Uno de los juegos preferidos a los que me invita Pedro cumple a la perfección el requisito de ser públicamente privado. Este en cuestión se lo enseñé yo, pero él lo ha adaptado a sus gustos. Os cuento cómo ocurrió la última vez.
Entramos en el cine, con la película ya empezada. Habíamos elegido una que no fuese de estreno, Hard Cinema, para que apenas hubiese gente en la sala, y de hecho, solo conseguí distinguir dos hombres en ella. Miramos dónde colocarnos y nos acomodamos en medio del patio de butacas. Nada más sentarnos, un hombre algo mayor que estaba unas filas más adelante se giró para mirarnos. Pedro pasó su brazo sobre mi hombro y recliné mi cabeza sobre el suyo, dejando caer mi mano sobre su rodilla. El viejo de delante volvió a mirarnos, pero nosotros lo ignoramos, pendientes de la pantalla. Lo que no me esperaba era que se levantara y se sentara a mi lado. Respiré profundamente, pues sabía que Pedro continuaría el juego, con o sin el mirón.
Pedro rozó mi mano con la suya y, subiendo por el brazo, llegó a mi pecho, sobre el abrigo. El viejo se dio cuenta y no pudo evitar mirarnos. Me excitaba ver hasta donde estarían dispuestos a llegar los dos. Pedro metió la mano dentro del abrigo, intentando abrir los botones que lo cerraba. Su movimiento, tanteando a la altura de mis pechos, no hizo más que aumentar nuestra atención en ellos, y más cuando sus yemas me rozaban bajo el abrigo, provocando un suspiro que ahogué inmediatamente. El último botón cedió, y Pedro, en un movimiento suave y decidido, deslizó su mano desde mis senos hasta la rodilla. Yo miraba su mano, que tras sobar mi pierna sin disimulo, terminó por abrir el abrigo. Sentí la mirada del viejo desnudándome y mi excitación fue en aumento.
Con la mano de Pedro subiendo y bajando por mis piernas, la falda acabó subiéndose, mostrando los muslos y, para regocijo del viejo, no hicimos nada por bajarla. Pedro pasó la mano por el lado de mis piernas más cercana al anciano, luego por ambas, volvió a la primera y, llevando la mano a casi el inicio de las caderas, acabó mostrando el liguero que sujetaba mis medias. Yo estaba quieta, manteniendo mi mano inmóvil sobre su pierna, cerca del pene, sabiendo que en algún momento yo acabaría entrando en acción.
Pedro se quedó embelesado con mis piernas, yo sabía que el liguero le iba a causar ese efecto, pero no quiso desnudarme tan pronto e intentó bajarme la falda con tan poco tino que mientras lo hacía el dorso de su mano tocó mis braguitas, así que no pudo reprimir volver a meter su mano entre mis piernas, esta vez bajo mi falda, acariciando a manos llenas mi piel hasta llegar a mi sexo, que lo esperaba ya humedecido y un tanto abierto. Sus dedos me tocaban a través de las braguitas y cerré los ojos dejándome hacer, pero intuí sin equivocarme la mirada lasciva del viejo, y lo miré con reproche. El viejo desvió la mirada, embelesándose con la mano de Pedro, que ahora volvía a mostrar mi pierna en toda su extensión. Debía sentir asco por el baboso, pero realmente estaba muy excitada.
Esta danza de caricias por parte de Pedro se mantuvo un tiempo, pasando la palma de su mano lentamente por mis piernas, yendo de la rodilla a las caderas, de las caderas al interior de los muslos, exhibiendo mi cuerpo. Yo me dejaba acariciar ignorando al otro acompañante. Llegué a dudar de si el anciano era un gancho de Pedro, pero usar ese tipo de hombre no era su estilo.
