5.10.22

Pili

Hace unos años celebramos el día de navidad con la tradicional cena en casa de mis suegros acompañados de unos invitados gratamente inesperados. Los tíos de mi mujer, Pili y Jesús, habían venido a pasar unos días y eso garantizaba que estuviésemos inmersos en fiesta y buen humor. Entre ellos y los críos no había lugar para el aburrimiento, pero aún así conseguí encontrar unos minutos de quietud para poder echar media cabezadita en el sofá del saloncito.

Me despertó una calidez extraña cerca de la cara y un olor a perfume bastante fuerte y penetrante. Abrí los ojos y me encontré con el escote generoso de Pili a unos dedos de mi nariz. Estaba prácticamente encima mía, buscando algo en la mesilla que estaba junto a mi extremo del sofá. Intentaba ser discreta a su manera, pero el tintineo de su pulsera contra el cristal de la mesa y el hecho de que estuviera a cuatro patas sobre el sofá, haciendo una exhibición de contorsionismo para intentar no despertarme, no la hicieron muy sigilosa.

Mientras miraba esos pechos bailando en el amplio escote, mi olfato pudo reconocer el olor de su piel bajo la mezcla del aroma de su perfume y del tabaco. Un suave flujo de deseo bajó por mi garganta, dio unas vueltas por mi pecho y bajó hasta despertar a mi polla. Pili no había cumplido los sesenta, pero tenía una figura estupenda. Le gustaba vestir como cuando aún tenía veinte años, llevando una ropa siempre ceñida que marcaba habitualmente su redondo trasero. A veces no le importaba llamar aún más la atención llevando escotes generosos que resaltaban sus pechos bien apretados por el sujetador. Además el cutis de su cara, muy cuidado, le hacían parecer bastantes años menos. Volviendo al sofá, evalué que sus pechos tenían un tamaño discreto y en esa posición se me antojaron suaves y maleables. Cuando me di cuenta, ella estaba mirándome, sonriendo al verme embelesado con el escote, pero siguió como si tal cosa, hablándole en voz alta a mi suegro para decirle que ahí no estaban sus llaves mientras su piel pasaba a unos milímetros de mis labios.

A partir de ahí, estuvo toda la noche encontrándose casualmente conmigo, iniciando conversaciones por cualquier motivo. Yo no la eludía, percibiendo que su escote había tomado algo más de protagonismo en nuestras conversaciones, pues sacaba pecho cada vez coincidíamos. Sin poder evitarlo, mi mirada se desviaba hacia la carne visible de sus senos y ella se iba colocando de perfil, de frente, del otro perfil... permitiendo que la escaneara como un adolescente. Lo hacía sutilmente, como para que todo fuese inocente, pero lo suficiente descarado como para tenerme atontado.

Antes de despedirnos me pidió mi número de teléfono, con la excusa de que nos viésemos las dos parejas para tomar unas copas, pero no se fiaba de mi mujer, que solía dejarse el móvil en silencio. Para asegurarse de que lo había apuntado bien, miró cómo había escrito su número metiendo el escote entre mi barbilla y el móvil, a pesar de que la llamé al momento para que ella también tuviera el mío. Al día siguiente, como era de esperar, no hubo llamada. Y es que esta pareja era tan fiestera como informal. No obstante, dos días más tarde me mandó un mensaje de texto para citarme en el apartamento que tenían alquilado, para que la ayudase con algo de la configuración de una tablet. Pili había elegido una hora en la que sabía perfectamente que no podría ir con mi mujer, así que me preguntaba con cierta excitación si también estaría Jesús. En realidad, estuviese él o no, me ponía a mil volver a estar cerca de esa mujer.

