Eulogio era un señor mayor, con el pelo muy cano y algo grueso. Era tan mayor, que todos los años creíamos que era el de su jubilación. Su amabilidad y afabilidad eran de sobras conocidas en el barrio pero eso sí, también sabíamos que no fiaba, y que los pagos había que hacerlos al contado. Su tienda tenía una baraja metálica que daba a la calle, y una pequeña puerta de madera en nuestra portería, que siempre estaba cerrada salvo cuando el anciano entraba o salía para abrir o cerrar el negocio.
Un día volviendo tarde a casa estaba la baraja echada y al pasar por la puerta de madera, ésta se abrió. Salió una vecina nuestra con una bolsa en la mano. Sin perder la sonrisa, estuvo claro que se había sorprendido al verme. Detrás de ella también salía Eulogio, que cerró la puerta girando su ruidoso juego de llaves. Ambos intercambiaron una mirada a modo de saludo y se despidieron. Subiendo a casa, y sin darle demasiada importancia, pensé en esas compras de última hora y en lo que me fascinaba desde pequeña esa diminuta tienda repleta de los más diversos géneros, y eso me hizo envidiar a mi vecina por haber estado a solas entre tanto trasto. Poder oler las cajetillas de tabaco, meter la mano en la caja de las gominolas... y Eulogio. El viejo también era parte del establecimiento y no me dejaría tocar los alimentos.
Yo iba a la tienda a por los recados habituales, pero un día me pasé de audaz. Estaba empezando a fumar a escondidas de mis padres, pero también estaba muy corta de dinero. Además, si quería comprar un pitillo, tenía que atravesar varias calles hasta llegar a algún quiosco a salvo de la vista de cualquier conocido. Ese día, en donde Eulogio, mientras el anciano estaba de espaldas ordenando un estante, vi la vitrina del tabaco, con un paquete abierto a su lado, a mi alcance. Sin duda era el paquete que usaba para vender cigarros sueltos, y yo me vi tentada a fumar gratis. Cuando Eulogio finalmente llegó al mostrador, en mi bolsillo trasero habían aparecido dos cigarros medio aplastados, y yo intentaba mantener la calma porque me sentía muy culpable.
El tendero me atendió con normalidad y pagué la cuenta. Antes de salir, me habló.
— ¿Tus padres saben que fumas?
— ¿Qué?
Me puse muy colorada y quería que me tragara la tierra. Intenté una disculpa, pero no podía ni balbucear. Me llevé la mano al bolsillo trasero, pero evidentemente los cigarros estaban demasiado arrugados como para poder devolverlos.
— Yo empecé a fumar a tu edad, nada que ver con estos de paquete. Entonces había que liarlos, y no te creas que usábamos esos papelitos tan finos, ¡qué va! usábamos lo que teníamos a mano...
Eulogio empezó a contarme una de sus batallitas y le escuché paciente, poniendo mi mejor cara. Me sentía un poco atrapada, con ganas de salir corriendo y fumarme esos dos malditos cigarros.
— ...y si te he visto fumando ahí en la valla, con la mala vista que tengo, pues deberías tener cuidado, que todo se anda sabiendo...
Era cuestión de tiempo que se enteraran mis padres, era consciente de eso. Cada vez era más descuidada con lo que hacía en la calle, y por entonces las broncas en casa me las estaba ganando casi a diario.
— ...yo no tengo ningún problema. Ahí en el rincón de los chatos, todo tuyo.
¡Eulogio me acababa de ofrecer el rincón de los vinos para que fumase al resguardo de miradas incómodas! La proposición era ir cuando le quedase poco para cerrar la tienda y echar el cigarrillo mientras él ordenaba el género. Me pareció una estupidez. Tenía miles de sitios mejores que ese para fumar, sólo tenía que tener más cabeza.
Los días pasaron y un día coincidimos cuando él se disponía a cerrar la baraja, invitándome a entrar. Fue cruzar el umbral y sentir una enorme necesidad de sentir el humo en mis pulmones. Me acompañó al rincón de los vinos y me ofreció uno de sus cigarros. Y la verdad que estaba muy tranquila allí, y el viejo apenas me molestaba con sus chácharas.
Pasar por su tienda a esa hora se fue convirtiendo en una costumbre, pero en vez de entrar por la puerta principal lo hacía por la trasera. Teníamos una especie de código en el saludo, y si ambos inclinábamos la cabeza en dirección a la otra puerta, era que él podía cederme su rincón y que yo tenía tiempo para ello. En general, los días en que no me invitaba a entrar eran porque había alguna vecina en la oscuridad de la tienda. Una vez me quedé en la escalera esperando a que saliesen, y tras veinte minutos, me subí a casa aburrida. Pero aquello me hizo pensar. En la siguiente ocasión que me tuve que quedar fuera, pegué la oreja a la puerta de madera. Apenas pude oír algo, sólo voces veladas que no conversaban.
