Yendo de vuelta de una noche de juerga, con el cansancio apoderándose de mí al irse disipando los efectos del alcohol, llegué a la parada del bus para coger el primero de la mañana. Mientras me acercaba podía ver sobresaliendo del mamparo de la marquesina las piernas de una mujer. Estaban metidas en una tupida media negra y tenía unos llamativos zapatos de tacón. Me acerqué lentamente y alcancé a ver que llevaba una falda verde oscuro, estrecha y corta. Uno de sus zapatos colgaba de la punta del pie, pues tenía las piernas cruzadas y aliviaba así el sufrimiento de haberlo llevado puesto durante toda la noche. No había terminado de llegar a la marquesina cuando llegó el bus y pude verla de pie, de espaldas, caminando a la puerta que se abría.
Se trataba de una mujer madura cuyo perfil me resultaba familiar, y por la manera de dar los pasos era evidente que no me equivocaba al suponer lo agotada que debía de estar. En cuanto puso un pie en la escalera de acceso la vi de perfil y reconocí a nuestra vecina. Inma era algo más joven que mis padres, su hija mayor tenía más o menos mi edad, pero yo era el más joven de mis hermanos. La miré de reojo más tiempo de lo necesario, ella se dio cuenta y se giró, saludándome al reconocerme. Una vez arriba, vi que había un asiento libre a su lado y por no ser descortés me senté junto a ella. Me preguntó por mis padres y después quiso saber a qué sitios iba yo por la noche, pero más que estar interesada en mí, parecía que era por saber el tipo de lugares que podría frecuentar su hija. A cambio, empezó a contarme dónde había estado ella esa noche. Me gustaba la manera tan dulce de mirarme a los ojos y yo estaba embelesado con el movimiento de sus labios mientras hablaba.
Al bajarnos me tomó del brazo mientras nos dirigíamos a nuestro edificio. Me preguntó si tenía novia, o amiga. Le hablé de mi amiga Cloe, de que nos veíamos en su casa para tener sexo, sin buscar ir más allá. Le confesé que ahora ella tenía novio pero que me seguía citando de vez en cuando. Callé de pronto, temiendo haber sido algo bocazas. Ella tomó el relevo y me dijo que a veces las relaciones eran complicadas. Pasó a contarme que la cena en casa del amigo con el que empezó la noche no fue muy satisfactoria. Me di cuenta de que Inma daba saltos en la conversación, como si pensara en otra cosa. Me habló de su situación, reflexionando que entre separados a veces era complicado y a veces fácil. Después dejó caer que algo pasó en los baños del último bar, pero que eso le dejó ganas de más.
Todo lo que me había estado diciendo giraba implícitamente sobre el sexo, pero lo último era una vuelta de tuerca más. Estaba casi seguro de la naturaleza carnal de lo ocurrido en esos aseos, sin quedarme claro si se refería a que lo hizo con un hombre o con una mujer. Me miró con los ojos muy abiertos y se pegó a mí, apretando sus pequeños pechos en mi abdomen. Me dijo que si sabía ser discreto. Le dije que sí, no podía decirle otra cosa teniendo su boca tan cerca de la mía. El ascensor llegó y me metió en él, sin separarse de mí. Ahora veía mejor los pliegues que la edad había horadado en su piel, fui consciente de que a pesar de sus tacones yo le superaba mucho en altura y me di cuenta de que la falda estrecha no ocultaba cierto volumen extra en su cadera. Con eso en la cabeza, la besé en la boca. El contacto de su lengua me hizo pensar en las veces que me había masturbado tras haberme cruzado con ella cuando ésta volvía del gimnasio o de la playa.
