2.6.22

Mi tía Adela

El primer año en que estuve en la universidad lo empecé viviendo en casa de mis tíos hasta mitad de curso. Él era transportista y siempre estaba fuera entre semana. Mi tía era algo mayor que él, y acababa de cumplir los 61. Un día que acabaron pronto las clases llegué a casa antes de lo habitual y saludé para avisar que ya estaba de regreso. Mi tía no contestó, por lo que supuse que estaba en la calle haciendo la última compra. Me levantaba muy temprano y aproveché para tumbarme en mi cama, oyendo en ese momento cómo mi tía regresaba de tender la ropa en el patinillo. Al poco se metió en la ducha, y supe por el sonido que no había cerrado la puerta del baño. Me entró una calentura insana, mezclada con una gran curiosidad, y me acerqué a mirar. Sabía que me triplicaba la edad y que, aunque aparentemente se mantenía bien, la edad no perdonaba. Me quedé de piedra cuando desde el otro lado del pasillo pude ver a través del cristal envuelto en vaho que se estaba masturbando bajo la ducha, con un pie sobre la jabonera. Se frotaba el coño como un animal y parecía tener la boca abierta ahogando algún gemido. Tuve una erección inmediata. De pronto, sus piernas finas, sus pechos caídos y su rostro arrugado se convirtieron en un aliciente imponderable a mi deseo. Volví con cuidado a mi cuarto, tan silencioso como pude. Me tumbé otra vez pero, como no podía con la excitación, me desnudé. Empecé a masturbarme con el loco deseo de que ella apareciera.

Cerré los ojos. Me la imaginé en la ducha, yo detrás, mi polla resbalando entre sus nalgas hacia su, follándola desde atrás... recordé que a veces mi vieja puerta no cierra bien si no se empuja la manilla con decisión y temí que se hubiera abierto de par en par, movida por la cálida brisa que disfrutábamos esos días. Abrí los ojos, esperando que se difuminaran esos malos augurios, pero era consciente de que había sido algo descuidado al masturbarme y que había dejado que el chasquido que hacía al menear la piel de la polla sonara alto y claro en la habitación. Aún no había terminado de posar los ojos en la puerta, y ya me había dado cuenta de que ésta estaba abierta y de que ella estaba allí, envuelta en su albornoz. Me tapé como pude pero ya era muy tarde. Intentó tranquilizarme, quitándole importancia y hablándome de la energía de la juventud. Quise hacerle ver que si hubiese sabido que ella estaba en la casa no lo habría hecho. En cambio, ella me corrigió, haciéndome saber que me había visto al volverme a mi cuarto, después de espiarla. Se sentó en la cama y eso no hizo que me relajara. Después se tumbó a mi lado y puso una mano en mi pecho. Mi polla iba a estallar.

Me dijo que habían formas mejores de obtener un orgasmo. Me destapó sin pedirme permiso, quedando a la vista mi cuerpo desnudo y bajó sin más para meterse el capullo en la boca. Me estuvo haciendo una mamada lenta e intensa, su mano siempre en mi pecho para relajarme. El placer iba a más y se lo dije. Ella me rogó que no la avisara cuando me corriese, que me dejara llevar, que me relajara, que ella se encargaba de todo. Intenté relajarme como pude, cerré los ojos, pero al poco los abrí. Mi tía mamaba muy bien, sabiendo parar y acelerar para dilatar el momento. En un momento dado me miró y automáticamente empecé a eyacular. Tragó lo que pudo, pero le dio un poco de tos y salió rápidamente del cuarto.

La cena de esa noche fue tensa, pues sabíamos que íbamos a tener sexo otra vez y ninguno de los dos quería ser el primero. Sin embargo, al terminar el postre, me puse junto a ella con los pantalones bajados e hice que me mamara de nuevo, ella sujetando aún los cubiertos. Decidió interrumpir la felación para desvestirse allí mismo y llevarme a mi dormitorio. Se tumbó en mi cama, abrió las piernas y me hizo comerle el coño. Estaba deleitándome con su sabor, tan particular, cuando tomó mis dedos para que jugara dentro. En el momento en que los tenía a medio meter, llamó mi tío por teléfono y ella se levantó para hablar con él en privado, o más bien lo más lejos posible del lugar de los hechos. Al volver, a ambos nos comían los remordimientos y lo dejamos.

A la mañana siguiente todo fue muy duro, pues mientras la veía preparando el desayuno yo ardía en deseos por tomarla. Pero no hicimos nada. Tampoco a la noche. No obstante, esa madrugada me despertó al meterse en mi cama, desnuda. Y follamos. Se puso boca arriba, como cuando le comí el coño, y me hizo montarla, abrazándome con sus piernas. Yo la embestía con fuerza y ella me llevaba cada vez más contra sí, apretando sus muslos. Creo que se corrió antes que yo, y si yo hubiese continuado un minuto más, ella habría llegado de nuevo. Me besó todo el cuerpo al acabar. Me hizo prometer que mantendría silencio con mi tío, que no me arrepentiría, que ella sabía contentar a los hombres. Por si me quedaba alguna duda, que no era el caso, empezó un mamazo con la única finalidad de ponerme la polla dura. En cuanto la vio a su gusto, volvimos a joder en la misma postura.

Entonces vinieron los días de locura. Follaba con ella por la mañana temprano, al mediodía y por la tarde. Si quedaban fuerzas, follábamos por la noche, pues nos acostábamos juntos, y si no era así, ella me despertaba una hora antes de que sonara el despertador.

Ese fin de semana, cuando vino mi tío pensé que se olería algo, pero no fue así. Al lunes siguiente continuamos con el ritmo infernal de echar cuatro o cinco polvos al día. Cuando iba a clase me dolía la polla y los huevos, pero sólo podía pensar en regresar a casa para seguir follando. Si no la buscaba yo, era ella la que sabía encontrarme. El siguiente fin de semana, con mi tío ya en casa, los oí follar y tuve fuerzas y ganas para hacerme una paja con la oreja pegada a mi puerta, sintiendo el crujido de su somier y los jadeos ahogados. Eyaculé y me acosté, quedándome dormido unos minutos, y al despertarme volví a masturbarme, fantaseando con una maniobra arriesgada por parte de mi tía. Se hizo el silencio por su lado de la casa y mi tío empezó a roncar. Mi tía, clarividente con mi deseo, vino y se subió directamente encima de mi polla. Estaba sudando y olía sexo. Empezó a mover rápidamente las caderas y no pude reprimir besar rudamente sus pechos sobados. Estábamos como locos.

El lunes siguiente, ni yo busqué a mi tía ni ella a mí, tampoco al mediodía. Pensé en que quizás ella tenía remordimientos y que yo debería de tenerlos. A la noche, tras el postre, ella se desabrochó la bata y me metió sus pechos secos en la boca. Mamé de ellos y mi polla volvió a estar lista. Ella lo comprobó con alegría cuando se aseguró palpándome viciosamente con las manos. Me dijo que íbamos a probar otra cosa, que me quería así de fresco. Fuimos a su dormitorio y se puso a cuatro, y me dijo que le comiese el coño así. Ella colocó una mano entre las piernas frotándose el clítoris y yo le lamí la vulva, con la nariz encajada a la altura de su ano, ya que con esa posición no podía comerle el coño de otra manera. Ella gimió cuando la nariz, por la presión, empezó a entrar y vislumbré una invitación. No tardé de pasar del néctar de su coño al áspero sabor de su culo. Tras trabajarlo con la lengua, me dijo que le metiera un dedo, después otro. Cuando no pude más, los saqué para penetrarla, pero ella me dijo que lo volviera a lamer antes, y así lo hice.

Era la primera vez que lamía un ano tan abierto, y me puso tan cachondo que obvié sus protocolos y la penetré sin preguntar. Por el culo. En su cama matrimonial. Estaba en el cielo de los pervertidos. ¡Cómo gemía mi tía! Follaba tanto con ella esos días, que a veces no sabía si me había corrido o no, pero tras un buen rato jodiendo, ella tuvo que descansar poniéndose de lado. En esa postura ambos nos veíamos como un trozo de carne del que debíamos obtener el máximo placer. Lo decían nuestros ojos, nuestras caricias, la manera de follarla, la manera que tenía ella de abrirse las nalgas para que entrara ala máxima cantidad de polla. Eyaculé tanto que comprobé que cualquier cosa que hubiese sentido antes, no era una corrida. Ambos temblábamos en la cama, con mi polla aún dentro y mis manos apretando su pecho y con los dedos mojados, pues llegué a sujetarla por el coño durante mi penetración. Cuando tuvimos fuerzas para hablar, me dijo que mi tío la había penetrado por ahí la noche anterior. Que la había jodido por el culo en esas mismas sábanas. Al día siguiente volví a tomarla por detrás cuando me estaba preparando el desayuno en la cocina, y es que algo tenía ella y la cocina que me ponía cachondo cada mañana. Ni que decir tiene que ese día no me enteré de nada de lo que se dijo en clase.

A partir de esa vez, ella tomó la iniciativa para elegir dónde la penetraría. Creo que supuso sabiamente que, por la novedad, buscaría incansable su puerta trasera. Pero ella tenía un don, y era el saber sorprenderme. Nunca sabía cuál era la forma que elegiría para hacerme correr: boca, culo, coño, manos. En ambos sentidos, pues a veces me usaba para llegar al orgasmo y luego me obligaba a masturbarme sobre su piel, ya sea usando sus muslos, sus pechos, su cara, sus pies, sus manos o su pelo. También empezó a tomar la costumbre de, cuando follaba con mi tío, alzar la voz para retransmitir por dónde la estaba penetrando y cuál de los dos se había corrido y dónde. A veces mi tío le llamaba la atención, mandándola callar "para que no despertara al muchacho". Mi tía no siempre entraba a mi cuarto para que le diese una segunda vuelta al lugar en el que ya había sido penetrada.

Cuando hice amistades con compañeros de facultad, me invitaron a vivir a un piso para estudiantes. Ese era el plan de todos desde que fui allí a licenciarme, así que me acepté y me marché, despidiéndonos mi tía y yo con cierto alivio por cortar aquella relación tan absorbente. Ambos queríamos a mi tío y nos pesaba un poco el que hubiéramos pasado el último mes desnudos por la casa porque era lo más práctico. Otra razón de peso para irme es que yo había empezando a salir con una chica, a la que había llevado a casa alguna noche. Pero cuando me despertaba por la mañana abrazado a ella y oía a mi tía en la cocina, sólo deseaba ir hasta allí, levantarle la bata y lamerle ese culo que me tenía obsesionado, haciendo que sintiera remordimientos por mi amiga. Una vez emancipado en mi nuevo hogar, un día fui a comer a su casa. Comimos poco porque follamos lo atrasado, y pasé esa noche con ella, prácticamente en vela. Supimos entonces que yo no iba a volver a aquella casa si ella estaba sola, sin mi tío. Lo que yo no sabía entonces era que nunca iba a volver a follar con nadie de esa manera, ni con esa pasión, ni en un periodo tan extenso. 

24.5.22

Recordando los 80

Para celebrar el 50 cumpleaños de una amiga de mi mujer, ideamos hacerle una fiesta sorpresa en el que íbamos a ir todos vestidos como en plena movida madrileña de los años 80. Es decir, dejaríamos cualquier indicio de buen gusto e iríamos vestidos usando una mezcla imposible de colores. La mayoría nos inspiramos en la estética de las películas de Almodóvar, pero María y Pepa optaron por la opción más gamberra, pues no se les ocurrió otra cosa que ir de putas. Putas algo punkies, pero putas. Esta vez, desde mi punto de vista, la siempre bella y coqueta María quedó eclipsada por Pepa, pues siendo más menuda y teniendo más sobrepeso, había sabido darse un toque más sexy. Iban prácticamente iguales, con una camiseta ajustada y una falda de vinilo ceñida, medias y tacones. Las dos llevaban una peluca pop de colores eléctricos ¿Por qué entonces me atraía más una que otra? Las medias de Pepa eran de rejilla, las de María lisas y rosadas. Ahí empezaba la diferencia. Seguí observándolas. Los tacones de Pepa eran más de aguja que los de María, y también más altos. Por lo que veía, Pepa había llevado un poco más lejos el disfraz y, como soy algo fetichista con la ropa, quizás fuese eso lo que me hechizó esa noche. Las piernas... María tenía buen cuerpo, pero no podía presumir de piernas bonitas. Los muslos de Pepa eran más voluminosos, quizás demasiado, pero las medias de malla le sentaban de maravilla y sabía moverse aceptablemente con esos tacones tan altos. La falda negra camuflaba en cierta forma el exceso de carne de las caderas. Lo que más me fascinó fue el collar de cuero negro con tachuelas que llevaba ceñido al cuello. A esas alturas de mi escrutinio, Pepa ya se había dado cuenta de mi evaluación visual y me sonreía socarrona cuando sus ojos brillantes se cruzaban con los míos, pero yo no había acabado. Miré detenidamente su camiseta para terminar la comparativa, pues aunque ambas eran portadoras de pechos voluminosos, la blusa de Pepa era de lycra con tirantes, lo cual hacía soñar a los fugaces admiradores con manosear sus redondas tetas blandas y maduras. Por el contrario, en el bar donde estábamos haciendo la fiesta, era María la que soportaba con orgullo y aplomo ser el habitual centro de atención. María era un bonito escaparate, un reclamo para mentes simples, pero Pepa mezclaba prodigiosamente sordidez y sensualidad.

En un aparte Pepa me confesó que había estado ligeramente apurada en el trayecto de la puerta de su casa al coche de María cuando ésta fue a recogerla, pero la duda de si se había pasado con el disfraz se le fue al ver que su amiga se había inspirado en el mismo modelo.

–Me siento como una morcilla bien embutida –me dijo provocándome una fuerte carcajada–. Al bajar del coche nos miraba la gente, los hombres... hacía años que no me miraban los hombres –nos reímos nerviosamente los dos, pues yo no podía apartar la vista del profundo canalillo que asomaba en su escote.

–¿Pasaste un mal rato? No sería para tanto.

–Sí, un poco, menos mal que iba con María. Lo curioso es que, cuando hemos entrado y me he relajado, me dado cuenta de que estaba algo cachonda –me quedé sin respiración porque Pepa olvidó, en su inocente sinceridad, que yo no era una de sus amigas, sino el marido de una de ellas.

–¿En serio?

–Ha sido una sensación muy rara ¿No se ve excesivo, cutre? –me preguntó retóricamente mirándose la ropa y cambiando de tema.