Una cosa retumbaba continuamente en mi joven cabeza: el cartel de "No se fía" y las vecinas dentro de la tienda a última hora. ¿Haría el viejo Eulogio excepciones a su máxima? Me imaginaba un trueque, género por género, haciendo... cosas. No me cuadraba siendo él un anciano tan cortés y mis vecinas tan sosas, pero no podía evitar imaginar a Eulogio recibiendo favores sexuales a cambio de la compra. En aquella época, el sexo era para mí algo que estaba descubriendo, viéndome como una experta a pesar de mi limitada experiencia, y los adultos no eran más que un puñado de gente aburrida, zombies sin vida, mucho menos sexual.
A partir de entonces, lo de fumar en donde Eulogio cambió un poco. Pensando en lo que haría Eulogio ahí con las comadres, empecé a visualizarlo más activo a nivel sexual. En nuestras charlas, le preguntaba por ellas, y me decía que a veces a ellas se les hacía tarde y terminaban la compra mientras él cerraba. No me lo creía. Otras veces me decía que le ayudaban a limpiar. Distintas respuestas para la misma pregunta. Y conforme mi curiosidad aumentaba, me iba mostrando más descarada, reclinándome en la silla o abriendo demasiado las piernas, haciendo que la mirada del viejo se desviase hacia mi cuerpo.
Un día me dijo que el olor del tabaco impregnaba todo y que si no se habían dado en cuenta en casa de la peste que salía de mi ropa. Me cogió por sorpresa el comentario porque tenía toda la razón. Yo ya estaba acostumbrada, pero era verdad que antes de fumar me resultaba muy cantoso ese olor tan profundo. Me puso un paquete de cigarros en el mostrador, sin abrir y a mi alcance. Fui a cogerlo y lo apartó. Se quedó mirándome como no lo había hecho hasta ahora. El viejo no podía reprimir una sonrisa forzada, ni el desvío de su vista hacia mis pechos. Me sentí humillada y traicionada. Es un favor mutuo, dijo. Yo no olería a tabaco y fumaría gratis a cambio de quitarme la camiseta. Me di cuenta entonces de lo cándida que aún podía llegar a ser, y me vi muy pequeñita. ¡Así que estas cosas sucedían de aquella manera! Yo me había imaginado un entorno más sensual con el viejo y las vecinas, pero ahora me veía vendiendo mi cuerpo como una vulgar ramera.
— No te tocaré, no te preocupes. Sólo quítate eso. Las cosas serán como siempre, pero tú irás más "suelta", como si estuvieses en la piscina. Sólo eso.
Acercó el paquete otra vez. Enseñar las tetas por un paquete de tabaco me parecía sórdido y ridículo. Y muy barato. Pero lo cogí. Pensé que sería un juego más. A los chicos les encantaba cuando me quitaba la parte de arriba del bikini para tomar el sol de espaldas y luego me hacía la despistada. Mientras abría el paquete pensé en mis pequeños pechos y la decepción que se llevaría el viejo. Encendí el cigarro y lo miré, preguntándome en qué momento iba a empezar a babear. Dejé el pitillo en el cenicero y me quité la camiseta. Me quedé con el sujetador, cuyo relleno hacía más volumen que mis propios senos, y la cara del anciano se iluminó. Me hizo ponerme tal y como solía colocarme últimamente y que tanto molestaba a mi madre: algo recostada en la silla, muy descuidada en lo decoroso. Ese día salí por la puerta trasera y él se quedó dentro para hacer "una cosa".
Aquello se repitió, y al segundo día ya estaba acostumbrada a llevar el torso semi desnudo. Un día que llevaba camisa me pidió le dejara quitarme los botones y acepté. Lo hizo muy delicadamente, sin rozarme, mirando con ardor mis pechitos y mis labios. El olor de sus manos, con un aroma a jabón de lavanda, se infiltró en mi nariz y en mi cerebro. Tras desabrocharme completamente, me quitó la camisa con cuidado y la colocó sobre una banqueta. Esta vez Eulogio se alejó al otro lado de la tienda, tras el mostrador grande. Se sentó en una silla mientras no dejaba de mirarme, con las manos ocultas a mi vista. Me pregunté si se estaría masturbando. Pasé un par de dedos por el escote y sobre el sujetador. Aparentemente él seguía igual, sin mover un músculo, y comprendí que sí, que se debía de estar tocando. ¿Tendría el pene fuera del pantalón? ¿era grande? ¿gordote? ¿su vieja mano lo estaba recorriendo? ¿brotaría semen de su instrumento? Yo estaba confusa, en una mezcla de excitación y perplejidad. Por un lado me habría acercado al viejo, pero por otro sabía que ese era un momento único, especial. Con las manos hacia atrás, me desabroché el sujetador, pero un gesto de Eulogio me hizo comprender que no quería que siguiese, así que abrí las piernas lo que pude, todo lo que me dejaron los tejanos, y me quedé sentada el taburete. A veces le delataba un movimiento muy leve del brazo, y que de pronto se levantó y se dirigió a la puerta trasera para descorrer el cerrojo. Fue tan delicado que no sé si se terminó o no. Por mi parte, me vestí y salí. Ese día me despidió muy feliz. Y al llegar a casa me tuve que masturbar escondida en el aseo que usábamos cuando el principal estaba ocupado.
