Tenía las uñas clavadas en el respaldo del asiento del coche, con la cara pegada a la tapicería. La polla de Alberto entraba y salía sin descanso. Yo no podía verlo, pero sí sentirlo. El pobre debía estar incómodo detrás de mí, mientras yo estaba tan a gusto a cuatro recibiendo mi ración de carne compacta y venosa. Oler el asiento desconocido mientras probaba por primera vez esa hermosa polla me estaba poniendo a mil. El sólo podía ver mi falda levantada y las medias con el liguero, con la braguita a un lado para poder penetrarme.
Todo había empezado un par de horas atrás, en mi oficina. Me sentía extraña estar ahí trabajando con toda aquella lencería puesta, pasándome toda la tarde temiendo que el roce de los muslos al andar y con tanto sentarme y levantarme me dejasen las medias y el liguero inservibles. Llevaba una falda estrecha y una blusa clara, también sujetador y braguitas de encaje negro y, por supuesto, las ya mencionadas medias con sus ligas. Al fin vi a Alberto llegar desde el otro lado de la oficina, a la hora convenida. Cuando pasó por mi lado me dijo un escueto "Hola, Ana" con una pícara sonrisa. No pude evitar sonrojarme cuando le devolví el saludo deseándole las buenas tardes, ni que mi sexo buscase mi atención pidiéndome a gritos que lo usara sin compasión esa noche. Las palabras "Hola, Ana" decían que tras más de dos meses mandándonos mensajes y teniendo breves charlas clandestinas, finalmente hoy íbamos a estar juntos, sólo para sexo. Por mi lado, tuve que buscarme una buena excusa en casa para llegar más tarde, dejando solos a mi marido y mi hijo, y él tuvo que hacer lo propio con su mujer y sus niñas.
No fue fácil para mí dar el paso, pues no está en mi naturaleza tener este tipo de encuentros y menos aún desde que me casé. Posponía el día del encuentro justificándome con excusas del tipo de que él conocería a muchísimas mujeres más jóvenes y más estilizadas, o me decía que sólo era un calentón y que ya se me pasaría. Pero un día decidí que no. Le resulto atractiva a la gente, y en especial sé que los chicos miran mi cuerpo con deseo, y a veces también deseo a esos chicos. En este caso tenía la oportunidad y las ganas y debía tomar lo que se me daba. Me fue muy difícil poder disociar a mi familia de la prosaica realidad de lo cachonda que me ponía Alberto, pero sabía que si ellos no se enteraban, una cosa no tenía que ver con la otra. El hecho de que ambos estuviésemos casados y con hijos nos daba una red de seguridad emocional y un aliciente a nuestra apetencia de probar la fruta prohibida. El me enseñó un anticipo en una foto, en la que bajo un torso fibroso y musculoso destacaba un hermoso falo bien dotado y venoso. Lo recibí por la noche, sin esperarlo. Mi marido aún no se había acostado, así que me subí el pijama y le mandé una foto de mis pechos. El que él me mandara una imagen de su pene erecto y yo le respondiese con una de mis tetas me pareció inmediatamente una ridiculez de adolescente, pero él se mostró entusiasmado, demostrándomelo con otra fotografía "a posteriori" y me tranquilicé. El tiempo transcurrido entre que nos despedimos y el que tardó mi marido en llegar a la cama fue una contrarreloj conmigo misma para alcanzar con éxito el orgasmo mientras miraba sus dos fotos, imaginando lo que había estado haciendo él entre medias mientras miraba mis pechos desnudos en la pantalla de su móvil.
Pero volvamos a mi oficina. Era ya la hora de cierre y él aún estaba reunido con los del departamento de compras, así que fui al aseo para recomponerme la ropa. Me coloqué bien los pechos dentro del sujetador, y me alisé las medias. Me cambié de zapatos por unos con más tacón, me retoqué el maquillaje y salí. Mientras recorría las mesas y me iba despidiendo de mis compañeros, notaba cómo me temblaban las piernas. Esperé a Alberto en un pasillo lateral y apareció al cabo de los minutos. Tal y como me miraba debía gustarle lo que veía. Se plantó delante, casi rozándome.
—¿Estás preparada?
—Sí, vamos.
Estábamos muy cerca uno del otro y él estuvo a punto de besarme, pero con mi oficina al lado sería asumir un riesgo muy innecesario. Así que en los segundos en que no nos besamos pero que estuvimos mirándonos en silencio, él tuvo tiempo de desviar la mirada hacia mi escote. Me dije que el encuentro ya había comenzado, y deseaba tanto sentirlo que me desabroché un botón, vigilando su espalda por si pasaba alguien. Como allí no se movía un alma, le cogí una mano y la puse en mi pecho, sobre la blusa. Su pulgar se metió en el escote mientras el resto apretaba la turgencia que le ofrecía. Era excitante sentir su piel con la mía por primera vez. Mientras Alberto buscaba el pezón, su cuerpo se fue acercando más y más. Me hubiese dejado hacer cualquier cosa ahí mismo, pero reaccioné a tiempo separando su mano porque unas sombras anunciaban que alguien aparecería al final del pasillo. Nos pusimos de acuerdo con el plan y salimos, yo a unos metros detrás de él.
Cada uno subió a su coche y nos dirigimos a un centro comercial. Salí antes que él y podía verlo a través del retrovisor, detrás de mí a varios coches detrás de mí, intentando acercarse. Finalmente lo consiguió y en el último semáforo se acercó suavemente a mi coche, levanté el pedal del freno y sentí la fuerza de su motor empujando. Todo era muy sexual y me puso a mil. Entramos en el enorme parking, me dirigí a la parte más discreta y aparqué. Dejé mi coche ahí y subí en el suyo, en el asiento del acompañante. A la excitación que tenía se le sumó cierto nerviosismo, pues ya no había vuelta atrás. Estaba en un coche que no era el mío junto a un hombre que no era el mío, en un asiento que normalmente estaba ocupado por otra mujer. Yo también me veía en tercera persona, más aún cuando me senté y la falda quedó muy subida, concediéndole a mi acompañante el poder deleitarse con la visión de mis piernas indecorosamente expuestas.
Pero me di cuenta de que esa mujer mostrándose era yo y entre risas intenté taparme los muslos. Su mano me interrumpió y se acercó para besarnos. Nuestro primer beso de verdad, nada de un par de piquitos fugaces. Su lengua entró tan ávida como lo estaba mi boca al recibirla. No me esperaba ese beso tan húmedo en ese momento, y creo que él tampoco lo había previsto, pero en unos segundos encontramos un lenguaje común. Llevé su mano a mi pierna y él la subió hasta la cadera. Nos separamos y nos reímos felices antes de volver a besarnos. Llevé su mano a mi pecho, tal y como habíamos hecho antes, pero entonces ya podía tocarme lo que quisiese. No obstante, el sonido de un claxon hizo que nos recompusiésemos y salimos de allí.
Habíamos barajado varios planes para el encuentro. Era complicado ir a un hotel, pues éramos conocidos por la zona y por cuestión de tiempo no podíamos alejarnos mucho de nuestros domicilios. Así que el lugar que nos pareció más discreto fue el de Los Robles, un parque cercano con muchas zonas escondidas donde poder aparcar. Me sentía extraña fornicando en el coche como un par de adolescentes, pero Alberto me aseguró que había encontrado un buen sitio en el que estaríamos tranquilos. Desde el momento en que se ponía el sol, el parque era usado por parejas, con o sin coche, y seríamos una más. Además, si pasaba cualquier cosa, el coche era el de Alberto, y ampararme en cierto anonimato me relajó un poco. Justo antes del ocaso entramos por un camino de tierra y al poco llegamos a un pequeño recoveco. Alberto apagó el motor y las luces del coche. Se hizo un silencio total. Miramos alrededor y no se veía un alma, nada más que árboles y arbustos que nos ocultaban del camino principal.