–Pues... sí, claro, pero estáis muy graciosas, vaya ocurrencia con el disfraz.

–Puedo salir así un día normal, entonces –dijo Pepa haciendo gala de lo mordaz y provocativa que era.

–Ja, ja, ja, estás guapísima, súper sensual, pero no creo que sea tu estilo.

–Mira a María, tiene a cinco tíos alrededor, si fuese puta de verdad se podría hacer de oro.

Pepa miraba fijamente a la corte de hombres que envolvía a su amiga y, por su comentario, seguramente estaba fantaseando con alguna situación erótico festiva.

–¿Cobrarías por sexo? –le pregunté.

–¿Yo?

–Como un juego –me miró de la misma forma con que había estado observando a María rodeada de tanto hombre. Echó una larga bocanada de humo y me sonrió sin saber a dónde quería llegar a parar–. Con un tío cualquiera, uno de esos de ahí dentro, veinte pavos y se la chupas.

–¿Un mamazo?

–Por ejemplo.

–¿Y con uno de esos? ¿Por qué no alguien menos rústico? Y, ya puestos a elegir, un buen muchacho y una buena follada.

–Ya, ya. Pero no digo eso. Imagina que yo te digo: te doy veinte pavos y me la chupas.

Volvió a mirarme sonriendo, intentando ver si en la broma había algo de interés sexual. Su mirada se desvió a mi mujer, dentro del bar, pero volvió a mí.

–Puede.

–¿Puede? –miré su boca y ella miró la mía. Un aletear de mariposas por mi cuerpo hizo que mi polla empezara a sentirse muy apretada en el pantalón.

–¿Me pagarías? Veinte euritos por un chupi chupi ¿eso es mucho o es poco? –Pepa estaba jugando conmigo.

–Ni idea, la verdad, te dije veinte por decir.

–¿Pero pagarías? Dime. Entre tú y yo.

Yo ya estaba empalmadísimo y no podía pensar con claridad. Con tanta gente alrededor, habíamos ido acercando nuestras cabezas para mantener la privacidad de la conversación. Sólo veía su boca y sus pechos apretados en el escote.

–Entre tú y yo, sí –me la estaba jugando, pero me parecía que ella estaba tan cachonda como yo– ¿Y tú qué entonces? ¿Sí o no?

Ya no le valía el puede. Pepa no respondió, y eso no era un no. Su sonrisa había pasado de ser socarrona a nerviosa. No sé en qué estaba pensando ella, pero humedeció varias veces los labios y yo no pude esperar más.

–Vamos a dar un paseo –le dije.

Nos dirigimos a una zona ajardinada que había junto a la terraza del bar. Le dije que fuese delante, y me deleité mirando cómo su hermoso culo se movía gracias al efecto que le producían los largos tacones al andar. Ella puso las manos sobre las caderas, para realzar el movimiento. La hice parar en un hueco en los arbustos junto a la reja que daba al oscuro y vacío patio trasero del bar. Tomando su mano, nos acurrucamos hasta asegurarnos de estar ocultos de miradas ajenas. Para romper el hielo, saqué el billete de veinte euros y ella lo tomó, tan excitada como yo.

–Eres mi primer cliente –me dijo con voz temblorosa.

–¿Cómo te sientes?

–Muy puta. Espero que no nos vea nadie.

–Tú haz tu trabajo. Quiero que veas el billete mientras lo haces. Empieza.

Pepa se puso de rodillas.

–¿Estás seguro de esto? –a cada momento estaba más seguro, pues tenía la sangre concentrada en un sitio.

–Sácame la polla –ella obedeció y me bajó el pantalón y los calzoncillos–. Hagas lo que hagas, quiero que no pierdas de vista el billete.

Tomó la polla con una mano y apoyó la otra en mi muslo, con el billete sobresaliendo. Me empezó a masturbar. Llegó un momento en que sus labios y mi glande relucían en la oscuridad con la misma intensidad, separados por unos milímetros. Me miró, sin atreverse aún a usar la boca.

–¿Habías fantaseado con esto? –le pregunté.

–Sí, alguna vez.

–Supongo que es distinto de como lo habías imaginado... pero ahora eres oficialmente un putón...

–Soy una puta...

–Una chupapollas.

Entonces Pepa se metió el rabo en la boca de una sola vez, con muchas ganas. Sentí sus dientes y su lengua. Esperé estoico a que aflojara sus ganas desbordadas y poco a poco fue mostrando sus habilidades. Movía la lengua rápidamente cuando la polla ocupaba la boca, y no dejaba de lamer cuando la sacaba para respirar. Me sonreía dichosa cuando alternaba la felación con la masturbación para dar un descanso a los labios, usando tanto la mano libre como la del billete. Y después volvió a chupar, olvidando cualquier noción mínima de higiene. Era dulce y delicada, a la vez de ardiente. Estaba seguro que ella estaba disfrutando casi tanto como yo. Cuando estimó oportuno, se bajó la camiseta hasta la cintura. Por más que miraba, no tenía una buena perspectiva de sus enormes pechos, y los imaginé hermosos y completamente doblegados a la acción de la gravedad.

–Es por si acaso –me dijo en referencia a bajarse la camiseta–, nunca se sabe si va a caer alguna gota.

La predisposición de Pepa me hizo mover las caderas buscando acelerar el ritmo. Ella acopló sus movimientos a los míos para tener la máxima fricción. La avisé de que me iba a correr y ella añadió la estimulación manual a nuestros movimientos. Dilaté lo que pude el placer extremo que estaba sintiendo, hasta que comencé a eyacular y ella empezó a tragar en cuanto recibió la primera tanda de crema. No disminuyó el ritmo, ni lo aceleró. Me ordeñó profesionalmente.

–Mmm... ¡qué de tiempo! –dijo al acabar, mientras comprobaba que no había caído ninguna gota sobre los pechos y se colocaba la camiseta.

Me limpié la polla y ella se arregló el maquillaje.

–Pepa, joder, ¡cómo chupas! lo haces muy bien, en serio.

–Es que se la chupaba mucho a mi ex, ya sabes, para que me hiciera los recados, o para que me acompañara casa de mi madre...

–Y se la chupabas mucho...

–Hubo un tiempo que sí, después ya no me gustaba tanto.

–¿Y ahora? ¿Te gusta ahora?

–Claro. No me gustaba con él. Me pone muy cachonda cuando de repente me viene todo ese semen a la boca –dijo sin evaluar que sus palabras resonarían en mi cabeza por siempre.

–Ay, Pepa, cómo me pones. Has estado genial –añadí para disimular mi entusiasmo.

–Bueno, me habías pagado, tenía que darte un buen servicio, ¿no? –me contestó guiñándome.

Volvimos a la fiesta, cada uno por su lado. La noche siguió sin volvernos a encontrar. Como me suele pasar, llegaron los remordimientos, por mi mujer. Ella no se merecía mis infidelidades, y menos con una íntima suya. Después vinieron las dudas. Me preguntaba el tiempo que tardaría Pepa en irse de la lengua con alguna amiga común. Me arrepentí de todo, pero poco a poco enterré la culpa bajo el manto del recuerdo de la boca de Pepa deslechándome a cambio de unas cuantas monedas.

Cuando todo estaba ya más despejado y sólo quedábamos los más fiesteros, fui a orinar. Pepa estaba esperando en la cola de las chicas. Me sonrió al verme pasar e hizo un leve y disimulado movimiento con la lengua, dentro de la boca, simulando que estaba haciendo una felación. Entré en el aseo de los chicos, que estaba libre, y oriné con la polla poniéndose cada vez más gordota. Al salir, esperé en el pequeño pasillo a que Pepa terminara con lo suyo. Abrió su puerta y se alegró de verme. Me acerqué a ella y le susurré:

–¿Cuánto por el culo?

Pepa abrió los ojos y se le congeló la sonrisa. Quizás me había pasado, enardecido por sus gestos y el alcohol.

–¿Por... el culo? –me preguntó muy seria. Como se tomó un tiempo para responder, empecé a pensar mi estrategia para negociar otra solución más satisfactoria para ella– Cincuenta –me quedó claro que, para Pepa, la indecencia era un aliciente que sobrepasaba cualquier reparo a tener sexo no convencional.

–Vamos donde antes –le contesté inmediatamente, antes de que se arrepintiese.

–Espérame allí.

Me adelanté y la esperé. Me ardía la polla, como si también deseara rematar esa noche de descubrimientos. Pepa no tardó en llegar. Ella misma se colocó entre mí y la reja, dándome la espalda. Le subí la falda y le bajé las braguitas y los panties. Antes de seguir, metí las manos por debajo de la camiseta para tocarle los pechos, pero ella misma se bajó los tirantes para que tuviese un acceso más cómodo. Los encontré enormes y algo bajos, pero también más macizos de lo que esperaba. Me mojé los dedos con saliva y le masajee el ano.

–Por el culo... –quise asegurar los términos del trato.

–Cincuenta euros... –me contestó abriendo las piernas.

Mojé lo que pude su culo y mi polla, e intenté entrar. Sabía que iba a costar así.

–Espera, me dijo ella.

Pepa abrió la mano y me mostró un pequeño envase con aceite de oliva, un dosificador individual para los desayunos. Supuse que lo acababa de coger del bar. Se giró y se puso frente a frente. Me embadurnó la polla y, echando las manos hacia atrás, ella misma se puso otro poco por su puerta trasera. Tardó un poco sin dejar de mirarme y, cuando terminó, se chupó los dos dedos que había estado usando. Si pretendía enardecerme, lo había conseguido. Le di la vuelta y enfilé su delicioso anillo de la pasión. Esta vez la punta de mi verga encajó perfectamente en él, pues ella lo había dilatado lo suficiente. Empujé y, mientras mi polla iba introduciéndose abriendo con placer su acogedora entrada, el ímpetu de la arremetida también la fue desplazando hasta que su torso llegó a la verja.

–Te voy a follar pero bien –le susurré al oído para comprobar que estábamos en la misma onda.

–Dame fuerte y no pares.

–Pepa... voy sin condón... –dije al tomar momentáneamente consciencia de la situación.

–No importa. Tú dame –yo ya había empezado a follarla con un ritmo moderado, así que aceleré.

Su culo se sentía delicioso, menos prieto de lo que había previsto pero podía sentir sus entrañas en todo el recorrido. Ella me animaba a aumentar el ritmo, pero yo ya había llegado a la máxima velocidad que podía mantener de forma constante. Me acordé de sus pechos. Ahora sobresalían al otro lado de la verja, moviéndose como dos péndulos gigantes. Se los cogí y ella me acarició la mano, notando la suya muy empapada. Sin duda había estado tocándose entre sus piernas. Hablábamos entre susurros.

–Préñame...

–Te voy a llenar de lefa...

–Préñame el culo...

–Puta...

–Jódeme más duro, apriétame los pezones y no pares hasta que...

Y empezó a revolverse tanto que casi se me salió la polla. Ese pequeño parón hizo que mi propia venida se retrasase unos minutos más. Por primera vez desde que empezamos, sus dos manos quedaron a la vista, sujetando dos barrotes de la verja. Como esperaba ya, tenía los dedos brillantes.

–¿Te has corrido?

–Sí, sí. Ah, ah, ah.

–Ahora sólo es mi polla y tu culo de puta.

–Mi culo... ah, ah... préñame el culo...

La jodí como un autómata, extasiado por las sensaciones que me daba. Durante unos minutos, sólo sentía su ano siendo atravesado por mi rabo una y otra vez, acompañado por sus silenciosos gemidos. Empecé a eyacular y fui consciente de que aparentemente estaba soltando la misma cantidad que en el encuentro anterior, lo que hacía que empujase con más ganas en mis sacudidas. Cuando terminé, dejé la polla dentro el tiempo que pude, asegurándome de dejar allí hasta la última gota. Ni ella ni yo teníamos prisa. Esta vez no hubo comentarios subidos de tono. Nos separamos y no nos hablamos durante el resto de la noche.

Al mes siguiente, mi mujer me pidió que la recogiese después de una de sus reuniones. Mientras se despedía de sus amigas, Pepa vino a saludarme. Me acordé de la fiesta de disfraces y le di un billete de 50.

–No me gusta dejar deudas –le dije.

Pepa se guardó el billete sin protestar. Viendo que mi mujer no terminaba de irse aún, me susurró:

–Llevaba mucho tiempo sin hacer el chupi chupi, y desde el otro día no paro de darle vueltas.

–Yo tampoco –confesé.

–Vente mañana a casa y te hago dos –puse cara de sorprendido al oír lo de dos, pero ella entendió otra cosa–. ¡Sin cobrar, eh!

–Sin cobrar... ¿qué? –dijo mi mujer apareciendo detrás de mí.

–Una copa que alguien le pagó a alguien la otra noche –dijo Pepa.

Nos despedimos. Ya con el coche en marcha, mi mujer no tardó en recorrer mi pantalón haciéndome ver que se había dado cuenta de mi polla hinchada. En los semáforos en rojo le tomaba la mano para hacer que me masturbase durante la espera. Esa noche hicimos el amor de forma salvaje, pero al acabar yo solo podía pensar en que al día siguiente Pepa me follaría la polla con la boca una y otra vez... y no podía esperar tanto tiempo.

–Cómeme la polla –le dije sin más a mi mujer.

–Hoy estás hecho un toro –me dijo con entusiasmo antes de bajar más allá del ombligo.

–Tú chupa hasta que me corra.

A mi mujer le gustó ese nuevo juego. Se dio la vuelta y encajó su coño en mi boca, dándome el privilegio de obtener doble placer para terminar esa noche.






1.4.22

El primo de mi mujer

Mi mujer me dijo que su primo vendría a pasar unos días. Después de darme esa sentencia me preguntó si tenía algún inconveniente, y no, no lo tenía. Ya nos había visitado con anterioridad con su familia y, ahora que se acababa de separar, no le venía mal un cambio de aires. Siempre se había llevado muy bien con mi mujer, pues prácticamente se habían criado juntos en casa de sus abuelos. Era tal su afinidad que siempre me afloraban ciertos celos cuando los veía en el mismo espacio, pero era capaz de desechar ese sentimiento porque más que primos eran como hermanos. Cuando faltaban dos días para su llegada, vi que mi mujer se estaba afeitando el vello púbico y las axilas, haciendo que los celos volvieran a crecer como malas hierbas en el jardín. No estábamos en temporada de playa aún, ni teníamos previsto ir a algún spa. Yo miraba a mi mujer desde la puerta del baño sin saber qué decir mientras ella se enjuagaba, haciéndome una coqueta exhibición de su piel desnuda. Hice cuentas: en ese momento ella tenía la epidermis irritada y, para cuando llegara su primo, ya estaría suave y receptiva a las caricias.