·
Los siguientes días evité mirar hacia dentro cuando pasaba por la tienda. Eso no evitaba que en mis masturbaciones casi siempre apareciera el viejo. Incluso hice comprar a mi madre una pastilla de jabón de lavanda para el aseo del fondo, lugar que se convirtió en una especie de extensión de mi cuarto. Un día Eulogio estaba en la puerta cuando pasé y no pudimos evitar saludarnos. Aquello nos relajó a los dos, y un par de días más tarde le dije que bajaría a echar un pitillo en cuanto dejase las cosas que llevaba en casa. Subí deprisa las escalera y me metí en mi cuarto, me quité la camiseta y el sujetador, y me volví a poner la camiseta. Mis pezones quedaban marcados y me puse muy colorada al pensar en lo que iba a hacer. Bajé y me encontré la puerta trasera entreabierta y traspasé el umbral. Con la baraja echada, sólo estaba encendida la bombilla del rincón de fumar y la del mostrador con Eulogio sentado tras él. Se podía cortar el aire. Cerré la puerta pasando el cerrojo y me dirigí a mi banqueta, donde me esperaba un paquete de cigarrillos de los buenos. Lo abrí de espaldas a él. No quería que me mirase los pechos aún. Encendí el cigarro exhibiendo coquetamente mi trasero, la cara de perfil, para que viese el cigarro en mis labios, entrando y saliendo a cada bocanada. Finalmente me senté como solía, abriendo exageradamente las piernas. Me quité la camiseta y me quedé mirando su cara inmersa en lascivia.
Miré hacia su vientre, oculto en la tarima, y me desabroché el pantalón. Metí una mano dentro y empecé a tocarme. El viejo se echó un poco hacia atrás y pude ver al fin su capullo, bien gordo, y su mano empezó a moverse más libremente, sin disimulo. Aquello era de lo más excitante que había hecho nunca, era todo tan morboso que me mojé enseguida. Frotaba el clítoris con rapidez, al contrario de lo que hacía el viejo con su pene.
Se levantó y se acercó. Verlo venir a mí, con esa ropa pasada de moda siglos atrás, con el pene saliendo de la bragueta debajo de esa barriga y siendo sujetado por su mano, me hizo frotarme más fuerte. ¡Era todo tan sórdido! Se colocó a mi lado y puso un pulgar pegado a mis labios. El olor a lavanda espoleó mi cabeza.
— ¿Sabes qué tienes que hacer?
Claro que lo sabía. Cogí su mano y empecé a meter el dedo en la boca, entrándolo y sacándolo, chupando la yema con sabor a jabón y mi lengua jugando con su cuidada uña. Con el tacto de su piel en mis mojados labios comprendí la excitación creciente del viejo porque la que yo sentía no me dejaba respirar. Deseaba que cambiara el dedo por el pene y me sorprendí con ese pensamiento, porque a pesar de haber hecho mis felaciones a algún que otro noviete, nunca había sentido ese deseo mezclado con la necesidad. Empecé a tocarme más lentamente porque estaba a punto de correrme. Saqué mi mano del pantalón y agarré la suya con las dos, moviéndola para simular una penetración en mi boca, chupando sin saber cuál sería el siguiente paso del anciano. Miraba su cara y su verga, en una clara invitación.
Aparté su mano, sacando el dedo de mis labios y él se quedó absorto mirándolos. Un hilo de saliva había quedado suspendido entre el pulgar y mi boca, hasta que finalmente se desplomó en la barbilla. El viejo me miraba con mucha lascivia, pero no se movió. Pudiendo hacer conmigo lo que hubiese querido, no hizo nada. Me dije que yo no iba a ceder: si Eulogio no pedía más, yo no se lo daría. El pulgar seguía rígido y volví a chuparlo. El viejo tonto podía haber tenido su pene en mi boca y no quiso, así que usé el dedo como si fuese una auténtica verga metida entre mis labios. Y sin darme cuenta, mi mano derecha volvió a meterse en mi bragueta abierta. Fui todo lo creativa que pude, pero ese falo era demasiado corto. Aguanté mi apetito y chupé el extremo del dedo como si fuera un capullo eyaculando. Finalmente aparté otra vez la mano acariciándola con las mías. Se la abrí y la llevé a mi pecho. Los dedos de mi mano derecha estaban mojando su piel.
