2.7.20

Mi hermana Mónica

Muy frecuentemente, al menos dos veces al año, solíamos pasar algunas temporadas con mis tíos y mis primas, bien recibiéndolos en casa o bien yendo a la suya, alternando la Semana Santa allí y el verano aquí. Entre mis hermanos y mis primas éramos dos varones y cuatro hembras repartidos con cinco años de diferencia, así que los jóvenes formábamos un grupo compacto y con muy buen rollo entre nosotros. Mi prima mayor tenía mi edad y éramos uña y carne en nuestras correrías vacacionales. Nandi era divertida, bastante atrevida, y tenía una cabeza muy bien amueblada que usaba para analizar los riesgos de nuestras travesuras, para dar siempre un paso más allá del sentido común. Ese invierno no pudimos ir a visitarlos, así que cuando llegaron en verano llevábamos una eternidad sin vernos. Por eso, cuando la volví a ver entrando en casa, la sorpresa fue mayor. Ella siempre había sido muy delgada, aunque con unos pechos hermosos que procuraba disimular, y ese año vino siendo una mujer de bandera. Me encontré que su escote no podía ocultar el evidente aumento de talla y descubrí una cintura que coronaba unas espléndidas piernas y un culo que se anticipaba redondo y perfecto. Tras darle los dos besos de bienvenida pude leer en su mirada que ella también había leído la mía perfectamente. No obstante pronto quedó claro que haríamos lo imposible por mantener intacta nuestra fuerte complicidad, a pesar de que desde que la vi atravesar el umbral de nuestra casa estaba intentando ocultar una erección.

Los primeros días sólo podía admirar sus piernas perfectas, que fueron tomando un atractivo color canela en muy poco tiempo. En la playa era peor, pues el bikini no hacía sino dejar al descubierto un cuerpo de diosa, y mi mirada se perdía en su amplio escote y sus glúteos lisos y casi desnudos en la diminuta prenda. Mis amigos estaban como locos con ella, pero Nandi supo mantener las distancias usándome a veces de parapeto con ellos. Ser su hombre, aunque fuese ficticiamente, me provocaba unas erecciones que debía aliviar a diario antes de dormir. Mi madre, que se había dado cuenta de mi incontenible admiración, le comentó a mi hermana con cierta maldad y a mis espaldas, pero de forma que la pudiese oír, que Nandi se había transformado en un bellezón, pero que seguramente fuese flor de un día pues su familia materna era propensa al sobrepeso temprano. Me lo tomé como un ataque de celos algo infantil por parte de mi madre, pues por aquel entonces era incapaz de imaginarme a mi prima con las amplias formas de mi tía.

Volviendo a mi prima, ella estaba encantada con su nuevo físico y supo exhibir con coquetería las bondades que la naturaleza le había concedido. Seguíamos con nuestra complicidad en nuestras correrías estivales y en privado se mostraba permeable a mis miradas indiscretas, siendo muy condescendiente con mi irrefrenable pulsación. Creo que me tenía como una cobaya para comprender el impacto que de buenas a primeras había empezado a provocar en los hombres allá por donde pasaba.

Cuando estábamos en casa, a veces nos veíamos en una habitación donde pasábamos las horas leyendo libros o revistas. Sentados en el suelo, yo alternaba la mirada entre las páginas y las curvas de su cuerpo, sin que ella se mostrase incómoda por mi impertinencia. Un día que estábamos hojeando cómics, le dije que ella podía ser una de las chicas que salen en ellos, en clara referencia a su escultural figura. Ella, sorprendida al recibir ese audaz piropo que me había salido del alma, no dudó en seguir el juego que le propuse sobre replicar las posturas que se veían en las viñetas. Nandi no sólo era un calco de esas mujeres perfectas metidas en mallas, sino que aún era más espectacular. Mientras hacíamos el ganso, su escote se fue abriendo poco a poco y al darnos cuenta paró en seco aquellas poses que podían ser muy sensuales. Le pedí que no fuese tan boba y seguimos. Cambió un poco el juego al dejar su vaporosa camisa al pairo y empezamos a marcar un poco más nuestra anatomía. En un momento dado que estaba tras ella, subí mis manos desde su cintura hasta casi rozar el pecho. Sin llegar a ser mostrarse ofendida o incómoda, se despegó de mí y salió del cuarto sin decir adiós. A pesar del miedo que me entró de haber metido la pata y perder a mi prima favorita, lo único que pude hacer al quedarme solo fue masturbarme allí mismo, mirando las ilustraciones de la heroína y tocando las esquinas del cómic como si fuesen unos pezones imaginarios.

Al día siguiente Nandi me volvió a acompañar al cuarto, confiada y sin reproches. Estaba muy aliviado al ver que no estaba enfadada conmigo. Me prometí que no me insinuaría más, pero supe inmediatamente que no podría cumplirlo cuando vi que no llevaba sujetador. Podía ver claramente cómo sus pechos bailaban dentro de su fina camisa y empecé a tener una erección. Ella se hacía la indiferente ante mi mirada y mi reacción, exagerando los movimientos de forma que podía hacerme una idea de todo el contorno de sus tetas. Sobre todo al trasluz de la ventana que ella tenía detrás. Hicimos como si leyésemos un buen rato. Pero no podía dejar de mirarla... ni ella dejar de mover el torso.