Girando una pequeña rueda que había a un lado de su asiento fue abatiendo el respaldo. Me pidió permiso para bajar el mío y se pegó a mí mientras accionaba el mecanismo. Nuestras caras estaban frente a frente en todo momento y nuestras bocas a punto de rozarse, cada vez sentía más el peso de su cuerpo y el aliento de su boca. Puse una mano en su brazo, y la dureza del mismo mientras manipulaba la rueda me hizo recordar la foto de su torso, asimilando que esos abdominales tan marcados estaban entonces rozando mi vientre. Cuando ya estaba lo suficientemente horizontal y el movimiento paró, llegó el anhelado beso. Este fue incluso más húmedo que el primero y sólo era interrumpido para decirnos las ganas que nos teníamos y lo que queríamos hacernos. Me acarició un pecho y quise facilitarle el paso abriendo la blusa. Me di cuenta de que la había llevado muy abierta desde que salimos del edificio de mi oficina, dejando a la vista el sujetador desde entonces. Hice a un lado la camisa y el sujetador, sacándome a duras penas una teta, haciendo que la boca de Alberto saltase como un resorte a chuparme con ganas. Con la otra mano me apretaba el otro por encima de la camisa blanca. Pensé fugazmente que al llegar a casa alguien podría notar que esa parte pudiera estar menos impoluta, y me dio igual. No me reconocía y quería conocerme mejor. Doblé la pierna y Alberto bajó la otra mano, tanteando el muslo, acariciando la piel y las medias. La boca seguía succionándome el pezón, aumentando la intensidad hasta que sentí un pinchazo muy doloroso, haciéndome gemir y no por placer, pero supe que debía esperar. Siguió chupando, haciéndome temblar en una mezcla de miedo y dolor pero, antes de darme cuenta, la punzada abrió una pequeña puerta a un hilo de placer. La forma instintiva en que mi sexo buscó el muslo de Alberto para frotarse me mostraba el tiempo que hacía que no sentía algo así.
Alberto bajó hasta donde pudo en el incómodo espacio del coche, dejando el pezón dando pulsaciones de placer y dolor, a pesar de no estar siendo ya estimulado. Ahora su boca buscó mi muslo, besándolo y acercándose a la ingle, rozándome el sexo. Separó la braguita y me besó casi en el labio, haciendo que instintivamente abriese más la pierna para poder sentir su lengua jugar libremente por mis pliegues, muy suave. Fue muy delicado y me fui abandonando a los masajes que empezó a hacerme en el clítoris. Tenía los ojos cerrados y jadeaba levemente. El tenía una mano cogida a la mía y con la otra me sujetaba el muslo, manteniéndolo abierto. Sabía que al día siguiente iba a tener las marcas de sus dedos en mi piel blanca y que cada vez que las viese se me humedecería la entrepierna, y eso me hizo jadear más. A veces abría los ojos y veía el techo del auto, con la leve luz que entraba desde fuera. Eso me hacía ser consciente lo expuesto del lugar en el que estábamos y del tiempo limitado que tenía para llegar a casa sin levantar demasiadas sospechas. Para concentrarme en el ahora, cerraba los ojos y me dejaba hacer, pero cada vez que volvía a abrirlos sentía más urgencia por hacer eso que habíamos venido a hacer: follar.
Pero antes de eso, tenía algo pendiente que no quería dejar pasar. Le acaricié la nuca y le hice venir a mí mientras me incorporaba. Lo besé. Su boca sabía a coño y compartir ese sabor nos excitó a los dos. Le hice volver a su asiento y le desabroché el pantalón. Quería probar su verga. Metí la mano dentro de los slip y me encontré el miembro tal y como lo había imaginado tantas veces, es decir, enorme y consistente en mi mano. Lo saqué y no pude reprimir un pequeño ataque de pícara emoción al verlo en su plenitud. Besé a Alberto en la boca y fui rápidamente probar el pene. Lo tenía bien sujeto, en su gorda y dura plenitud, y sólo necesitaba unir mi boca a su resplandeciente glande. Nada más empezar y colmarme con él, mi coño mojado reclamaba entre mis muslos su turno. Pero tendría que esperar un poco, no mucho. Recorrí con la lengua la forma suave del glande y su redondo volumen, imaginando lo que haría dentro de mí. Le acariciaba el pecho mientras mis labios recorrían con ardor el pene, deseando dejar la impronta de su virilidad en todas las partes posibles de mi cuerpo. En mi mano, mi boca... pasé el falo por mi pecho desnudo y él aprovechó para tirar nuevamente del hinchado pezón. Entonces me sentí muy puta. Tenía aquel falo en la mano y esos dedos fuertes apretándome el pecho, pero lo que más me ponía a cien era que ese hombre no era mi marido y que él también tenía una familia a la que pertenecía. Y ese preciso momento lo valía, justo cuando él me apretaba el pezón mientras yo sujetaba la polla. Pero nos merecíamos más y volví a chuparle la verga, recreándome en la piel venosa. La próxima boca que le hiciese eso seguramente sería la de su mujer, pero él se acordaría de mí. Chupé y chupé, deseando nuevamente cambiar la boca por mi coño, pero estaba tan cegada por la lujuria que me veía incapaz de soltar su pene. El me acariciaba las nalgas y también parecía muy complacido con mis atenciones, pero mientras movía la cabeza, vi un bolígrafo con purpurina rosa en el suelo, a los pies del asiento trasero. Pensé en sus hijas y me levanté, no por remordimientos, sino porque fui consciente de que el tiempo apremiaba y teníamos que volver con nuestras familias.
Volví a mi asiento y entonces es cuando me puse a cuatro, apoyada en el torso y levantando el culo. Subí la falda y la dejé sobre mi espalda. Hice a un lado la braguita para dejar el coño a la vista y sentí cómo me besó la nalga, para después ir dándome mordisquitos hasta llegar al ano. Su atención hacia esa zona me sorprendió. Dejé que jugara conmigo, con sus dientes acariciándome la piel y la lengua y los labios recorriéndome con la boca completamente abierta. A eso intercalaba movimientos rápidos de la lengua por el ano, haciéndome cosquillas inicialmente, para luego sentir un estimulante placer. Si me hubiesen pedido que le pusiese nota a la lengua de Alberto, se habría llevado el cum laude. El juego de palabras me hizo gemir y Alberto sujetó mi trasero más firme. El pulgar se acercó muchísimo al pequeño orificio, contrastando aquel tacto áspero con la suavidad de la lengua. Esta última por entonces ya estaba dando vueltas dentro del ano y temí que quisiese usar esa carta, pues no me apetecía, a pesar de que mis jadeos podían dar a entender otra cosa.
Se puso detrás de mí, encajonado en los pies de mi asiento. Apoyó la polla en la rajita del culo y la fue bajando. Sentí el glande recorrerme, detenerse en el ano, la punta jugando con él, para luego bajar. Lo colocó a la entrada de la vagina y eché el culo hacia atrás, para hacerle ver que la quería dentro. El respondió arremetiendo y, una vez que metió el pene hasta el fondo, con el mismo impulso movió mi cuerpo unos centímetros hacia delante. El grito que me salió fue de placer, pero él se asustó. Le acaricié la mano y le pedí que siguiese.
—¡Fóllame fuerte! —rogué.
Habitualmente no soy tan directa, pero a veces en el sexo pierdo la compostura y hacía tiempo que no me ocurría. Tenía su polla palpitante llenándome completamente mientras él bombeaba lentamente. Seguramente se estaría regocijando sintiendo mi coño aún prieto, así como yo sentía su verga dura.
—Te voy a joder bien —me contestó al poco.
Me agarró de las nalgas y empezó a follar con ritmo intenso. El tintineo de la correa del pantalón acompañaba nuestros jadeos, con el sonido de nuestros sexos en húmeda comunión y el palmoteo de nuestros cuerpos chocando. Fueron varios minutos en los que el tiempo se detuvo, sólo el bombeo machacón de su polla hacía crecer exponencialmente la explosión que estaba pidiendo mi sexo desde que me levanté ese día.
—¡Joder, sí, sí, sí!