— Puede tocarme si quiere —siempre le había hablado de usted.
Los viejos dedos apenas me rozaban y lo traje más a mí. Colocó un pezón entre dos de ellos, aunque evitó jugar con él.
— Esa no es forma de pedir las cosas, pequeña —fue su inesperada réplica.
No entendía nada. Lo primero que tuve fue mucha vergüenza, pues pensé otra vez que mis despreciables pechos no podían ser del agrado del mundo adulto. Pero su pene erecto me decía otra cosa. "¿Pero qué quiere? ¿Qué quiere? Viejo tonto... los chicos sólo quieren tocarme. ¿No quiere tocarme? ¿Qué quiere...?". Y caí en la cuenta de que el viejo tan solo quería oírme más, más provocativa.
— Quiero que me toque —decirlo así hizo que me mojara otra vez, y las siguientes palabras se mezclaron en un gemido—. Tóqueme... por favor...
Y el viejo me manoseó el pecho sin dejar de masturbarse. Emitía una especie de gruñido mezclado con lamentos. La mano que sujetaba el pene lo liberó, y empezó a restregar la mojada palma por el pezón. Me manoseaba con deseo reprimido, yo no era yo, era su muñeca. Me tocó los pechos de todas las maneras posibles, aplastándomelos, tirando de los pezones, juntándolos. Veía el pene a unos centímetros de mi cara y me volví a tocar. El viejo acabaría penetrándome y yo estaba deseando que lo hiciese. Finalmente sus manos acabaron en mi cara, mi cuello, mi boca. Intenté acercar la verga a mi boca llevando mi mano hacia ella, pero me apartó mientras daba un paso atrás. El viejo me desesperaba y saqué la mano del pantalón.
— Sigue tocándote —me pidió suavemente.
— ¿Qué?
— Que sigas.
Obedecí. Volvió a masturbarse mientras me miraba y eso hizo que me concentrara en obtener mi propio placer. Mi respiración se volvió más profunda. Viejo pervertido... estaba haciendo que el orgasmo que estaba por llegar fuera descomunal.
— ¿Te vas a correr? —me preguntó.
— Sí —dije sonriendo.
— Pequeña putita... —dijo tras una pequeña pausa y varios meneos a la verga.
Concentrada en su masturbación y en la mía, le sonreí brevemente. Sin dejar de tocarme me vi vulnerable al estar encerrada en la tienda, semi desnuda y con el viejo diciéndome putita. ¿Qué fue del anciano amable y algo sátiro? ¿Qué sería lo siguiente? Se colocó entre mis piernas con el pene apuntando hacia mí.
— ¿Te has tocado en casa?
— ¿Cómo? —su voz me hizo volver al lugar, y no entendí a qué se refería.
— Estos días, cuando salías de aquí paseándote sin ropa, como una putita... ¿te tocabas al llegar a casa? —el viejo se daba cada vez más rápido y le seguí el juego, relajándome a su vez.
— Me he tocado, sí. Cada día.
— Como una putita —Eulogio parecía que caía en trance cada vez que me decía putita.
— Pero usted me ofreció tabaco a cambio de desnudarme, ¿qué quería que hiciera...? —dije provocándole.
El viejo se masturbaba ahora con el pene hacia arriba y podía ver sus generosos testículos fuera de la bragueta, moviéndose al ritmo de la mano. Tuve que parar de tocarme para no venirme tan pronto. Tenía la boca muy seca y me di cuenta que la mantenía abierta. Reanudé mi masaje.
— ¿Y le gustan mis tetitas? No me las toca...
— Putita insolente... —había hecho que se masturbara más rápido.
— En vez de masturbarse con la mano podría usar mi boca. No me importa, de verdad.
No podía dejar de incitarle. El viejo acercó el capullo a mis labios.
— Está mojado, límpialo —lamí la punta del glande casi sin poder retener el orgasmo. La próxima vez no podría controlarlo—. Putita chupa pollas... querías esto... y también querrás beberme.
Intenté meter más rabo en la boca, pero él se resistía, apartándose, para volver a rozar mis labios mientras se masturbaba. Se alejó un poco más y eyaculó. El semen cayó en mi mejilla y en un pecho. Sabía que lo suyo estaba a punto de llegar, pero aún así el primer contacto con el esperma me sorprendió y dejé de tocarme.
— No, no, sigue —dijo el anciano en clara referencia a mi masturbación. Me fue incómodo notar cómo resbalaba aquello por mi piel, pero seguí con mi masaje, esta vez para llegar al final—. La próxima vez tienes que ser más convincente al pedirme las cosas.
— ¡Pero puede hacer conmigo lo que quiera! —supliqué entre gemidos.