Pili me abrió la puerta llevando un mono ajustado de lycra con un estampado de leopardo, calzando unas babuchas rosa con adornos de plumas. Me tomó del brazo y me hizo pasar. Ella se comportaba como si tal cosa, pero para mí era como si la estuviera viendo desnuda, pudiendo hacerme una idea del contorno de sus muslos, su cintura, de sus pechos. Y ella se dejaba mirar pues los primeros momentos procuraba mirar hacia el infinito o a los lados. Lo siguiente que hizo fue decirme que su marido no estaba, y que ella había quedado con él y los amigos más tarde en la otra punta de la ciudad. No obstante me guiñó un ojo y me aseguró que eso de que ella fuera a esa reunión estaba por ver. Sus insinuaciones me dejaron sin habla y ella me miró muy fijamente, como diciéndome que iba en serio, antes de volver con su habitual sonrisa. Sugirió tomar un vermut en la terraza y me hizo sentar mientras ella iba trayendo vasos y aperitivos, acariciando mis hombros cada vez que pasaba a mi lado. Finalmente, se sentó junto a mí y encendió el enésimo cigarro. Me preguntó si quería uno. Yo estaba ansioso por la situación, pues imaginaba lo que iba a ocurrir, y pensé que sería una buena forma de iniciar la aproximación, así que le dije que sí.

Me acercó el cigarro que acababa de encender, colocándolo entre mis labios. Sujeté su mano y le di una calada, llevándolo de vuelta a su boca. Pili aspiró, sonriéndome y satisfecha por cómo iba aquello. Acercó la cara y besé sus labios. Sólo fue un pequeño pico, tras el cual se echó hacia atrás, con una mano tras el respaldar de la silla, estirando de una forma poco natural su espalda y con ella su pecho, y cruzó las piernas. Se lo tomaba con calma, consciente de lo perturbadoramente sexy que estaba con ese mono tan ajustado. Yo estaba listo para la acción y a la vez en ascuas porque no sabía qué me encontraría realmente bajo esa prenda tan provocativa. Al fin y al cabo, sesenta años eran bastantes años. Puso su pie desnudo sobre mis piernas, moviéndolo juguetona, y me dijo que quizás debería ponerse algo más apropiado. Le sujeté el pie, haciendo que ese segundo contacto físico nos alterara el ritmo de nuestras respiraciones. Le masajeé suavemente el tobillo y la planta del pie, y le pregunté qué era eso tan apropiado que quería ponerse. Me habló de unos tacones que no se había puesto aún con ese mono y que me iba a gustar verla con ellos. Se puso de pie y, antes de desaparecer por la puerta, me dijo que había traído otras cosas que le irían mejor a los zapatos. Me quedé esperando paciente, degustando la segunda copa que me había servido Pili y pensando en lo que disfrutaba esa mujer poniéndose guapa, pero estando seguro de que ella tenía clase suficiente como para lucir esos tacones.

Cuando volvió, además de unos tacones interminables, llevaba unas medias de malla y un jersey mullido que le cubría hasta la línea donde terminaba su ingle. Estaba espectacular. Me preguntó si le gustaba cómo iba vestida e inició un giro para mostrar el conjunto, pero no pudo terminarlo pues la abracé por detrás y la besé suavemente en el cuello. Ella gimió con su voz profunda y buscó mis labios. Me dio un beso con lengua, pero más pudoroso que los que estaba habituado en situaciones como esa. Me di cuenta de que iba a tener sexo con una mujer ardiente, desinhibida, pero de otra época. Eso no quitaba que ella supiera perfectamente lo que quería.

En mi cabeza aún resuena su voz profunda cuando me dijo con brillo en los ojos: "Ahora te voy a hacer un mamazo que no lo vas a olvidar". Se colocó de rodillas y me desabrochó el pantalón, sujetando mi polla con cuidado y cierta emoción. Moviendo la cabeza, no dejaba de mirarme a los ojos, haciendo pausas para recrearse en lo que hacía. Su lengua lamía rápidamente, de forma incansable, con una técnica muy trabajada. A veces cerraba fuerte los labios para introducirse la polla con cierta resistencia y chupaba a la vez ruidosamente, hasta que podía sentir mi glande tocar su campanilla y, en un breve movimiento, cómo llegaba hasta el fondo.