Y es que me iba a llegar un orgasmo. Hundí la boca en el reposacabezas del asiento y una sacudida me recorrió desde la punta de su polla hasta mi boca. Gemí ahogando el sonido en la tapicería y él sintió los temblores en su verga.
—¡Joder! —dijo bajando el ritmo.
—¡Sigue, fóllame, no pares de follarme!
Pero sus movimientos eran lentos, seguramente notaría mi coño distinto, más lubricado y abierto, pero una vez que se adaptó, alcanzó el ritmo adecuado para mí. Yo seguía con la cara pegada al reposacabezas y sabía que en poco tiempo su polla me haría llegar por segunda vez. Olí entonces el acondicionador de pelo de la mujer de Alberto, y me puso cachonda sentir dentro de mí la polla que debería estar clavada en aquella mujer. Pero también me di cuenta de que estaba dejando un rastro de baba en la tapicería y me apoyé en los codos. En esa posición mi cuerpo se resentía más a cada empujón de Alberto. Podía sentir el glande atravesarme como un pistón, incansable. El tenía las manos en mi cintura, sobre la ropa, así que le cogí una y la llevé a la nalga.
—¡Azótame!
Me dio una palmada que resonó en el coche. Pero era lo que mi segundo orgasmo había estado esperando para empezar a despertar.
—¡Más! —me dio otras dos y sentí cómo me ardía el culo.
—Joder, Ana, qué put... eres una... —me puso muy cerda que estuviese a punto de decirme lo puta que era. Le cogí la otra mano y la llevé a mi pecho, que colgaba fuera del sujetador dentro de la camisa. Me agarró fuerte.
—Es tu polla la que me hace ser tan puta. Dame otra vez —dije entre gemidos, esperaba enardecerlo todo lo posible.
—Sí...
—Tu polla gorda... no la saques nunca...
Y aumentó la velocidad para joderme, haciendo que el segundo orgasmo acechara y apareciese sin aviso previo, justo cuando volvió a darme otra ruidosa cachetada en la nalga. Grité otra vez, pero esta vez él ya sabía que era de placer y no cejó en el ritmo. Recibir esa nalgada en el momento justo hizo preguntarme si lo de Alberto era talento o una maravillosa sincronía. Mientras mi amante seguía detrás de mí, incansable e impasible a mis orgasmos, el movimiento de mi cuerpo hacía que la teta desnuda se moviese de un lado a otro, entrando y saliendo de la camisa y haciendo que mi pezón se mantuviese irritado y duro con tanto rozamiento.
Hasta entonces yo había estado mirando principalmente hacia abajo y una vez que levanté la vista, tras recomponerme de mi última sacudida, vi a aquel individuo a unos metros del coche. Se me paró el corazón y agarré la mano de Alberto, apretándola fuerte. Pero él siguió bombeando como si nada. Yo en cambio sentía una sensación de frío que me iba sacando del contexto. La polla seguía igual que antes, pero yo no la sentía igual. El desconocido me miraba mientras se masturbaba con el pene fuera de la bragueta. Miré la otra mano y vi la tenía en jarra junto a la cadera, asegurándome así que al menos lo estaba grabando con el móvil, que era mi preocupación. Estuve a punto de decirle a Alberto que parase, pero me callé. Nadie nos iba a estropear el encuentro. Miré hacia otro lado, haciendo como si no estuviese el mirón.
El ritmo constante de Alberto hizo que no me costara volver a entrar en calor. Miré otra vez al hombre. Se había acercado un poco más, de tal forma que podía distinguir su capullo brillando en la penumbra. Se tocaba a un ritmo parecido al movimiento de Alberto y vi que no me miraba a la cara, sino a algo debajo de mí, a mi pecho desnudo. Me apoyé en el otro codo y sujeté la teta, mostrándole mi rendondez, tirando de mi pezón y amasándome como lo haría un hombre hambriento. El desconocido se masturbó más rápido. Me pregunté qué haría yo si el hombre se envalentonaba y abría la puerta trasera para intentaba meter su falo en mi boca. Y eso hizo que sintiese cómo se preparaba mi tercer orgasmo. Me estaba ganando el diploma de puta. La idea de chupar esa polla desconocida mientras Alberto me estaba dejando el coño completamente abierto, me había puesto a mil.
Aquel hombre empezó a soltar semen, cayendo a un lado y a otro alrededor de él. Yo había contribuido a su orgasmo, y en cierta forma su esperma podía haber acabado en mi boca. La polla de Alberto y mi imaginación amplificada por la eyaculación del desconocido hizo que me llegara el mío. El tercero. Esta vez mis sacudidas fueron acompañadas por un balbuceo de Alberto que no entendí, pero supe que me estaba llenando el coño con su semen.
—Sigue —le rogué.
Entre temblores, siguió follándome hasta que la polla se le salió, reblandecida, arrastrando tras ella un poco de semen que cayó entre mis muslos, sobre la piel y las medias. Permanecí en cuatro tomándome un respiro, con el coño irritado y palpitando. Alberto se subió el pantalón y fue a su asiento, estaba empapado en sudor.
—¡Por poco! —dijo.
—¿Por poco? ¿Es lo que dices después del polvazo que me acabas de echar? —dije riendo.
— No, el tío ese. Por poco nos pilla.
Miré hacia donde decía, sabiendo que se refería a nuestro mirón. No había nadie ya, pero comprendí que Alberto no había sido consciente de haber sido observado al menos durante los últimos minutos.
—¡Menos mal! —le dije intentado ser convincente.
Me ofreció unos pañuelos de papel para asearme, y empecé con eso con el coche ya en marcha. Aún nos besamos en el camino de vuelta y al llegar a mi coche nos despedimos muy excitados, pues sabíamos que volveríamos a encontrarnos. Al salir, me giré y hablé con él apoyada en la ventanilla. Al ir hacia mi coche me di cuenta de que tenía la falda muy subida, incluso estaba enseñando la liga, y me la bajé mientras miraba alrededor, por si alguien me había visto. A lo lejos vi a una mujer con la mirada fija en nuestra dirección, con su marido colocando bolsas enormes en el maletero del coche. Me di cuenta inmediatamente de la interpretación que podía haber hecho de la escena y aceleré el paso algo avergonzada. Por si fuera poco, al andar se me pegaban los muslos por los restos de semen, y algunos míos, porque al parecer había hecho una limpieza poco minuciosa. En cuanto subí a mi coche me dejé caer en el asiento y expiré profundamente. Habían sucedido muchas cosas esa tarde y, una vez en la seguridad de mi automóvil, no me cabía duda de que el encuentro había sido un completo éxito. Alberto follaba muy bien y estaba deseando volver a vernos en un entorno más cómodo y tranquilo. Antes de encender el motor pensé en la imagen del semen del voyeur saliendo de su polla, apuntando hacia mí, y en esa mujer que me habría tomado por una prostituta. Me reí por uno y por la confusión de la otra. ¿Y si en el próximo encuentro quedábamos en este mismo sitio y yo me ponía algo aún más provocativo?
Mientras conducía a casa, fui subiéndome la falda, para ver hasta dónde podría llegar con una más corta. Al aparcar me di cuenta de que tenía gotas de semen no sólo en los muslos, sino en las medias, y esas no iba a poder quitarlas ahora. Cuando entré en casa, mi hijo ya había cenado y se había encerrado en su habitación, pues tenía que algo que hacer por la mañana temprano. Mi marido, tras unos minutos en los que no me prestó atención, finalmente me miró de arriba a abajo. Moví las caderas coquetamente a la vez que deslicé la falda unos centímetros más arriba. La mancha con el esperma de Alberto estaba escondida entre mis muslos y asumí, con cierto riesgo, que no la vería. Le pregunté si le gustaba lo que veía, a lo que él respondió acercándose con la cara encendida. Mientras él me acariciaba los pechos y la cintura, yo pensaba en lo zorra que era. Mi boca acababa de chupar otra polla y quería que la de él entrara en mi coño sucio. Lo cogí de la mano y lo llevé al dormitorio, cerrando la puerta. Le puse el índice en los labios, para que nuestro hijo no oyese nada, me quité las bragas y me apoye en la cama, dándole la espalda. Le di tiempo a mi marido para que se quitase el pantalón y se las apañase para ponerse el pene erecto. Yo miraba al frente y mantenía la falda subida, rezando por que la huella de mi encuentro furtivo pasase desapercibida a su vista. Sabía que podría haber ido al baño antes, pero no era eso lo que me apetecía. Tenía la adrenalina a tope.