— ¿Te vas a correr?
— ¡Sí, sí!
— ¿Vas a mostrarme cómo se corre la putita?
— ¡Sí, sí!
Se había colocado detrás de mí, pegando el pene goteante en la mejilla limpia, por instinto fui a chuparla y me dio un pequeño cachete, muy suave. Me cogió de la mejilla hasta la mandíbula, rozando la laringe.
— Querías chuparme la polla, pero no es tuya, es mía. Te la tienes que ganar. Dime lo putita que eres —¡Dios! Su mano sujetando mi cuello de esa manera y oír mis gemidos mientras él hablaba empezó a desencadenar una explosión entre mis piernas que me hizo contener la respiración—. ¡Habla! No eres más que una...
— Sí, sí, soy su putita —dije interrumpiéndolo justo cuando empecé a temblar. Casi me caí de la banqueta por los espasmos. El índice y el medio habían acabado dentro de la vagina mientras el pulgar seguía frotando, cada vez más lento. No recordaba haberme mojado tanto los dedos haciéndome una paja.
Mientras me recuperaba temí haber dejado una marca en los pantalones. Miré hacia abajo y todo parecía ir bien en ese sentido. Me vi con los dedos mojados apoyados en la cadera con los pechos brillando por el semen del viejo y pensé que realmente me había convertido en su putita. Este rompió mi ensoñación cuando apareció a mi lado con dos trapos. Empezó a limpiarme la cara con el que estaba húmedo y luego bajó al torso. Al menos olía a limpio.
— Te has puesto perdida —dijo cariñosamente.
Al rozarme con la tela fría y mojada, lo que estaba consiguiendo era que se me encogiesen los pechos y se me endurecieran los pezones. Después del orgasmo, ese frotamiento no me era agradable, pero cada vez que pasaba la tela, sentía la oscura necesidad de que volviera a hacerlo. Con el otro trapo repitió el recorrido, secándome la piel. Yo miraba al viejo con la boca algo abierta, respirando a través de ella esperando que siguiese jugando conmigo, aún sabiendo que una vez que había eyaculado todo se acababa. Siempre sucedía así, y más con su edad. A continuación el anciano se limpió la verga con el trapo húmedo y me lo ofreció al acabar.
— Puedes limpiarte si quieres.
Mientras Eulogio usaba el otro para secarse, me quedé dudando sobre qué hacer con el húmedo trapo en la mano, pues éste había pasado por su semen y por su pene. Me bajé los pantalones hasta las rodillas y me llevé la tela áspera a mi entrepierna, limpiando mi secreciones de forma muy minuciosa bajo la lasciva mirada del viejo. Intercambiamos los trapos y me sequé, para a continuación vestirme del todo.
No sabía cómo despedirme de él. Me puse en frente suya y éste evitó mirarme los pezones, que se marcaban en la estrecha camiseta. Le cogí la mano y le besé desde la palma hasta los dedos, oliendo otra vez la lavanda. Cuando tenía el índice metido entre los labios me interrumpió y me hizo salir del establecimiento. Subí a casa y fui directa al baño. Mojé la punta de una toalla y la empapé con el jabón que hacía comprar a mi madre. La llevé a mi entrepierna y me masturbé frotándome con ella. Mordí la otra punta y también froté con fuerza mis pechos, mis doloridos pezones. De esa forma estuve unos minutos hasta que conseguí volver a liberar la tensión que me devoraba abajo.
·
Un día que terminaba mi humillante rodeo para entrar en el portal, vi a Eulogio salir de la tienda para tomar el aire. El me vio también y se quedó mirando cómo me acercaba, saludándome amablemente con la cabeza, el Eulogio de toda la vida. Entré en el corredor y cuando llegué al primer escalón de la escalera se abrió la puerta trasera de la tienda. El viejo salió volviéndome a saludar visiblemente nervioso, pidiéndome que me acercara y mirando a un lado y a otro. Volví atrás lentamente pensando en lo excitado que Eulogio tendría que estar para exponerse de esa manera, abriendo esa puerta para mí. Mi cabeza era firme en la determinación de no entrar, en cambio mis pasos me llevaban otra vez a un lugar que ya hacía humedecer mi entrepierna. Entré en la tienda, dejando mi débil determinación fuera esperando otra oportunidad.
Me llevó atrás, al pequeño almacén del establecimiento. Una zona en la que sólo él entraba y nos hacía soñar sobre los productos que escondía allí. De chica, mis primos y yo pensábamos que allí guardaba tesoros que el anciano o sus ancestros habían encontrado en el subsuelo de la tienda. Y ya más mayor, hasta ese momento, estaba convencida de que estaba lleno de fardos de tabaco y jamones colgando del techo. En realidad era como la tienda pero con los artículos muy compactados. Ese golpe de realidad me hizo estar atenta a la proposición del viejo. Me hizo agachar y colocarme entre dos pilas de cajas de cerveza. Que aguardara en silencio, me dijo. Junto a la pared había un agujero desde el que se veía toda la tienda. Seguramente Eulogio nos espiaba desde allí por si le robábamos el género.