Pedro cambió el juego. Subió lo que pudo la falda y luego metió la mano en mi escote. El viejo movió sus manos, y temiendo que me tocase, lo fulminé con la mirada. No obstante, la intención de éste era llevarse las manos a la bragueta, pues intentaba esconder la erección que tenía. Pedro dejó pronto mi pecho y volvió a meter la mano entre mis muslos, entreteniéndose un poco más que antes en sus caricias. Sentí el índice de Pedro sobre las braguitas, acariciando desde mi clítoris hasta la entrada a mi vagina. A pesar del juego que estábamos realizando, me sentí momentáneamente vulnerable y me bajé la falda de forma instintiva. Fue un gesto que sabía inútil, pues ya estaba inmersa en el imperio del goce, respirando profundamente sin poder cerrar la boca, sabiendo lo que mis labios abiertos terminarían por provocar. Contagiado por mi excitación, Pedro colocó mi pierna izquierda sobre la suya, dejando a la vista del anciano mis muslos. Dejé caer mi mano sobre la otra pierna, cerca de mi sexo, acariciando mi suave piel.
A esas alturas el viejo sobaba su pene de forma poco disimulada a través de los pantalones, sin quitarnos ojo. Pedro decidió que quería tener una visión más completa de mí, así así que empezó a subirme la falda aún más. Para ayudarle, alcé el culo y la falda quedó recogida hasta un poco más abajo de mis caderas. Pedro y el viejo podían ver mis braguitas blancas, pues la pierna que mantenía sobre Pedro dejaba mi pubis expuesto para regocijo de ambos y mi propia excitación. Así que Pedro volvió a acariciarme el sexo, siempre dejando la tela de las braguitas como último umbral. Apenas sentí los dedos en mi rajita, la abandonó, pues desabrochó el cinturón de mi vestido, dejando a la vista el sujetador, acariciando livianamente mis pechos y volviendo al masaje de mi vulva.
Ya estaba muy mojada, pero intentaba limitar como podía mi respiración. Veía de reojo cómo el viejo se tocaba el pene con regocijo, y sabía que Pedro, que volvió a mis pechos en un sutil roce, estaba haciendo un esfuerzo por no sacar su verga. Yo miraba cómo Pedro acariciaba mi pezón, y esperaba con impaciencia el momento en que éste acabaría en su boca. No se me escapó que el anciano colocó su mano en su pierna, casi rozándome. Pedro metió la mano dentro del sujetador, cubriendo completamente mi pecho, y cerré los ojos dando un suave gemido al sentir su piel en mi piel, acariciándome. Pero también sentí la mano del viejo en mis piernas, el muy cerdo había esperado para cogerme distraída. Movía la yema de sus dedos por el nylon de las medias, ligeramente, como si gozase con su tacto. Mientras Pedro seguía acariciando mis tetas, retiré tranquilamente la mano del viejo, sin violencia, para hacerle ver que podía mirar, pero no tocar. Pedro volvió a mi sexo y yo deslicé la mano que acaba de retirar la del viejo, moviéndola por mi muslo hasta llegar a la de Pedro, acompañándolo en su tocamiento.
El anciano volvió a poner la mano en mi pierna, mientras la otra, sobre la bragueta, masturbaba un miembro ya duro. Yo me estaba acariciando el clítoris y con esa misma mano quité suavemente la del anciano. Pedro, que seguía con su masaje en mi sexo, requirió mis labios, y lo que empezó con un beso, pasó rápidamente a una felación a su lengua, incitándole. El viejo, insistente, volvió a poner su mano sobre mí, y yo se la volví a retirar, pero a la suavidad de antes, le añadí esta vez el contacto pleno de la palma de mi mano, dejando al viejo con el tacto de una mano femenina que acababa de acariciar su propio sexo. Una vez liberada de la mano del viejo, coloqué la mía sobre mi pierna, acariciando mis medias y el muslo hasta llegar a mi sexo, mostrando al anciano lo que no permitía que tocase. Este aceptó el mensaje sin dejar de masturbarse a través del pantalón, y Pedro subió su mano otra vez a mi pecho, pero esta vez sacándolo del sujetador, pudiendo vislumbrar el anciano el pezón justo antes de que Pedro manosease a placer mi seno.
