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29.12.18

Conociendo a mi cuñada

Esto me ocurrió hace mucho tiempo, cuando tenía unos dieciséis años y vivíamos aún en el pueblo. Tengo un hermano que me saca dos años, y fue padre muy pronto. El tenía dieciocho y su novia diecisiete cuando tuvieron a mi sobrina. Ana, mi cuñada, siempre fue muy guapa, con ojos verdes y unos pechos generosos que se pusieron más grandes aún tras el parto.
En aquella época yo salía mucho de juerga, mi pueblo era muy divertido y lo exprimía al máximo con mis amigos. Un sábado de esos, tras pasar todo el día fuera de casa, decidí volver relativamente temprano, más o menos la una de la madrugada. Entré en casa y, como esperaba, todo estaba oscuro y en silencio. Mis padres dormían, mi hermano también... en fin, que me quedé en el piso de abajo para no molestar y puse la tele, algo que solía hacer cuando volvía de fiesta a esas horas. Era una forma de relajarme antes de irme a dormir, porque ponía el porno como guinda de la noche.
Así que ese inicié mi ritual. Entré en la cocina y me llevé un vaso con hielo. Cerré la puerta del salón, me puse un par de dedos del whisky del bueno que guardaba mi padre y me quedé con poca luz. Me bajé los pantalones y busqué el canal del porno, bajando el volumen para no escandalizar. Al poco, con el pene ya enorme, estaba en plena paja, ensimismado.
La puerta del salón se abrió, apenas me dio tiempo de taparme con un cojín y asomó la cabeza de Ana. Me quedé paralizado. Podía pasar que me pillase mi padre, mi madre, mi hermano... pero jamás podría haber pensado en Ana. No sabía que iba a pasar la noche en casa y aquello era muy embarazoso. Pensé que ella, también avergonzada, se iría y que todo quedaría en una de esas anécdotas que salen a luz en el peor momento. Pero no. Entró en el salón.
Cambié de canal torpemente, pero me pareció ridículo verme con los pantalones bajados y el cojín tapando mis partes. Ana en cambio, que llevaba la camisa del pijama de mi hermano a modo de camisón, se sentó a mi lado muy tranquila. Cogió el mando y estuvo cambiando de canal hasta que encontró el porno. La miré, miré sus pechos enormes en ese cuerpo tan pequeño, y ella, sin decir una palabra, quitó el cojín que me tapaba. Se acercó y me besó en la boca mientras su mano buscó mi verga, que había disminuido el tamaño por el estrés. Mientras me acariciaba y chupaba mi lengua, un torrente de pensamientos me inundaba la cabeza. Al fin y al cabo era la novia de mi hermano y la madre de mi sobrinita, y aunque siempre me había parecido atractiva, nunca había pensado hacer con ella esta clase de cosas. Pero su lengua en mi boca, el cuerpo voluptuoso rozando el mío, esos pechos a mi alcance, su mano en mi verga... no pude resistirme y decidí continuar con aquello.
Me dejé hacer, pues estaba claro que ella tenía muchísima más experiencia que yo. Me pajeaba con firmeza, su suave mano se movía con dulzura y decisión, como si no hubiera otra forma de hacerlo. Su boca me bebía literalmente y pegaba sus pechos a mi cuerpo, aplastándolos, sabiendo el efecto que provocaba en mí. Se separó y se quedó mirando mi pene mientas lo meneaba, eso me dio la oportunidad de acariciar, al fin, sus pechos. Fue rozar con mis dedos sus pezones y mi verga estalló de forma incontenible. Parecía una fuente y mojé sus dulces manos, mi vientre, su escote... ella no se esperaba esa cantidad de semen, y yo tampoco sabía que podía brotar tanto, pero es que no recordaba haber estado así de cachondo en toda mi vida.
Me quedé en shock, en una mezcla de vergüenza y excitación, y entonces me dio pánico de que alguien se despertara y unos encontrara ahí. Pero Ana no había acabado aún. Había hecho que me corriera y ahora llegaba su turno. Se tumbó a mi lado y abrió las piernas mostrándome su sexo, yo me quedé sin respiración ya que no me esperaba encontrarla sin bragas. Se empezó a acariciar el clítoris y no tardó en gemir. Cogió mi mano y colocó el índice a la entrada de su sexo. Apenas sentí el calor y la humedad cuando ella misma lo introdujo hasta el fondo. Entró con suavidad en su vagina empapada y caliente.
Me dijo entre suspiros que metiera otro dedo y que los moviera de fuera a dentro. Fue la primera vez que le metía un dedo a una chica y aún recuerdo su tacto. Mientras ella se tocaba el clítoris y los labios vaginales, yo la penetraba con el índice y el medio. De pronto, su cuerpo se contrajo, ahogó un gemido y juntó las piernas, apretándome los dedos. Me invitó a que los sacara y me los metiera en la boca. Obedecí y probé el sabor más delirante que haya saboreado jamás.
Ana salió del salón y me quedé sin saber qué había pasado. Volví a oler mis dedos y los volví a probar, sintiendo mi verga cómo palpitaba por lo ocurrido. Quería penetrar otra vez a mi cuñada, pero era consciente que lo que acababa de ocurrir había sido algo excepcional. Así que mientras recogía el salón, mi mano volvió a acariciar mi creciente miembro, pues tenía muchas ganas de volver a descargar en la soledad de mi cuarto.
Lo que no me esperaba era ver a Ana en la cocina, pues estaba con un dulce en la mano. Me la encontré de espaldas. Ella me oyó, pero no se giró. Dejé lo que llevaba en la mesa y me acerqué por detrás, levantándole la camisa. Ella echó el culo hacia atrás y se terminó el pastelito, chupándose los dedos. Me volví a bajar los pantalones y la penetré. Igual que antes, mi verga entró con una gran suavidad. Las paredes carnosas que había sentido en los dedos ahora envolvían mi falo. Ella gimió de forma apagada y empecé a mover mis caderas. Un calor enorme abrasaba mi pene y me sentía en el séptimo cielo.
Ana se apartó y se dirigió a la puerta de la cocina y se quedó escuchando, pero no venía ningún ruido de arriba. Me susurró que ni se me ocurriera eyacular dentro y volvió a ponerse en posición, pero apoyada en el marco de la puerta y con la cabeza fuera. Volví a meter la verga notando esta vez su vagina más húmeda aún. Asido a sus caderas, empecé un movimiento lento que poco a poco fue aumentando en intensidad. Fue una locura. Tenía que estar pendiente de que nuestros cuerpos no chocaran para no hacer ruido y acabé por soltar su cadera, sintiéndola solamente en el recorrido que mi verga hacía dentro de su sexo.
Ana se abrió la camisa y no entendí entonces el por qué. Pero más pronto que tarde, volví a sentir cómo volvía a venirme otra vez, y saqué la verga con urgencia. Ella, en un giro veloz, se dio la vuelta y me agarró el falo con las dos manos, terminándome de masturbar y haciendo que eyaculara sobre su torso. Esta vez salió bastante menos que antes y comprendí que ella se había preparado para esa maniobra mucho antes de que yo supiese lo poco que me quedaba para correrme. Se limpió los pechos lentamente con una servilleta, me besó sonriéndome y subió las escaleras. Seguí con la mirada sus piernas desnudas y al poco me atreví a subir a mi cuarto. Apenas pude pegar ojo aquella noche.

Empecinada

Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, q...