Sentada en el suelo esperé y esperé, hasta que casi di una cabezada. Finalmente una voz dijo "Buenas tardes" y se oyó el sonido de la baraja metálica caer hasta cerrarse. Luego sonó el cerrojo de la puerta de atrás. Alguien saludó a Eulogio, era una voz me era familiar, estaba segura que era una vecina. En silencio, me coloqué para mirar. Era la señora Juana. Verla me creó la misma prosaica sensación que al entrar en el almacén de la trastienda, pues no era una mujer especialmente atractiva. Tendría la edad de mi madre, pero era algo gruesa y sosa de cara. Eso sí, tenía unos pechos generosos. Se desvistió bajo la mirada del viejo, como siguiendo un protocolo, desprendiéndose de los zapatos y la falda, sin más preámbulos. Luego se quitó la blusa, tras ella las braguitas y finalmente se quedó únicamente con el sujetador puesto. Tal y como se movía, estaba acostumbrada a ir desnuda ante el anciano. Sus muslos temblaban al andar y al anciano se le caía la baba mirándola. Me quedó claro que el viejo pervertido era igual de guarrete con todas. La señora Juana se puso en pompa apoyada en un extremo del mostrador.
— ¡Don Eulogio! ¿Es esto lo que quiere? Es usted un diablillo...
Ella también le hablaba de usted, a pesar de esos momentos tan íntimos. Eulogio puso una sillita tras ella y hundió la cara en aquellos enormes glúteos. Podía ver su generosa frente volverse roja mientras movía la cabeza y sujetaba los muslos de la mujer. Ella colocaba el cuerpo moviendo las piernas intentando adaptarse a aquello que el viejo le estaba haciendo. Como una yegua siendo montada por un semental, solo que aquí no había una enorme verga, sino una pequeña lengua. La señora Juana miraba a un punto indeterminado, sonriendo y entrecerrando los ojos.
— Don Eulogio, qué bien lo sabe hacer...
El viejo abrió un poco los glúteos y con algo de malicia pensé que lo hizo para poder respirar mejor. La señora Juana echó las manos atrás para ayudarlo, llegando a rozar las del anciano. Se tocaban y se hablaban con mucha familiaridad. A la vecina se le escapó un pequeño gemido y a éste le siguieron unos cuantos. No parecía fingir, en absoluto. Eulogio empezó a masturbarse y la señora Juana se dio cuenta.
— No sea así don Eulogio, ¿hoy tampoco quiere meterme el pene?
Eulogio se puso de rodillas, creí que la iba a penetrar, pero no fue así.
— Sácate las tetas, Juanita.
Ella se giró y también se puso de rodillas frente a él desabrochándose obedientemente el sujetador. Sus enormes pechos cayeron hasta casi el ombligo, planos, sin ningún tipo de firmeza. Me dejó una onda huella aquello y estuve varios meses fijándome en los pechos de de mi madre, mis tías, de las mujeres más mayores de la piscina, preocupada por si ese iba a ser el futuro que le esperaban a mis senos. Pero en aquella tarde a la señora Juana no le importó la ley de la gravedad y a Eulogio mucho menos.
— Tócatelas, no tardes.
El viejo volvía a entrar en un grado de sobre excitación que me hizo desear que eyaculara de una vez para evitar que el pobre sufriera un desmayo. La señora Juana se cogió de los pezones y se puso a mover los pechos, llevándoselos a la boca y agarrándose las blandas mamas. Eulogio se acercó y puso el pene entre ellos y ella empezó a masturbarlo con las tetas.
— Estoy para lo que quiera y donde quiera, don Eulogio, usted lo sabe bien...
— ¡No pares!
Y la señora Juana fue tan eficaz con sus pechos que Eulogio eyaculó en su torso, mojando el cuello de la mujer. El anciano se retiró y doña Juana se subió al mostrador, con un pie en la banqueta y la otra pierna bien abierta. Se empezó a masturbar con ritmo, como si estuviera sola en su casa. Busqué al viejo, y lo vi al otro lado, limpiándose el pene, distraído. Cuando acabó, se giró y vio a la vecina.
— ¡Mujer! ¡Podrías haberme esperado, no lo hagas sola!
Al viejo se le veía muy disgustado por no haber podido devolverle a la señora Juana sus servicios.
— No se preocupe, don Eulogio, para la próxima vez... me esperan en casa para hacer la comida y tengo algo de prisa.
