9.7.19

Ocupado

Es un poco friqui, pero has insistido en que te lo cuente. Fue en casa de mis tíos y sucedió por una mala costumbre que tengo: cuando conozco el lugar suelo ir sin encender luces y sin cerrar del todo las puertas, y esto lo llevo a su máxima expresión. Yo estaba en su cuarto de baño principal, sentada en la taza del inodoro. Frente a mí, una puerta me separaba del resto del aseo. Me bajé el pantalón y las braguitas y esperé a que comenzase a salir el pipí. Claro, siempre tardo un poco ¿tú no? Pues oigo cómo se abre la puerta del baño y al momento la del water. Me veo a mi primo con el pene fuera, algo morcillón, a un palmo de mí. El estaba con el móvil en la mano, y no me vio hasta muy tarde. Si no hubiese tenido tantas ganas de orinar, te digo que del susto que se llevó se cae de espaldas. Todo fue muy rápido. El creía que no había nadie cuando entró, así que apenas pudo retener el pipí.
Ante nuestro pavor, salieron unas gotas. Aquello se transformó en dos pequeños chorritos, y cayó un poco en mis muslos. Intenté parar aquello pues sabía que, una vez que había empezado, apenas podría aguantar el pobre, y llevé las manos a su pene, con las palmas abiertas e intentando cubrir el glande. Antes de tocarlo, ya tenía las manos mojadas. Me sorprendió que no me diese asco la tibieza de su orina, pero no quería pringarme. Empezó a salir más. Apenas me pude incorporar en la taza, y él apuntó el chorro entre mis piernas.
— ¡Joder! —mi primo estaba realmente avergonzado.
— Termina de una vez —le contesté conciliadora.
Estaba oscuro y sentía pequeñas salpicaduras en mis piernas. Y un calor cerca de mi vulva. Tan cerca, que al final el pequeño caño caliente rozó el clítoris. Fue como cuando me doy con el agua de la ducha, solo que esta vez no era buscado y un temblor recorrió mi cuerpo. Aquello me superaba. Lo irregular del chorro me micromasajeaba y no sabía qué hacer. Pensé en levantarme de una vez, pero no lo hice. Mi primo no era consciente de lo que sucedía abajo, porque el chorro empezó a moverse de forma caótica. Temiendo que me empapara del todo, sujeté su mano y le ayudé a apuntar. Primero entre mis piernas, pero no me resistí a hacer que pasara por mi sexo otra vez. Mientras recibía esos pequeños pulsos en mi botoncito, pude notar que su pene empezaba a tomar vida propia. Comprendí que era inevitable que aquella situación tan surrealista también afectara a mi primo, que intentó disimular su incipiente erección como pudo. Finalmente, el flujo terminó, y un par de gotas dieron el punto y final a aquello. Se metió el pene a duras penas en el pantalón y salió atropelladamente.
Todo había transcurrido en segundos. Me quedé sentada, sin poder reaccionar. El olor de su orina fue volviendo lentamente a mi nariz. Como yo aún no había hecho lo que me había llevado hasta allí, pronto salió la mía. Mientras estaba esperando que acabara, puse una mano en el muslo, mojándose por lo que había pasado antes. "Pude haberme levantado", me repetía. Pero no lo había hecho, eligiendo en cambio hacer un amago de masturbación con la meada de mi primo. Deslicé la mano del muslo hacia el clítoris. Mientras oía el chorro caer me pasé el dedo a placer, asumiendo lo que acababa de ocurrir. Bajé los dedos y terminé de orinar en ellos, frotándome empapada al acabar.
No quise continuar, no era ni el lugar ni el momento. Pensé que mi primo podría sospechar al no verme salir del cuarto de baño. Cogí una toalla y me duché. Lavé como pude la ropa y salí como si nada. Por cortesía le dije a mi tía que no pude resistirme al impulso de ducharme y ella no le dio la menor importancia, dándome una conferencia sobre los distintos geles y champús que habían en la bañera. Tuve que esperar a llegar a casa para poder aliviar mi calentura. Me metí en la ducha y abrí las piernas todo lo que pude, poniendo un pie en la jabonera. Una vez que tuve el equilibrio controlado, mis dedos empezaron a masturbarme el clítoris. Aguanté lo que pude hasta que empecé a orinar. Ahora llevaba mi mano de arriba a abajo, empapándome las piernas, frotándome frenética. Al poco estaba turnando mis manos, mientras había una en mi vulva envuelta en orina y masturbándome, la otra acababa en mi boca saboreando ese líquido amargo. Cuando ya no salió nada más, me tumbé en la bañera, sobre el charco, y me terminé en un frotamiento salvaje, imaginando a mi primo de pie sobre mí, envolviéndome en una lluvia dorada usando un pene cada vez más enorme.
Ahora estoy haciendo recuento de mis novietes, a ver cuál de ellos puede ser el apropiado para cubrir esa nueva necesidad que me desasosiega todas las noches.

2.5.19

La multitud

Estábamos en el concierto inaugural de las fiestas de la ciudad. Yo llevaba un vestido de punto morado de una pieza que me llegaba hasta algo más arriba de las rodillas. Sobre éste, un abrigo de cuero rojo oscuro, que me llegaba un poco más abajo. Por comodidad, ese día no llevaba mucho tacón. En medio de esa gran plaza llena de gente, las luces se apagaron y empezó el espectáculo.
Tenía a mi marido detrás, y poco a poco fui moviendo las caderas para rozar su cuerpo. Con sus manos en mi cintura, se fue acercando cada vez más. Tenía su ingle pegada a mí, a la altura de mis glúteos y no tardé en reconocer un inicio de erección. Seguí moviéndome al ritmo de la música y la verga se hacía más y más dura. Me giré sonriéndole y nos dimos un fugaz y profundo beso.
Me quité el abrigo para volver a ponérmelo sobre los hombros, dejando una mano libre mientras la otra evitaba que se abriera. Con todo el mundo mirando hacia el escenario, nadie podía darse cuenta de que tocaba el paquete de mi marido a través de la ranura trasera del abrigo. El se pegó aún más y yo pasaba la mano por su pantalón recorriendo el pene duro y apretado. Frotaba con decisión, desde los testículos hasta el glande. Sus vaqueros sólo me dejaban sentir burdamente las formas, pero tal y como mi marido se pegaba a mí, sabía lo bien que lo estaba pasando.
El riesgo de que nos viese alguien nos excitaba aún más, aún siendo improbable de que eso ocurriese realmente. Además, un señor se puso delante mía y eso me dio más seguridad. Antes de que acabara la tercera canción, mi marido agarró mi mano con urgencia. Quería impedir que siguiera, seguramente estaba a punto de eyacular. En eso somos diferentes, yo me hubiese dejado tocar hasta el final... pero claro, yo tampoco hubiese tenido que llevar la mancha de semen el resto de la noche. No me vino mal la interrupción, pues tenía el brazo cansado, y seguimos viendo el concierto con los cuerpos pegados y abrazados.
Tenía sus brazos alrededor de mi vientre y cintura, y con una mano le acariciaba las suyas. Metió una de ellas dentro del abrigo, y sentí el frío de su tacto igual que él debió sentir la calidez de mi cuerpo. Pensé que buscaba calentarse un poco, pero no. Su mano abierta en mis costillas tenía una intención inequívoca, más cuando la bajó hacia la cadera, casi hasta donde empieza el muslo. Intentó subir el vestido, pero se le escurría. Recordé entonces que se acababa de cortar las uñas, yo misma le había hecho una manicura. Una vez que se había decidido a tocarme, desistió del vestido y subió la mano hacia mi pecho. Tampoco tuvo suerte, pues esa noche había elegido un sujetador de copa rígida. No obstante me manoseó como pudo, llegando a pellizcar mis pezones sin ser consciente de ello.
Su mano volvió a salir para abrazarme desde fuera. Con un pecho irritado por ese sobeo tan intenso, me resultó frustrante que su breve e infructuosa excursión a mis bajos hubiese acabado tan pronto, pues había elegido cuidadosamente lo que llevaba puesto esa noche. El vestido de punto se adapta a mi figura como una segunda piel, resaltando mis virtudes y mis defectos. Debajo de él, estrenaba unos pantys fucsia con liguero de una sola pieza. Las braguitas estaban guardadas en el bolso.
Vestida como iba, no me iba a dar aún por vencida. Metí una mano dentro y me subí el vestido hasta la cadera. Pasé los dedos por el nylon del muslo y la llevé al enorme hueco que el panty tenía en la ingle. Acaricié superficialmente mi vulva, pero la falta de un plan me hizo atender al concierto.
No pasó nada durante unos segundos que se me hicieron eternos. De pronto, sentí su mano entrar por la ranura posterior del abrigo. Miré hacia atrás y vi que había puesto el suyo sobre su brazo, para ocultar sus movimientos. Pasó la mano por toda la redondez de mi trasero, apretándomelo y amasándolo con fuerza. Ahora sí que me estaba transmitiendo su ardor, a pesar de que eso podía suponer que me dejara la marca de sus dedos en forma de cardenales. En ese manoseo salvaje, los dedos llegaron a alcanzar las partes más sensibles de mi anatomía. No me atrevía a mirar alrededor, pues sabía que si miraba a la gente a la cara, atraería su atención. Todo parecía ir bien. Me di cuenta de que el hombre que tenía delante se había ido unos instantes, pues ahora volvía a ocupar su sitio.
Mi marido palpó algo más arriba y comprendió que no llevaba braguitas. Subió el vestido con prisas y me apretó el culo como si nunca antes lo hubiese hecho, y yo gemí como si fuese la primera vez que me tocaba. Me agarró con fuerza un cachete y luego el otro, haciéndome tambalear. Esto le excitó aún más y me arrepentí de no haber traído los tacones. Metió los dedos entre los glúteos y llevó el medio hasta mi agujerito.
Me acariciaba con la yema suavemente, pasándola por la piel, acercándola al perineo, quedándose a mitad camino de la vagina, volviendo a subir, circundando el ano. Creo que él no era consciente de que me estaba estimulando toda la zona baja. Yo no sabía exactamente cuál era su objetivo hasta que se decantó por mi culo depilado. Con precisión de cirujano, el dedo fue acariciando los suaves pliegues de mi diminuto agujero. Y apretó un poco. El sabía que me da algo de pavor el inicio de la penetración anal, y lo hizo con mucho cuidado. Primero presionó suave como una pluma, a modo de aviso. Luego pasó el dedo arriba y abajo, con cariño, y volvió a quedarse en el centro, haciendo que sintiera su calor mientras apretaba.
Me estuvo estimulando así hasta que me hizo sentir la necesidad de tener su falange algo más dentro. Abrí algo más las piernas y comprendió el mensaje. Bajó el dedo hasta mi sexo, humedeciendo la punta en mi vagina. A ambos nos excitó tomar consciencia de lo mojada que estaba. Y, rodeados de la multitud, su dedo empezó a introducirse en mi culo. Empujó lentamente hasta que la uña desapareció. Podía sentir cómo hacía presión ahí atrás, o quizás era al revés, era mi ano el que apretaba su dedo. Yo ya estaba presa de mi deseo y metí una mano dentro del abrigo, subiendo la falda y frotándome el clítoris. Se me suele desencajar la cara cuando estoy tan excitada, e intentaba guardar la compostura. Mi marido notó que se movía algo por ahí y comprendió que me estaba masturbando. Sacó el dedo y lo metió con otro más en la vagina. Seguidamente los llevó atrás y, con un poco de habilidad, volvió a penetrar mi trasero.
El hombre de delante dio un paso hacia atrás. Me quedé inmóvil, pues casi me rozaba. Mi marido, cegado por la lujuria, continuaba jugando con sus dedos en mi recto, totalmente ensimismado. Saqué la mano de mi entrepierna cuando sentí la del hombre a la altura de mi muslo. Tenía que tomar una decisión. Sabía que nuestros juegos en público podían acabar de cualquier manera. Pero no me esperaba aquello, y menos en ese momento. Mi primer impulso fue terminar e irnos, aunque sabía que la tentación de sobrepasar los límites era muy fuerte. Por entonces, la mano del hombre ya estaba tocándome la pierna a placer, completamente abierta. Yo lo veía de espaldas, parecía más mayor que nosotros. Con el calor de su mano y el de los dedos de mi marido, noté cómo mi vagina lubricaba suavemente.
Creo que mi marido empezó a tocarse mientras me penetraba, pues soltó mi cadera. La mano del otro tipo se metió dentro del abrigo y fue directa a mi sexo, sobre el vestido. Me tocaba con la misma brusquedad que había tenido mi marido en mi pecho minutos atrás. Estaba tan mojada que no quise ensuciar el vestido, así que lo subí. Se tuvo que quedar sorprendido al ver que no llevaba bragas. Metió dos dedos en la vagina y ambos me tuvieron así varios minutos, zarandeándome con sus manos.
De pronto, el cantante quiso que el público participase con el estribillo y las luces se encendieron. Nos quedamos quietos, sin respirar. Empecé a sentir cierto ardor en mis orificios. En cuanto se apagaron las luces, volvieron a su magreo. Mi marido quiso cambiar de agujero y se lo encontró ocupado. Agarré la mano del hombre mientras mi hombre jugaba pensando que era yo quien me estaba penetrando. Se dio cuenta de que yo no tengo las manos tan grandes y ásperas y acercó su cara a la mía. Lo besé y me susurró un "qué puta eres" que me hizo doblar las piernas.
Aquella situación me estaba resultando ya un poco incómoda, pues antes o después alguien más se daría cuenta de nuestra exhibición de amor. Una vez pasada la excitación inicial, a ninguno de los tres nos resultaban cómodas esas posturas. Estaba pensando en eso cuando mi marido me preguntó si nos íbamos. Saqué la mano del desconocido, le di las gracias al oído y lo besé. Cuando se volvió ya habíamos desaparecido entre la multitud, aunque yo seguía mirando hacia atrás mientras mi marido me sacaba de allí tirando de mi mano. Al rato, encontramos un sitio para tomar algo, y allí en la barra me percaté que una pequeña mancha húmeda destacaba en la ingle de mi esposo. Como cuando éramos novios, pensé.