—Nandi...

—Como me pidas tocarme, me voy.

—Vale, vale —estaba desesperado—. ¿Y no me puedes enseñar más?

Se desabrochó un botón extra y el pecho se quedó casi al aire, o así lo veía en mi excitación, pues en realidad, para poder ver sus pezones, debía abrir uno o dos botones más, pues sus ubres eran grandes y firmes. Tener esa bella masa de carne a mi alcance hizo que mi pene se pusiese totalmente rígido. Aquellos elementos eran suficientes para mí. Me puse una toalla sobre la ingle y empecé a tocarme. Nandi intentó ignorarme, pero ahora era ella la que no podía evitar mirar el movimiento de mi mano bajo la toalla. Estuve tentado de exhibirme sin miramientos, pero un pequeño destello de lucidez me aconsejó no hacerlo sin que ella lo pidiese antes, obligarla a ceder. Cuando estuve a punto de eyacular, paré, temiendo algún comentario humillante por parte de mi prima. Antes de irnos le dije lo mucho que apreciaba su generosidad y ella me sonrió con un poco de picardía, echando una última mirada a mi paquete.

La siguiente vez se complicó todo. Ya habíamos tomado nuestras posiciones en nuestro templo privado, con el pene ya endurecido minutos antes de entrar y ella con sus pechos aplastados en una camiseta de tirantes. Sin habernos puesto de acuerdo, ambos llevábamos unos shorts anchos, de forma que esta vez saqué la verga por el pernil. Ella se había sentado frente a mí con las piernas muy abiertas y como sus calzonas le venían grandes, mi vista pudo adentrarse más allá del final de su pierna hasta, si mi vista no me engañaba, un coño desnudo envuelto en la penumbra. Esta vez llegaría hasta el final, me dije. Agarré mi pene y en un par de sacudidas lo puse totalmente rígido. Nandi se echó hacia atrás, apoyada en sus brazos estirados, haciendo que sus pechos se expandiesen bajo la camiseta. Podía ver cómo los pezones se iban marcando cada vez más en la tela de algodón. Ella miraba excitada mi polla, así que le di el espectáculo que quería ver, pero yo mirando descarado sus pezones erectos y sus muslos abiertos. Ella bajó una mano y se abrió el pernil indecorosamente. Tenía el coño muy abierto tal y como estaba sentada, y empecé a masturbarme fuerte ahora con la vista clavada en la apetitosa perla que asomaba entre sus otros hermosos labios. Ella metió la mano por dentro del pantalón y se abrió aún más la vulva. Entonces, Mónica, mi hermana pequeña, entró en la habitación. Me tapé como pude con la toalla que había usado el día anterior y mi prima sacó la mano de las calzonas.

Mónica vio que había algo raro y se acercó hasta sentarse junto a nuestra prima. Nos preguntó qué estábamos haciendo, a lo que respondimos vagamente y se molestó. Hubo un pequeño rifirrafe, con amenaza de chivatazo a nuestros padres, pero Nandi supo calmarla. Le empezó a hablar al oído y Mónica la oía atenta, abriendo los ojos y la boca y mirándome de reojo. Mientras veía los labios carnosos de mi hermana moviéndose sentí mi polla recobrar la firmeza en mi mano y me aseguré que la toalla me tapase. Mónica no debía estar allí, ni yo reaccionar así con su mirada y sus gestos. Mi mano iba por su lado y acariciaba levemente mi pene. Nandi se dio cuenta y se sonrió mientras seguía murmurando cosas a mi hermana. Las palabras de mi prima eran un murmullo apagado y me di cuenta de que no estaban destinadas a que Mónica se fuese, haciendo que esa sensación de sentimientos encontrados pasase de mi polla al resto de mi cuerpo. Todo era extraño y me costaba asimilar que el ardor de mi polla erecta impidía que hiciese lo que debía y quería hacer: echar a mi hermana de la habitación. Pero fue cuando Nandi terminó con un "puedes quedarte si quieres". Mónica, poco convencida sobre lo de seguir con nosotros pero tan fascinada por la situación como yo, me miró inquisitiva y al ver mi mano oculta en la entrepierna tomó la decisión de quedarse.

—Sigue —me pidió Nandi.

Aparté la toalla y Mónica se rió. Fue una risa nerviosa, porque mientras lo hacía se fue quedando embelesada mirando mi pene. Nandi le preguntó algo y Mónica volvió a reírse y dijo que sí, mojándose los labios. A la siguiente pregunta Mónica encogió la cabeza por las cosquillas que le hacía la boca de Nandi al rozarle el oído, pero volvió a pegarse a ellos, y asintió de nuevo. Nandi me hizo un gesto para que me masturbase. Quise decirle a Mónica que se fuera, que aquello no estaba bien, pero sus dos síes a Nandi me decían que mi hermana se negaría a dejarnos a solas. Arrastré el pellejo hacia atrás y mi prima me miró a los ojos, de forma que comprendí que ella también tenía sus dudas sobre si aquello era lo correcto. Quizás Nandi había esperado una negativa por mi parte. Quizás los tres hubiésemos querido que yo hubiese puesto una nota de cordura a aquello. Pero mi polla y la curiosidad por lo prohibido nos dominaba.