Pedro se animó al ver el sujetador tan maleable que había decidido ponerme, y liberó también el otro pecho, acariciándolo con ganas, llevándoselo a la boca, mordiendo el pezón. Mojé las braguitas al mismo tiempo que sentí los dedos del viejo acariciar mi pierna. Puse una mano sobre la de él, para retirarla, pero me demoré un poco, pues Pedro cambió de pezón chupando con avidez. Mirando al anciano con curiosidad, terminé por quitar la mano, pero no me resistí a darle una pequeña caricia al soltarla. Pedro y yo nos besamos con muchas ganas, y su lengua recreaba en la mía lo que sus dedos hacían más abajo. El viejo, que debería estar mirándonos, fue a poner otra vez la mano en mi pierna, pero sin querer la puso sobre mi mano, que estaba posada sobre ella. Se quedó quieto, pero al ver que no hice nada, empezó a acariciarla y a pasar sus dedos por la parte de los muslos que no estaban tapados por las medias. Ignorándolo, seguí chupando la lengua de Pedro, hasta que volví a retirar su mano.
Estaba muy excitada y Pedro tenía buen ritmo acariciando la pipa. El viejo esta vez optó por mantener su mano algo apartada, pero lo bastante cerca como para tocar con su meñique mi pierna. Mi mano, posada en mi muslo, casi pegada a la de él, estaba lo suficientemente cerca como para acabar con ese roce, pero la mantuve quieta mientras mi sexo y mi lengua recibían la atención Pedro. Finalmente Pedro volvió a acariciarme los pechos, y el viejo volvió a poner su mano sobre mí, rozando la mía. Yo me rendí a mi deseo, y en vez de retirar esa mano ajena, deslicé la mía hacia mi sexo, pues Pedro lo había dejado vacante.
Pedro, plenamente consciente de que el viejo acariciaba gozoso mi piel, sobaba mis pechos mostrándolos en su plenitud, tocándolos con avaricia, chupándolos con pasión, bajo la mirada del anciano, que cada vez llegaba más cerca de mi chocho en sus caricias y yo cada vez gemía con menos disimulo. Pedro empezó a pasar la lengua por mis pezones con rapidez, estremeciéndome. Cuando dejó de chuparme, el viejo se aventuró a subir la mano por mi barriga hasta mi pecho izquierdo, moviendo circularmente los dedos sobre mi mojado pezón al mismo ritmo con que se estaba tocando. Yo estaba gozando, masturbándome con mis dedos y los de Pedro, besando y sorbiendo la lengua de éste, mientras el anciano me acariciaba pechos y muslos.
Pensé que estábamos siendo demasiado exhibicionistas, e intentando relajar el espectáculo que estábamos dando a los espectadores de atrás, me mantuve en el asiento mirando hacia delante, quieta. Pero esto sólo animó a Pedro y al viejo a que intensificaran sus toqueteos en mi sexo, pezones y piernas. Entonces Pedro retiró su mano para desabrocharse la bragueta y abrí mis piernas un poco más, pasando un dedo por debajo de las braguitas, haciéndolas a un lado y descubriendo mi sexo. Recibí entonces el anular del viejo, que sintió toda mi caliente humedad. Agarré la verga de Pedro, gorda, muy dura, y empecé a mover la mano arriba y abajo.
Me corrí mientras sostenía la polla, pues masturbarlo mientras el desconocido hacía lo mismo a mi lado me había puesto muy cachonda. No dejé de pajearlo, y mientras Pedro me acariciaba el cuello, yo esperaba el momento en que esa mano dirigiese mi boca a ese miembro erecto. Permanecía a la expectativa, con los ojos cerrados, dejándome gozar, abriendo mi boca hambrienta. De pronto, unas manos me tocaron por detrás. Era otro espectador que se había acercado cegado por el deseo. Me cogió el pelo por la nuca y, mientras llevaba hacia atrás mi cabeza, su otra mano empezó a acariciar mis pechos. Con los ojos cerrados, esperaba que su polla entrase en mi boca, pero el nuevo jugador, un hombre maduro, aún un tanto tímido, solo se atrevió a meter la lengua dentro de ella.