8.4.19

Lola

Mi marido volvía del gimnasio justo a tiempo cuando entró en casa. Como salí a recibirlo con un bikini blanco, se me quedó mirando extrañado.
— ¿Qué haces? —me preguntó.
— Probándome unas cositas ¿Te gusta? —me di la vuelta.
— ¿Vamos a ir a algún lado?
— ¡No! ¡Que me estoy probando unos bañadores que he comprado! ¿Te gusta o no?
Volví a darme la vuelta. Esta vez me miró mejor. El bikini era más escaso de tela de lo que suelo usar habitualmente y eso no se le pasó desapercibido. No tengo mucho pecho y los triangulitos de tela realmente me favorecían los senos y el frío hacía que resaltasen mis pezones. La parte de abajo enseñaba mucho los glúteos.
— Estás muy guapa, sí.
— Anda, ven.
Fui al dormitorio seguida de mi marido y al cruzar el umbral vio a Lola, quedándose de piedra. Su reacción, la sonrisa incontrolable que apareció en su cara, lo rojo que se puso, delataba que la había reconocido y que ella le gustaba, pero eso ya lo sabía. Lola llevaba puesto otro bikini porque habíamos ido juntas de compras. Los ojos de mi marido se dirigieron fugazmente hacia las caderas y los pechos de mi invitada.
Lola era mayor que nosotros. Mantenía como podía una figura esbelta y era una de las habituales del gimnasio. Era el tipo de persona que, sin tener nada especialmente llamativo, resultaba muy atractiva. Mi marido y yo solemos ir a horas distintas para entrenarnos, pero cuando habíamos coincidido los tres, me había dado cuenta de que él no perdía ojo de aquella señora madura. Al final me habitué a estar pendiente de ella yo también, hasta que un día me encontré que ella estaba dirigiendo su vista hacia mí. En ese primer cruce de miradas me sentí violenta, pillada como si hubiese estado haciendo algo malo. Pero su forma de mirarme y su saludo cuando nos volvimos a encontrar al día siguiente me relajaron, haciéndome ver que posiblemente había encontrado una nueva amiga.
Empezamos a tener por costumbre el tomar un aperitivo reconstituyente al salir del gimnasio y ahí nos conocimos mejor. Poco a poco fuimos descubriendo aspectos más personales de nuestras vidas y nos fuimos enredando en una serie de confesiones muy íntimas. Casada y con una vida estable, ella era consciente que aún era blanco de la mirada de los hombres en el gimnasio. Eso era uno de los alicientes que le hacía volver a la aburrida rutina de los ejercicios, y acabó confesándome que cada vez elegía la ropa deportiva más sexy.
— ¡Tienes un culazo!
— ¡Anda ya! Esto es un gran invento —me dijo pasando la mano por el muslo hacia el glúteo, los leggings le sentaba de maravilla—, no ves la celulitis.
— Mi marido también te mira.
Lola hizo un gesto como si no supiese de quién le hablaba, pero realmente sí que sabía quien era él. Yo estaba acostumbrada a que mi esposo mirase a otras mujeres en el gimnasio, es algo natural, yo también miro a otros hombres. Así que le hice ver a Lola que no me importaba que la mirara, es más, la induje a lucirse más. Días más tarde me confesó que mi marido estaba cañón, que lo está, y más adelante me hizo ver que estaba abierta a nuevas experiencias... que no me excluían. La idea me resultó atractiva, excitante y delirante. Pero lo que empezó como elucubraciones infantiles, fue siendo recurrente en nuestras conversaciones. Hasta el día en que Lola ideó un plan, una encerrona para mi marido. Era descabellado, loco, pero ese día fuimos a comprar bañadores, los más sexys que pudimos encontrar. No fue hasta el último que me probé, que Lola no entró conmigo y me dio un fugaz beso en la boca. Deseaba perdidamente amar a esa mujer.
Así pues, mi marido estaba plantado en la puerta del dormitorio, sin atreverse a entrar, mientras que nosotras seguimos evaluando la compra. Lola me dijo que las braguitas del bikini contorneaban muy bien mi trasero. Pasó un dedo entre la tela y mi piel, para colocarlo bien. Yo me miraba en el espejo, pero pude ver cómo mi marido me miraba el culo y que ella lo miraba a él, y no dejó de mirarlo hasta que cruzaron la mirada.
— ¡No lo tienes bien puesto! Déjamelo a mi.
Desató la parte inferior del bikini, dejándome medio desnuda, con el sexo al aire. Mi marido y yo nos quedamos mudos, mirándonos sin poder reaccionar, pues ambos queríamos jugar, y no sabíamos llevar el ritmo de Lola. Más aún cuando ella se quitó sus braguitas y se puso las mías. No tuvo ningún reparo en mostrar su vulva frente a nosotros, y tampoco en ponerse algo que había estado tan íntimamente pegado a mí. Parecía una película porno barata, pero las intenciones estaban quedando claras. En nuestra desnudez, yo estaba algo descolocada, e intentaba a duras penas mantener la misma naturalidad que ella estaba mostrando en su descarado comportamiento. En sus anchas caderas mis braguitas eran aún más diminutas, y las ató con calma. Se ajustó la parte de la ingle hábilmente, y el relieve de su vulva quedó perfectamente definido en la tela. No podía dejar de mirar su sexo, y me preguntaba qué estaría haciendo mi marido.
— ¿Ves? —giró las caderas, sin ningún rubor al mostrar los glúteos con algo de celulitis—. Mira, te lo pongo yo y lo ves.
¡No me lo podía creer! Iba a hacerlo otra vez. Miré de reojo a mi marido, que me miró intentando arquear una ceja. Pegado a la puerta, era incapaz de mover un músculo y lo único que reaccionaba en él era su pene, que abultaba claramente en el pantalón. Lola se quitó las braguitas y me las puso. Exponía su sexo como si estuviese en una playa naturista, sin prestar atención al efecto de verla cubierta sólo con el top. Colocó la tela en mi ingle, tocándome con movimientos eficientes, pero tocándome.  Sentí en mi sexo la tibieza que el suyo había dejado en la prenda, y también que la había dejado indudablemente mojada, y supe que yo también lo estaba. Lola se sentó en la cama. Sus pechos, algo más grandes y blandos que los míos, se movían libres bajo el bikini.
— ¡Muy bien...! Date la vuelta... enséñanos ese trasero tan bonito que tienes... qué envidia me das, chica... échalo un poco para atrás... tienes una mujer diez, guapetón.
Con mi culo en pompa, Lola nos estaba guiando a un deseo incontrolable. Los miré por el espejo y ambos me estaban mirando el culo. Pasé mis manos por él. Se les cambió la cara a los dos.
— Ahora de frente.
Me di la vuelta y Lola me cogió la mano, acercándome a ella. Pasó el dedo por mi vulva, acertando de lleno en mi clítoris y bajando un poco.
— Así es como lo debes llevar, bien pegadito —retiró la mano.
— Hazlo otra vez —pedí.
— ¿El qué? —parecía que realmente no sabía de qué le hablaba.
— Lo del dedo, ahí.
Se acercó un poco más y repitió el movimiento, dos veces.
— ¿Sigo?
— No pares.
Lola se sentó al borde de la cama, abriendo mucho las piernas.
— Igual se mancha la colcha —me dijo muy poco preocupada.
— Ya se lavará.
Puso una mano detrás, entre la nalga y el muslo, acercándome a ella. Pasó dos dedos por la rajita, muy suave, haciendo que el clítoris se marcara más en el bañador. Los dos dedos subían y bajaban, apretando lo justo para rozar mi botoncito. Mi marido se acercó, pasando detrás de mí, acariciando mi barriguita. Nos besamos. Su bulto contra mis nalgas hizo que pasara mis manos hacia atrás, intentando bajarle los pantalones con poca eficacia. El terminó de pasar, desnudándose y haciendo que su verga erecta no le pasase desapercibida a Lola, que la siguió con la mirada. Se sentó detrás de ella y metió las manos por debajo del bikini, amasando los pechos. Lola cerró los ojos y volvió la cara hacia él, para besarlo igual que había hecho yo hacía un momento. Ella pasó entonces la palma por mi sexo, asiéndome bien la vulva para seguir acariciándome el clítoris con el pulgar. Soltó mi nalga y acarició la mano de mi marido, sobre el bikini.
Tiró nuevamente de mí, por mi pubis, acercándome a ella. Cuando pudo alcanzar mis pechos, me tiró del bikini hacia abajo, y me puse de rodillas. Su intención era clara, más cuando abrió su vulva con la mano y se quedó esperando. Nunca había estado con una mujer, pero había probado mi propio sexo al masturbarme o al hacerle felaciones a mi marido, tras penetrarme. Tenía la excitación de haber sido tocada por ella, y el deseo de probarla. Acerqué mi boca. Mi marido me miraba. Imaginé su verga muy dura en la espalda de Lola, goteando. Puse mis manos en sus muslos, abriéndolos, y lo probé. Tan parecido al mío, un sabor dulce y salado impregnó mi boca. Ahora sus manos estaban sobre las mías. Y un gemido acompañó al primer contacto de mi lengua con su clítoris, animándome a seguir lamiendo aquél órgano que se iba endureciendo por momentos. La sensación de sentirme extraña haciendo lo que estaba haciendo se fue diluyendo con mi saliva.
Lola pasó una mano atrás y le dijo algo a mi marido. Este se puso de rodillas y acercó el pene a la boca de ésta. Lola hizo malabarismos para mover la cabeza a lo largo de la verga, agarrándose a ella y acariciando mi nuca. Ver esa boca en su pene me puso a mil. Veía cómo lo hacía y entendí lo que ella quería realmente, yo chupo igual cuando estoy a punto de tenerla dentro de mi vagina. Pero esa verga no necesitaba muchos más estímulos. Metí el anular en ella, estaba muy mojado y me gustó su tacto meloso. Ya con el índice también dentro, fui entrando y sacando los dedos, girando la mano a la vez para prepararla para mi marido.
Lola se tumbó, quedando su mano en alto, masturbando a mi hombre. Abrió las piernas subiendo los pies a la cama, quedando su sexo completamente expuesto. La pobre tenía que estar aún más excitada que yo, montando todo ese numerito de los bikinis, así que no me hice de rogar. Me levanté y dejé vía libre a mi esposo, que se colocó en posición. Pasó el brillante capullo por los pliegues e introdujo el falo en tres golpes, haciendo jadear a nuestra querida amiga cada vez que entraba más dentro.
Me gustaba ver la gran verga de mi marido aparecer y desaparecer en ella, brillando cuando salía. Por cómo gemía, era evidente que Lola llevaba tiempo necesitando una de esas. Me acerqué a ella y nos besamos. No fueron mis primeros labios, pero sí mi primera lengua de mujer. Sabíamos a sexo. Puse mi mano en su vulva, quería ayudarla a gozar. Las embestidas de mi marido no nos permitieron besarnos mucho más, pero conseguí llevarme un pezón a la boca. Sus senos se movían violentamente, así como la piel de sus muslos.
Me preguntó al oído si mi marido aguantaba, y le dije que dependía del día. Quiso que me penetrara a mí también, pero decliné su oferta. ¡Lola estaba gozando tanto! Y mi marido era un martillo neumático. Mi amiga me pellizcó el pezón y volvió a traerme a ella, para besarme. Pero en realidad ella estaba gozando de él y yo no existía para Lola. No pudo fijar su vista en mí hasta que volví a frotar su clítoris con fuerza, a la vez que yo frotaba el mío, pues el sonido húmedo del choque de sus cuerpos me había excitado completamente. Me hizo un gesto para que me acercara otra vez, y me pidió que me subiera encima de ella, para que nos follara a las dos, eso dijo.
Me subí encima, pecho con pecho, sintiendo en mi zona baja los temblores que mi marido inducía en la piel de Lola. Con su cabeza moviéndose según la fuerza de las arremetidas, Lola abrió la boca, sacando la lengua entre jadeos. Se la lamí al instante. Mientras la sorbía, mi marido metió la verga en mi sexo de una sola vez. Lentamente, pero sin prepararme. No me dio tiempo de protestar, pues recibir un falo que acababa de salir de Lola me estaba haciendo temblar. Eran sus jugos con los míos, su calor, y su lengua dentro de mi boca. El pene de mi marido durísimo, taladrándome. Ahora era Lola la que estaba más centrada en besarme y yo la que sólo podía gemir mientras mis pechos parecían tener vida propia.
Tras unos minutos, la verga salió completamente de mí, y a renglón seguido vi cómo los ojos de Lola se hicieron más grandes y se ponían en blanco. Su cabeza volvió a moverse arriba y abajo, abriendo otra vez la boca. Me acerqué para besarla, pero se me cayó un poco de saliva antes de llegar a ella. Metió la lengua para tragarla y la sacó otra vez, y aproveché el momento para besarla desde la húmeda punta hasta sus carnosos labios. Mi marido empezó a jadear.
— No te corras dentro, cielo —dijo Lola.
Con un gesto me hizo a un lado y mi marido empezó a moverse muy frenético. La vulva de Lola estaba enrojecida, realmente nuestro hombre había aguantando mucho, y casi todo se lo había llevado ella. Sacó el pene rápidamente. Mientras salían chorros de él, Lola lo asió apretándolo bien y lo llevó entre sus pechos, haciendo que terminara emanando una densa masa blanca. Con el mismo gesto que me apartó, me volvió a poner sobre ella. Sacó la lengua, buscando inútilmente el semen que caía lentamente hacia su cuello, mirándome muy pícara. Me incliné e intenté recoger un poco con la lengua, pero como se me resbalaba, junté los labios y sorbí. Pegué mis labios a los suyos y fui dejando caer la leche de mi marido, que Lola dejaba entrar lentamente en su boca, pasando la lengua por mis labios, estimulándome aún más. Llevé una mano hacia su sexo, encontrándolo completamente abierto, mojado, y mis dedos se metieron en su vagina muy fácilmente.
En cuanto dejamos de besarnos, bajé a su sexo y lamí el clítoris con ardor, pues quería rematar la buena labor de mi esposo. Lola apretaba mi cabeza sobre la vulva. Se retorcía, movía las piernas, el vientre. El orgasmo que vendría iba a ser glorioso. Metí dos dedos en la vagina y aquello estalló en mi cara. Sus gritos, sus espasmos, su clítoris y sus pezones durísimos... fue demasiado para mí. Me subí a la cama y empecé a masturbarme con los dedos, y Lola me tomó el relevo, frotándome rápida y eficientemente para hacerme llegar a un fantástico orgasmo.
Nuestra amiga aún quería más. Mi marido estaba también echado en la cama, así que se puso a la altura de su verga y empezó a masturbarlo y chuparlo. Naturalmente, aquello no tenía ninguna consistencia, pero ella no se dio por vencida. Se sacaba el blando pene de la boca y lo masturbaba, me miraba en una invitación silenciosa y volvía a chupar. Besé a mi marido y me puse junto a Lola, intercambiando el pene en nuestro afán de luchar contra la naturaleza. La boca de una al miembro, luego la de la otra, después nuestras bocas juntas, con pene, sin pene... y éste empezó a crecer. Al poco, la mano de Lola recorría una verga ya erecta completamente y me miraba con ardor. Ponte a cuatro, me dijo.
Obedecí y empezó a lamer mi ano. Miré atrás y comprobé que no dejaba de masturbar a mi marido. Su lengua me provocó cosquillas al principio, luego un anhelo y finalmente un gran placer. Sentía su músculo moviéndose ahí detrás, dándome mucho gusto, pero en realidad esperaba ansiosa el pene de mi marido. Lola no se hizo esperar y lo metió con maestría, escupiendo y salivando, y sin dejar de masturbar hasta que lo hundió completamente en mí.
Creía que me iba a atravesar cada vez que llegaba al fondo, pues hacía mucho tiempo que no me la metía por ahí. Ambos lo estábamos disfrutando completamente. Echando de menos su calidez, me di cuenta de que la mano de Lola ya no sujetaba mi culo. Mirando atrás, la encontré al otro lado de la cama, vistiéndose, dejando la vulva para lo último en tapar, en un striptis inverso que aumentó nuestra excitación. Mientras que mi marido no cejó en su ritmo infernal, Lola se despidió con sendos besos en nuestras bocas. Oímos la puerta de la casa cerrarse y se hizo un silencio, roto por el leve sonido urbano que apenas entraba por la ventana y por el provocado por nuestros cuerpos fornicando. La verga entraba y salía frenética. Cerré los ojos y pegué la cara a la colcha, agarrándola fuerte con las manos, de mi boca abierta sólo salían gemidos. El tiempo se detuvo en un pletórico vaivén.