Introdujo la polla lentamente y de una vez. Ahogué un gemido. Empezó a follarme y poco a poco fue yendo a un ritmo cansino y moderadamente alto. Justo la forma que haría que me corriese de nuevo antes de que me diese cuenta. Sabía que debía sentirme culpable, pero era incapaz de eso. En cambio, me sentía una puta que jode con su marido después de haber estado con su amante. Volví a gemir. Sólo una puta folla al aire libre y se corre cuando ve eyacular a un afortunado mirón. Esta vez el gemido me salió en voz alta y mi marido me tapó la boca. Era la puta que se baja del coche de un desconocido con las bragas y las medias manchadas de semen. Me corrí mordiendo la mano de mi marido, que evitaba así ahogar mi último gemido. En mis últimas sacudidas él también me acompañó en el éxtasis, eyaculando dentro de mí. Después, mientras mi esposo recalentaba mi cena, me duché, tomándome mi tiempo para masturbarme. En cierta forma me sentía como si aún siguiese metida en el coche de Alberto con su polla abriéndose paso una y otra vez y, al frotarme como una posesa debajo del agua hasta que el temblor de piernas precedió el ansiado orgasmo, solo intentaba calmar un tiempo el deseo que había desatado y no sabía volver a contener.
Me preguntan y entonces yo también pregunto, iniciando un diálogo que serpentea entre el recuerdo y la fantasía. Pregunto siempre por esa "primera vez", esa que es tan especial que es necesario que no se pierda en el olvido. Pero hay muchas primeras veces en nuestra vida ¿recuerda la primera vez con...? También pregunto por la última vez, o por la mejor. El con quién le gustaría, el dónde, el cómo... Y aquí les escribo lo que nos contamos.
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7.5.20
26.12.18
Algo informal
Era la hora de la cena y nuestros invitados llamaron a la puerta. Mi marido estaba en nuestro dormitorio, terminándose de arreglar, así que me tocó ir a mí, que estaba más cerca. Yo tampoco estaba vestida del todo, así que abrí la puerta con mi bata de seda china puesta.
— ¡Hola!
— ¡Buenas noches!
Claudia y Manuel me miraron con cierta condescendencia, pues mi falta de puntualidad era bien conocida entre nuestras amistades. Le di dos besos a Claudia y me quedé prendada, una vez más, de lo bien que olía siempre. Cuando le tocaron los besos a Manuel, me acerqué a él lo suficiente para que me tocara poniendo una inocente mano en mi cadera. Cuando me separé de él, se me quedó mirando con cierta sorpresa, aunque los ojos se le iban yendo a mis pechos y la cintura. Tenía una explicación: debajo de la bata llevaba lencería muy liviana, unas medias negras, un sujetador de encaje transparente color salmón y un tanga a juego. Es decir, cuando Manuel puso su mano sobre la seda de mi bata, pudo creer que no llevaba nada debajo de ésta, pues sólo sintió la textura de mi piel. Les hice pasar y Manuel no se despegó de mí, rozándome de forma casi imperceptible, pero rozándome al fin y al cabo. Me adelanté a la cocina, sabiendo que estaba siendo escudriñada por detrás.
Volví con unos aperitivos y me senté frente a los invitados, que estaban en el sofá. Manuel no me quitaba ojo y se empezó a alterar. Era como un chiquillo que esperaba un caramelo. Claudia se dio cuenta del origen del estado de su marido y se empezó a molestar. Me miró con reproche las piernas, que habían quedado muy a la vista.
— ¿No te vas a vestir?
No supe qué decir, pues en realidad me lo estaba pasando muy bien poniendo cachondo a Manuel, y creo que Claudia era plenamente consciente de lo que me estaba pasando. En ese momento entró mi marido y me rescató de dar una mala excusa. Nos levantamos rápidamente, y mientras se saludaban no se nos pasó por alto que Manuel tenía la verga muy hinchada. Esto fue demasiado para Claudia, que se fue a la cocina con la excusa de buscar un vaso de agua, y fui tras ella. Me miró con cierta ira.
— ¿Me vas a explicar por qué has hecho esto? ¡Exhibirte así! ¿A tu marido le da igual? ¡No me hace gracia que te sirvamos de mofa!
— Perdóname, no quería ofenderte, créeme —me acerqué y le cogí las manos, que sostenían el vaso ya sin agua—. Sabes que no haría eso.
Me miró sin saber qué decir, pero aunque me conocía y era consciente de que jamás la pondría en ridículo, seguía muy irritada. El caso es que como no terminó de rechazarme, le quité el vaso dejándolo en el fregadero, y volví a cogerle las manos. Acerqué mis labios a su oído.
— Ocurre que a veces Pedro y yo hacemos ciertas cosas que luego nos anima en la cama... tienes razón en que me he exhibido y os he usado en ese sentido, pero no ha sido premeditado, ni lo he hecho para reírme de vosotros, ¿vale?
Afirmó y le di un beso de reconciliación en la mejilla. Ahora ella fue la que se acercó a mi oreja.
— ¿Y qué hacéis para animaros? ¿No crees que Pedro se ha podido molestar al verte así y pillar al cerdo de mi marido con la verga tiesa? No sé.
— Pedro se habrá puesto cachondo al ver que Manuel la tenía así mientras miraba mi cuerpo. No sería la primera vez.
— ¿En serio? ¡Me sorprendes!
— Llevamos ya muchos años casados, y hemos encontrado nuevas formas de mantenernos activos. Sólo hemos tenido que ser algo osados y abrir ciertas puertas.
— Me estás vacilando.
Nuestra conversación transcurría entre susurros, y no se me pasaba que al hablarme, sus labios cada vez rozaban más mi piel.
— Es muy simple ¿cuánto hace que no echas un buen polvo con tu marido? —no contestó—. Puede que hoy llegue a casa muy calentito. Lo puedes usar a tu favor. ¿No te gustaría?
— Sí —le di un beso en la mejilla y ella me lo devolvió muy fuerte. Seguía con mis manos sobre las suyas y no pude reprimir darle un segundo e inocente beso que duró un poco más que el primero—. Así qué... ¡ya has hecho esto antes! ¿y qué haces, te vistes de puta o qué?
— Te seré sincera. No solamente me exhibo ante otros hombres. También hemos hecho que el concepto de fidelidad sea más flexible —esto se lo dije sosteniendo sus manos, palma con palma, acariciando los dedos con mis pulgares. Claudia estaba muy sonrojada y elevé las manos a la altura de mis pechos, haciéndolos rozar por sus dedos—. Lo de hoy no lo teníamos planificado, es sólo que se me ha hecho tarde y después me he dejado llevar. Ahora bien, ¿quieres que termine de vestirme o seguimos en modo creativo?
Mientras se lo pensaba, besé sus manos y las dejé libres. En ese momento, mi marido apareció en la cocina con tres botellines vacíos de cerveza.
— Podéis seguir con la cháchara en el salón, ¿no?
Abrió la nevera y sacó cuatro botellines más. Antes de que saliese le pregunté a Claudia.
— ¿Entonces qué hago?
— Ponte creativa.
Pedro nos miró sin entender nada.
— ¡Me voy a cambiar! —dije.
Claudia se quedó sorprendida, mientras que Pedro me miró perdonándome la travesura de antes. Al poco volví al salón y me los encontré de pie, ojeando la colección de conchas marinas de Pedro. Se me quedaron mirando muy sorprendidos al verme igual que antes, aunque había añadido unos tacones de aguja altísimos que me hacían tambalear al andar.
— ¿No te ibas a cambiar? —me dijo Pedro perplejo.
— Sí, pero cambié de opinión. Total, estamos en casa.