Al llegar el ascensor a nuestro piso creí que íbamos a entrar en su casa, pero me llevó de la mano a la escalera y bajamos al rellano. Tú déjame a mí, me dijo. Apenas podía ver en la penumbra, pero destacaba el brillo de sus ojos y labios. Me desabrochó el pantalón y me agarró el pene. Me besó de nuevo y se puso de rodillas. Me sujetó la polla con el índice y el pulgar y se metió la punta en la boca. Su lengua empezó a lamer rápidamente alrededor de la uretra, haciendo pequeños descansos para intercalarlos con el movimiento de la mano. Poco a poco, la lengua iba abarcando más superficie y de masturbarme con dos dedos pasó a usar toda mano. No eran sus débiles gemidos lo que me ponía a mil, sino que aún siendo evidente su habilidad como experta feladora, parecía más interesada en recrearse en los pliegues de mi rabo erecto que en darme placer.
No obstante Inma tampoco había perdido el tiempo, pues se había metido una mano dentro de los panties y se había estado masturbando desde el principio. Tras unos gemidos más intensos, sacó la mano que tenía en la entrepierna y empezó a pasar la mojada yema de sus dedos por la piel de mi polla, recorriéndola y recreándose en la corona del glande. Tenía la cara de una niña a la que le han regalado un caramelo y no perdió tiempo en volver a llevárselo a la boca. Después se puso de pie, me dio otro beso y me susurró que le encantaba mi polla.
Se giró y apoyó un pie en uno de los escalones que subían a nuestro piso. Se remangó la falda y se bajó panties y braga hasta las rodillas. Ella misma se metió mi rabo tras lubricarlo minuciosamente con sus dedos y su saliva. Sujetando su cadera, más bien su falda arremolinada en ésta, la jodí todo lo rápido que pude porque el lugar y la hora exigían perder el menos tiempo posible. Intentaba evitar el ruido que hacían nuestros cuerpos al chocar, pues resonaban por toda la escalera de casa. A ella no parecía importarle que se oyese el indudable ritmo del amor y eso me puso más burro aún. La sensación inicial que tuve al meterle la polla en su suave y apretado coño volvía a repetirse a cada arremetida, empezando a notar incluso cierto efecto ventosa. Cada vez me ponía más y más animal esa mujer.
Inma hizo un parón, se sacó la polla y me hizo sentar en un escalón. Se pudo en cuclillas sobre mí, se subió encima y se dejó caer, deslizándose por mi pene erecto como si fuera un raíl. Hizo un hueco en la ropa para sacarse los pechos por debajo del sujetador y me los hizo tocar y chupar. Empezó a mover la cadera de un modo salvaje, muy rápido, adelante y atrás, restregándose la vulva en mi pubis. A veces me hacía daño en la base de la polla con ese deslizamiento e intentaba frenarla, pero ella interpretaba aquello con que yo estaba a punto de correrme y eso la animaba aún más. Metió unos dedos en mi boca y se apoyó en mi pecho para empezar a subir y bajar, haciendo que volviera a crecer el sonido de nuestros cuerpos uniéndose, pero esta vez su coño completamente empapado le dio un tono más naútico. Le dije que no iba a aguantar más y se metió la mano entre las piernas para tocarse el clítoris. Cuando yo follaba con Cloe siempre usaba condón y fue la primera vez que eyaculé libremente dentro de un coño. Inma volvió a meter los dedos en mi boca, esta vez como una mordaza y se masturbó con mi polla dentro hasta que llegó al final.
Tras acabar, subimos a nuestro rellano, nos dimos un piquito y nos metimos cada uno en su casa. Al día siguiente repasé lo ocurrido. Llegué a la conclusión de que Inma tenía esos pasos bastante ensayados, seguramente para evitar armar escándalo en su casa y despertar a las niñas cuando volvía acompañada. Desde esa noche no encontraba el momento de poder coincidir con ella de nuevo. A veces la veía de lejos en la calle, pero lo peor fue el día que bajé con ella en el ascensor yendo yo con mi padre. Al fin llegó el día esperado, cuando nos cruzamos al coger el ascensor. Yo subía y ella bajaba, llevando esas mallas que se ponía para ir al gimnasio. Di un paso al frente y ella un paso atrás para que pudiera entrar. Pulsamos el botón del último piso.
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