20.3.19

La app de vigilancia

La mañana en la oficina está siendo terriblemente tediosa. En nuestro departamento puede cambiar todo de un momento a otro, pero por la hora que es, parece que no va a ser el día. Aburrido de leer noticias en el móvil, me dedico a liberar memoria borrando archivos. Cuando me canso de eliminar fotografías y vídeos antiguos, me centro en revisar las aplicaciones, encontrándome una de la que había olvidado su existencia. Habíamos tenido un perro hasta hacía pocos meses, y cuando salíamos de casa sin él, nos preocupaba saber si estaba bien o no. Por eso instalamos una app de videovigilancia. Me da un poco de pena ahora que la vuelvo a ver. Me pregunto si seguiría funcionando y la activo.
Mientras espero a que se cargue la aplicación, me estoy arrepintiendo de ponerla en marcha, pues me pregunto qué haré si veo un ladrón en casa, si realmente querría saberlo. Por fin arranca y aparece el salón, afortunadamente vacío. Siento cierto alivio de que no hubiesen intrusos y me sonrío por lo tonto que puedo llegar a ser. Después de tanto tiempo, la app funciona perfectamente. Cambio a la cámara 2, pasillo. Nada. Qué aburrido debe ser esto de vigilar monitores, me digo. Pero me quedo mirando absorto el pasillo vacío de mi casa.
Y aparece Meli, mi mujer. No me la espero en casa, pues aún no debía de haber salido del trabajo. Recorre el pasillo del baño al dormitorio. Lleva una camiseta blanca de algodón muy ceñida que le llega hasta la mitad de las nalgas. No lleva nada más, nada de braguitas. No sé si me extraña más verla en casa o que esté semi desnuda. Puede que haya salido de la ducha, a su aire, como suele hacer... pero todavía no sé por qué no está en el trabajo. Se detiene en la puerta del dormitorio, con una mano apoyada en el marco y levantando ligeramente el pie.
No lo veo bien, pero parece que habla con alguien. Creo ver una sombra al otro lado del dormitorio. Una montaña de ira se va apoderando de mí. Sea quien sea el que estaba hablando con ella, le está viendo el sexo. He pillado a mi mujer con un amante. No puedo respirar. Intento cambiar a la cámara 3, pero no atino y casi se me cae el móvil al suelo. De pronto, una mano grande aparece detrás de la puerta. No puede ser la sombra, que está al otro lado. La mano la coge de la cintura subiendo de ese modo un poco más la camiseta y dejando el culo más a la vista de la cámara. Está con dos hombres. No, no puede ser.
Estoy muy cabreado, pero el morbo me impide moverme. Meli parece que habla con los dos, y ahora sus manos descansan en el pecho del que está tras la puerta. Termina el diálogo girándose y apoyando las manos en el marco. Sólo veo parte de su cuerpo y la cabeza saliendo al pasillo. Está inmóvil hasta que levanta la cabeza y veo la punta de sus pies abrirse. Lleva una mano a su entrepierna, que no veo, y vuelve a apoyarse en el marco. Empieza a balancearse. Unos pies más grandes aparecen junto a los suyos. Es el que está haciendo que se balancee. Mi respiración se agita. No puedo ver con quién está. Necesito ver quién es... quiénes. Intento cambiar a la 3. Tengo el móvil bloqueado. No me lo puedo creer. Sólo veo a mi mujer con medio cuerpo entrando y saliendo del dormitorio, penetrada. Y alguien al fondo, mirando igual que yo.
Me tranquilizo y vuelvo atrás. Consigo pinchar la cámara 1 otra vez. El salón. Recuerdo que es la única que tiene micro y subo el audio del móvil. Se oye algo. Oigo a la perra de mi mujer gimiendo. Me quedo observando el salón vacío con ese sonido de fondo. Pincho la 3, y sigue bloqueada. La 2. A mi mujer la están jodiendo al mismo ritmo que los gritos que había escuchado antes. Le gusta. Es una pedazo de puta. Y está el otro tipo. Pincho la 1. Ahora oigo los cuerpos golpeándose y a los amantes gimiendo a ritmo. Pincho la 3 y se activa.
Veo el dormitorio. Hay un hombre tumbado en la cama, nuestra cama, mi cama, masturbándose con una gran verga fláccida mientras mira cómo el otro, con las piernas algo dobladas, se beneficia a mi mujer. La puta de mi mujer. Con las piernas abiertas y de pié, por atrás. Pero el tipo tumbado me hace pensar en que si no está erecto es porque ya ha eyaculado. ¿Dónde se habrá corrido? Me voy a volver loco. Pero no puedo dejar de mirar. Me doy cuenta de que mi pene interpreta la escena de forma distinta.
Vuelvo al pasillo, veo la cabeza de Meli en ese sórdido vaivén. Cambio a la 1, sigo oyendo a mi mujer. Ahora a la 3. El pene del hombre está más tieso y está hablando. Los otros dos miran atrás, hacia él, y al poco mi mujer se saca la verga que la llena muy lentamente. Parece una profesional. Se acerca a la cama y se sube a los pies del hombre. Se pone a horcajadas, coge ese gran falo con las dos manos y se lo mete en la boca. Me estoy tocando a la vez que su cabeza hace estremecer al hombre. Sé que no dejaré de mirar la pantalla del móvil aunque quiera.
El otro hombre se pone junto a mi mujer y mete la mano entre sus glúteos, seguramente le está metiendo algunos dedos y ella no se inmuta, está muy entretenida con su felación. No la conozco. Estoy asqueado pero necesito seguir mirando. Por primera vez desde que entré a trabajar en esta empresa, cierro la puerta del despacho con el pestillo y vuelvo a mi asiento, pero tengo que levantarme al momento para bajarme los pantalones.
Cada vez que mi mujer levanta la cabeza se me hace interminable ver salir todo ese falo. Está inmenso, muy gordo. Ella parece toser, casi se ahoga con él. El tipo de los dedos en sus cuartos traseros dice algo y ella se vuelve diciéndole que sí. El hombre sube una pierna a la cama y mete la verga nuevamente en ella. Meli está tan excitada que no puede seguir chupando, y permanece agarrada al falo mientras los empujones del otro la zarandean. De vez en cuando consigue continuar brevemente la felación.
Pincho la 1 y se puede oí a la puta de mi mujer. Lleva varios minutos gimiendo la muy perra. Cambio a la 3, sigue como antes, pero el hombre tumbado se incorpora y toca el culo de Meli. Se levanta, la aparta del otro como si fuese una muñeca y se la introduce de una vez. Mi mujer agarra las sábanas y agacha la cabeza. El otro quiere seguir gozando de ella, así que se sube a la cama y, cogiéndola de los pelos, mete su pene en la boca. En seguida se la follan en armonía. Uno por detrás y otro por la boca. Mi mujer tiene que quitarse la camiseta por el calor. Lo que me deja perplejo es la forma en que se pasan a mi esposa de uno a otro, manteniendo su coño ocupado. Con mi polla en la mano, estoy muy excitado por todo y muy confuso.
La ponen en la cama, con las piernas en alto, sobre el pecho del que la está penetrando. Ella se frota salvaje el clítoris. El hombre le está dando muy fuerte y rápido. Parece que se va a correr. Meli separa un poco las piernas y el hombre la coge de los tobillos y se las abre bastante más. Mi mujer habla con urgencia y se queda con la boca abierta. El otro hombre le mete la verga, follándole la boca mientras le pellizca los pezones. Mi mujer convulsiona, se está corriendo y yo estallo también. Me doy asco. Pero el tipo que se la está follando no termina.
Mi mujer está más relajada, si se puede describir así, y el que la estaba penetrando por la boca, se baja de la cama, haciendo que se aparte el otro. Se le ve más alto. Mi mujer se limpia la cara y la vulva con la camiseta. El tipo parece que tarda en meterla y Meli lleva las manos los glúteos y los abre. ¡No me lo puedo creer! ¡Le va a dar por el culo a mi mujer! La rabia me domina. Cojo el teléfono de la oficina y marco el número, pero cuelgo enseguida: estaba llamando a la casa. Vuelvo a marcar, pero esta vez al móvil de ella. Se va a enterar esta puta. Suena la llamada. No veo ninguna reacción. De pronto, se incorpora y mira el móvil. Se pone de pie con urgencia.
— ¿Sí? —me dice. Debe de haber un retardo, porque mientras oigo su voz estoy viendo cómo se atusa el pelo y se pone el teléfono en la oreja.
— Hola, ¿qué tal la mañana? —la rabia contenida me seca la boca. El más alto se coloca detrás de Meli, y ella intenta apartarlo con poca convicción.
— Aquí como siempre, a ver si salimos a nuestra hora —el alto la coge de los glúteos y la alza. Sorprende a mi mujer, pero echa la mano hacia atrás para agarrarse a su cuello.
— Ya...
— Mmm.
— ¿Sí? — El otro hombre ha acercado y ha tomado el relevo sosteniendo a mi mujer. Meli se agarra fuerte a sus hombros, dejando vía libre al de atrás para que pueda meter su pene. Así que "mmm" era por eso. Algo se mueve en mi pantalón... soy incapaz de gestionar la situación.
— ¿Qué tal tu día? —a mi mujer no le llega el aire, pero el tono es normal.
— Con mucho trabajo. Quizás llegue más tarde —el tipo de atrás mueve sus caderas arriba y abajo mientras mi mujer está suspendida. El que la sostiene le suelta una pierna e intenta penetrarla también. Mi mujer está a punto de caerse y el hombre la vuelve a coger con las dos manos. Ahora es ella la que busca su pene y se lo introduce por delante. Mi mujer está abrazada por las piernas y un brazo al que tiene delante. El de atrás la mueve arriba y abajo.
— No te preocupes, cariño, nos vemos luego.
— Adios, guapa.
— Hasta ahora, cariño.
A "cariño" se la están follando por delante y por detrás, y tras colgarme es capaz de besar la boca del tipo que la sostiene. Después arquea la espalda un poco, y el de atrás, aumentando el ritmo de su bombeo, la agarra fuerte de los pechos y recibe la lengua de Meli en su boca. Quiero oírlos, pero no sé si la cámara del salón recogerá el sonido y tampoco quiero perderme nada. El de atrás se aparta de mi mujer al tiempo que un chorro de semen le da a ésta en la espalda. Ella pone los pies en el suelo y hace que la eyaculación termine en su torso, para acabar chupando el falo muy a fondo. El alto se retira al otro lado del dormitorio, y mi mujer se limpia con la camiseta la espalda, los pechos y ¡se seca el coño! Siento rabia, vergüenza y mucha excitación.
Meli va a la cama y se tumba con las piernas muy abiertas, recibiendo al hombre que falta por descargar. Mientras veo los brazos de mi mujer alrededor del cuello del hombre que la está penetrando, me doy cuenta que mi mano está dentro del pantalón, masturbándome mecánicamente, y paro. Tengo que pensar fríamente. Recojo la oficina y me preparo para salir. En un último vistazo a la cámara número 3, veo a mi mujer limpiándose los pechos con la camiseta. Al poco vuelve a pasarla por su sexo y el interior de los muslos.
Una hora más tarde llego a casa. La veo cruzar el pasillo desnuda, con la camiseta blanca en la mano en dirección al cuarto de baño.
— ¡Me doy una ducha y comemos!
Me va a estallar la cabeza. Aprieto los puños. Voy a decir algo pero no me sale la voz, sabiendo que en cuanto empiece a hablar la ira me desbordará. Necesito tiempo para afrontar esto de forma civilizada. Es pensar eso y volver la imagen de Meli con esos tipos, mientras hablaba conmigo. Otra vez la ira. Otra vez contar hasta diez, tomarme mi tiempo, intentar mientras tanto hacer como si todo hubiese sido un sueño. Me noto triste. Tras la comida nos envuelve el sueño, pero mi mujer pone su mano en mi pene. Empieza a moverla.
— Me apetece un poco... ¿quieres?
Estoy en un torbellino de emociones, la mayoría muy negativas, pero mi pene no entiende de cuernos. Me dejo llevar y estamos haciendo el amor hasta la hora de la cena. No recuerdo la última vez que estuvimos así. Los siguientes días seguimos con sexo intenso. Al principio a Meli le extrañó que le hiciese poner la camiseta blanca, pero esa prenda tan anodina acabó formando parte de nuestro ritual de apareamiento. He decidido que hoy le contaré lo que vi ese día.