Me coloqué estratégicamente entre Claudia y Manuel, dándole la espalda a éste último, dejando a mi marido detrás de mi amiga. Mientras hablábamos sobre la necesidad de ir de etiqueta en nuestra propia casa, fui pegándome poco a poco a nuestro invitado, hasta que sentí su mano en mi trasero. Empezó a tocarme lentamente y al no obtener resistencia por mi parte, poco a poco su sobeo se hizo más extenso. Mi marido y Claudia miraron a mi pubis, pues el manoseo que recibía de Manuel hacía que la bata se abriese y se cerrase por debajo, dando la impresión de que mis piernas se iban a quedar completamente expuestas de un momento a otro. Manuel era ajeno ese detalle que le delataba y Claudia me miró sin saber qué hacer. Mientras sentía esa mano recorrer el glúteo hasta el canalillo trasero, miré el paquete de mi marido, que estaba engordando poco a poco.
Cuando me quise dar cuenta, nuestro amigo metió un dedo dentro de las braguitas, que acabó en mi sexo. Entró muy suave y me hizo ver lo mojada que estaba por la situación. La bata se abría más y más y Claudia estaba inmovilizada por la excitación, intentado imaginar qué ocurría ahí abajo. Tras ella, mi marido empezó a tocarse disimuladamente. Yo estaba cada vez más mojada también y sentí cómo me penetraba con un segundo, mientras que el pulgar rozaba mi ano, buscándolo. Manuel no sabía parar. Sacó los dedos mojados de mi vagina llevándolos al ano y, tras conseguir introducirlos con cierta dificultad, empezó a meterlos y sacarlos. Puse los ojos en blanco, pues tenía unas ganas locas de jadear, ante la mirada de Claudia y Pedro. Aquellos dedos fueron pasando de mi ano a mi vagina y vuelta a empezar. Cuando sus uñas me herían en ese loco entrar y salir, también reprimía lo que podía el gesto de dolor. Finalmente, tras un pequeño suspiro y como si nada de lo que ocurría fuese conmigo, seguí hablando sobre formalidades sociales.
— ...al fin y al cabo, voy con media etiqueta.
— Vas en bata, amor —dijo mi marido pasando la mano sobre el bulto que hacía su pene.
— Vale, tienes razón, pero llevo la lencería de las grandes ocasiones. Eso debe contar. Mira, Claudia, a ver qué opinas.
Di un paso hacia delante, dejando a Manuel con su mojada mano en el aire. Me abrí la bata para mostrar mi ropa interior a Claudia y Pedro.
— Vaya, esto es... —dijo Claudia.
— Los tacones te hacen unas piernas aún más maravillosas, mi amor —me dijo un Pedro ya listo para usar su miembro plenamente.
— ¿Ves? —me dirigía a Claudia—. Es como si no llevara nada con este nylon tan transparente, y este color tan malva le da un toque muy naif.
— Ana, tienes unas piernas espectaculares —me dijo muy seria Claudia, pero su vista se dirigió en seguida a mi vulva y pezones, que quedaban prácticamente expuestos.
Me fui a cerrar la bata, pero entonces Manuel quiso verme también y se adelantó de una forma tan veloz y tan poco disimulada, que nos tuvimos que reír viéndole estirar el cuello y a punto de perder el equilibrio. Esta vez se ofendió por nuestras risas.
— Vamos, Manuel, no te enfades —le dije conciliadora.
Me abrí la bata otra vez, esta vez hacia él, como un pavo real. Claudia, algo más retirada con mi marido detrás, lo miraba con curiosidad mientras él permanecía con los ojos fijos en mi cuerpo. Tenía un bulto enorme en el pantalón y mantenía su mano abierta como si estuviese sucia. Igual pretendía saborearme en sus dedos más tarde, en la intimidad del cuarto de baño. Le hablé como si nuestras parejas no estuviesen en la misma habitación.
— ¿Ves lo que transparenta? —me moví girando los hombros, para que viese bien mis pechos—, es muy sugerente. Y lo que más me gusta de esto es que sujeta bien, pero al tocar es como si no hubiese nada. Prueba, tócame.
Manuel miró a su mujer.
— ¡Tócame! —apunté con mis pechos al pobre.
— Manuel, pareces idiota —dijo Claudia—. ¡Que sólo es un pecho!
— Tócame —esta vez se lo dije susurrando y acercándome un poco más.
Manuel me cogió un pecho, soltándolo en seguida. Era irónico que no tuvo tantos reparos para meterme dos dedos en el culo. Detrás de él había un silencio sepulcral con mi marido y su mujer. Le cogí la mano y la volví a llevar a mi pecho, haciendo que el pulgar acariciase el pezón.
— ¿Ves? Como si no llevara nada.
El solo me acarició el otro pecho.
— ¿Puedo yo? —dijo Claudia.
Me sorprendió su iniciativa, y le sonreí aceptando su sugerencia. Detrás de ellos, mi marido se empezó a tocar el pene con la mano metida en el bolsillo del pantalón. Claudia me acarició muy delicadamente, y su tacto hizo que me mojara al instante.
— Faltas tú, cariño —le dije bromeando a mi marido.
Este se acercó, pero a diferencia de los otros dos, fue directamente a mis pezones, pellizcándolos y moviendo mis pechos con ellos, a un lado y a otro, arriba y abajo. Estaba claro que tenía maña haciéndome gozar así y, esta vez sí, gemí en voz alta. Manuel se llevó una mano a la bragueta y empezó a tocarse, Claudia lo miró, pero no dijo nada. Me dio la impresión que ella se hubiese hecho lo mismo. Dejé caer la bata. Se quedaron mirándome, ellos deseando mi cuerpo, y ella hipnotizada por el comportamiento tan liberal que estaba mostrando su amiga.
— No me has tocado los pezones —le dije a Claudia, y tomó el relevo de mi marido, haciéndome jadear.
— No sabía que eras tan puta —me dijo con cierta maldad Claudia.
— Pues a ti te gusta —me puse con la espalda pegada a Manuel, frente a Claudia y con el calor de su verga en mi culo—. Ahora tú, Manuel.
Manuel me estrujó los pechos desde atrás, con fuerza y muchas ganas. Claudia se acercó a mí y nos besamos. En cuanto dejó mi boca libre dije:
— Sácate la polla —y al poco sentí la verga de éste calentándome la entrepierna—. Ponte de rodillas y chúpala un poco —le dije a Claudia.
Esta se puso de rodillas junto a mí, con una mano acariciándome el muslo y llevándose el pene erecto de su esposo a la boca. Por la cara que ponía Manuel, éste no estaba acostumbrado a esas muestras de amor supremo por parte de su mujer. Me estuvo besando mientras me acariciaba los pechos y el sexo desde atrás.
— Ya está bien. Ven conmigo —la puse de pie frente a mí, evitando que mirase demasiado hacia atrás, aunque puede que viese parcialmente a mi marido masturbándose—. Por donde los dedos —le dije a Manuel mientras llevaba su pene mojado a mi culo.
Nuestro amigo se mostró muy torpe y nervioso, totalmente sobreexcitado. Me pregunté el tiempo que aguantaría su verga dándome placer. Quiso bajarme las braguitas, pero le aparté las manos.
— No, así no, hazlo como antes, como con los dedos.
Miré desafiante a Claudia, pero ésta estaba con un calentón enorme y ni se inmutó. Manuel, mientras, hizo a un lado las braguitas e intentó sin éxito abrirse paso en mi moderadamente dilatado ano.
— Chúpala un poco, cariño —le dije a Claudia—. Quiero eso bien dentro.
Tras humedecerla a conciencia en la boca de su mujer, Manuel consiguió introducir la verga por mi puerta trasera. Me sujeté en Claudia para no perder el equilibrio con los primeros empujones. Tiré de su pelo para ponerla de pie.
— Muérdeme un poco, cariño —le dije entre jadeos a mi amiga, mientras me sujetaba un pecho.
