Aquella fue una tarde que empezó tan igual como otras muchas. Vivíamos casi pegados a la casa de mis tíos, eso hacía que pareciésemos más una comuna que dos familias independientes y, ese día en concreto, fuimos nosotros los que nos desplazamos a la suya para merendar. Desde que llegamos había notado a mi primo bastante inquieto y le pregunté discretamente si le pasaba algo, respondiéndome misteriosamente que quería hablar conmigo en privado. Como ya habíamos terminado con el café, nos levantamos de la mesa del comedor y nos metimos en su habitación, un cuarto que estaba junto al salón y que se comunicaba con éste a través de un ventanuco. A nadie le extrañó que nos juntáramos a hablar, ya que siempre habíamos tenido mucha confianza entre nosotros.
Me senté en la silla y él en la cama frente a mí, y empezó a contarme lo que le atormentaba. Tras varios rodeos, me dijo que se veía con una amiga y que le gustaba mucho, pero que no sabía cómo insinuarle que quería tener relaciones con ella porque ésta ya tenía novio. Mi primo apenas tenía 18 años y yo ya había cumplido los 21, y esa diferencia de edad había hecho que él siempre tuviera en mucha consideración los consejos que le daba, en especial si era sobre chicas. No obstante, por la forma de hablar, me dio la impresión de que simplemente quería que le hablara de sexo para ponerse cachondo.
Yo ya había pillado a mi primo, y también a su papá, mirándome el culo o el escote en alguna ocasión. Un día, gracias al espejo del aparador de su casa, descubrí a mi tío mirándome por detrás. Me quedé perpleja observándole hasta que nuestras miradas acabaron cruzándose. Mi tío se sintió algo violento y fue incapaz de hablarme en un mes, pero poco a poco todo volvió a la normalidad, salvo que esta vez fui tomando conciencia de sus inocentes miradas furtivas. Ya conocía cómo eran los chicos y sabía que no debía tomarme en serio aquello. Aunque lo pensé, desde el principio deseché la idea de vestir de una forma u otra por él, es más, en cierto modo empecé a usarlo como cobaya para saber si la ropa nueva que me compraba era demasiado atrevida. Al tiempo descubrí que mi primo también había tomado la costumbre de su papá, pero por entonces yo ya había perdido el pudor al recibir esa clase de miradas.
Aquella tarde llevaba una falda blanca elástica y corta, y supuse que mi primo se había emocionado especialmente. Mientras me hablaba de esa supuesta amiga, me preguntaba si sería correcto cruzar las piernas. Si lo hacía, quizás viese fugazmente el color blanco del tanga que llevaba puesto, pues las braguitas se marcaban demasiado en aquella falda tan ceñida. Estuve muy tentada de hacerlo, con la única intención de hacerlo sufrir por diversión, darle un toque extra a sus fantasías para cuando se tocase de noche en ese mismo cuarto. Pero tal y como me miraba las piernas, pensé que ya le había proporcionado bastante argumentación.
Pero al poco quise ponerlo un poco más al límite. Al hilo de lo de que su amiga tenía ya novio, le dije que la primera vez que tuve sexo con mi actual pretendiente yo estaba saliendo con otro chico. A mi primo se le pusieron los ojos como platos y se le dibujó una sonrisa nerviosa en los labios. Yo tuve que reprimir una carcajada, pero empecé a darle más detalles con una voz cada vez más melosa. Le conté que aquello ocurrió un día que había salido con las amigas, que entramos en un bar y allí me encontré con aquel chico que me caía tan bien pero que apenas había hablado con él... que acabamos bailando perreando un poco... que al salir del bar estábamos tan calientes por el baile que casi ni hablamos. Mi primo me miraba tan absorto, que empecé a contarle cómo mi ahora novio me metió mano por debajo de la falda a la vez que me sobaba ardientemente los pechos. Mientras hablaba, el pene de mi primo iba creciendo, y yo cada vez le decía más cochinadas, sólo para incordiarle. Llegó un momento que casi ni le cabía en el pantalón, y se veía bien grande.
—Primo, parece que te has emocionado un poco.
—Sí, prima. Te seré sincero, mientras hablabas me he imaginado lo que te hacía tu novio —se echó para atrás, para que pudiese ver bien la erección que tenía—. Y encima hoy te has puesto la falda esta y no puedo dejar de mirarte.
Su voz era insegura y las frases eran demasiado torpes como para engatusar a una chica. Lo que me excitó un poco fue la forma descarada de mirarme y las emociones que me invadían al ver ese pene tan gordo. Dando una vuelta de tuerca extra al juego que llevaba, quise ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar mi primo.
—No te preocupes, ¿por qué no me dejas ver tu verga?