7.3.19

El refugio

A mediados de enero mi marido y yo fuimos a pasar el fin de semana en una casa rural de media montaña. Como viene siendo habitual, yo no me decidí a hacer la excursión hasta unos días antes, y como castigo me tuve que encargar yo sola de elegir el lugar y hacer la reserva con premura y sin prestar atención a los detalles. Tras dos horas en coche, al fin alcanzamos nuestro destino. El entorno era precioso, más de lo que podíamos imaginar, y encontramos una casa moderna pero con un estilo rústico muy acogedor. En cuanto llegamos, me di cuenta de dos detalles que había ignorado hasta entonces. Uno fue la previsión del tiempo, con altas posibilidades de nevadas, como así ocurrió nada más apagar el motor del coche. El otro pequeño detalle era que compartíamos la casa con otros huéspedes. Intenté disimular mi decepción cuando me di cuenta de ese inconveniente, pues la idea era pasar unos días a solas, aislados de la sociedad.
Nuestros compañeros de casa resultaron ser otra pareja de mediana edad, que también habían venido a pasar un fin de semana de descanso. Eran muy discretos y nos tranquilizó saber que tendríamos, en cierta forma, la tranquilidad que habíamos ido a buscar. Aprovechamos lo que quedaba de tarde para ver el entorno blanqueado de nuestro refugio y más tarde compartimos la cena con nuestros nuevos amigos. Nosotros nos retiramos apenas acabamos los postres, pues arrastrábamos el cansancio de haber enlazado el trabajo con el viaje a la montaña.
Nos quedamos dormidos muy pronto, pero al cabo de una hora me desperté tras un mal sueño. A oscuras, me dirigí a la cocina para tomar un vaso de agua, pero antes de llegar oí un pequeño rumor que venía del salón. Cocina y salón se comunicaban, así que me quedé quieta para intentar reconocer del origen del ruido. Soy muy urbanita, y de siempre los bichejos del campo me han dado mucho pavor, da igual su tamaño. Lo que oí entonces fueron sonidos apagados, secos, pero húmedos a la vez. Aquello no me sonaba a un animal. Sea lo que fuere, estaba en la penumbra del salón, intentando pasar desapercibido. Me acerqué en el más completo silencio y asomé la cabeza.
En la mesita de la sala había una botella vacía de vino y dos copas a medias. En el sillón descansaba nuestro nuevo amigo, con los brazos extendidos en el respaldo, mirando a su ingle. En medio de sus piernas abiertas, su mujer estaba de rodillas frente a él, con la cabeza pegada y la nariz tocando su pubis. Reconocía una felación, pero no podía componer las piezas. No veía pene, sólo la cabeza pegada, inmóvil. Poco a poco fue subiendo, mostrando la verga erecta de su pareja. Me estremeció ver aparecer por su boca esa masa tan gorda, en una longitud que entonces parecía no tener fin, y sin prisas por liberarse de ella. Me pregunté qué se sentiría al meter un pene como ese tan dentro.
En cuanto la boca quedó libre respiró profundamente para tomar aire. Sus labios brillaban en la oscuridad, al igual que la verga. Vi aparecer la mano de la mujer desde muy abajo y se llevó los dedos a los labios para acabar chupándoselos. Miré hacia sus piernas y pude ver que no tenía los pantalones puestos, sólo llevaba el jersey térmico. Con esa misma mano mojada masturbó al hombre y volví a oír ese ruido seco y húmedo. A pesar de tener ya muy húmedo mi sexo, el pudor me estaba taladrando la cabeza pero era incapaz de volver a mi dormitorio. La mujer volvió a esconder la mano entre sus muslos, y al poco volvió a abrir la boca, ahogando un suspiro, y volví a escuchar otro ruido seco y húmedo, pero esta vez mucho más atenuado. Volvió a suspirar más fuerte y sacó la lengua, que llevó al labio superior. Suspiró profundamente antes de llevarse el glande a la boca y empezó a mezclar el sonido de su boca chupando con el de los jadeos ahogados.
Me di cuenta de que mi mano estaba dentro del pijama, tocando mi vello púbico y, ahora sí, decidí irme. En ese momento, la boca de la mujer empezó a succionar el falo, y fue bajando en pequeños golpes hasta que los labios tocaron la ingle. Verla hacer eso era hipnótico y muy excitante. El glande del hombre debía estar atrapado en su garganta. Me preguntaba si le dolería a la mujer, pero cuando ésta empezó a mover la cabeza, haciendo que el extremo del pene siempre estuviese dentro de su cuello, comprendí que no. Cuando la mujer sacaba la verga para respirar, de su boca húmeda salían jadeos e hilos de babas y semen. En cuanto tomaba el resuello, volvía a meterla hasta el fondo. Su mano, metida en la entrepierna, se movía frenética sin parar. La mía iba más lenta. En un momento dado, él llevó las manos al cogote de la mujer, acariciándola.
— ¡Ya viene! —jadeó el hombre.
Ella sacó la cabeza para poder respirar y mientras una mano seguía en su propio sexo, la otra agarró el pene y empezó a moverlo. En cuanto recuperó los niveles de oxígeno, introdujo buena parte del falo y empezó a succionar, esperando una eyaculación que estaba al llegar. El hombre empezó a mover las caderas y por los gemidos de ambos comprendí que su corrida ya había empezado. Ella siguió succionando y moviendo la verga un buen rato, hasta que mostró la boca vacía a su hombre. Este se acercó a ella y volviendo a cogerla de la nuca, se unió a ella en un largo beso, tras el cual, la mujer se tumbó en el suelo abriendo las piernas y él se arrodilló para terminarla en un intenso cunnilingus.
Eso no lo vi, porque volví muy excitada a nuestro dormitorio sin haber tomado ese vaso de agua. Me metí entre las sábanas y me tumbé boca abajo, tocándome el clítoris y buscando el pene de mi marido con la boca. No me costó endurecerlo. Mientras me masturbaba, intentaba recrear lo que acababa de ver. Primero me dieron arcadas, pero insistí, porque si ella podía, yo también. Mi marido ya tendría que estar despierto, pero se hacía el dormido. En mi tocamiento, iba frenando el momento de correrme, pues estaba muy motivada por mejorar mi técnica. Cada vez que el capullo tocaba mi campanilla, sentía la necesidad ancestral de alejarlo de mi boca. Al poco, y una vez superadas las ganas de vomitar, el sentir su verga recorrer libremente mi garganta me excitó más de lo que podía contener. Me sentía capaz de hacer cualquier cosa y quería probarme más. Mientras el pene me impedía respirar, podía sentir en él pequeñas sacudidas involuntarias producidas por la excitación de mi marido. Saqué buena parte y le hice eyacular a la vez que me corría, tragándome por primera vez en mi vida todo el semen que brotaba de una eyaculación. Me dio la impresión de que nunca acababa, pero cuando el flujo disminuyó, me atreví a jugar con su densa leche en la boca. Mi marido seguía haciéndose el dormido y no interrumpió mi exploración personal.
A la mañana siguiente, fuimos los dos a dar un largo paseo por los senderos silvestres cercanos a la casa. La nieve casi se había derretido y el cielo estaba despejado. El iba delante y se iba girando mirándome con una mezcla de complicidad y deseo, pues su vista se desviaba a mi monte de Venus. He de reconocer que yo llevaba un chándal muy ajustado, uno que elegí a propósito pues aún estaba influenciada por mi arrebato nocturno. En un momento dado me adelanté y en la primera cuesta complicada que nos encontramos, sus manos acabaron en mis muslos, para ayudarme a subir. Tal y como esperaba, y deseaba, que sucediese, esas manos terminaron pasando por mis glúteos y cintura. Era sábado por la mañana, y nos cruzábamos con otros excursionistas ocasionales, así que sus caricias duraban poco. Su pene cada vez ocupaba más volumen y yo sentía la necesidad de tener sus manos siempre sobre mí.
Nos hicimos a un lado del camino y nos besamos. Sin saber cómo lo hizo, sentí cómo sus fríos dedos tocaban mis glúteos, dentro de mi pantalón. Estaba a cien y deseaba hacer el amor con él. Sacó el pene y me hizo cogérselo, conforme le fui masturbando, más miedo me iba dando de que nos viese alguien. Aquello era superior a mí. Podía oír a los senderistas caminar cerca, aunque no llegaba a verlos. ¿Y si pasaba un guarda forestal y nos llevaba al cuartelillo? Cada vez estaba más asustada, pero también excitada. Mi marido se dio cuenta de que algo me bajaba la libido e intentó animarme, recordándome lo bien que lo pasó por la noche, lo cachondo que sería hacerlo al aire libre... no sirvió. Lo curioso es que me avergonzó más no ser capaz de seguir con la travesura que intentar hacerla. Reanudamos el camino y él intentó hacerme sentir cómoda quitando hierro al episodio. Yo estaba irritada por mi cobardía, pero pensaba que si nos hubiese pillado el guarda, igual me hubiese obligado a tener sexo con él para evitar la multa, compartiéndome con mi esposo. No le quise comentar mis fantasías para no animarlo inútilmente.
Aquella noche volvimos a cenar juntos los cuatro. Cada vez que veía a la mujer, no podía evitar mirar sus labios. Y con el hombre tenía que hacer un esfuerzo titánico para no mirarle el paquete. Estábamos todos muy animados y vaciamos una botella y media de vino antes de llegar a los postres. La mujer, que estaba en éxtasis saboreando unas fresas, las endulzó con leche condensada, con la mala fortuna de que se manchó la barbilla. Ella estaba ensimismada con el postre y no se dio cuenta, pero aquel denso hilo blanco atrapó la mirada del resto de nosotros. Mi marido me miró, enrojecido por el deseo y la culpa, y le hice ver que comprendía la sensualidad de la escena. El otro hombre le indicó a su mujer que se había manchado y esta sacó la lengua, creyendo que con eso bastaba. Naturalmente, aquello aumentó nuestro deseo, pues su húmedo músculo apareció enorme, ágil. No me explicaba cómo podía caber en su boca. Su esposo le hizo saber que aún tenía dulce más abajo y ella acabó pasando el dedo y éste a la boca, en un gesto totalmente inocente inducido por su apetito. Aquello fue el gran final de esa pequeña exhibición sexual. La mujer nos miró abriendo mucho los ojos, y temí que fuera consciente de nuestra perversa visión.
— ¡Es increíble lo buenas que están, y eso que todavía no es tiempo de fresas! —dijo para mi alivio.