Claudia se acurrucó y me chupó los pezones a través de la tela. Eso me puso a mil. Notaba perfectamente cómo su lengua y sus dientes luchaban para poder chuparme y morderme. Cuando cambió de seno, me dejó el otro muy mojado con su saliva. La verga de su marido trabajando por atrás y ella por delante me hizo tener un micro orgasmo.
— Abreme bien el culo. ¡Joder! ¡Sí, así, dame fuerte!
Cuando se movía el falo, mi ano se iba adaptando a su contorno haciéndome gritar de placer cada vez que me recorría. Mi marido, ya con la verga fuera, se masturbaba detrás de Claudia, y yo le gritaba obscenidades a Manuel mientras miraba a Pedro, incitándole.
— ¡Dame fuerte, cabrón! Qué buena polla tiene tu marido, Claudia. Me estás dejando el culo muy abierto.
No obstante, el roce con las braguitas ya me estaba resultando molesto, así que me separé de él y me desnudé completamente, quedándome con las medias y los tacones puestos. Manuel volvió a sodomizarme muy fuerte. Claudia también se desnudó y se abalanzó sobre la verga de mi marido, llevándosela a la boca. Saqué la verga que tanto gozo me estaba dando y me dirigí a Claudia, tirándole de los pelos.
— Esa polla no es para ti, qué te has creído —por más que le tiraba de los pelos, Claudia se dejaba maltratar y eso me volvió a poner a cien—. ¡Y te atreves a llamarme puta! ¡Ahora vas a ver!
Arrastré su cabeza a la verga de su marido, pero se resistió a meterla en la boca, girando el rostro.
— Sí, cariño, huele a mi culo y sabe a mi culo, pedazo de puta.
Le agarré bien de la cabeza y acabó con la verga en la boca. Dejé que se familiarizase con ella en su nuevo estado. Comenzó a mover la cabeza y a masturbarlo, haciendo mucho ruido al chupar.
— Es mi mierda la que está en tu boca.
Aparté la verga y ella se quedó gimiendo con la boca abierta, esperando repetir. La humillación había puesto a Clauida muy cachonda y verla hacer esa felación nos excitó como animales. La puse a cuatro, llevé mi mano desde el culo hasta su vulva, metiendo dos dedos suavemente y abriendo la vagina con ellos. Mi marido metió su pene en mi boca y mientras chupaba su miembro previamente cubierto por las babas de Claudia, mi dedo índice se recreaba en la mojada caverna de mi amiga. Finalmente escupí en su ano, y empecé a introducir el dedo en él. Cuando ya entraba bien, lo llevé a la boca de Claudia, que tuvo que sacarse la verga de su marido para poder chuparme el dedo. No me resistí a besarla, pues estábamos las dos muy salidas. Tras la unión de nuestras lenguas, volví a meter el dedo en el ano y tiré de él para que elevase sus cuartos traseros. Una vez en posición, introduje el pene de mi marido en su puerta trasera, tras haber lubricado a conciencia agujero y vástago con mi saliva.
Me levanté y me puse detrás de Manuel, para poder ver la escena desde su punto de vista. Con una mano me masturbaba, pasándola por mi clítoris y mojándola en mi húmeda vulva. La otra mano la tenía en el pecho de Manuel, mientras éste movía levemente las caderas haciendo que su falo entrara y saliese de la boca de su mujer. Junté mi cara y la suya y nos besamos profundamente. Sé que la verga de mi marido se puso aún más gorda al verme besar a otro hombre, entre otras cosas porque Claudia, ajena a nuestro beso, gimió entonces por primera vez.
— Fóllate esa boca de puta —le dije mientras le pellizcaba un pezón. Manuel empezó a darle más fuerte—. Sí, haz gemir a la perra.
Ver cómo Claudia estaba siendo penetrada por dos vías era muy excitante, pero yo quería lo mío, así que me llevé a Manuel al sofá, y me subí de rodillas, apoyada en el respaldo, de manera que no tardé en sentir su verga hundirse en mi agradecido sexo. Muy mojada y excitada, entre mis jadeos miré hacia atrás y vi a Claudia con la cabeza en el suelo, las manos en su entrepierna y enculada por mi marido, llegando al orgasmo mientras veía a Manuel haciéndome llegar al mío. Hice gestos a Claudia para que viniera a mí, y así hizo cuando terminó la última convulsión. Se puso a mi lado y me besó. Aunque me gustó saborear su lengua, no era eso lo que quería. Bajé su dócil cabeza y metí en su boca la verga que me estaba penetrando. Chupando sobre mojado, ella me miraba como si aquel pene fuese mío. Fuimos intercambiando el miembro entre su boca y mi vagina, y mi marido encontró la posición adecuada para volver a introducir el suyo en el ano de Claudia.
Mi amiga, buscando una posición más cómoda, se puso junto a mí. Al poco, Manuel sacó su verga y los hombres cambiaron de mujer. A partir de entonces cerré los ojos e intenté no pensar en lo que ocurría detrás de mí, pues sólo sentía aquellos penes entrar, fornicar y salir, sin saber qué agujero sería cubierto cada vez. Mientras me tocaba el clítoris, llegué a pensar que no eran dos, sino un buen puñado de hombres los que se turnaban para amarme, corriéndome como nunca, sintiendo cómo se mojaban mis muslos.
— ¡Pero qué puta eres, Ana! —mis contracciones habían sorprendido a Manuel con el pene bien dentro de mi vagina y lo sacó con prisas. Comprendí que se iba a correr también y me agaché para ayudarlo.
La verga estaba empapada por mi propio flujo. Con el capullo en la boca, lo masturbé y le acaricié los testículos. Claudia se puso junto a mí, pero fue porque mi marido la condujo hasta ahí. Ellos querían vernos con el semen en nuestras bocas, como unas putas. Aquello me ponía a cien. Sentí la descarga de Manuel, caliente y densa, llenando mi boca. No me avisó y no me dio tiempo de tragar, así que fue cayendo de mis labios a mis pechos y piernas. Intenté que Claudia también interviniese, pero era evidente que jugar con el semen no era una de sus filias. Así que tragué y tragué, con mi boca junto a la suya. Una vez que su marido terminó, llevé la mano de mi amiga a mi pecho, para que me sobase usando el esperma de su marido como lubricante. Poco a poco, sus caricias fueron siendo más extensas y acabó besándome, a pesar de que una gota blanquecina coronaba mi barbilla.
Mi marido nos puso otra vez cara a la pared, sobre el sofá y nos sodomizó en un turno salvaje y caótico. Claudia y yo teníamos nuestras manos entrelazadas y muy apretadas, transmitiéndonos así el goce de la que en ese momento tenía la verga dentro. Oí resoplar a Pedro y supe que también estaba a punto de venirse. Como tenía el pene dentro del culo de Claudia, me fui con él y le agarré los testículos, haciendo que su movimiento fuese más fuerte. Empezó a eyacular dentro de ella, pero hice que terminara restregando su verga en mi vulva, llenándomela con su corrida. Ya solo quedaba que Claudia usase su lengua para limpiar mi sexo, cosa que hizo con desgana al principio. Cuando comprendió que no iba a librarse hasta que terminara, sus lametones se hicieron más amplios y me las arreglé para que esa húmeda intensidad acabara concentrándose en mi clítoris. Me iba a correr otra vez y ella colocó su sexo sobre mi cabeza, haciéndome entender que quería cierta reciprocidad en el masaje oral. Mientras mi lengua se movía rítmicamente en su pipa, podía sentir cómo el semen de mi marido iba cayendo de su ano a mi boca, pasando por su sexo y mi nariz.
Fuimos culminando nuestra lascivia con fuertes orgasmos, primero yo y luego Claudia. Cuando acabamos, vimos que los hombres habían presentado muy bien la cena con velas y un par de copas de vino que nos esperaba para tomar fuerzas. El resto de la noche fue muy intensa. Jamás pude convencer a mi marido de que aquello no lo había premeditado, pero esa nueva imagen que se forjó de mí fue bueno para nuestros siguientes juegos, liberando prejuicios, si es que nos quedaba alguno aún.