—¿No estoy guapa? —me dijo al pasar junto a mí en dirección al dormitorio, contorneándose por el pasillo como una zorra buscando cliente.

La seguí observando, ella lo sabía, y cuando llegó a los pies de la cama, se agachó a buscar un objeto imaginario para enseñarme su sexo recién depilado. La miré bien. También tenía el culito libre de vellos, en eso siempre ha sido muy detallista, y la visión de su ano y su vulva desnudos hizo reacción en mí. Pensé en lo celoso y tonto que había sido mientras me acercaba, también cuando la puse a cuatro sobre la cama y mi lengua se hundió en las paredes de su carnosa vagina. Era a mí, y no a otro, a quien ofrecía su sexo ardiente. Una vez bien lubricada, la penetré con facilidad. Mientras disfrutaba de cada segundo, la veía con la cabeza hundida en la almohada, gimiendo, agarrando las sábanas con fuerza. Una vez más, los celos iban y venían. ¿Mi mujer estaría pensando en él? No, ella gemía y disfrutaba tanto o más que yo, por mí y para mí. Ya le gustaría a él poder follarla como yo lo estaba haciendo, hacerla jadear. ¿Y si no? ¿Y si su polla ya había pasado por donde estaba deslizándose la mía? ¿A su primo le gustaría hacerlo así? No me cabía duda de que le gustaría, al fin y al cabo era un hombre, pero era yo quien estaba ahí. Hice que mi mujer me mirara cuando llegó el momento de derramar mi semen dentro de su coño, del coño de mi mujer.

Durante el primer día de la llegada de su primo los celos fueron afianzándose, a pesar de intentar mantenerlos en el mundo de mis fantasías más molestas, pues el hombre siempre ha destacado por ser muy agradable y educado. Pero empecé a fijarme en cómo vestía mi mujer, pues rescató unos tejanos ajustados que había mantenido olvidados porque le resultaban muy incómodos de llevar, pero que le esculpían maravillosamente los muslos y el trasero. Me ponía mucho verla con ellos y no pude evitar meterle mano. Y a ella no le molestaba que lo hiciera, incluso estando su primo cerca. Volvió a entrarme la duda de si se vestía así para él o para mí, pero era mi mano la que sentía el calor que emanaba de entre sus nalgas. En la tercera noche fuimos a cenar fuera y mi mujer se puso una falda que no le había visto nunca, una que le quedaba preciosa pero que al sentarse dejaba ver sus hermosas piernas. En esa ocasión no pude sentir celos por su primo, pues ella fue el blanco de las miradas de todo restaurante. El camarero se sonrojaba cada vez que nos servía, y hubo cierto rifirrafe en la barra por ver a quién le tocaba traernos los postres. Al acostarnos esa noche le mencioné que esos últimos días se estaba poniendo cosas demasiado monas.

—¿Últimamente?¿Desde cuándo?

—Desde que llegó tu primo.

—Qué tonto eres. Es como mi hermano.

Fin de la discusión. Para zanjarla, metió la mano dentro del pantalón de mi pijama y empezó a masturbarme. Ella hacía eso cuando a mí me apetecía hacerlo y a ella no, y siempre me ha resultado extremadamente relajante abandonar mi placer en sus manos. Me hizo un gesto para que no hiciéramos ruido, pues su primo estaba ya en el silencio de su dormitorio y podría oírnos, y me dijo que no que no quería despertarlo justificando así implícitamente el que no quisiera que la penetrara. Me desabrochó la camisa del pijama y se acurrucó sobre mis piernas, continuando la paja con la lubricación esporádica de fugaces felaciones. Me dejé hacer por sus manos hábiles hasta que me corrí manchando sus dedos y mi cuerpo. Ella fue a asearse al baño y me quedé dormido, despertándome a una hora indeterminada cuando volvió y se acostó a mi lado, esta vez completamente desnuda y en una oscuridad absoluta. Se postró junto a mí, y al ver que me había despertado tomó cariñosamente mi polla y empezó a mecerla lentamente hasta que me dormí de nuevo en medio de húmedos sueños. Con todo lo bien que me quedé, al día siguiente todo cambió.

Yo ya me había dado cuenta de que al entrar en una habitación en la que ellos dos ya estaban, el primo se alejaba de ella de manera muy poco natural. Era un gesto muy irritante y me imaginaba lo cerca que podían estar antes de mi aproximación, pero también me parecía muy alocado que intentaran algo estando yo en la casa. Y esa mañana, como venía haciendo desde el primer día, mi mujer se despertó temprano para ponerle el desayuno a nuestro invitado. Yo solía levantarme más tarde, pero decidí ir tras ella para espiarlos. Esperé unos minutos antes de moverme silenciosamente por la casa. Estaban en la cocina, pero no hablaban, ni tampoco se oían ruidos sospechosos. Me asomé cuidadosamente y vi al primo de pie pegado a la encimera, tomándose una taza de café que sostenía junto a su barbilla, como si estuviera deleitándose con el aroma y saboreando cada sorbo. Más abajo de la taza, mi mujer estaba de rodillas haciéndole un intenso mamazo. Movía la cabeza a lo largo del pene haciendo un ligero sonido cuando tragaba saliva y cuando el glande tocaba su garganta y entonces volvía hacia atrás. Él ni siquiera miraba hacia abajo, ni la tocaba, sólo tomaba su café. Ella apenas lo tocaba, sólo si perdía el equilibrio. A mí nunca me daba mamazos completos, sólo lo hacía para afianzar mis erecciones y lubricarme la polla, y esperé a ver si al menos él la ponía en pompa, o si ella reclamaba que ese rabo acabara en su coño. Pero no. En un pequeño gesto, él dejó la taza en el fregadero y apoyó las manos en el granito de la encimera, mirando hacia la pared. Tomó aire profundamente mirando hacia arriba y sujetó la cabeza de mi mujer. Sólo entonces el primo se permitió hacer un leve movimiento con la cadera. Mi mujer nunca traga mi semen, tampoco lo deja en la boca, pero ahora se estaba llevando el premio gordo. Sus gemidos indicaban que le estaba costando procesar el caudal que recibía, pero tenía la cabeza inmovilizada y hasta bastantes segundos más tarde no pudo separarse. Entonces abrió la boca para mostrarle a su primo que estaba vacía. Él le acarició la mejilla y pasó sus genitales por los labios de mi mujer, desde los huevos hasta la punta de su reluciente polla.

Me retiré a nuestro dormitorio y me senté en la cama. Triste y confuso. Confuso porque mientras los miraba deseaba que ella dejara la felación para que la jodiera sin más, para que no fuese más puta con él que conmigo. El primo se metió en el aseo para ducharse y mi mujer entró en nuestra habitación. Me vio la cara descompuesta y eso le hizo sospechar. Le dije que los había visto y le hice una descripción de lo que vi, para que no inventara una respuesta que sólo aumentase mi enfado. Cínicamente, me dijo que sólo era un mamazo, que era una tontería. Sacó a relucir mis celos. El primo salió de la ducha y dejamos de hablar. Al poco, se asomó discretamente vestido de calle y dijo que se daba una vuelta. Mi mujer y yo seguimos sentados en la cama, ahora solos en la casa. Le pregunté cuánto tiempo hacía eso con él, pero ella evitó responder. Me dijo que no hiciera una montaña de un grano de arena.

—Le has hecho un mamazo. Aquí, en casa. Nuestra casa —le dije para darle una dimensión al grano de arena.

—No hay nada más, mi vida —me dijo sonriendo, y yo sin entender esa sonrisa—. Está pasando un mal momento, sólo necesitaba animarse un poco.

—¿Y se la chupas?

—Sólo ha sido un momentito, no tiene importancia, de verdad.

Ella me hablaba sonriendo, casi coqueteando, y yo no sabía por qué me hablaba con ese descaro. Entonces empezó a hacer círculos en el pantalón de mi pijama, cerca de mi polla. Me resultó insultante que pretendiera tener sexo en ese momento, le fui a retirar la mano y entonces vi lo que ella estaba rodeando: una buena mancha de líquido preseminal, sin duda fruto de mi reciente episodio de espionaje. Me invadió una cascada de emociones contradictorias, pero la mancha centraba todas. El tacto de su dedo empezó a despertarme el pene. Me odié porque sabía que iba a ceder a su tosca maniobra. Si quería sexo, lo tendríamos, pero ya me encargaría de discutir después.

—Lo del mamazo es el colmo, pero es que estás muy pendiente de él. Lo mimas más a él que a mí.

—No seas tonto —me dijo mientras su mano recorría mi rabo, marcado ya en el pantalón.

Movió la tela del pijama hasta poner la mancha del preseminal sobre el glande y hundió la cabeza entre mis piernas para meterse capullo, algodón y néctar en la boca.

—A él no le haría esto —me dijo casi gimiendo.

Entonces tomó la polla y la terminó de envolver en el pantalón, comenzando un ardoroso pajote. Su burdos movimientos y el roce de la tela con el rabo eran más dolorosos que placenteros, pero aguanté y ella misma se cansó de no poder tocarme la piel. Me desprendió del pantalón y empezó a hacerme una felación como nunca me había hecho, pues no recordaba haber sentido antes el tacto del final de su boca en la punta de mi polla. A su primo se la había comido así, hasta el fondo. Me tembló la polla al ser consciente de que no había pasado ni media hora de eso. Desconocía hasta dónde era capaz de llegar mi mujer en el sexo.

—¿No haces nada más con él?

—No... mmm... —la conocía bien y sabía que mentía, pero también lo cachonda que estaba.

Estaba seguro de que me estaba comiendo el rabo igual que se lo había comido a él. De una forma nueva para mí, pero no para ella. Ni para su primo. Era como si yo me estuviera follando su boca, pues ella apretaba con fuerza labios y lengua para rodear firmemente el contorno de mi polla mientras subía y bajaba la cabeza. Empezó a hacer movimientos en espiral cada vez que se acercaba al glande. Eso no lo había hecho nunca, ni a mí, ni antes al primo en la cocina. Tenía que aclarar eso, de dónde le venía esa práctica, pero no en ese momento, pues no hizo una parada de descanso hasta que me corrí. Esa vez no dejó caer el semen, pero en cuanto terminé, se fue al lavabo a escupirlo y a enjuagarse la boca. Me revolví en mí, pues acababa de ver cómo se tragaba el de su primo sin pestañear. Pero como aquello me dejó exhausto, retocé adormilado en la cama, sin desayunar aún y algo confuso por una situación que me había sobrepasado. Podía oírla moviéndose por la casa, irradiando energía y alegría, sabiendo que se había tomado doble ración a cambio de nada para ella, sólo vicio consumado.

Durante la mañana me inventé un problemita en el trabajo y anuncié que me iba y que los dejaría solos. Sólo quería pillarlos infraganti. Al llegar la hora, me despedí, abrí la puerta de casa, la cerré con fuerza y esperé dentro. Tras un silencio denso, oí a mi mujer.

—¡Qué ganas tenía! —dijo con impaciencia.

—¡Joder! ¡Me va a reventar!

—Ven, cariño —pero no capté movimiento, sólo el sonido de varios besos.

Después, oí pasos que se alejaban y me asomé. Mi mujer estaba completamente desnuda, se tuvo que haber quitado la ropa en cuanto cerré la puerta, y llevaba al primo cogido de la polla, que caminaba como podía con los pantalones bajados, hacia el dormitorio de éste. El culo de mi mujer iba temblando a cada paso del trayecto y él le dio un palmetazo que la estimuló aún más. Esperé unos segundos y me acerqué para asomarme a la habitación. Ella estaba a cuatro y el primo la había ensartado por detrás. No habían tenido tiempo de hacer algún tipo de preliminar, e imaginé lo mojada que debía de haber estado mi mujer desde que les dije que me iría esa tarde. El sonido de sus cuerpos chocando retumbaba en mis oídos, pero también percibí otro que describía minuciosamente lo empapado que estaba el coño de mi mujer y lo suave que se deslizaba la polla del primo. Quería pruebas de que entre ellos había algo más que algún escarceo y ya tenía lo que quería. Seguí mirando.

—Háblame como dijimos —le dijo mi mujer entre jadeos.

—No me apetece... —contestó su amante, apenas sin aire.

—Hazlo, verás que bien... ah, ah, ah... vamos... háblame como si yo fuera tu mujer... ah, ah...

—¡Puta de mierda! —dijo finalmente el primo tras varias arremetidas, ella le tomó la mano para hacerle ver que todo iba bien, que siguiese por ese camino—. ¡Guarra, puta! ¡Siente mi polla, perra! ¿Te gusta mi polla? Contesta, ¡puta!

—Sí, cariño, me haces sentir muy cerda. Sigue... ah, ah, ah... dame fuerte, hazme gritar... ah, ah, ah...

—Sólo vas a pensar en mi polla cuando estés con cualquier otro... ¡Puta...! ¡Toma! ¡Perra!

—Dame duro, quiero pensar en ti cuando folle con otros...

—¡Puta! ¡Puta!

Así que también descubrí que mi mujer, además de ponerme los cuernos, era terapeuta post divorcios. No obstante, sus palabras hicieron su efecto y el primo empezó a follarla sin descanso hasta que gimió anunciando la eyaculación. No llevaba protección y la inundó con su semen. Cuando retiró la polla, cayó alguna gota, y mi mujer se dio la vuelta para chupar cualquier rastro en el rabo, como una perra de verdad. A punto de que me pillara, me escondí de nuevo. Miré mi entrepierna y otra vez mi polla estaba a reventar. Odiaba a mi mujer, a su primo y a mí, por excitarme tanto aquello. Tras un silencio, volví a mirar y los encontré tumbados, descansando y abrazados. Juré que no volvería a caer en la manipulación de esa perra. Lo abrazaba igual que me abrazaba a mí, tal era su descaro. Además, desde mi posición pude ver el coño de mi mujer enrojecido y abierto, y, como pude prever, la muy puta aún quería seguir con el coito y así se lo dijo a nuestro invitado. Ella era consciente de que apenas tenían tiempo para otro y, sin esperar respuesta, se puso entre sus piernas para estimular con la boca una nueva erección del primo. Yo pensé que era la misma boca que yo había besado cuando simulé salir de casa, y que cuando ella me correspondió el beso ya sabía que la ocuparía con el pene que estaba creciendo dentro de ella en ese momento.

—¡Qué grande está, mi amor! —dijo sujetándola con las manos.