La conversación derivó hacia los sentidos, en especial sobre cómo el olfato puede hacerse incluso más protagonista que el gusto. También mencionamos las texturas y las sensaciones tan subjetivas que generan. Entonces iniciamos un juego y me tocó ser la protagonista. Me vendaron los ojos y tenía que adivinar qué comida me daban a probar, para ello tapamos también mi nariz para que no pudiese tener la ayuda del olfato. A ciegas, abrí la boca. Seguí las indicaciones que me daba la mujer, a saber, que sacara la lengua y tantease con ella el alimento, que lo chupase ligeramente, que lo mordiese y, finalmente, que lo tragase. El primer trozo era de una mandarina, y aunque lo adiviné muy pronto, seguí el juego hasta el final. Sabía que ellos miraban mi boca abierta y dócil, a la espera de la pulpa de un trozo de fruta. Era consciente de que miraban cómo mi lengua tocaba la jugosa y dulce carne. El tercer alimento era duro y áspero, pero su forma me fue familiar. Esta vez la mujer pasó el trozo por mis labios, de un lado a otro, haciéndome cosquillas. Me hizo sacar la lengua y colocó el objeto en el extremo y lo movió hasta mis labios, repitiendo el movimiento hasta hacerme sentir cosquillas nuevamente. Finalmente lo introdujo a medias en mi boca y me hizo chuparlo. Era una fresa. Comprendí que me había hecho chuparla como si fuera un la cabeza de un pene y me puse muy colorada. No obstante, a pesar de haber identificado la fruta, oculté mi descubrimiento para ver hasta dónde llegaría el juego. Volvió a repetir el movimiento de la fresa en mis labios, pero esta vez puse la boca más receptiva. Estaba segura que los demás estaban tan cachondos como yo en ese momento. Para la siguiente prueba me hizo sacar la lengua todo lo posible, y me hizo pasarla por medio de una pulpa muy carnosa, blanda y suave. Sólo pude averiguar que era una fruta muy dulce.
— ¡Bueno! Creo eso ha sido toda una experiencia extrasensorial —dijo nuestro compañero de casa dando por terminado el juego. Nos reímos todos mientras mi marido me quitaba la venda.
Mientras apuraba mi copa de vino, ellos empezaron a recoger. Vi sobre la mesa las frutas que me habían ido dando y comprobé que lo último había sido un higo abierto. Higo que la mujer me había hecho lamer como si fuera una vulva. Eso explicaba el silencio sepulcral que reinaba mientras lo hacía. También vi que junto a él había un plátano a medio pelar, preparado para el juego, y comprendí que el hombre interrumpió la sesión a propósito. Sin embargo, la mujer y mi marido habrían continuado, llevando el falo frutal a mis labios, mi lengua, y posiblemente lo habrían hecho desaparecer en mi boca. Sorprendentemente para mí, no me molestó. En cierta manera le debía una a mi marido por haberlo encendido esa la mañana en nuestro paseo sin haber llegado a nada después, y sabía que esto lo compensaba en cierta manera. Mientras despejábamos la mesa, la mujer cogió unas cerezas que también habían entrado en el juego y, sosteniéndolas por el pedúnculo, las mojó en licor y las lamió en alto como preludio a su ingesta final. Ni a mi marido ni a mí se nos pasó por alto la destreza exhibida en el uso de la lengua jugando con las dos bolitas.
Nos sentamos junto a la chimenea para tomar unas copas. Su luz cálida y el ambiente distendido hizo que la sensualidad de la cena continuase entre nosotros. Estábamos muy a gusto, relajados, y una melodía destacó entre las canciones que se oían de fondo. Habíamos bailado muchas veces al son de aquellos acordes y, sin pensarlo mucho, me levanté e hice que mi marido me siguiese para que me cogiese de la cintura para empezar a bailar muy juntos. La otra pareja se unió a nosotros y seguimos así canción tras canción. Nuestro amigo me pidió para bailar e hicimos un cambio de parejas.
Observar a mi marido agarrado a aquella mujer fue excitándome poco a poco. Cuando me di cuenta, yo también estaba muy pegada al hombre y pude notar su erección creciente. Estaba muy excitada, y pensaba en aquella mujer lamiendo el escroto de mi marido igual que había hecho con las cerezas bañadas en licor. Pensé en mí chupando el pene del hombre tal y como había hecho la noche anterior con el de mi marido. Pero a la vez sabía que mi propia inseguridad y mi enfermizo pudor me impedirían llegar a más, a pesar de estar convencida que los otros tres sí serían capaces de dar ese paso. Desanimada, me fui enfriando poco a poco, hasta que se me ocurrió una idea.
Le dije al hombre que me vendase los ojos, como en la cena. Sin embargo fue mi marido quien se puso atrás y me los tapó con el mismo pañuelo de antes. Cuando retiró las manos, las llevó rozando por mi espalda hasta la cintura, erizándome completamente. Seguí bailando con el hombre. Podía ser mi percepción, pero algo había cambiado en la forma de cogerme la cintura, como si sus manos se hubiesen hecho más grandes o me agarrasen mejor. Me pegué más a él, respirando profundamente y rezando para no meter la pata y salir huyendo de la estancia.
Oí un pequeño chasquido y supe que la otra pareja se estaba besando. Me agarré más al hombre, muerta de miedo y de excitación. Mi pareja de baile fue muy inteligente y no cedió a su más que evidente excitación, pues cualquier paso en falso me hubiese hecho reaccionar rompiendo la magia del momento. No obstante, sus manos cubrían mi espalda y mi cintura, en una libertad de movimiento que sólo había conocido en las manos de mi marido. Los chasquidos de los besos ajenos se hacían más húmedos en mi conciencia, y se les unió pequeños suspiros y cierto roce extra de ropa. El hombre se separó y hubo un cambio de pareja.
La mujer se pegó a mí y me agarró de la cintura, cerca de las costillas. Yo no podía dejar de sonreír, muy nerviosa. Esas manos, más pequeñas que las otras, me daban menos calor, pero no se separaron de mí en ningún momento, y fueron muy precisas en su movimiento. Nos pegamos completamente mientras nos mecíamos y su mejilla rozó a la mía, con su boca muy cerca al lóbulo de mi oreja. Pasó los brazos por mi nuca pero unas manos empezaron a desabotonar su camisa, apartándola ligeramente de mí. Podía notar esos otros nudillos moverse, rozando mis pechos mientras iban bajando poco a poco. Los dedos de la mujer acariciando mi nuca y su aliento a unos centímetros de mi boca me hizo ver que, al fin, yo ya había cruzado el umbral. Separó los brazos el tiempo justo para quitarse la camisa, volviendo a mi cuello en unos suaves zarandeos que identifiqué con la pérdida equilibrio al desprenderse de los pantalones. Cuando terminó, se acercó a mi boca y me besó. A pesar de no poder verla, no me sorprendió el contacto. Acaricié su cuerpo, completamente desnudo salvo por el sujetador, que aún seguía en su sitio. Su tacto y sentir su lengua dentro de mi boca me hizo gemir.
Me empezaron a tocar desde atrás. Recorrían mi cuerpo con masculina brusquedad, a cuatro manos. A diferencia de la mujer, que había acudido a la velada en vaqueros y camisa, yo llevaba un atuendo más sport, con unas mallas y una camiseta de lycra, de tal manera que los hombres me tocaban como si ya estuviese desnuda. Me quitaron la camiseta y el sujetador prácticamente a la vez. Y mientras unas manos me agarraron los pechos, intentando abarcarlos, las otras me quitaron los pantaloncillos y las braguitas. Hice que la mujer se acercara otra vez, y su calor en mi torso me animó a besarla nuevamente.
Seguía sin ver nada, pero tenía una boca a cada lado de mi cuello besándome, otra compartiendo su lengua con la mía, y una infinidad de manos recorriendo mi piel. Dedos fuertes de distintos cuerpos apretaron mis pechos, y los dientes de la mujer soltaron mis labios para morderme los pezones. Yo gemía cada vez más fuerte y eché las manos hacia atrás, buscando las vergas que me estaban rozando, encontrándolas completamente erectas. Empecé a masturbarlos y la mujer dejó de chupar mis pechos, yendo a mi sexo, así que separé los pies para abrir ligeramente mis piernas. Mientras la lengua de ella recorría mis pliegues con sus manos sujetas en la parte posterior de mis muslos, me di cuenta de que los penes que estaba tocando eran similares en tamaño, pero uno destacaba sobre el otro: estaba mojado. Comprendí que lo habían chupado muy recientemente, pero la mujer llevaba mucho tiempo conmigo... descarté la idea de que lo hicieran entre ellos, a mi marido no le iban esas cosas ¿o sí? Me convencí de que seguramente era semen o una enorme cantidad de líquido preseminal. Pero... tenía un falo en cada mano y una lengua de mujer recorría mi vulva. Y estaba disfrutando como nunca. Me dio igual que se hubiesen hecho un oral entre ellos, yo lo hubiese hecho y en ese momento me lo estaban haciendo. Comprendí que había eliminado otra capa de moral de salón que no aportaba nada a mi vida.
A ciegas, con un pene en cada mano, giré la cabeza y busque una boca, que me besó con ardor. Luego la volví al otro lado y otra boca me recibió con la misma pasión mientras la otra me chupaba el cuello. Me puse de rodillas, me llevé brevemente ambas vergas a la boca, y me di la vuelta hacia la mujer, tumbándola y junté mis labios a su vulva. Olía a sexo y estaba mojado. Era mi primera vez, y lo lamí de la misma forma en que me gusta que me lo hagan cuando me hacen un oral. En esa postura, dando la espalda a los hombres, me quité al fin la venda. La mujer mantenía el sujetador, pero los pechos estaban fuera de ellos, apretados, y le estuve pellizcando los pezones hasta que pude oír sus gemidos. Mi marido quiso darme el relevo, pero no le dejé, pues quería que ella se viniese en mi boca. Se quedó de rodillas junto a mí, viéndome saborear a otra mujer. La lengua del hombre entró  entonces en mi vagina. Cogí la mano de mi marido, le lamí un dedo, que introduje en la vagina de la mujer. En cuanto pudo sentir lo mojada que estaba, lo saqué para volverlo a lamer y lo llevé hacia atrás. Comprendiendo lo que quería de él, la falange llegó a mi ano y empujó, apretando hasta que introdujo la punta. Luego lo mojó en mi vagina, peleando con la lengua que me estaba penetrando, y volvió a introducirlo por mi puerta trasera. La lengua y el dedo me hicieron gemir mucho, y eso fue demasiado para la mujer, que empezó a correrse, al fin, mientras mis dedos dentro de ella y mi lengua en su clítoris intentaban no salir despedidos de su sexo.
Con el dedo siempre metido en mi ano, mi marido introdujo el pene en mi vagina, sin darle tiempo al hombre de apartarse. Tras hacerme gemir en varias embestidas, lo sacó para abrirse paso en mi culo. La fue metiendo lentamente hasta llegar al fondo, para retroceder lentamente, hasta sentir la corona de su capullo en el ano y volver con más celeridad hasta fondo. Mis gemidos cada vez eran mayores.
— ¡Fóllame fuerte! —dije. Me sentía muy bien con la pareja y me salió natural ser tan efusiva, a pesar de que no suelo usar ese lenguaje con mi marido.