Apenas lo dije ya se la había sacado. Era tan gorda como parecía y tenía un buen tamaño. Una vez fuera, quiso exhibir su virilidad y empezó a masturbarse. Mi novio, que tenía un pene bastante aceptable, no recorría tanto al tocarse. Noté cómo se enrojecían mis mejillas. Oíamos el sonido de las voces de la familia a través de la ventana y, mientras veía el capullo aparecer y desaparecer en su mano, me puso cachonda pensar en follar con él sin que nos pillaran.
—Ya que has sido sincero, también lo seré yo. Mi novio lleva fuera más de una semana, dejándome necesitada de mucho cariño, y encima tú ahora me has hecho mojar un poco las braguitas. ¡A ver cómo resolvemos esto!
Me desabroché un poco la blusa y aflojé el sujetador para subirlo lo suficiente como para poder empezara a acariciarme los pechos, mordiéndome los labios mientras miraba cómo él seguía tocándose. Mi primo miraba nervioso a la puerta de la habitación. El riesgo de que entrara alguien era alto, pero yo sólo quería tener a mi primo contra las cuerdas. Le volví a hablar más sucio.
—Me gustan mucho las pollas gordotas, y la tuya es muy grande, primo. Me gusta tanto que me tienes muy mojadita —ya no supe parar— ¿Me dejarías probarla un poco, solo un poquito?
Mi primo no se lo pensó. Se levantó de la cama de un salto y echó el cerrojo a la puerta, para venirse hacia mí. Le cogí el rabo y me agaché para hacerle una buena mamada. De rodillas, lo masturbé mientras chupaba ese enorme capullo. Escupí sobre mis manos para poder moverlas mejor y fui especialmente poco cuidadosa llevando la piel de la polla siempre al límite. Gimió evitando alzar la voz y se sujetó a la pared. Entonces metí lo que pude en la boca, iniciando un movimiento de vaivén de forma que cuando el glande golpeaba mi garganta yo echaba atrás la cabeza para tomar un nuevo impulso. Aquello hizo jadear continuadamente a mi primo y también hizo que mi tanga terminase empapado. Me puse de pie y empezó a tocarme los pechos, para después cogerme el culo por encima de la falda apretándome fuerte, para acabar por debajo de ella, en un forcejeo imaginario que acabó cuando sus dedos entraron en mi coño. Mi primo estaba demasiado excitado y no se andaba con delicadezas, pero ambos comprobamos lo mojada que estaba. Me cogió en alto y me puso con la espalda en la pared. Le tenía rodeado con mis brazos y mis piernas, pues la falda se me subió sola hasta la cintura, y le dije al oído que me la metiera bien dentro, que quería sentir su polla gorda en mi coño.
Haciendo a un lado el hilo del tanga, empezó a pasar la verga por el clítoris y la entrada de la rajita, haciéndome ahogar un grito de placer pues a la vez sentía a la familia al otro lado de la pared. Me la metió finalmente y empezó a darme duro. En medio de los embistes consiguió chuparme los pezones, haciéndome chorrear más aún.
—Ponme a cuatro patas, que me gusta mucho cuando mi novio me da así —me miró desconcertado por hablarle de otro hombre en ese momento y quise reconducir su deseo—. Me gusta cuando me folla como a una perra, fuerte, cada vez más fuerte.
Como esperaba, la idea de que otro hombre también me jodía duro lo hizo ponerse más bravo aún. Me colocó en el suelo, me tiró del pelo y me dio una cachetada en el culo. Aquel ruido podía delatarnos, pero me puse como una zorra, y más cuando me metió el rabo de un rápido y único empujón. Tuve que buscar un cojín para morderlo y no gritar. Sólo me lo quitaba para pedirle "más" y "más fuerte".
—Prima, estoy a punto de venirme.
—Avísame, quiero tragarme toda tu leche.
Yo estaba tan cerca del orgasmo que oírlo a él, y oírme a mí, hizo que me corriese como nunca, en un flujo que me hizo mojar las piernas. Me di la vuelta y él empezó a comer mi sexo, haciendo que el orgasmo durase unos minutos más. Le cogí la verga y tras masturbarlo un poco me la lleve entera a la boca. Enseguida me avisó de que llegaba su descarga y me tragué toda la leche que me regaló. Cuando acabó seguí masturbándolo, con la boca abierta y aún saqué algo más.
—Qué puta eres, prima.
Me mojó oírle y me dio pena que su rabo hubiera acabado ya. Se lo lamí a fondo y se lo dejé bien limpio.
—Fóllame otra vez —rogué, tanteando sus ganas.
Pero sólo alcanzamos a masturbarnos un poco más. Desde entonces nos buscamos como animales en cuanto tenemos una oportunidad. A veces nos vemos antes de que mi novio me recoja y otras, cuando me deja en casa, voy a la de mi primo antes de entrar en la mía. Él ha empezado a salir con una chica y por cortesía no hago por verlo antes de sus citas, pero sí después. Es entonces, cuando nuestros miembros huelen y están recién usados por nuestros amores, como más placer encontramos.