Estaba realmente grande. Ella debía estar como una moto. Sin dudar apenas, se subió encima del brillante mástil y se dejó caer apoyada en el pecho de su amante. Me escondí tras el muro para descansar y al cabo del rato volví a mirar, encontrándome con que ella se había girado, de manera que seguía encima pero dándole la espalda a él y mirando hacia la puerta. Me miró y yo la miré. También a su cadera, pues por la posición de la mano del primo, parecía que le había metido un dedo en el culo. Antes de pensar en decir algo, me di cuenta de que ella seguía follando con la misma cadencia, ignorándome. Mi mujer había tomado esa decisión. Yo guardé silencio.

—Avísame cuando te hayas corrido, mi amor —le dijo a su primo.

Se lo estaba follando mirándome descarada, apretándose los pezones. Su cuerpo me tapaba de la vista de su amante. El primo no dejaba de hurgar en su trasero con los dedos. Algo hizo él que a mi mujer se le pusieron los ojos en blanco y gimió más fuerte.

—¿Te molesta? —preguntó él.

—¡Para nada! ¡Me encanta eso! Espera, voy a probar —y se levantó para enfilar la punta del ariete en el ano, volviendo a dejar caer el cuerpo por su propio peso, gimiendo y mirándome durante todo el proceso, sin compasión. Me había convertido en un cornudo completo. Tomó aire y siguió con el movimiento de cadera—. Me gusta sentirte así, con tu polla en mi culo. ¿Te gusta a ti?

—Uff, sí —contestó el primo—. Joder ¡cómo se siente!

—¿Sí? —dijo mi mujer sin dejar de moverse—. Yo me siento como una puta... ¡aaah!

—Me encanta follarte ese culo de puta —mi mujer pudo esbozarme una sonrisa en su cara desencajada.

Cuando ella levantaba el cuerpo, aparecía la polla de su primo, dura como una roca, esperando que ella volviera a dejarse caer. Me preguntaba cuánto tiempo aguantaría mi mujer en ese ejercicio de sentadillas, pues, a pesar de estar dominada por el vicio, estaba empezando a sudar abundantemente. Se adelantó el primo, sujetando desesperadamente con ambas manos aquellas caderas bamboleantes, en un intento inútil de postergar la corrida. Al poco, mi mujer le preguntó si había acabado y al confirmarle él que se había vaciado en ella, alzó el cuerpo lentamente, dejando caer esperma sobre la polla brillante. Se dio la vuelta y se la chupó de nuevo. ¡Qué puta era realmente mi mujer! Casi nunca me había dado el gusto de chuparme el rabo después de eyacular en ella, jamás si se la había metido por detrás. Y ahí estaba el primo, recibiendo esas dulces lamidas y sin haberlas pedido. Me retiré a la puerta de casa y esperé el momento adecuado de simular mi llegada. Oí cómo ella le dijo a su amante que se iba a duchar, que yo estaba al caer. En cuanto entró en el baño, abrí la puerta de casa en silencio y la cerré haciendo bastante ruido. Entré en el salón y le di tiempo a nuestro invitado para que se vistiera discretamente y me saludara. A pesar de todo, lo encontré algo cohibido. Con el sonido de fondo del agua corriendo en el baño, balbuceó que se iba a la calle y que ya nos veríamos más tarde.

Me quedé en el salón, esperando a mi mujer. No sabía qué decirle ni cómo empezar. Tenía la polla mojada por el espectáculo que acababa de ver, pero también un enfado descomunal por el ataque de cuernos que llevaba. Ella salió del baño, se dio una vuelta por la casa y al llegar al salón ya había comprendido que estábamos solos. Llevaba una toalla que le cubría lo justo y se abría por un lateral hasta las caderas. No se podía ser más bella ni más puta.

–Se ha ido a dar una vuelta –le dije enfadado.

Tragué saliva, sin intención de medir mis palabras. Ella dejó caer la toalla. La puta quería follar. Allá donde se posaban mis ojos, en la cintura o en los redondos pechos, sabía que antes se habían posado las manos del otro. Pero ella era puro vicio y casi podía tocar el deseo que nos iba envolviendo. Quería meterme entre esos muslos. Pero antes le diría unas cuantas cosas y, si me iba a quedar sin follar con ella ese día o los siguientes, pues mala suerte. Se acercó más.

–Me tienes que explicar... –intenté decir.

No me dejó continuar, poniendo primero un dedo en mis labios y besándome después. Su lengua de puta fue entrando en mi boca y fui cediendo, derrotado por el deseo. Me sacó la polla en unos movimientos rápidos y precisos y bajó la cabeza para comérmela con apetito. Me pregunté el número de veces que mi mujer había mamado un rabo ese día. Antes de ponerme a contar, se subió encima y, a horcajadas, me folló. Sólo me dejó tocarle las tetas. Su coño parecía tener vida propia, como si succionase la verga que tenía dentro. Nos follamos en silencio, gimiendo, mirándonos. No hacían falta palabras, pero algún puta se me escapó y eso la espoleó un poco más. Empezó a moverse arriba y abajo, y su cuerpo, ya tonificado por el ejercicio, empezó a sudar sin signos de cansancio. Me corrí y ella siguió hasta que se la polla se salió. Me la chupó entonces, limpiando los densos rastros de nuestro apareamiento. Cuando sació su ardor, se abrazó a mí, como antes había abrazado a su primo, y también la correspondí rodeándola con mis brazos. Entonces habló.

–Mi primo también vendrá el mes que viene. Sólo serán unos pocos días.

Mi polla, a pesar de estar agotada, respondió con un leve y persistente movimiento. Ella, que tenía el muslo sobre ella, lo pudo percibir y me besó. Su mano me empezó a masturbar mientras su lengua de puta, que sólo sabía a sexo, se fundía con la mía.

28.8.21

Mi opinión

Mi hermano me pidió su opinión sincera y yo se la di. Pero tengo que explicarlo mejor. Sucedió en el mes antes de irnos de vacaciones, cuando pasábamos las calurosas tardes de verano en casa. Nuestros padres se iban a trabajar después de comer, si es que venían a almorzar, y nosotros intentábamos dormitar una siesta evitando que las horas de calor extremo nos hiciesen sudar más de la cuenta, y en general nos quedábamos traspuestos viendo la tele en el sofá.

Un día que estábamos tirados viendo una anodina película sobre un grupo de amigas casadas y divorciadas que iban de vacaciones por el Mediterráneo, mi hermano se levantó de repente y me dijo que se iba a su habitación. Me resultó extraño, pues estaba segura de que él ya se había dormido a la vez que yo. La película era aburridísima y verla a solas lo era más aún. Apagué la tele y me acerqué al cuarto de mi hermano, abriendo la puerta. Fue un error mío no llamar, pero realmente no esperaba ver nada indiscreto. Él estaba boca arriba en la cama, con los auriculares puestos escuchando música, aparentemente desnudo y masturbándose bajo las sábanas. Se me escapó un pequeño grito y él me vio entonces. El susto y el bochorno fue enorme para los dos.

—¡Perdón, perdón perdón! —me di la vuelta inmediatamente y me dirigí a la puerta.

—¡Espera, un momento! —rogó cuando ya había alcanzado el pasillo.

Me di la vuelta y lo miré ya tapado con la sábana hasta el cuello y con una sonrisa nerviosa.

—¡No se lo digas a Mamá! —me pidió realmente preocupado.

—¡Ja, ja, ja! ¿Cómo voy a decírselo? —se sonrió al comprender que la situación era incómoda para los dos—. Te dejo para que sigas.

—¿Cómo quieres que siga ahora? —su respuesta nos hizo reír a los dos.

—Oye, ¿te puedo hacer una pregunta? ¿estabas viendo la tele y te han entrado ganas de pajearte? ¿sin más?

—Sí...

—Algo te habrá hecho... despertar. 

—Bueno, sí. Ha sido la película de antes —lo miré extrañada—. Habían dos que estaban muy bien —lo miré aún más extrañada—. Las tetas y los...

—¡Pero si eran unas viejas! —en la edad que teníamos, cualquier persona con la edad de nuestros padres era una persona muy mayor.

—Ya... —se encogió de hombros.

—¿Cuál te gustaba más, Mary o Susan?

—Mary, y también esa otra, la pelirroja.

—Sí, esa era muy guapa y es verdad que tenía un pecho bonito. Todas tenían pecho, a vosotros os gustan con pecho —dije divagando mientras miraba mi escaso escote.

—No es lo único que nos gusta.

—Ya, pero mis amigas más tetonas son las que ligan más. Las otras siempre estamos de acompañantes.

—Vamos, no digas eso. Estás muy bien. A mis amigos le gustas.

—¿Sí? —me puse colorada, pues había un par de ellos que también me gustaban a mí—. Pero vosotros siempre miráis a las más tetonas.

—¡No te creas! —hizo una pausa—. Oye...

—Dime.

—No les digas nada, por favor...

—No lo haré, descuida —me dispuse a salir.

—Oye...

—¿Qué quieres?

—¿Te puedo hacer una pregunta? Es delicada...

—Dime —lo vi preocupado y me senté al borde de la cama.

—¿El tamaño del pene es importante?

—Ja ja ja ¿y eso?

—Je je je, no es un chiste, de veras. El año pasado Gerardo estuvo con Bea, y ahora Bea y yo estamos casi saliendo.

—¡Qué bien!

—Pero Gerardo tiene un buen rabo y me gusta Bea. No quiero decepcionarla cuando... ya sabes...

—¡No seas tan básico! Si le gustas a Bea, también le gustará tu... pilila.

—Pero...

—¡Qué bruto eres! Tu pene es normal, ¿verdad?

—¡Claro! Creo... —pensó en algo y dudó—. ¿Me das tu opinión?

—Sobre qué...

—Venga, no seas así —hizo el gesto de bajar la sábana más allá de la cintura.

—¡No!

—Es sólo un momento. Cierra los ojos, ábrelos cuando te diga.

Le obedecí, porque a pesar de todo tenía cierta curiosidad por ver el miembro de mi hermano. Oí el roce de la sábana al desplazarse y luego un silencio, pero reconocí cierta vibración en el colchón. Poco después un par de movimientos más energéticos me hicieron botar.

—Ábrelos.

Mi hermano estaba de pie sobre la cama, junto a mí, completamente desnudo y con la polla erecta a una cuarta de mi cara. No podía dejar de mirarla y me puse colorada.

—Bueno, ¿qué?

—No está mal, quiero decir, está muy bien.

Empezó a decaer la erección y se masturbó delante de mí de forma automática, para mantenerla dura. El movimiento de su mano me resultaba tan sensual como su pene.

—¿No es pequeña?

—¡Nooo!

—Pero la de Gerardo...

—¿Cómo es la de Gerardo?

Mi hermano volvió a masturbarse y su polla volvió a hincharse y terminó apuntando al techo. Se agarró el capullo con el puño cerrado y estiró el pulgar.

—Más o menos así de larga—me puse más colorada aún al imaginarme cómo calzaba Gerardo.

—¡Vaya! —dije. Él me miró preocupado y tuve que darle ánimo—. La tuya no está mal tampoco. Creo que no deberías preocuparte.

Volvió a masturbarse para tener la polla tiesa. Esta vez ninguno de los dos habló y continuó un rato hasta que, algo avergonzado al darse cuenta de lo que estaba haciendo delante mía, paró.

—Sigue —le dije. Él me miró sorprendido—. Quiero ver cómo lo haces, si no te importa...

Y siguió. Su mano subía y bajaba con ritmo. El capullo poco a poco se hacía más brillante y se le iban doblando las rodillas. Entonces me dio vergüenza a mí y salí de la habitación, cerrando la puerta suavemente.

Después de aquello hicimos como si no hubiera pasado nada, continuando con nuestras tardes somnolientas y sosas. Un día que prometía ser especialmente duro al respecto, mi hermano dijo que se iba a su habitación y me quedé sola con el mando a distancia en la mano. Mientras mis dedos acariciaban los botones, sólo pensaba en que al lado mía él se estaba masturbando. Fui a encender el televisor, pero sabía que lo que viese y oyese no apartaría mi mente de lo que estaba pasando unos metros más allá. Una idea descabellada, ahora reconozco que fue una excusa boba, me impulsó a entrar a su habitación.

Como la otra vez, entré sin llamar. La habitación estaba en penumbra y él estaba como esperaba, en la cama, con las manos tras la cabeza, oyendo música mirando al techo, eso sí, el torso desnudo y las sábanas cubriéndole hasta el ombligo. Sentí un ligero alivio mezclado con algo de decepción al ver comprobar que no se estaba pajeando, y anduve por su cuarto hasta que llegué a una esquina. Me quedé quieta, mirándolo. Él me había estado ignorando, mirando al techo. Sin mediar palabra, y como si estuviera solo, metió las manos dentro de las sábanas y, tapado por ellas, se quitó los calzoncillos. Empezó a tocarse y respiré hondo. Cuando lo creyó conveniente, se destapó. 

Su pene no sería como el de Gerardo, pero era imponente. Era gordote y tenía un buen tamaño. Me gustaba verlo tocarse y pensé que era un tonto si pensaba que a Bea no le gustaría hacerle lo que se estaba haciendo él. No nos hablamos y el único sonido distinguible era el chasquido de su piel mojada en cada movimiento. Cada minuto que pasaba hacía el ambiente más denso. La excusa que me di para ir a su habitación volvió a mi cabeza. Quería aprender a hacerle eso a un chico. Fui a hablar y me di cuenta de que llevaba un tiempo respirando con la boca abierta y que la tenía seca. Me senté al borde de la cama, en el mismo sitio que días atrás.

—¿Me dejas seguir?

Me miró sin saber qué decir. Yo lo entendía perfectamente, pues en cierta forma su pensamiento debía ser similar al mío: una mezcla de curiosidad, ardor, morbo... y una ausencia de deseo carnal previo. Tocar el sexo de mi hermano era algo inocente dentro de la pureza de mis sentimientos fraternales hacia él, pero también una sucia aberración que no debía tener lugar. Finalmente apartó su mano y pude tomar su miembro. Corroboré que era algo más grueso que los otros que había acariciado. Rocé la piel de su pene con el pulgar, recreándome en su firmeza y sus rugosidades. Empecé a masturbarlo y se encogió, visiblemente molesto, tal y como habían hecho los otros chicos a los que les había hecho eso. Entonces puso su mano sobre la mía y me hizo moverla más lentamente. Con un par de indicaciones fui tomando confianza y tras aprender a manejar su fisionomía, me animó a pajearlo con más ritmo.