Tras hacer ese movimiento de garganta profunda un par de veces, se puso de pie frente a mí, contenta por la exhibición. Besé sus labios mojados y acaricié su cintura bajando las manos hasta tocar la malla de sus muslos. Después continué el movimiento debajo del jersey y llevé las manos hacia atrás, descubriendo que no eran unas medias, sino un body lo que llevaba, pero que también tenía puesta una tanga. Al tacto, sus nalgas y su cintura me resultaban de lo más excitantes. Le quité el jersey y se quedó con las mallas. Ella misma las abrió para dejarse los pechos al aire. Su cuerpo no estaba mal para la edad que tenía. Todo lo contrario, estaba muy bien, con todo en su sitio aunque desplazado hacia abajo unos centímetros. Entre dientes, me dijo un escueto "¡Fóllame!". Hizo por ir al dormitorio, pero la sujeté. De espaldas a mí, le aparté la tanga y, al pasar un dedo por su vulva, éste se hundió sin esfuerzo. Al descubrir con excitación lo mojada que estaba no me lo pensé y le metí la polla fácilmente. Ella me recibió con un gritito, y empezó a moverse adelante y atrás. Pili tenía muchas ganas de follar y no me corté en darle lo que quería. Ni siquiera intenté terminar de quitarme el pantalón.

Jodimos de pie, ella echada hacia delante y yo sujetándola por los brazos, sin parar de penetrarla una y otra vez salvo para que subiera un pie al reposabrazos de un sillón. En esa posición la polla entraba mejor y el muslo en alto me servía para sujetarla a manos llenas. Como era mucho más bajita que yo, la euforia me hizo levantarla en volandas y follarla moviéndola arriba y abajo. Ella no paraba de gemir, pero me cansé y la puse en cuclillas sobre una mesa baja de madera que había frente al tresillo, donde terminé de joderla aumentando la velocidad todo lo que pude. "Ni se te ocurra sacarla" me dijo cuando la avisé de que me corría.

Cuando terminamos, encendió un cigarro, se metió las tetas en el mono, se recolocó la tanga, y me sugirió volver a la terraza. Con una copa de vino en la mano, me recriminó con poca preocupación que le saldrían moratones en brazos y piernas por mi culpa. Metida en esas mallas, cada vez la veía más atractiva, con sus pezones tiesos atrapados entre los huecos. Empezó a darme ganas de comerle las tetas y el coño, y ella se dio cuenta del ardor de cómo la miraba, empavonándose satisfecha por el efecto que hacía en mí su escasa vestimenta. Me acerqué a ella y le acaricié suavemente uno de los pezones, buscando su boca. Ella se mostró cauta, seguramente por si había algún vecino curioso, y entramos de nuevo.

Sin perder tiempo, me quitó los zapatos y los pantalones para volver a ponerse de rodillas. Se tragó mi polla un par de veces y, sujetándola con la mano, me dijo picarona que sabía a coño. Después no volvió a sacársela de la boca en un buen rato, haciendo que mi nabo fuera tomando forma. En un momento dado, me acarició el vientre y clavó ligeramente los dientes en la piel del falo, deslizando la cabeza hacia atrás, hasta que sus incisivos tocaron mi corona. Me puso muy en tensión, pero esa misma tensión hizo que el placer fuera indescriptible. Hizo una pausa con la boca, pero no con la mano, que siguió moviendo mientras comenzó a hablarme de su vida íntima. Como ya sabía, me habló de la enfermedad de su marido y que ésta había acrecentado la débil virilidad que arrastraba Jesús. En definitiva, estaba acostumbrada a que el intercambio sexual con su marido fuese solamente oral, y lo dijo de tal forma que entendí que era oral en una sola dirección.

Con mi polla bien dura, me dio a elegir entre follarla o seguir hasta correrme en su boca, asegurándome muy cariñosa que yo ya había cumplido en referencia al polvo anterior. Le pregunté qué quería hacer ella y me dijo que follar. Así que eso fue lo que hicimos. Fuimos al dormitorio y jodimos a cuatro sobre la cama. Pili estaba cómoda con el mono de malla y a mí me gustaba verla así. Ella me pidió parar un momento porque tenía los pezones muy irritados, atrapados en la malla, pero en cuanto empezó a sacarse las tetas, volví a joderla sin perder tiempo, haciendo que casi cayera de bruces en medio de su excitación al verse tan deseada. Al poco, se tumbó de lado, de forma que sus pequeños pechos caían lánguidamente en un movimiento pendular producido por el suave movimiento con que mecía su pelvis mientras yo hacía lo propio mientras la fornicaba. Como la primera vez, insistió en que me corriera dentro, lo cual hice con gusto mientras apretaba fuertemente su pecho.