El viejo acariciaba la pipa con más rapidez y, como perro viejo que era, se tuvo que haber percatado de que su verga acabaría de una forma u otra dentro de mí, y sacó su verga, masturbándose con felicidad. Pedro nos miraba mientras yo le pajeaba con más energía, aunque ahora él sujetaba mi cabeza de forma que no pudiese besar al nuevo desconocido.
Aparté al nuevo integrante y me acerqué al anciano para besarlo, uniendo su lengua a la mía. Me aparté y dejé mis pechos cerca de su cara, en una posición en la que mi culo quedaba a la vista de Pedro. Este me metió mano por atrás, acariciándome el sexo plenamente, y me estremecí. Volví a la butaca, y mientras el nuevo me cogía los pezones y el viejo seguía su incansable masaje del clítoris, quise meterme la polla de Pedro en la boca, pero sentada en la butaca era imposible, así que me abandoné al tocamiento del viejo, al sobamiento y besos del nuevo y a la masturbación de Pedro, elevando la temperatura un punto más. Pedro se encargaba de apartar a uno y a otro de mi boca, haciendo que me excitase al sentirme a su capricho, pues meterme esas lenguas desconocidas en la boca formaba parte de su juego.
Pedro me puso en pie, me dio la vuelta, me subió el vestido y me alzó una pierna poniéndola sobre el respaldo de una butaca, dejando al viejo con la vista de mis ligueros y bragas. Pedro apartó las braguitas y me penetró fácilmente, pues llevaba ya mucho tiempo preparada. Yo estaba de pie, recibiendo las embestidas de Pedro por detrás, y por delante el madurito me sobaba a placer. Este empezó a chuparme los pezones haciendo que casi se me doblaran las piernas, pero mantuve el tipo, mirando fijamente al nuevo jugador. Este me cogió un pecho con una mano, y con la otra me empezó a masajear el clítoris, cerré los ojos, entregada a esa polla que entraba y salía llenando mi coño y a esa mano en mi pipa que me iba a hacer venirme otra vez. Con los ojos cerrados, imaginé al viejo tocándose al ver la enorme polla de Pedro bombeándome rítmicamente.
Finalmente Pedro se recostó como pudo en las butacas y me puse a horcajadas sobre él, con la polla junto al clítoris. Cogí el miembro con las dos manos, moviéndolas arriba y abajo, mirando al maduro, abriendo la boca y sacando la lengua para humedecer mis labios. El hombre entendió al fin lo que buscaba y se sacó la verga y la introdujo en mi boca, y yo metí la de Pedro en mi sexo, hasta el fondo, iniciando un movimiento rítmico con la cadera. Intentaba concentrarme en moverme sin descuidar la polla del desconocido, así que con la mano sujetando su pene, a veces conseguía llevármelo a la boca y otras lo usaba como un asidero. De vez en cuando me giraba hacia atrás, sujetándome un pecho por los pezones, para mirar al anciano que seguía su trabajo solitario, abriendo la boca y dejando entrever mi lengua, invitando al viejo a recibir una mamada como la que le hice antes al maduro.
Pero el viejo no accedió y yo sentí que Pedro tenía la polla cada vez más gorda, así que lo miré y éste me hizo ver que iba a correrse. Me saqué la verga y me puse de rodillas frente a él, sujetando el mojado pene justo cuando empezaba a salir el semen. Apenas me dio tiempo de llevármelo a la boca. Tragué lo que salía, chupando con avidez. Lo estuve masturbando pasando también la lengua por el semen que ya salía tímidamente, metiendo el glande en mi boca y chupando hasta que dejó de salir la densa leche. Terminé metiéndome toda la polla en la boca, moviendo la cabeza arriba y abajo hasta que sentí cómo bajaba la presión de la verga. Pedro se recompuso como pudo y salió a asearse mientras yo miraba al maduro, con restos de semen en mi barbilla. Lo hice sentarse, pero como él estaba en la fila de atrás, me puse de rodillas en mi butaca, apoyada en los reposabrazos de él, no sin antes quitarme las braguitas. Me puse a comerle la polla a ese desconocido con el culo en pompa. No tardé en sentir las manos del anciano en mis nalgas, las dos a la vez, pasándolas de arriba abajo, cada vez con los pulgares más cerca del ojete.