Doña Juana siguió masturbándose mecánicamente, desnuda, y Eulogio daba vueltas por la tienda cambiando trastos de sitio y preparándola para el día siguiente. La mujer se corrió finalmente en unos pequeños espasmos y en silencio. Se limpió con un trapito que le había dejado el viejo y se vistió como si nada. Me llamó la atención el trapo doblado junto a la señora Juana y me reafirmé en que el viejo estaba obsesionado con la higiene y el jabón de lavanda. Una vez que la vecina salió de la tienda, yo hice lo propio de mi escondite. Eulogio se acercó a mí con esa expresión de viejo guarrete que se le ponía a veces.
— ¿Te has tocado? —me preguntó directamente.
— Si, un poco.
— ¿Sí? ¿Sí? ¿Te has tocado? ¿Te has corrido?
— No, no quería hacerlo ahí —señalé el suelo, al otro lado del hueco en la pared.
— ¿Sí? ¿No te has corrido? —el viejo parecía un niño dando saltos alrededor de un caramelo, y yo era el caramelo— La putita no puede irse así...
Me mojé otra vez cuando oí aquella palabra y empecé a respirar con dificultad. El viejo me llevó de la mano hasta el mostrador, donde había estado la señora Juana. Mi mente no pensaba con claridad. Me hizo quitar pantalón y braguitas y me ayudó a subir. Se sentó en la banqueta, frente a mí. Con las piernas abiertas, el viejo metió la cara entre mis piernas. Su escasa barba me hizo cosquillas, pero pronto se puso a lamerme com un perrito. Muy suavemente. Al principio apenas notaba nada. Miré el reloj y me preocupó la hora. Comprendí a la señora Juana. No obstante la cadencia de su lengua era incansable. Poco a poco iba sintiendo más su lamida, aún sabiendo que él no variaba ni la presión ni el movimiento. De vez en cuando el viejo tomaba aire y mi clítoris parecía dilatarse en búsqueda del masaje. Entonces Eulogio volvía y ambos emitíamos un pequeño gemido. A esas alturas, su saliva inundaba mi sexo y mi ano, llegando a los glúteos y haciendo que resbalase mi piel sobre la madera del mostrador. Sus manos sujetaron ahora mis muslos abiertos, y su lengua empezó a rozarme como si fuera un diminuto y blando ariete, percutiéndome el clítoris, sin violencia, con una suavidad aparentemente inocente, si es que algo que hiciese el viejo era inocente.
Deseaba un magreo más potente, pero cuando me relajaba y me dejaba hacer no podía evitar los gemidos. Deslizó las manos hasta los glúteos y me emocioné al pensar que me poseería al fin. Los pulgares apuntaron al perineo y gemí más. Le invité, sabía que inútilmente, a que me usase de otra manera. Como ignoró mi proposición, volví a relajarme, sin saber cómo terminaría el cunnilingus. Sentí cómo se me encogía el estómago y las piernas se me empezaron a mover. La vagina comenzó a contraerse lentamente, dejé de respirar... y se apoderó de mí un intenso orgasmo que me hizo morder la lengua. Cuando me recuperé, miré a mi lado y me encontré el trapo preparado para mí. Olía bien y me limpié. Me despedí y me fui.
·
— Entra y cierro —yo iba mirando el suelo y alcé la vista. Me lo encontré con una sonrisa que no podía reprimir, casi babeando, y yo sabía por qué. Yo llevaba un vestido algo corto, no mucho, que me quedaba por encima de las rodillas y se me ajustaba a la cintura y al pecho. No lo pensé, sencillamente entré y él echó la baraja, a pesar de lo temprano de la hora.
— La putita quiere que le coman el coñito.
Fue lo que me dijo después de un mes sin apenas hablarme. En vez de sentirme humillada me bajé las braguitas y me levanté el vestido. El viejo se relamía. Me subí al mostrador, todo lo abierta que pude. Se acercó y se puso a lamerme como aquella primera vez, es decir, como lo haría un chihuahua. Pero a diferencia de entonces ahora tenía un pene duro cogido con la mano y la cadencia de los lametones era más salvaje, más parecido a lo que había conocido de otros chicos. Algo decepcionada inicialmente por haber tenido otras expectativas para ese momento, me dejé llevar por el chupeteo pensando en que al fin y al cabo, ellos son así. Repitiendo los movimientos de hacía semanas, la mano del muslo se movió a los glúteos. Llevé una mano al otro cachete, abriéndolo. El viejo se tuvo que dar cuenta de que dejaba expuesto mi ano, pero me ignoró. Era cuestión de tiempo, poco, que me corriese, pero estaba determinada a tener algo más de él. Quería tener al anciano encima, su barriga sobre mí. Estaba enferma de vicio y yo misma quise explotar la sordidez del momento.
— Fólleme.
— Eres una putita.