Volvimos al salón. Pili estaba eufórica, resplandeciente. Tras unos cigarros y media copa, me preguntó si quería echar otro. El tiempo apremiaba y podía verme en un lío con mi mujer, pero no pude resistirme. Volvió a colocarse entre mis piernas y empezó la felación con un cigarro humeante en la mano del que yo también daba alguna calada. Me puso cachondo fumar mientras me la chupaba, y a ella también le ponía ese juego de sumisión. Lo malo fue que, a pesar de sus atenciones, me di cuenta de que yo había sido algo optimista al creer que podía llevar ese ritmo, al fin y al cabo uno tenía su edad. En definitiva, mi polla estaba casi erecta, pero no se mantenía firme. Pili hablaba mucho, y me confesó que así estaba incluso más dura de lo que se le ponía a Jesús, pero que si era insistente mamando o masturbando al final le hacía correrse. Me contó que dos o tres veces por semana ella lo descargaba, lo pidiese él o no. Que le gustaba vestirse sexy, en plan puta pero "no de las baratas", cuando se ocupaba de la polla de su marido. Después ella sola se aliviaba. Poco a poco la mía fue aguantando la firmeza, y Pili, sabia como era, siguió contando sus intimidades. Me enteré así que cuando Jesús estaba más en forma le gustaba mucho meterla por el culo. Ella lo relacionaba con las amistades variopintas que frecuentaba, pero ella nunca hizo preguntas así como él tampoco las hizo con los asuntos de ella. Me confesó que cuando se acostumbró al anal había veces que era ella la que lo exigía, incluso a veces le apetecía follar sólo por detrás. Pili interrumpió muy satisfecha sus confesiones porque mi polla ya estaba muy dura entonces. Entonces me dijo que si quería follarla por el culo, que hacía tiempo que no follaba por ahí, recalcando que, salvo por ese día, ni por el culo ni por el coño.

Le pedí que se pusiese otra vez los tacones, a lo que accedió entusiasmada por volver a vestirse para follar. Una vez puestos, me preguntó si estaba lo suficiente puta para mí. Le dije que primero le follaría el culo y que después ya le contaría. Ella se encargó de prepararse por detrás y de meterse mi polla. Como en la primera vez, la jodí de pie, teniendo a Pili contra la pared, para pasar después a tenerla en cuclillas sobre la cama moviéndose al pairo del colchón y mis embestidas. Tenía el culo bien entrenado, en armonía con su forma de chupar, demostrando que poseía una buena técnica y que se entrenaba con devoción. Acostumbrado a anos menos acogedores, tuve que follarla con velocidad y fuerza para darme el mismo gusto que aparentemente ella estaba recibiendo. Le dije que podía tocarse si quería, pero no lo hizo, así que se lo ordené. Intentó ignorarme educadamente, pero acabó accediendo algo cohibida. Me excitaba esa dualidad suya al hacer ciertas cosas que parecían aprendidas en un prostíbulo mezclada con su resistencia a mostrarse vulnerablemente excitada. Cada vez que dejaba de frotarse, le hacía seguir, y muy rápido. Casi nos corrimos juntos. Me llevó al lavabo y me lavó la polla, tal y como seguramente le hacía a su marido.

Cuando nos vestimos ya era de noche y descubrimos que ambos teníamos varias llamadas perdidas de nuestras parejas. Cada uno le contó a la suya la verdad: que habíamos estado tomando vermuts y aperitivos y no nos habíamos enterado de las llamadas. Desde entonces, Pili y yo estrechamos mucho nuestra relación. Algún día les contaré lo que sucedió en el velatorio por la muerte de su marido.

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