Al empezar a maniobrar con más ardor su pene erecto, esa polla gorda y dura, sentí literalmente cómo se me mojaba el coño hasta la braguita, pero también que ya lo estaba desde bastante antes. Puso ligeramente su mano sobre mi muñeca y dejé de masturbarlo, descansando también mi brazo. Una gota brillante emergió de su mojado glande y la toqué con el pulgar y el índice para jugar con su textura. Le pedí que se pusiese de pie en la cama y empecé a masturbarlo de nuevo, solo que ahora lo veía todo más cerca. Tras varios movimientos volvió a doblar las rodillas y se sujetó las manos tras la espalda.

—Has aprendido bien, ahora a por la matrícula. Acaríciame también los huevos... con cuidado ¿eh?

Me tuve que ladear para poder tocarle el escroto por detrás mientras mantenía la otra mano en la polla. Nunca le había tocado los testículos a un chico y me gustó jugar con sus bolitas.

—¡No seas bruta, hermanita! —gimió.

—¡Sí, sí! —entonces me limité a mantenerlos en la mano, rozándolos con la palma.

—En cuanto veas que eyaculo, sigue pajeando pero apretando el puño todo lo que puedas.

—Los huevos no.

—Los huevos no.

Saber que él estaba cerca del orgasmo me animó a seguir con más determinación. Al igual que con el movimiento en el rabo, poco a poco pude acariciarle también el escroto sin que reaccionase negativamente a mi ardor. Sentí un leve movimiento en la polla antes de que un chorro saliera despedido hasta casi llegar a la pared de enfrente. Entonces apreté como me dijo y seguí masturbándolo. Salió otro chorro esta vez hasta apenas unos centímetros, pero los siguientes fueron hilos de semen resbalando por mis dedos. Seguí masturbándolo hasta que la polla se redujo a la mitad de su tamaño inicial.

—¡Guau! —dije.

Salí de la habitación y fui al lavabo. Abrí el grifo para lavarme las manos, pero antes me acerqué la que estaba mojada a la nariz para olerla profundamente. La pegué tanto que me mojé la boca de semen, no pudiendo evitar sacar la lengua y probarlo. Temiendo que me viera mi hermano, metí las manos bajo el chorro de agua y me enjuagué la cara.

Al día siguiente, en cuanto terminamos de comer mi madre se fue a trabajar, dejándonos a nosotros la labor de recoger la mesa y lavar los platos. Habíamos establecido unos turnos y ese día le tocaba a mi hermano las labores domésticas. Al acabar se asomó al salón y me dijo que se iba a su cuarto, así que fui tras él. Se desnudó y se tumbó en la cama, tocándose con el rabo muy menudo. Me senté pegada a él, junto a sus piernas y mirándolo de cara. En cuanto el pene tomó forma le relevé en el masaje, completándose la erección en mi mano. Eché saliva y nuestras pieles empezaron a resbalar, pudiendo gozar de cada relieve de su polla. Sonó el móvil de mi hermano, miró la pantalla y se sentó rápidamente.

—¡Es Papá!

Tras una corta conversación por teléfono, me dijo que en una hora vendría nuestro padre para llevarnos a un centro comercial. Con su rabo en mis manos, no supe qué hacer, pero él se tumbó de nuevo invitándome a terminar lo que había empezado. Volví a dejar caer saliva en el capullo y pasé mi puño cerrado por la verga, desde la punta hasta la base. La firmeza del pene abría suavemente mis dedos y me puse muy cachonda sabiendo que también podía abrirme otra cosa. No me lo pensé demasiado. Me quité las calzonas y las braguitas y me subí encima de su rabo. Dejé la punta a la entrada de mi rajita y, apoyada con las dos manos en su pecho, dejé caer mi trasero gimiendo como nunca había gemido. Mi hermano estaba dominado por las sensaciones de su polla, pero su cara no ocultaba cierto rechazo por lo incestuoso de aquello. Sabía que esos pensamientos se diluirían al momento y con su polla clavada dentro, empecé a frotarme contra su pubis. Su verga me llenaba plenamente y fui aumentando el recorrido adaptándome a la longitud del miembro. Finalmente, me puse en cuclillas y empecé a subir y bajar, tomando buen ritmo hasta que mis piernas dijeron basta.

Me tumbó en la cama y sacó un preservativo del cajón de su mesilla. Me abrió las piernas y me penetró de una vez, haciéndome gritar de placer. Animado por mi predisposición, inició un vigoroso bombeo acompañado de nuestros gemidos y el palmoteo de nuestros cuerpos chocando. Tras varios minutos recibiendo sus empujones, bajó la intensidad del ritmo y le rogué que no parase. Tenía su polla dura atravesándome y así la quería hasta el final. Mi coño estaba súper mojado y su verga batía mis efluvios haciendo mucho ruido. Me obedeció y empezó a gemir libremente, y lo abracé con mis piernas. Con el movimiento de vaivén restringido por mis muslos, su polla apenas podía bombear estando completamente dentro, y tras varios intentos para tomar impulso, finalmente se dejó caer en mi regazo, con el rabo dando espasmos dentro de mí. Cuando terminó de eyacular se irguió ligeramente antes de sacar el aparato y nos miramos. Como activados por un resorte, empezamos a reír de alegría.

—¡Guau! —dije.

—¡Guau! —me respondió antes de sacar con cuidado su pene.

El día siguiente fue largísimo hasta la hora de la comida, pero al terminar los postres mi madre nos anunció que al fin tenía un par de tardes libres. Mi hermano y yo nos miramos con complicidad mientras hacíamos muecas de decepción. Eso hizo que nos tomásemos con más calma el resto del día y los siguientes. Finalmente, llegó el día en que mi madre se despidió después de tomar el café mientras yo metía los platos en el lavavajillas. En cuanto se cerró la puerta de casa, me sequé las manos y dejé caer ahí mismo, en la cocina, los pantaloncitos y las braguitas. Con la camiseta de tirantes y el coño al aire me presenté en la puerta del salón. Mi hermano comprendió el mensaje y me dirigí a su cuarto.

Cuando llegó, me vio apoyada en la ventana, con el culo en pompa hacia él. Yo miraba fuera, donde todo eran persianas a medio echar y calles solitaria bajo un sol plomizo. Sentí sus manos en mi cadera, el roce de su pene por mi vulva, cada vez más cerca de la vagina. Abrí un poco más mis temblorosas piernas y enfiló mi rajita, metiendo algo más del capullo. No la quería ahí, la prefería dentro o fuera, pero me quedé quieta, observando cómo quería gozarme. Mi voluntad de entrega a él fue correspondida con una involuntaria y pequeña corrida por mi parte, lo cual terminó de empaparme. Sin meterla del todo y sin sacarla se acercó a mi oído.

—No podemos seguir con esto —no pude contestar y, de repente, lo único que quería era que sacara su pene de mí. Me eché hacia delante para liberar mi coño, pero como él estaba apoyado en mí, lo único que conseguí fue arrastrarlo conmigo y que su verga entrara aún más.

—Déjalo, por favor.

—Aún podemos una última vez —me dijo rogando—. Me gustaría muchísimo... es lo único que te pido.

A pesar de esa conversación tan poco estimulante, su pene estaba hinchadísimo dentro de mí y mi coño pedía a gritos que lo follaran. Tras el disgusto de comprender que él tenía razón en que no era algo sano lo que hacíamos, también me rendí a que yo también quería terminar esa última vez con un buen recuerdo.

—Vale... fóllame —tomó impulso con la cadera y me la metió hasta el fondo—. ¡Fóllame! plas ¡Ah! plas ¡Sí! plas plas plas ¡Joder, sí, sí! plas plas plas...

Una persiana se cerró con un fuerte estruendo en algún punto de la calle y nos metimos dentro del cuarto, para estar menos expuestos. Me acerqué a la pared, para continuar con la misma postura, pero él me arrastró al armario, abriendo la puerta en cuyo lado interior había adherido un espejo por todo lo largo. Me puse contra la puerta y miré en el reflejo la expresión de su cara mientras me penetraba, y continué mirándolo con la follada. Nunca lo había hecho delante de un espejo. Observé mi boca jadeante, cómo me mordía los labios, la sensualidad de mis gemidos y mi respiración ahogada. Sus ojos, en una mezcla de sentimientos encontrados, entre los que destacaba el verme como un trozo de carne usado para satisfacerse, un sentimiento que era completamente mutuo. ¡Joder! Mi hermano follaba bien. Deseaba que Bea no fuese una imbécil y que le diese lo que él deseaba. Me dieron ganas de ver qué hacían en la intimidad, y me puse aún más cachonda pensando en esa escena de voyeur. Volví a centrarme en su polla entrando y saliendo. Su polla desnuda, empapada en mis efluvios... me estremecí y se me pusieron los pezones durísimos. Su polla desnuda... entre jadeos y gemidos confiaba en que él tendría algún control sobre el desenlace. Al pensar en su semen inundando mi coño sentí mi cuerpo tensarse como un arco, iba a tener un orgasmo.

Mi hermano sacó la polla y abrió el cajón de los condones. Me dejó con el coño palpitando, y durante unos segundos no supe si rompería en orgasmo o no. Pero sí. Mientras él se colocaba el preservativo, mis piernas empezaron a temblar y me ayudé frotando el clítoris. Mi hermano me miró asimilando mi corrida. Antes de que terminase la última sacudida, ya estaba siendo follada otra vez ante el espejo. Me quité la camiseta para hacerle tocar mis pechos.

—Me encantan, no sabes cuánto —dijo apretando el diminuto volumen de mis tetitas. Con esa tontería mi coño volvió lubricar innecesariamente la polla que me estaba llevando de nuevo al cielo.

"Quítate el condón, fúndete conmigo, derrámate dentro, quiero sentirte más", quise decirle. Pero sabía que era una locura y que él se negaría. "Pues quítatelo y fóllame el culo entonces, sé el primero. Quiero sentirte completamente, haré lo que quieras", le respondería, pero no estaba segura de querer hacerlo de esa manera. Mientras pensaba en eso, él ya me había dado tantos empujones que mi cara y mis pezones estaban pegados al espejo, y a cada arremetida, la puerta abierta chocaba contra el armario. Me cogió de las caderas y me echó hacia atrás, quedándome casi a cuatro. Tiró de mi pelo para que me mirase frente al espejo, empapado ahora de mi sudor y marcado por las huellas de nuestras manos.

Yo abría la boca más de lo necesario al jadear, en una invitación para que la usara si así era de su gusto. Yo me miraba gozando y lo miraba a él gozándome. Conseguí agarrarme al armario y dejó de oírse el traqueteo de la puerta, algo que me alivió porque los vecinos debían haber escuchado nuestros ritmos de apareamiento.

—Dame fuerte, y no pares.

Aumentó el ritmo de una manera infernal. Yo no podía dejar de gemir y empecé a perder el control de mi cuerpo. En un intento de sentir más, cerré las piernas y la polla obtuvo algo más de resistencia. Sentí como si me partiese en dos abriendo un cofre del placer que ignoraba que tuviese, pero aquello no duró mucho porque el tener el coño más apretado fue un estímulo que sobrepasó a mi hermano. Sus últimos empujones volvieron a pegarme completamente al espejo, gimiendo mi empalador como un animal. Supe cuándo empezó a descargar su polla porque la dejaba completamente dentro unos segundos extras en los que yo quedaba aplastada entre él y el espejo. Finalmente se apartó y me quedé apoyada en el armario tomando aire entre largos jadeos.

Fui al baño a ducharme, y en el trayecto sentí mi sexo en carne viva. Solo había estado con otros dos chicos y con ninguno había follado así. Estaba contenta, eufórica. Cuando mi hermano se aseó, volvimos a hablar de que esos encuentros habían acabado. Yo sabía que él cumpliría su promesa, pues siempre ha tenido mas control en todo. En cambio, estaba convencida de que lo único que me impediría tentarlo otra vez sería evitar hacerle daño. No obstante saqué mi lado juguetón.

—Oye, ya que me quedo sin diversión, ¿por qué no invitas un día a Gerardo?


22.7.21

El capricho de mi hijo

Se casaba la hermana de mi exmarido y nos invitaron a la boda a los tres: mi hijo, yo y mi actual marido. No teníamos muchas ganas de ir, pero insistieron tanto que hubiese estado peor no ir que ir. Mi hijo estaba encantado, pues se lo pasaba muy bien con sus primos, pero mi marido y yo estábamos desubicados al principio, con la sensación y la seguridad de ser el blanco de miradas y cuchicheos. No obstante la familia de mi ex siempre se había caracterizado por ser muy extrovertida y acogedora, de manera que pronto nos hicieron sentir cómodos.

Con lo que yo no contaba era el que coincidiera dos veces a solas con mi antiguo cuñado Pascual. La primera vez hablamos formalmente sobre nuestras vidas. En la segunda, más achispados, me miró muy descarado las tetas antes de decirme que tenía que ir a la cochera a buscar el móvil. Cuando acepté que acompañaríamos a mi hijo a la boda de su tía, una de las cosas en las que pensé fue en cómo sería mi reencuentro con Pascual. Era un buen hombre, muy noble, pero también con un sentido muy práctico sobre la vida. En esa misma casona que estábamos ahora, pero hace muchos años, un día salió de la ducha en un baño que no era el suyo. Estaba desnudo, con su rabo morcillón colgando pero casi erecto. Sin poder respirar, miraba su cuerpo y no podía desviar la vista de su pene. Se acercó secándose los huevos y me preguntó si estábamos solos en la casa y le dije que sí. Cogió mi mano y la llevó a su polla. Yo estaba que me derretía, pues llevaba un tiempo sin follar con mi entonces marido, su hermano, y aquel rabo era descomunal. "Somos dos personas adultas, ¿no?", me preguntó. Le dije que "sí", a lo que él añadió "Seamos dos personas adultas follando como perros". Antes de responder sujetó mi nuca y me hizo poner de rodillas y abrí la boca todo lo que pude. Follamos como perros. Repetimos otras veces, siempre en aquella casa, siempre de forma casual y respetando en lo posible nuestro respectivo bienestar familiar.

Volviendo al convite de la boda, Pascual desapareció en el pasillo que daba a la cochera y al poco fui tras él. De entre todos los coches aparcados en el almacén reconvertido temporalmente en garaje, él me esperaba junto al mío. Conforme me fui acercando, los colores se subían a mis mejillas a la misma rapidez con que mojaba mis bragas, rememorando las veces que su enorme pene me había atravesado. Deseaba volver a cogerlo con las dos manos y jugar con mi lengua con la parte que aún sobresalía. Pero no teníamos tiempo para eso, pues aunque los niños tenían prohibida la entrada en ese ala de la casa, alguien podía aparecer en cualquier momento, buscando su móvil quizás.