19.11.18
Mi cuñado y mis cosas
Mi hermana y yo solemos vernos cada vez que podemos, no digo que a diario, pero casi. A veces quedamos con nuestros maridos para tomar una copa, o en casa para comer o cenar. Ellos se llevan bien, más o menos se toleran, pero está claro que si no es por nosotras ni siquiera se hablarían. Lo normal es que vengan el viernes a cenar y, como vivimos a las afueras, que se queden a dormir o incluso a pasar el fin de semana. Esto ocurre tantas veces que el cuarto de invitados ha pasado a ser prácticamente su alcoba.
Durante un tiempo sospeché de mi cuñado. Cuando cree que no lo miro, él me mira a mí como un gato mimoso. Siempre me ha dado la impresión de que me está escudriñando el trasero o el escote, y me ha resultado incómodo moverme por mi propia casa. Esto es porque, como a todo el mundo, me gusta ir cómoda en mi hogar y el hecho de ponerme unos shorts o una camiseta de tirantes es un mar de dudas, por si va a a estar mirándome o no. A final, siempre he elegido mi comodidad, porque he entendido que esas sospechas eran la mitad real y la otra mitad mi imaginación.
Esto ha sido así hasta una de las últimas visitas. Vinieron, como acostumbran, un viernes noche. La cena transcurrió normal, con unas copas al acabar, pero nos recogimos pronto porque ese sábado mi marido trabajaba y mi hermana tenía que hacer en la ciudad. Así que a la mañana siguiente nos quedamos mi cuñado y yo solos en casa. Yo estaba en el sótano, liada con una limpieza a fondo de las que no sé por qué me meto. Arriba no se oía nada, pero por el cambio de luz que entraba por la puerta, sabía que mi cuñado se estaba moviendo en silencio por la casa. Algo tramaba. Subí las escaleras sin hacer ruido y atendí a ver dónde estaba. Escuché un cajón abrirse levemente, y provenía de mi dormitorio. Me acerqué sigilosamente justo en el momento en el que él salía con prisas. Nos dimos un buen susto los dos, pero él llevaba en la mano unas braguitas mías de encaje, un tanguita verde.
Me quedé mirándolo. Estaba realmente sorprendida. Até acabos de por qué a veces veía mis braguitas descolocadas, o al menos no como yo las había dejado, pues a veces me parecía que estaban incluso mejor dobladas. No supe que decir, hasta que me vino toda la bilis a la vez, quería sacarle los ojos.
— Vaya, vaya... ¿qué haces con eso? —el marido de mi hermana no sabía qué hacer con las braguitas—. Me dejas de piedra... sabía que eras raro, pero no me esperaba esto de ti... ¿para qué lo quieres, eh? No te va a quedar bien.
Lo arrinconé contra la pared y él no sabía dónde meterse ni qué decir. Por no darle otra salida, al final tuvo que hablar, y sincerarse.
— Perdóname, por favor, no te lo tomes a mal —su tono era como el de un gusano que teme ser aplastado, pero que no quiere salir de la manzana—. Nunca lo había hecho, sólo tenía curiosidad por la ropa interior tan bonita que tienes, no te enfades, mujer...
— ¡No me toques las narices! ¡Sé perfectamente que cada vez que vienes, hurgas en mis cosas! ¿Qué haces con mi ropa? ¿Te la pones? ¿Lo sabe mi hermana?
— No, no es eso. No te enfades, por favor. Es otra cosa...
— ¡Habla, coño! —me estaba exasperando.
— Te gusta ir guapa y a veces dejas entrever tu lencería, la luces muy bien. Te las arreglas siempre para que acabemos viendo qué llevas puesto —lo miraba fulminándolo—. Eres muy presumida, mujer...
Me irritaba la razón que tenía, pero el que me gustase mostrar la ropa no era excusa para que se le fuera la cabeza a ese degenerado.
— ¿Y bien?
— Me excita tu lencería —dejó claro ese intento de hacer su falta lo más impersonal posible—, los encajes que usas.
— Te... excita... —se quedó mirando el suelo—. Quiero ver lo que haces con eso.
—¿Qué?
— Sí, lo que haces con el tanga. Lo que has venido haciendo a mis espaldas.
— Estás loca, no creo que...
— ¿Cómo que no? A ver si se lo digo a mi marido, menudo genio tiene. Y a mi hermana tampoco le va a gustar esto... pero si me enseñas qué haces, no digo nada, te lo prometo.
— ¿Aquí?
Su docilidad y la situación casi me hizo reír. Sorprendentemente, se desabrochó el pantalón y se bajó la bragueta. Me miró pidiendo clemencia y no la se la concedí. Se bajó todo, calzoncillos incluidos, hasta los muslos. Su pene estaba muy reducido, seguramente mi cuñado no imaginaba verse tan intimidado cuando sustrajo el tanga de mis cosas. Con el tanguita en una mano, empezó a tocarse con lentitud mientras yo lo miraba ensimismada en mi incredulidad.
El pene acabó respondiendo a la estimulación y alcanzó la erección. Como había imaginado antes de ese día, su tamaño tampoco era para echar cohetes. No sabía qué veía mi hermana en esa verga ni en quien la llevaba. Una vez gorda, sacó la braguita de la mano y envolvió la verga con ella. El encaje transparentaba el falo y siguió masturbándose con la mano sobre la prenda. Mientras yo miraba su pene y mi tanga, comprendí que él me estaba mirando a mí, posiblemente a mi boca o a mis pechos, pero no levanté la vista porque la humillación ya estaba más que satisfecha.
Aumentó el ritmo, seguramente tenía ganas de acabar y terminar con esa situación tan comprometida. Yo también tenía ganas de que acabara pues, como he dicho, la broma y la represalia ya habían traspasado algunos límites. Con unos gemidos y alguna convulsión contenida, acabó corriéndose, sin salpicar una gota. Comprendí que eso era técnica aprendida por una práctica habitual. Esperé a que acabara y me fui otra vez al sótano sin decirle una sola palabra.
Naturalmente, ese episodio me hizo pensar mucho. En más de una ocasión estuve muy tentada de decírselo a mi hermana, más que a mi marido. Pero no lo hice, ni a una ni a otro. No quería darle un disgusto a mi hermana porque la falta su marido no pasaba de hacerse pajas pensando en mujeres ajenas, aunque que se había pasado varios pueblos. Y respecto a decírselo a mi esposo... realmente me preocupaba su reacción, tanto por mi cuñado como por mí, ya que es algo celoso y siempre dice que voy muy descocada.
Mi silencio tuvo un efecto secundario en mí. Era como hacerme cómplice de su perversidad y no podía olvidar lo ocurrido. Me venía en los momentos menos adecuados. Por ejemplo, en la intimidad con mi marido. No hace mucho, mi esposo me tenía con las piernas abiertas, apoyadas en sus hombros. Al contrario que mi cuñado, él es fuerte, vigoroso, y tiene una verga poderosa. Me estaba empujando fuerte, con mucho brío, y yo tenía mi vagina empapada. Sentía cómo me iba a llegar un orgasmo, así que me toqué el clítoris mientras gemía... y en ese momento me acordé de esa verga y mis braguitas. Me corrí con esa imagen en la cabeza, lo cual me llevó a una gran confusión, y mientras seguía siendo penetrada por mi hombre, comprendí lo excitada que me ponía el que esa otra verga también se corriese por mí o por mi lencería.
Hubo más visitas de mi hermana y de mi cuñado, y no pude evitar exhibirme de una forma más exagerada. En la primera ocasión me puse unos leggins que transparentan un poco, para que pudiese distinguir el tanga negro que llevaba debajo. Me movía mucho, y lo miraba cuando andaba contorneándome, comprobando que no me quitaba ojo de las nalgas. Me daba vergüenza comportarme así, pero no podía evitar incitarlo. Esa noche me masturbé mientras mi marido dormía. Llevaba puesto el tanga con el que se había masturbado mi cuñado. Me vine de forma muy intensa.