La mujer se incorporó y se acercó a mí con los ojos encendidos, besándome muy apasionada, salivando en exceso, demasiado, y la recibí con el mismo ardor. Mi marido tampoco se esperaba oírme decir eso y lo noté más vigoroso. El hombre intentó volver a lamerme la vagina, pero el movimiento de mi marido era muy potente, así que elevé más el culo, con mi cara tocando el suelo y mis pechos calentando la fría losa. Pude sentir la lengua en mi sexo, pero no fue posible mantenerla ahí mucho tiempo. La mujer me habló al oído.
— Me ha puesto muy cachonda oírte, me gustaría escucharte más, pidiendo que te follen y eso...
— ¡Ah, ah, ah! —era lo único que podía decir con esa verga metida atrás.
— ¿Te gustaría? Lo de hablar guarro... que pidas polla.
— ¡Me gusta tener tu polla en mi culo! ¡Ah, ah, ah! ¡No la saques, cariño! —cuatro manos me agarraron las nalgas mientras mi marido me sodomizaba.
— ¡Qué puta eres! —me susurró la mujer—. ¿Te puedo hablar así?
— ¡Ah, ah, ah! ¡Dame duro! —fue lo que alcancé a decir. La mujer me lamió la cara.
— Vas a ser una buena puta ahora.
— Sí, una buena puta —repetí entre gemidos.
Las cuatro manos seguían en mi trasero y miré atrás. Mi marido movía frenético las caderas, y el hombre estaba detrás de él. Debía tener su pene dentro de mi hombre, o quizás estaba frotándolo entre sus testículos. Esa noche no había límites para nadie. Me saqué la verga que tanto placer me estaba dando.
— ¡Quiero la otra polla, en mi culo!
Mientras mis deseos se hacían verbo y penetración, puse a la mujer a cuatro frente a mí y lamí su ano. También fue la primera vez que hacía lo que algunas veces mi esposo me había hecho a mí.
— ¡Sí, cómeme el culo, puta!
El sabor amargo y seco inundando mi boca, mi consagración de puta en celo, y esa verga desconocida fornicando un agujerito que había usado tan pocas veces, me hizo venirme. Empecé a manosearme la vulva al inicio del orgasmo y ya no paré de tocarme mientras tuve ese falo dentro. Esta vez tenía sólo dos manos en mis caderas y aparté mi lengua, metiendo un dedo en el ano de la mujer. Miré desde abajo, y entre mis pechos pude ver que mi marido estaba penetrando al hombre mientras este me penetraba a mí. Volví a llevar mi lengua dentro de la mujer, muy excitada al formar parte de ese tren anal.
— Me voy a correr —dijo el hombre en una especie de ruego o permiso por eyacularme.
La mujer me miró, para saber qué quería hacer y le hice un gesto de aprobación.
— ¡Córrete en la puta! —dijo ella.
— ¡Córrete, cabrón, no me dejes así! —dije.
— ¡Córrete dentro del culo de mi mujer! —dijo mi marido.
— En mi culo de puta...
Con mi marido habíamos intentado hablarnos así, pero me había sentido muy ridícula. Pero esa noche fue distinto. Pude ver la excitación de la mujer, que aumentaba por momentos, buscando mi cara con su culo mientras se metía frenética dos dedos en la vagina. El hombre empezó a eyacular y jamás pensé que se pudiera sentir ese chorro caliente inundando el recto. Mientras se vaciaba completamente, me erguí un tanto y metí dos dedos en el ano de su mujer. En cuanto terminó, cogí la mano de mi marido para que cambiase un ano por otro. Yo misma introduje su verga hasta el fondo, mientras lo besaba ansiosa.
Con tanto estímulo, mi marido estaba aguantando mucho e intenté apartarme para descansar y dejar que terminara en la mujer, pero me sujetó del brazo y me hizo ponerme junto a ella, en la misma posición, a cuatro las dos. Ahora tenía su cara junto a la mía, gimiendo, mirándome a duras penas. Me pegué a ella y nos besamos, intentando con mis mordiscos que su cabeza no se moviese al ritmo de mi marido. Este cesó su arremetida y procedió a introducir su verga nuevamente en mi culo.
— Dame tu polla, cariño.
Mientras ahora era yo la que estaba siendo arrastrada por su movimiento, pensé en lo poco que habíamos hecho el anal hasta entonces, y en cómo aquellos penes ahora entraban tan fácilmente en mi puerta trasera. Comprendí que eyacularía muy pronto, y en mi ardor conseguí meterme dos dedos en la vagina. Sus embestidas acabaron con un buen chorro dentro de mí, el segundo.
Mi marido se fue al baño y a la vuelta se puso a charlar con el hombre, desnudos y con una copa por delante. Mientras, la mujer me besó dulcemente y estuvo lamiéndome con mucha minuciosidad aquellas partes que habían sido cubiertas por nuestros hombres.
— Lámeme bien el culo, mi culo de perra—pude oír sus dedos frotar su sexo frenéticamente y sentir la lengua traspasar mi ano—. Toda esa leche es para ti —cada vez que yo abría la boca, aumentaba la intensidad de nuestra excitación. Esta Alicia me estaba gustando mucho y me prometí no perderla.
Cuando acabó, nos tocó a nosotras hacer un breve descanso, pero yo me había quedado con más ganas de gozar con un pene en la vagina. El hombre estaba sentado en un sillón, así que me acerqué y de rodillas ante él le hice una felación, buscando la erección. La verga blanda no reaccionó hasta que su mujer no empezó a masturbar a mi marido, que sí respondió con más celeridad. Ella lo hacía magistralmente mientras dirigía el falo hacia nosotros, con la verga en una mano y la otra cubriendo los testículos.
En cuanto la que yo tenía en la boca se hizo sólida, me subí encima. La sujeté con la mano, puse la punta a la entrada de mi vagina y me dejé caer. Empecé a moverme. Mis pechos rozaban su cara, los pezones tocando a cada vez las mejillas. Sentí cómo lubricaba cada vez más e intenté que mi pubis rozase lo máximo en el suyo. La mano de mi marido me tocó la cadera y me paré. Se situó detrás de mí con una pierna entre las nuestras y la otra subida en el sillón. Su verga se abrió paso en mi ano tan fácilmente como había ocurrido minutos atrás. Podía sentir cómo los penes convergían en mi interior y cuando mi marido empezó a moverse, pude sentirme muy apretada entre los falos, en una competición para ver cuál me hacía gozar más.
Me abrían entre los dos como si fuesen autómatas poseídos de lujuria. A veces se producían interrupciones porque alguna de las vergas acababa saliéndose. Yo no dejaba de gemir como una perra en celo. Así era cómo me sentía, como una perra, una perra que goza. Le había dicho a mi marido tantas veces que no quería tener sexo en situaciones extravagantes, cuando en realidad era el miedo y la vergüenza los que me habían impedido disfrutar del momento, que oír mis propios gemidos en voz alta expandían mi excitación.
El hombre sugirió que fuésemos al sofá. Allí se tumbó mi marido y yo me subí encima, recibiendo la otra detrás. Esta vez el único que se movía era el hombre. Mi marido me confesó más tarde que podía sentir la otra verga a través de mí, y que los testículos chocaban con los suyos a cada vez. Yo me hubiese quedado en esa postura toda la noche, y besé a mi marido mientras aquel falo ajeno me estaba haciendo llegar a un lento orgasmo.
La mujer se acercó y se subió a la cara de mi hombre, dejándose lamer mientras me acariciaba la nuca. Yo tenía la cabeza entre sus pechos, rozando sus pezones con mis labios sin llegar la chupárselos. Me subió la cabeza y nos besamos. De forma clara, y tras lamer un par de dedos, se llevó la mano atrás, seguramente para preparar el ano. Me sacó del sofá, ocupando mi lugar, y dejé a los tres gozarse solos, mientras yo me masturbaba acercándome lo que podía para ver cómo la mujer era penetrada por los dos hombres.
En los descansos tomábamos más alcohol, mezclando vino y ginebra, y creo que algún reconstituyente en forma de pastilla. Lo que ocurrió el resto de la noche se me hace muy confuso, y recuerdo episodios a modo de flashes. Sé que la mujer se metió el cuello de la botella de Rioja en la vagina, entrándola y sacándola moviéndola como si fuese un destornillador, y luego me dio a beber de ella, haciendo que el vino saliese a borbotones de mi boca, mojándome entera para que después se me echasen encima para envolverme en lametones. Las bocas succionaban mis pechos y mi ingle, pero el vino hizo que mi percepción táctil se atenuara, obligándolos a ser más voraces en sus atenciones. Varios dedos entraron en mis orificios, puede que parte de la botella.
Recuerdo verme subida sobre el hombre, moviéndome y haciendo que su gorda verga se deslizara en mi vagina. Mientras gemía y me tiraba de los pezones, pensaba que a esa altura de la noche nos iba a costar corrernos a los dos. Entonces vino la mujer y puso su mano entre mi sexo y el vientre de su hombre, haciendo que me rozase en sus nudillos a cada movimiento. Mientras, se puso a chupar los pezones de su pareja mientras miraba mi sudado cuerpo moverse, con la otra mano metida en su entrepierna. Mi marido se acercó. Creía que iba a penetrar a la mujer, que estaba en cuatro, pero, dando un rodeo, metió la verga en la boca del hombre. Este se la agarró por la base y los testículos, iniciando una apasionada felación y haciendo que el pene que me taladraba a mí se hiciese más grande.
La mujer abandonó el pecho de su marido y compartieron entre besos la verga de mi marido. Finalmente, con los testículos en la boca del hombre y el falo en la boca de la mujer, mi marido miró al techo, en éxtasis. La mujer sacó el pene y besó a su marido, compartiendo el poco semen que pudo recibir, haciendo que éste eyaculara en mí. Seguí moviéndome hasta que la verga dejó tener la consistencia suficiente como para seguir, y caí rendida en la cama, quedándome dormida ya hasta bien entrada la mañana.
Tras el desayuno, nos intercambiamos los teléfonos y nos despedimos. Ellos se fueron los primeros y mi marido y yo nos quedamos a solas. Nos reímos y nos besamos. Hicimos el amor vestidos como estábamos, con la ropa arañando nuestra piel. Después, y por una vez, terminé mi maleta antes que él y lo esperé en el salón. Me había sentado en el mismo sitio donde vi al hombre la madrugada del viernes. Abrí mis piernas y pensé en qué veía él con su pareja en medio de ellas, chupándole el pene. Miré hacia delante y vi el mueble con su puerta de cristal. Tal y como nos indicaron, ya habíamos cerrado ya las persianas de la casa y estaba todo a oscuras. Vi el reflejo del pasillo en la puerta del mueble, y vi que una débil luz lo mantenía en una apagada penumbra. Vi la silueta de mi marido pasar por el mismo sitio en el que yo había estado mirando a la pareja y comprendí que el hombre no miraba a su mujer cuando eyaculó en su boca esa noche. Me levanté haciendo sentar a mi marido en el sillón y le advertí que saldríamos un poco más tarde. Me puse de rodillas y me recogí el pelo.