Me alisé el vestido y él me cogió por la cintura mientras me besó con lengua. Mi muslo, pegado a su ingle, en cuanto rozó su pene empezó a moverse suavemente estimulando su dureza. Bajé los brazos y permití dócilmente que sus fuertes manos abiertas se pasearan por mi espalda llegando en pequeños círculos hasta los glúteos, para acabar manoseándome rudamente el trasero. Acaricié sus manos entonces, mientras sus uñas se clavaban en mi piel. Al ver que tras tanto tiempo sin vernos volvía a entregarme plenamente a él, se excitó aún más, y su lengua empezó a ocupar cada vez más espacio en mi boca, apenas dejándome un momento para respirar. Lo acaricié del cuello y le dije que me follara. Ambos conocíamos el riesgo que estábamos tomando y aceptó con alegría el poder penetrarme sin preliminares.

Me bajé las bragas y me subí el vestido. Pascual se bajó los pantalones y su enorme polla apareció erecta ante mí. Me la metió de una sola vez, haciendo que mi culo se pegase al cristal de la puerta trasera de mi coche. Apenas pude levantar la pierna izquierda para abrirme un poco más cuando Pascual empezó a bombearme con su verga. Sujetó mi pierna y yo me sostuve agarrada a su cuello. Nos mirábamos a los ojos cada vez que me la metía hasta el fondo. Supongo que él veía en mis ojos lo que yo veía en los suyos: el mismo deseo animal con el que habíamos follado hasta entonces. Pascual casi me mantenía de pie con la mano bajo mi muslo, una mano que cada vez se acercaba más al culo para poder sostenerme mejor. El coche se movía en mi espalda a nuestro ritmo y Pascual empezó a follarme más fuerte, de tal manera que empezó a salírsele la polla al tomar impulso hacia atrás. Él sabía que me gustaba sentirla en todo su recorrido y siempre reculaba al límite. Cada vez que se salía la verga, al volver a embestirme la sentía recorrerme entre los glúteos, aplastada entre mi cuerpo y el cristal.

Le dije que me soltara y me di la vuelta, subiéndome el vestido hasta la cintura, me apoyé en el techo del coche y me puse mirando hacia la puerta de la cochera. Pascual me subió el vestido hasta las axilas y me desabrochó el sujetador, haciendo que mis tetas quedasen colgando libremente. Entonces, con una mano en un pecho y ayudándose con la otra, me la metió desde atrás tal y como hizo antes: de una sola vez, hasta el fondo. Abrí un poco más las piernas y empecé a gemir más alto de lo que era prudente. Cuando retomó el ritmo, el ruido de nuestros cuerpos al chocar envolvía el almacén. Aumentó el ritmo sutilmente y empecé a gemir con un "sí, sí, sí", mientras mi dedo dibujaba círculos en el clítoris. Sus empujones ponían a prueba la suspensión del coche pues éste se zarandeaba bajo el brazo con el que apoyaba mi cara.

En el último empujón, Pascual casi me levanta del suelo, haciendo después unos movimientos que me indicaban que se estaba vaciando completamente. Justo cuando acabó y terminó de sacar la polla, me corrí yo, haciendo que se me doblasen las rodillas. Estábamos felices y nos despedimos encantados por habernos visto otra vez, con unos cuantos besos. Pascual salió primero para darme algo de tiempo.

Al recular para salir vi que en el cristal de mi coche había quedado perfectamente marcado la huella de mi culo. Encontré un trapo lleno de polvo en un banco y empecé a frotar el vidrio. El corazón me dio un vuelco pues pude ver dentro del auto unas piernas, las cuales estaban coronadas por el bañador de mi hijo. Los chicos llevaban tiempo alrededor de la piscina y no me esperaba encontrarlo ahí. Todo me daba vueltas. Mi hijo lo había visto todo, de eso estaba segura. Me desconcertó también que en medio de las palmeras amarillas sobre el fondo celeste de su bañador, una mancha oscura delataba que Pascual y yo no habíamos sido los únicos en llegar al clímax.

El resto del día lo pasé como pude, disimulando una sonrisa que no sentía y evitando encontrarme con mi hijo. Él también eludía mi presencia y así estuvimos durante varios días después. La cosa no mejoró y tenía la certeza de que aquello iba a saltar de la forma más dolorosa para todos, así que finalmente me planté con él en sofá y empecé a hablar. Mi hijo me interrumpía una y otra vez, siempre con comentarios hirientes que mostraban su resentimiento. Me hacía preguntas que rondaban la curiosidad y el insulto, por ejemplo, que si también me había acostado con el resto de sus tíos.

En medio de sus reproches infantiles, me confesó que me había grabado con el móvil mientras estaba en el coche. Que se lo enseñaría a mi marido, a sus amigos. Yo también perdí los papeles y le dije que era un guarro y un pajillero. Intenté quitarle el móvil y forcejeamos, acabando yo encima de él intentando inútilmente alcanzar su teléfono. Me encontré entonces con su repentino silencio y mi escote rozando su cara. Sólo pensé en que lo tenía ganado, que sólo tenía que ser algo zalamera para poder hacerme dueña de su terminal, y moví mi cuerpo lo justo para que su nariz fuese de un pecho al otro.

Mi hijo se calmó, desconcertado. Me pidió que siguiera y le dije que era un guarro, pero esta vez mi voz sonó más conciliadora. No obstante moví el torso a los lados y él subió la cabeza para meterla entre mis tetas, yo seguía sin poder alcanzar su móvil, pues él tenía los brazos completamente extendidos. Me pidió entonces que eso no, lo otro. Me di cuenta de que mis piernas abiertas rodeaban su cuerpo de forma que podía sentir un falo erecto bajo su pantalón. Movió las caderas arriba y abajo y me pidió que lo hiciese yo, como lo había hecho antes. Era mi última oportunidad para quitarle el teléfono y empecé a mover la cintura de manera rítmica. "Sólo será un momento", me dije. En cuanto borrase el vídeo se llevaría un buen castigo. No obstante, a través de su pantalón y mis braguitas, el roce que la polla hacía en el clítoris despertó el deseo ciego de mi sexo. Podía sentir aquello, mis pezones erizándose.

Antes de reaccionar, mi hijo me pidió "otra cosa". Me prometió borrar el vídeo, pero antes tenía que hacer algo por él. Su propuesta me asqueó, pero me di cuenta de que era incapaz de negarme. Intentando digerir sus palabras, me quedé quieta, helada, pero él había seguido estimulando su pene y mi coño con el leve movimiento de su cadera. Le dije que no podía hacer eso, hacerle un oral a mi propio hijo. Él estaba muy excitado y fue muy insistente, intentando argumentar de mil y una maneras de que aquello no iba a tener más importancia de lo que pasase en ese momento... una forma de devolverme las explicaciones que le había dado sobre mis encuentros con su tío. Intenté por última vez cogerle el móvil, con un desesperado "por favor", pero fue inútil. Al revés, besó con ardor mi pecho, pues volvía a estar sobre su cara. Le dije que no podía hacer eso, aunque quisiera. No a él.

Entonces me propuso vendarme los ojos. Le dije que ya estaba bien con eso y me levanté, dejando de estar mi cuerpo sobre él, aunque seguía sentada sobre su ingle. Mi hijo se desató un pañuelo que su novia le había regalado y que solía llevar siempre en la muñeca. Me lo puso alrededor de los ojos y me dijo que no me preocupase. Me acarició la mejilla y bajó mi camiseta hasta la cintura. Oí cómo se desabrochó el pantalón mientras yo no sabía aún qué iba a hacer. Llevó mis manos a su pene erecto, que acaricié suavemente. Una vez que asumí que no iba a parar esa situación, me acurruqué sobre sus piernas y empecé a masturbarlo, con mi mejilla sobre su pubis y mi boca junto a su glande. Notaba cómo mi hijo se iba relajando, y yo también lo hice.

Al fin y al cabo tenía una buena tranca entre las manos y me animé a chupar el capullo. En los minutos siguientes la saliva que caía de mi boca la usé para lubricar el movimiento de mis manos. Cuando empecé a pensar que mi hijo tenía mucho aguante, empezó a mover las caderas, buscando introducir la polla un poco más en la boca. Le agarré la base y le acaricié los huevos, mojados completamente, y empecé a follarlo con mis labios apretados. Pensé que pronto acabaría ese asunto. Empezó a tensarse. Le dije que me avisara, que quería estar preparada, pues sabía que con tanto estímulo no tardaría en descargar. Me avisó a lo justo, de manera que me tragué el primer lechazo y apenas me dio tiempo a apartarme para los siguientes. Cuando creí que ya había terminado, me llevé el capullo a la boca para besarlo, pero seguía saliendo semen y fui chupando hasta que acabó de verdad.

Me quité la venda y me vestí. Él manipuló su móvil y me enseñó la galería, sin ningún vídeo del que tuviera que preocuparme. No le dirigí la palabra en todo el día y poco a poco todo volvió a la normalidad. Al cabo de una semana, mientras estaba tomando el sol en el balcón de casa, recibí un mensaje de mi hijo. Con un vídeo. Era de él, un selfie. Pero la cámara iba bajando y ahí estaba yo, con los ojos vendados y chupándole la polla. La ira me dominó y entré en la casa, pues sabía que él estaba dentro. Me lo encontré en el pasillo masturbándose y esperándome. La ira se transformó en desesperación, pues comprendí que esa locura no iba a acabar nunca.

Me dijo que ya sabía lo que tenía que hacer. Me puse de rodillas y se la chupé. Esta vez no pude reprimir unas lágrimas, pero él insistió en que fuese más apasionada. Sujetó mi cabeza y empezó a meter la verga hasta que me hizo dar arcadas, después me levantó y me ordenó que me desnudara. Me puso contra la pared y me la metió. Yo no le decía nada, no quería llorar delante de él. También me sentía culpable por lo que hice y por haber pensado desde entonces en que mi hijo tenía una buena verga para hacer feliz a la mujer que quisiese. Lo malo era que en ese momento me quería a mí. Poco a poco, el movimiento de su verga empezó a arrancar jadeos de mi boca. Follaba mejor que su padre y su padrastro, casi tan bien como su tío Pascual. Empezó más fuerte y me sujeté un pecho para que no se me moviese tanto. La otra mano estaba apoyada en la pared. A pesar de estar desnuda, mi hijo no era capaz de acariciarme, ni las tetas ni el culo. También me di cuenta de que me estaba follando sin condón. Yo tomaba la píldora, y estaba tranquila con ese asunto, pero él no tenía por qué saberlo. El ritmo fue frenético hasta que esta vez sí, apretó sus manos en mis caderas y le dije que no la sacara. Eyaculó dentro de mí con un grito ahogado, su polla no dejaba de moverse dentro de mi coño, descargándose compulsivamente. Jamás llegué a entender por qué le regalé ese momento de éxtasis.

Desde ese día me tomaba a placer, al suyo, cuando él quería y donde él quería. Yo me sentía una puta en el peor sentido, pero como no podía engañarme cuando acabé disfrutando también, acabé sintiéndome una puta en el sentido más impúdico. Aprendí a vivir anhelando tener sexo en cualquier momento del día y situación, de tal manera que si no me follaba mi hijo, buscaba como una perra a mi esposo al llegar la noche. A pesar de todo me despertaba cada día deseando no volver a tener una unión carnal con mi hijo. A petición suya, le enseñé a dar placer a una mujer, usando la boca y los dedos. Eso hizo que algunas veces sus labios se apoderasen de mi coño y me hiciese tener varios orgasmos seguidos antes de penetrarme. A lo único que me negué fue a tener sexo anal, no porque no me gustara, sino por reservar esa parte de mí a mi propio albedrío. Jamás le pedí hacer algo en la cama, simplemente él me usaba a su gusto y yo se lo permitía.

Un día me senté con él y le dije que teníamos que parar aquello. Me habló otra vez, muy poco convincente, de que tenía los vídeos y volvió a darme la retahíla de que se los enseñaría a sus amigos y a mi esposo. Le acaricié la cara y le dije que él sabía que eso le pesaría más a él, y durante toda su vida. Supe que también a él se le había ido de las manos todo aquello. Le pedí que me enseñara los vídeos que tenía. Al contrario de lo que me dijo, el vídeo que me hizo con Pascual seguía en su carpeta. También el de la primera vez con él, la felación. La siguiente vez también estaba, pues había escondido el móvil en la otra punta del pasillo. Y así en muchas ocasiones más. Le dije que me los enviara de forma segura y que luego borrase los suyos. Lo hizo todo delante mía y me enseñó a hacerlo sin dejar rastro. Entonces me pidió hacer "una última cosa". Admito que automáticamente se me mojaron las bragas. Le dije que haríamos lo que quisiese.

Me confesó que no me había tocado las tetas porque le daba corte. A pesar de haberme follado a fondo, haberme comido el coño como un gigoló, y haber eyaculado en casi todas las partes de mi cuerpo, aquello tenía cierta lógica. Al fin y al cabo yo seguía siendo su mamá. Le dije que esperase un momento. Me desnudé y le bajé el pantalón. Le puse la polla dura y me subí encima, sentada frente a él, y me dejé caer mientras la verga me atravesaba. Tomé sus manos y las llevé a mis pechos. Le hice acariciarme lentamente, y conduje sus dedos a los pezones. Su polla, como era habitual, era una roca dentro de mí. Me mecí con suavidad para estimular tanto el falo como el clítoris. Lo atraje para que me chupara y mis pezones empezaron a ser recorridos por su lengua, labios y dientes. "Más fuerte, chupa más fuerte", al obedecerme gemí de dolor y un latigazo en el clítoris me mostró que estaba humedeciendo la vagina de una manera anormal. Su polla también parecía tener vida propia, dando pequeños movimientos dentro de mí. Le dije, en una pequeña mentira, que si chupaba aún más quizás quedase algo de leche para él. Tenía una buena porción de mi teta en la boca, y chupaba tanto que después tuve durante unos días unos moratones alrededor de la aureola. Finalmente le hice morderme mientras él mismo sujetaba mis pechos desesperadamente. Me corrí. Conforme fui volviendo de mi éxtasis, me fui dando cuenta de que tenía las piernas empapadas de sudor y de mi propio flujo, a la vez de que la polla de mi hijo ya no estaba erecta, pues se habría corrido antes que yo.