Mi boca entraba y salía libremente de la polla del desconocido, y justo cuando la tenía muy dentro de mí, sentí la lengua del viejo estimular circularmente mi ano, pero apenas pude emitir un gemido pues tenía el glande pegado a mi garganta. Mientras el viejo estuvo con ese masaje circular, yo mantuve la cabeza de la polla dentro de mi boca, dejando el resto fuera, y chupando con ritmo, manteniendo al otro inmóvil. Pronto sentí la lengua del viejo intentando abrirse camino por mi culo, primero con pequeños golpecitos, luego moviendo la punta con energía. Muy excitada, conseguí agarrarme sólo con una mano para poder estimularme el clítoris con la otra, y empecé a replicar con mis labios la forma de un ano, haciendo como si la polla que tenía en mi boca se abriese paso lentamente por mi agujero. El viejo metió la verga en mi chocho, que estoy segura que goteaba de lo mojado que estaba, pero enseguida se abrió paso por el culo, haciéndome estremecer. El viejo parecía ser un experto y tenía un buen miembro entre las piernas, y al sentir esa masa entrando y saliendo pensé que a lo mejor se había tomado un vigorizante. Estaba apunto de venirme de nuevo con esa verga dentro de mi culo, apretándolo, atravesándolo. En esa situación vi cómo Pedro volvía del baño y se sentó un tanto alejado, mirando al trío que hacíamos. Escuché una conversación en la película, y como ya la había visto, supe que no quedaba mucho para el final. Decidí acabar con el maduro primero. Dejé de meterme los dedos en el chocho y se los puse al hombre en la boca, haciendo que éste se excitara aún más. Luego empecé a masturbarlo con esa misma mano mientras mantenía el glande en la boca. Notaba la polla más dura, así que solté el miembro y empecé a mover la cabeza con rapidez, recorriendo el pene completamente, hasta que sentí la corrida tocar mi garganta, envolviendo después mi lengua. La polla del anciano cubriendo mi culo y la leche del desconocido en mi boca hizo que sintiese algo parecido a un orgasmo.
Ahora llegó el turno del viejo. Saqué la polla de mi culo y me senté en la butaca, frente a él, y empecé a chuparle la verga. El anciano tenía la cara feliz, pero yo tenía prisa por acabar, así que con el glande en la boca, chupándolo y lamiéndolo, empecé a masturbarlo con las dos manos. Notaba cómo el anciano se estremecía, así que pasé una de las manos más abajo, hasta llegar a los testículos. Con una mano en su escroto, otra en la polla y el glande en la boca, aquello parecía que iba a estallar. Seguí maniobrando con las manos, pero con la boca abierta, dejando al glande apoyado sobre mi lengua. Y así fue cómo el anciano vio su leche entrar en mi boca. Sacudí un poco más el pene y terminé con él en la boca, masturbándolo hasta que no quedó nada más.
Al poco acabó la película y Pedro y yo salimos del cine. No le pregunté cuál de los dos era el gancho, si es que había alguno. Fuimos a cenar a un restaurante que acababan de inaugurar, caminando por la calle como dos viejos amigos que acaban de encontrarse.
Me preguntan y entonces yo también pregunto, iniciando un diálogo que serpentea entre el recuerdo y la fantasía. Pregunto siempre por esa "primera vez", esa que es tan especial que es necesario que no se pierda en el olvido. Pero hay muchas primeras veces en nuestra vida ¿recuerda la primera vez con...? También pregunto por la última vez, o por la mejor. El con quién le gustaría, el dónde, el cómo... Y aquí les escribo lo que nos contamos.
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