17.2.19

Asuntos pendientes

El pasado viernes ocurrió algo especial. Tenía toda la tarde libre, así que la dediqué a hacer algunas compras. Quiero decir que estuve varias horas entrando y saliendo de tiendas de ropa, hasta que el agotamiento y el dolor de pies se apoderó de mí. Antes de eso, mientras hacía cola para pagar en una de ellas, vi al otro lado del escaparate a un amigo de mi hijo, que miraba distraído hacia dentro. No le presté demasiada atención, pero veinte minutos más tarde me lo volví a encontrar en una situación muy parecida. Mientras esperaba mi turno, pensé jocosa que quizás me estaba siguiendo, pero deseché la idea porque no tenía sentido que me espiase. Fue al salir de la última tienda cuando nos cruzamos y se paró a saludarme.
La conversación era insustancial, sobre cómo le iba a mi hijo, sobre él, nada que no supiéramos los dos. No obstante, su nerviosismo y las pocas prisas que tenía por irse, me hizo ver que realmente el chico tenía cierto interés en estar conmigo. Me invitó a tomar un café y me hizo gracia la voz engalanada que puso al hacerlo. Así que quería seducirme. La simple idea de que un chico de su edad mostrase interés en mí me halagaba y me predispuso a jugar con él.
Mientras hablábamos estiraba la espalda todo lo que podía, para que mis pechos se subiesen unos dedos. El pobre no sabía dónde poner los ojos, pero moviendo mis manos iba dirigiendo su mirada a cada parte de mi anatomía. Las ponía en mis muslos, tocaba ligeramente los suyos, me los acercaba a los pechos. Me preguntó por la ropa que había comprado, y de entre las bolsas destacaba una de una conocida cadena de ropa interior. Dejé esa la última, aumentando sus expectativas. Le enseñé sin sacarlas de la bolsa las cajitas con braguitas, liguero y medias de encaje.
— ¿Te sueles poner lencería? —me preguntó para arrepentirse enseguida.
—¡Por supuesto! —le contesté asombrada por haberlo puesto en duda—. A pesar de mi edad me gusta ir todo lo guapa que puedo. Algo hará ¿verdad?. Es evidente que no tengo el cuerpo de las chicas estas de la foto pero...
— Eres muy guapa, quiero decir, que eres muy atractiva —el pobre no daba pie con bola—. Tienes una figura muy bonita —dijo recomponiéndose.
Pensé que a esas alturas de la velada, mi joven amigo tenía material suficiente como para tocarse en la intimidad. Seguramente ya lo habría hecho antes por mí. Reconduje la conversación.
— Me suelo poner esto una o dos veces por semana. Me gusta mucho sentir su tacto en mi piel, y a mi marido le encanta también que me lo ponga.
— Tu marido es muy afortunado...
— Eres muy amable.
Cruzamos nuestras miradas y nuestras manos se tocaron varios segundos.
— Eres muy... muy... ¡Podría ser tu madre! —corté deliberadamente su atrevimiento, pero luego fui amable con él.
Cuando acabamos el café, insistió en pagar. También se empeñó en acompañarme hasta el coche. A mitad camino, qué casualidad, pasamos por su casa. Me invitó a subir para tomar una copa. Cada vez me resultaba más tierno y se hacía más joven a mis ojos. A diferencia de mi hijo, él seguía viviendo con sus padres.
— ¿No será muy raro que suba contigo, salude a tus padres, y luego entre en tu cuarto a tomar esa copa?
— Estoy solo este fin de semana. Venga, sube y descansa un poco antes de volver a casa.
Así que subí con él. Una vez arriba me puso la copa, pero siguió mostrándose muy nervioso. Estaba claro que no sabía cómo entrarme, con miedo de espantarme. ¿Cuánto tiempo llevaría con la idea de seducirme? Lo conocía desde que tenía unos dieciséis, hacía muchos años de eso. Yo también estaba nerviosa, pero verlo a él así me tranquilizaba. Yo había subido por la misma razón que él me había invitado, y las cosquillas que sentía dentro de mis braguitas me indicaban que por mi parte la fiesta podía empezar. Como la situación estaba siendo algo incómoda, le dije que me enseñara su habitación.
Entramos. Era como la de todos los chicos, con cosas de su pasado que seguramente deje ahí en cuanto abandone el nido. Me senté en la cama, apoyándome en los codos, dejando que él mirase mi cuerpo yacente. Supe entonces que no me iba a ir de ahí sin haber probado al chico. Le dije que encendiera el ordenador, que quería ver una cosa. Me senté en la silla y abrí el navegador. Le dije que quería que pusiese porno.
—¿...porno...? —se hizo el tonto.
— Sí, lo que suelas ver.
Me puso una página y entre todos los vídeos que aparecieron, pinché en uno cualquiera. El se puso junto a mí, con el pene muy cerca de mi cara. Luego le pedí que me pusiese alguno de sus preferidos y usó su clave de usuario. Ahora aparecieron muchos con doble penetración y penes en la boca, todo muy prosaico. Pero un poco más abajo encontré algo más sustancioso. Pinché en un vídeo de una mujer que aparentemente pillaba a su hija o algo así con el novio.
Comencé a hacer comentarios un tanto cándidos y a la vez picantes. El bulto en su pantalón se hacía más grande y me desabroché la blusa en silencio, hasta el ombligo. Se puso detrás y metió las manos dentro del sujetador. Me manoseó los pechos a placer, tocándome y apretando con rudeza, pero poco podía hacer habiendo tan poco hueco. Sus manos parecían estar atrapadas en mi sujetador. Le pedí que me chupara el cuello con cuidado, y se inclinó sobre mí, desde atrás, liberando así mis pechos de sus ansiosas manos. Su lengua y sus labios me erizaron la piel, acercándose poco a poco a mi boca. Cuando nuestras lenguas se encontraron, volvió a cogerme los pechos de esa forma tan necesitada, así que lo interrumpí. Con cierta dificultad los saqué, poniendo al límite la resistencia del sujetador, dejando los pezones a la vista. Llevé sus dedos a ellos y nos volvimos a besar. Primero me los acarició con cuidado, pero al ver lo pronto que reaccionaban con sus estímulos me los apretó suave, luego más intensamente. Se pusieron muy gordos enseguida y me los apretó fuerte, cada vez más. Con su lengua dentro de mi boca, gemía calentándolo más, haciendo que sus pellizcos fuesen más intensos.
Me puse de pie frente a él y me quité la blusa. Luego desabroché el sujetador y le advertí que la gravedad actuaban en mis pechos de forma distinta a como los veía en los vídeos, pero a él no le importó, pues se abalanzó sobre ellos, chupándolos con fuerza, con más ganas que habilidad. Yo tenía ya una gran necesidad de sentir esa vigorosidad dentro de mí, pero seguí jugando con él. Succionaba como un animal, y le pedí que se metiese todo el pecho que pudiese dentro de la boca, y tragó lo que pudo poniéndose muy colorado. Después le dije que usara los dientes para apretarme los pezones. Creía que le iba a estallar el pantalón.
Me senté en la cama y bajé la cremallera de la falda. Doblé un poco las rodillas para mostrar algo de muslo.
— ¿Quieres que lo hagamos con o sin zapatos?
No se esperaba esa pregunta. Si hubiese sabido lo que iba a ocurrir me hubiese puesto unos tacones más altos esa tarde, pero los que llevaba no estaban mal. El chico no sabía qué responder, le devoraba el deseo y el pánico a ser descortés. Tomé la decisión por él y me bajé la falda. Me quedé semi desnuda, con el panti marrón puesto, las braguitas negras debajo de éste y los zapatos puestos. Sabía que mi aspecto había quedado entre sexy y sórdido, pero estaba demasiado cachonda como para detenerme en ello. Le bajé los pantalones y una buena verga apareció ante mí. Sin preámbulos, la agarré con las dos manos y me la traje a la boca.
Chupando ruidosamente el capullo, masturbaba fuerte al muchacho. Poco a poco mi boca iba tragando más y más, bajando por el falo. Estaba tan eufórica que no me hubiese importado que se derramara en ese momento. El tenía los ojos en blanco, y esperaba que lo hiciera, y le acaricié los testículos para ayudarlo. Pero no lo hizo. El chico aguantó y me puse más cachonda aún.
Le pedí unas tijeras y corté las braguitas, de forma que me las pude sacar. Ahora mi sexo quedaba a la vista a través del panti, aplastado en él. Llevé su boca a él. La lengua luchaba con el nylon, pero podía sentirla perfectamente recorriéndome de arriba a abajo. El también podía saborear el flujo que estaba provocando.
— No sé qué me pasa, yo no soy así —le dije mientras sujetaba su cabeza en mi entrepierna.
Sus manos iban de los muslos a mis pechos, y apreté su cabeza con mis piernas cuando me corrí. Mis pezones se erizaron.
— Mira cómo me has puesto los pezones, cariño.
El chico estaba muy salido y se abalanzó sobre ellos, volviendo a chupar con fuerza. Pero yo estaba aún más cachonda que él, pero eso no se lo podía decir. Con la ayuda de las tijeras, me abrí el panti y dejé a la vista mi rajita. Agarré fuerte su duro y largo pene y me lo metí hasta el fondo. Se deslizó suavemente y el chico empezó a percutirme. Cada vez que su verga llegaba al fondo me hacía gritar. Notaba que me estaba llegando otro orgasmo, en un in crescendo al ritmo del chico. Podía notar cómo el capullo recorría la vagina a cada vez, desde muy profundo hasta casi salirse. Me di cuenta que él iba a llegar antes que yo.
— No te corras dentro, cielo.
— Sí, quiero decir no, descuida —dijo entre jadeos.
El chico estaba sudando y empezó a moverse más frenético. Intenté tocarme para ver si podía venirme a la vez que él, pero hice tarde, pues el chico sacó el pene y eyaculó sobre mi vientre, mojando el panti y llenando mi ombligo. Rápidamente le agarré la empapada verga con ambas manos y le hice vaciarse hasta la última gota.
Le hice prometer que no se lo dijese a nadie, mucho menos a mi hijo o sus amigos. Si cedí a mi deseo e hice el amor con él, fue porque confío en el chico y creo que mantendrá su palabra. Una hora después, aparqué el coche y me desprendí del panti, que tiré a una papelera. Luego llegué a casa, besé a mi marido y me di una buena ducha. Mientras me frotaba los restos de semen de la barriga, me convencí de que si el chico no hubiera sido un íntimo de mi hijo, hubiese llegado mucho más tarde a casa.

