos mucho. Poco a poco se normalizó su relación conmigo, sobre todo cuando iba a verlo y comprobó que me llevaba bien con sus nuevos amigos. Con el tiempo me convertí en la intermediaria emocional entre él y mamá, pues no volvieron a mantener una relación cordial directa nunca más.
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