No volvimos a tener ese tipo de encuentros, pero desde entonces nos llevamos mejor que nunca. Acabé separándome de mi marido y volví a rehacer mi vida, soltera y con mi hijo haciendo la suya. Una vez que pude aceptar lo que sucedió, fui ir relegando aquello al olvido, aunque algunas veces reviso esos vídeos prohibidos, especialmente el de Pascual, cuando su enorme pene aparece entre mi culo y el cristal del coche, o en ese otro en el que se ve desaparecer la hermosa verga de mi hijo detrás de mí. Pero mi favorito es el que se ve mi vientre convulsionar mientras la cabeza de mi hijo está hundida entre mis muslos y mis dedos tiran de mis pezones.



31.1.21

Conversaciones con mi primo

Aquella fue una tarde que empezó tan igual como otras muchas. Vivíamos casi pegados a la casa de mis tíos, eso hacía que pareciésemos más una comuna que dos familias independientes y, ese día en concreto, fuimos nosotros los que nos desplazamos a la suya para merendar. Desde que llegamos había notado a mi primo bastante inquieto y le pregunté discretamente si le pasaba algo, respondiéndome misteriosamente que quería hablar conmigo en privado. Como ya habíamos terminado con el café, nos levantamos de la mesa del comedor y nos metimos en su habitación, un cuarto que estaba junto al salón y que se comunicaba con éste a través de un ventanuco. A nadie le extrañó que nos juntáramos a hablar, ya que siempre habíamos tenido mucha confianza entre nosotros.

Me senté en la silla y él en la cama frente a mí, y empezó a contarme lo que le atormentaba. Tras varios rodeos, me dijo que se veía con una amiga y que le gustaba mucho, pero que no sabía cómo insinuarle que quería tener relaciones con ella porque ésta ya tenía novio. Mi primo apenas tenía 18 años y yo ya había cumplido los 21, y esa diferencia de edad había hecho que él siempre tuviera en mucha consideración los consejos que le daba, en especial si era sobre chicas. No obstante, por la forma de hablar, me dio la impresión de que simplemente quería que le hablara de sexo para ponerse cachondo.

Yo ya había pillado a mi primo, y también a su papá, mirándome el culo o el escote en alguna ocasión. Un día, gracias al espejo del aparador de su casa, descubrí a mi tío mirándome por detrás. Me quedé perpleja observándole hasta que nuestras miradas acabaron cruzándose. Mi tío se sintió algo violento y fue incapaz de hablarme en un mes, pero poco a poco todo volvió a la normalidad, salvo que esta vez fui tomando conciencia de sus inocentes miradas furtivas. Ya conocía cómo eran los chicos y sabía que no debía tomarme en serio aquello. Aunque lo pensé, desde el principio deseché la idea de vestir de una forma u otra por él, es más, en cierto modo empecé a usarlo como cobaya para saber si la ropa nueva que me compraba era demasiado atrevida. Al tiempo descubrí que mi primo también había tomado la costumbre de su papá, pero por entonces yo ya había perdido el pudor al recibir esa clase de miradas.

Aquella tarde llevaba una falda blanca elástica y corta, y supuse que mi primo se había emocionado especialmente. Mientras me hablaba de esa supuesta amiga, me preguntaba si sería correcto cruzar las piernas. Si lo hacía, quizás viese fugazmente el color blanco del tanga que llevaba puesto, pues las braguitas se marcaban demasiado en aquella falda tan ceñida. Estuve muy tentada de hacerlo, con la única intención de hacerlo sufrir por diversión, darle un toque extra a sus fantasías para cuando se tocase de noche en ese mismo cuarto. Pero tal y como me miraba las piernas, pensé que ya le había proporcionado bastante argumentación.

Pero al poco quise ponerlo un poco más al límite. Al hilo de lo de que su amiga tenía ya novio, le dije que la primera vez que tuve sexo con mi actual pretendiente yo estaba saliendo con otro chico. A mi primo se le pusieron los ojos como platos y se le dibujó una sonrisa nerviosa en los labios. Yo tuve que reprimir una carcajada, pero empecé a darle más detalles con una voz cada vez más melosa. Le conté que aquello ocurrió un día que había salido con las amigas, que entramos en un bar y allí me encontré con aquel chico que me caía tan bien pero que apenas había hablado con él... que acabamos bailando perreando un poco... que al salir del bar estábamos tan calientes por el baile que casi ni hablamos. Mi primo me miraba tan absorto, que empecé a contarle cómo mi ahora novio me metió mano por debajo de la falda a la vez que me sobaba ardientemente los pechos. Mientras hablaba, el pene de mi primo iba creciendo, y yo cada vez le decía más cochinadas, sólo para incordiarle. Llegó un momento que casi ni le cabía en el pantalón, y se veía bien grande.

—Primo, parece que te has emocionado un poco.

—Sí, prima. Te seré sincero, mientras hablabas me he imaginado lo que te hacía tu novio —se echó para atrás, para que pudiese ver bien la erección que tenía—. Y encima hoy te has puesto la falda esta y no puedo dejar de mirarte.

Su voz era insegura y las frases eran demasiado torpes como para engatusar a una chica. Lo que me excitó un poco fue la forma descarada de mirarme y las emociones que me invadían al ver ese pene tan gordo. Dando una vuelta de tuerca extra al juego que llevaba, quise ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar mi primo.

—No te preocupes, ¿por qué no me dejas ver tu verga?

Apenas lo dije ya se la había sacado. Era tan gorda como parecía y tenía un buen tamaño. Una vez fuera, quiso exhibir su virilidad y empezó a masturbarse. Mi novio, que tenía un pene bastante aceptable, no recorría tanto al tocarse. Noté cómo se enrojecían mis mejillas. Oíamos el sonido de las voces de la familia a través de la ventana y, mientras veía el capullo aparecer y desaparecer en su mano, me puso cachonda pensar en follar con él sin que nos pillaran.

—Ya que has sido sincero, también lo seré yo. Mi novio lleva fuera más de una semana, dejándome necesitada de mucho cariño, y encima tú ahora me has hecho mojar un poco las braguitas. ¡A ver cómo resolvemos esto!

Me desabroché un poco la blusa y aflojé el sujetador para subirlo lo suficiente como para poder empezara a acariciarme los pechos, mordiéndome los labios mientras miraba cómo él seguía tocándose. Mi primo miraba nervioso a la puerta de la habitación. El riesgo de que entrara alguien era alto, pero yo sólo quería tener a mi primo contra las cuerdas. Le volví a hablar más sucio.

—Me gustan mucho las pollas gordotas, y la tuya es muy grande, primo. Me gusta tanto que me tienes muy mojadita —ya no supe parar— ¿Me dejarías probarla un poco, solo un poquito?

Mi primo no se lo pensó. Se levantó de la cama de un salto y echó el cerrojo a la puerta, para venirse hacia mí. Le cogí el rabo y me agaché para hacerle una buena mamada. De rodillas, lo masturbé mientras chupaba ese enorme capullo. Escupí sobre mis manos para poder moverlas mejor y fui especialmente poco cuidadosa llevando la piel de la polla siempre al límite. Gimió evitando alzar la voz y se sujetó a la pared. Entonces metí lo que pude en la boca, iniciando un movimiento de vaivén de forma que cuando el glande golpeaba mi garganta yo echaba atrás la cabeza para tomar un nuevo impulso. Aquello hizo jadear continuadamente a mi primo y también hizo que mi tanga terminase empapado. Me puse de pie y empezó a tocarme los pechos, para después cogerme el culo por encima de la falda apretándome fuerte, para acabar por debajo de ella, en un forcejeo imaginario que acabó cuando sus dedos entraron en mi coño. Mi primo estaba demasiado excitado y no se andaba con delicadezas, pero ambos comprobamos lo mojada que estaba. Me cogió en alto y me puso con la espalda en la pared. Le tenía rodeado con mis brazos y mis piernas, pues la falda se me subió sola hasta la cintura, y le dije al oído que me la metiera bien dentro, que quería sentir su polla gorda en mi coño.

Haciendo a un lado el hilo del tanga, empezó a pasar la verga por el clítoris y la entrada de la rajita, haciéndome ahogar un grito de placer pues a la vez sentía a la familia al otro lado de la pared. Me la metió finalmente y empezó a darme duro. En medio de los embistes consiguió chuparme los pezones, haciéndome chorrear más aún.

—Ponme a cuatro patas, que me gusta mucho cuando mi novio me da así —me miró desconcertado por hablarle de otro hombre en ese momento y quise reconducir su deseo—. Me gusta cuando me folla como a una perra, fuerte, cada vez más fuerte.

Como esperaba, la idea de que otro hombre también me jodía duro lo hizo ponerse más bravo aún. Me colocó en el suelo, me tiró del pelo y me dio una cachetada en el culo. Aquel ruido podía delatarnos, pero me puse como una zorra, y más cuando me metió el rabo de un rápido y único empujón. Tuve que buscar un cojín para morderlo y no gritar. Sólo me lo quitaba para pedirle "más" y "más fuerte".

—Prima, estoy a punto de venirme.

—Avísame, quiero tragarme toda tu leche.

Yo estaba tan cerca del orgasmo que oírlo a él, y oírme a mí, hizo que me corriese como nunca, en un flujo que me hizo mojar las piernas. Me di la vuelta y él empezó a comer mi sexo, haciendo que el orgasmo durase unos minutos más. Le cogí la verga y tras masturbarlo un poco me la lleve entera a la boca. Enseguida me avisó de que llegaba su descarga y me tragué toda la leche que me regaló. Cuando acabó seguí masturbándolo, con la boca abierta y aún saqué algo más.

—Qué puta eres, prima.

Me mojó oírle y me dio pena que su rabo hubiera acabado ya. Se lo lamí a fondo y se lo dejé bien limpio.

—Fóllame otra vez —rogué, tanteando sus ganas.

Pero sólo alcanzamos a masturbarnos un poco más. Desde entonces nos buscamos como animales en cuanto tenemos una oportunidad. A veces nos vemos antes de que mi novio me recoja y otras, cuando me deja en casa, voy a la de mi primo antes de entrar en la mía. Él ha empezado a salir con una chica y por cortesía no hago por verlo antes de sus citas, pero sí después. Es entonces, cuando nuestros miembros huelen y están recién usados por nuestros amores, como más placer encontramos.

16.1.21

Cara a cara

Lola golpea suavemente la puerta de cristal del bar, haciendo que el anillo añada una nota metálica al sonido apagado de los nudillos. Tiene detrás el rumor de las olas batientes, pero delante suyo no distingue algún movimiento. El olor que desprende la madera húmeda a sus pies y lo que puede ver alrededor le indica que el chiringuito es de los que cierran tarde, temiendo haber llegado demasiado temprano. Pega las manos al cristal para poder escudriñar el interior. Sigue sin ver ningún movimiento, así que vuelve a llamar con pocas expectativas antes de dar un paso atrás. El vaho que ha dejado en el cristal, único testigo de su presencia allí, desaparece rápidamente haciendo que encuentre su propio reflejo. Se aleja un poco más para mirarse detenidamente. Lleva un vestido rojo muy ceñido y corto, con unos zapatos de tacón alto. Los tirantes del vestido y una diminuta gargantilla negra enmarcan su escote. Se atusa el pelo y se alisa el vestido alrededor de las caderas. Se gira para comprobar que no hay arrugas en la parte posterior. Mira hacia los pocos bañistas que hay en la lejanía, las únicas personas que tiene a la vista, pero desecha la idea de subirse los pechos metiendo las manos dentro del escote. Está bien como está.

Como en las otras veces, Lola ha seguido las instrucciones de Jorge, aunque ésta es la primera que se ha atrevido a llamar a la puerta. Jorge le había asegurado que a esa hora de la mañana había sitio de sobra para aparcar junto al bar, y que era mejor que usara la discreta puerta que daba a la playa. La primera vez que acudió aparcó el coche cerca de la puerta principal y vio la silueta del hombre moverse dentro, arreglando el caos de la noche anterior y preparando el local para el nuevo día. De vez en cuando la figura miraba hacia la calle y ella, temiendo ser descubierta, acabó yéndose. En los pocos minutos que estuvo allí intentando armarse del valor suficiente para acudir a la cita sólo vio a un anciano cruzar la calle, pero supo que ese anonimato junto al paseo marítimo desaparecería a lo largo de la mañana. Recordó las palabras de Jorge en las conversaciones con él en el chat de citas, en las que éste le confesaba que le gustaría verla llegar desnuda a la puerta del bar. Aquel día Lola, viendo la calle desierta, supo que la próxima vez podría ir, si no desnuda, todo lo atrevida que quisiera.

Al segundo intento de conocer a Jorge personalmente, se vistió tal y como iba ahora, con ese vestido rojo tan corto que nunca encontraba el momento de ponérselo, pero tampoco consiguió bajarse del coche. Esa vez vio a Jorge moverse por la planta superior. A pesar de que el miedo, la ansiedad y las dudas la mantenían atrapada en el asiento, decidió no irse, al contrario. No había nadie en la calle, no había peligro, nadie podía verla, no conocía a nadie en esa ciudad. Se esforzó para que la parte racional le diese fuerzas en aquel acto irracional, animal. Metió la mano por debajo de la diminuta falda, introdujo dos dedos dentro de las braguitas para mojar las yemas en una vagina que había estado húmeda desde que salió de su casa. A continuación subió los dedos unos centímetros y los mantuvo haciendo círculos en el clítoris mientras observaba al hombre. Tras mirar una vez más la calle desierta y se dejó caer más relajadamente en el asiento, pues la altura y robustez del todoterreno le daba cierta seguridad. Nunca se había masturbado en plena calle. A pesar de la excitación, el riesgo le hacía desear una pronta resolución al masaje. Se puso a fantasear con que Jorge la veía y salía del bar, que se subía al estribo del coche y pegaba el pene a la ventanilla... ventanilla que ella bajaba para hacerle una paja, una felación, lo que fuese. También se vio así misma arriba, con los pechos pegados al ventanal y Jorge detrás de ella, follándola. Concentrada en esas cosas, Lola sintió que se iba a correr, así que cogió el móvil y se grabó. Primero parte del rostro, luego el escote y las piernas, subiéndose el vestido para mostrar la destreza de sus dedos entrenados. El ya le había mandado vídeos tocándose, y ella siempre le había correspondido con menos efusividad. En cuanto Lola estalló en varios espasmos, giró el móvil para encuadrar la puerta del bar antes de cortar la grabación. Arrancó el coche y dobló la esquina, aparcando a unos pocos metros. Se bajó y buscó por los alrededores del bar una buena vista de la planta superior. Entonces le envió el vídeo. Pudo distinguir la figura de Jorge cogiendo el móvil y quedarse quieto mientras miraba la pantalla. Le pareció que hablaba con alguien, seguramente la limpiadora que a veces lo acompañaba por la mañana. En cuanto acabó el vídeo, Jorge se asomó a ver si ella aún estaba junto a la puerta principal y luego desapareció de su vista. Lola esperó un rato antes de volver al coche. Cuando fue a arrancar le llegó la respuesta de Jorge, un vídeo mostrando su pene masturbándose sobre un móvil que reproducía el vídeo de ella. En una paja sobre paja, el vídeo acabó poco después que un poco de semen cubriese su imagen. El vídeo le había puesto cachonda, pero al comprender que Jorge se había masturbado usando el móvil de una tercera persona, se sintió expuesta ¿Quién sería? ¿La había visto masturbarse también? ¿Se masturbaría con ella? Lola tenía su propia respuesta a la última pregunta, ella se masturbaría con algo así ¿Cuántas personas más verían su vídeo? Conocedora de que el vídeo podía ser de cualquiera, sólo tenía un pensamiento en la mente: llegar a casa y usar todos los artilugios que guardaba al fondo del cajón de su mesilla de noche. Dos horas después se juró que la próxima vez sí bajaría del coche.