29.12.18

Conociendo a mi cuñada

Esto me ocurrió hace mucho tiempo, cuando tenía unos dieciséis años y vivíamos aún en el pueblo. Tengo un hermano que me saca dos años, y fue padre muy pronto. El tenía dieciocho y su novia diecisiete cuando tuvieron a mi sobrina. Ana, mi cuñada, siempre fue muy guapa, con ojos verdes y unos pechos generosos que se pusieron más grandes aún tras el parto.
En aquella época yo salía mucho de juerga, mi pueblo era muy divertido y lo exprimía al máximo con mis amigos. Un sábado de esos, tras pasar todo el día fuera de casa, decidí volver relativamente temprano, más o menos la una de la madrugada. Entré en casa y, como esperaba, todo estaba oscuro y en silencio. Mis padres dormían, mi hermano también... en fin, que me quedé en el piso de abajo para no molestar y puse la tele, algo que solía hacer cuando volvía de fiesta a esas horas. Era una forma de relajarme antes de irme a dormir, porque ponía el porno como guinda de la noche.
Así que ese inicié mi ritual. Entré en la cocina y me llevé un vaso con hielo. Cerré la puerta del salón, me puse un par de dedos del whisky del bueno que guardaba mi padre y me quedé con poca luz. Me bajé los pantalones y busqué el canal del porno, bajando el volumen para no escandalizar. Al poco, con el pene ya enorme, estaba en plena paja, ensimismado.
La puerta del salón se abrió, apenas me dio tiempo de taparme con un cojín y asomó la cabeza de Ana. Me quedé paralizado. Podía pasar que me pillase mi padre, mi madre, mi hermano... pero jamás podría haber pensado en Ana. No sabía que iba a pasar la noche en casa y aquello era muy embarazoso. Pensé que ella, también avergonzada, se iría y que todo quedaría en una de esas anécdotas que salen a luz en el peor momento. Pero no. Entró en el salón.
Cambié de canal torpemente, pero me pareció ridículo verme con los pantalones bajados y el cojín tapando mis partes. Ana en cambio, que llevaba la camisa del pijama de mi hermano a modo de camisón, se sentó a mi lado muy tranquila. Cogió el mando y estuvo cambiando de canal hasta que encontró el porno. La miré, miré sus pechos enormes en ese cuerpo tan pequeño, y ella, sin decir una palabra, quitó el cojín que me tapaba. Se acercó y me besó en la boca mientras su mano buscó mi verga, que había disminuido el tamaño por el estrés. Mientras me acariciaba y chupaba mi lengua, un torrente de pensamientos me inundaba la cabeza. Al fin y al cabo era la novia de mi hermano y la madre de mi sobrinita, y aunque siempre me había parecido atractiva, nunca había pensado hacer con ella esta clase de cosas. Pero su lengua en mi boca, el cuerpo voluptuoso rozando el mío, esos pechos a mi alcance, su mano en mi verga... no pude resistirme y decidí continuar con aquello.
Me dejé hacer, pues estaba claro que ella tenía muchísima más experiencia que yo. Me pajeaba con firmeza, su suave mano se movía con dulzura y decisión, como si no hubiera otra forma de hacerlo. Su boca me bebía literalmente y pegaba sus pechos a mi cuerpo, aplastándolos, sabiendo el efecto que provocaba en mí. Se separó y se quedó mirando mi pene mientas lo meneaba, eso me dio la oportunidad de acariciar, al fin, sus pechos. Fue rozar con mis dedos sus pezones y mi verga estalló de forma incontenible. Parecía una fuente y mojé sus dulces manos, mi vientre, su escote... ella no se esperaba esa cantidad de semen, y yo tampoco sabía que podía brotar tanto, pero es que no recordaba haber estado así de cachondo en toda mi vida.
Me quedé en shock, en una mezcla de vergüenza y excitación, y entonces me dio pánico de que alguien se despertara y unos encontrara ahí. Pero Ana no había acabado aún. Había hecho que me corriera y ahora llegaba su turno. Se tumbó a mi lado y abrió las piernas mostrándome su sexo, yo me quedé sin respiración ya que no me esperaba encontrarla sin bragas. Se empezó a acariciar el clítoris y no tardó en gemir. Cogió mi mano y colocó el índice a la entrada de su sexo. Apenas sentí el calor y la humedad cuando ella misma lo introdujo hasta el fondo. Entró con suavidad en su vagina empapada y caliente.
Me dijo entre suspiros que metiera otro dedo y que los moviera de fuera a dentro. Fue la primera vez que le metía un dedo a una chica y aún recuerdo su tacto. Mientras ella se tocaba el clítoris y los labios vaginales, yo la penetraba con el índice y el medio. De pronto, su cuerpo se contrajo, ahogó un gemido y juntó las piernas, apretándome los dedos. Me invitó a que los sacara y me los metiera en la boca. Obedecí y probé el sabor más delirante que haya saboreado jamás.
Ana salió del salón y me quedé sin saber qué había pasado. Volví a oler mis dedos y los volví a probar, sintiendo mi verga cómo palpitaba por lo ocurrido. Quería penetrar otra vez a mi cuñada, pero era consciente que lo que acababa de ocurrir había sido algo excepcional. Así que mientras recogía el salón, mi mano volvió a acariciar mi creciente miembro, pues tenía muchas ganas de volver a descargar en la soledad de mi cuarto.
Lo que no me esperaba era ver a Ana en la cocina, pues estaba con un dulce en la mano. Me la encontré de espaldas. Ella me oyó, pero no se giró. Dejé lo que llevaba en la mesa y me acerqué por detrás, levantándole la camisa. Ella echó el culo hacia atrás y se terminó el pastelito, chupándose los dedos. Me volví a bajar los pantalones y la penetré. Igual que antes, mi verga entró con una gran suavidad. Las paredes carnosas que había sentido en los dedos ahora envolvían mi falo. Ella gimió de forma apagada y empecé a mover mis caderas. Un calor enorme abrasaba mi pene y me sentía en el séptimo cielo.
Ana se apartó y se dirigió a la puerta de la cocina y se quedó escuchando, pero no venía ningún ruido de arriba. Me susurró que ni se me ocurriera eyacular dentro y volvió a ponerse en posición, pero apoyada en el marco de la puerta y con la cabeza fuera. Volví a meter la verga notando esta vez su vagina más húmeda aún. Asido a sus caderas, empecé un movimiento lento que poco a poco fue aumentando en intensidad. Fue una locura. Tenía que estar pendiente de que nuestros cuerpos no chocaran para no hacer ruido y acabé por soltar su cadera, sintiéndola solamente en el recorrido que mi verga hacía dentro de su sexo.
Ana se abrió la camisa y no entendí entonces el por qué. Pero más pronto que tarde, volví a sentir cómo volvía a venirme otra vez, y saqué la verga con urgencia. Ella, en un giro veloz, se dio la vuelta y me agarró el falo con las dos manos, terminándome de masturbar y haciendo que eyaculara sobre su torso. Esta vez salió bastante menos que antes y comprendí que ella se había preparado para esa maniobra mucho antes de que yo supiese lo poco que me quedaba para correrme. Se limpió los pechos lentamente con una servilleta, me besó sonriéndome y subió las escaleras. Seguí con la mirada sus piernas desnudas y al poco me atreví a subir a mi cuarto. Apenas pude pegar ojo aquella noche.

Empecinada

Me llamo Araceli Velasco y quiero compartir con ustedes nuestra historia. Mi madre era una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, q...