Podía sentir cómo disminuía la dureza de mi rabo, y pensé que al fin tenía la excusa perfecta que buscaba en mi interior para no seguir. Pero Nandi se bajó los tirantes de la camiseta en dos gráciles movimientos, exhibiendo coqueta sus pechos perfectos. Al ver uno de ellos aplastado en el brazo de Mónica, volví con brío a la masturbación. Mi hermana parecía incómoda en el sentido de no saber qué hacer, ruborizada aún más al sentir pegada a ella esa parte de la piel de mi prima que el pudor mantenía siempre oculta. Me pregunté si mi hermana querría masturbarse. Me pregunté si lo hacía con frecuencia, pues sin duda estaba en esa edad de descubrimiento.

Tras unos minutos, sentí que no tardaría en correrme y miré a Nandi, pero ésta no supo interpretar mi inquietud.

—¿Qué hago? —le dije finalmente.

—Sigue —me contestó tras pensárselo unos segundos.

—Si sigo, me corro —repliqué mirando de reojo a Mónica.

—Sigue, no pares.

Me avergonzaba eyacular en presencia de mi hermana, pero la sensualidad que emanaba de ellas hizo que me repusiese parcialmente y aumentase el ritmo. Sin darme cuenta, lo que me avergonzaba se convirtió en deseo, tal y como ambas me miraban la polla.

—¿Puedo? —preguntó mi hermana, de forma sorprendente.

Antes de contestar se abalanzó sobre mí, repitiendo el movimiento que me había visto hacer. Sus pequeñas manos eran ágiles y, a pesar de su torpeza, muy viciosas, pues me masturbaba usándolas a la par o bien acariciándome los testículos con una, mientras la otra le daba al badajo. Me resultaba extraño sentir sus dedos y sentir el tacto de mi hermana en mis genitales no era algo que precisamente alimentase mi deseo. Pero eso mismo despertaba otro instinto muy animal que no podía controlar. De echo, había algo de mágico en la naturalidad con que mi polla se reafirmaba entre sus dedos. En otro arrebato, Mónica se quitó la camiseta y la parte superior del bikini. Mostrar su cuerpo, sin apenas cintura y con unos pechos diminutos con pezones casi invisibles, tuvo el efecto que ella buscaba, pues con ello también dejaba desnuda y sin adornos la obscena situación en la que nos encontrábamos. Y así, conforme sus manos subían y bajaban, se iban cayendo una a una las pátinas de repulsa que me aún me quedaban al sentir su contacto, haciéndose cada vez más evidente mi entrega incondicional a nuestra lujuria.

Mi polla hinchada se veía más grande entre sus delicadas manos que con las mías. Eso, unido a las miradas de lasciva curiosidad de mi prima y mi hermana, me hizo subir el ego. Mi prima se incorporó hacia nosotros, haciendo que sus pechos temblasen en el movimiento y no reprimí rozar uno de sus pezones con el anverso del índice. Si bien permitió que la tocase en la primera pasada, evitó que repitiese en una segunda. Pero ese único y fugaz contacto me ha permitido sentir desde entonces su duro pezón en mi piel. Mi hermana tenía mis testículos entrelazados entre sus dedos y pudo sentir perfectamente el momento previo al de la eyaculación, porque me miró con los ojos muy abiertos antes de recibir el primer chorro. Terminó de masturbarme con las dos manos, manchándose de semen por todos lados, bajo la excitada atención de mi prima. A pesar de que ya había salido la última gota, Mónica continuó con las manos arriba y abajo, esperando que brotara más pero haciendo que me empezara a doler la polla, así que tuve que pararla sujetando sus manos con cariño, en una situación que nos hizo sonreís a Nandi y a mí.

Justo después de terminar, con las manos de Mónica empapadas, nos miramos los tres. Yo me sentía abatido, pues me arrepentí al momento de haber llegado tan lejos con mi hermana. Nandi tuvo que tener un pensamiento parecido, pues en su mirada faltaba la chispa de complicidad con que habíamos iniciado el encuentro. Mi hermana, en cambio, parecía ajena a cualquier carga moral de aquello. Al ver que se acercó la mano a la nariz para oler mi semen, le acerqué rápidamente la toalla para que se limpiase, temiendo que lo chupase. Ella comprendió el gesto y tuvo una pequeña muestra de vergüenza. Me sentí culpable por todo y me fui. Desde entonces, cada vez que íbamos a la playa, me empalmaba mirando tanto el cuerpo de mujer de Nandi como el menos maduro de mi hermana, a pesar que no podía competir en atractivo sexual con el de nuestra prima. Entendí entonces los mil y un hilos que forman la madeja del sexo, el deseo y el morbo, en la que no siempre la hebra más brillante es la más importante.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Empecinada

Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, q...