Y ahí está junto al bar otra vez. Lola vuelve a mirarse en el cristal de la puerta. Esta vez no se irá con las manos vacías. Si hay alguien en el local, sea quien sea, tendrá una historia jugosa que contarle a sus amigos. Sabe que si está la limpiadora nada más, ésta la dejará entrar en cuanto le diga quién es, solo para saciar la curiosidad. Sabe que cada minuto que pase a solas con ella hará volar su imaginación y su excitación, hablando de Jorge y sus excentricidades. Sabe que si no es Jorge el que está dentro, sino algún compañero, seguramente será más apuesto que su amante epistolar. Sabe que ese compañero le dejaría pasar y que no le costaría hacer que la penetre. Lola siente fuego entre sus muslos y vuelve a llamar justo en el preciso instante en que una sombra se mueve adentro. Reconoce a Jorge, nunca ha visto su cara pero sabe que es él. Se muestra cansado y expectante mientras mira a esa la mujer de arriba abajo. No le cuadra ver alguien así a esas horas. Abre la puerta, que estaba cerrada sin llave.

—Buenos días, no abrimos hasta la una.

—Soy Lola.

Jorge vuelve a mirarla otra vez, abriendo los ojos cada vez más y sin atreverse a respirar. Su compañera de charlas se llama Lola, pero ya ha desechado la idea de verla alguna vez. De hecho, ya hacía varios meses que la había invitado a ir al bar. Piensa fugazmente en que puede ser una broma de Mercedes, su confidente en esas mañanas en las que hay tan poco que hacer. No obstante reconoce el vestido y la gargantilla por el vídeo que recibió el otro día.

—¡Lola...! Entra, entra, no te quedes ahí —Jorge toma la mano de Lola para hacerla pasar—. No te esperaba, me podías haber avisado. Qué alegría me da verte al fin... Lola... Lola... Un par de besos, ¿no?

Jorge la coge de la cintura y ambos se acercan para besarse en la mejilla. Es el primer contacto que tienen y Jorge no separa las manos, preguntándose cómo puede tener tanta clase la madura Lola a pesar de que al verla en la puerta con ese vestido y a esas horas la confundió fugazmente con una escort despistada. Cae en la cuenta de que se ha vestido así para él, y que él lleva unos simples vaqueros y sudadera. Además, los tacones de Lola hacen que ésta sea visiblemente más alta que él pero estilizan magistralmente sus piernas. Lola se aleja de Jorge andando lentamente por la tarima de madera haciendo resonar cada paso, balanceando las caderas, observando curiosa el bar, sin mirar atrás para que él pueda mirarla bien, sintiéndose como un tendero enseñando el género. Hablan de la actividad del bar, sin mucho interés por ambas partes. Lola vuelve sobre sus pasos y se acerca hasta Jorge, a una distancia mínima. Jorge comienza una erección que no le abandonará y la invita a subir a la planta superior, para estar más tranquilos. El se adelanta, pero espera en los primeros escalones para que Lola pase y poder mirar la danzantes curvas de la mujer. Conforme Lola va alcanzando la primera planta, el vestido se le ha ido subido tanto por el movimiento de las piernas que posiblemente su ropa interior está parcialmente a la vista de Jorge. Antes de culminar la escalera Lola ve a Mercedes sentada al otro lado de la sala, y piensa que lo decoroso sería bajarse el vestido. Pero no lo hace y se dirige hasta ella.

—Hola, me llamo Lola —Lola presupone que es la limpiadora de la que tanto habla Jorge.

—Hola, yo soy Mercedes.

—¡Mercedes! ¡Es Lola! —Jorge acaba de llegar donde están ellas, ausente de que ya están hechas las presentaciones— ¡Lola! —hace gestos a Mercedes para hacerle saber que es esa Lola.

—¡Ah, hola! —Mercedes entiende ahora que Lola es esa Lola y la mira con detenimiento. También se da cuenta de la erección de Jorge. Sabe que su presencia allí no va a alterar lo que ocurrirá a continuación, así que se toma su tiempo para tomar la decisión de irse o quedarse—. Jorge no para de hablar de ti.

—También habla de ti...

—A saber qué te habrá contado —ella sabe perfectamente qué le ha contado y que sale en alguna foto y vídeo de los que ha enviado Jorge—. Estuviste por aquí hace unos días ¿no?

La voz ha sonado algo nerviosa, con un fondo de excitación que contagia a Lola y Jorge, cuyas manos están ahora entrelazadas. Lola pega el dorso de la de Jorge entre el muslo y el glúteo, y finalmente se sujeta a él para subirse a una banqueta sin acabar de sentarse. El vestido está tan arriba que desde la posición de Mercedes se pueden ver las braguitas de Lola. Mercedes mira fugazmente y Lola se siente aún más desnuda. Jorge se pega a Lola, casi restregando el pene en ella.

— ¿Viste el vídeo? —pregunta Lola.

—Sí, me lo enseñó Jorge. Deberías haber subido.

—¿Lo viste entero? —Lola vuelve al tema del vídeo y evita una posible confrontación. Sabe por sus conversaciones con Jorge que Mercedes no se escandaliza por nada ni rehuye los temas morbosos, pero que por no poner en riesgo la amistad se resiste a tener sexo con él y él no le insiste en ello.

—Lo suficiente.

—¿Estabas delante cuando se masturbó él?

—Al principio sí...

—¿Cuál era tu móvil, el que grababa o el que se llenó de semen al final?

La conversación entre las mujeres es demasiado para Jorge, que se saca el pene y empieza a tocárselo. Mercedes no se muestra ni sorprendida ni incómoda y Lola recuerda una foto de Jorge con la polla fuera y Mercedes al fondo, junto a la puerta de cristal de la planta de abajo y la playa al fondo.

—¿Se suele masturbar delante de ti?

—¡Nooo!

Por unos segundos, el único movimiento es la mano de Jorge. Lola cambia de posición y ahora Jorge también ve a simple vista las braguitas de Lola. Pone una mano en el muslo de la mujer, cerca de la ingle. Lola lleva la suya a la polla de Jorge y toma el relevo en la masturbación. Jorge se pega más a Lola y acaricia la suave piel de su pierna.

—Tengo una foto de Jorge con la polla en la mano y tú tras él —Lola sigue jugando con Mercedes.

—No te hagas ideas raras, sólo hablamos —Mercedes se ha puesto de pie, pero se queda quieta mirando cómo Lola masturba lentamente a Jorge—. A lo mejor sí lo ha hecho, pero sólo un par de veces...

—¿Te importa que se la chupe? Por favor... —Mercedes no se puede negar a ser testigo de la felación.

Lola se baja de la silla y se pone en cuclillas, haciendo que el estrecho vestido se repliegue en la cintura, dejando medio culo al aire. Jorge ve desaparecer su polla entre los labios de Lola y siente cómo la lengua juega con ella. Mira a Mercedes y ella lo mira. Oyen el húmedo ruido de la verga entrando y saliendo de la boca de la invitada. Mercedes siente su propia respiración profunda, aprisionándola. No quiere follar con Jorge, pero ese ruido de sexo salvaje la envuelve como una melodía. Tampoco quiere follar con esa mujer, pero sabe que podría compartir la polla de su amigo con Lola. Jorge tiene su mirada clavada en Mercedes mientras su pene es succionado por Lola. Mercedes tiene la tentación de enseñarle los pechos desnudos, tal y como le ha pedido Jorge tantas veces cuando se ha masturbado delante de ella, inútilmente.

Lola está en su pequeño éxtasis, que había empezado incluso antes de entrar en el local. Tocar el pene de Jorge, ese desconocido que la había hecho correrse tantas veces sin siquiera rozarla, era como materializar el deseo puro. Si Jorge hubiera derramado su semen por su pierna desnuda al empezar a masturbarlo en la silla, para Lola ya habría merecido la pena venir hasta ahí. Entrar al fin en el bar, dispuesta a lo que fuera, era para ella abrir una puerta que no se podía cerrar otra vez. Aún así, chuparle la polla a ese hombre del que apenas conocía nada delante de esa mujer la estaba llevando a un pequeño orgasmo. "Si Jorge eyaculase ahora, me masturbo delante de los dos sin limpiarme", en eso pensaba Lola mientras Mercedes veía los dedos de la mujer aparecer y desaparecer dentro de las braguitas a un ritma creciente.

Mercedes se dirigió a la escalera y un pensamiento se cruzó por su cabeza.

—Jorge... esta gente está a punto de venir... — Mercedes lamentaba ser la portadora de las malas noticias.

—¡Joder! —Lola se sacó la polla de la boca al oír el lamento de Jorge—. Esperamos a un proveedor nuevo y viene el jefe.

Jorge no puede dejarlo así y vuelve a meter el pene. Mercedes tampoco termina de bajar el primer escalón mirando cómo Lola chupa el capullo mientras masturba la verga. Lola aprieta los labios y folla ligeramente con ellos el falo mojado. Poco a poco, va introduciendo más y más cantidad en el vaivén. Jorge siente su polla atrapada en aquellos labios y Mercedes sus pies clavados en la escalera. Lola se pone de pie y se quita las braguitas. La falda del vestido, encajada en las caderas, deja el sexo y el culo al aire. Se sube a la banqueta y se sienta dejando el pubis fuera, sujetándose firmemente a la base del taburete para no caerse. Las piernas abiertas no necesitan más instrucciones. Jorge la sujeta por las pantorrillas y la penetra. Mercedes los observa follar, las manos de Lola clavadas en la banqueta, las de Jorge en los muslos. Desde donde está sólo puede ver parte del pene erecto aparecer y desaparecer entre los glúteos de Lola, que empieza a gemir en voz alta y le recuerda a Mercedes que hay gente a punto de llegar.

—¡Voy abajo!

—Gracias, cariño —le dice Jorge.

Mientras baja, Mercedes oye a Lola pedirle a Jorge que la folle más fuerte. Busca una silla y se sienta cerca de la escalera, para poder atender a los rítmicos sonidos del amor. Arriba, cada vez que empuja Jorge, los pechos de Lola bailan debajo del vestido. Los tirantes van cayendo a cada embestida y Jorge agarra el escote y lo baja, deslizando el vestido más fácilmente de lo que esperaba, dejando la flácida carne de la mujer volar en un movimiento libre. Jorge se concentra en las oscuras aureolas de la mujer subiendo y bajando y en los estímulos que recibe su polla, a punto de estallar. Lola suelta una de las patas del taburete y busca un pezón de Jorge, sobre la sudadera. Jorge es algo gordito y su pecho es blando, pero encuentra fácilmente lo que busca. Lo aprieta. Como en cámara lenta, Jorge siente muchas cosas. Siente cómo sus testículos se estremecen, siente que la mujer gime porque tiene su falo clavado en ella, siente el coño húmedo y prieto que rodea su hinchada polla. Intenta agarrar uno de los pechos de Lola y sin querer le da un pequeño manotazo y una uña se clava en el pezón. La respuesta de Lola es otro gemido. La polla se desliza libremente dentro y fuera, sin control y Jorge siente brotar el primer chorro de semen.

—¡Me corro! —la ha avisado tarde y se angustia porque el esperma sigue saliendo a la vez que habla.

—Sigue, sigue, dame fuerte.

Jorge la obedece y la folla duro hasta que se poco después se le sale el pene, más blando.

—Me has llenado el coño de leche —Jorge reconoce a la Lola epistolar, guarra e insaciable, y le pellizca los pezones.

Lola lleva los pies al suelo y deja el culo apoyado en la banqueta, empezando a masturbarse mientras los dedos de Jorge siguen apretándole los duros pezones llevándola al límite del dolor. Cae semen por el interior de los muslos y se frota más rápido.

—¿Quieres comerme el coño? —la voz suave muestra que es una invitación sincera. No necesita que Jorge lo haga, ni Jorge siente que es una petición velada. Es por pura lascivia, por el hecho de decirlo en voz alta.

Jorge se pone de rodillas, da el primer lametazo y se oye a Mercedes hablar con alguien abajo. Jorge se pone de pie, alterado.

—No quiero que me vean así—dice Lola preocupada.

—Ven.

Jorge la coge de la mano y la lleva a una escalera de caracol oculta en un rincón. Antes de bajar, Lola se para y se pone las braguitas. Jorge ve cómo la tela al subir arrastra parte del semen y ella lo mira desafiante y juguetona cuando siente la fría y melosa crema tocar su sexo. Bajan hasta llegar a una cocina reconvertida en almacén y Jorge le abre la puerta trasera. Se despiden con un pequeño beso en los labios y un hasta la próxima. En la hora escasa que ha estado en el bar, la calle ha empezado a ser un hervidero de gente. Su ceñido vestido rojo destaca sobre las ropas de sport y playeras, y Lola es consciente de que si hombres y mujeres la están mirando tan descaradamente de frente, también lo harán por detrás. Lola se pregunta cuántos ojos le estarán mirando el culo en ese momento, si se están dando cuenta del semen de Jorge pegado a su piel, puede que manchando su falda. Cuando llega al coche, el balanceo de su cuerpo y el sonido de los tacones han adquirido un tono ostentoso. Se sube al coche y cierra la puerta, respirando aliviada y dando por terminada esa pequeña locura. Pedirse la mañana libre en el trabajo a escondidas de su marido no ha sido tan mala idea.

Empecinada

Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, q...