En otra ocasión, me incliné delante suya, haciendo que mis pechos sobresaliesen del escote, dejando caer una tira de la camiseta de tirantes, mostrando buena parte del sujetador. Sabía que él había estado curioseando también entre ellos, y que éste acababa recursivamente descolocado. No he parado de provocarle pequeñas erecciones, y a cada vez, me he tenido que desfogar sola. Espero que algún día de un paso más.
Durante un tiempo sospeché de mi cuñado. Cuando cree que no lo miro, él me mira a mí como un gato mimoso. Siempre me ha dado la impresión de que me está escudriñando el trasero o el escote, y me ha resultado incómodo moverme por mi propia casa. Esto es porque, como a todo el mundo, me gusta ir cómoda en mi hogar y el hecho de ponerme unos shorts o una camiseta de tirantes es un mar de dudas, por si va a a estar mirándome o no. A final, siempre he elegido mi comodidad, porque he entendido que esas sospechas eran la mitad real y la otra mitad mi imaginación.
Esto ha sido así hasta una de las últimas visitas. Vinieron, como acostumbran, un viernes noche. La cena transcurrió normal, con unas copas al acabar, pero nos recogimos pronto porque ese sábado mi marido trabajaba y mi hermana tenía que hacer en la ciudad. Así que a la mañana siguiente nos quedamos mi cuñado y yo solos en casa. Yo estaba en el sótano, liada con una limpieza a fondo de las que no sé por qué me meto. Arriba no se oía nada, pero por el cambio de luz que entraba por la puerta, sabía que mi cuñado se estaba moviendo en silencio por la casa. Algo tramaba. Subí las escaleras sin hacer ruido y atendí a ver dónde estaba. Escuché un cajón abrirse levemente, y provenía de mi dormitorio. Me acerqué sigilosamente justo en el momento en el que él salía con prisas. Nos dimos un buen susto los dos, pero él llevaba en la mano unas braguitas mías de encaje, un tanguita verde.
Me quedé mirándolo. Estaba realmente sorprendida. Até acabos de por qué a veces veía mis braguitas descolocadas, o al menos no como yo las había dejado, pues a veces me parecía que estaban incluso mejor dobladas. No supe que decir, hasta que me vino toda la bilis a la vez, quería sacarle los ojos.
— Vaya, vaya... ¿qué haces con eso? —el marido de mi hermana no sabía qué hacer con las braguitas—. Me dejas de piedra... sabía que eras raro, pero no me esperaba esto de ti... ¿para qué lo quieres, eh? No te va a quedar bien.
Lo arrinconé contra la pared y él no sabía dónde meterse ni qué decir. Por no darle otra salida, al final tuvo que hablar, y sincerarse.
— Perdóname, por favor, no te lo tomes a mal —su tono era como el de un gusano que teme ser aplastado, pero que no quiere salir de la manzana—. Nunca lo había hecho, sólo tenía curiosidad por la ropa interior tan bonita que tienes, no te enfades, mujer...
— ¡No me toques las narices! ¡Sé perfectamente que cada vez que vienes, hurgas en mis cosas! ¿Qué haces con mi ropa? ¿Te la pones? ¿Lo sabe mi hermana?
— No, no es eso. No te enfades, por favor. Es otra cosa...
— ¡Habla, coño! —me estaba exasperando.
— Te gusta ir guapa y a veces dejas entrever tu lencería, la luces muy bien. Te las arreglas siempre para que acabemos viendo qué llevas puesto —lo miraba fulminándolo—. Eres muy presumida, mujer...
Me irritaba la razón que tenía, pero el que me gustase mostrar la ropa no era excusa para que se le fuera la cabeza a ese degenerado.
— ¿Y bien?
— Me excita tu lencería —dejó claro ese intento de hacer su falta lo más impersonal posible—, los encajes que usas.
— Te... excita... —se quedó mirando el suelo—. Quiero ver lo que haces con eso.
—¿Qué?
— Sí, lo que haces con el tanga. Lo que has venido haciendo a mis espaldas.
— Estás loca, no creo que...
— ¿Cómo que no? A ver si se lo digo a mi marido, menudo genio tiene. Y a mi hermana tampoco le va a gustar esto... pero si me enseñas qué haces, no digo nada, te lo prometo.
— ¿Aquí?
Su docilidad y la situación casi me hizo reír. Sorprendentemente, se desabrochó el pantalón y se bajó la bragueta. Me miró pidiendo clemencia y no la se la concedí. Se bajó todo, calzoncillos incluidos, hasta los muslos. Su pene estaba muy reducido, seguramente mi cuñado no imaginaba verse tan intimidado cuando sustrajo el tanga de mis cosas. Con el tanguita en una mano, empezó a tocarse con lentitud mientras yo lo miraba ensimismada en mi incredulidad.
El pene acabó respondiendo a la estimulación y alcanzó la erección. Como había imaginado antes de ese día, su tamaño tampoco era para echar cohetes. No sabía qué veía mi hermana en esa verga ni en quien la llevaba. Una vez gorda, sacó la braguita de la mano y envolvió la verga con ella. El encaje transparentaba el falo y siguió masturbándose con la mano sobre la prenda. Mientras yo miraba su pene y mi tanga, comprendí que él me estaba mirando a mí, posiblemente a mi boca o a mis pechos, pero no levanté la vista porque la humillación ya estaba más que satisfecha.
Aumentó el ritmo, seguramente tenía ganas de acabar y terminar con esa situación tan comprometida. Yo también tenía ganas de que acabara pues, como he dicho, la broma y la represalia ya habían traspasado algunos límites. Con unos gemidos y alguna convulsión contenida, acabó corriéndose, sin salpicar una gota. Comprendí que eso era técnica aprendida por una práctica habitual. Esperé a que acabara y me fui otra vez al sótano sin decirle una sola palabra.
Naturalmente, ese episodio me hizo pensar mucho. En más de una ocasión estuve muy tentada de decírselo a mi hermana, más que a mi marido. Pero no lo hice, ni a una ni a otro. No quería darle un disgusto a mi hermana porque la falta su marido no pasaba de hacerse pajas pensando en mujeres ajenas, aunque que se había pasado varios pueblos. Y respecto a decírselo a mi esposo... realmente me preocupaba su reacción, tanto por mi cuñado como por mí, ya que es algo celoso y siempre dice que voy muy descocada.
Mi silencio tuvo un efecto secundario en mí. Era como hacerme cómplice de su perversidad y no podía olvidar lo ocurrido. Me venía en los momentos menos adecuados. Por ejemplo, en la intimidad con mi marido. No hace mucho, mi esposo me tenía con las piernas abiertas, apoyadas en sus hombros. Al contrario que mi cuñado, él es fuerte, vigoroso, y tiene una verga poderosa. Me estaba empujando fuerte, con mucho brío, y yo tenía mi vagina empapada. Sentía cómo me iba a llegar un orgasmo, así que me toqué el clítoris mientras gemía... y en ese momento me acordé de esa verga y mis braguitas. Me corrí con esa imagen en la cabeza, lo cual me llevó a una gran confusión, y mientras seguía siendo penetrada por mi hombre, comprendí lo excitada que me ponía el que esa otra verga también se corriese por mí o por mi lencería.
Hubo más visitas de mi hermana y de mi cuñado, y no pude evitar exhibirme de una forma más exagerada. En la primera ocasión me puse unos leggins que transparentan un poco, para que pudiese distinguir el tanga negro que llevaba debajo. Me movía mucho, y lo miraba cuando andaba contorneándome, comprobando que no me quitaba ojo de las nalgas. Me daba vergüenza comportarme así, pero no podía evitar incitarlo. Esa noche me masturbé mientras mi marido dormía. Llevaba puesto el tanga con el que se había masturbado mi cuñado. Me vine de forma muy intensa.
En otra ocasión, me incliné delante suya, haciendo que mis pechos sobresaliesen del escote, dejando caer una tira de la camiseta de tirantes, mostrando buena parte del sujetador. Sabía que él había estado curioseando también entre ellos, y que éste acababa recursivamente descolocado. No he parado de provocarle pequeñas erecciones, y a cada vez, me he tenido que desfogar sola. Espero que algún día de un paso más.
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