— Por favor, no me deje así, estoy preparada, métame la polla, se lo ruego.
— Aún no he acabado.
— Por dónde quiera, me da igual —moví la mano que sujetaba mi nalga para poder acariciar la suya.
— Guarra.
— Don Eulogio, me voy a correr, ¡fólleme por favor!
Eulogio siguió ignorándome, lamiendo mi necesitado clítoris y me corrí. Me acabé con su vieja lengua y un par de dedos que introduje en la vagina, entre sus labios. Aún no había aspirado la primera bocanada después del orgasmo cuando me acercó al borde y me penetró. Su miembro era más que aceptable. Me folló haciéndome gemir aún más, tenía la vagina muy mojada, pero podía sentirlo muy bien. Justo cuando creí que al fin me iba a joder bien, sacó el pene y empujó el ano. Estaba claro que no entraría así, pero confíe en su experiencia, en que se daría cuenta. Siguió empujando y empezó a hacerme daño.
— Espere, por favor —Eulogio dejó de empujar al momento.
— Tócate el coño, putita.
Empecé a tocarme como me dijo. Aún no me apetecía mucho volver a estimularme el clítoris y me fui acariciando muy suave. El viejo pasaba el dedo por el ano con una mano y con la otra se masturbaba. Hice un repaso al tiempo que había estado el anciano masturbándose a ese ritmo y me obsesioné con el aguante que estaba demostrando. El viejo tonto me podía estar follando en ese momento, o haber empezado mucho antes, pero no. En vez de eso, su pulgar presionaba mi ano, en una mezcla de dolor y placer. La situación empezó a ser angustiosa para mí, hasta que me pidió ponerme sobre el mostrador, de espaldas a él y con las piernas en el suelo.
Mi ano y mi vagina quedaron a su vista, y empezó a lamerme el culo. Usó la lengua de forma distinta que el pene y el pulgar, esta vez haciendo movimientos en círculos y en cruz. Por primera vez me hizo gemir manipulándome el ano. Me pidió que siguiera tocándome y le obedecí. Lamía mi culo con la misma dedicación que aquel primer cunnilingus, terminando con esa suave percusión de la punta de la lengua en mi pequeño orificio. Mientras se pajeaba, al fin metió un dedo dentro, que fue recibido con gran placer. Empezó a follarme con él.
— Cómo gimes, puta guarra.
Sus insultos no hicieron más que derretirme. Sentí su pene en la vagina, bien al fondo, y me hizo temblar todo el cuerpo. Después, tras pocas embestidas, su glande apuntó a mi ano, pegado a él. Esta vez se fue abriendo paso. Cuando me quise dar cuenta estaba completamente dentro y creí que me iba a partir en dos. El viejo inició la misma cadencia que tenía en su masturbación, y recé para que aguantase lo mismo que hasta ese momento. Yo me tocaba, paraba, seguía tocándome el sexo, pero no podía dejar de gemir. El goce me llegaba desde mi ahora no tan pequeño orificio hasta la garganta, y me corrí dos veces más, o sólo una. No lo puedo recordar bien. Sé que llegué muy tarde a casa, con el culo muy abierto, con cierta pérdida de control de lo que ocurría abajo.
Al poco tiempo de eso, mi madre habló conmigo en casa. Me dijo, entre preocupada y enfadada, que me habían visto salir de dónde Eulogio con la tienda ya cerrada. Me hice la ignorante, pero sólo conseguí irritarla más. Tras una buena bronca, me dijo que no quería verme por ahí. Yo, con un enorme sentimiento de culpabilidad, juré que la obedecería. Ella me miró con decepción y algo asustada, me acarició el pelo y me recordó que se lo había jurado. Días más tarde comprendí que tras su reprimenda había algo que yo no pregunté, y era el por qué de la prohibición. Se tuvo que dar cuenta al momento de que hizo tarde para mí. No volví a entrar en la tienda y ella nunca volvió a hablarme de Eulogio. Antes de acabar el año ya nos habíamos mudado a una urbanización con viviendas adosadas al otro lado de la ciudad, haciendo de esa manera que Eulogio y su tienda pasasen a ser un capítulo cerrado de nuestras vidas.
Una vez más, fascinante. Tienes un gran poder y esta vez creo que te has superado.
ResponderEliminar¡Ufff, muchas gracias!
EliminarCuando uno piensa que no puede superar el relato anterior, aparece con un nuevo relato lleno de erotismo muy sensual.
ResponderEliminarGrnadioso relato y que suerte de Eulogio.
Me encanta tu comentario! El viejo Eulogio sabía lo que se hacía...
EliminarUn relato impactante.
ResponderEliminarUna forma de descubrir el sexo que no puede dejar indiferente a nadie.
Un afortunado Eulogio dando paso a una jovencita que se hizo mujer.
Y un final......a la altura.